
Una mañana de hace unos años me sobrecogió el mensaje de una mujer a la que solo había visto una vez. Me decía que ya no le quedaba mucho tiempo, que había entrado en el protocolo de cuidados paliativos y ello le había llevado a proponerme algo. Dado que no tenía descendencia ni herederos a quienes le apeteciese dejar su biblioteca, había pensado que quizá me gustaría recibirla cuando llegase el fatal desenlace —utilizaba este sintagma apoyándolo con el signo de la ironía ;-). Me avisaba de que era una biblioteca de lectora fundamentalmente, pero en la que no escaseaban piezas que, después de haber leído mi libro La novela del buscador de libros, seguro iban a interesarme. Citaba algunas y eran auténticos tesoros que yo no hubiera esperado poseer jamás. Aclaraba que, naturalmente, una vez depositada en mis manos podía disponer de ella como mejor conviniese: dado que una buena parte de los libros no iba a interesarme, podía venderlos o regalarlos, así también con aquellas piezas que ya tuviera. Citaba un fragmento de mi propio libro en el que venía a considerar que no había mayor ventura para la biblioteca de un difunto que deshacerse al viento de los libreros para que cada una de sus partículas hiciera feliz a alguien que las encontrara después de mucho buscarlas con afán hasta entonces no recompensado, o las conquistase aunque no las estuviese buscando —siguiendo la ley secreta que manda que en realidad no somos nosotros los que encontramos a los libros, sino ellos los que nos encuentran a nosotros—. Necesitaba mi número de identidad, mis dos apellidos y mi dirección para agregarme a su testamento en la notaría donde pensaba cursarlo. Su otra posesión —un piso en un barrio céntrico de Madrid— se la dejaba al portero de la finca, un chico colombiano que la había estado ayudando, y cito literalmente, en «estos últimos años de auténtica pesadilla, o sea, más o menos, todo lo que llevamos de siglo». Adjuntaba un catálogo con los títulos que formaban su biblioteca, que tenía perfectamente clasificada: ocupaba unas cien páginas.
Se llamaba Concepción del Valle. Recordaba haberla saludado al terminar la presentación del libro que citaba en la Librería Alberti de Madrid. Una mujer pequeña, con una voz dulce, a pesar de lo bronca —fumaba dos paquetes diarios—. Nuestra conversación apenas duró unos minutos. Era imposible, sin embargo, que no me llamase la atención la cicatriz que le cruzaba la cara. Parecía frágil. Se apoyaba en un bastón y daban ganas de quitarle el bolso que llevaba, lleno de libros, pues venía de la Feria de Recoletos, de cosechar piezas, y cederle el asiento. Cuando se marchó pregunté a algunos amigos por la mujer. Alguno me dijo que solo sabía que tenía una historia trágica detrás, sin concretarme más. También que últimamente, desde hacía unos años, era el terror de las subastas, pues si pujaba por algún libro estaba cantado que lo iba a ganar: no parecía importarle el precio y desde luego no pertenecía al gremio de los que pujan sin intención de ganar un lote, solo por encarecerle el precio a quien sí esté interesado.
Le respondí al mensaje sujetándome la perplejidad, como si fuera rara la semana que no me regalasen una biblioteca llena de joyas. Aceptaba su ofrecimiento, le daba los datos que me pedía y me permitía la coquetería de decirle que tampoco tuviera prisa en que se materializase su cesión: el regalo ya me lo había hecho eligiéndome. No quedaba del todo expresada la pregunta que de veras le hubiera querido hacer, tan sencilla de formular como impúdica: ¿por qué yo?
