Menuda, de ojos grandes y brillantes y expresión amable, Haifa Zangana (Bagdad, 1950) cita a Jot Down en una cafetería de Londres, la ciudad que la acogió en 1976 y donde lleva residiendo desde entonces. «¡Cincuenta años!», suspira con divertido histrionismo. En su juventud, como militante comunista, sufrió cárcel y tortura, se graduó como farmacéutica y dirigió la Media Luna Roja en Siria antes de tomar el camino del exilio.
La escritura y el activismo han ido de la mano en su carrera, con títulos como el celebrado Women on a Journey: Between Baghdad and London (2001), Keys to a City (2000), The Presence of Others (1999), Beyond What the Eye Sees (1997), Dreaming of Baghdad (2009), Through the Vast Halls of Memory (1991) o The Torturer in the Mirror, junto con Ramsey Clark (2010), entre otros. Aunque se resiste a regresar a su país, sigue siendo una de las voces más autorizadas para abordar el avispero de Oriente Medio y tratar de columbrar su confuso futuro.
Anoche mismo [el pasado 17 de junio] tuvimos noticias sobre el final de la guerra entre Irán y EE. UU. ¿Podemos ya decir que la ha ganado Irán? ¿Cuál es su impresión?
No creo que ninguno de ellos haya ganado. La derrota es para ambos países. Es cierto que también hay muchas personas en el mundo árabe que saludan la resistencia de Irán, pero no creo que el resultado sea beneficioso para los iraníes ni para los estadounidenses, a pesar de su enorme poder. La pérdida en América probablemente es mayor que la de los iraníes, debido a las altas expectativas, las promesas y la idea de un resultado rápido. Por ejemplo, decían que Irán iba a ser liberado en seis meses. Esto forma parte de una sucesión de derrotas. Y, sin embargo, eso no significa necesariamente que Irán haya ganado. La destrucción ha tocado casi todo, a pesar de que el gobierno es obstinado, persistente y resistente.
Quien paga la cuenta es quien pierde la guerra. En este caso, ¿no es Estados Unidos quien pondrá el dinero?
No lo creo, porque parte de este acuerdo, según la información que tengo, implica que Qatar pague esa cuenta en lugar de Estados Unidos. Pero también está el hecho de que se puede decir o leer que una gran parte de la capacidad militar de Estados Unidos ha sido dañada o utilizada en la defensa de Israel. Es una situación muy difícil de evaluar. Y, por otro lado, también hay una oposición creciente a ciertas políticas en los Estados Unidos.
¿Hay alguna esperanza de que llegue el final del régimen de los ayatolás? ¿O son más fuertes que antes?
Parece que son más fuertes, definitivamente. Esa es la sensación, incluso dentro de la oposición iraní. Se percibe que lo ocurrido ha fortalecido al gobierno. Me recuerda a lo que sucedió durante los trece años de sanciones contra Irak. Nosotros seguíamos argumentando que las sanciones no debilitaban al gobierno iraquí, sino que lo fortalecían. Lo que está ocurriendo en Irán es que el gobierno de los ayatolás, o la forma de gobierno que exista allí, no parece estar en peligro en el futuro inmediato. Probablemente todo esto prolongue durante algún tiempo la vida de ese tipo de gobierno.
Mucha gente en Irán esperaba ser liberada por los Estados Unidos, como ocurrió en Irak. En ambos casos, esa esperanza no se materializó. ¿Cree que son situaciones comparables?
Y en Irak fue incluso peor para quienes se oponían al régimen, porque se prometió la liberación completa del país. Se decía que los iraquíes recibirían a los estadounidenses con flores y dulces, y nada de eso sucedió. Entonces, ¿cómo entendemos lo que está sucediendo? Es algo que se repite una y otra vez, especialmente en los Estados Unidos y en la administración, donde cada acción supuestamente está construida sobre centros de pensamiento estratégico, los llamados think tanks. A veces nos acusan de no tener suficiente pensamiento estratégico o geopolítico sobre Oriente Medio, pero aquí están los Estados Unidos, con todos esos centros de pensamiento, sus políticas y sus recursos, repitiendo lo mismo una y otra vez. ¿Qué aprendemos de eso? ¿Qué aprenden los pueblos, el propio pueblo estadounidense, de esas lecciones repetidas?
