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Hannah Arendt: el totalitarismo, ayer y hoy

Hannah Arendt el totalitarismo, ayer y hoy
París, 2002. Fotografía: François Le Diascorn / Getty.

Hannah Arendt murió justo hace cincuenta años, en 1975. Tenía sesenta y nueve años de edad. Sabemos quién fue Hannah Arendt, pero cuesta más decir qué fue Hannah Arendt. «Filósofa», sí, pero también escritora. «Académica», sí, pero al mismo tiempo periodista. Yo me quedo con que fue una pensadora de la política y del ser humano. Es decir, entre lo público y lo íntimo, la politología y la antropología. Lo suyo es ese estar «entre». Pensar entre la política y la moral; entre la revolución y el orden; entre el pasado y el presente. Pensar el ser humano y la política como siempre, ambos, inter homines.

La generación política de Hannah Arendt

Ante este carácter intermediario de su obra y también de su vida, no puedo menos que asociarla con otras pensadoras y escritoras de su tiempo: Simone de Beauvoir, Simone Weil, Susan Sontag, Joan Didion, Oriana Fallaci… En Estados Unidos a este tipo de autores se les llama public intellectuals. Y ante la doble condición de Arendt como escritora política y periodista, yo la asocio también con algunos hombres de su tiempo: Arthur Koestler (El cero y el infinito), Elias Canetti (Masa y poder), Albert Camus, al que conoció en París en 1952 (El hombre en rebeldía), George Orwell (1984)…

Pero como ella fue, ante todo, una filósofa de la política, hemos de situarla entre estos mismos filósofos y filósofas de su tiempo. El siglo XX ha tenido tres generaciones de teóricos de la política y de lo político, yendo a la raíz de la primera. Hay una generación de la crisis europea, tras la Primera Guerra Mundial. Es aquella destacada, como uno de sus precursores, Max Weber, en rescatar lo social y lo político de entre las ideologías. Sigue la generación de la posguerra mundial de 1945, conmovida, como Arendt, una de sus integrantes, por el totalitarismo. Y acaba el siglo con la generación de la era tecnológica, que debe repensar la democracia y la cultura política, por ejemplo, como hace Habermas.

Arendt pertenece a aquella generación impactada por el nazismo y el estalinismo. Vamos a recordar algunos nombres de dicha generación de la mitad del siglo XX. En el ala conservadora, por utilizar un término valorativo, figurarían, entre otros: Karl Popper, Eric Voegelin, Leo Strauss, Raymond Aron, Isaiah Berlin, Friedrich von Hayek, C. B. Macpherson. En el ala más a la izquierda: Jean-Paul Sartre, Maurice Merleau-Ponty, Simone Weil, Simone de Beauvoir, Alexander Kojève, Norberto Bobbio y la misma Arendt, sin ser una izquierdista. A mi juicio, esta generación de la posguerra es la más fructífera e interesante del pasado siglo. Tiene que explicar, y explicarse, por qué el liberalismo y el marxismo acabaron en dictaduras mortíferas. Después de 1918 la mayoría de los nuevos estados democráticos resultantes de la guerra evolucionaron pronto a regímenes autoritarios y al totalitarismo. Y después de 1945, Europa queda partida en dos y el mundo en dos frentes opuestos. Arendt y otros tienen que razonar el porqué de ambas derivas. Casi como Platón tuvo que razonar por qué de la democracia se pudo pasar a la demagogia y a la misma condena de Sócrates.

En mi propia lectura de la filósofa, lo que más me ha interesado de ella son dos reflexiones: sobre la banalidad del mal y sobre la importancia del juzgar o discernir (no se confunda con el derecho) en la vida pública. Sin olvidar sus acuciantes reflexiones sobre la verdad y la mentira en la política y la vida pública, tan actuales, por lo demás.

Pero como lector de casi toda su obra creo mi deber destacar, por encima de su conjunto, el libro Los orígenes del totalitarismo. En este libro está Arendt al completo. La escribe a partir de diferentes textos suyos sobre el nazismo, publicados durante la guerra, entre 1939 y 1945.

