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Canto a la mitología del Tajo

Canto a la mitología del Tajo
Diseño de la nueva fuente del Narciso que se halla en los Jardines del Real Sitio de Aranjuez, Isidro Velázquez, 1837.

¡Qué austero, qué solemne, qué emocionante es el Tajo de España! No hay ningún comercio establecido por medio de él; ningún buque inglés ha civilizado sus aguas como las de otros ríos de Francia y Alemania. Sus rocas han presenciado batallas, no escenas pacíficas; han reflejado castillos y prisiones, no almacenes o muelles; pocas ciudades se han edificado en sus orillas, como en las del Támesis y el Rin; es un río verdaderamente propio de España, el país del aislamiento y la soledad. Sus aguas no tienen barcos, sus orillas carecen de vida, nunca el hombre ha puesto la mano en sus ondas ni ha esclavizado sus saltos, libres e independientes.

Richard Ford, Cosas de España (el país de lo imprevisto), 1846.

Lo que no sabía Richard Ford es que hay ninfas en el Tajo. El poeta portugués Luís de Camões las invoca en el primer canto de Los lusiadas, publicado en 1572, pidiéndoles «un estilo grandílocuo y fluyente» como el del propio río que custodian. Las tágides de Camões son las criaturas mitológicas más famosas del Tajo, pero no las primeras. Antes de ser español y portugués, este río de mil kilómetros fue godo y andalusí, y antes de eso, tartesio, cartaginés y romano. Y todos aquellos pueblos también creyeron ver a sus propios seres fantásticos en el reflejo de sus aguas. Aquí nos proponemos recorrer el cauce de principio a fin, desde los montes Universales al mar de la Paja, visitando algunas de ellas.

El Bello, el feo y el malo

Asdrúbal el Bello debía ser bello por fuera, pero no por dentro. El cronista romano Silio Itálico cuenta que el caudillo de la Iberia cartaginesa «disfrutaba mostrando crueldad en su poder», que «su sed de sangre era insaciable» y que «solo podía aplacar su locura sanguinaria con castigos nunca vistos». Debió de ser por eso que hizo apresar a Tago, un reyezuelo celtíbero particularmente querido por su pueblo, y lo mandó crucificar sin motivo aparente. La magnitud de aquella tortura, desconocida en Iberia hasta entonces, conmocionó tanto a sus súbditos que no hizo falta buscar a ningún aguerrido guerrero para vengar el magnicidio: lo hizo un humilde siervo. «Cuando uno de sus esclavos lo vio colgado del funesto madero y desfigurado por la muerte, a hurtadillas empuñó la espada preferida de su amo, irrumpió rápidamente en palacio e hirió por dos veces el pecho cruel de Asdrúbal», acabando con su vida. Probablemente ocurrió en Qart Hadasht, la gran capital peninsular cartaginesa, fundada por el propio Asdrúbal donde hoy se encuentra la moderna Cartagena.

Casi todos los mitos tienen algo de cierto, pero este parece encerrar una dosis incluso mayor de lo habitual. Asdrúbal el Bello es una figura histórica bien documentada. Conocemos con precisión hasta el año de su asesinato, que tuvo lugar en el 221 a. C. Y aunque no haya pruebas arqueológicas que avalen la existencia de Tago, hay algo todavía mayor que no se puede pasar por alto: un río enorme, el más largo de la península ibérica, con el que compartía nombre. ¿Fue rebautizado el río en honor al rey caído (como haríamos hoy en día con un aeropuerto o una avenida, por ejemplo, tras la muerte de una gran celebridad) o era el rey, por el contrario, quien se hacía llamar como el río? Silio Itálico se inclina por lo segundo cuando dice que «por grutas y riberas lloran las ninfas de Iberia a Tago, quien tomaba su nombre del aurífero río», pero otras fuentes clásicas parecen insinuar lo contrario.

En todo caso, sabemos que los romanos, al término de la segunda guerra púnica, cuando arrebataron a los cartagineses el control de Hispania, no rebautizaron el cauce, como sí hicieron con otros enclaves y accidentes geográficos, sino que latinizaron su nombre como Tagus, de donde provienen sus modernas denominaciones en portugués y español: Tejo y Tajo, respectivamente. A fin de cuentas, Asdrúbal el Bello había sido yerno de Amílcar Barca y cuñado de Aníbal, el mismo que llevó un contingente de elefantes ante las murallas de Roma. El heroico responsable de su muerte, debieron decirse los romanos, bien merecía llevar el nombre del río más largo de la península.