Recuerdo que hace unos años hablamos de esto. Hablé con usted sobre esta idea, muy extendida en Europa y en América, de que los países árabes no quieren democracia o que no están interesados en ella. Pero mucha gente árabe ha muerto por la democracia, ha luchado por la democracia, mientras que Occidente no ha hecho demasiado por defenderlos. ¿Por qué siguen diciendo que los países árabes no sirven para eso, que no se les pueden «imponer valores ajenos a su cultura»?
Ese argumento en sí ya no tiene valor. Cuando lo comparas con lo que vivimos aquí, en Londres, por ejemplo, cuando vamos a manifestarnos, hasta hace poco nos sentíamos seguros. Podíamos salir a protestar, decir lo que queríamos decir y regresar a casa. Ahora algunas leyes han cambiado, pero en Oriente Medio, en el mundo árabe, si vas a manifestarte o participas en determinadas actividades, realmente estás arriesgando tu vida. Mira lo que ha pasado con los palestinos, o con los tunecinos, los marroquíes o los libios que se unieron a la flotilla para apoyar a la población palestina. Han sido arrestados al regresar. Algunos están en prisión. Así que incluso la forma simbólica de mostrar solidaridad o participar en cualquier tipo de movimiento democrático dentro del mundo árabe implica riesgos. Pero la gente sigue haciéndolo. Sigue ahí, continúa. ¿Por qué nos etiquetamos dentro de algo llamado democracia? Porque se trata de dignidad, de derechos humanos, del derecho a trabajar, del derecho a expresarse y de la libertad de pensamiento. Eso es lo que la gente quiere.
¿Cree que la posición de España respecto a Palestina, y también respecto a la invasión o la guerra contra Irán, ha mejorado la imagen de España en el mundo árabe?
Sí, absolutamente. Si observas las redes sociales y el sentimiento general de la gente, se percibe claramente. Trabajo mucho en el mundo árabe, vivo en Túnez, y cada vez que mencionas España, la gente la siente como algo cercano. La cuestión palestina es un factor unificador. Es nuestra causa. Para muchos, representa nuestra humanidad. España está haciendo lo correcto en este asunto y la gente lo aprecia enormemente. Es una gran política.
Pero, cuando la atención está sobre Irán, Ucrania o Palestina, ¿no siente que el mundo se olvida de Irak?
Sí, absolutamente. Irak ha sido dejado de lado, excepto ahora, con los bombardeos iraníes sobre instalaciones estadounidenses, como en la zona del Kurdistán y otras áreas. Es así como ha vuelto a los medios y a la atención internacional. Pero, más allá de eso, el gran problema, el gran desastre, es el legado de la ocupación. La invasión y la ocupación siguen ahí.
¿Cuáles son los problemas más acuciantes?
Si observamos la situación actual, tenemos alrededor de un millón de personas desplazadas, viviendo continuamente en campamentos. La corrupción es la moneda de cada día. No se puede hacer nada sin pagar sobornos, ya sea para encontrar trabajo o para conseguir cualquier cosa en el país. Y no estamos hablando de miles o millones, sino de miles de millones. La estructura de la corrupción está destruyendo el país por completo, en todos los niveles. Está desgarrando el tejido de la sociedad, y ese es el gran peligro. No se trata solo de la electricidad o de los contratos eléctricos que nunca fueron reparados. También están la escasez de agua, los problemas medioambientales, la desertificación, los desplazados y las personas desaparecidas. Hay medio millón de personas desaparecidas y nadie sabe qué se está haciendo al respecto. La infraestructura básica sigue destruida. No hay desarrollo, porque el dinero destinado a los proyectos ha sido desviado o absorbido por la corrupción. Ese es el estado de Irak, y aun así la gente sigue viviendo allí por muchas razones. Aquí, en Londres, hubo un incidente en Brook House en enero. Brook House es un centro de detención cerca de Gatwick y entre las personas implicadas había iraquíes. Si Irak está liberado, si es un país rico y los ingresos del petróleo están entre los más altos de la región, ¿por qué abandonan su país? ¿Por qué buscan asilo en otros lugares? Lo básico es la educación, que está en uno de sus peores niveles. Y también la sanidad. La situación sanitaria sigue relacionada con las consecuencias de la guerra, incluidas las armas utilizadas durante el conflicto. Todo eso continúa.
La invito a hacer memoria: usted fue comunista en su juventud, ¿echa de menos algo de aquella militancia?
