Cine y TV

Qui-Gon vive, la lucha sigue

Qui-Gon Jinn junto a Obi-Wan en el cuelo final contra Darth Maul en Star Wars: Episodio I – La amenaza fantasma (1999). Imagen: Lucasfilm.
Qui-Gon Jinn junto a Obi-Wan en el cuelo final contra Darth Maul en Star Wars: Episodio I – La amenaza fantasma (1999). Imagen: Lucasfilm.

Cuando nos ponemos delante de una ficción, la obra nos da la mano. Lo hace porque nos va a acompañar. Quiere que emprendamos un viaje con ella. Para que esta travesía sea fructífera, serán tan importantes los pasos como el compromiso. Los creadores nos proporcionan una historia y nosotros vamos a entregar nuestra capacidad de creer. Nos marchamos con ella y suspendemos la realidad. Habitamos otro mundo con otras condiciones. Se establecen nuevas reglas para el juego y nosotros, a veces, tenemos que aceptar pulpo como animal de compañía. No entender eso es quizá perder la posibilidad de alcanzar otras vidas en una sola vida.

Soy médico y eso se viene conmigo cuando leo, veo o escucho. Lógicamente ocurrirá con muchas otras profesiones, incluso es probable que le pase a usted mientras lea lo que he escrito. Sabrá, por tanto, que cuando se apagan las luces del cine o se callan los críos porque empieza la película, lo que uno sabe, su conocimiento basado en hechos, se puede convertir en un obstáculo para dejarse llevar. El recurso de huida está en permitir que lo que somos se quede en los parpadeos que preceden a los títulos de crédito. Tengo que desterrar esa parte de mí que se dedica de forma independiente a buscar incongruencias o errores en la ficción. Si no la expulso, es probable que no disfrute. Si no ataco a mi parte racional para decirle que lo que veo no existe, que hay otras reglas, no estoy cumpliendo con mi parte del trato. No quiero enfadarme al sentir que lo que me están contando es imposible, inexacto. Tengo claro que la ignorancia es felicidad y en pocos momentos esto es tan cierto como ante una obra que comienza.

No han sido pocas las veces que ese piloto automático con fonendo se ha puesto en rojo. Como escribía antes, en cuanto surge ese espíritu galénico procuro servirme de un padre Karras de interior. A pesar de ello, reconozco que mantengo cicatrices que, si me descuido, van hacia heridas abiertas. Así, recientemente la bata blanca volvió mientras veía El caballero de los siete reinos. Esta serie narra la historia de un tipo alto llamado Dunk que decidió ser buena persona en un entorno de barro, apellidos bonitos y espadas que se clavan de maravilla. Este caballero errante no pelea por un trono. Lucha por salir adelante siguiendo unos ideales que nadie parece entender. Una estrella fugaz entre la mierda. En el quinto capítulo de la serie hay una estupenda justa entre señores muy medievales. Prototipos de armadura y escudo con bello emblema. La escena está magníficamente rodada. Un puñetazo en el estómago lleno de golpes y heridas. Es probable que tanto traumatismo activara mi superyó para que comenzara a pensar que, incluso con atención médica inmediata, aquella escabechina era mortal de necesidad. Lesiones en grandes vasos, pulmones atravesados, sangre manando en el abdomen desde vísceras como el hígado e infecciones varias en ciernes, producto de mezclar tejidos con heces de caballo, barro y metal oxidado. Pero me dio igual, fui capaz de contenerlo. Disfruté lo que veía y me fui a la cama. Pero allí, relajado en busca de fase REM, sentí la Fuerza. O algo. No me dormía pensando en Qui-Gon Jinn y en la primera vez que me puse médico ante una película.

Recuerdo el día que fui a ver La amenaza fantasma. No pude disfrutar la trilogía original en el cine. Imagínense el acontecimiento. Iba a ver la precuela del primer viaje del héroe del que fui plenamente consciente. La semilla de la historia de Luke, los sables láser y ese padre que no iba a recogerle al colegio. Era necesario ver aquella aventura en pantalla grande. Olor a palomitas, el cine lleno. La fanfarria, los títulos de crédito, las vainas y el coro gritando en la pelea final contra Darth Maul. Ese clímax y esa muerte. Qué injusta es la ficción, que a veces se lleva a los mejores. Salí de allí saboreando un hito, sin percatarme de que en mi interior estaba germinando una pérfida semilla repleta de signos y síntomas.

