
Hay libros que son demasiado buenos como para acabarlos, libros que, en el fondo, no deseamos saber cómo concluyen, porque nos damos cuenta, o lo intuimos, que no sabremos qué hacer con la vida después, cuando nos quedemos sin la posibilidad de leer sus párrafos por primera vez y avanzar apenas una página más, unas cuantas líneas que, de tan plenas de literatura, nos raptan para sacarnos de nuestras preocupaciones corrientes y llevarnos de la mano a un mundo del que luego regresamos transfigurados, convertidos en otras personas, en un ser que ahora teme que, al acabar el libro, no pueda volver a operarse el milagro de escapar por unos instantes del trasiego de la vida para recorrer las páginas reconstruyendo lo que concibió la autora; que, al gastarse la sustancia de lo nuevo, no quede ya la opción del impacto de una frase esplendorosa en nuestra sensibilidad ni la evocación primera de un recuerdo que yacía sepultado en estratos de circunstancias esperando que lo tocáramos, sin más; y temiendo que la relectura que hagamos algún otro día tras acabarlo carezca de la capacidad transformadora que posee el encuentro virginal con el arte.
Hay libros que uno no quiere acabar porque sabe que la maraña de sus páginas es el único refugio contra el ruido del mundo exterior, que los renglones dibujan un laberinto de palabras bellamente entrelazadas donde perderse es la única forma de encontrarse y donde cada línea estira el tiempo para postergar el inevitable regreso a la realidad gris, de modo que demoramos la lectura rozando apenas las esquinas de los párrafos, temiendo el vacío que lo helará todo cuando la última página dicte que todo está consumado y nos devuelva, otros, pero desamparados, a la rutina de los días en los que lo prosaico se sucede sin que la inteligencia de la autora nos pueda rescatar a través de una historia con sentido con una obra en la que hay un plan que siempre es uno y el mismo, y los personajes, los destellos o reflejos de nuestros espacios interiores.
Hay libros que se camuflan entre la rutina de nuestros días como si fueran objetos vulgares, como meros volúmenes alineados en la estantería o apilados, cuando desbordan, en los rincones, pero que en realidad custodian el fuego silencioso y antiguo que avivaron los aedos, y lo hacen en textos incalculables que dejamos reposar a propósito sobre la mesa de noche durante semanas enteras, leyendo apenas un par de líneas antes de apagar la luz, no por falta de tiempo o desinterés, sino por el temor de agotar la música de sus palabras y de no poder mecernos en la prosa, ya que sabemos bien que, cuando la última frase se extinga en el aire, nos quedaremos flotando en la orfandad intelectual, arrojados de nuevo a este valle, despojados de la sabia mirada ajena que había venido a ordenar el caos de nuestros pensamientos; y por eso preferimos habitar indefinidamente en un limbo intermedio, en un espacio suspendido donde los personajes aún respiran en la penumbra, y donde el desenlace —que, en realidad, es indiferente— yace eterno reposando sobre la contracubierta, conocedores de que la belleza puede ser un territorio de una riqueza infinita si decidimos no dar el paso definitivo y levantar el velo.
Hay libros de una densidad tan transparente y misteriosa que exigen de nosotros un ritmo que parece que ya no pertenece a este siglo; obras que nos obligan a detener la marcha del reloj y a respirar al compás de sus pausas porque en sus márgenes y en los espacios en blanco que separan los capítulos se esconde una verdad tan íntima que nos asusta descubrirla del todo, de ahí que demoremos el avance y regresemos una y otra vez sobre los mismos párrafos, sobre las mismas líneas, como quien recorre una costa conocida, o un camino, buscando huellas en la playa que la marea olvidara borrar la tarde anterior, o un sendero oculto que nos pasara desapercibido entre la maleza, impulsados a este eterno retorno por la certeza de que el verdadero arte no reside en llegar a una meta ni en acumular historias leídas, sino en la capacidad de demorarse en el umbral de una revelación, manteniendo la copa llena antes de que el último sorbo nos devuelva la sed de siempre y la sospecha de que ninguna otra lectura volverá a tocarnos con la misma intensidad que esta, y que el próximo libro de la autora vivirá necesariamente en otro mundo, porque el de este volumen comprende un universo y levantar semejante cosmos solo puede hacerse una vez.
