Música

Lux, lo obsceno y el fascismo

Rosalía en la portada de Lux. Imagen Columbia.
Rosalía en la portada de Lux. Imagen: Columbia.

1.

Estos días, ya se sabe, el scroll de redes sociales de cualquiera que esté en el mundo ha venido siendo un caos: periodistas y filósofas analizando el conservadurismo de lo último de Rosalía y la cuenta de La Revuelta asegurando que es «La mejor»; YouTube ardiendo con visionados de reacción, comparativas con su anterior álbum, diálogos alucinados. Todo el mundo ha convenido en la belleza incontestable del disco y el videoclip, aunque da la impresión de que, descontados los (escasos, interesantes) análisis musicales, la mayoría se refiere a «lo bonito que hace». Que la propia cantante se haya lamentado en alguna entrevista reciente de que vivimos en un mundo cada vez menos claro, y que sea su figura la que provoca tales barullos, es solo una contradicción más en el caos de las calderas.

Pese a todo este burbujeo, o quizá debido a él, hay algo de lo que misteriosamente nadie parece estar hablando en esta campaña. Esto no debería ser una sorpresa, porque cuando se debate sobre Lux siempre se habla de una y la misma cosa: ¿religión sí, o religión no? ¿empoderamiento sí, o empoderamiento no? ¿Es facha Lux, o no es facha? Nadie parece advertir (¿quizá a nadie le importa?) que toda la campaña de marketing del disco, desde la portada hasta las declaraciones de la artista, pasando por la ambigüedad calculada del videoclip, se ha concebido exactamente para que todo el mundo se haga esa pregunta y no otra. Da igual lo mucho o poco que sepas, lo acreditada o poco fundada que esté tu opinión. El aro de la atención ha sido bien rotulado e iluminado con neones y todo el mundo debe pasar por él.

Sucede así que «aquello de lo que nadie habla» es, como en El bosque de M. Night Shyamalan, lo que ocupa a todo el mundo veinticuatro siete. Impugnar la pregunta prediseñada por el marketing debería ser, pues, un objetivo prioritario de la crítica (esa que dicen que ya no existe) en su labor de «desvelar la Matrix».

¿Y si nos ponemos a ello?

2.

En un momento de El desierto rojo (Michelangelo Antonioni, 1964), un grupo de industriales se reúnen para pasar la tarde en una caseta de madera. Su conducta errática, amoral y tensada por el tedio, típica de los encierros simbólicos de burgueses en el cine europeo de la época (Buñuel, Ferreri, Pasolini), acaba por llevarlos a arrancar, entre risas, listones de madera del interior de la caseta para alimentar la calefacción. Con ello eliminan la pared que separaba el comedor del dormitorio. Ya apagada la euforia, la protagonista queda absorta en la imagen del mar a través de una ventana: «No está nunca quieto», dice. «Nunca. Nunca, nunca. No puedo mirar el mar mucho tiempo, o pierdo interés en lo que pasa en la tierra». Y añade, exasperada: «Es como si tuviera los ojos mojados. ¿Qué es lo que quieren que haga con mis ojos? ¿Qué debo mirar?».

La escena reúne varias intuiciones sobre la sociedad posindustrial que hoy son ya evidentes en la experiencia con las redes sociales: la eliminación de los límites materiales, el desapego respecto a la vida, la pérdida de control sobre la propia atención. En un momento en que la atención es un bien escaso, el marketing digital redobla sus esfuerzos para gestionar su economía; se hace con las miradas, las dirige y administra, para lo cual resulta imprescindible sustituir la crítica por su simulacro robotizado. En el caso de Rosalía, la estética católica, allí donde se halla centrada toda la atención, es en el fondo lo de menos: solo importa el hype que aquella es capaz de producir. Rosalía con tocado de monja, Rosalía con crucifijos en las sandalias, Rosalía dando por sentado que solo están el pecado y Dios, son carnazas, espantajos agitados, lugares propicios para el conflicto.

Visto así, tomarse como afrenta ideológica algo cuyo propósito es ser tomado como afrenta ideológica no parece la brillante estrategia crítica que podría suponerse. Lo posideológico consiste precisamente en esto: no en que las ideologías se hayan esfumado (basta un vistazo a internet para comprobar que ahí siguen), sino en que han quedado reducidas a señuelo por las fuerzas que las movilizan, ya ajenas a cualquier apreciación sobre lo justo y lo injusto, desvinculadas de toda responsabilidad social. El señuelo es el signo de los tiempos. Agendar menos tiempo para las entrevistas del que finalmente se concede es solo uno de sus posibles, que resulta, en tiempos de Bowie y de Rosalía, en audiencias impresionadas con la presunta incontestable bondad de su ídolo. Trump, menos encantador, utiliza una táctica similar con sus amenazas arancelarias: arrinconar en el peor escenario para así producir bellos síndromes de Estocolmo cuando afloja la correa.