En cuanto estuvo disponible compré el VHS. Salón, vídeo y darle al play. No piratee usted esta película y compruebe que es original, porque hay una pegatina en la cinta que cambia de color según refleje la luz. Por suerte fue en casa donde sentí por primera vez la presencia de mi nuevo enemigo. Buenas noches, aquí estoy para llevarte a los hechos y expulsarte de la ficción. No te escapes del mundo real. Resumo el razonamiento malévolo y dañino que se presentó ante mí. Espero que lo que viene a continuación no sea un spoiler. Si lo es, pido disculpas, pero creo que el tiempo que ha pasado desde el suceso me concede cierto perdón. La cuestión es que Qui-Gon muere atravesado por el doble sable láser de Darth Maul. La energía de la fascinante espada que maneja como un malabarista el sith atraviesa la piel, el peritoneo, el intestino delgado, puede que el estómago y quizá hígado y páncreas. Todo ello hasta alcanzar probablemente un gran vaso que pase por allí, como la vena cava inferior o la arteria aorta, antes o después de que esta se abra hacia los riñones. Por cierto, a lo mejor un riñón también se lo calza el señorito de los tatuajes. Finalmente, de esto no estoy seguro, es probable que el láser lamiera o atravesara alguna vértebra, la médula espinal y saliera por la espalda tras romper la musculatura lumbar, la grasa y, de nuevo, la piel. Un orificio en toda regla. El túnel que toda montaña merece si quiere autovía. Los de CSI disfrutarían muchísimo. Pero la cuestión irrefutable, la consecuencia destilada de mi conocimiento, es que supe con exactitud y seguridad dolorosa que Qui-Gon no tenía que morir. El jedi sufre una herida terrible, claro. Pero es un tajo que se cauteriza sobre la marcha. El láser es lo que tiene. Corta, duele y, además, hace hemostasia. A ver, es cierto que podríamos mirar de un lado a otro de su cuerpo por el agujero, pero esa herida no sangraría. No habría muerte inmediata. Obi-Wan podría haber llamado a las emergencias de Naboo y listo. Lo importante era no avisar a Jar-Jar Binks. Estoy seguro de que un cirujano razonable, humano o robot, habría podido solucionar aquello. De hecho, Darth Maul es cortado por la mitad unos instantes después y todas las personas de bien sabemos que este personaje reaparece en Las guerras clon vivo y caminando con unas estupendas prótesis en las piernas. Es más, el propio Anakin sobrevive a que le recorten las puntas de forma extrema para después convertirse en quien todos sabemos. George Lucas no hizo medicina, pero sí cayó en la cuenta de que con lo de Qui-Gon se quedó corto de midiclorianos.

Como comenté antes, he tenido que enfrentarme más veces a mi enemigo médico. Aquel instante de lucidez cansina con Liam Neeson fue el último. Pongo ejemplos. Asentí con las mil formas de morir en Salvar al soldado Ryan. Me pregunté qué era ese polvo que vertían sobre las heridas (un medicamento para facilitar la coagulación) y reconocí la mala suerte del soldado Wade al ser disparado en el hígado. El modo en que él, médico, identifica el lugar en el que ha sido herido y comprende que está sentenciado. El aracnosentido se activó también con los impactos en los partidos de quidditch en cada una de las películas de Harry Potter. Señalé a la pantalla sufriendo los cristales en los pies de John McClane en La jungla de cristal o con cada salto o apnea infinita del señor Ethan Hunt en Misión imposible. De hecho, en la última película de la saga, se realiza un drenaje pleural a Benji para evitar un neumotórax a tensión. Para impedir que la cavidad torácica se llene de aire y comprima tanto a uno de los pulmones como para llegar, además, a comprometer la función cardíaca. Para solucionarlo clavan un bolígrafo entre las costillas del personaje. Se oye un silbido, como un globo que se deshincha, y lo dejan ahí. En la vida real, hacer eso habría matado al agente. Se habría comunicado la pleura con el exterior. Dado que el exterior tiene más presión que el interior del tórax, aquello habría sido el acabose. Por desgracia, también ese timbre capaz de hacer recetas se viene conmigo a los videojuegos. No hay Assassin’s Creed que no me obligue a un salto de fe hipocrática ni todavía he conocido a un Joel que justifique una resistencia estupenda a los disparos. Habito un camino de luces y sombras que me hace disfrutar. Que me obliga a alejarme de lo que sé para pasármelo bien en la búsqueda de un oasis que he llamado «dejarse llevar».

