
Dios te pesa en su balanza y piensa que te falta chicha.
«La sangre del pobre», Alcalá Norte
Este texto no está en contra de la gente que realiza deportes, tampoco va de punta contra quienes pasan todo el día dentro de un gimnasio, menos que menos quiere sostener una pose hipster o esnob en detrimento de la actividad física y todos los beneficios comprobados que aporta a lo largo de las distintas etapas de la vida. Este texto intenta entender por qué los ideales del mundo fitness son los que pregonan dentro de la época. Este texto busca bucear en las profundidades del inconsciente donde se cruzan rendimiento, exhibición y fortaleza. Este texto quiere encontrar una o varias razones para entender por qué la gente está cada vez más sola y enamorada de sus propios músculos.
El 31 de diciembre de 2001 la mili dejaba de ser obligatoria en todo el territorio español. Una tendencia que se dio en simultáneo en muchos países de Europa y América Latina. La medida ponía fin a más de dos siglos de reclutamiento forzoso. A partir de entonces, el ejército sería profesional y el alistamiento, voluntario. Los jóvenes ya no tendrían que entregar su potencia física al servicio de la nación si así no quisieran. Ese cambio fue importante porque los jóvenes dejarían de ser fuertes al estilo de la disciplina del siglo XX y buscarían nuevas formas de serlo o no. Hoy, veinticinco años después, cuesta entender cómo entrenamientos de corte militar —al estilo CrossFit— se han popularizado de forma masiva. No es fácil rastrear el proceso por el cual el acondicionamiento físico castrense de estirpe estadounidense, diseñado para desarrollar fuerza funcional, resistencia y capacidad mental en entornos críticos, se convirtió en un estilo de vida. ¿Será esa la nueva disciplina militar del siglo XXI?
El 2008, en retrospectiva, fue el año en que muchas cosas cambiaron para que, en el fondo, nada cambiara mucho. En España, los indignados y los feminismos impactaron con fuerza en la agenda cotidiana, y la caja de resonancia sigue aun vibrando. En América Latina también resonó en gran medida esta crisis de comienzo de época. A pesar del sismo, el estado material de las cosas está peor. Una de las consignas de entonces era el cuestionamiento a los cánones y estereotipos de belleza. Las mujeres y otras identidades (vistas como débiles y no integradas) se preguntaron por los valores, por ejemplo, de la delgadez, los estándares de los arquetipos del deseo y la cosificación de los cuerpos. Más allá de la genitalidad, tras el delirio del empoderamiento, y casi dos décadas después, los gimnasios abrieron zonas rosas o espacios LGBTIQ+ friendly donde solo pueden entrar mujeres y disidencias. Sostenido según una perspectiva donde la fortaleza física es una práctica ideal para sobrevivir a un mundo que se presenta cada vez más hostil y fálico, el capitalismo absorbió los cuestionamientos liberales según un discurso que integra e incluye desde un dogma ya impuesto. No te quejes, sé fuerte. La normalidad de la nueva época abraza a las disidencias como mecanismo de cohesión: ¿violencia positiva y gymbro, un solo corazón?
A principios de los dos mil, cuando los hombres abandonaron las listas del ejército y las barras de los bares, el fenómeno del gimnasio comenzó a expandirse y las mujeres, en cambio, apuntaron mayoritariamente a clases grupales coordinadas (spinning, aerobic, dance) o, lisa y llanamente, a realizar ejercicios en su casa con materiales comprados vía llamadas telefónicas. Lo importante no era ganar fuerza ni marcar curvas pronunciadas, sino mantenerse en forma. La delgadez —aunque siga siendo un factor clave en los cánones de belleza— primaba en los imaginarios femeninos. Quemar calorías era la consigna, sostenida por publicidades y programas de televisión. Ahora, con la información segmentada, han ganado peso las curvas voluminosas, las piernas anchas, las espaldas pronunciadas y los abdómenes marcados. Los kits de pesas livianas y las cintas de correr languidecen en los trasteros de los hogares mientras los cuerpos mutan hacia otro estilo de belleza, una belleza impuesta por una nueva forma de entender el cuerpo desde la resistencia.