Comenzó así una correspondencia en la que igual comentábamos asuntos de estricta actualidad —y por lo tanto ya olvidados— que peripecias vividas en pos de libros. Naturalmente, dadas las facilidades que ofrece la tecnología, indagué a través de internet y preguntando a amigos coleccionistas y libreros de Madrid por si podía saber más sobre ella sin preguntarle directamente. Así pude recomponer más o menos una historia. En un BOE me enteré de que había ganado plaza de profesora de instituto en Tarragona a finales de los años setenta; en otro, que había obtenido la cátedra de instituto ya en los años ochenta, con destino en un centro de Madrid. Fue la primera estudiosa que se ocupó en España del «microrrelato» como género a través de una tesis que tiene un título magnífico, «Como mínimo», y repasa los zarandeos del género en toda América, parándose mucho en Monterroso, Borges, René Avilés, Arreola. La tesis estaba en la biblioteca de la Complutense con orden de que no se colgara en red: había que consultarla en sala. Cada vez que me tocaba subir a Madrid intentaba quedar con ella para tomar un té y extender nuestra conversación cibernética, pero ella siempre encontraba razones para impedir el encuentro: una visita al médico, un ingreso, una bajada abrupta del estado de ánimo. A finales de cada mes me mandaba puntual información de las compras que había hecho. Siempre eran piezas colosales. Un vendedor me dijo que no había conocido mejor cliente ni más exigente: pagaba lo que se le pidiera por una pieza sin regateo de ninguna clase, pero la pieza debía estar en perfecto estado; la menor falla en el lomo, en una página de respeto que faltaba o unos párrafos subrayados por su anterior propietario eliminaban la posibilidad de que las conquistara, sin importar que para hacerla más atractiva el vendedor le rebajase mucho el precio. Aunque no lo especificaba en ninguno de mis mensajes, en todos ellos latía la misma pregunta que debí hacer en el primero de los que le mandé: ¿por qué yo?
En una de mis idas a Madrid tuve ocasión de ir a la biblioteca de la Complutense y solicitar la tesis de Concepción del Valle. Cuando heredara su biblioteca tendría mi propio ejemplar, pero de momento había que consultarla así, en horario burocrático. Bastaba, sin embargo, ver la dedicatoria para empezar a ponerle nombres a su tragedia. El trabajo, de seiscientas páginas y una bibliografía exhaustiva, estaba dedicado a la memoria de Laura Artola del Valle. Algunas de las borrosas informaciones que me habían prestado entre titubeos amigos y libreros empezaban a cobrar presencia. Me habían hablado de un accidente que le desgració la vida. De la cuantía de un seguro que le permitió retirarse. Y ahí estaba el nombre. Consulté periódicos en pos de un accidente, de una fecha. No quería preguntarle a ella, pero terminé preguntándole. Me dijo que era la primera y la última vez que me hablaba del asunto. Terminado el curso, su marido, ella y su hija, de siete años de edad, pusieron rumbo a la playa. Era 30 de julio de 1984. En la carretera N-340, en el tramo entre Motril y Almuñécar, conocido por ser el que más incidentes siniestros acumulaba en Andalucía, el adelantamiento imprudente de un camión destrozó el Peugeot 505 en el que viajaban. Acabó con las vidas del marido, de 36 años de edad, y de la niña, de siete años, y la dejó a ella convertida en mapa de cicatrices. La lluvia de millones del seguro de la empresa del camionero no iba a servir de mucho consuelo. Entró, naturalmente, en una depresión de la que nada la sacaría. Decidió encerrarse, gastarse el dinero en tener todos los libros que siempre quiso tener y nunca pudo. Hasta entonces no había sido coleccionista de nada, de marcadores de libros como mucho —tenía cajones llenos de ellos—. Sus pasatiempos favoritos, además de leer, eran ver series cómicas —estábamos de acuerdo en que la mejor de todos los tiempos era Frasier— y acudir a subastas de libros o buscar en páginas de internet primeras ediciones o ediciones raras o ejemplares dedicados por sus autores. Atesoraba los primeros libros de Gómez de la Serna, todo Valle-Inclán, los primeros libros de Juan Ramón, los elegantes volúmenes de Litoral, algunos Borges, muchísimas cosas de Max Aub. Soy comedido. Ya digo que el catálogo de su biblioteca ocupaba cien páginas, si bien es verdad que el setenta y cinco por ciento de la biblioteca era la de un lector al que le da exactamente igual la edición en que lee un libro y, dada su profesión, abundaban las ediciones escolares, ateridas de notas al pie, los libros de bolsillo. Había unos cuantos —fue emocionante descubrirlos cuando la biblioteca de Concepción del Valle se integró en la mía— en los que, jóvenes, su marido y ella dejaban sus firmas discretas en las páginas de respeto cuando los compraban, con la fecha de la compra. Tengo el ejemplar que compraron en diciembre de 1982 de la entonces desconocida obra maestra La conjura de los necios, recién publicada por Anagrama.
