
Como soy bastante psicorrígido, tiendo a desmembrar la filmografía de mis directores favoritos metiéndola en grandes bolsas al vacío: bien sea por estilo, temática, coyuntura creativa del cineasta de turno o, en muchos casos, por criterios de calidad artística. La mayoría de las veces esta parametrización es difícil, casi siempre absurda, y da al conjunto un aspecto amorfo, desde el punto de vista más cinematográficamente cartesiano, porque no hay nada más inasible que la propia creación, «la donna è mobile qual piuma al vento».
Pero en el caso del director de cine Woody Allen esta división es bastante orgánica, desde la perspectiva crítica y sobre todo si nos atenemos al último tercio de su carrera, el que va desde 2005 hasta la actualidad. Aunque no es tarea fácil, porque Allen constituye un caso inédito dentro del cine contemporáneo, esto es, a partir del llamado movimiento Nuevo Hollywood, una especie de Nouvelle Vague con fanfarria, al que debería pertenecer por línea temporal, historicista, pero que no aparece en ningún libro por su alergia declarada a cualquier asociación, club o lo que sea, como su admirado Groucho. Decía que es un caso único porque desde 1969 y hasta 2020 ha logrado dirigir una película al año, a veces incluso dos, una ingente filmografía de más de cincuenta largometrajes y, en teoría, difícilmente agrupable. Pero, vaya usted a saber por qué, quizá ayudado por la ley de los grandes números, visto el conjunto en panorámica, se presenta más sencilla. Podemos, por tanto, dividir su corpus creativo en tres grandes grupos, dos de ellos desde la calidad, siempre subjetiva. Pero el tercero, ¡ay el tercero!, destaca por contraste, y no positivo: aúna arte y línea temporal, y no en el buen sentido. Así, en el primer grupo encontramos sus grandes películas, personales obras maestras colgadas en las estanterías del cine, que saltan en el tiempo y colorean la ensalada: Annie Hall, Zelig, Hannah y sus hermanas, Delitos y faltas, Maridos y mujeres, Desmontando a Harry o Match Point. Hay otro puñado de películas, segundo grupo, que podrían considerarse menores respecto de estas, pero francamente interesantes o cuando menos divertidas y con una carcasa autoral menos evidente. Aquí caben las Misterioso asesinato en Manhattan, Días de radio, Broadway Danny Rose, Poderosa afrodita, Balas sobre Broadway, La rosa púrpura de El Cairo o Granujas de medio pelo, que, si bien están a años luz de su obra cumbre Manhattan, son filmes que aún conservan el ingenio, la brillantez y la personalidad de su creador. Y, por último, y aquí me voy a centrar, mal que me pese, está la parte más desvaída y abúlica de su filmografía y la más perceptible a simple vista, desde lo pecuniario y prosaico, la que le lleva a dirigir desde hace veinte años malos productos en todos los aspectos creativos y de puesta en escena y, siendo indulgente, todo por el mero hecho de seguir creando, a cualquier precio, incluso al de su condición de genio del cine.
Y digo indulgente, porque no quiero verbalizar lo que muchos piensan y no se atreven a decir: su opción fundamental ya no es tanto artística y viene intoxicada por cierta comodidad altoburguesa y exigencias, digamos, más terrenales, como los pied-à-terre portátiles que le demanda su amantísima esposa en forma de elitistas tours europeos. Nada que objetar, mientras no miremos para otro lado y seamos honestos con su filmografía.
En cualquier caso, este grupo de películas, especialmente las rodadas en Europa (París, Roma, Barcelona, San Sebastián, Londres también) no pueden ni tan siquiera ser consideradas como tales y sí como carísimos Lonely Planet Guidebooks. Y aquí siempre me viene a la cabeza el tronchante protagonista de Granujas de medio pelo, Ray Winkler (el propio Allen), un estafador de poca monta que se dedica a dar el palo al más pintado, hasta que consigue la fortuna de la manera más insospechada y entonces se lo pegan a él en forma de marchante de arte posh en las pieles de Hugh Grant. En el mundo real el palo cinematográfico se lo ha pegado Woody Allen, aprovechando de manera torticera su condición de icono cultural entre la élite cultural más gauche y naif de Europa, a las grandes productoras europeas que le ruegan catetamente que abrillante sus capitales. Y uno de los mayores incautos está en España, embaucado, artísticamente siempre, hasta en cuatro ocasiones y en algunas de las peores creaciones del trilero: la sonrojante Vicky Cristina Barcelona, la sobrevalorada y cursi Medianoche en París, la inane Conocerás al hombre de tus sueños o la peor de todas ellas, Rifkin’s Festival.
Ahora le toca el turno a otro primo, Madrid, el turista accidental wannabe que mira de lejos las mesas de cartón y las patatas con bolita custodiadas por Letty Aronson y que, como siempre, llega tarde a todo: a las Olimpíadas, al desarrollo desaforado para igualarse a sus familiares Old Money y a producir los carísimos artefactos (al menos para los presupuestos que manejamos en España) del pickpocket de Manhattan, apostado en la Casa de Campo, morritos carmesí, medias de rejilla, falda muy corta, lengua muy larga y guion WASP 2026.