Varones que hacen entrenamiento militar por gusto propio. Mujeres que entrenan en máquinas rosas. Hipervigilancia y seguridad: ¿qué dice esto del progreso social y su relación con el mundo fitness?
En los años dos mil, el mercado medio de los gimnasios se transformó en un boom en las ciudades de gran parte del mundo. España no fue la excepción: para construir su joven democracia, copió en buena medida las recetas del consenso de Washington y el mercado estadounidense. Una hipótesis sostiene que toda esa energía libidinal castrense, antes regimentada para servir al Ejército nacional, tuvo que canalizarse en otro lado. Surgieron nuevas formas de masculinidad. Los hombres entraron en una relación distinta con su cuerpo: más libre, sí; más individualista, también. El gimnasio se convirtió en uno de esos lugares a donde llegaron esos jóvenes que ya no tenían que ser militares. Estuvo ahí. Aunque el de los dos mil no es el mismo gimnasio que el de ahora, tal vez, en esos entornos puedan rastrearse las primeras consignas y su éxito, ya que, en un poco más de veinte años, lo que era un puñado de inversiones aisladas se ha transformado en una industria global que rige la forma de pensar y actuar de gran parte de la sociedad contemporánea. Máquinas de poleas, mancuernas fijas de distintos pesos, espejos por doquier, cuotas mensuales y música a todo volumen. Todavía no estaba bien visto ir con auriculares, y más lejos todavía estaban los trípodes de filmación y los smartphones con cámaras de alta resolución. Aunque, de algún modo, jamás se podrá entender el auge del fitness sin la industria del espectáculo.
El Gold’s Gym, la meca del entrenamiento serio desde 1965, originalmente fue un gimnasio de parias y antisistema. Después se convirtió en un templo. No es casualidad que California sea su lugar de origen. Tierra predilecta de Mark Zuckerberg y los unicornios digitales, donde tanto él como otros emprendedores transformaron sus empresas en los dioses autistas de la tecnocracia actual. El Estado Dorado, lugar donde se predicó el culturismo, se escribió Pumping Iron y se popularizó una forma de entender el entrenamiento físico como proyecto de supremacía moral, fue, es y en parte sigue siendo (a pesar de los impuestos de Trump) la tierra fértil del modelo del capitalismo actual. Modelo más cercano a la visión de red que captura todo lo que existe que a la visión binaria del mundo antes del fin de la historia.
Summum poético. El gimnasio más famoso de California se cruza con la historia personal de uno de sus últimos gobernadores: Arnold Schwarzenegger. Es imposible pensar el auge del gimnasio sin una máquina de identificación con ese estilo de figuras más cercanas a Depredador, Terminator y Comando. Tampoco es posible pensar en los gimnasios actuales sin los héroes de los vídeos verticales. Gold’s Gym no existiría sin el cine, como la industria fitness actual no existiría sin los smartphones. Todo es una cuestión de forma y contenido. Redención y sacrificio en búsqueda de un honor que ya no existe. Hombres que se preparan físicamente para guerras que verán desde las pantallas de sus móviles.
