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La biblioteca de Concepción del Valle

La biblioteca de Concepción del Valle
Fotografía encontradas en la biblioteca de Concepción del Valle.

Una mañana de hace unos años me sobrecogió el mensaje de una mujer a la que solo había visto una vez. Me decía que ya no le quedaba mucho tiempo, que había entrado en el protocolo de cuidados paliativos y ello le había llevado a proponerme algo. Dado que no tenía descendencia ni herederos a quienes le apeteciese dejar su biblioteca, había pensado que quizá me gustaría recibirla cuando llegase el fatal desenlace —utilizaba este sintagma apoyándolo con el signo de la ironía ;-). Me avisaba de que era una biblioteca de lectora fundamentalmente, pero en la que no escaseaban piezas que, después de haber leído mi libro La novela del buscador de libros, seguro iban a interesarme. Citaba algunas y eran auténticos tesoros que yo no hubiera esperado poseer jamás. Aclaraba que, naturalmente, una vez depositada en mis manos podía disponer de ella como mejor conviniese: dado que una buena parte de los libros no iba a interesarme, podía venderlos o regalarlos, así también con aquellas piezas que ya tuviera. Citaba un fragmento de mi propio libro en el que venía a considerar que no había mayor ventura para la biblioteca de un difunto que deshacerse al viento de los libreros para que cada una de sus partículas hiciera feliz a alguien que las encontrara después de mucho buscarlas con afán hasta entonces no recompensado, o las conquistase aunque no las estuviese buscando —siguiendo la ley secreta que manda que en realidad no somos nosotros los que encontramos a los libros, sino ellos los que nos encuentran a nosotros—. Necesitaba mi número de identidad, mis dos apellidos y mi dirección para agregarme a su testamento en la notaría donde pensaba cursarlo. Su otra posesión —un piso en un barrio céntrico de Madrid— se la dejaba al portero de la finca, un chico colombiano que la había estado ayudando, y cito literalmente, en «estos últimos años de auténtica pesadilla, o sea, más o menos, todo lo que llevamos de siglo». Adjuntaba un catálogo con los títulos que formaban su biblioteca, que tenía perfectamente clasificada: ocupaba unas cien páginas.

Se llamaba Concepción del Valle. Recordaba haberla saludado al terminar la presentación del libro que citaba en la Librería Alberti de Madrid. Una mujer pequeña, con una voz dulce, a pesar de lo bronca —fumaba dos paquetes diarios—. Nuestra conversación apenas duró unos minutos. Era imposible, sin embargo, que no me llamase la atención la cicatriz que le cruzaba la cara. Parecía frágil. Se apoyaba en un bastón y daban ganas de quitarle el bolso que llevaba, lleno de libros, pues venía de la Feria de Recoletos, de cosechar piezas, y cederle el asiento. Cuando se marchó pregunté a algunos amigos por la mujer. Alguno me dijo que solo sabía que tenía una historia trágica detrás, sin concretarme más. También que últimamente, desde hacía unos años, era el terror de las subastas, pues si pujaba por algún libro estaba cantado que lo iba a ganar: no parecía importarle el precio y desde luego no pertenecía al gremio de los que pujan sin intención de ganar un lote, solo por encarecerle el precio a quien sí esté interesado.

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4 comentarios

  1. Manuel Queimaliños Rivera

    Sublime este artículo. Maravillosa persona que regala la biblioteca y estupenda la descripción de toda esa historia. Me la he guardado para volver a leer más tarde.

  2. Fascinante.
    Me ha encantado, enhorabuena por los dos regalos.
    Gracias.

  3. Tuve la suerte de mantener correspondencia con Concha del Valle durante 5 años (2000-2005), con la excusa de intercambiar puntos de libro: 32 cartas que guardo como oro en paño. No había vuelto a tener notícias suyas hasta hoy. Gracias, Juan. La vida es muy seria con sus cosas.

    P.S.: En el año 2010 intenté explicar mi curiosa relación con Concha: aquí.

  4. ¡Qué fantástica narración, estimado! Se agradece y tanto, tanto que dan ganas de haber andado detrás de ese ser diminuto y frágil con su bastón como fisgón disfrazado de guardaespalda, forcejeando y a empellones para abrirle el paso entre tanta muchedumbre que van por los libros y no a los libros, y me imagino medio bruto pero grandote, con funda y pistola debajo del sobaco arrastrando detrás de ella su bolso con el tesoro cotidiano, esperando poder ver cuando me tocara ordenar los que van más alto, qué había comprado, sin voz en capítulo, pues por contrato debería reinar entre nosotros el mayor de los silencios, solo obedecer contra peligros imaginarios pues los reales ya habían pasado. Y luego, cuando el fragor de la calle se acallase por el rito de la lectura, entre mutuos café y cigarrillos humeantes con la ciudad afuera y acechante, encontrar la respuesta por ese temor reverencial a cada vuelta de página, pues claro, eran tan frágiles como la lectora, y de repente escuchar su golpe de bastón para abandonar mi lectura para preguntarme con sorna ¿cómo andan los amoríos entre tantos muertos ricos de ese torturado detective americano? Excelente lectura, le agradezco nuevamente con una queja solamente: he tenido que sudar un poquito debido a las largas frases con sus subordinadas, pero valió la pena. Un personaje inolvidable.

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