Cine y TV

La alegoría de Sirat y la polarización

Sirat. Imagen BTeam Pictures.
Sirat. Imagen: BTeam Pictures.

¿Cuándo un cineasta sabe, a ciencia cierta, que ha tenido éxito o fracaso? La cultura se hace con más o menos dinero, pero al margen del capital financiero, la reputación cultural se rige por lo que yo, desde hace tiempo, denomino el capital simbólico. Dado que, física y fenomenológicamente, el dinero, stricto sensu, no existe, el capital económico sería la acumulación de valor —monetario, financiero, accionarial, patrimonial— y el capital simbólico sería el valor cultural y, por tanto, social, que el conjunto de las personas damos a cualquier obra, acción o persona. Las instituciones no escapan a esta dualidad.

¿A qué viene esto, te preguntas, querido lector de Jot Down? Pues porque es algo no baladí, ya que Sirat es una película abiertamente anticapitalista. Por eso está generando tanta polarización. La maldita polarización. Producto de confundir idearios con ideologías, periodismo con propaganda camuflada.

¿Cuál es el capital simbólico de Sirat y de su director, Oliver Laxe? ¿Se pueden desgajar el uno del otro? Admitimos que el cine es un arte, por supuesto —aunque no siempre—, y que un director de cine puede llegar a ser un CINEASTA con mayúsculas, es decir, un artista. El asunto, en tanto que debate, no es exclusivamente semántico, tampoco ideológico o moral, es de índole histórica. «Todo esto se refleja en la manera en que los artistas hablan de ellos entre sí y en la manera de juzgarse mutuamente. El éxito se desea y se teme al tiempo. Por un lado, significa la promesa de sobrevivir y la conformidad en el trabajo; por otro, amenaza con la corrupción. La crítica más frecuente es la que hace referencia a la “repetición de fulanito a partir de su consagración”, la que alude a su nueva condición de “fabricante de cuadros” [sustitúyase por “películas” o por “films”]. El problema suele plantearse estrictamente en términos de integridad personal. Con integridad suficiente, se dice, uno puede de sobra mantenerse y trazar el camino honesto hacia el éxito al margen de la corrupción. Unos pocos extremistas lo niegan con tal violencia que, en definitiva, solo creen en el fracaso. Pero el abatimiento es una forma de fracaso». Estas palabras fueron escritas por el agudo escritor John Berger referidas a Picasso, en su magistral ensayo Fama y soledad de Picasso (The Success and Failure of Picasso, 1965). Al releerlas, no puedo dejar de pensar en Sirat. ¿Buscar el éxito describiendo la crónica del fracaso? (Describe, de hecho, varios fracasos personales en sus protagonistas y sus itinerarios vitales que intuimos y que concluyen en un desértico cul-de-sac). ¿O adoptando una actitud de outsider, como si se estuviese en los márgenes del sistema y del mercado cuando en realidad se está en el mismo centro del sistema, de la sociedad burguesa y del mercado que la envuelve? Ese fue el drama del multimillonario y celebérrimo Picasso y, durante los últimos cien años, de tantos artistas en tantas artes, incluido el arte del cine.

Sirat no escapa a ese drama, evidentemente. Es más, lo afronta y enfrenta de lleno. Pura contradictio in terminis. Pero hay algo más. En cuanto a su recepción crítica, el film de Laxe se enfrenta, además, a una encrucijada injusta que no habría sido igual hace diez o quince años. Se llama polarización máxima. Extrema. Algo, desgraciadamente, casi inevitable hoy. En este estado de polarización social y política, el análisis de la cultura y, en concreto, del cine está sujeto a sesgos cognitivos e ideológicos muy fuertes. Acaso más fuertes que nunca.

Películas como Sirat, Una quinta portuguesa o Maspalomas no son ni «grandes obras maestras» ni «una auténtica mierda», como he leído a algún iluminado de uno u otro signo; son buenas películas, simplemente. Que no es poco. Historias bien escritas, bien construidas y dirigidas, y bien interpretadas. Si un profesor de cine universitario tuviese que evaluarlas, la lógica analítica implicaría que esas películas no tendrían ni un 10 ni un cero, ni siquiera un 9 o un 1; la inmensa mayoría de los profesores les pondría una nota que estaría en un arco entre el 7 y el 6. Alguno podría puntuarlas con un ocho o un cinco y pico. Un notable, o como mínimo un bien. Ya está.