Un resumen brillante de esta forma norteamericana de pensar aparece en el artículo de Luis Arribas «‘Make America Fit’: la obsesión por el ejercicio en un país donde el 80% vive a más de 1 km de un parque público», basado en el libro de Natalia Mehlman Petrzela, Fit Nation: The Gains and Pains of America’s Exercise Obsession. El artículo cuenta cómo la historiadora narra el proceso de crecimiento de la actividad física en Estados Unidos: de subcultura a imperativo social. Todo dentro de un auge privatista de la salud. Con un enfoque desde la justicia social, muestra cómo el acceso a estar en forma se convirtió en un bien de lujo. Eso, hoy en día, se puede ver en la diferencia de precio en las tarifas de las actividades dirigidas y las inscripciones low cost en las grandes cadenas de gimnasios en toda España y en una gran porción del mundo. Hay formas de hacer ejercicio para pobres y formas de hacer ejercicio para ricos. Todo es cuestión de distribución. Del tiempo y el dinero. Petrzela también cuestiona el CrossFit y el pelotón como entrenamientos disciplinarios con lógicas de combate. Y, a su vez, deja abierto el interrogante de la pandemia y las nuevas relaciones con la actividad física: actividades cada vez menos grupales y sostenidas en una lógica de amor propio. Vivir aislados no es una cuestión de paredes. Mientras más crisis, más actividad física hará la población.
Desde 2010, con personajes como Kim Kardashian o Nicki Minaj como nuevos cánones, las mujeres vieron cómo la apertura sexual —lograda en parte por los movimientos feministas— era recapturada por la economía de la atención del capitalismo de plataformas. Instagram, YouTube y TikTok (entre otras) vendieron como empoderamiento lo que no es más que nuevos estándares estéticos con un rewashing cultural. Lo que el algoritmo premia son los culos gigantes. Los gimnasios sufrieron sus crisis identitarias y supieron adaptarse. Ahora también hay gimnasios antifascistas que cuentan que hacer pesas es estar contra el establishment, otros con jaulas para que las mujeres entrenen separadas de la mirada de los hombres (llamando autocuidado a la forma biopolítica más antigua y normativa de diferenciar los sexos), u otros donde se ponen frases motivacionales para que aceptes tu cuerpo —feo— tal como es dentro de la lógica del gimnasio.
Hoy en día toda esta obsesión puede condensarse en un músculo. El glúteo, uno de los más entrenables, visibles y fáciles de mostrar en vídeos o fotos. El culo se convirtió casi en símbolo del fitness contemporáneo. No importa que seas de derecha, centro o izquierda, si tienes un gran trasero eres genial. Basta ver la publicidad de VivaGym («Yo amo mi culo»): si Freud resucitara, tendría material de sobra para diagnosticar que la sociedad sigue atascada en las mismas fijaciones infantiles que no la dejan crecer. Y crecer no tiene nada que ver con progresar. Del glute day al narcisismo primario hay un paso corto, alentado por entrenadores e influencers que buscan quedarse con la atención. La nueva economía. Atención que poco tiene que ver con la salud o la capacidad atlética real. El panorama es novedoso. Erotización y rendimiento: ya no basta con ser atractivo, hay que ser fuerte. Y ser fuerte se ha vuelto casi tan fácil y urgente como ser atractivo. Solo hace falta una buena inversión en ropa moldeadora, programas especializados, suplementos y cirugías. Suck my ass. Una foto ahí.
Dentro del capitalismo cosplay hay lugar para todas las identidades. Show que implosiona como una máquina de estrés y nihilismo. Tras la primera ola de gimnasios low cost, apareció también otro mercado enorme sin explotar: la longevidad. Los boomers llegaron a la mediana edad y la salud se cruzó con la cultura del ejercicio. Las máquinas se hicieron más accesibles y nació un nuevo ecosistema dentro del gimnasio. El gimnasio para débiles. Todo guiado bajo el principio de utilidad benthamiana. Hacer actividad física para ser más útiles y llegar a viejos con un poco de dignidad. Padres y madres de familia que pasan ocho horas sentados en el trabajo salen de la oficina a ejercitarse sobre gomas acolchadas y confortables. Abuelos y abuelas que hacen pilates, yoga y aquagym. Todo este auge privatista del bienestar corporal está ligado a un decrecimiento de los espacios públicos como lugares de encuentro sin fines de lucro y momentos de ocio sin un fin más que despejarse.
