
Esto creo no lo acabará bien de entender el que no lo hubiere experimentado.
(San Juan de la Cruz, «Cántico» B VII, 10)
(…) así levantas/ tu cuerpo al cielo, sin fijar las plantas,/ que ligero tras sí el alma le lleva/ a las regiones santas/ con nueva suspensión, con virtud nueva.
(Miguel de Cervantes,«A los éxtasis de Teresa de Jesús»)
En 2004, cuando Benedicto XVI todavía no había relevado a Juan Pablo II y la Generalitat catalana no había aprobado la ley que limitaría las actividades recreativas, la editorial académica Routledge publicó un libro donde se relacionaba la cultura rave con la práctica religiosa: Rave culture and religion.
Uno de los aspectos que diferenciaba la rave de otras escenas —y que era en su mayoría lo que atraía la atención de los medios— era el uso extendido de sustancias psicoactivas por parte de los asistentes, principalmente éxtasis y LSD. Según los académicos que participaron en la edición, el uso de la droga se alejaba de la mera recreatividad para ser utilizada como una herramienta que intensificaba la vivencia de lo festivo. Algunos investigadores, como el profesor canadiense François Gauthier, afirmaban que el aumento de este tipo de fiestas, generalmente clandestinas y de varios días de duración, se debía a la naturaleza mística de la experiencia.
Han pasado muchos años desde que se publicó el libro y muchos más de lo que fue el auge del movimiento rave. No obstante, estas fiestas están lejos de desaparecer y han mostrado un repunte después de la pandemia. Es interesante observar que, pese a los cambios en ocio y obsesiones que suponen dos décadas, la estructura de la rave sigue siendo la misma que planteó Gauthier: la división clásica de los rituales: separación (preparación del ritual y ruptura con lo profano), transición (la persona se encuentra en un estado liminal) y retorno (el individuo se reincorpora a la sociedad). Para el investigador canadiense estas tres fases pueden traducirse como aventura, clímax y meseta, y bajada.
Aventura
Era la Nochevieja del 24 y nos enteramos por un amigo de G. El lugar estaba a una hora y cuarto en transporte público y la festividad empezaba a colapsar las calles. A medida que iba llegando gente a la parada de autobús, la posibilidad de que este nunca llegara se hacía cada vez más plausible. Recuerdo que G me tomó la mano, cerró los ojos y le pidió a san Expedito que nos ayudara en ese viaje. Cinco minutos después el bus dobló la esquina, una línea nocturna que atravesaba el bullicio del año prematuro hasta una zona industrial del extrarradio barcelonés.
Gauthier sostiene que la rave elabora mitologías de «otro lugar». Un sueño, «una utopía, un mundo ideal fuera de la realidad, virtualmente inalcanzable y ciertamente insostenible». En la calle no había nadie. Se había especificado en las indicaciones recibidas dos horas antes junto con la ubicación: no coches, no taxis en la puerta. No hacer cola. Esperar en la esquina. Allí nos aguardaba el amigo de G. Al «otro lugar» se accedía a través de una reja metálica que se cerraba después de entrar. Enterarse de la fiesta, encontrar el sitio, conseguir acceder, son los primeros pasos de la ruptura con el entorno, claves en la construcción del mito y del viaje iniciático.
Me sorprendió la amabilidad en el trato, excesivamente distinta a la de cualquier club. En la primera planta había un guardarropa improvisado en el montacargas; en la segunda, la pista de baile y un baño con un cartel escrito a mano donde se solicitaba a los usuarios entrar de uno en uno. Un pasillo estrecho al lado de la barra conectaba con una habitación con sofás y mesitas. Nos sentamos en uno. La gente hablaba entre sí. Se escuchaba el bombo retumbando en la sala principal.
—En mi opinión —me dice E, médico, el amigo de G que nos enseñó el lugar— hay una gran diferencia entre el adicto, el drogodependiente y el que usa de forma casual y recreativa las drogas.
G, que estaba sentada a mi lado, coincidió y añadió que había una membrana translúcida, extremadamente fina, que separa la adicción del uso recreativo. Lo que tiene el éxtasis, el MDMA —insistió E—, y que difiere de otras drogas como, por ejemplo, la cocaína, es que están muy limitadas a un contexto. En este caso, la fiesta, pero no cualquier fiesta, sino este tipo de fiesta. A ti no te apetece tomarte una pasti en un bar mientras bebes una cerveza con los amigos. No es funcional. Pero la gente sí se mete una raya para ir al curro.