Por suerte, el arte no tiene que pasar exámenes y la mayoría de los espectadores hace tiempo que han dejado de ser estudiantes. (Tristemente, porque es triste ver en las salas tanta gente mayor, cabellos blancos, y tan pocos veinteañeros. Algo parecido ocurre con las presentaciones de libros). Sin embargo, todavía son muchos los críticos de cine que tienen complejo de examinadores, de profesores e incluso de jueces. Otros actúan absurdamente de abogados defensores y también existen los que se creen fiscales del cine.

Pero el buen cine está libre de ataduras, sus historias no están sujetas a derecho, porque el buen cine es cine en libertad, libertad creativa independientemente de las condiciones del mercado o del gobierno del país de turno o del partido de turno. El verdadero gran cine está además tocado por el genio artístico y eso es exclusivo de muy pocos cineastas. Recientemente, Kleber Mendonça Filho y su O agente secreto, Paul Thomas Anderson con One Battle after Another o Brady Corbet con The Brutalist forman parte de ese grupo de escogidos.

Escuché a un alumno universitario decir en el autobús: «¿No decían que íbamos a salir mejores de la pandemia? ¡Una polla como una olla!». Era un buen alumno, brillante, pero muy frustrado. Hoy trabaja como camarero en un bar de Madrid. (Ojo, me puede pasar a mí, o a ti; no lo comento como algo malo sino como un itinerario que, por ahora, se ha torcido: no estudió para ser camarero). Al volver a ver Sirat pensé que ese chico pasado mañana podría ser uno de los autoexcluidos de la sociedad capitalista salvaje que bailan rave en las arenas del desierto marroquí o mauritano.

Yo no sé realmente si Sirat es una obra maestra ni creo que nadie pueda saberlo aún. Deben pasar los años y las décadas para que sepamos si, dentro del cine español en democracia, ocupa el lugar de El espíritu de la colmena y Arrebato o de Stico, de La escopeta nacional o de Alas de mariposa. Es decir, si se convertirá en un clásico moderno de nuestro cine o, siendo una muy buena película, caerá en un injusto olvido. Alea iacta est.

En la cultura islámica As-Sirāt (الصراط) es el puente suspendido sobre el abismo del infierno que todas las almas deben cruzar tras la resurrección para llegar al paraíso. Laxe usa con acierto esta metáfora —en realidad una alegoría porque, como todo proceso alegórico, es un sistema de símbolos— como punto de inicio y de fin de su narración al límite. Como toda alegoría, al tener un sentido real y otro figurado, admite una doble lectura simbólica, desde la creencia o desde el (sano) agnosticismo posmoderno. Por un lado, simboliza la unión del rigor y la coherencia desde la fragilidad humana, pues sirat se describe alegóricamente como un camino más fino que un cabello y más afilado que una espada. Por otro lado, es símbolo de cada vida humana, reflejo vital que implica un tránsito: las acciones realizadas en la tierra. Los justos pasan ese fino puente como un relámpago, pero los que tropiezan y caen al infierno no alcanzan el cielo por los pecados cometidos en vida. Es decir, solo algunos elegidos musulmanes siguen el camino recto, que incluye la oración diaria, la manifestación física del concepto espiritual Sirat al-Mustaqim. Laxe utiliza esta alegoría como una metáfora, insisto, de la absoluta decadencia moral de occidente, por eso su historia narra un viaje que es como una pequeña odisea en donde el desapego por la familia y la cultura europeas están presentes. No es un rechazo, sino una escisión brutal en una herida intergeneracional.

La música magnífica compuesta por Kangding Ray —nombre artístico del francés David Letellier— contribuye a elevar las imágenes a ese estado de trance. «Queríamos que pudiera verse el sonido y oírse la imagen», dijo el compositor. Es inevitable para mí no retrotraerme a un grupo musical que escucho con frecuencia, Föllakzoid, maestros del trance electrónico, tan propio de las querencias rave.

En fin, yendo al meollo del asunto, el film de Laxe representa un camino lleno de abismos —físicos, es decir, geográficos, y mentales, ergo, espirituales— y de pruebas que parecen casi de supervivencia, donde el destino no da lo que uno busca, sino lo que se necesita para obtener fortaleza. Hay en sus imágenes una mistura de misticismo y retrato de una decadencia; funciona como una alegoría del eterno retorno (descrito en sánscrito hace milenios) y de un mundo en proceso de desaparición, situando al espectador en un trance que une lo físico con lo metafísico. De ahí recurrir a la cultura rave e insertar en ella a un padre irresponsable, que busca una hija que no encuentra y que, en su idiotez, pierde a su hijo de forma accidental. Pocas muertes me han impactado más en una película que la de ese niño gritando «papá» y despeñándose dentro del coche por el desfiladero. Me dejó mudo. Justo cuando se cumple una hora del metraje. Quedé en shock.

