Arte y Letras Deportes Historia

Popocatépetl, la voz de don Goyo

Popocatépetl, la voz de don Goyo
Popocatépetl e Iztaccíhuatl, José María Velasco Gómez, 1890.

Iztaccíhuatl era la princesa tlaxcalteca más bella jamás vista; eso se cuenta, y se cuenta también que se enamoró de un joven guerrero que se llamaba Popocatépetl, quien, antes de partir hacia la guerra, pidió al cacique del pueblo la mano de la beldad. El cacique dio un permiso diferido: podría desposarla, pero solo a su vuelta, y si regresaba sano y salvo. Popocatépetl partió. Y mientras ensartaba sus flechas en el pecho de algún enemigo, allá en los enfrentaderos del mundo precolombino, un rival celoso le fue a Iztaccíhuatl con el cuento de que su amado había perecido en el combate. La princesa, entonces, se consumió de pena. Cuando Popocatépetl volvió al pueblo, con el pecho hinchado por el orgullo de la victoria y el anhelo de entrelazarse en los brazos de la amada, descubrió que había muerto. Se cuenta que, luego, vagó abatido por las calles durante días, anegado en tristeza, cavilando, también, la mejor manera de honrar el amor que él e Iztaccíhuatl se habían profesado, que terminó siendo esta: una gran tumba bajo el sol, un sepulcro inmenso y formidable, formado amontonando diez cerros, que de modo tal se convirtieran en la montaña más grande. Cuando esto se efectuó, tomó en los brazos el cuerpo inerte de la joven, subió a la montaña, lo recostó en la cima, la besó por última vez y se arrodilló a su lado sosteniendo una antorcha, dispuesto a velar su sueño para toda la eternidad. Desde entonces, permanecen juntos, uno frente a otro. Con el tiempo, la nieve cubrió sus cuerpos. Se habían convertido en dos volcanes, y, cada vez que el guerrero Popocatépetl se acuerda de su amada, su corazón tiembla, y la antorcha vuelve a incendiarse.

Así se imaginaban los aztecas el origen de estos dos volcanes gemelos próximos a la metrópoli de su pequeño imperio, que también cautivaron a los españoles a su llegada. No hay volcanes activos en la península ibérica, y los hombres de Hernán Cortés nunca habían visto una montaña que humease. El cronista Bernal Díaz del Castillo cuenta que, en 1519, el capitán Diego de Ordaz decidió subir a asomarse a aquel misterio; «tomóle codicia de ir a ver qué cosa era» aquel humo y «demandó licencia» a Cortés, que se la dio. Se llevó consigo a dos soldados y unos cuantos indígenas, algo asustados: le advertían de que, cuando se hallara a mitad de subida, se daría cuenta de que no podía seguir; de que los temblores de tierra y llamas y piedras que de la montaña salían se le harían insoportables. Creían también los vecinos del monte que no debían pasar de cierto punto en el que tenían colocados ciertos ídolos, y no lo hicieron. Solo Ordaz y los dos soldados llegaron a la cumbre del Popocatépetl, aguardando para hacerlo a un claro de tranquilidad en la tormenta de su actividad volcánica. Se asomaron a la boca y estimaron su medida en «un cuarto de legua». Les impresionaron también las vistas: «Desde ahí se parecía la gran ciudad de México y toda la laguna y todos los pueblos que están en ella poblados». El escudo de armas de Ordaz llevó desde entonces un cuartel con una montaña con fuego en la punta, esquemática representación de este volcán cuyo nombre viene de las raíces náhuatl popōca, «humear», y tepētl, «montaña, cerro»: montaña que humea.

Como todos los imperialistas que en la historia han sido, los españoles no habían cruzado el mundo para simplemente solazarse con las maravillas de la naturaleza. El Popo tenía una monetización posible: la obtención de azufre, y a ello se consagraron las siguientes ascensiones. La segunda tuvo lugar antes de la toma de Tenochtitlán, ya con la intención de abastecerse de aquel mineral; y la tercera, en 1522, liderada por Francisco Montaño y el artillero Meza. El primero tenía una experiencia previa canaria en esta minería de riesgo: había sido capaz de extraer azufre del Teide. En esta ocasión, en el Popocatépetl, se obtuvieron doce arrobas del mineral amarillo; ciento treinta kilos que, una vez procesados, se quedaron en ciento quince, con los cuales, sumados al salitre y al carbón vegetal que son sus otros ingredientes, podía fabricarse una tonelada de pólvora.