De vez en cuando nos enzarzábamos en discusiones bizantinas. Confieso que disfrutaba picándola porque era la única manera de sacarle más prosa que las ocho o diez líneas de sus mensajes habituales, que abruptamente se interrumpían con un «el dolor no me deja escribir más, le mando un saludo». En una ocasión me quejé del trabajo de corregir los escritos de los doce alumnos que tenía y ella mostró su espanto: ¿de veras me quejaba de tener que revisar doce ejercicios?, ¿cómo hubiera sobrevivido a clases de cuarenta o cincuenta alumnos como las que ella tuvo que lidiar durante años? Le respondí que no podía compararse una cosa con otra: no es que menospreciara su labor, ni mucho menos, pero mis doce alumnos eran escritores, mi trabajo consistía en editar sus textos, nada que ver con cincuenta exámenes que respondían a las mismas preguntas y que podía ser tarea onerosa, sin duda, pero no por ello debía dejarte frito el cerebro, incapacitado además por la vecindad del trabajo propio de novelista o ensayista con el de corrector y editor de novelas y ensayos de otros. Para qué dije nada. Me mandó una respuesta disgustada, decepcionada, no llegaba a insultarme de milagro. En otra ocasión se me ocurrió decir que yo no solo era pésimo coleccionista, sino que además despreciaba el coleccionismo hasta el punto de que prefería con mucho los facsímiles a las ediciones originales, pues la técnica permitía que ahora los facsímiles, a poco que estuviesen hechos con cuidado y rigor, tuvieran muchísima más calidad y se leyeran mejor que las impresiones originales —y ponía como prueba fehaciente las ediciones que hacen los libreros de viejo de Madrid: el volumen A sangre y fuego, de Chaves Nogales, es bastante mejor que el original de ese libro, impreso en papel quebradizo, pues además de estar impreso sobre mejor papel se refuerza con tapa dura, como el libro Madrid 1921, de Josep Pla, cuya edición original es un libro de bolsillo y su semifacsímil se enriquece con tapa dura, mayor tamaño, más legibilidad—. Siguió un intercambio de mensajes en los que cada vez parecía más disgustada, porque ella, naturalmente, despreciaba los facsímiles, le parecían simulacros, atentados al buen gusto. Me divertían aquellas jaranas, aunque llegaba un momento en que sentía que quizá Concepción se tomaba demasiado en serio mis argumentaciones y se rebajaba a preguntas que querían revelar mi desfachatez: ¿cómo, entonces, se ha pasado usted media vida buscando libros si tanto defiende los facsímiles? Yo tenía que ponerme digno: pues porque no todos los libros que quisiera leer han tenido la suerte de ser facsimilados mejorando su calidad de impresión y he tenido que leerlos en sus ediciones originales porque no había otras. Ella me respondía: si quiere usted que le crea, va aviado, parece empeñado en que reconsidere el paradero de mi biblioteca. De esa frase pudo dolerme que, hasta ese momento, siempre que se refería a sus libros lo hacía con la expresión «nuestra biblioteca» y ahora le cambiaba el posesivo, pero no me dolió.
Y llegó la pandemia, y Concepción se aterrorizó: dadas sus visitas a hospitales, temía que se le escapara su último deseo, que era, sencillamente, morir una noche cualquiera en su cama. Sus mensajes siempre me los escribía de madrugada. Primero pensé que era la hora a la que, insomne irremediable, más o menos iba a dormirse, pero no: era la hora a la que se levantaba. Cada vez más temprano. El dolor cada vez le dejaba menos capacidad de efecto a la morfina —por cierto, le pedí que me regalara una caja de morfina porque nunca la había probado y me la mandó avisándome de que, aunque para ella tomarse un blíster de esos ya apenas la aliviaba, una sola de las pastillas podía noquearme—. Si los primeros mensajes registraban como hora de envío las cinco o cinco y media de la madrugada, los últimos los había escrito a la una. Solía meterse una buena carga para dormir a eso de las nueve, y cada vez le hacía menos efecto por mucho que multiplicara la dosis. Reconocía haber caído más hondo aún en la depresión al ver la plaga de muerte que se extendía por el mundo con la pandemia. No soportaba ver un telediario. No salía de su casa para nada. El chico colombiano se ocupaba de hacerle la compra y de ayudarla en lo que necesitara. Los domingos, aunque no trabajaba en la finca, iba de todos modos a visitarla y pasar la tarde con ella.