Hay libros, como el que tengo entre mis manos, que debería poder seguir leyéndose para siempre con la lentitud de quien camina por un sendero sagrado o de quien cuenta las últimas monedas disponibles de un tesoro, sabiendo que cada revelación te acerca un poco más a la orilla del olvido y a la ruina, al borde helado del universo, y que al cerrar sus tapas se clausurará una ventana secreta de tu propia alma, por lo que prefiero dejar este libro una vez más en suspenso, en su instante perfecto, habitando el umbral de lo que está por venir sin cruzarlo para que el milagro literario al que da cuerpo la obra permanezca intacto y el viaje por sus páginas no termine nunca, haciendo que mi vida sea, mientras tanto, eterna.






Maravilloso. Te regalo el análisis, compañero: «Cinco párrafos, cinco oraciones. Un ejercicio muy bonito de hipotaxis extrema, con proposiciones que abren subordinadas que a su vez abren otras, hasta el quinto o sexto nivel. La frase más larga del primer párrafo encadena seis niveles de subordinación sin perder el hilo gramatical, aunque exija del lector una concentración sostenida. Bonita sensación de red léxica donde cada sustantivo genera una nueva proposición que lo amplifica». Precioso, porque no es una logomaquia ni un mero alarde, sino que hay un significado claro y preciso en todo el texto, uno que va creciendo en intensidad para transmitir algo muy bello. Magnífico uso de los recursos retóricos. Sí, precioso, todo. El libro ya me imagino cuál es.
¿Análisis hecho por quién?
«El libro ya me imagino cuál es.»
¿Y por qué no compartes tu sospecha?
Hecho por una que puede. XDDD
Gracias, «Preciosilla». Jajaja.
Qué valientes sois los de la bola. Es breve, pero es un buen uso de los 300 euros que pagais por las colaboraciones, sí señor. No sé en qué revista cultural de ahora mismo se puede encontrar un texto de esta calidad literaria pero yo creo que en ninguna. Revista de Occidente sigue en línea editorial de que no hacerle sombra a Ortega, Zenda es un océano de naderías, Letras Libres no aporta ni una idea original, sólo nombres encadenados, y los suplementos de los periódicos son lamentables, empezando por el señor ese perdido de Narbona. Como De Prada o el Molino, insoportable. Tres curillas. Boyero no quiere la competencia de las críticas que hace aquí Sastre, que son mucho mejores que las suyas. Olmos se empeña en creerse un buen escritor y Soto Ivars juega a otra cosa. La Iris Simón parece Ramiro Ledesma, y la Coixet escribe con desgana y siempre de lo mismo. Del resto ni te acuerdas.
Le he pedido a Gemini que me analizara el texto como si fuera un filólogo. Debo confesar que mis intenciones no eran buenas, pero me han salido cosas que desconocía y que me han hecho volver a leer tres veces el artículo. Ha sido una cura de humildad que agradezco. Me descubro ante el autor. Aquí va el análisis para el que le interese:
Este es un texto bellísimo, de una enorme riqueza estilística y conceptual. Te propongo un análisis filológico estructurado en tres niveles fundamentales: el plano pragmático-textual (contextualización y tipología), el plano morfosintáctico (cómo se construye el ritmo) y el plano léxico-semántico y retórico (la imaginería y las figuras que le dan vida).
1. Localización y Tipología Textual
• Tipología: Nos encontramos ante un texto ensayístico-literario, fuertemente influido por la prosa poética y la crítica metaliteraria (literatura que habla sobre la propia literatura).
• Modalidad discursiva: Combina la exposición teórica (una reflexión profunda sobre el acto de leer) con la argumentación lírica (intenta convencer al lector del valor de la lectura lenta a través de la emoción).
• Función del lenguaje: Predomina de manera absoluta la función poética o estética, ya que el emisor busca crear belleza formal a través de la palabra. También es visible la función expresiva/emotiva («prefiero dejar este libro una vez más en suspenso») y la función metalingüística, dado que el código (la escritura y la lectura) es el objeto mismo del análisis.