¿En el pasado o en el presente? Creo que quedan algunos restos de esa ideología dentro de mí, algunos recuerdos. Pero si eso se traduce a la vida actual, mi pensamiento probablemente se inclina más al socialismo. Permanece la sensación de que el capitalismo sigue sin ser la solución. Necesitamos formas de compartir más, de vivir juntos.
Una vez me dijo que seguiría luchando por el comunismo, pero solo por los muertos. ¿Podría explicar eso?
Para rendir homenaje a algo que ha muerto, déjalo morir. Si es una idea, entiérrala y empieza de nuevo. Para que nazcan nuevas ideas no puedes seguir aferrándote a lo muerto. Tienes que liberarte de ello y comenzar otra vez.
El Partido Comunista Iraquí fue muy fuerte, uno de los más fuertes del mundo. También ocurrió en otros países árabes como Egipto. ¿Por qué perdió esa fuerza? ¿Fue por la represión o por un fallo en las ideas?
Hubo represión, por supuesto. El Partido Baaz era muy fuerte en aquel momento y veía al Partido Comunista como su principal enemigo. Destruirlo era una prioridad. Pero actuaron de una forma políticamente más inteligente. Declararon una alianza dentro del Frente Nacional entre ellos y el Partido Comunista, y lograron acabar con él a través de esa estrategia. Fue una maniobra muy inteligente por su parte. Pero también influyó el declive de la Unión Soviética, porque el Partido Comunista Iraquí estaba muy vinculado a ella. Además, no supieron comprender plenamente la sociedad iraquí, su historia, la relación con el islam, la religión y las tradiciones. No había una comprensión profunda de todo eso. Y, al final, mucha gente no creía realmente en esas ideas. Era relativamente fácil pasar de un partido político a otro. La fuerza del partido no estaba profundamente arraigada en la sociedad iraquí.
¿Podemos decir que los movimientos islamistas ocuparon el lugar que antes tenía el marxismo entre los estudiantes?
No al cien por cien, pero el crecimiento de los movimientos islamistas se volvió dominante. Y no fue solo por su crecimiento, sino también por nuestra debilidad. La izquierda en general, no solo el Partido Comunista, no supo entender el islam ni responder a lo que estaba ocurriendo. No entendió hasta qué punto estaba arraigado en la sociedad, en las tradiciones y en la forma de pensar de la gente, ni cómo podía convertirse en una herramienta de resistencia frente al colonialismo o al imperialismo.
¿En qué medida Saddam y otros líderes de Egipto, Túnez o Argelia fueron un muro de contención frente a los islamistas? ¿Y en qué medida contribuyeron a fortalecerlos?
Precisamente, la forma en que reaccionaron los fortaleció. Es como cualquier proceso de opresión. Si oprimes a la gente, a menudo se vuelve más fuerte. Esa es la paradoja. Querían acabar con un movimiento, pero consiguieron que creciera. Porque no lo entendieron profundamente ni supieron reaccionar de una forma razonable a nivel de las ideas.
Veintitrés años después de la caída de Saddam y tras dos décadas de guerra civil, ¿hay esperanza para la democracia en Irak?
Creo que sí. La gente sigue intentándolo a pesar de todas las dificultades. Hay jóvenes que sienten que tienen que hacer algo. ¿Qué exactamente? Aún no está claro. Pero existe una necesidad real de experimentar y buscar nuevas formas. Ves pequeñas organizaciones surgiendo aquí y allá. Hay manifestaciones continuas y vigilias constantes. La mayoría protestan por el nivel de vida, por su deterioro, por la falta de empleo juvenil y por el desempleo en general. Las preocupaciones cotidianas siguen siendo centrales. Eso podría conducir a otras formas de acción. Las elecciones existen, pero están siendo manipuladas. Y eso también podría provocar cambios en el futuro. Hay esperanza, aunque no sea enorme. Es la única vía que conocemos. Incluso en Occidente, desde el exilio, seguimos buscando alternativas. Lo importante es continuar.
¿Y la situación de las mujeres? Han trabajado mucho durante años en este tema, ¿están mejor hoy las iraquíes?
No, definitivamente no. Lo único que ha mejorado en los últimos años es que caminar por la calle resulta relativamente seguro. Eso es todo. Puedes salir sin pensar constantemente que te van a matar. Pero eso hay que compararlo con los años anteriores, cuando cualquier desplazamiento implicaba no saber si regresarías. Más allá de eso, realmente no ha cambiado mucho. Y no es una exageración. Todas las estadísticas y todos los informes muestran la gravedad de la situación.