Cuando amainó el temporal, apenas respondía a mis mensajes con un: «estoy demasiado fatigada para responderle, espero poder contarle algo en unos días». Pero qué va. Y en agosto del año veintidós le escribí diciéndole que quizá tendría que pensarse lo de dejarme la biblioteca porque, quién sabe, igual llegaba yo antes a la meta que ella. Un accidente coronario me dejó a las puertas del otro lado del tiempo y le escribía desde la unidad de cuidados intermedios del hospital Virgen del Rocío. Ahí sí me respondió largo: me dijo que no se me ocurriera morirme, que saliera adelante, que fuera obediente a los médicos, que… Una semana después, luego de una complicación idiota, ya estaba de regreso en casa. Le escribí dándole la buena noticia. Tendría que vivir empastillado, hacer caminatas terapéuticas, abandonar vicios, pero parecía que estaba fuera de peligro. No me respondió. Quien me llamó por teléfono unos días después fue el chico colombiano, dándome la noticia de que Concepción había muerto un día después de que me dieran el alta.
Dado que no podía subir a Madrid a encajonar la biblioteca heredada, le pedí al librero Marcos Ortiz que se ocupara del trámite. Le costó días meter la biblioteca en cajas. De las fotos que me mandaba sorprendía que en la casa de Concepción no hubiese armarios: solo estanterías. La ropa estaba dispuesta sobre las camas que dejaron vacías sus muertos. Entre ellas, oculta, encontraron una gata, compañera de sus últimos años, que se escondió allí después de que una mañana su dueña ya no se despertara. Marcos ofició con la eficacia que suele y le encontró destino al animal. Aunque sabía, por su catálogo y las actualizaciones periódicas que me enviaba, el cúmulo de piezas imponente que me llegaría, abrir las cajas e ir sacando aquellos libros que Concepción había ido consiguiendo y juntando, en condiciones verdaderamente irreprochables y gastando grandes sumas de dinero que le quemaban, me produjo incontables momentos de asombro: un ejemplar de Miguel Hernández dedicado a Morla Lynch, el primer libro de Cernuda, el boceto de cubierta que dibujó Vivanco para la primera edición de La pipa de Kif, de Valle-Inclán, tantísimos otros.
Siempre he considerado una bobada esa máxima bibliófila que asegura que la biblioteca es un retrato fidedigno de su propietario, de manera que examinar una biblioteca es de alguna manera tocar el alma de quien la formó. Semejante certidumbre no tiene en cuenta la evidencia de que muchos propietarios de biblioteca no consiguieron siempre los libros que se propusieron conseguir, que muchos otros volúmenes que se atesoran tienen procedencia casual: libros que no pensábamos comprar y, sin embargo, adquirimos porque era lo único de cierta calidad que encontramos en la única visita que hicimos a una ciudad a la que no volveríamos, ejemplares que alguien nos regaló porque erróneamente pensó que nos haría ilusión, etcétera. Pensar que porque conoces la biblioteca de alguien ya sabes lo que hay que saber de ese alguien es tener en demasiado la condición de espejo de las bibliotecas privadas. Si en una biblioteca hay medio centenar de libros sobre fascismo, eso lo único que nos dice del propietario es que estaba interesado en el tema, no que fuera un fascista (ahora, si en un baúl ya encontramos su camisa negra y su insignia con el haz, ya te puedes hacer mejor una idea). Así que ¿qué imagen se proyectaba de Concepción del Valle a través de aquella espléndida biblioteca en la que abundaba la literatura española del siglo XX, pero no faltaban ni los grandes humoristas ingleses ni biografías de celebridades olvidadas? Apenas que tenía buen estómago, que no se limitaba a una sola pasión, que no le hacía ascos a las narrativas extranjeras —tenía todas las novelas de Bufalino, algunas de Modiano, mucho Martin Amis, algo de Clarice Lispector—, ni a un género ni a una época.