2. Estructura y Plano Morfosintáctico
El armazón formal del texto es uno de sus elementos más brillantes. Destaca por un ritmo sosegado, casi litúrgico, que imita formalmente lo que defiende conceptualmente: la lentitud.
Macroestructura
El texto presenta una estructura rítmica paralela y anafórica. Está compuesto por cinco párrafos, y cada uno de ellos se abre con la misma estructura gramatical fija:
«Hay libros que…»
Esta repetición (anáfora a gran escala) funciona como un estribillo que compartimenta el ensayo en cinco variaciones sobre un mismo tema: el miedo al vacío tras terminar una lectura excepcional.
Microestructura Sintáctica
• Períodos hipotácticos extensos: El texto huye de la frase corta. Se construye mediante la subordinación encadenada (oraciones relativas, causales, consecutivas y temporales). Estas frases largas y sinuosas obligan al lector a ralentizar su ritmo cardíaco y de lectura; el texto obliga físicamente a practicar la lentitud que predica.
• Elipsis y asíndeton: Hacia el final del primer párrafo observamos estructuras donde se prescinde de nexos o verbos para acelerar la acumulación emocional («…ni la evocación primera de un recuerdo…»).
• Polisíndeton meditativo: En otros puntos, la acumulación de la conjunción «y» o «o» («…o un camino, buscando huellas en la playa […] o un sendero oculto…») refuerza la sensación de vagabundeo o de demora deliberada.
3. Plano Léxico-Semántico y Retórico
En este nivel es donde se despliega la verdadera potencia lírica del fragmento. Hay una cuidada selección de campos semánticos y una red de metáforas interconectadas.
Campos Semánticos en Oposición (Eje Binario)
El texto se construye sobre una constante antítesis entre el espacio de la lectura y el espacio de la realidad:
El Espacio del Libro (Lo Sagrado) El Mundo Exterior (Lo Profano)
Milagro, fuego silencioso, aedos, música, revelación, sagrado, cosmos, infinito. Ruido, realidad gris, rutina, prosaico, caos, olvido, ruina, circunstancias.
Figuras Retóricas Destacadas
• Metáforas del Libro como Refugio y Geografía: El libro deja de ser un objeto físico para convertirse en un espacio tridimensional. Es un «laberinto de palabras», un «refugio», una «costa conocida», un «sendero sagrado». Perderse en él es la única forma de aislarse del «ruido del mundo exterior».
•Paradojas existenciales: El texto está plagado de contradicciones poéticas que encierran verdades profundas:
o «Donde perderse es la única forma de encontrarse» (Párrafo 2).
o «De una densidad tan transparente» (Párrafo 4 -oxímoron y paradoja-).
• Personificación del Libro y la Lectura: El libro «custodia», las frases «raptan» o «nos llevan de la mano», la prosa «nos mece». Se le otorga a la obra de arte una agencia activa y salvadora frente a la pasividad del ser humano desamparado.
• Alusiones Culturales (Intertextualidad Mitopoética): La mención a los «aedos» (los antiguos cantores épicos griegos) conecta este fragmento con la tradición oral primigenia y eleva el acto de leer a un rito ancestral y sagrado. Asimismo, la expresión «valle» evoca de forma velada el tópico del valle de lágrimas terrenal.
Conclusión Filológica
El texto es un ejercicio soberbio de coherencia entre forma y contenido. Filológicamente, demuestra cómo la sintaxis puede convertirse en un espejo del pensamiento: el autor utiliza la dilación sintáctica (frases larguísimas, incisos, suspensiones) para obligarnos a experimentar el mismo retraso del desenlace que sufren los lectores de su obra.
Es una apología de la relectura y de la resistencia frente a la inmediatez contemporánea («un ritmo que parece que ya no pertenece a este siglo»). El texto concluye con una de las aspiraciones más antiguas de la literatura: la capacidad del arte para suspender el tiempo cronológico y otorgar, aunque sea en el umbral de la última página, una brizna de inmortalidad.
«reconstruyendo lo que concibió la autora […] sin que la inteligencia de la autora nos pueda rescatar […] el próximo libro de la autora»
el autor (puesto que se habla en general, a pesar de la foto que ilustra el texto).
