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Bestsellers de otros tiempos: ‘La rebelión de Atlas’ de Ayn Rand. Una huelga de empresarios

Detalle de portada de unas de las primeras ediciones de 'La rebelión de Atlas'.

Todos conocemos autores que afirman que sus letras son una forma de lucha, y de hecho así nació la literatura llamada social, como modo de concienciar a los lectores para que se enfrentasen a determinadas injusticias. Parece, pues, esta idea, de raíces progresistas, pero también se han instalado en ella algunos escritores fuertemente reaccionarios, y lo han hecho hasta el punto de que es imposible separar en su obra literatura e ideología. A todos ellos se les podría llamar, sin mucho miramiento, propagandistas. Pero algunos han vendido muchos libros, muchísimos, y hay que hacerles un hueco en este recorrido por los bestsellers de otros tiempos.

Quizás el ejemplo contemporáneo más paradigmático sea el de la escritora y filósofa ruso-norteamericana Ayn Rand, creadora del objetivismo, y su mayor éxito editorial: La rebelión de Atlas.

Alisa Zinóvievna Rosenbaum, que así se llama en realidad, nació en 1905 en San Petersburgo en el seno de una familia judía de clase media. Aprendió a leer de manera autodidacta y, desde muy joven, se apasionó por la literatura y el cine. Sus primeras lecturas fueron autores del movimiento romántico, como Alejandro Dumas o Walter Scott. Según dicen, era una niña muy inteligente, despierta y con una personalidad arrolladora. Con siete años se lanzó ya a escribir sus primeras novelas y guiones, pero afirmaba que fue después de descubrir la obra de Víctor Hugo cuando despertó su vocación definitiva de escritora. Y es de creer, por los enormes tomos que compuso.

Siendo aún adolescente, su familia sufrió las consecuencias de las revoluciones de 1917. Primero, los Rosenbaum se vieron obligados a trasladarse a Crimea huyendo de la violencia revolucionaria, pero como las cosas no mejoraron para ellos, sino todo lo contrario, regresaron a su ciudad, donde padecieron la precariedad económica resultante de la expropiación de los bienes y el negocio farmacéutico familiar. La autora arrastraría este trauma toda su vida, y nos lo recordaría a los lectores en aquella famosa frase en la que afirmaba que «la justicia imparcial es un prejuicio burgués».

Alisa realizó estudios de Filosofía e historia, graduándose en 1924. Ese mismo año se inscribió en el Instituto Estatal de Artes Gráficas para aprender el oficio de guionista. Allí pudo ver películas estadounidenses, donde descubrió las grandes ciudades americanas, y fue entonces cuando decidió que su futuro estaba en los Estados Unidos. Las vivencias de aquellos años en la Rusia soviética fueron el germen de su obra Los que vivimos, que escribiría años más tarde y donde describió al comunismo como «el gobierno de los piojos, la obtención de la fuerza mediante el hambre» y a la Internacional, su himno, como «la más triste marcha fúnebre». Parecía, pues, poco satisfecha con la vida en la Unión Soviética.

Tras no pocas peripecias, finalmente obtuvo un permiso para salir de la URSS y visitar a familiares en Estados Unidos. En 1926, con veintiún años, llegó a Chicago y de allí se trasladó a Hollywood para intentar comenzar su carrera como guionista. Por casualidad, conoció a Cecil B. DeMille, para quien trabajó como extra en la película Rey de reyes. En el rodaje también conocería al que luego sería su marido, Frank O’Connor, con quien se casó en 1929.

La autora, ya como Ayn Rand, escribiría en 1936 sobre su llegada a los Estados Unidos: «Destino o ironía, pero yo nací —de entre todos los países de la Tierra— en el menos conveniente para una fanática del individualismo: Rusia. Decidí ser escritora a los nueve años y todo lo que he hecho se ha circunscrito a tal propósito. Soy estadounidense por elección y convicción. Nací en Europa, pero emigré a Estados Unidos porque este era el país donde una podía sentirse totalmente libre para escribir».

En 1932 escribió el guion cinematográfico Peón rojo. Dos años más tarde se estrenó su original obra de teatro La noche del dieciséis de enero, que incorporaba la innovación de integrar al público en un jurado para dictaminar la inocencia o culpabilidad del protagonista.

En 1936 publicó la ya mencionada novela Los que vivimos, su primera obra con repercusión internacional, en la que muestra su rechazo absoluto al comunismo. Los fascistas italianos rodaron dos películas de propaganda anticomunista basadas en la novela de Rand. Sin embargo, cuando enviaron copias a sus aliados nazis para su difusión, estos se negaron, puesto que, además de ideas anticomunistas, la novela también cargaba contra todos los totalitarismos, incluido el nacionalsocialismo, y atacaba abiertamente a la clase obrera, de la que los nazis se consideraban representantes. Goebbels atacó a Rand diciendo que, como rusa y americana, tenía lo peor de los dos lados.