El método para lograr esta incontestabilidad es siempre el mismo: crear una situación en la que todo el mundo dé por sentada una cierta distribución del derecho para, a partir de esa referencia, dirigir al otro a voluntad. Un espacio simulado. Lo que queda por fuera de ese espacio y de esa mirada es, de hecho, lo único que es obsceno para el poder: todo aquello que podría desviar la atención de sus consignas.

3.

Lo obsceno, del latín ob (oposición) y scenus (escena), remite a lo que no ha de ser mostrado. La estructura de la obscenidad implica, pues, una separación entre el adentro que se expone y el afuera que se escatima. Pero en un sistema productivo de crecimiento perpetuo, que necesita quemar lo necesario para hacerse con la máxima atención posible, la propia oposición adentro/afuera deja de tener sentido. Piénsese en el tren de Los hermanos Marx en el Oeste (Edward Buzzell, 1940), reducido a su esqueleto a fuerza de consumir sus cubiertas; o en la caseta de El desierto rojo, donde los límites entre habitáculos se desvanecían. La visión obscena es la visión sin medida, sin adentro ni afuera, apoderada de la totalidad del cuerpo, como bien ilustra la apoteosis choni de Motomami, cuyo videoclip de la canción del mismo título llegaba a mostrar, literalmente, la campanilla de la artista.

«Los chicos malos del colegio», dice Slavoj Žižek, «guardan una revista porno en el libro de filosofía. Yo guardo un libro de filosofía dentro de una revista porno». Cierto que lo obsceno, conquistado hoy como herramienta del poder, ha perdido buena parte del potencial transgresor que tuvo con el thrash, el punk y el gore. No obstante, ya a partir de la década de los 50 se hace difícil dar con un megahit generacional que no debiera su éxito a un cierto grado de obscenidad; es decir, que no jugueteara, aunque fuera tímidamente, con el fascismo del gran público.

Rebelde sin causa (Nicholas Ray, 1955), El graduado (Mike Nichols, 1967), Grease (Randal Kleiser, 1978), Pretty Woman (Garry Marshall, 1990), El rey león (Rob Minkoff y Roger Allers, 1994), Barbie (Greta Gerwig, 2023), todas explotan, bajo un envoltorio de modernidad y juventud, fantasmas adormilados del fascismo, es decir, de un deseo particular de retorno al pasado que quiere universalizarse. En todas ellas se enfrenta a las fuerzas villanizadas de la mediocridad y la hipocresía un anhelo de formas de masculinidad o feminidad propias de un pasado mítico, y por ello hipercodificadas: de la virilidad prebélica, de los códigos de los gangs juveniles de los 50, de los cuentos de hadas con príncipe, de los reinados a golpe de rugido, de la mujer diversa y liberada, claro, pero siempre pink. La constante se hace más invisible cuanto más se nos acerca solo porque los códigos que la justifican están más naturalizados y legitimados por la repetición publicitaria.

4.

Lo que trae Rosalía es no una sublimación de lo obsceno, sino una obscenificación de lo sublime. Esto sí es nuevo. Ciertamente, un elogio a la prostitución presentado como «cuento moderno» tiene mucho de obsceno, pero el tono ligero de comedia romántica limaba las asperezas en Pretty Woman. No ocurre así en Lux. Si los grandes éxitos generacionales del pasado invocaban un fascismo sociológico, aquí se invoca la imagen misma del retorno a la religión como opio del pueblo (por otro lado, como ha notado Frankie Pizá, lo hace sin compromisos, desentendiéndose de lo ético, lo moral y lo político desde su atalaya pop). Esto, lejos de ser una interpretación, solo parafrasea palabras de la propia artista: «Estar en un mundo como este es confuso, quizá es más necesaria que nunca una fe o una certeza. La que sea, la de cada uno». En tal renuncia a cualquier esperanza colectiva en otra realidad material hay un negrísimo nihilismo, solo obturado aquí por un catolicismo frontal, sublime pero también obsceno, que hasta hace bien poco aparecía únicamente en distopías aterradoras como El cuento de la criada y películas sobre los aspectos más inquietantes de esta confesión (Camino, El club, The Young Pope, Por la gracia de Dios, Saint Maud, La Mesías, La primera profecía, Cónclave).

