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Bestsellers de otros tiempos: Sinclair Lewis en su Calle Mayor

Detalle de portada de una de las primeras ediciones de Calle Mayor, de Sinclair Lewis.
Detalle de portada de una de las primeras ediciones de Calle Mayor, de Sinclair Lewis.

Harry Sinclair Lewis fue el primer norteamericano en recibir el Premio Nobel de Literatura, y eso marcó en cierto modo su carrera, repintándola con una capa de respetabilidad que nunca tuvo, ya que nunca fueron respetables los periodistas, los reporteros, los novelistas satíricos y los humoristas. La literatura, se supone, es oficio de gente seria, aunque luego vengan sujetos como Quevedo, Rabelais, Jonathan Swift o el propio Lewis, varios pisos más abajo, a desmentir esa idea.

El autor que nos ocupa nació en 1885 en Minnesota y murió en Roma en 1951. Parece casual este dato, pero si fuese al revés, es decir, si hablásemos de un autor que nace en Roma y muere en Minnesota, entonces sí que estaríamos refiriéndonos a un auténtico portento de la estadística y a una especie de fracaso estético. Sin embargo, con el viaje en este sentido, casi deducimos que le fue bien, porque algo hay en las letras y en la cultura que, como los caminos, parece llevar a Roma. Seguro que hay alguien por ahí cobrando una subvención para estudiar este fenómeno, así que cierro aquí la digresión sobre la geografía y la logística del éxito.

En cualquier caso, su padre era médico rural, su madre murió cuando él era muy pequeño y la nueva esposa de su padre, su madrastra, no debía de ser muy de su agrado, porque el joven Harry intentó fugarse de casa a los trece años para enrolarse como tambor en la guerra contra España, esa que aquí llamamos guerra de Cuba, o tal vez de Filipinas, ya que no hemos llegado a averiguar a qué frente mandaron a los reclutas de Minnesota.

Posteriormente, en 1908 se graduó en la Universidad de Yale, aunque había interrumpido sus estudios durante un año para unirse a la colonia socialista de Helicon Hall, en Nueva Jersey. Los siguientes años los pasó viajando por todo Estados Unidos, como periodista y reportero.

En 1914, Lewis se casó con Grace Livingston Hegger, editora de la revista Vogue. Tuvieron un hijo, Wells Lewis, al que llamaron de este modo por el escritor británico H. G. Wells, y que moriría en acción en Francia, el 29 de octubre de 1944, en medio de los esfuerzos aliados para rescatar al «Batallón perdido».

Lewis y Grace se divorciaron en 1925 y, tres años después, él contrajo un segundo matrimonio con Dorothy Thompson, columnista de periódicos políticos. Dorothy y Lewis se fueron a vivir a Vermont y tuvieron un hijo, que se convertiría en actor. La pareja se separó en 1937 y se divorció oficialmente en 1942.

Sinclair Lewis publicó su primera novela en 1912. Se trató de Hike and the Aeroplane, que tuvo cierto éxito de crítica, pero ninguno de ventas. Le siguió Our Mr. Wrenn, en 1914, con muy parecido resultado. No obstante, Lewis perseveró en la literatura, a sabiendas de que el éxito era mucho más difícil que en el mundo del periodismo y los reportajes para revistas, donde sí había conseguido hacerse un nombre.

Su tercera novela, en 1915, se tituló The Trail of the Hawk, y funcionó un poco mejor, pero sin llegar a destacar. En 1917 publicó The Job, que fue un poco peor que la anterior, pero mejor que las primeras, y dos años después, en 1919, llevó a la imprenta Free Air, que supuso una pequeña mejoría en su popularidad. Altibajos en la parte inferior de la tabla.

Y entonces, de pronto, en 1920, publicó Main Street, o Calle Mayor, y vendió trescientos mil ejemplares en pocos meses y varios millones más en los años siguientes. La novela fue un éxito arrollador cuando nadie, ni siquiera el propio autor, se lo esperaba.