Hoy no podrían subir: el Gobierno mexicano lo prohíbe desde 1994, tres años después de una erupción que puso fin a setenta de inactividad. El refugio Tlamacas, desde el que arrancaban las ascensiones, quedó entonces cerrado, dedicado solo a monitorear con cámaras, las veinticuatro horas del día, la actividad del Popo. El volcán, hasta entonces, había tenido algunos alpinistas ilustres. Y entre ellos, a Ernesto Guevara de la Serna, más conocido como el Che. Fue en los años en que los futuros barbudos de Sierra Maestra preparaban su insurrección cubana en México. En 1955, al argentino se le puso entre ceja y ceja la subida del volcán, como un desafío contra sí mismo y su asma: optimismo de la voluntad frente al pesimismo de la razón, por utilizar la famosa fórmula de Gramsci. Tuvo que hacer varios intentos. El primero se acercó bastante al cráter, pero se frustró por la mala pinta de los pies de un compañero cubano, que empezaban a congelarse, lo que les hizo descender antes de coronar la cima. «Habíamos estado seis horas luchando con una nieve que nos enterraba hasta las verijas en cada paso y con pies empapados debido al poco cuidado de llevar el equipo adecuado», contaba Guevara a su madre, por carta. «El guía —relataba también— se había perdido en la niebla esquivando unas grietas, que son algo peligrosas y todos estábamos muertos del trabajo que daba la nieve tan blanda y tan abundante. A la bajada la hicimos en tobogán tirándonos barranca abajo como en las piletas del Sierras y con el mismo resultado, pues llegué abajo sin pantalones».

El Che (no así el cubano, que dijo que no subía más) estaba resuelto a volver, y también contaba a su madre: «Yo en cuanto junte los pesitos necesarios para hacerlo me largo de nuevo al Popo». Se había enamorado del andinismo («El andinismo es precioso»), a pesar de todas sus secuelas: «Las patas se me descongelaron al bajar pero tengo toda la cara y el cuello quemado como si hubiera estado un día entero bajo el sol de Mar del Plata; en este momento tengo la cara que parece la copia de Frankestein [sic] entre la vaselina que me pongo y el suerito que me sale de las ampollas que se han formado, además, tengo la lengua en las mismas condiciones porque me di un atracón de nieve». En efecto, regresó al Popo, y el 12 de octubre de 1955 lo coronó en compañía del doctor y alpinista mexicano León Bessudo, que años más tarde evocaría que Guevara había demostrado una enorme fuerza de voluntad, que hasta había olvidado que padecía asma y que plantó en la cumbre una bandera argentina, confeccionada por él mismo. Más tarde siempre diría que no había mejor escuela que el alpinismo para los rigores de la revolución.

Tiene otro apodo este volcán; uno más curioso que el de Popo, simple acortamiento de un topónimo kilométrico. Los lugareños lo llaman, con toda confianza, don Goyo. La leyenda, en este caso, es que un tal Antonio paseaba un día por las faldas de la montaña cuando se le apareció un hombre que le contó que se llamaba Gregorio Chino Popocatépetl, y que le hizo un regalo: se le aparecería cada vez que se avecinara una erupción o cuando pareciera que una se avecinaba, para revelarle en tal caso que no había de qué preocuparse; que se trataba solamente de fumarolas. Antonio se convirtió así en el primer tempero: una especie de sacerdote o chamán, enlace entre los humanos y el espíritu del volcán, capaz de adivinar la actividad de este, su intensidad y si habrá una erupción peligrosa para la enorme y cercana ciudad de Puebla. Nos hallamos aquí ante uno de esos rebordes deshilachados de la hegemonía católica, allá donde la religión europea que los conquistadores españoles llevaron al otro lado del Atlántico en sus carabelas se deslíe o solo recubre muy finamente el credo previo de esta zona del mundo. En otra muestra de sincretismo, cada 12 de marzo se celebra en Santiago Xalitzintla, la localidad más cercana al volcán, una fiesta en honor del patrono, san Gregorio Magno, en el curso de la cual los pobladores de la localidad y otras comunidades cercanas ascienden hasta el llamado Ombligo, a casi cinco mil metros de altura, donde, liderados por los tiemperos, dejan una profusión de ofrendas: flores, comida, música, ropa, sandalias, mantas y todo lo necesario para que el señor Goyo les otorgue buenas cosechas y lluvias. Se dice que, en las fotos que toman los asistentes, a veces aparece de fondo un anciano fantasmagórico, conocido por nadie.

Popocatépetl, la voz de don Goyo
Un campesino en San Nicolás de los Ranchos, a los pies del Popocatépetl, 2013. Fotografía: Rolando Schemidt / Getty.