Narciso en Aranjuez

Entre las fabulosas fuentes mitológicas de los jardines de Aranjuez hay una especialmente hermosa dedicada a Narciso. Inaugurada en el siglo XVIII, se trata de la magna obra del escultor hispanofrancés Joaquín Dumandré y muestra al legendario personaje beocio en una postura muy particular: lanzándose hacia delante, casi cayéndose de la fuente, debido al esfuerzo que hace por contemplar su propio reflejo en el agua. La imagen aparece acompañada por un perro, que ilustra su oficio de cazador, y un pavo real, símbolo de su gran vanidad.

La presencia de Narciso en una fuente no debe extrañar. Como Neptuno, Venus o los tritones, que también tienen sus propias fuentes en Aranjuez, Narciso era una figura asociada con el agua. Ovidio precisa en sus Metamorfosis que se trataba de un semidiós fluvial, hijo del río Cefiso y de Liríope, una náyade pegea (es decir, una ninfa de los manantiales). Su protagonismo en los jardines de Aranjuez recuerda que el propio recinto real está bordeado por el Tajo. Son las aguas de ese río, después de discurrir por el espectacular sistema de canales y represas del complejo palaciego, las que acaban surtiendo la piscina en la que el Narciso de Dumandré, como manda la tradición mitológica, contempla su propio reflejo con embeleso.

Muchos lectores creerán conocer esa tradición. Resumidamente, dice que Narciso había rechazado a la ninfa Eco y que había sido castigado por ello con una condena terrible: enamorarse de sí mismo. Pero lo cierto es que esa versión del mito es una interpolación posterior que combina dos historias, las de Eco y Narciso, que se habían originado independientemente en puntos dispares de la antigua Grecia. El mitógrafo griego Conón, por el contrario, cuenta en sus Narraciones que el pretendiente original de Narciso era un joven llamado Aminias, tan cautivado por su belleza que no lo dejaba en paz. «El resto de aspirantes lo habían intentado y se habían rendido», explica, «pero Aminias seguía insistiendo e implorando» ante Narciso. Hastiado, el cazador acabó enviando una espada al muchacho, a modo de advertencia, lo que sumió al otro en la desesperación. Finalmente, Aminias pidió a Némesis, la diosa de la venganza, que castigara a Narciso por su soberbia, y luego acudió ante la puerta del cazador y se quitó la vida con aquella misma espada. Némesis accedió al ruego del joven e hizo que Narciso, al contemplar su imagen en la poza de un riachuelo, se enamorara de sí mismo con la fuerza con la que lo había hecho Aminias. Comprendiendo entonces la magnitud de aquel sufrimiento, incapaz de besar y tocar su propio reflejo en el agua, Narciso acabó quitándose la vida en aquel lugar, donde luego brotaron las flores que llevan su mismo nombre.

Caco, Ocno Bianor y otros dioses carpetanos

La antigua región de Carpetania, en la ribera manchega del Tajo, tenía un morador mitológico espantoso. Se llamaba Caco, era hijo de Vulcano y tenía la capacidad de escupir fuego. Es recordado, sobre todo, por las menciones que se hacen de él en la Eneida, donde se sitúa su cubil en la colina del Aventino de Roma, aunque siglos después se popularizó la idea de que realmente había vivido en una cueva bajo el Moncayo, el pico más alto del sistema Ibérico. En De rebus Hispaniae, una historia de España publicada en el siglo XIII por Rodrigo Jiménez de Rada, se dice que aquel temible personaje era «medio hombre y medio animal, puesto que tenía un tremendo aspecto y provocaba un enorme espanto, y hostigaba con repentinas matanzas a los hombres» de Carpetania, la región histórica que se extendía por las actuales provincias de Madrid, Toledo, Ciudad Real, Cuenca y Guadalajara, hasta que fue vencido y asesinado por Hércules.

