Arte y Letras Literatura

Gonzalo Suárez, perplejo

Gonzalo Suárez

El 20 de abril de 2017 sometí a Gonzalo Suárez a una sesión de firmas de libros suyos. Fue en una cantina cerca del Senado. Propició el almuerzo el escritor y amigo Adolfo García Ortega, que quedaba, y no sé si queda, todos los jueves con Suárez. Nos tomamos un vino y luego nos dejó solos. La cantina a la que fuimos a comer era como una extensión de su casa, tan es así que en un momento dado de la charla Suárez se acordó de que quería regalarme un libro, se ausentó un momento como quien va al baño (quizá aprovechó para ir al baño), y a los tres minutos ya estaba de nuevo frente al pescaíto frito y frente a mí con su último libro.

Le dije que nosotros ya nos conocíamos, no una sino dos veces. Me parecía normal que me hubiese olvidado minuciosamente, pero ello me daba oportunidad de recordárselo. En 1993 Jesús Quintero, para quien yo trabajaba, lo contrató como realizador de su programa «La boca del lobo». Suárez se acordaba del guionista, Javier Salvago, y me preguntó por él, cómo le iba y demás, qué tal estaba Quintero; ponderó lo fácil que fue trabajar con él a pesar de las advertencias que le habían hecho algunos amigos. Tres años después, cuando presenté en Madrid mi primera novela, le pedí a la jefa de prensa de Ediciones B, que era muy amiga suya, que me llevara a saludarlo, y allí nos plantamos, en un estudio amplio, un loft lleno de libros, y echamos unas parrafadas: debía pasarle a menudo porque no quedó ninguna huella de ese encuentro en su memoria. Normal. Mientras llegaban los calamares y boquerones que pidió —soy de Cádiz, le advertí, es como invitar a un chino a un restaurante chino— le pedí que me dedicara los libros que llevaba en mi mochila, desde el primero que leí suyo hasta el último de los años sesenta (tampoco quería abusar). Aquí los tengo todos ellos dedicados, un tesoro. Entre los ejemplares había un ejemplar de una novela de 1943, fecha en la que Suárez tenía trece años. Para mí era verdaderamente excepcional que un niño de nueve años hubiera escrito y publicado una novela de aventuras africanas. Pero la cosa tenía explicación: no lo había escrito él sino su padre. Su padre era profesor de francés, eminencia discreta en la pedagogía de la enseñanza de ese idioma, autor además de una biografía de Villon, que yo también tenía y creía obra de Suárez hijo. Me la firmó de todos modos imitando la caligrafía ladeada y elegante de su progenitor.

Y de padre a padrastro. Le dije que yo formaba parte de la cabalgata de convencidos de que los libros de Helenio Herrera, sus memorias Yo, su libro de cuentos Suspense, habían sido escritos por Suárez. Ni lo confirmó ni lo desmintió, pero me los dedicó imitando la letra minúscula del gran entrenador que conquistó la fama al hacer por fin del Barcelona un equipo ganador —autor de aforismos que cualquier futbolero conoce como «ganaremos sin bajarnos del autobús» o «con diez se juega mejor que con once»—.

En uno de los libros que le llevaba para que me los dedicara y que fueron tan importantes para el joven lector que fui porque de repente traían a nuestra enrarecida atmósfera alegría y absurdo, poesía misteriosa en personajes perplejos, había un ticket de un vuelo San Sebastián-Barcelona. ¿Qué hacías en San Sebastián? ¿Por qué ibas a Barcelona? No sabía muy bien; por entonces en el periódico para el que trabajaba se les antojó mandarme a cubrir asuntos un poco siniestros: niñas desaparecidas, juguetes bomba que mataban a una abuela y su nieto. Una búsqueda ahora en la red me recuerda qué pintaba yo en San Sebastián reportajeando la kale borrokaPor los rincones de la kale borroka». CR306).