Eso en cuanto a los libros de lectura. En lo referente a los libros de colección, parecía claro que su interés se centraba en el modernismo y la vanguardia, con alguna incursión —seguramente debido a uno de esos encuentros casuales que nos salen al paso a los buscadores de libros— en la poesía actual (un ejemplar del primer libro de Luis García Montero dedicado a Pere Gimferrer). Pero de todo eso no podía extraerse la menor información sobre ella, solo sobre sus hábitos de lectura y sus intereses particulares. ¿Cómo se habían decantado estos? Es pregunta difícil de responder incluso cuando uno se la hace a sí mismo. Yo siempre le echo la culpa a la lectura de La novela de un literato, de Cansinos Assens, que, a los veinte años, me hizo querer leer a todos los que pululaban por aquellas páginas y el único sitio donde podían obtenerse esos títulos eran las librerías de viejo. Los primeros libros viejos que compré no los compré porque fueran primeras ediciones, sino porque eran las únicas en las que podía leer a los autores que me apetecía leer, ya fuera José Díaz Fernández o José Mas o Concha Espina o César González Ruano. Resultaba además que en aquella época, los años ochenta del siglo pasado, esos libros solían costar menos de la mitad de lo que costaba una novedad editorial, así que por lo que valía la última y tortuosa apuesta de la narrativa española te podías comprar dos libros de Baroja o de Azorín o de Sender (tampoco tardarías en enterarte de que bastaba dejar pasar unos meses para que el precio de la novedad editorial se desinflara en los puestos de Moyano, en el rastro de la Alameda Vieja o en los suelos de El Jueves). Por supuesto, había autores inalcanzables —porque el mercado del libro de segunda mano contempla todas las clases sociales: desde la aristocracia que compra libros de caza o taurofilia a cientos de miles de pesetas hasta la pseudomendicidad de quienes íbamos buscando libros de veinte duros—. Curiosamente, porque el tiempo es un juez muy estricto y un tasador caprichoso, autores que en los noventa rara vez se te ponían a tiro a menos de veinte o treinta mil pesetas, como Alberti, ahora se encuentran por veinte o treinta euros; los dos tomos de España como problema, de Laín Entralgo, que no pude permitirme en su día porque desbordaban mi presupuesto, están ahora, cuando no tengo el menor afán en leerlos, a diez euros en la red. Por eso el mejor arma que tiene el buscador de libros que no va equipado con mucho capital es la paciencia. Yo sé bien que hay libros que busco que jamás encontraré —y la mayoría ni siquiera son libros muy raros, pero por alguna razón parecen haber desaparecido de la faz de la tierra—, pero nunca pierdo la ilusión porque en el camino siempre me salen al encuentro otros que no esperaba haber conseguido, y esa es toda la gracia de ese deporte.
Concepción, sin embargo, parecía tener bastante claro cuáles eran sus metas como coleccionista: había acotado sus intereses a unos cuantos autores y quería conseguir todo lo que esos autores publicaron. Como dije antes, lo tenía todo de Ramón, por ejemplo (cosa explicable dada su especialización en el microrrelato), y dado que lo primero que publiqué en mi vida fue un ensayo sobre las greguerías me pregunté si no era Ramón la respuesta a la pregunta ¿por qué yo? Pero no podía ser tan sencillo, y además, si Ramón fuera la respuesta, se me ocurrían varios nombres que merecían más que yo ser destinatarios de aquella colección de primeras ediciones. Por muchas vueltas que le diera, no lograba intuir siquiera qué había hecho yo para merecer que me regalara su biblioteca una mujer que no me conocía de nada —tenía casi todos mis libros en su biblioteca, eso es verdad, pero aceptar que por eso, por haberme leído, me conocía, era dar por bueno el espejismo según el cual los escritores nos desvelamos por entero en lo que escribimos, lugar común que no solo no me ha convencido nunca, sino que me parece notablemente falaz—.
Sin duda Concepción se construyó con su biblioteca una envidiable coraza contra el mundo y un afán o espejismo para soportar una vida empecinada en que la aborreciera. Por lo poco que me dejó saber de ella, por lo poco que averigüé en quienes tuvieron algún trato, era una persona tan amable en las formas como arisca y reservada: no le gustaba vanagloriarse de ninguna conquista ni permitía que se visitara su creciente colección. En algún mensaje le hice el chiste de compararla a ese personaje de Salinger que, como tiene que comprarse un pez de colores sin que nadie le preste dinero ni le ayude a completar la suma de su coste y ha de ahorrar cada moneda para procurárselo, robándoselas a las que les dan para el desayuno, decide no enseñárselo nunca a nadie, mirarlo solo él cuando está a solas en su cuarto; si recibe alguna visita, lo tapa con una manta: considera que, ya que nadie ha contribuido a que consiga el pez, nadie tiene derecho a verlo. Ahora, por alguna razón, me tocaba heredar el pez. Cuando hice esa comparación, Concepción no creyó oportuno ni refutarla ni sonreírla: se limitó a no decir nada.