La resistencia exterior al nazismo

Arendt publica dicha obra en 1951, es decir, en plena Guerra Fría, y en un año en que se producían la guerra de Corea, la guerra de Indochina, se firma el Tratado de París que da origen a la futura Unión Europea, y fue el año también en que Estados Unidos ensaya la bomba de hidrógeno. Mientras, en Alemania continúa la llamada «desnazificación» y ve nacer una nueva constitución, con Adenauer en la presidencia del país. Por otro lado, en Estados Unidos, donde vive Arendt, Truman detenta la presidencia y el senador McCarthy continúa su «caza de brujas» anticomunista.

Arendt tiene cuarenta y cinco años en ese 1951. Pero hagamos un pequeño repaso de lo que le precedió hasta la fecha. En 1929 conoce en Frankfurt a Adorno, Horkheimer, Tillich, Mannheim… Buen elenco. Ya en Berlín, entre 1931 y 1933, le reprochará a Horkheimer su seminario por excluir los estudios judíos. Al mismo tiempo ella critica el antisemitismo, y al propio Martin Heidegger, su antiguo maestro y amante, el participar en mítines nacionalsocialistas. Pero pronto es denunciada por un bibliotecario como sionista y metida en la cárcel por la Gestapo, junto con su madre y durante ocho días. Intuye que hay que marchar de Alemania.

Su otro maestro, Karl Jaspers, le recuerda que ella es alemana antes que judía. Ella contesta que Alemania no es su patria, sino la lengua y la filosofía alemanas. Añade: «Si una es atacada como judía, una debe defenderse como judía». Marcha pues de Berlín en 1933, tras el incendio del Reichstag y las detenciones preventivas. Viaja sin papeles, pasando por Praga, Ginebra y recala en París, contactando con Brecht y Walter Benjamin, entre otros intelectuales. Ella es otro Wanderer o caminante, como otros históricos alemanes. Benjamin, acosado entre la Gestapo y Franco, se suicida en los Pirineos en 1940. También a ella la policía le pisa los talones. Huye en tren a Lisboa en enero de 1941 junto con su esposo Heinrich Blücher. En junio embarca hacia Nueva York con el manuscrito de las Tesis sobre la filosofía de la historia de Benjamin y veinticinco dólares. Les ha facilitado el visado su primer marido, Gunther Stern.

En 1941 ya se hablaba del totalitarismo entre intelectuales antifascistas exiliados en Nueva York, como Hans Kohn y Franz Neumann. Arendt critica aquel régimen desde el fenómeno del antisemitismo. Aunque no tendrá noticia de los campos de exterminio hasta 1943. El impacto debió ser mayúsculo, como recoge el artículo «La culpa organizada», de enero de 1945 en Jewish Frontier. El terror se ha apoderado de Alemania, esa «administración del asesinato en masa». El mismo horror con el que reaccionan Thomas Mann («¡Oid, alemanes!») y Paul Tillich en sus numerosas intervenciones por radio desde Estados Unidos condenando la dictadura. En Camino de servidumbre (1944), el citado von Hayek realiza una parecida condena. Pronto, en noviembre de 1945, tendrá lugar el juicio de Núremberg contra los jerarcas nazis. Sartre publica El engranaje (1948) describiendo con esta metáfora maquinal el estado totalitario.

Aunque de todas las reacciones antinazis la que más debió impresionar a nuestra autora fue la de su siempre querido y admirado Karl Jaspers con El problema de la culpa, de 1946. Él incluso tuvo que hacer frente después de la guerra a sus compatriotas, debiendo marchar a Suiza. Ella escribirá: «Lo que Jaspers representó entonces no era Alemania, sino la humanitas en Alemania». Y a todo ello se debe añadir la obra Dialéctica de la Ilustración (1947), impresa en Ámsterdam, de los mencionados Adorno y Horkheimer, otra crítica de la «locura paranoica» del hitlerismo.