Uno lee el artículo esperando (una vez más a pesar de la foto) la revelación final (yo he pensado en «El libro del desasosiego», en el «Oráculo manual y arte de prudencia» o en el Zhuang Zi). Pero la revelación no se produce, y esa ausencia vuelve el texto exagerado, demasiado exagerado, como si se pudiera aplicar a miles de libros.
Extraño que ni Francisco J. Tapiador ni Eloísa consideren dignos a sus lectores de saber de qué están hablando. ¿Temerán que el libro en cuestión sea menos obra maestra de lo que ellos piensan?
Insistes, Pablo. Vale, como quieras. Ya veo que no eres del gremio. Verás, resulta que los finales abiertos, lo indeterminado, son una de las marcas de la modernidad. La resistencia del narrador a terminar el libro para «habitar indefinidamente en un limbo intermedio» conecta conceptualmente con Eco. En Lector in fabula (1979), Eco describe el texto como una «máquina perezosa» que requiere el trabajo cooperativo del lector. Para Eco, los textos literarios densos transforman al lector en un «Lector Modelo», alguien capaz de disfrutar de las estrategias textuales y de la propia textura de la prosa, postergando la prisa por el desenlace. En Obra abierta (1962), Eco celebra aquellos textos que rechazan una resolución unívoca y monolítica. El texto usa este estatuto de apertura al afirmar que el desenlace «en realidad, es indiferente»; lo que importa es la riqueza infinita de habitar el umbral de la revelación.
Como no entiendes de esto, no ves que el texto dialoga con la estética de la recepción, la fenomenología de la lectura y las teorías sobre la temporalidad en el arte. Esto remite a la Estética de la Recepción, la escuela de Iser y Jauss. Iser, en su obra El acto de leer (1976), acuña el concepto de Unbestimmtheit (indeterminación). Sostiene que el texto literario está lleno de «vacíos» o «espacios en blanco» (Leerstellen) que el lector debe rellenar. Para Iser, la obra solo se realiza plenamente a través del proceso de lectura. El texto describe esta interacción: el libro no es un objeto estático en la estantería, sino una estructura virtual que exige la actualización de un lector que «recorre las páginas reconstruyendo lo que concibió la autora». No decir es libro de la autora al que se refiere es otro de los muchos aciertos del texto.
La idea de «detener la marcha del reloj y a respirar al compás de sus pausas» nos remite a la obra de Paul Ricoeur, Tiempo y narración (1983-1985) Ricoeur analiza cómo la gran literatura tiene el poder de fracturar el cronos (el tiempo físico, sucesivo y alienante, que el texto denomina «la rutina de los días») para instaurar el kairos (el tiempo propicio, cargado de sentido). Al «demorar el avance» y practicar el «eterno retorno sobre los mismos párrafos», el lector del fragmento suspende la temporalidad contemporánea («un ritmo que parece que ya no pertenece a este siglo») para alcanzar, en la experiencia estética, una dimensión de eternidad.
A más a más, la importancia de los finales abiertos la explica muy bien el propio Tapiador en su último ensayo, que seguro que te aprovecharía mucho, Pablo, vistos los comentarios de primero de parvulitos de filología que te atreves a hacer: https://www.editorialrenacimiento.com/iluminaciones/3419-literatura-para-gente-de-ciencias.html
«la modernidad…. Eco… estatuto de apertura… la riqueza infinita de habitar el umbral de la revelación… el texto dialoga con la estética de la recepción, la fenomenología de la lectura y las teorías sobre la temporalidad… el libro no es un objeto estático en la estantería… fracturar el cronos…instaurar el kairos… el lector del fragmento suspende la temporalidad contemporánea para alcanzar, en la experiencia estética, una dimensión de eternidad» (sencillamente).
¡ Cuánta megalomanía vácua, cuánta verborrea universitaria inútil, cuánta teoría extranjera inconsistente y pasada de moda desde hace décadas !
Si para caer en éxtasis ante un libro de Ana María Matute, escritora de cuarta o quinta zona, tienes que leer a semiólogos italianos, lingüistas alemanes y filósofos franceses, te compadezco sinceramente.