Este parece un siguiente paso lógico a los prolapsos de la vulgaridad a que asistimos en la era trap. El giro del influencer Llados, que hoy dice abrazar el cristianismo con la fijación con que antes se rodeaba de riquezas materiales, es el mismo síntoma de los esfuerzos de un sistema capitalista que necesita hacer compatibles la precariedad y el excedentarismo. Rosalía ha dado una estética a esta necesidad sistémica, como se la dio en Motomami, lo que en ningún caso responde a si Lux es o no «facha». El pop, no lo olvidemos, es la estética del poder, y el poder es hoy tecnoeconómico. Como mercancía, un disco de Rosalía será lo que en cada momento pueda producir más beneficios, lo que pueda generar más interacciones, lo que pueda colocar a su diva en la casilla de salida del gusto mayoritario. La solución más probable, que en otro texto vinculé tanto con la vieja estética fascista como con la inteligencia artificial.

5.

Tiene sentido que la dinámica capitalista comparta su lógica de máxima probabilidad con la de la inteligencia artificial generativa, porque esta no es otra cosa que la infraestructura de tal forma de mercado. Para ello fue creada y en esa dirección se desarrolla. Es decir, no cabe entender la inteligencia artificial corporativa y el sistema capitalista como cosas diferentes, porque la primera solo es la versión tecnoacelerada de la segunda, su refundación en el camino firme y seguro a su naturalización. Lo que quizá debe preocupar no es si Lux es o no una enseña del fascismo, sino el grado de automaticidad del que proviene como producto cultural y las repercusiones de aquello en la marcha del mundo. Es decir, el grado de afirmación de una necesidad y de una irreversibilidad que, ahora sí, harían de su discurso una ciberteología.

Quizá la banalidad del mal ha cerrado un círculo: ya no trata solo del automatismo de la conciencia que obedece las órdenes del otro, por criminales que estas sean, sino también, y en especial, de la automatización misma de la producción de órdenes. No es solo que tengan a todo el mundo (aquí también literalmente) bailando, sino que las propias condiciones del aparato creativo-promocional hacen dudar de si tiene sentido preguntarse por qué esta melodía y no otra. La inteligencia artificial trae así consigo un descargo no solo de la conciencia, sino también de los marcos que regulan el desempeño de esta. Por eso lo posideológico es tan extraño: no hay a quien atribuir responsabilidades cuando la máquina se hace cargo de sí misma. Irónico que sean imágenes católicas las que avisen de esta desaparición total de la culpa.

«The only way to save us is through divine intervention», afirma la letra de «Berghain». Recuerda bastante a aquel «Solo un dios puede salvarnos» con que Heidegger contestaba en mil novecientos setenta y seis en una entrevista en Der Spiegel al rumbo objetivizador de la modernidad técnica. Que Dios, el gran «fuera de campo» (por tanto, el gran obsceno), vuelva a ocupar el centro de la atención no es solo una curiosidad pop, sino un pop mostrando las tripas de un nuevo poder, a la vez celestial y terrenal, padre e hijo, idea y carne en la realidad del sacro-profano algoritmo. Un misterio sin misterio que, como todo poder religioso, trae consigo la promesa de una nueva obscenidad, inédita desde el fin del feudalismo: la de las preguntas que no pueden existir.

SUSCRIPCIÓN MENSUAL

5mes
Ayudas a mantener Jot Down independiente
Acceso gratuito a libros y revistas en PDF
Descarga los artículos en PDF
Guarda tus artículos favoritos
Navegación rápida y sin publicidad
 
 

SUSCRIPCIÓN ANUAL

35año
Ayudas a mantener Jot Down independiente
Acceso gratuito a libros y revistas en PDF
Descarga los artículos en PDF
Guarda tus artículos favoritos
Navegación rápida y sin publicidad
 
 

SUSCRIPCIÓN ANUAL + FILMIN

105año
Ayudas a mantener Jot Down independiente
1 AÑO DE FILMIN
Acceso gratuito a libros y revistas en PDF
Descarga los artículos en PDF
Guarda tus artículos favoritos
Navegación rápida y sin publicidad
 

16 Comentarios

  1. No he entendido nada.

  2. «Pop es: Popular, efímero, desechable, de bajo costo, producido en serie, joven, ocurrente, sexy, deslumbrante, glamuroso…
    y un gran negocio»

    Así lo expresó certeramente Richard Hamilton en 1956 y setenta años después, el aserto sigue vigente. Y que nadie lo entienda en sentido peyorativo. Tampoco Rosalía lo hace, como hija de su tiempo (viejos tiempos ya).

  3. Jordi_BCN

    …mmm… la gallina!!!