Lo que comentaba E mientras iba acunándose en el sofá, explorando la trama secreta del tejido, era muy parecido a los testimonios que la investigadora Melanie Takahashi recogió sobre la escena canadiense de los años dos mil. En su estudio, los participantes mostraban un código moral de conducta y establecían una jerarquía entre «drogas buenas», aquellas que promovían los valores de la rave, valores PLUR (Peace, Love, Unity, Respect), y las «drogas malas», las que podían enturbiar el ambiente, entre ellas el alcohol y la cocaína. Aunque la mayoría de encuestados (un ochenta y uno por ciento) reportó un consumo regular en este tipo de fiestas, todos enfatizaron que la experiencia no se centraba en eso, sino en la música, las personas y el baile. Para Takahashi, el uso del éxtasis como «santo sacramento», como un instrumento que te conecta con el sonido y con los otros, refuerza la visión de la experiencia rave como un proceso ritual.
Después de un rato de parloteo, G y yo decidimos ir a bailar. E siguió acurrucándose en el sofá. Tenía algo de felino. Un par de personas se sentaron con él y le preguntaron si estaba todo bien, si necesitaba agua. No os preocupéis, respondió, hasta santa Teresa en esos momentos padeció desmayos, una cardiopatía no definida y otras molestias.
Clímax y meseta
Cuerpos sudorosos bailando. Hay un bombo fijo, pero cada cual sigue un ritmo propio, anárquicamente fluido, balanceado. Entre la oscuridad, el humo y el calor se distinguen las botellas de agua de los participantes. El bajo, los sintetizadores, el beat y todo aquello que forma parte del sonido dialoga entre sí, crea un lenguaje, disuade al cuerpo de cualquier oposición al abandono.
En el Congreso Internacional de Arquitectura Moderna de 1953, unas fotografías de niños jugando enfrente de sus casas inspiraron al arquitecto Aldo van Eyck a desarrollar la filosofía del umbral: «el camino de “lo intermedio”, la búsqueda de la armonía entre las categorías opuestas que componen nuestra existencia». Para van Eyck, el símbolo del umbral representa la unión entre la naturaleza y lo artificial, la casa y la ciudad, lo privado con lo social. El clímax, una experiencia difícil de narrar, pues reside al margen del lenguaje, tiene algo del umbral del que hablaba van Eyck. Une el estado previo del sujeto, individual, concentrado en sí mismo, con la meseta, un estado mucho más social y colectivo. El «intermedio», un espacio transitorio como la entrada de una casa, también podría definirse como un «no-lugar» dentro de la propia fiesta. La rave y el éxtasis lo hacen fugazmente habitable.
Ese «intermedio», ese «no-lugar» queda muy bien reflejado en un poema de Roberto Juarroz: «A veces me parece que estamos en el centro de la fiesta, sin embargo, en el centro de la fiesta no hay nadie. En el centro de la fiesta está el vacío. Pero en el centro del vacío hay otra fiesta». Durante el clímax, el centro de la fiesta, el cuerpo danzante en la pista de baile, se convierte en un vacío metafísico. Se accede entonces a la grieta, el estado liminal máximo, «desposeído de cualquier meta, cualquier expectativa, cualquier centro». En ese momento el futuro se suspende, se convierte en algo que todavía no se ha inventado. La explosión de dopamina y serotonina hace el resto, arrasa cualquier construcción de la subjetividad y hace de la audiencia una sustancia líquida, empatógena, que se mueve según los embates del sonido. «Quien se entrega a los rituales tiene que olvidarse de sí mismo», afirma el filósofo surcoreano Byung-Chul Han.
Ese momento-espacio trance lo ampara la electrónica. La música techno: rítmica, repetitiva, casi arcaica, mantiene a la persona activa, bailando, y funciona como una red metálica que sostiene la inmersión y la conduce. Varios estudios demuestran que entregarse a este sonido provoca alteraciones neuronales características de estados alterados de la conciencia.
«La revolución del techno ha sido la creación de una música que se desarrolla en sus propios intersticios, los intersticios del presente. Los parásitos de la cronología narrativa —principio, medio y fin— han desaparecido. Escuchar es puro, pura apertura». Jean-Ernest Joos (1997).
«Mi teoría es que se trata de una música, o mejor una tecnología sónica, hecha para alienígenas. Al estar hecha para alienígenas, es un sonido en el que ningún cuerpo es más bienvenido que otro». McKenzie Wark, escritora y académica trans, volvió a la rave después del COVID, con sesenta años, tras dos décadas sin pisarla. «Estoy químicamente predispuesta a que me guste», escribe en su libro Raving.