¿Hasta qué punto Irak está dominado hoy desde Teherán? ¿Se mantendrá esta dominación, se irá reduciendo de forma pacífica o haría falta una revolución?
No, Irak no está completamente gobernado por Teherán. Incluso dentro de las milicias, que en algunos casos son más poderosas que el propio gobierno, existen diferencias y facciones. Eso es precisamente lo que impide que Irak se convierta en un seguidor absoluto de Teherán. Así que no está ocurriendo. Veremos qué sucede en los próximos años. Después de los enfrentamientos entre Estados Unidos e Irán, de los bombardeos y de la muerte de algunos iraquíes vinculados a las milicias, habrá que esperar. Lo que sabemos es que existen instalaciones israelíes en Irak y que no está claro cómo reaccionará el gobierno iraquí, ni cómo responderá Irán. Por ahora, solo podemos esperar y ver.
Su padre es kurdo. ¿Qué va a ocurrir con ese pueblo? En Europa se especula mucho con ellos, si van a formar una milicia de apoyo a Estados Unidos, si algún día obtendrán la independencia…
Sí, en gran medida es todo especulación. No hay nuevas milicias ni nada parecido. Están muy preocupados y siguen inmersos en la lucha entre las dos principales fuerzas políticas kurdas. Están divididos y se percibe claramente cuando visitas la región. Una zona pertenece a la Unión Patriótica del Kurdistán y otra al Partido Democrático del Kurdistán. Ni siquiera han conseguido organizar elecciones con normalidad. Están muy centrados en la construcción, pero gran parte de ella funciona como un mecanismo para mover dinero. Se levantan grandes edificios modernos y altos, muchos de ellos vacíos. Por cierto, mi hermano vive a cinco minutos del aeropuerto. Durante los bombardeos estaban allí escuchándolo todo. Así que no, no creo que los kurdos iraquíes vayan a formar algo nuevo en este momento.
¿Cuál sería su sueño para los kurdos?
Que sigan formando parte de Irak. La integración. Una integración plena, como ciudadanos iguales. Y, de hecho, ya compartimos muchísimo. Hay países con muchas etnias viviendo juntas de manera pacífica. Nosotros compartimos la historia, la tierra, la religión y muchas otras cosas. Y, sinceramente, en los últimos veinte años no creo que las administraciones kurdas hayan gobernado mejor que las árabes. Por eso pienso que lo mejor es que los kurdos permanezcan dentro de Irak. Si existe un gobierno democrático, debe ser para todos.
¿Reconoce algún rasgo kurdo en usted misma?
Sí, curiosamente sí. A veces aparece de repente y me sorprende. Siempre he pensado que era más bien bagdadí, por mi educación y por haber crecido con mis padres allí. Pero de repente surge algo de mi padre. Lo siento cuando escucho música, especialmente canciones kurdas, o cuando escucho hablar el idioma. No hablo kurdo, pero de pronto mi corazón se inclina hacia ese lado.
La guerra estadounidense contra Irán, ¿está contribuyendo a debilitar ese control sobre Irak o, al contrario, ayuda a reforzarlo?
No creo que lo refuerce, pero es un hecho. Seguimos teniendo aproximadamente el mismo número de estadounidenses trabajando allí. La cifra oficial ronda los dos mil quinientos. Siguen presentes como asesores, entrenadores y en otras funciones, prácticamente en todo el país. Además, el acuerdo de seguridad se ha reforzado. Hubo un gran debate sobre si debía cancelarse, pero finalmente fue renovado. Y sigue vigente. Es un acuerdo abierto, sin una fecha clara de finalización. En ese sentido, nada ha cambiado. Y hemos visto, con los bombardeos recientes, que Estados Unidos sigue teniendo intereses importantes en Irak. Esa es la realidad.
Usted afirmó hace años que no quería volver a Irak. ¿Lo ha mantenido?
No, no he vuelto a Irak. No creo que cambie de opinión, pero nunca se sabe. De momento, no tengo la menor intención.
¿Qué tendría que pasar para que regresara?
