Cuando África es sueño

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Un naufragio más en las costas de África. Foto: Karlos Zurutuza.

Historia basada en hechos reales

Comiendo algo en un banco, me dejaba hipnotizar por el ruido del tráfico en Bodo (Noruega). Apareció de repente.

—¿Se ha acabado usted la lata? —me preguntó un tipo grande enfundado en un buzo rojo. Llevaba un saco cargado de ellas a la espalda y no se molestó en dejarlo en el suelo mientras esperaba respuesta. Lo hizo un minuto más tarde, cuando vio una extraña oportunidad de hablar con alguien. Dijo que se llamaba Niklas Sundby. No hay método mejor para dar con una buena historia que la pura casualidad.

El periódico marroquí para el que trabajaba entonces me había enviado al norte de Noruega para informar sobre los efectos que el enésimo derrame de petróleo había tenido sobre la costa. El descubrimiento de crudo bajo aquellas gélidas aguas había abierto la veda a los tiburones del sector, y el más grande era la Nigerian Petroleum. La multinacional nigeriana achacaba los derrames a sabotajes a manos de bandas noruegas que vendían el crudo robado a los rusos. Pero que sus plataformas off shore también escupieran negro, un día sí y otro también, era algo que solo se explicaba por la falta de mantenimiento. Daba igual. Al fin y al cabo, aquello era Noruega; nadie iba a atosigar al gigante nigeriano con draconianos protocolos de seguridad como los de África. Además, el porcentaje de los beneficios que se llevaba la junta militar en Oslo evitaba cualquier sorpresa desagradable. Que el mismo ejército se desplazara en las camionetas rojas de la compañía había dejado de llamar la atención. En cuanto a los derrames, poco más se podía contar. Cada nuevo accidente se traducía en una marea negra más para unos fiordos que habían dejado de ser azules hacía mucho: no quedaba ni uno solo sin contaminar, ni tampoco bacalao, atunes o salmones con los que varias generaciones de Sundbys se habían ganado la vida. Fue la llegada del hombre negro la que acabó con una tradición pesquera de siglos. Niklas decía que recordaba la primera vez que vio a uno de ellos: por Bodo, por Narvik, por Harstad se movían siempre en convoyes de coches de cristales tintados con los que circulaban del aeropuerto al complejo amurallado en el que vivían. A un amigo suyo camarero le solían llamar para trabajar en las fiestas. Decía que las mejores propinas llegaban cuando sacabas a algún negro borracho que se había tirado a la piscina. Más que lo del dinero, a Niklas le maravilló que hubiera piscinas en las que uno se pudiera bañar en pleno invierno. ¡En Noruega!

Como el resto, también buscó trabajo en la NP, pero solo le llamaban de vez en cuando, generalmente para limpiar. De hecho, aquel buzo rojo que vestía era el de la compañía. Llevaba varias capas de ropa debajo, por lo que aquel hombretón de casi dos metros parecía aún más grande. Con la cabeza rapada y una barba pelirroja que empezaba a canear, Niklas podría incluso dar miedo de no ser por esa mirada opaca de los que no saben leer. En Noruega casi nadie sabe leer. 

Volviendo al tema del trabajo, la guerra con los rusos ofrecía alternativas para todo aquel que supiera transportar género a través de la frontera: vodka ruso para los noruegos, whisky escocés para los rusos, y Captagon y armas para todos. Los lapones eran los verdaderos capos del contrabando por aquellos bosques boreales y no les gustaba que ningún sureño metiera las narices en sus negocios. Descartado también el import/export, a Niklas solo se le ocurrió una opción.

—Era llegar a África o morir. ¿Qué podía perder? —soltó el noruego. La televisión noruega llevaba semanas abriendo los informativos con las imágenes de compatriotas confortablemente instalados en albergues sudaneses. Se les veía recién duchados y, sobre todo, inmensamente aliviados tras una travesía épica. Muchos del pueblo se habían ido; era como si uno se fuera a quedar solo y varado mientras el resto prosperaba lejos de aquella charca negra. Aquel era el primer tema de conversación en tranvías y bares, incluso por delante de la guerra contra los rusos. Niklas los odiaba. ¿Qué le pasaba a esa gente? Solo pensaban en violar, matar y quemar las iglesias de los noruegos. Cuando era niño se lo explicó el pastor de su pueblo: al diablo le resulta mucho más fácil robar el alma a un cristiano ortodoxo que a un protestante.