Se trata de una novela de corte satírico, con fuertes toques de cinismo amargo, en la que se cuenta la historia de una joven, Carol Milford, que, tras pasar por la Universidad de Chicago, donde se une a todos los proyectos comprometidos, progresistas y socialmente transformadores, se casa con un médico simplón y aburrido, y se va a vivir a un pueblo que parece hecho a la medida moral e intelectual de su marido. El pueblo tiene unos tres mil habitantes, aproximadamente la misma cifra de difuntos que yacen en el cementerio, pero está mucho más muerto.

A pesar de que hay abundantes comercios, y hasta de vez en cuando se ve por ella a grupos de personas, Carol encuentra la Calle Mayor tan llena de objetos feos, de mal gusto, de ramplonería y falta de originalidad, que piensa en huir a toda costa de aquel lugar.

La novela nos va contando, a partir de aquí, cómo Carol se zambulle en el puritanismo, en los sermones repetidos, las mentes apolilladas, los vestidos, las medias y las almas arrugadas, y el deterioro moral de una persona acostumbrada a un mínimo de vida intelectual que solo encuentra chismes, habladurías, pequeños enfrentamientos rurales, inquinas de vecinos a los que no les interesa nada más allá de las maquinillas de afeitar, los relojes de bolsillo y ahorrar mezquinamente durante años para ampliar un granero que, de todos modos, ya es más que suficiente para sus insípidas cosechas.

Encerrada en un pueblo insignificante y casada con un marido medio idiota, Carol se siente como Madame Bovary, pero allí eso no significa nada, porque nadie sabe quién es Madame Bovary ni le importa tres pimientos Francia, ni Flaubert, ni la literatura francesa, ni nada que no sea cómo se corta un vestido o lo mucho o poco que engorda un cerdo.

Ya sé que, presentada así, la novela parece una crónica de viajes por el Infierno, pero es que, aunque en 1920 fuese una sátira, se trata del verdadero Infierno, de un lugar donde la vida sigue a diario porque Dios no existe, o, si existe, no se molesta en quitarle el polvo al sol, o en cambiar de vez en cuando las nubes o la hierba. Se trata de ese infierno tan americano de un pueblo sin carácter y sin historia, habitado por gente próspera, sencilla, honrada, laboriosa y totalmente intercambiable.

Carol no va a encajar en el pueblo ni va a hacer verdaderas amistades, pero cuando intenta marcharse descubre que tampoco pertenece ya al mundo exterior, donde la considerarán una provinciana, una pueblerina con pretensiones. Una imagen en la que, horrorizada, ella misma se reconoce.

Prefiero no desvelar el resto, por si a alguien le apetece acercarse a la novela, precisa, elegante y bien escrita, por la que le concedieron a Lewis el Premio Nobel en 1930. No me atrevo a decir que se disfrutará de la experiencia, a menos que el lector tenga algo de sádico o de masoquista, o de las dos cosas, pero lo que sí aseguro es un retrato fiel de esa América filistea, ignorante, ramplona, capaz de fabricar cualquier cosa y de construir cualquier cosa, pero incapaz completamente de saber para qué lo construye, qué sentido tiene o qué diferencia puede haber entre valor y precio. Una América de los años veinte perfectamente reconocible en muchos paisajes de nuestra actual Europa.

Sinclair Lewis se hizo rico con esta obra y pudo dedicarse principalmente a la literatura. Después de que Calle Mayor fuese la obra más vendida de 1921, al año siguiente publicó Babbitt, que también fue un gran éxito y nuevamente propuesta para el Premio Pulitzer.

Y aquí llega el momento de contar la extraña y rocambolesca relación de Lewis con el prestigioso Premio Pulitzer.

En 1921 el jurado se lo concedió por Calle Mayor, pero los miembros del patronato de la junta de administración de la Universidad de Columbia, encargada del premio, anularon la decisión del jurado y le concedieron el Premio Pulitzer a La edad de la inocencia, de Edith Wharton. Se han escrito montones de artículos al respecto, e invitamos al lector a que investigue por su cuenta los motivos de esta decisión, que puede deberse, según la fuente, a temas políticos, religiosos, personales o por simple resentimiento con la visión que Calle Mayor ofrecía de la vida americana.