Una obra clave: Los orígenes del totalitarismo

En este ambiente ella escribe Los orígenes del totalitarismo. Poco antes de acabarlo, regresa en febrero de 1950 a Alemania y se reencuentra en un hotel con Heidegger, expulsado de la universidad por nazi. Tampoco, como Jaspers, será bien vista en su país. Su obra sale en 1951 y poco después, en 1952, ella será la primera mujer en dar una conferencia en Princeton. Y ha obtenido la ciudadanía norteamericana, bien que su inglés será marcadamente alemán.

Toda su filosofía se basa en tres objetivos, ella misma lo dice: comprender (el «arte de establecer distinciones»), resistir y esperar. Su libro trata de comprender lo que ha pasado, por qué ha pasado y «cómo aquello fue posible». Y como comprender es distinguir, distingue entre cálculo y pensamiento, fabricación y acción, totalitarismo y democracia. Tres dualidades siempre presentes en ella. Más un pensamiento constante: la política es la clave de un país, y la condición humana, a la que remite la política, es política también.

En el espacio público queda claro que la primacía la tiene la política. Es una visión republicana. El ser humano nace y crece en la polis. No puede ser un abstracto «ciudadano del mundo». El que es forzado a marchar de su país se convierte pues en un paria: ningún país responderá por él, no tiene derechos, ni el «derecho a tener derechos». En realidad, sostiene Arendt, los derechos humanos son ante todo los de la pertenencia a una comunidad política. De ahí la importancia del Estado-ley, del derecho. Hitler se burla de la constitución de Weimar y la mantiene como papel mojado; Stalin no firma una constitución hasta 1936.

El judío en Alemania o expulsado de ella es un paria, un apátrida forzoso, con una «humanidad superflua». Esto es, sin derechos, ni ese «derecho a tener derechos» como mero sujeto. «Millones de personas se encuentran en situación de exilio sin jamás haber cometido un crimen, y la organización política del mundo las ha desposeído del derecho más fundamental: el de no ser excluido de los derechos que garantizan la pertenencia a una comunidad política». Y en el caso de los judíos alemanes, los «asimilados», en jerga de la época, la causa de la expulsión de la comunidad y de su exilio fue el totalitarismo.

El totalitarismo no es la dictadura. Es la fusión, para Arendt, del terror con la ideología. La del racismo, para Hitler, tras las ideas de Gobineau y de Rosenberg; la del patriotismo, para Stalin. Ambos predican un «hombre nuevo», dando por supuesto que este es un «hombre masa». Si el sujeto común, para el imperialismo del siglo XIX, era el «populacho», para el totalitarismo del XX será el «hombre masa»: gente no preparada para la libertad de pensamiento y la política. Escribe: «Los movimientos totalitarios son movimientos de masa de individuos atomizados y aislados. En relación a todos los demás partidos y movimientos su característica más visible es su exigencia de una lealtad total ilimitada, incondicional e inalterable del individuo como un miembro». Ya Mussolini sentenció: «Todo en el Estado, nada fuera del Estado, nada contra el Estado». De dichas ideas lo que sedujo a las élites de entonces fue, según la filósofa, el «extremismo en cuanto tal».

Sin embargo, el totalitarismo nazi no es para ella el estado totalidad. Aquello que lo diferencia del fascismo mussoliniano es la «dominación total». En el fascismo y la dictadura lo privado queda aún «a salvo»; pero en el totalitarismo se ha borrado. Todo está técnica y policialmente «coordinado». Incluso la policía del Führer y su partido, las SS y la Gestapo, están por encima de la policía oficial nazi, las SA. El totalitarismo es la negación práctica del estado, con la dominación del partido sobre aquel y el derecho. Más tarde, en 1964, rememorará Arendt el estado nazi como «la intrusión de la criminalidad en la esfera pública». Mas hay para ella otro distintivo del totalitarismo nazi. El estado totalitario no es un brote espontáneo ni inesperado: es un fruto de la historia de Occidente, a raíz de la ideología antisemita y de la combinación de esta con la persecución y el terror.