  4. tiquismiquis

    Hace tiempo que tengo la impresión de que gran parte de los artículos de jotdown están escritos, o bien por Hipólito Ledesma o por Ángel L. Fdez. El estilo los delata. Y esos seudónimos… (jackie-stamos, kaep-k-weshet, etc)

    • Kezabe Nadie

      Cierto. Jot Down ya no es lo que era. Echemos un vistazo a las colaboraciones o artículos de hace cinco o más años.

  5. Me gusta cuando un texto o un artículo me hace preguntarme cosas, y me deja dudas. Creo que este texto busca la reflexión, sobre el vínculo entre cultura pop, el poder y la mercadotecnia del capitalismo (entre otras muchas cosas).

    El error para mí, no del artículo, si no que puedo tener como lector, es centrarme en «Rosalía» (a favor o en contra). Creo que Rosalía es un objeto artístico/mediático analizado en el artículo. No se trata de ella como persona, si no de ella como objeto mediador entre el capitalismo y nosotras como público/consumidor@s.

    Desde ese lugar me gusta el artículo. ¿De qué me sirve quedarme en una posición polarizada, o rasgarme las vestiduras como fan o como no fan? Creo que debo ser capaz de ver aquellas personas o artistas que me gustan, desde un punto crítico, sin que en ello me vaya la vida. Y poder seguir disfrutando de su música.

    Necesitamos más escalas grises, más gamas de color, más pluralidad, y menos reacción impulsiva. Necesitamos más reflexión. Este artículo nos dirige a preguntarnos, como la mayoría de artículos que me gustan. No es una «respuesta» es una propuesta de diálogo (como las buenas películas, y mucha música, algunos cuadros, algunas exposiciones).

    Lo digo todo desde la máxima ignorancia de la que soy capaz.

    • Muchas gracias, Kaotot, por tu generosa lectura. Efectivamente, he intentado distanciarme al máximo del “personaje” Rosalía, y también de las cualidades más o menos intrínsecas de su arte, porque lo que más me interesaba entender en este artículo eran las condiciones de la producción de aquel personaje y de aquel arte, que son, después de todo, efectos de superficie.

      Entender el arte en su realidad sensorial está muy bien, da placer a los sentidos, pero todo enunciado tiene una enunciación, es decir, un discurso: una determinada forma de producirse y con ello de entender la relación entre sujeto, mundo y verdad. También (especialmente) el arte que parece no apuntar a nada de eso y solo a dar placer. Si uno va a un museo y contempla las obras sin su contexto, este será un acercamiento posible, y probablemente uno satisfactorio; pero si uno conoce el contexto en el que se produjeron, su experiencia será sin duda más enriquecedora. Con Rosalía, y con cualquier producto cultural contemporáneo, industrial o no, pasa lo mismo.

      De nuevo, muchas gracias por lo pertinente de tu comentario y por tu ejemplo de responsabilidad afectiva e intelectual.

  6. Como ya bien reflexionó Mark Fisher, vivimos en tiempos de consumo cultural acelerado, donde muchos esperan que todo sea instantáneo, digerible, ‘hamburguesa intelectual. Reivindicar la ‘indigestibilidad’ de un texto o la «estética de la dificultad» no es un acto de elitismo, sino una invitación a crear espacios de lentitud hermenéutica en un mundo que, por lo demás, hace decádas que ha «obscenificado» el pensamiento en ese fastfood de opinión que son las redes.

    Como bien recordaba Mark Fisher, vivimos en un tiempo de consumo cultural acelerado, donde muchxs esperan que todo sea instantáneo y perfectamente digerible como hamburguesa intelectual. Reivindicar la “indigestibilidad” de un texto —o esa estética de la dificultad que tantos rechazan de entrada— no es un gesto elitista, sino una invitación a recuperar espacios de lentitud hermenéutica en un mundo que hace ya décadas “obscenificó” el pensamiento, reduciéndolo al fast-food de opinión que domina en las redes. Irónicamente, los comentarios parecen el síntoma de lo que el artículo diagnóstica. Es especialmente lúcida la intuición final del texto, cuando señala que “Dios vuelve a ocupar el centro de la escena”. Porque ahí resuena aquella inversión que Lacan —y también Deleuze, a su manera— hicieron de la frase de Dostoievski: no es que sin Dios todo esté permitido, sino que cuando Dios vivía, todo podía decirse. Cuando la Ley deja de venir de un “afuera” trascendente y cae sobre el sujeto, ya no libera: inaugura una moral hiper-vigilante, caprichosa y feroz, donde todo —lo que dices, deseas, comes o muestras— se vuelve objeto de juicio. Y quizá estemos viendo precisamente eso: un retorno de Dios que no restituye una Ley clara, ni un marco ético estable, sino que trae consigo un relativismo nuevo, caprichoso y trol aún más inestable que aquel relativismo cultural que las pulsiones neorreaccionarias decían querer conjurar. Mientras tanto, como la Rosalía volcel, seguiremos haciendo como que renunciamos voluntariamente a lo que el sistema nos niega.

