
Historia basada en hechos reales
Comiendo algo en un banco, me dejaba hipnotizar por el ruido del tráfico en Bodo (Noruega). Apareció de repente.
—¿Se ha acabado usted la lata? —me preguntó un tipo grande enfundado en un buzo rojo. Llevaba un saco cargado de ellas a la espalda y no se molestó en dejarlo en el suelo mientras esperaba respuesta. Lo hizo un minuto más tarde, cuando vio una extraña oportunidad de hablar con alguien. Dijo que se llamaba Niklas Sundby. No hay método mejor para dar con una buena historia que la pura casualidad.
El periódico marroquí para el que trabajaba entonces me había enviado al norte de Noruega para informar sobre los efectos que el enésimo derrame de petróleo había tenido sobre la costa. El descubrimiento de crudo bajo aquellas gélidas aguas había abierto la veda a los tiburones del sector, y el más grande era la Nigerian Petroleum. La multinacional nigeriana achacaba los derrames a sabotajes a manos de bandas noruegas que vendían el crudo robado a los rusos. Pero que sus plataformas off shore también escupieran negro, un día sí y otro también, era algo que solo se explicaba por la falta de mantenimiento. Daba igual. Al fin y al cabo, aquello era Noruega; nadie iba a atosigar al gigante nigeriano con draconianos protocolos de seguridad como los de África. Además, el porcentaje de los beneficios que se llevaba la junta militar en Oslo evitaba cualquier sorpresa desagradable. Que el mismo ejército se desplazara en las camionetas rojas de la compañía había dejado de llamar la atención. En cuanto a los derrames, poco más se podía contar. Cada nuevo accidente se traducía en una marea negra más para unos fiordos que habían dejado de ser azules hacía mucho: no quedaba ni uno solo sin contaminar, ni tampoco bacalao, atunes o salmones con los que varias generaciones de Sundbys se habían ganado la vida. Fue la llegada del hombre negro la que acabó con una tradición pesquera de siglos. Niklas decía que recordaba la primera vez que vio a uno de ellos: por Bodo, por Narvik, por Harstad se movían siempre en convoyes de coches de cristales tintados con los que circulaban del aeropuerto al complejo amurallado en el que vivían. A un amigo suyo camarero le solían llamar para trabajar en las fiestas. Decía que las mejores propinas llegaban cuando sacabas a algún negro borracho que se había tirado a la piscina. Más que lo del dinero, a Niklas le maravilló que hubiera piscinas en las que uno se pudiera bañar en pleno invierno. ¡En Noruega!
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Demoledor. Toda una ostia en plena cara. Y eso sin haber visto una millonésima parte de lo que ha visto el autor. La suerte de nacer en un lugar y no en otro. Muchas gracias por el relato.
Gracias a ti por leer, Alberto.
Excelente relato! Un saludo desde Colombia!!
Felicitaciones por este artículo. Me ha parecido tremendo de bueno. Ponerse en el lado del otro para entender la inmigración.
Wow. Gracias!