Hablando de aeropuertos, al repasar los libros autografiados que tengo por Gonzalo Suárez me sorprende uno ya de los setenta, Gorila en Hollywood, firmado en Los Ángeles. Me sorprende porque nunca he estado en Los Ángeles; bueno, solo he estado de paso, en el aeropuerto, camino de Seattle. Quizá iba leyendo Gorila en Hollywood y mientras esperaba para tomar mi vuelo me encontré con Gonzalo Suárez y le pedí que me lo firmara. Ya es casualidad, sin duda, pero eso es lo que mejor caracteriza a Gonzalo Suárez: que lo imposible es pura cotidianeidad, y la perplejidad y los azares, norma cuyo peligro más evidente es que se acostumbre uno a la sorpresa y ya no se sorprenda de nada. Perplejidad es palabra de etimología atractiva: se usaba para los árboles, que quedaban perplejos cuando entrelazaban las ramas de sus copas; ese entrelazamiento era lo que causaba la perplejidad. Perplejo fue en tiempos aquel que quedaba enredado en la maraña de ramas de unos arbustos. De esa prisión vegetal pasó luego a hacer referencia a estados mentales de «nudos psicológicos», según copio de la III edición del DSM, la Biblia de nuestra época.

Los libros que me firmó, los escritos por él, en aquella comida en la que no me dio apuro someterlo a esa sesión de firmas, fueron De cuerpo presente, El roedor de Fortimbrás, Rocabruno bate a Ditirambo y Trece veces trece. En el primero me puso que es un incunable que necesita reescribirse con los ojos cerrados y leerse con los ojos cerrados. Lo publicó Caralt. En esa editorial, unos años antes, Gonzalo Suárez y Helene Girard, su mujer, aparecen como una pareja de jóvenes hermosos en la portada de una novela de un polaco. No sé si a cambio de dejar que utilizaran una foto de la pareja el editor le pagó publicando en edición de kiosco su primera novela. Los demás libros los publicó una fantasmal editorial Ferré, que solo sacó libros de Gonzalo Suárez. Los tres son formidables. Son la llegada de la alegría y el pop a la literatura española. En el combate de entonces entre realismo social y novela intelectual, de repente aquella risa, aquel absurdo, aquella frescura. Obviamente no iba a perdonársele jamás. Que además cosechase renombre en el mundo del cine iba a dificultarle su reconocimiento como uno de los grandes narradores de nuestra literatura: en esto de las disciplinas artísticas, por llamarlas de algún modo, impera la ley de las disciplinas deportivas, y se sabe que un número uno del tenis no va a ser reconocido jamás como un gran jugador de fútbol, saltando por la evidencia de que entre el tenis y el fútbol hay mucha más distancia que entre el cine y la novela. Por eso nunca aparecen entre los grandes libros de nuestra literatura ni las memorias de Fernán Gómez, muy superiores a mi parecer a las de casi todos los literatos, ni los cuentos de Gonzalo Suárez, una suma incomparable. Dos o tres veces he tenido ocasión de proponer su nombre para alguno de nuestros grandes premios institucionales —de las Letras, Cervantes, Nacional, etc.—: se recontaban los votos y apenas me afligía cuando comprobaba que de la veintena de miembros de un jurado, el nombre de Suárez solo había obtenido dos votos, así que alguien más estaba de acuerdo conmigo, menos es nada.

Como de joven tenía la fea costumbre, que ahora echo de menos, de signar cada libro que entraba en mi vida con la fecha y la ciudad donde los encontraba, sé que leo a Suárez desde mediados de los años ochenta. Debía yo andar por los dieciocho. Ni idea de cómo cayó en mis manos Trece veces trece. El primer cuento, con un perro rabioso que muerde a un personaje, y el segundo, con una mano amputada enviada en paquete certificado, ya te hacían ver que allí había algo distinto. Por entonces uno ni se fijaba en las fechas de composición de los textos (otra costumbre que echo de menos), hasta el punto de que unos amigos y yo planeamos hacer un viaje a Alemania para conocer a nuestro escritor favorito, Herman Hesse, sin parar en la leve circunstancia de que el escritor había tomado la precaución de morirse antes de que naciéramos. Creíamos, guiados por la lógica adolescente, que alguien que escribía libros que nos hacían sentir tan vivos tenía por fuerza que estar vivo, pero al parecer no funciona así.