El running es una de esas actividades que se ha quedado con gran parte de los parques o ramblas de las ciudades. Y con el tiempo de la gente. En detrimento de las caminatas peripatéticas, grupos de veinte o treinta personas corren con música electrónica, remeras con la misma estampa y hasta banderas con el nombre del escuadrón. Invierten en turismo para correr maratones en distintas ciudades. Viajan para correr. Viven para correr. Semanas basadas en correr y recuperarse de correr. Relojes que cuentan pasos, gafas tornasoladas de color dorado, zapatillas con suelas inteligentes, gorras tiradas para atrás, mochilas con botellas de agua. Ritmo y coffee rave. El fin de la actividad física ya no es suspender la identidad por un rato. Es venderte una nueva. Hasta ahí llegó el mercado. Venderte como divertido algo aburrido en exceso. Correr, vaya tela.
Gymnasium viene del latín, derivado del griego gymnazein (hacer ejercicio) y gymnos (desnudo). Desde sus orígenes, el gimnasio vincula el ejercicio físico con la valoración estética del cuerpo. También con el desarrollo intelectual. Full filosofía griega antigua. El capitalismo actual ha recapturado ese valor simbólico desde una perspectiva higiénica y moral. El deporte es bello, sí, pero no se puede comparar el gol de un equipo de fútbol con correr 42 kilómetros consecutivos o levantar una pesa de muchos kilos sobre los hombros. En un plano hay variables y en el otro no hay sorpresa. Según un estudio de BDO sobre la perspectiva del mercado del fitness en 2025, la industria del deporte en España facturó 20894 millones de euros en 2023, con los gimnasios representando el 19.8 % (4127 millones). Este boom y pasaje de lo público a lo privado se puede ver en las calles. Las mochilas del Basic Fit, los carteles de las membresías gratis en On Air, las pulseras de Viva Gym, las publicidades en YouTube o Spotify para que traigas a tus amigos al gimnasio a precios ridículamente bajos. Los costos están ocultos, mujeres vestidas de catsuits color pastel, todas iguales, hombres vestidos de negro Adidas, todos iguales, ejercicios iguales grabados 24/7, en tomas iguales. Todo mientras controlan las finanzas invertidas a través de sus smartwatches táctiles. La captura de la época. Creerse distinto y ser igual al otro. Correr mientras escuchas música, hacer abdominales mientras controlas la subida o la bajada del valor del bitcoin, realizar sentadillas al ritmo de un podcast de superación personal. Joder, qué estrés.
Para no caer en la desolación total, el diario íntimo «Turistas de gimnasio» de Natalia Junquera cuenta su vivencia dentro de este tipo de establecimientos y describe con precisión lo que se siente al estar en un lugar donde el rendimiento es lo único que importa. Desde su posición de turista, habla de castas, batidos raros y ropa de rebaja comprada en Decathlon. La pregunta insiste: ¿qué pasa con quienes no pueden integrarse?, ¿qué deporte hacen quienes fallan y no soportan la presión?, ¿hasta dónde alguien puede exigirse para ser parte de una comunidad que premia el bienestar y el esfuerzo individual por encima de cualquier otro valor?
Los gimnasios han cambiado. Ahora abren todos los días y a toda hora. La insistencia es que no hay excusas para no hacerlo. Torturante. Todo esto sucede mientras un amigo te invita a jugar al paddle en vez de a tomar una caña. Y, como todo fenómeno que necesita clientela, se han adaptado identitariamente a las nuevas tendencias de apareamiento. La coreografía corporal de este siglo es compleja. Cuerpos hipersexualizados que ya no tienen sexo. Gimnasios donde parece que no se necesita dinero para poder ingresar en ellos. Todo a fuerza de voluntad y stories de Instagram. La trampa está ahí, el nuevo gimnasio se paga con el tiempo en el sitio, con la publicidad gratuita, con la estocada etiquetando las instalaciones esperando la interacción con un desconocido. Otro día ganado, claro que sí, otra tarde frente al espejo, comparando tu cuerpo con el del día anterior y el siguiente. Un loop infernal. Esta hipótesis es la que Rafa Cabeleira asocia en su artículo «Deporte, o cuando en el pecado se lleva la penitencia», demostrando cómo este tipo de prácticas deportivas se fomentan mediante la culpa, el pecado cristiano y los nuevos tipos de crisis económicas, donde hay dinero para ir al gimnasio, pero no hay dinero para acceder a una hipoteca.