Sin embargo, el hijo de Vulcano se convirtió en un verdadero problema en 1561, cuando el rey Felipe II decidió trasladar la corte española a Madrid. Se trataba de una localidad muy pequeña, de alrededor de doce mil vecinos, y se sospechaba (acertadamente) que era de origen musulmán, a diferencia de casi cualquier otra gran urbe peninsular o europea. Las crónicas de la época decían que Sevilla, Toledo y Barcelona, por ejemplo, habían sido fundadas por Hércules; Lisboa, por Ulises; Roma, por Eneas; y Londres, por Bruto de Troya. La nueva capital de España necesitaba un personaje como aquellos, que acreditase la antigüedad, la esencia grecorromana y, en última instancia, la cristiandad de la ciudad. Y estaba claro que Caco, una bestia sanguinaria, no era el más adecuado para ello. Los astutos mitógrafos al servicio de la corona española tuvieron que rebuscar mucho hasta dar con la leyenda que, debidamente modificada, pudiera convertirse en el mito fundacional de Madrid.

La clave resultó estar en la Geografía de Claudio Ptolomeo, publicada en el siglo II, donde se menciona escuetamente un asentamiento llamado Mantua ubicado en Carpetania. Y aquel misterioso enclave compartía nombre con la ciudad de Mantua, en Lombardía, cuyo fundador mitológico había sido un tal Ocno Bianor, hijo de la profetisa Manto, nieto del adivino Tiresias y bisnieto de la ninfa Cariclo. Los mitógrafos españoles solo tuvieron que añadir que después de aquello, en el 879 a. C., Ocno Bianor había viajado a Carpetania y había fundado otra ciudad, Mantua Carpetanorum, la Mantua de los carpetanos, que luego se acabaría rebautizando en honor a la diosa celtíbera Metragirta, de quien procedía el actual nombre de Madrid. No sabemos quién fue el responsable de forjar este nuevo mito, apoyado en pruebas históricas y etimológicas tan convincentes, pero sí sabemos que caló. Tanto que, en 1629, el cronista Jerónimo de la Quintana ya lo incluyó en la primera historia completa de la ciudad, titulada A la muy antigua, noble y coronada villa de Madrid: historia de su antigüedad, nobleza y grandeza. El resto es historia. Falsa, pero historia.

Toledo, dragones y mazmorras

Un mito como el de Rocas solo podría tener lugar en Toledo, la llamada ciudad de las tres culturas. En él parecen combinarse elementos de origen grecolatino, judeocristiano y musulmán, hasta el punto de que no existe consenso en torno a la fuente original de la leyenda. Todo cuanto sabemos es que aparece en los capítulos once, doce y trece de la Estoria de España, una suma de crónicas compiladas en el siglo XIII por iniciativa de Alfonso X el Sabio, y que acontece «en aquel logar o depues fue la cibdat de Toledo, que era estonce muy grand montanna», es decir, en el cerro bordeado por el Tajo donde hoy se asienta el casco histórico de la capital manchega. Antiguamente se creía que la ciudad había sido fundada por Hércules y que sus primeros pobladores habían sido judíos procedentes del cautiverio en Babilonia, pero el mito de Rocas tiene lugar antes de todo eso.

Rocas era un hechicero con el poder de predecir el futuro. Lo hacía con un libro que contenía «todos los saberes e las natura de tas cosas», gracias al cual «adeuiaua muchas cosas de las que auien de seer». En sus viajes por el Mediterráneo había pasado por Troya, cuya destrucción había vaticinado, y por las siete colinas donde se fundaría la ciudad de Roma, donde había dejado una lápida que decía eso mismo, «Roma», para inspirar a Rómulo a poner ese nombre a la ciudad siglos después. Cuando llegó a la antigua Hesperia, Rocas buscó su centro geográfico exacto, donde dio con aquel cerro a orillas del Tajo «por so saber que alli auie a auer una grand cibdat, mas que no la poblarie el». Decidido a instalarse en una cueva de la futura Toledo, Rocas tuvo que enfrentarse al dragón que vivía en ella, pero no lo mató. En lugar de eso consiguió amansarlo y convivir con él, casi como si fuera una mascota, hasta el punto de que la bestia salía a cazar a diario y regresaba cumplidamente a la cavidad, donde compartía sus presas con el adivino.