La gracia, le dije a Gonzalo Suárez, es que yo lo había leído mucho antes de leer Trece veces trece. Lo había leído apasionadamente de niño porque mi padre, entre sus selectos defectos, tenía el de ser barcelonista acérrimo y guardaba un montón de crónicas de un tal Martin Girard, inventor del nuevo periodismo deportivo. Ni idea leyendo a Martin Girard, que nos parecía un genio que lo mismo retrataba al muy serio señor don Alfredo Di Stéfano que le ponía un prólogo a las memorias de Helenio Herrera, que estaba ya enganchándome a la voz y el mundo perplejo de Gonzalo Suárez. La perplejidad es el motor de todas sus narraciones y sus crónicas (estas, afortunadamente recopiladas en el volumen La suela de mis zapatos, que también tengo dedicado, aunque no en Madrid 2017, sino en El Escorial años después, en un curso que Manuel Hidalgo montó para celebrar la grandeza y extraordinaria personalidad de Gonzalo Suárez).

O sea, le dije a Gonzalo Suárez, que has sido Martin Girard primero, Helenio Herrera después y Gonzalo Suárez. Sí, reconoció, he sido muy pocos para tantos años.

Aunque sus primeros libros cosecharon algunos halagos y palmaditas en la espalda (Gimferrer, por ejemplo, fue rendido partidario de su voz y, al hacer resumen de la actualidad de la literatura española de los años sesenta, lo destacaba como la voz más inconfundible y fresca producida en nuestro ámbito), que empezara a recibir estima y renombre con sus películas, Fausto, Aoom, jugó contra la estimación de su obra literaria. Y eso que Sam Peckinpah estuvo a punto de llevar al cine una novela suya, Operación doble dos, que también quiso llevar al cine el propio Suárez sin encontrar quien le financiara. Una pena, porque si la novela es buenísima, quién sabe lo que Peckinpah podría haber hecho con ella. En cualquier caso, de esa aventura queda un libro como Gorila en Hollywood. En la solapa de ese libro, en el lugar donde debe aparecer el retrato del autor, Suárez aparece junto a Ray Bradbury… y con eso está todo dicho. O no, porque en realidad Gorila en Hollywood es un precioso ejemplo de cómo lo que en estos años se ha llamado «autoficción» tiene una estirpe consolidada desde décadas atrás —pues antes aún que el libro de Suárez hay que contar con La tía Julia y el escribidor, de Vargas Llosa, y si sigues dando pasos atrás alcanzas Cómo se hace una novela, de Unamuno, y puedes seguir hasta llegar a los Naufragios, de Cabeza de Vaca…

Es raro el caso de Suárez. Sus biógrafos nos lo explicarán aunque uno no llegue a leerlos. Hijo de un catedrático de francés y biógrafo de Villon, de una mujer que en segunda nupcias se casa con Helenio Herrera que le da el mejor trabajo del mundo —informador de un equipo de fútbol, el Inter de Milán, dedicado a ver partidos de los equipos con los que el Inter tiene que enfrentarse y elaborando informes para el entrenador—, casado con Helene Girard, modelo para portadas de novelas polacas, cuentista libre, realizador de experimentos visuales y cineasta reconocido, padre de Hélène Suárez, la gran sinóloga a la que debemos tanta chinería magistral, objeto de la tesis doctoral de un joven profesor llamado Javier Cercas, cuando le llega la hora de juntar todos sus cuentos decide titular el tocho con el título sobrado de La Literatura.

No creo que haga falta insistir en esto: Gonzalo Suárez ha sido desde 1963 un lujo de nuestra literatura. Ni idea de por qué no se hace una antología de sus cuentos para bachilleres, ni idea de por qué su nombre no se baraja entre los candidatos a los grandes premios de nuestra literatura. Da un poco igual. Pasarán los años según su costumbre y dentro de unas décadas alguien abrirá Trece veces trece y agradecerá esa perplejidad, ese humor, la cálida destreza con la que alguien, mediante narraciones, exprime la realidad para convertirla en una plantación de extrañeza.

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Un comentario

  1. «Gorila en Hollywood» es delicioso y «El roedor de Fortimbrás» una locura inclasificable: ¿surrealista?, por supuesto, pero no sólo. Gonzalo Suárez como escritor y como cineasta es un mundo aparte. Puede ser popular, intelectual, refinado, vulgar…según los párrafos y secuencias.
    Un lujo a nuestro alcance (aunque deberían recuperarse varios títulos descatalogados antes de las pompas funerarias de turno). Libre y perplejo, como acertadamente señala Juan Bonilla. Nunca suficientemente valorado. Nunca es tarde.

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