Más cruel aún es notar cómo los jóvenes vuelven a obsesionarse con el culturismo. Cuando ya se ha demostrado que el bodybuilding profesional se cuela en la vida cotidiana como una meta alcanzable cuando no lo es. Basado en la constancia, guiado por las opiniones de líderes de una industria que niegan los consejos de cientos de estudios y profesionales de la salud. Sin tener en cuenta que el culturismo ha causado decenas de muertes en los últimos años, como la de Bostin Loyd en 2022 (veintinueve años, insuficiencia renal por esteroides). Sobre los valores de esta épica hipertrófica y cómo piensan estos jóvenes que sueñan con vidas exorbitantes, escribió Ana Rosa Gómez Rosal un texto lapidario contra la farsa estoica hormonal hecha a base de burpees sin saltos a lo Amadeo Llados. Si escapar de la matrix es entrenar al fallo, casi siempre lo que falla primero es el cuerpo de quienes lo intentan.
TikTok, hilos en X, álbumes en Instagram, vlogs en YouTube, streams en Kick, contenido en OnlyFans: todo orientado a que vayas al gimnasio, casi siempre con un componente pornográfico implícito. Vídeos de jóvenes oliendo máquinas humedecidas por otras mujeres, mayormente mayores que ellos. Mujeres mordiéndose los labios mientras ven de reojo a un hombre realizar una dominada con lastre, mayormente menor que ellas. El gimnasio se sostiene a base de soft pornografía. O pornografía lisa y llanamente. La fantasía del entrenador sexi que se folla a su alumna sexi al final de la clase. En los gimnasios de hoy en día es más sencillo encontrar usuarios y creadoras de OnlyFans de lo que puedes llegar a imaginar. Erotismo ligado a la pulsión de muerte. Más cercano a la masturbación que al encuentro sexual. Demasiado emparentado con el scroll de una pantalla y poco relacionado con la concreción de una cita para un encuentro ardiente en la cama. Las lógicas de los gimnasios van de la mano de estos complejos alucinatorios donde la clave está en ser inalcanzable. Un mundo donde es más importante que haya alguien que se muera por tocarte que alguien que te toque. Cerca, pero que no suceda. No es casual que un lugar basado en repeticiones se convierta en máquina para que la gente solo repita y premie la soledad autoerótica por encima del encuentro. Histeria, historia, story, da igual.
El problema central está en la identificación con estos modos de vida. En el cine, en la televisión, en las redes sociales y en los gimnasios. Citas de Marco Aurelio, podcasts motivacionales y publicaciones en LinkedIn refuerzan una épica ficticia donde no se puede entrenar en silencio, donde la superación se mide en likes y repeticiones, donde no hay un bienestar real sin la edición y publicación posterior. La creación de un perfil y una personalidad ligada al bienestar físico, lejos de liberar, aísla y adoctrina.