No lo sé realmente. No tengo esa sensación. No lo sé. Creo que eso es algo personal. Quizá, si mi marido siguiera aquí, volvería con él, porque estaba mucho más conectado con el lugar. Pero yo también… Probablemente una de las razones por las que no me he olvidado de Irak es que vivo en Túnez, que en algunos aspectos se parece a Irak. Seguimos diciendo que es un país hermoso, que su gente está allí y que no ha sufrido esas guerras. En Irak vivimos en una región donde nos sentimos amenazados, donde no nos sentimos seguros y donde tenemos miedo. Un miedo extraño. Cuando estás involucrado en la política, lo tienes presente siempre. Al menos en nuestra parte del mundo. E Irak siempre sembró ese miedo en mí. En Túnez, en cambio, no lo siento. Hay una cierta libertad en esa sensación. Y creo que, si volviera a Irak, aunque ya regresé una vez, sería como revivir el mismo trauma. No quiero eso. Quiero liberarme de ello para poder vivir en Irak, para poder amar a Irak, olvidar las cosas malas y recordar siempre las buenas. Es algo personal, profundo, y no tan relacionado con la política.
Fui a Túnez el año pasado, después de varios años sin visitarlo. Me pareció un lugar mucho más triste de lo que recordaba. Después de la revolución y de todo lo que ocurrió, años después, sobre todo en la capital tuve la sensación de una ciudad sin energía.
¿El año pasado? Sí, entonces lo viste. Ahora tenemos un presidente que realmente está empujando al país hacia abajo. Hay una especie de depresión general.
Sí, eso fue exactamente lo que sentí. Casi no reconocía muchas zonas…
Y además hay mucha pobreza. La economía está prácticamente paralizada. El turismo ha disminuido. E incluso cuando la gente quiere ir, la infraestructura no es buena. Y los precios son altos. La pobreza allí significa algo muy diferente a lo que significa en Europa.
Usted afirmó que nunca volvería a escribir ficción después de la invasión de 2003. ¿Por qué?
Bueno, la buena noticia es que, en los últimos tres meses, he empezado a escribir ficción otra vez. Es algo muy liberador, una sensación de felicidad. Es como estar bajo un calor insoportable y, de repente, darte una ducha fría. Te relajas y te sientes feliz. Así que ahora estoy escribiendo, y eso es fantástico. Pero durante todo ese tiempo no podía hacerlo. Estaba completamente paralizada. La implicación diaria con lo que sucedía en Irak, con lo que sucedía en Palestina, viajar allí… Todo eso cambió mi vida. Mi imaginación no podía competir con la realidad. Simplemente se detenía. Había un vacío respecto a lo que podía escribir. Pero ahora parece que, quizá también por estar en Túnez, en mi propio entorno, he conseguido apartarme un poco de la política cotidiana. Cancelé mis columnas periodísticas y dejé todo eso a un lado. Creo que ahora he vuelto a la literatura. Además, uno de mis libros fue reeditado y hubo una presentación en Túnez. Fui muy feliz. Me sentí como una niña, porque era la primera vez que presentaba un libro en el mundo árabe.
¿Cómo es eso?
Llevo escribiendo quince años. Mis libros se han publicado en toda Europa, en Estados Unidos y en otros lugares, pero era la primera vez allí. Antes hubo un intento en Palestina, porque se organizó una presentación de un libro sobre escritura palestina. Pero ese día estábamos rodeados por las fuerzas israelíes y Ramala estaba completamente bloqueada. No podíamos ir a Jerusalén ni movernos, así que se canceló. Pero bueno, la literatura ha vuelto.
Y, por supuesto, sigue escribiendo en árabe, ¿verdad? ¿Por qué no en inglés?
La literatura la escribo en árabe. La política, la sociedad y todo lo demás lo escribo en inglés.
En Women on a Journey dice que el árabe tiene serias dificultades para llegar a una gran audiencia. Pero la lengua árabe tiene trescientos millones de hablantes. ¿Por qué no leen más?
Los árabes no leen… Creo que hablamos mucho.
¿Cómo? ¿La conversación sustituye a la lectura?
Sí. Todo es social. Disfrutamos hablando. ¿Por qué leer? Esa es la cuestión. Venimos de Sherezade, de la cultura oral…
Ojo, si Edward Said escuchara ese argumento, gritaría ahora mismo: «¡Orientalismo!».
No creo que eso sea orientalismo. Simplemente, cuando pienso en cuántas personas realmente leen o escriben, no son muchas. Una vez escribí un artículo porque alguien afirmaba que la novela árabe estaba floreciendo. Fui a consultar estadísticas y descubrí algo sorprendente: en cien años solo habíamos producido un número muy reducido de novelas. Entonces me pregunté: ¿qué significa exactamente «florecimiento»? Seamos realistas y hablemos de hechos y cifras.