Tengo sed y me dirijo a la barra a por agua. G y E siguen bailando, son las nueve de la mañana y en ninguna de las dos salas entra luz natural, lo que incrementa todavía más el espacio confusional en el que nos encontramos. Fantaseo con la excentricidad de una noche continua. En la barra los organizadores han dejado cuencos con mandarinas. La gente las coge y las comparte con sus amigues. También me doy cuenta de lo fuerte que está el aire acondicionado. Para que se produzca la ruptura y el abandono, escribe Gauthier, la rave debe proveer un mínimo de seguridad, la solidaridad grupal es clave. El aire y la fruta evitan golpes de calor y bajadas de azúcar. Cojo un par para E y G. En la barra coincido con un señor, debe tener unos cincuenta años. Esto que suena es acid, me dice. Si no te has tomado un tripi no sabes de qué va. Puedes montar y desmontar la música. Le pregunto si eso es lo que se ha tomado. Responde que no. El sitio se parece mucho a cuando yo salía de fiesta. La gente es amable, te dan un golpe y se disculpan, te preguntan si estás bien. Esto no lo ves actualmente. En qué época salías tú, le pregunto. En los noventa, responde, en la Barcelona de los noventa. Le pido que me hable de esos años.
Bajada
Era la una de la tarde y el nuevo año todavía se parecía mucho al anterior. Al salir, la chica que nos abrió y cerró la verja comentó que la policía iba a precintar el local en unos días; aún quedaban dentro treinta danzantes. En el taxi pensé en McKenzie: ¿quién necesita la rave?, ¿quién puede sostener el hábito?
Otorgarse al abandono conlleva un fuerte agotamiento. La resaca dura varios días. Es física y emocional y se asemeja a una enfermedad, un virus que el organismo debe eliminar por sí solo. Comer bien, descansar y hacer ejercicio ayuda, aunque no es suficiente. Es fácil plantearse entonces si el viaje vale la pena.
Según algunos académicos de la edición de Routledge, ser consciente del peaje limita el uso a ocasiones y contextos concretos. Estar dispuesto a asumir el pago refuerza la tesis del uso sacramental de la sustancia. De hecho, muchos entrevistados del estudio que realizó Takahashi en los dos mil comentaban que el objetivo del consumo no era simplemente colocarse, sino producir en ellos una transformación interior, «abrir ideas y posibilidades en tu mente que nunca supiste que podrías tener». También insistían en que, para que eso sucediera, el encuentro con psicoactivos no debía hacerse en edades tempranas, pero la mayoría tenían entre veinte y veinticinco años.
Esta «transformación» a la que se referían los y las ravers, Melanie Takahashi la define como una reprogramación, una afinidad neuronal, que permite al sujeto conectarse con sensaciones que lindan con el clímax. Exponer el cuerpo a estímulos parecidos a aquellos en los que se ha estado bajo los efectos del éxtasis —luces estroboscópicas, calor, el bajo retumbando en la sala oscura— no solo puede provocar que la persona experimente flashbacks, sino que, con cierta experiencia, puede ser capaz de inducirlos y alcanzar así el momento-espacio trance de forma natural, sin aditivos.
Un mes después de la fiesta, G me envió un WhatsApp. Me confirmó que el sitio al que fuimos lo habían cerrado, pero que había conocido a unos chicos que sabían de una que se montaría la próxima semana. ¿Era demasiado pronto? Una vez al mes son doce fiestas al año, ¿es eso un exceso o tiene más relación con la filosofía del umbral de van Eyck, la búsqueda del equilibrio entre las categorías opuestas que componen la existencia? Entre los artículos de Gauthier y Takahashi publicados hace veinte años puede vislumbrarse una respuesta.
Uno de los pensadores más importantes del siglo XX, George Bataille, sostiene que el funcionamiento de la economía no puede entenderse sin la «parte maldita» que conforma toda sociedad. Una parte intrínseca del ser humano que busca desesperadamente el exceso, el gasto improductivo, el derroche y la destrucción. La mayoría de las culturas del mundo buscan estados alterados de la conciencia, pero la sociedad occidental se erige sobre fundamentos demasiado racionales. Sin embargo, la necesidad de abandono existe, es necesaria. Además, el modelo neoliberal, obsesionado con la utilidad, la producción y el rendimiento, relega lo festivo y la ociosidad a un plano inferior, priorizando el trabajo por encima de todo. En uno de los proyectos arquitectónicos de van Eyck aparece un árbol atravesando el pavimento. Se le ha dejado suficiente extensión para que crezca en medio de los edificios. El exceso, la «parte maldita» de Bataille, debe convivir con el orden irremediable que requiere la vida. Me gusta pensar en el intermedio, el espacio que existe entre el árbol y el pavimento, como el único lugar plenamente habitable.