Lo que dio a Niklas el impulso definitivo para emprender su viaje fue aquel reportaje sobre esa gente de Trondheim: la primera familia noruega que se había hecho con una franquicia en el centro de Mogadiscio. Niklas pidió dinero a familiares y amigos para comprar un pasaje hasta África con alguna de las muchas mafias del tráfico de personas que operaban por toda Europa. Un primo vendió su coche y sus padres una de las dos casas familiares a un sueco que acababa de llegar al pueblo. Sus dos hermanos pequeños le dieron todos sus ahorros. No era mucho, pero Niklas empezaría a mandar dinero cada mes una vez estuviera en África.

Atravesar Escandinavia de norte a sur no fue más que un incómodo viaje de cinco días en la trasera de un camión, del que solo bajaban durante unos minutos para mear. Nevó durante casi todo el trayecto, pero el grupo viajaba tan compacto que nadie se quejó de frío. Nada más cruzar el puente entre Suecia y Dinamarca, vieron a aquellos desgraciados en el arcén pidiendo al conductor que parara. Para sorpresa de los noruegos, aquellos nueve daneses lograron encajarse en el puzle humano. 

Copenhague era amarilla: las calles, los árboles, los coches… Hasta los que se acababan de subir al camión estaban cubiertos de ese polvo fino que empezaba a impregnarlo todo. Si la maldición para los noruegos había sido el petróleo bajo sus pies, fue el uranio lo que convirtió a la pequeña Dinamarca en aún más insalubre. Malium, líder mundial en el sector de la energía nuclear, lo extraía con dinamita de minas a cielo abierto. No era de extrañar que esta fuera la empresa extractora: piensen que, de casi un centenar de centrales nucleares por toda África, más de la mitad están en Mali.

—Al principio nos dijeron que no nos preocupáramos, que aquel polvo amarillo era inocuo y no tenía efectos en la salud —contó uno de los daneses. ¿Por qué iban a desconfiar? ¿No habían construido los negros el único hospital de la zona? Y la escuela. Y la única carretera asfaltada de la región. Todo eso llevó algo de trabajo al país más pobre de Europa, pero los daneses lo acabaron pagando con abortos, niños nacidos con malformaciones y cáncer para casi todos. 

Solo un chaparrón nada más cruzar a Alemania devolvió su color al camión y sus ocupantes. Estaban todos empapados pero felices, conscientes de que cada kilómetro recorrido hacia el sur era una victoria. El plan era llegar a África desde Italia. En la pequeña Hamburgo les hicieron bajarse para segregar al grupo en las traseras de furgonetas más pequeñas para continuar el viaje hacia el sur. Nadie hizo preguntas hasta que, sin saber cómo, la camioneta en la que viajaba Niklas se negó a arrancar. Tras varios intentos fallidos, el chofer —un holandés del que solo recordaba que le faltaban todos los dientes— se escapó corriendo: estaban perdidos en el mismísimo corazón de Baviera, el bastión de las milicias católicas creacionistas que habían puesto en jaque al débil Gobierno de Berlín.

—Intentamos engañarles diciéndoles que nosotros también éramos católicos. Supe que estábamos perdidos cuando aquel tipo con la imagen de la Virgen grabada en la culata de su Kaláshnikov me dijo que lo demostráramos rezando un avemaría —recordó Niklas, esbozando una media sonrisa que anunciaba el primer tropiezo en un viaje que había transcurrido sin problemas hasta entonces.

Foto: Katherine Spessa / defense.gov (DP).

Desde el cisma provocado en el siglo XVI por un grupo de monjes críticos con la Iglesia católica, Europa estaba sumida en una guerra que parecía no tener final. Ya en el siglo XXI, el histórico enfrentamiento entre las dos sectas mayoritarias dentro del cristianismo era espoleado por potencias extranjeras como Congo y Colombia, que apoyaban a protestantes y católicos respectivamente. No había mejor gasolina que ese odio sectario para mover ficha en el complejo tablero geopolítico de Occidente.