El Popocatépetl —y su dupla con el Iztaccíhuatl— han sido importantes en la obra de algunos escritores mexicanos, atraídos por el simbolismo de los volcanes, fáciles alegorías de muchas cosas. Su carácter de testigo del tiempo, en primer lugar, como impertérritos observadores de todas las ciudades que han muerto y renacido a sus pies, de la lacustre capital mexica a la rauda inmensidad del deefe actual: el Popo ha visto pasar imperios, guerras, gobiernos y terremotos y sigue ahí, como diciendo «yo aguanto más que ustedes». También encarna la identidad y la raíz indígena de México, de esa soterrada memoria prehispánica. Y las fuerzas reprimidas, latentes, que anidan al fondo del ser mexicano, con su fuego interior, su bullente lava de historia irresuelta, de pasiones contenidas, de conflictos mal cerrados, de la lucha de clases a la guerra cristera. «Los volcanes muertos —Popocatépetl e Iztaccíhuatl; el Nevado de Toluca— proclaman desde el aire que su quietud no es una póliza contra la catástrofe, sino el anuncio del próximo estremecimiento», escribía Carlos Fuentes. Tememos el fuego, pero soñamos con la nieve; la cita es en este caso de Elena Poniatowska: «Utopía es el sueño que todos quisiéramos alcanzar, una sociedad limpia como la nieve en la cima del Popocatépetl, en la que nadie es maltratado o discriminado, en la que la inteligencia y la preparación de cada uno lleva al bienestar y a la convivencia». Juan Rulfo, meritorio fotógrafo además de escritor, capturó el Popocatépetl muchas veces, con cierta obsesión. También se fotografió a sí mismo subiéndolo con su cayado y botas claveteadas, en una posición curiosa que remedaba —visto de frente en vez de espalda— al célebre caminante sobre el mar de nubes de Friedrich, no se sabe si deliberada o casualmente. Qué representaba para él el Popo en concreto no lo dejó escrito este literato parco, que fue capaz de entrar en el panteón de la novelística universal con solo dos brevísimos libros, el de cuentos El llano en llamas y la novela Pedro Páramo. Pero en ellas, aunque no salga este volcán concreto, son importantes los volcanes en general, en los que apreciaba una forma condensada del tiempo ancestral, un símbolo natural de eternidad, cargado, como su Comala, de silencio y espera.

El Popocatépetl «es [la] boca de la nación mexicana», escribe Mario Calderón en un poema que merece la cita completa, titulado «Sincronicidad en el Popocatépetl»:

El Popocatépetl es boca de la nación mexicana:
se halla con nieve cuando hay progreso
y se transforma volcán, arrojando vapor,
piedra incandescente o ceniza
cuando sufren desequilibrio las fuerzas sociales.
El día veinte se vio el error de diciembre del noventa y cuatro,
hubo devaluación monetaria,
el peso flotó en el mercado cambiario,
y el día veintiuno la montaña se observó despierta:
¡setenta y cinco mil personas fueron desalojadas de su territorio!
Y el trece de diciembre de dos mil uno
se declaró presidente a George Walker Bush;
Fox lo felicitó por su triunfo el catorce…
y debido a la gran actividad sísmica
se desalojó a más de treinta y dos mil personas de la zona
donde el Popocatépetl hizo erupción el día dieciocho.
¿Las dos manifestaciones fueron coincidencias?
El Popocatépetl es montaña, cono de nieve del Anáhuac
o garganta cuando se encuentra inquieta esta tierra.

Aquella del año 2000 fue la última gran erupción de don Goyo hasta la fecha, pero la intranquilidad de las cosas de México y el mundo sigue revelándose de otro modo en el venerable volcán. El cambio climático derritió, con la ayuda de las erupciones, el glaciar que en él hubo hasta hace pocos años y hace que el manto de nieve que lo cubre sea cada vez más fino, llegue más tarde y se derrita más rápido. Los tiemperos, esos hechiceros capaces de escuchar el susurro telúrico del volcán, afirman que este «ya no respira como antes». Sus laderas sufren sequías cada vez más intensas, lluvias cada vez más erráticas, plagas agrícolas cada vez más virulentas; los ciclos tradicionales de siembra, sincronizados con el «calendario natural» del volcán, empiezan a romperse. Los campesinos que antes sabían que «la lluvia venía cuando el Popo echaba humo blanco», o que el momento de sembrar era «cuando la nieve tocaba la piedra negra», se desconciertan ahora a la vista del desbarajuste de estas antiguas certezas. El anciano don Goyo está enfermo y senil. Nosotros, los hombres atribulados del siglo XXI, dormidos a la vera del cráter de un volcán, y empezando a oír un ruido sordo y profundo.

SUSCRIPCIÓN MENSUAL

5mes
Ayudas a mantener Jot Down independiente
Acceso gratuito a libros y revistas en PDF
Descarga los artículos en PDF
Guarda tus artículos favoritos
Navegación rápida y sin publicidad
 
 

SUSCRIPCIÓN ANUAL

35año
Ayudas a mantener Jot Down independiente
Acceso gratuito a libros y revistas en PDF
Descarga los artículos en PDF
Guarda tus artículos favoritos
Navegación rápida y sin publicidad
 
 

SUSCRIPCIÓN ANUAL + FILMIN

105año
Ayudas a mantener Jot Down independiente
1 AÑO DE FILMIN
Acceso gratuito a libros y revistas en PDF
Descarga los artículos en PDF
Guarda tus artículos favoritos
Navegación rápida y sin publicidad
 

Un comentario

  1. E.Roberto

    Amena lectura, estimado. “Indoamérica” se lo merece. Ya van tres veces que lo hago pues el azufre y el Che son una antinomia entre la muerte y la vida, necesarias como estos gigantes que duermen. Gracias.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*