
Hay libros que son demasiado buenos como para acabarlos, libros que, en el fondo, no deseamos saber cómo concluyen, porque nos damos cuenta, o lo intuimos, que no sabremos qué hacer con la vida después, cuando nos quedemos sin la posibilidad de leer sus párrafos por primera vez y avanzar apenas una página más, unas cuantas líneas que, de tan plenas de literatura, nos raptan para sacarnos de nuestras preocupaciones corrientes y llevarnos de la mano a un mundo del que luego regresamos transfigurados, convertidos en otras personas, en un ser que ahora teme que, al acabar el libro, no pueda volver a operarse el milagro de escapar por unos instantes del trasiego de la vida para recorrer las páginas reconstruyendo lo que concibió la autora; que, al gastarse la sustancia de lo nuevo, no quede ya la opción del impacto de una frase esplendorosa en nuestra sensibilidad ni la evocación primera de un recuerdo que yacía sepultado en estratos de circunstancias esperando que lo tocáramos, sin más; y temiendo que la relectura que hagamos algún otro día tras acabarlo carezca de la capacidad transformadora que posee el encuentro virginal con el arte.
Hay libros que uno no quiere acabar porque sabe que la maraña de sus páginas es el único refugio contra el ruido del mundo exterior, que los renglones dibujan un laberinto de palabras bellamente entrelazadas donde perderse es la única forma de encontrarse y donde cada línea estira el tiempo para postergar el inevitable regreso a la realidad gris, de modo que demoramos la lectura rozando apenas las esquinas de los párrafos, temiendo el vacío que lo helará todo cuando la última página dicte que todo está consumado y nos devuelva, otros, pero desamparados, a la rutina de los días en los que lo prosaico se sucede sin que la inteligencia de la autora nos pueda rescatar a través de una historia con sentido con una obra en la que hay un plan que siempre es uno y el mismo, y los personajes, los destellos o reflejos de nuestros espacios interiores.
Hay libros que se camuflan entre la rutina de nuestros días como si fueran objetos vulgares, como meros volúmenes alineados en la estantería o apilados, cuando desbordan, en los rincones, pero que en realidad custodian el fuego silencioso y antiguo que avivaron los aedos, y lo hacen en textos incalculables que dejamos reposar a propósito sobre la mesa de noche durante semanas enteras, leyendo apenas un par de líneas antes de apagar la luz, no por falta de tiempo o desinterés, sino por el temor de agotar la música de sus palabras y de no poder mecernos en la prosa, ya que sabemos bien que, cuando la última frase se extinga en el aire, nos quedaremos flotando en la orfandad intelectual, arrojados de nuevo a este valle, despojados de la sabia mirada ajena que había venido a ordenar el caos de nuestros pensamientos; y por eso preferimos habitar indefinidamente en un limbo intermedio, en un espacio suspendido donde los personajes aún respiran en la penumbra, y donde el desenlace —que, en realidad, es indiferente— yace eterno reposando sobre la contracubierta, conocedores de que la belleza puede ser un territorio de una riqueza infinita si decidimos no dar el paso definitivo y levantar el velo.
Hay libros de una densidad tan transparente y misteriosa que exigen de nosotros un ritmo que parece que ya no pertenece a este siglo; obras que nos obligan a detener la marcha del reloj y a respirar al compás de sus pausas porque en sus márgenes y en los espacios en blanco que separan los capítulos se esconde una verdad tan íntima que nos asusta descubrirla del todo, de ahí que demoremos el avance y regresemos una y otra vez sobre los mismos párrafos, sobre las mismas líneas, como quien recorre una costa conocida, o un camino, buscando huellas en la playa que la marea olvidara borrar la tarde anterior, o un sendero oculto que nos pasara desapercibido entre la maleza, impulsados a este eterno retorno por la certeza de que el verdadero arte no reside en llegar a una meta ni en acumular historias leídas, sino en la capacidad de demorarse en el umbral de una revelación, manteniendo la copa llena antes de que el último sorbo nos devuelva la sed de siempre y la sospecha de que ninguna otra lectura volverá a tocarnos con la misma intensidad que esta, y que el próximo libro de la autora vivirá necesariamente en otro mundo, porque el de este volumen comprende un universo y levantar semejante cosmos solo puede hacerse una vez.
Hay libros, como el que tengo entre mis manos, que debería poder seguir leyéndose para siempre con la lentitud de quien camina por un sendero sagrado o de quien cuenta las últimas monedas disponibles de un tesoro, sabiendo que cada revelación te acerca un poco más a la orilla del olvido y a la ruina, al borde helado del universo, y que al cerrar sus tapas se clausurará una ventana secreta de tu propia alma, por lo que prefiero dejar este libro una vez más en suspenso, en su instante perfecto, habitando el umbral de lo que está por venir sin cruzarlo para que el milagro literario al que da cuerpo la obra permanezca intacto y el viaje por sus páginas no termine nunca, haciendo que mi vida sea, mientras tanto, eterna.