Dos años más tarde, Ayn Rand publicó Himno en el Reino Unido, al no encontrar editor en Estados Unidos. Se trata de una novela corta distópica que presenta una lucha individualista contra una sociedad futura en la que el colectivismo ha triunfado. Esta obra guarda similitudes con Nosotros (1921), de Yevgueni Zamiatin, y los temas planteados en ella serán desarrollados en sus obras posteriores.

El primer gran éxito de Ayn Rand llegó en 1943 con la publicación de El manantial. Había tardado siete años en escribirla y llegó a las librerías después de haber sido rechazada por una docena de editores, pero luego fue un enorme éxito, hasta el punto de vender más de seis millones de ejemplares. En 1949 se realizó la versión cinematográfica, dirigida por King Vidor y con Gary Cooper como protagonista.

Con la economía resuelta por El manantial, Ayn Rand pudo dedicar diez años, hasta 1957, a escribir las más de mil páginas de La rebelión de Atlas.

En ella se plantea cómo, hartos de las regulaciones y de las trabas que pone el gobierno, un grupo de empresarios decide lanzar una huelga patronal, cerrando sus empresas y evitando cualquier inversión. El gobierno las expropia, pero no consigue producir ni la mitad que antes y comienza el caos social, la escasez y el hambre. Paralelamente, un empresario del acero desarrolla una aleación especial que transformaría el transporte ferroviario y reflotaría en parte la economía, pero el gobierno y el jefe del ferrocarril paralizan el proyecto por intereses políticos.

La obra narra la supuesta decadencia de Estados Unidos como consecuencia de la acción intervencionista del gobierno. Divide la sociedad estadounidense en dos clases: los «saqueadores», integrados por la clase política, los subsidiados, los religiosos y los solidarios, partidarios de la intervención y regulación de la actividad económica con su consiguiente presión fiscal; y los «no saqueadores», que son los emprendedores y los intelectuales, liderados por John Galt, filósofo y científico protagonista de la trama. Su intención es crear una sociedad nueva y libre no sujeta al yugo del Estado, donde «los que quieren hacer cosas no tengan que pedir permiso para ello a los que no quieren hacer nada».

La autora identifica al emprendedor con el titán mitológico Atlas, que sostiene el mundo sobre sus hombros, y plantea qué pasaría si estos decidieran sacudirse esta carga.

Rand sugiere volver al espíritu fundacional de la nación norteamericana, cuando los primeros colonos se sublevaron contra Inglaterra luchando contra la intervención de la metrópoli y en defensa de los derechos individuales. Trasladado a términos actuales, sería una lucha contra el intervencionismo del Estado en favor de la libertad de emprendimiento, único motor de la riqueza, según sus postulados.

La mayor parte de la crítica especializada no mostró interés alguno en la nueva publicación, calificándola de nulo valor literario. De hecho, muchos críticos parecieron competir a la hora de denostarla. Por ejemplo, el periodista Giles Fraser dice textualmente «La rebelión de Atlas es pornografía barata del lado más repugnante del capitalismo». Otros dijeron que estaba compuesta de odio y más odio, sin añadidos. Y otros, por último, que solo forzando las definiciones literarias hasta el extremo podía considerarse una novela.

Fuera como fuese, y a pesar del débil apoyo de los críticos, por decirlo de alguna manera, en los primeros meses tras su publicación se vendieron más de cuatro millones de ejemplares, y a día de hoy la cifra supera ya los treinta millones de ejemplares en más de cuarenta idiomas.

Algunas de las frases del libro se han convertido en eslóganes políticos y en parte de discursos de diversos candidatos conservadores de medio mundo. Citaremos algunos que se han hecho famosos, especialmente entre los republicanos norteamericanos y sus seguidores europeos, más que nada para que nuestros lectores sepan, cuando lo oigan, de dónde salieron.

«No es que sean débiles. Están usando tu propia culpa como un arma en tu contra».

«No te atacarán por tus defectos. Acabarán contigo por tu compasión y tu generosidad. No explotan tus defectos, sino tus virtudes».

«Los que se quejan de las herencias no solo son unos inútiles, sino que reconocen que sus padres y abuelos también lo eran».

«Los que dicen que perteneces a la sociedad son los mismos que antes decían que pertenecías a Dios».

Y terminamos con una consigna revolucionaria que quizás nos recuerde a otra célebre frase: «¡Dame libertad, o dame muerte!».

La rebelión de Atlas sería la última novela que escribió Rand. Después del éxito de ventas, se dedicó a publicar ensayos, libros y a dar conferencias para difundir su filosofía objetivista. Su libro La virtud del egoísmo es considerado uno de los manifiestos principales de esta corriente.