En paralelo, Raymond Aron ve precisamente en los ideales y principios de la Ilustración europea y la revolución de 1789 la vacuna del totalitarismo, mientras que otros —Adorno, Berlin, von Hayek— verán en 1789 y sus derivaciones, como el régimen jacobino del terror, el nacimiento del virus totalitario. Pero Arendt va más allá y, coincidiendo sin decirlo con Nietzsche, quien fue un claro enemigo del antisemitismo, sostiene que el germen totalitario se halla en las visiones universalistas cerradas de la humanidad: el mal totalitario es querer reinventar al hombre y borrarle su condición natural de nacer y vivir en la diversidad de la comunidad política.

La responsabilidad personal

La comunidad precede al individuo, pero el individuo cuenta en y para la comunidad. La política es acción, y una categoría necesaria de la acción política es la responsabilidad individual. Léase su artículo de 1964 «Responsabilidad personal bajo una dictadura»: a pesar de ser su autora judía y, antes, una sionista, no concibe el sujeto político como «pueblo», sino como persona. Por eso existe el compromiso del individuo con la vida pública. Estamos siempre ante el «riesgo de la vida pública» precisamente como individuos.

En la acción, más que en otra actividad, la persona expresa su ser. Muestra el modo de afrontar el «riesgo» inevitable pero grande que supone actuar y comprometerse con las consecuencias de sus actos. Con todo, el individuo se salva en la acción, pese a sus riesgos, con la confianza en todos los demás. Su condición es una condición política. ¡Esta es Hannah Arendt! Una republicana humanista y viceversa. Por lo cual, la cuestión de quién fue responsable del nazismo, si una minoría o todo un pueblo, la zanja ella asegurando que la responsabilidad fue de cada uno de los que participaron. Y no solo porque obedecieran, sino porque apoyaron. Cada uno es siempre responsable en último término ante su propia conciencia. «Mientras vivamos habremos de vivir con nosotros mismos», escribe en el citado artículo. Pensamiento que culmina en su libro póstumo, La vida del espíritu.

¿Qué hubiera dicho Arendt al ver a Elon Musk saludando brazo en alto a lo nazi? Es seguro que no le sorprendería encontrar elementos totalitarios en la política de hoy, la tercera década del siglo XXI. Estamos en plena revolución conservadora frente a la francesa y la norteamericana de antaño. Observamos la misma «banalidad del mal» que la filósofa criticó en Eichmann en Jerusalén. Es decir: privatización de lo público, promoción de la mentira, censura de la diversidad y el pluralismo, incremento del racismo y la xenofobia, negación del Estado de derecho, violencia. Tecnofeudalismo, capitaneado por tipos como Musk. Ella seguiría insistiendo en la importancia del juzgar y ser críticos. Del «Atrévete a pensar» del viejo Kant, en cuya ciudad, Königsberg, pasó Arendt su adolescencia.

Todos los totalitarismos nacieron de una crisis de la democracia (Italia, Alemania) y del mismo socialismo (Unión Soviética). Hitler perteneció al soviet de Múnich en 1918; Mussolini fue militante socialista. Confiemos en no estar asistiendo ya a un pretotalitarismo. La manipulación tecnocrática y populista que nos hace siervos obedientes no deja de crecer. Debo recordar unas palabras de Arendt en Los orígenes del totalitarismo: «Los movimientos totalitarios suscitan un mundo engañoso y coherente que, mejor que la realidad misma, satisface los deseos del espíritu humano; en este mundo, por la sola virtud de la imaginación, las masas desarraigadas se sienten en casa y se creen ahorrar los golpes incesantes que la vida real y las experiencias reales infligen a los seres humanos y a sus ilusiones».

Mucha atención, pues. Porque el totalitarismo no se opone a la democracia, sino a la libertad y el pluralismo. A pensar por uno mismo.

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Un comentario

  1. Extraordinario.

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