Niklas fue golpeado, torturado prácticamente a diario, y tatuado con un Luther war ein Arschgesicht («Lutero fue un cara de culo») gigante en la espalda. Insistió en enseñármelo, pero le dije que no merecía la pena el esfuerzo de quitarse el buzo y todas aquellas capas de ropa debajo. Tras meses en los que nadie en Noruega llegó a pagar el rescate que pedían —a Niklas le hicieron llamar a casa mientras le golpeaban—, el noruego fue finalmente vendido a una banda italiana del Trentino. Así es como pasó a formar parte de una legión de esclavos que cavaba un túnel en los Alpes. Nadie les explicó para qué lo iban a usar después.

Fueron semanas de jornadas de trabajo extenuantes y bajo tierra hasta que, aprovechando un descuido de sus captores, Niklas consiguió escapar y seguir su camino hacia el sur. El objetivo era Sicilia, cuya insularidad y cercanía de la costa libia la habían convertido en un auténtico Estado «patera». Pero antes tenía que atravesar los Alpes, y luego un país en guerra como Italia. Desde las revueltas que habían sacudido toda la orilla norte del Mediterráneo pocos años atrás, tres Gobiernos se disputan hoy el poder transalpino: uno en Venecia, una ciudad al noreste del país, y dos en Roma. Si bien los países del Magreb habían participado activamente en la guerra que acabó con cuatro décadas de mandato de Berlusconi III, Trípoli echaba ahora en falta los tiempos en los que el autócrata italiano sellaba sus costas a cambio de dinero y una actitud igualmente generosa con sus excentricidades. Lejos quedaban los días en los que este, «el padre de Rómulo y Remo», «el César de todos los césares», aterrizaba en Trípoli inflado de bótox y escoltado por sus guardaespaldas bunga bunga. Siete años después de su salvaje linchamiento, Libia se había quedado sola ante esa oleada de escandinavos y centroeuropeos que intentaban hollar sus playas huyendo de la miseria más atroz.

Encadenando algún trabajo esporádico, pero también gracias a italianos de buen corazón que compartían lo poco que tenían tras una guerra devastadora, Niklas consiguió llegar a Roma. El río Tíber era la frontera natural entre el Gobierno de Acuerdo Nacional del Trastévere, que financiaban Bolivia y Bangladesh, y el del Vaticano, respaldado por la ONU pero sostenido por una controvertida milicia creacionista a la que se acusaba de torturar a disidentes en la Fontana de Trevi. La isla Tiberina solo se utilizaba para intercambiar prisioneros o escenificar acuerdos entre ambas partes que incluían una foto con algún presidente libio o marroquí, pero que nunca trascendían el papel. Niklas consiguió un trabajo de barrendero en el turno de noche. Era realmente peligroso porque la puesta de sol anunciaba a diario el inicio de los combates en Roma. Enfundado en un buzo muy parecido al que llevaba en Noruega, tenía que arrastrar su carrito entre calles sin luz que se podían convertir en auténticas trampa mortales. Los austriacos, hegemónicos entre los barrenderos de Roma, no paraban de dar información actualizada al minuto: «Coche bomba en vía del Pellegrino»; «Combates en la plaza de España»; «Ni os acerquéis a Esquilino»…

Uno de los puntos más conflictivos era siempre los alrededores del Coliseo, una maravilla arquitectónica de casi dos mil años de antigüedad que el Gobierno vaticano iba a demoler. Demasiado a menudo, francotiradores del Trastévere cruzaban el río de noche y ponían contra las cuerdas a los señores de la guerra de Monti, Campitelli y Celio desde las alturas. Los combates se prolongaban durante horas y no paraban hasta que los morteros vaticanos fragmentaban los edificios. Contra todo pronóstico, Niklas sobrevivió a las salvajes noches romanas hasta reunir una cantidad que le permitió retomar su camino. Aprovechando el sopor del domingo —los milicianos cristianos nunca aparecen por el checkpoint antes de las 11 de la mañana—, ocupó el asiento de un taxi compartido, uno de esos Fiat Ritmo que siguen desafiando aquellas terribles carreteras desde los años ochenta. Faltaban apenas cincuenta kilómetros para llegar a San Giovanni, en la punta de la bota italiana, cuando la radio anunció una nueva oleada de combates en Sicilia. La estrategia de Trípoli de poner en nómina a las milicias del tráfico de personas para que interrumpieran su actividad no era más que la primera de una serie de medidas encaminadas a cortar de cuajo aquel aluvión de europeos. Luego seguiría el cierre de sus puertos a esas molestas ONG argelinas, marroquíes, egipcias e incluso libias, que se dedicaban a rescatar a los migrantes en el mar, justo frente a las costas de Italia. Niklas recordó que uno de los barrenderos austriacos le había dicho que las balsas de goma también salían desde Capri. Era territorio bajo control de milicias afines al Gobierno del Trastévere, aunque gente como él no era más que «piel rosa que suda y apesta» para todos los italianos, como le dijo una vez un romano.