Pero luego, la segunda hora de película no cumple con las expectativas que, al menos yo como espectador, me había creado, dando paso a un simbolismo visual que intenta relatar las diferentes etapas específicas de ese puente simbólico según la sharía musulmana. El final en el desierto lleno de minas, en el que vuelan por los aires varios personajes, se convierte en una especie de disparate en donde la solemnidad que había alcanzado una película hasta entonces brillante se diluye como un azucarillo en el café.

Imagino que los detractores de la película se habrán reído a gusto al ver este naufragio artístico final y confirmar así que la polarización ideológica sí está justificada. No, no lo creo: la polarización nunca está justificada y menos aún en una obra de arte. La vida no es blanco o negro; es una extensísima escala de grises. El film es voluntariamente imperfecto, como imperfectos somos todos.

El otro gran problema que tiene actualmente Sirat son las constantes declaraciones de su director, omnipresentes en todas las redes sociales. Permítanme una anécdota. Soy admirador del cine de José Luis Guerín desde hace más de tres décadas. Guerín es un hombre humilde, sin vanidad. He tenido la fortuna de conversar con él en tres ocasiones: en una masterclass en Santiago de Compostela hace casi treinta años, en una presentación que le hicimos en Madrid y, la última, en un ferry entre Buenos Aires y Montevideo. Recuerdo bien sus palabras cruzando el mar del Río de la Plata, solo hablaba de cine. Lo más probable, seguro, es que él ni me recuerde ni sepa quién soy. Pero eso no invalida su aportación; al contrario, Guerín no cultiva la personalidad, ni cae en el name dropping para epatar, ni da cientos de entrevistas en donde adopta una actitud de superioridad intelectual, ética y espiritual. Sin ser Salinger o Terrence Malick —sus obras hablan por ellos, jamás dieron entrevistas— tampoco está permanentemente en los medios; muy al contrario. En El País me encantó lo que le dijo a Noelia Ramírez: «Jamás me reconozco en la frase que sale destacada con la foto, con toda esa solemnidad dicha como desde un púlpito. No me siento cómodo con la cultura de la suma de declaraciones de los cineastas porque obstruyen el diálogo natural del espectador con la película», reflexiona el cineasta, mientras apura un café refugiado de la lluvia bajo un techo de uralita en la terraza de […]». Justo lo contrario serían David Uclés, en la literatura española actual, u Oliver Laxe, en el cine de hoy. Omnipresentes. Demasiado. Aparecen tanto en el teléfono como ese señor calvo que dice no sé qué de «vendemos tu coche». Tantísimas declaraciones inundando las redes pueden acabar conspirando contra sus obras artísticas, por muy buenas que sean —y lo son—. Por puro hartazgo. Por saturación mediática y sobreexposición pública. La película debe hablar por sí misma, no necesita cientos de intervenciones explicándola. Al explicarla, se devalúa. Con el cine simbólico y, especialmente, aquel que busca una experiencia sensorial —casi metafísica— más que una intelectual, la autoexégesis empobrece la obra. ¿Os imagináis a Andrei Tarkovski o a Dreyer permanentemente en las redes sociales hablando de lo divino y lo humano? El cine hablaba por ellos. Por supuesto que es buena y necesaria la promoción, no digo lo contrario, pero dosificada, equilibrada. El exceso conspira contra las obras artísticas que, aún por encima, predican la contención, la introspección y la reflexión individual. Recuerdo que Lo que arde, el anterior film de Laxe, me fascinó porque la vi en gallego sin saber nada de su director (y yo ya había visto Mimosas) ni del argumento de la película. Sin duda por eso me cautivó más.

Y, además, volviendo al título del artículo, tantas declaraciones generan más polarización entre los espectadores, al menos en España. Quizá es algo premeditado, no lo sé. En todo caso, reitero que me gustó Sirat, me impresionó y por eso la volví a ver. Le deseo suerte y que gane en los Óscar.

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13 comentarios

  1. A mí Paul Thomas Anderson me parece un cineasta de genio, pero que le van a dar el Oscar por una de sus pelis más flojas, que no malas. Se lo tendrían que haber dado por Pozos de ambición o El hilo invisible. Pero bueno, a Scorsese también se lo dieron por Infiltrados y no por Toro salvaje o Uno de los nuestros. Sí coincido con el articulista en El agente secreto, la película brasileña, que me parece la mejor del año, a gran distancia de las demás. Sirat me gustó moderadamente.