Para un mejor entendimiento de la obra de Rand, es necesario incluir algunos apuntes sobre el objetivismo. Este movimiento filosófico, creado por Rand en los años cincuenta, removió los cimientos ideológicos de la sociedad judeocristiana occidental, especialmente en la cultura norteamericana. Y, dicho sea de paso, me cago en el objetivismo, porque es una filosofía propia de psicópatas, así que me cago también en cómo lo escriban sus sociópatas seguidores.

Según sus postulados, el hombre es libre de elegir sus valores y sus acciones mediante la razón. Defiende el egoísmo racional y el capitalismo laissez-faire. El individuo tiene derecho a existir por sí mismo sin sacrificarse por los demás, y nadie tiene derecho a obtener valores de otros utilizando la fuerza física. Defendía el ateísmo, la libertad total para distribuir y consumir cualquier tipo de droga y condenaba el reclutamiento forzoso. Se mostraba a favor del derecho al aborto, la libertad de expresión absoluta y la pornografía. Se declaraba enemiga acérrima del comunismo, el fascismo, cualquier forma de totalitarismo y también del altruismo y la religión.

El objetivismo ha influido en numerosos personajes de gran relevancia política, económica y social a nivel mundial, especialmente en Estados Unidos. Entre quienes han reconocido su influencia se encuentran los premios Nobel de Economía Friedrich Hayek y Milton Friedman, y personalidades como Larry Ellison (Oracle), Steve Jobs (Apple), Jimmy Wales (Wikipedia) y Nathaniel Branden (psicoterapeuta y fundador del Instituto Nathaniel Branden, que difundió el objetivismo hasta 1968).

Pero quizás la figura pública influyente más importante sea la de Alan Greenspan. Fue un fiel seguidor del ideario de Rand desde los años cincuenta y tuvo la oportunidad de ponerlo en práctica como presidente de la Reserva Federal durante las administraciones de Ronald Reagan, George H. W. Bush, Bill Clinton y George W. Bush. El análisis sobre las consecuencias de la desregulación patrocinada por Greenspan, que desembocó en la crisis financiera de 2008, se lo dejaremos a los expertos económicos.

Debemos destacar otras figuras relevantes que se inspiraron en el pensamiento de Rand, como la primera ministra británica Margaret Thatcher. Artistas, intelectuales y dirigentes políticos de la actualidad, como Donald Trump, Elon Musk, Javier Milei o el movimiento Tea Party, declaran abiertamente su simpatía por su legado.

Su discípulo y amigo Leonard Peikoff creó en 1985, tres años después del fallecimiento de la autora, el Ayn Rand Institute, dedicado al estudio y la preservación de su legado.

El verdadero éxito de Rand, a nuestro entender, se debe a que su novela llegó a ser muy popular entre el estadounidense medio. A principios de la década de 1990, una encuesta de la Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos y el Club del Libro del Mes sobre las novelas que más habían influido en la vida de los lectores situó a La rebelión de Atlas en segundo lugar, solo detrás de la Biblia.

Rand ha sido calificada como sectaria y extremista radical. Lo cierto es que sus seguidores la veneran con fervor, y sus detractores se oponen activamente a su ideario con la misma intensidad.

Probablemente, el nuevo lector de La rebelión de Atlas no se acerque a la obra por su calidad literaria, que podríamos calificar como mediocre, sino en descubrir las polémicas ideas que plantea esta distopía.

La rebelión de Atlas fue traducida al español poco después de su publicación en inglés, por lo que es relativamente fácil encontrar ediciones antiguas de segunda mano. El libro fue reeditado en Argentina en el año 2000 por la editorial Grito Sagrado. La última publicación en España, que sepamos, fue en 2019 por Ediciones Deusto.

En el año 2012 se estrenó la película Atlas Shrugged: Part I, una adaptación de la primera parte de la novela, dirigida por Paul Johansson. Su reparto incluye a Taylor Schilling, Edi Gathegi, Michael O’Keefe, Paul Johansson y Grant Bowler, entre otros. La película no fue muy bien acogida por los seguidores de Rand, que la acusaban de desvirtuar sus ideas.

De ninguna manera nos atrevemos a recomendar este libro, aunque también hay que decir que es casi imprescindible para entender la deriva que ha tomado la política mundial en general, y la norteamericana en particular, en las últimas décadas.

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2 Comentarios

  1. Lo leí bajo la recomendación de un amigo bajo la promesa de «te va a abrir los ojos» y me comí un panfleto infumable de dos kilos. Adhiero a tu comentario, libro que hay que leer para entender el giro ultraderechista de los últimos tiempos, sin disfrutar nada en el camino.

    • Es lo que tiene prometer un recorrido por los bestsellers del pasado. A mí me parece interesante conocer lo que fue popular en otros tiempos y las circunstancias de su momento, pero no siempre los libros son buenos. También hay, afortunadamente, joys olvidades, como los Bosques de Mielnikov, pro Ayn Rand es una panfletista de tres pares…

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