¿Y qué se supone que tengo que hacer yo? ¿Callarme, como todos los críticos y prensa especializada por miedo a que no ruede más, o decir la inevitable verdad, que salta a la vista como una resonancia?
Esto sí que es un dilema moral y no el del atribulado doctor Judah Rosenthal en Delitos y faltas ¿Debería alabar, reír y llorar de alegría porque por fin mi director favorito va a dirigir una película en mi ciudad o atenerme a la dura realidad, que no es más que una excusa para pagarse otras carísimas vacaciones en Europa y rodar y rodar, rodar y rodar?
Y aquí se me aparece, como el fantasma de Nola Rice a Chris Wilton en Match Point, su última gran película, una nueva disyuntiva intelectual, mucho más profunda de lo que parece. ¿Se puede criticar al artista por no dar lo mejor de sí mismo, por abandonarse, no ya al dinero, sino al mero hecho de ejecutar tediosamente lo que le mantiene vivo y engañar a su arte? ¿Quién soy yo para juzgarle? ¿Y quién es él para traicionarlo? ¿Qué cinismo se impone aquí, el suyo o el mío? ¿He de ponerme un bozal, darle la bienvenida a mi ciudad sabiendo que me va a chulear?
Hay muy pocas posibilidades de que el filme que va a hacer en Madrid sea, no ya bueno, sino tan siquiera decente: con noventa años no se puede dirigir en un set y cualquiera que haya participado en un rodaje conoce la ingente cantidad de esfuerzo físico que exige y que te chupa cuerpo y alma. Y así le salían: zafias, torpes, deslavadas, arbitrarias desde el punto de vista técnico, ya no te digo narrativo o autoral.
Pero me obligo a mantener la luz en el epílogo, porque la jurisprudencia alleniana así lo merece. Ojalá me equivoque y su gran testamento cinematográfico sea un paseo por la luz y el cielo de Madrid, entre crisis existenciales por el Retiro, furtivas infidelidades en los Austrias o esponjosos y líquidos encuentros por las salas del Thyssen.
Qué dulce porvenir. Qué amargas treinta monedas, Judas de las siete estrellas.









Suscribo casi totalmente el artículo. Por otro lado entre sus flojas o muy flojas películas de los últimos 20 años, diriamos que a partir de Match Point, aparece una para mi excelente que nunca se menciona; se trata de Blue Jasmine,Pero en fin, debo ser de los pocos o muy pocos que opinan así.
Interesante también pensar que Match Point es una reelaboración woodiana de A Place in the Sun, al igual que Blue Jasmine lo es de Un Tranvía Llamado Deseo…tal vez por eso sobresalen…
A riesgo de ser echado a patadas de este selecto club cinéfilo, debo confesar que me encantó Medianoche en París.
El problema es ese, que no va más allá de ser encantadora…
Como le salga un pedazo de película en Madrid…..🤣🤣🤣
Ojalá no…creo que aún los catalanes no le perdonan lo de Vicky Cristina Barcelona…
Sonrojante me parece valorar así Vicky Cristina Barcelona desde el localismo cateto. Película muy valorada fuera de España que aquí no cuajó porque no nos creemos las distancias entre localizaciones. Como si las ciudades que nos muestra el cine fuesen reales… pero claro si es Nuevo México o San Francisco, pues nos lo tragamos. Recomiendo revisitarla sin prejuicios y en versión original para de paso no perder los malentendidos idiomáticos con el doblaje.
Por otra parte, con muchos peros al comienzo del artículo, pero te permites la clasificación aleatoria y el menosprecio general de una categoría inventada por ti (todas al mismo saco) de la obra de un genio… Sí, algunas salen peor que otras. Unas son obras maestras y otras no, y otras flojas o repetitivas. Pero normalmente siempre con algo de interés, o sencillamente buena, si no la comparás con «esa otra». Pero claro, si haces una película al año (respondiendo a una necesidad creativa, que no creo que a Woody Allen le falte el dinero o necesite excusas para viajar) es lo que pasa. Como decía mi padre: «Ya querrían muchos directores hacer una película «mala» de Woody Allen».
Para rematar, creo que lo de obviar Blue Jasmine o vilipendiar Midnigtht in Paris porque es popular es premeditado, porque entonces ya no nos vale la clasificación de los últimos 20 años ni los argumentos (como el «ojalá no le salga una buena película en Madrid» :)). Ya quisieras tú, o cualquiera ya puestos, una milésima parte del genio que ha demostrado este genio a lo largo de su carrera.
Suscribo completamente las palabras de Karmandul. Allen nos ha dado lo que ha podido, que no es poco. Lo disfrutaremos el resto de nuestra vida, o no, según cada cual.
Todos queremos obras maestras, verdad?? Pues no, no puede ser…salvo que seas William Wyler…