¿Cuáles son las razones profundas de eso?
Hay muchas razones. Entre ellas, el hecho de que las mujeres han tenido menos oportunidades para escribir y leer. Las responsabilidades familiares, el matrimonio, la falta de tiempo… todo eso influye. Y si ya hay pocos hombres escribiendo, todavía hay menos mujeres. Por eso organizo talleres de escritura para mujeres, especialmente para mujeres involucradas en la política.
En España hemos leído a autores iraquíes como Ahmed Saadawi y Hassan Blasim. Ambos hablan mucho de la locura, asociada a la violencia y la guerra en el país. ¿Es la locura un elemento de su ficción?
No, no especialmente. Nunca me ha interesado escribir sobre eso de forma directa. Las novelas y relatos que he escrito tratan sobre personas que luchan por su forma de vida, por su existencia, especialmente mujeres. Me centro en ellas. Pero en mis nuevos libros estoy intentando mezclar voces masculinas y femeninas, alternando perspectivas sobre determinados acontecimientos. No es algo nuevo en la literatura, pero sí es nuevo para mí. No se trata solo de la locura de la guerra. Se trata de comprender la vida. Es mi forma de entenderla.
Comprendo…
Por cierto, ayer estuve en una escuela secundaria, porque era la Semana del Refugiado. Era una escuela católica con estudiantes de entre once y dieciocho años. Me hicieron muchísimas preguntas. Fue increíble.
¿Era más difícil que hablar con periodistas?
¡Sí, porque dicen exactamente lo que piensan! Me preguntaron por qué escribo, si tengo modelos femeninos, si las mujeres con las que he trabajado me han influido. Todo eso fue hermoso. Al final, escribir consiste en intentar comprender. ¿Por qué escribe la gente? Porque quiere escribir. Es así de simple. Pero ¿cómo se vive sin escribir?
En España tenemos también algunos poetas iraquíes traducidos, como Muhsin al-Ramli y Abdulhadi Saadoun, pero ¿qué otros autores iraquíes deberíamos leer sin falta?
¡Definitivamente, a Haifa Zangana! [risas] No sé si ha sido traducida al español o al inglés, pero también recomendaría a May Muzaffar. Si quieres leer sobre Bagdad, especialmente sobre el periodo anterior a los años sesenta, ella es una escritora extraordinaria. Sí, creo que algunos de sus libros han sido traducidos al inglés. Además, es crítica de arte, una de las mejores. Tiene una sensibilidad extraordinaria para los colores de la vida y para los colores de la pintura. Combina muchas facetas. Me gustaría que más gente la leyera. Es una escritora única.
Una última pregunta. Después de cincuenta años en Londres, ¿sigue sintiéndose extranjera o Londres es ya su segunda patria?
¡Es el tercero! El primero es Irak. El segundo es Túnez. Londres es el tercero. Y si me mudara a otro país, probablemente sería el cuarto. Pero estoy unida a esta ciudad.
¿Puede considerarse londinense o esa idea pertenece solo a los nativos blancos?
Más o menos, sí.
¿Aunque muchos piensan que alguien que viene de fuera nunca llega a ser realmente de aquí?
Creo que yo sí lo hago. Conozco los lugares. Hay muchas cosas que me gustan aquí y me siento en casa. Los museos, el arte, la literatura, el cine, ciertos rincones grabados en la memoria, los amigos, la gente… Cuando veo a las personas manifestarse en las calles, me siento londinense junto a ellas. Es una vida compartida con Londres, con su gente y con sus lugares. Pero esa sensación profunda que tengo en Túnez es diferente.
¿Por qué?
Desde mi apartamento hasta el Instituto Cervantes de Túnez, que tú conoces, hay menos de cien metros. En ese trayecto me encuentro con nueve personas que me preguntan cómo estoy, me desean buenos días o me invitan a tomar un café. Y a veces siento que debería sentarme con ellas, aunque apenas las conozca. Eso es algo que echo de menos aquí. Es una sensación humana muy cercana, cálida y hermosa.
Es la cultura mediterránea…
Sí, exactamente. Compartimos muchas cosas. Eso es lo que marca la diferencia.