  2. A mi me fascinó la primera mitad, desde el momento que prepara para tratar de provocar de la muerte la cosa se despeña. La dirección no puede calificarse de buena con la pésima actuación de Sergi López que tiene que soltar unas líneas que ni con su experiencia, ni rodeado de gente que sí pertenece un poco a ese entorno, puede decir con naturalidad.

    Inicialmente consigue meterte de lleno en su viaje, a pesar de que hay errores de principiante gordos en temas de continuidad que en la UPF me hubieran supuesto un suspenso inmediato. Lo del parachoques de la fuegoneta que además tiene cierto peso el como la arrancan porque va denotando como debe desprenderse de cosas físicas y mentales para avanzar en esa odisea. Es tremendo como aparece y desaparece cada pocos cortes.

    La ambientación inicialmente es magnífica, eso no se lo quito, es una pena quelo tire todo por la borda por una forma tan barata de querer provocar, a mi el primer giro del niño ya mw provocó una carcajada, luego en el campo de minas funcionaba muy bien como comedia.

  3. Francisco Jiménez Martín

    Laxe y Uclés están vetados hasta dentro de cuatro o cinco años. Las cosas tienen que aposentarse y limpiarse de las gangas del postureo.

  4. «En la cultura islámica As-Sirāt (الصراط) es el puente suspendido sobre el abismo del infierno que todas las almas deben cruzar tras la resurrección para llegar al paraíso.»
    Los únicos que siguen «suspendidos sobre el abismo del infierno» son los saharauis de los campamentos de Tinduf…
    El director, como buen cobarde de la izquierda indefinida, obvio la respuesta al ser preguntado por ellos en rueda de prensa…
    NO se puede obviar esta realidad política cuando el mayor campo de minas activo del mundo tiene un papel tan relevante en tu trama; ni menciona el Sahara Occidental en la película, da a entender que todo es Marruecos hasta Mauritania…
    Es una frivolidad hacer volar por los aires personajes del filme (puro efectismo) como si nada, cuando esas mismas minas han roto vidas y familias de saharauis (y tribus nómadas bereberes) durante decenios, por las ínfulas imperialistas de la Teocracia marroquí…
    En fin, el doble rasero de siempre del Cine (anti)Español: «Palestina Libre» y los saharauis esperando sentados en el desierto de la doble moral…

    • No hay cosa más coñazo que politizarlo todo, en particular el arte. Hablar de política es lo habitual cuando uno no tiene nada interesante que decir.

  5. María del Carmen González

    Excelente comentario.Analisis magistral de la película su personal visión de la misma,su afán pedagógico y cultural con el lector (que agradezco) y la polarización,en todos los ordenes ,incluido el cine que desvirtua la percepción de la obra.

  6. Pingback: Sirat de Oliver Laxe: una reflexión sobre arte, polarización y simbolismo - Hemeroteca KillBait

  7. Una película sobre una joven que desaparece en el desierto y saben que le gustaban las raves, tienes la película ya hecha. En Orfeo negro todo ocurre de noche y en una ciudad de carnaval.

  8. Bakunin is back

    Vi Sirat y a los 10 minutos la tuve que quitar porque no le veía sentido. Quizás más adelante le de una oportunidad y espero que sea con una impresión más favorable.
    El cine como tantas otras cosas no tiene una opinión unánime y eso es lo bueno.

  9. ¿He leído bien? ¿El autor se atribuye el concepto de «capital simbólico» de Pierre Bourdieu, y nadie le ha dicho nada?

    • Hola Andoni,
      soy Diego Moldes. No me atribuyo nada, no he leído nada de Pierre Bourdieu, ningún libro. A raíz de tu comentario he consultado a la IA Gemini y al parecer Bourdieu distingue entre capital económico, capital simbólico y capital cultural. Yo no comparto esa separación entre lo cultural y lo simbólico. La idea me la inspiró la lectura de «Filosofía del dinero» (1900) de George Simmel, libro escrito 80 años antes que el de Bourdieu. Simmel distingue entre el valor del dinero «real» y el el «valor simbólico» de una persona en el mercado económico, es un «símbolo de la abstracción», en donde la persona no se valora por lo que tiene sino por lo que simboliza. Simmel influyó a muchos autores del siglo XX, incluido el francés que tú has leído. Por otro lado, no se puede meter un aparato crítico en un artículo periodístico, porque esto no es un «paper» académico. Si te interesa, puedes leer mi libro En el vientre de la ballena. Ensayo sobre la cultura (Barcelona, Galaxia Gutenberg, 2022), en donde profundizo sobre todo ello.

  10. No he visto la película, pero creo que muere el hijo en un accidente, sólo es para ver en qué grado el espectador está anestesiado o no.

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