Veo que eres de la generación de los admiradores de Barthes, hoy afortunadamente jubilada, de la secta de los incapaces de juzgar algo sin las muletas de los intelectuales de moda (en los años 70 y en París a ser posible).
Yo no necesito como tú arrodillarme ante Eco, Ricoeur, Iser o Jauss para juzgar un texto. Y me importan un bledo las referencias filosóficas a la hora de hacerlo. Ningún gran texto literario necesita a la filosofía para ser comprendido (no hay nada más hilarante que Heidegger comentando a Holderlin).
Qué contento estoy de no ser de tu gremio de comentadores de comentadores, de universitarios expertos en jerigonzas, de théoriciens de la branlette verbale.
Para acabar, te recuerdo la definición de pedante del gran Jules Renard en su «Journal» (un libro que te convendría leer para aprender lo que es la literatura pura y dura) : «Un pédant est un homme qui digère mal intellectuellement.»
(Guardo tu texto para la antología que estoy haciendo de textos cómicamente pedantes).
Entiendo que se referirá a Olvidado Rey Gudú, por aquello de «la orilla de la ruina y el olvido» pero vaya, el texto es maravilloso, pero los debates en comentarios también. Mil gracias.
Podría estar hablando perfectamente de «Olvidado rey Gudú».
Una pena que yege el pedante chinchoso este ha extropear un articulo tan bueno. Cayate lla, pesao, deja de dar pec.
901 palabras (las he contado) para decir que un libro le gusta mucho, sin decir cual es. Figuraos que el maquetador se hubiese equivocado, confundido de fotografía. ¡Qué risa, no?
Ahora a citarme a mi mismo, que es lo que más me va: «en realidad en este país nadie lee, ni en este ni en ninguno. Puede que en algún sitio donde el invierno sea largo de cojones, y solo cuando se acaba el vodka. Vodka sobreestimado: así veo yo la literatura. Una droga blanda que te ayuda a huir de la realidad; no te hincha el hígado, puede que las cervicales si lo haces en mala posición, y ya que hablamos de posiciones, a partir de cierta edad todas son malas, te lo garantizo».
Sí, soy un gamberro y más distraído que Ana María.
Te digo lo mismo que al plasta de Pablo75. La incertidumbre sobre el libro en cuestión del que trata la pieza es un recurso literario. Me sorprende que eso no sea conocido fuera de nuestros círculos académicos. Es de principios del siglo pasado. Va a ser cierto que la gente no lee, que lo único que quieren es escribir y que les lean sus tonterías intrascendentes.
«Un recurso literario»… ¿utilizado por quién? Cítame un escritor importante que haya utilizado semejantes juegos pueriles.
«Me sorprende que eso no sea conocido fuera de nuestros círculos académicos.»
¡ Qué ingenuidad ! ¿Todavía no te has dado cuenta de que la influencia de tus «círculos académicos» es sencillamente nula fuera de las academias universitarias en las que funcionarios de la modernidad más rancia como tú producen incansablemente toneladas de bazofia intranscendente?
Que conste que te has metido tú solito este jardín… Pero bueno, a ver si así te das cuenta de lo pesado que eres. Aquí va la clase sobre la elipsis, eso que llamas jueguecitos pueriles.
El caso más famoso de ausencia nominal deliberada, de juego, es «En un lugar de la Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme». No sé si eso es suficiente. Quizá en tu caso, no. Más: “Cien años de soledad” no nombra en ningún momento el título de los pergaminos que Melquíades ha escrito, aunque toda la novela es, en realidad, la transcripción de esos pergaminos. El libro que el lector está leyendo y el libro que Aureliano descifra son el mismo, pero García Márquez nunca lo dice. “Si una noche de invierno un viajero” de Calvino está construida sobre novelas que nunca se completan y que, por tanto, nunca alcanzan título definitivo. El título de la obra marco es la primera frase de una de esas novelas incompletas. “El hombre invisible” de Ralph Ellison. El narrador no recibe nunca un nombre. La invisibilidad social del hombre negro en Estados Unidos se traduce en invisibilidad nominal. En La metamorfosis de Kafka. La ciudad no se menciona nunca. “El nombre de la rosa de Eco”. El título promete un nombre, pero nunca sabemos el nombre de la chica. “El libro de arena” de Borges. El narrador adquiere un libro que no tiene primera ni última página, que cambia cada vez que se abre y que por tanto no puede tener título estable. El libro existe, se puede tocar, pero no se puede identificar. “Rebecca” de Daphne du Maurier. La protagonista y narradora nunca recibe nombre propio a lo largo de toda la novela. El efecto es que la identidad de la segunda señora de Winter queda eclipsada por la de la mujer cuyo nombre sí conocemos, el de la primera. “Molloy, Malone muere y El innombrable” de Beckett. En la tercera entrega la voz declara literalmente que no puede nombrarse ni sabe si tiene nombre. La ausencia nominal es de hecho el tema central.