Sí recuerdo sus últimos mensajes, diarios, poco antes de que se muriera y estando yo ingresado en el hospital: había allí unos ánimos, una cercanía, un cariño que no comparecían en la correspondencia anterior. Frases del tipo «No dejo de pensar en usted», «Estoy convencida de que saldrá de esta, que el aviso ha llegado en tiempo oportuno y superará el bache». Me animaba sin duda, pero cuando le respondía pidiéndole que me diera noticias de cómo estaba ella, no contaba apenas nada. Apenas, digo. Algo contó. A sus males sin remedio parecía que avanzaba rápidamente otro que consideraba puramente el terror: se había dado cuenta de que estaba olvidándolo todo. Me contó que le había sucedido con un libro mío —quiero creer que si le hubiera ocurrido con un libro de otro autor también me lo hubiera contado—. Acababa de leer el primer capítulo, pasó al segundo y de repente le sobrecogió la extrañeza de que no recordaba nada de lo que acababa de leer y tenía que empezar de nuevo. Empezó a examinarse y comprobó que, en efecto, las fallas de memoria eran cada vez más habituales. Se preparaba un segundo café pensando que aún no se había tomado el primero, y al comprobar que la cafetera estaba caliente le entraba la duda de si había tomado café; no recordaba haberlo hecho, pero todo en la cocina le demostraba que sí. Cosas así. Que exprimiera la prosa, a pesar de lo mucho que le costaba teclear un renglón, para darme tales explicaciones, no sé si lo hacía por entretenerme, por informarme, por qué. Por supuesto que sería exagerado por mi lado pensar que, una vez que le informé de que había salido del hospital y comenzaría la rehabilitación, decidió que antes de seguir apresuradamente olvidando lo poco que le iba quedando de recuerdo vivo, antes de que el alzhéimer agigantara su ración diaria de olvido, sería mejor acabar con la larga penitencia. Había estado aguantando, después de aquella catástrofe que le arrebató a su hija y a su marido y la imposibilitó para dedicarse a lo que más le gustaba, que era dar clase, varias décadas. Para mí era un misterio cómo se soporta ese dolor, cómo se aguanta en los subsuelos de una depresión continua, cómo se defiende uno de esas pérdidas. Por lo que sé, no era creyente. Trato de imaginármela defendiéndose, acudiendo a médicos, a mesas de operaciones que vayan ajustándole el cuerpo después de las múltiples y severas lesiones del accidente, la convivencia con el continuo dolor físico que aun así era un enano al lado del gigantismo del otro dolor; trato de imaginármela tomando decisiones para seguir, proponerse escribir una tesis sobre el «microrrelato», ver sitcoms para devorar horas de la jornada, estudiar y leer, decidir que iba a componer una colección de libros que siempre había querido tener.
Su colección empezó —o dio un paso de gigante, esto no puedo asegurarlo— cuando un librero de Madrid le ofreció parte de la biblioteca de un personaje muy interesante y poco conocido de los años veinte: Luis G. Bilbao. Fue el que puso el dinero para que se fundara la revista España, que dirigió Ortega y Gasset. Amigo de todo el mundo, benefactor de muchos autores que comenzaban, poeta discreto. En la biblioteca de Concepción del Valle había decenas de ejemplares dedicados por sus autores a Luis G. Bilbao. Uno de Lorca, muchos de Max Aub. Quizá a partir de entonces decidió completar la biblioteca de tan admirable figura. De cualquier forma, no dejaba de fascinarme el hecho de que, manejando sus libros, curioseando en ellos, apenas pudiera obtener información sobre quién fuera su propietaria. Detalles de comportamiento lector, sí: no subrayaba jamás ni los libros más zarandeados; las ediciones con las que tuvo que trabajar para su tesis; de algunos libros tenía dos ejemplares, uno para torturarlo y otro para conservarlo como si nunca lo hubiera abierto nadie; despreciaba los libros encuadernados por sus propietarios y prefería a todas luces que conservasen cubierta, contracubierta y lomos originales; apenas sentía interés por libros del XIX, exceptuando a Galdós y a Clarín; la poesía triunfaba sobre la novela, el ensayo literario sobre la historia y la filosofía. Como se ve, poco, nada sobre alguien que vivió casi setenta años, aunque las últimas décadas, después del accidente que la dejó maltrecha y sola, ella misma hubiera torcido el gesto al aceptar que a eso merecía llamársele vida.