La ficción, la capacidad de crear y de hacer, es una herramienta poderosa que ha tenido a bien servirse de un hecho que nos pertenece: la imaginación. Cuanto más sabemos, cuantos mayores son los recursos de los que disponemos para explicar eventos, se ve incrementada la complejidad para seguir habitando otras realidades. Puede que sea por eso, en mi caso, que ahora disfrute enormemente de ver determinadas historias con mis hijos. Para regresar con ellos a ese punto naíf en el que lo que me cuenta la película, el libro o el cómic es fehaciente. Porque ellos aún no ven dónde se establece lo imposible en la ficción. No les importa porque están ahí, dentro, y desde ahí se comprometen a reír, sufrir, temer o llorar con una cabra que habla.

Como puede imaginar, una de las últimas películas que hemos visto en casa ha sido La amenaza fantasma. No sé cuántas veces la habré revisitado. Un padre de familia numerosa tiene la obligación moral de moldear los intereses culturales de sus hijos. Y uno moldea tantas veces como hijos tiene. Así que Qui-Gon ha vuelto a repetir su destino y la fanfarria final ha terminado con el mismo barrido de pantalla. Pero esta vez no he percibido ninguna perturbación en la Fuerza. Ningún pitido ni alarma me ha tirado del brazo para sacarme de ese hace mucho tiempo en una galaxia muy, muy lejana. Tan solo sentí la necesidad de comenzar a ver el siguiente episodio de la saga. Tranquilo al ser aún capaz de vencer la batalla entre lo que soy y lo que me quieren hacer creer.

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Un comentario

  1. La sensación de percibir a posteriori que algo no encaja en la trama Hitchcock la llamaba iluminación del pollo congelado (o algo por el estilo), El porqué lo llamaba así da para unas cuantas líneas, pero hoy no me apetece explicarlo, quede dicho que no era un estilista de la coherencia y la verosimilitud. Lo que me gustaría comentar ahora es que el pacto de suspensión de la incredulidad entre el director (último responsable de la historia) y el espectador es tenue, pero en mi experiencia aquellos suelen forzarlo al limite, queriendo creer que este incluye el voluntario borrado inmediato de toda la base de conocimientos y experiencias del espectador.

    Discutía yo en reuniones aburridas que cuando el protagonista recibe un tiro en el hombro y en vez de entrar en shock por el trauma continúa devolviendo el fuego pierdes a los médicos, enfermeros y hasta a los conductores de ambulancias de la platea. Que todos esos coches que explotan tras caer por el barranco despiertan de su ensoñación inducida a mecánicos, gruistas y guardias urbanos. Discutía como plano a plano el público se alejaba de la historia, hasta que solo pensaba en ir al lavabo.
    Ha estás alturas todo el mundo me miraba raro mientras yo continuaba con mi mitín, ¿por que no hacer coherente con la realidad todo lo que se ve en la pantalla? Tengo mi propia respuesta: por dramatismo evidentemente. Intentar convencer a dirección y producción que la escala de este debe ser determinada en la propia historia y no por comparación con otras producciones es un trabajo inútil. La receta del éxito en su opinión solo contiene más sangre, más explosiones, más lagrimas, más de todo que la competencia. Sí, en general todos estos tipos no son finos estilistas y lo cierto es que siempre he acabado escuchando: Paco, nadie se fija en esto o en lo otro. Puede que tengan razón, o no.

    Saludos.

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