Pero las tendencias mutan y, como estuvo de moda ser flaco, ahora está de moda ser fuerte. Y, sobre todo, hoy en día se ve reflejado en la geopolítica yanqui, su orden interno y los mecenas que la financian. Victoria Sosa Corrales, en su artículo para Vayaina Mag («Política & Fitness: Robert Kennedy Jr., figura de acción»), sintetiza la actualización del proyecto estadounidense con sus nuevas figuras y el fitness del trumpismo cultural: «En una época de entronización del yo y discursos meritocráticos narcisistas, RFK Jr. ha hecho de la vida fit el centro de su imagen. Impulsor del MAHA (Make America Healthy Again), subproducto del MAGA, cosecha adhesiones en el ecosistema conservador: desde Mike Tyson hasta mamis influencers fit, republicanas y ultracatólicas que amplifican salud, disciplina y recomposición nacional». Si la alta política marca la agenda global, el imperialismo fitness tiene un objetivo: hacer del ejercicio un estatuto moral. Convertir a quienes lo cumplen en la figura de lo correcto y culpabilizar a quienes no pueden —o no quieren— seguir los estándares de la testosterona. Quizá sea un tiempo en que lo cardiovascular decaiga y la fuerza gane preponderancia porque el mundo se rige por esas lógicas. La de los más fuertes. Si los líderes detestan la debilidad y priorizan el rendimiento por encima del aprendizaje, nada quedará a la hora de agarrar una mancuerna y despejar la mente.
El panorama es deprimente. Los hombres están fijados en ser cada vez más fuertes. Las mujeres están fijadas en ser cada vez más fuertes. Y los culos están en el centro de atención. Se ha llegado a un momento en la historia en que la batalla cultural será contra mujeres fornidas con calzas incrustadas y hombres con pechos que parecen mamas. La vida se tratará de sobrevivir mientras se huye de la gran Expo Fitness de creadores de contenido en que se ha convertido la realidad. Mientras otros viven en ese circuito fantasma de la empresa al gimnasio y del gimnasio a la empresa. O peor: del gimnasio dentro de la empresa, al estilo Globant, transformándose en máquinas de rendimiento que pagan su vida con vídeos de lo que comen, beben, escuchan, leen, huelen, visten y sienten. Habrá gente que llegue a desertar y logre escapar de este manicomio de pull ups y saltos al cajón.
Para entender este fanatismo por el cuerpo como santuario, también está la literatura. El movimiento del cuerpo a través del espacio, de Lionel Shriver: un norteamericano al que despiden del trabajo y termina obsesionado con los consejos de su personal trainer. El slot es que esa obsesión lo lleva a dejar a su esposa por las competencias al estilo Iron Man. Hay mucha gente que hoy en día cree que entrenar es superarse. Y entrenar es entrenar. El problema de la época se profundiza: creer que hay algo que superar y que la solución está en uno mismo. Una ética lastimera donde siempre se fracasa, fijada en la explotación por mano propia. Una pista. Es más probable que lo que haya que superar sean las lógicas de esta época y no a uno mismo.
De algún modo la profecía se cumple y lo que dice la nota de Marita Alonso en El País sobre músculos, selfies y soledad se agrava cada día. Pero la belleza y la luminosidad también persisten. Porque dentro de esa nota hay otra nota que da a conocer la historia de Sam Graham-Felsen, un bloguero de The New York Times que escribió un ensayo maravilloso sobre cómo la superación personal y el mundo fitness lo transformaron en un hombre solitario y triste. Cómo el aislamiento mental de la autooptimización mediante vídeos de un minuto mostrando un curl de bíceps o fotos de su abdomen marcado frente al espejo lo alejaron cada vez más de las personas que quería. Este texto demuestra lo mucho que influyen los podcasts que se escuchan durante la vida. También lo poco que importará en tu lecho de muerte que te hayas filmado haciendo sentadilla con ciento veinte kilos. Ojalá que el efecto contrario a estos tiempos sea que la gente logre entender que al morir alrededor estarán tus amigos y no tus seguidores. Porque no debe haber algo más lindo que alguien te entierre y admire la belleza de tu cuerpo en pleno proceso de fagocitación. Es que el presente es muy peligroso. Sin duda, si pasas lo que queda de tu vida en la carrera ficticia de la autosuperación, es probable que no haya nadie ahí. Cuando el corazón se pare, los músculos se atrofien, la carne se pudra y los gusanos se coman los restos de creatina que tu bendito y sagrado metabolismo no llegó a procesar con el batido détox con sabor a pepino y jengibre.