Husmeando en los libros de la biblioteca de Concepción no logré emocionarme —más allá del asombro que pudiera proporcionarme tener en las manos volúmenes que antes solo había visto protegidos por un cristal antibalas o documentos verdaderamente imponentes como uno de los retratos que Corpus Barga le hizo a Antonio Machado pocos días antes de que muriese, en Colliure—. Pero de repente, en un libro mío, apareció un recorte. Era una entrevista de esas que te mandan por escrito y a cuyas preguntas tipo test contestas por escrito. Una de las preguntas me pedía que confesara alguna superstición o hábito malsano de lectura y respondía: «No soporto que mueran niños en las novelas. Si muere un niño en una novela, inmediatamente acudo a la red a averiguar si el autor ha padecido esa experiencia y tiene derecho a hacer ficción de su vacío. Si veo que es un recurso narrativo para sembrar drama insoportable en su relato, abandono inmediatamente la lectura. Los niños no deberían morir nunca en las ficciones». ¿Motivó esa respuesta que Concepción tomara la decisión de regalarme su biblioteca? Nunca lo sabré.
En una de las muchas cajas que me llegaron con la biblioteca de Concepción del Valle apareció un sobre con fotografías. Todas ellas habían sido tomadas antes del accidente que partió en dos su vida. En casi todas ellas sale leyendo. Niña tirada en el suelo, ensimismada en la lectura; joven que evita el ojo de la cámara para sumergir la atención en un libro. En una de ellas sale joven, sentada, cruzada de piernas. En otra, en Notre Dame de Paris. En otra posa leyendo ante el espejo, para multiplicarse, seguro que sin saber aún la frase de Lichtenberg que defiende que los libros han de ser espejos y los simios que se asoman a ellos no pueden esperar que quienes salgan reflejados sean apóstoles (cuando eso es precisamente lo que consiguen los grandes libros: mostrarles a los apóstoles que se asoman a ellos que siguen siendo simios, mientras a los simios les muestran que siempre hay un atisbo de santidad en ellos).







Sublime este artículo. Maravillosa persona que regala la biblioteca y estupenda la descripción de toda esa historia. Me la he guardado para volver a leer más tarde.
Fascinante.
Me ha encantado, enhorabuena por los dos regalos.
Gracias.
Tuve la suerte de mantener correspondencia con Concha del Valle durante 5 años (2000-2005), con la excusa de intercambiar puntos de libro: 32 cartas que guardo como oro en paño. No había vuelto a tener notícias suyas hasta hoy. Gracias, Juan. La vida es muy seria con sus cosas.
P.S.: En el año 2010 intenté explicar mi curiosa relación con Concha: aquí.
¡Qué fantástica narración, estimado! Se agradece y tanto, tanto que dan ganas de haber andado detrás de ese ser diminuto y frágil con su bastón como fisgón disfrazado de guardaespalda, forcejeando y a empellones para abrirle el paso entre tanta muchedumbre que van por los libros y no a los libros, y me imagino medio bruto pero grandote, con funda y pistola debajo del sobaco arrastrando detrás de ella su bolso con el tesoro cotidiano, esperando poder ver cuando me tocara ordenar los que van más alto, qué había comprado, sin voz en capítulo, pues por contrato debería reinar entre nosotros el mayor de los silencios, solo obedecer contra peligros imaginarios pues los reales ya habían pasado. Y luego, cuando el fragor de la calle se acallase por el rito de la lectura, entre mutuos café y cigarrillos humeantes con la ciudad afuera y acechante, encontrar la respuesta por ese temor reverencial a cada vuelta de página, pues claro, eran tan frágiles como la lectora, y de repente escuchar su golpe de bastón para abandonar mi lectura para preguntarme con sorna ¿cómo andan los amoríos entre tantos muertos ricos de ese torturado detective americano? Excelente lectura, le agradezco nuevamente con una queja solamente: he tenido que sudar un poquito debido a las largas frases con sus subordinadas, pero valió la pena. Un personaje inolvidable.