Al año siguiente, Babbitt también fue merecedora del Premio Pulitzer, y la junta de nuevo anuló la decisión para concedérselo a Willa Cather por su novela Uno de los nuestros. El enfado de Lewis fue monumental.

Rico y famoso, publicó en 1926 la novela El doctor Arrowsmith y, curiosamente, también le concedieron el Premio Pulitzer de novela de aquel año. Para sorpresa de Lewis, el patronato se mostró de acuerdo y la concesión fue en firme, lo que aprovechó Lewis para rechazar el premio, algo que nunca se había hecho hasta ese momento y solo nos consta que William Saroyan lo hiciese más tarde, concretamente en 1940.

A partir de aquí, y tras la concesión del Premio Nobel en 1930, como se dijo, la calidad de las obras de Lewis empezó a caer al mismo tiempo que crecía la cantidad de alcohol que consumía, como si de algún modo la calle mayor se hubiese materializado en su vida y en su mente, tomando posesión de él.

Hasta 1951, Sinclair Lewis publicó catorce novelas más, casi todas ellas menores. En todo caso, nunca volvió a tener ningún éxito como el de Calle Mayor. O siquiera el de Babbitt.

Falleció en Roma, dicen que de alcoholismo avanzado, aunque algunos de sus amigos afirman que la verdadera causa de su muerte fue un infarto.

El servicio postal de los Estados Unidos le dedicó un sello. En su pueblo hay un busto suyo, esculpido por el escultor estadounidense-polaco Joseph Kiselewski.

Calle Mayor ha sido adaptada al cine en varias ocasiones. En primer lugar, en 1923 fue producida y distribuida por Warner Bros. y dirigida por Harry Beaumont. Fue la primera película que estrenó la Warner Bros. Carol Milford fue interpretada por Florence Vidor. La película se perdió en los años cuarenta, cuando la Warner destruyó los negativos debido a la descomposición del nitrato de sus películas anteriores a 1933.

Más tarde se filmó I Married a Doctor en 1936, dirigida por Archie Mayo y escrita por Casey Robinson, adaptando también la novela de Lewis. El largometraje está protagonizado por Pat O’Brien, Josephine Hutchinson, Ross Alexander, Guy Kibbee, Louise Fazenda y Olin Howland.

En su discurso de aceptación del Premio Nobel, Sinclair Lewis declaró que a los académicos norteamericanos les gusta la literatura «clara, fría, pura y muy muerta». La suya parece encajar, a día de hoy, bastante bien con ese patrón.

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3 Comentarios

  1. Pues aunque se trate de una novela «menor» pero quiero mencionar la que se titula «Esto no puede pasar aquí», escrita en plena época de la Gran Depresión cuando el fascismo campaba por Europa y Lewis fantasea con la idea de que en EEUU un político populista de extrema derecha llega al poder.
    Leer el capítulo del mitin en el Madison Square Garden y compararlo con la última campaña de Trump pone los pelos de punta.
    Como curiosidad la novela trató de adaptarse para la televisión en plena era Reagan, pero se cambió el guión para que en lugar de un gobierno fascista, lo que llegase a Estados Unidos fueran unos extraterrestres aparentemente amigables e incluso tenían una hermosa hembra de pelo moreno, pero que escondían terribles intenciones y comían ratones…

    • La verdad es que esa obra no la conozco, pero me parece francamente fascinante. Toda la obra de este autor parece atravesada por una olea de mala leche perfectamente disimulada, o contenida, peor muy venenosa. Tenía que ser un personaje digno de conocerse.

  2. Y no olvidemos
    https://es.wikipedia.org/wiki/Arrowsmith_(pel%C3%ADcula)

    De John Ford, con el gran Ronald Colman

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