Nunca había visto nada parecido. Era como si el mismo diablo hubiera vomitado una masa informe de basura que caía hacia el mar. Los escandinavos se hacinaban en aquel marasmo de cartones y chatarra que llegaba justo hasta esa bahía donde atracaban balsas y antiguos barcos de pesca en cuyos viveros se había sustituido el pescado azul por humanos rosas. Niklas oyó a alguien hacer esa broma. Bastaban minutos, segundos en el caso de las embarcaciones más pequeñas, para que volvieran a zarpar con su mercancía rumbo a África. El cierre de Sicilia había redirigido todo el tráfico hacia aquel punto y faltaba espacio hasta en las rocas que protegen la bahía por el sur. Desde allí, miles de individuos abrasados por el sol saltaban para intentar alcanzar a nado alguna de aquellas embarcaciones, pero muy pocos lo conseguían.

A Niklas ya le advirtieron de que no viajara en la sala de máquinas, pero un pasaje en cubierta costaba el doble, aunque ni siquiera hubiera sitio para sentarse. Muchos barcos acababan volcando por el exceso de carga; los de arriba aún tenían alguna posibilidad, pero los de las sentinas se hundían con el barco hasta el fondo. Siempre. Más que el calor y el agotamiento, fue el humo del motor de aquel barco de pesca lo que le hizo perder el conocimiento. Se despertó en tierra, tumbado junto a otros tres que no abrirían los ojos nunca más. 

¿Aquello era África? Preguntó incluso antes de echar un trago de agua.

—Sei ancora in Italia, ragazzo! —le dijo uno de los uniformados con sorna.

Niklas no entendía nada. ¿Acaso no habían cruzado el mar? En realidad, lo habían hecho, pero hasta Cerdeña. El noruego había pasado a engordar las estadísticas de rescates de la recién creada Guardia Costera italiana. Y si Sicilia en un Estado patera, Cerdeña se había convertido en un enorme centro de detención gestionado por las milicias vaticanas. Paradojas de la historia reciente habían convertido el antiguo complejo vacacional amurallado de Berlusconi III en un lugar en el que se hacinaban todos aquellos a los que los guardiamarinas italianos iban sacando del agua. 

La única forma de salir de Villa Certosa, así se llamaba el complejo, era a través de un proceso de repatriación. Tres meses más tarde, Niklas se subió a un avión fletado por la OIM (Organización Internacional para las Migraciones) rumbo a Noruega. La temperatura en Oslo era de quince bajo cero, pero Niklas decía que sentía tal vergüenza que ni siquiera notó el frío al bajar del avión. 

¿Qué le diría a su familia tras haber dilapidado todos sus ahorros en un viaje de ida y vuelta? ¿Y a sus amigos? ¿Cómo justificaría semejante fracaso mientras la televisión daba cuenta de una nueva historia con final feliz? 

Decían que, cerrada la ruta italiana hacia Libia, muchos intentaban ahora llegar hasta Marruecos desde España. Me preguntó qué opinaba. ¿Era eso posible? Le enseñé en el móvil lo cerca que quedaba Marruecos de España y le dije que, aun así, la gente seguía muriendo en el mar de Alborán. Luego le señalé Ceuta y Melilla. Marruecos había tenido que levantar una valla alrededor de los dos enclaves españoles para contener a toda esa gente. Tal era el caos. 

Ceuta. Foto: Laura Tárraga Garrido / Cordon Press.

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5 Comentarios

  1. Demoledor. Toda una ostia en plena cara. Y eso sin haber visto una millonésima parte de lo que ha visto el autor. La suerte de nacer en un lugar y no en otro. Muchas gracias por el relato.

  2. Felicitaciones por este artículo. Me ha parecido tremendo de bueno. Ponerse en el lado del otro para entender la inmigración.

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