    • Muchas gracias, Klaus, por tu excelente aportación. Coincido con tu diagnóstico, vivimos claramente una absolutización (clientelización) de la opinión sin argumento, que es al mismo tiempo una renuncia a Dios (porque Dios ya no es posible) y una sustitución de este por el simulacro de la red, que es un atribuir al otro la culpa, es decir, automatizar su descargo. En eso la red capitalizada es, no ya solo cristiana, sino profundamente católica. La purga de la culpa sucede de forma automática, por el mero hecho de hacer uso de la opinión. Los ejemplos de ello son permanentes y nos rodean a diario. Por ello es importante articular formas críticas de abordar el mundo y construir espacios seguros y de cuidados, por mucho que se quiera hacer creer que parecen imposibles.

      Muchas gracias de nuevo por tu comentario y por el debate que propicia.

  7. elangelexterminador

    Yo propongo responder con algo menos extremo y menos enrevesado. Basta con decir ‘El disco está bien’ o ‘me ha gustado’. Es una forma de resistencia a estas críticas rimbombantes y pedantes.

  8. milliIvanIllich

    Hay discos que se escuchan; otros, como este de Rosalía Lux, se sobrevienen. Su obra más reciente —si es que la palabra obra no se queda directamente pequeña— transita un territorio sonoro que recuerda inevitablemente a las liturgias barrocas de un convento castellano, solo que atravesadas por un sintetizador que parece haber leído a Deleuze una vez y haberse vuelto insoportablemente consciente de sí mismo.

    Rosalía Lux no compone canciones: sacrifica estructuras métricas en un altar de hiperestilización acústica.
    En cada tema late un gesto casi penitencial, como si la autora quisiera expiar una culpa que nadie ha sabido nombrar todavía. Hay, además, una especie de solemnidad impostada —deliciosamente impostada— que recuerda a los discursos totalitarios de los años treinta: frases grandilocuentes, ritmos que avanzan en formación y un sentido de inevitabilidad estética que solo puede describirse como protofascinante (no confundir con fascista, aunque la tentación semántica sea jugosa).

    El disco, de hecho, podría funcionar como banda sonora de una procesión en la que los penitentes, en vez de cargar un paso, cargaran un subwoofer de 1200 vatios.
    La voz de Rosalía Lux, siempre tan bíblica como distorsionada, cae sobre el oyente como un sermón apocalíptico pronunciado por un arcángel que ha leído demasiados foros.

    El tercer corte, “Éxtasis en la Trinchera”, es un compendio de contrastes: un beat que late con cadencia de desfile marcial mientras la letra oscila entre la plegaria y el manifiesto. Es música que manda más que seduce; que exige devoción en lugar de escucha. Diría que es un tema “políticamente inquietante”, pero sería injusto: es metafísicamente inquietante.

    En el conjunto del álbum, Rosalía Lux demuestra una capacidad casi eclesial para elevar lo cotidiano al rango de sacramento y, a la vez, una habilidad casi dictatorial para imponer su universo sonoro sin pedir permiso. Es un disco que bendice y amonesta, que te hace sentir simultáneamente en misa y en un mitin.

    Y sin embargo, entre tanta grandilocuencia, tanta maraña de referencias culturales y tanta densidad hermenéutica…
    el disco está bien. Me ha gustado.

    Aunque quizá esa sea la primera prueba de que su hegemonía estética ya ha empezado.

  9. para «gente» como yo que tuvimos el privilegio de disfrutar musicalmente mitad de los 60s los 70s y 80s enteros, escuchando así por encima que yo recuerde..a Aretha Franklin, Otis Redding, Janis joplin, Stephenwolf, Led Zeppelin, Donovan, Bob Dylan, Rolling Stones, Beatles,Serrat,Hilario Camacho, Maritrini, Cecilia, Triana, lole y Manuel, Icebeg, C.E.Dharma, Storm, Azahar, Radio Futura, Veneno, Allman Brothers, Chicago, Deep Purple, Genesis, Yes, Pink Floyd, King Crimson,Camel.. Rosalia? con todos mis respetos..nada nuevo bajo el sol, eso sí ,muy bien colocado el producto.

Responder a Jordi_BCN Cancel

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*