Rocas y su dragón llevaban una vida tranquila hasta la llegada de Tarchus o Tarco, un cazador que penetró en la cueva mientras seguía el rastro de una osa. Asombrado por la mansedumbre del dragón, que incluso obsequió al cazador medio buey que había traído esa mañana, Tarco ofreció a Rocas la mano de su hija. El hechicero aceptó, abandonó su cueva y su dragón y se fue a vivir a las sierras de Ávila, aunque añoraba el cerro a orillas del Tajo y acabó regresando a él con los dos hijos que había tenido con la muchacha. El mito no acaba bien: Rocas muere de viejo y su estirpe se extingue poco después, cuando una sequía terrible, «XXVI annos que no llouio en Espanna», seca por completo el Tajo y todos los otros ríos de la península, a excepción del Ebro y el Guadalquivir. Todavía pasarían muchos años hasta que el cerro fuera redescubierto por el rey Piro (yerno y sucesor del rey Hispán, que a su vez lo había sido de Hércules) y se fundara Toledo sobre él.

Ulises en Lisboa

Aunque fuera un mito más, la relación de Odiseo con Lisboa se consideró una certeza histórica durante siglos. La primera mención que nos consta es de Asclepiades de Mirlea, un gramático griego de los siglos II y I antes de Cristo que pudo haber conocido la ciudad personalmente, ya que vivió varios años en Turdetania, la antigua región que se extendía por parte del Algarve, el sur de Extremadura y Andalucía occidental. En su Periegesis, hoy perdida, Asclepíades no solo afirma que Odiseo fundó Lisboa en el curso de sus viajes: incluso menciona que en el templo de Minerva de la ciudad se conservaban los timones y gavias de las naves del archiconocido navegante griego. Estrabón, Solino y otros cronistas posteriores tampoco pusieron en duda la relación, que parecían avalar estas reliquias y el propio nombre de la ciudad: Olissipo. A los hablantes de latín les parecía evidente que un topónimo así solo podía proceder de Ulises, el nombre de Odiseo en su lengua.

Con todo, quienes más desarrollaron el mito de la fundación de Lisboa fueron los historiadores, mitógrafos y poetas portugueses del siglo XVII. Entre ellos destaca Bernardo de Brito, autor de los dos primeros tomos de la Monarchia Lusytana, una monumental historia de Portugal que empezó a publicarse en 1597. Sustentándose en textos antiguos, De Brito reconstruye la llegada de Odiseo al estuario del Tajo durante el reinado de Gárgoris (es decir, en pleno auge de la civilización tartésica) y se esfuerza por retratarlo como un hecho plausible. Por ejemplo: a diferencia de otras versiones más románticas de la leyenda, en las que el navegante se prenda de una hermosísima princesa lusitana (e incluso de una reina legendaria, mitad mujer y mitad serpiente), De Brito cuenta que Odiseo se vio obligado a fundar la ciudad en contra de su voluntad. «Queriendo levar velas para volver a Ítaca», explica, «halló la voluntad de sus compañeros tan opuesta a la suya en este propósito, que, viéndose sin remedio para retornar solo a Grecia, eligió como menor mal seguir el parecer y el deseo de los demás».

La fundación de Olisipo enfureció a Gárgoris, que no tardó en enviar un ejército contra la ciudad, pero el rey cambió de opinión al comprobar que Odiseo y sus compañeros eran griegos, «comprendiendo el provecho que de su comunicación podía crecer al pueblo lusitano». Al héroe homérico le fue bien, pues se casó con la hija del monarca y se convirtió en heredero del trono tartesio, pero sus compañeros «no supieron conservar estos bienes que la fortuna les ofrecía, porque con sus embarcaciones corrían las costas de Portugal más como corsarios que como gentes deseosas de vivir en paz». Al final, «viendo Ulises alterarse cada vez más al pueblo lusitano, y para no dar ocasión a mayores daños», ordenó embarcar a los griegos y poner rumbo al Mediterráneo, donde retomaría las aventuras que relata Homero en la Odisea.

Bibliografía

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Un comentario

  1. Aqui se pueden descargar varios libros sobre el Tajo https://francistajo.blogspot.com

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