¿Ves como lo que hacemos en la universidad no es intrascendente? Sirve, como poco, para identificar a payasos que se las dan de leídos.
Veo que tu deformación profesional es incurable. Por no saber no sabes ni leer.
Nadie ha dicho que en la literatura no haya «ausencias nominales deliberadas», que es como decir que no hay misterios en ella, cuando el misterio es uno de sus principales «ressorts». Estamos hablando de textos como el de Tapiador que hacen el elogio de un libro real sin citarlo.
Sigo a la espera de que me cites uno (si es que llegas a comprender mi demanda).
Sí ya lo pillé a la primera; no es más que un McGuffin de toda la vida, aunque el recurso se usa como cortina de humo para envolver al lector con una trama lateral que va ganando peso. A los de los departamentos os gustan huir de la trama, sí lo sé, a mí no, ¿qué quieres? Lo de saltarse el tercer acto no me parece modernez me parece escapismo, ademas cuando notas que el tercero cojea es la señal que el segundo se tambalea. Es como las motos, ¿Sabes ir en moto? Si te parece que has pinchado la delantera es en la trasera donde has de buscar el clavo.
Por cierto, y siguiendo un comentario tuyo de más abajo, en «El caso Sarmiento» (folletín ofrecido al público aburrido en mi blog, accesible pinchando en mi nombre), tampoco nunca se sabe el nombre del prota, todas las chicas se llaman María algo, y los hombres solo son conocidos por un mote. Es simultáneamente/sucesivamente una comedia de batacazos, una reflexión política, un experimento Kafkiano, un sucesión de guarradas, un elogio del pene y más cosas ¡y tiene una trama a la vez circular y abierta!
En general los del canon os tomáis demasiado en serio. Saludos
¿Los reyes son los padres?
Sobre las memeces de los filólogos que practican el onanismo teórico a propósito de la lectura («el libro no es un objeto estático en la estantería, sino una estructura virtual que exige la actualización de un lector»):
«En estos últimos tiempos se ha adulado mucho a los lectores, con eso de que un libro no se acaba de escribir hasta que no lo lee alguien. En esto hay bastante demagogia y palabrería. Lo que está probado es que quien nos completa y mejora como personas y como lectores es el escritor, más que al revés. »
Andrés Trapiello, hoy en Zenda.
https://www.zendalibros.com/andres-trapiello-el-exito-esta-sobrevalorado/
Vaya. Parece que no eres capaz de entender ni a Trapiello. Eso es andar justito, sí.
Te corto-pego de los apuntes con alguna glosa, a ver si así eres capaz de aportar algo que no sea una memez, o irte a dar la vara a otro sitio:
Toda teoría del texto reconoce que el significado no reside únicamente en lo dicho sino en la tensión entre lo dicho y lo silenciado. El texto no es una superficie plana de signos sino un campo en el que ciertas zonas de vacío generan energía semántica. Cuando un escritor construye un texto cuyo referente central, en este caso un libro, nunca recibe nombre, no suprime el objeto sino que el recurso le sirve para amplificarlo. El nombre propio fija, delimita e historiza. La ausencia del nombre abre el objeto hacia lo general, lo convierte en una categoría antes que en un ejemplar, y permite que cada lector lo complete con su propia experiencia de lectura. El libro innominado es, en cierto sentido, todos los libros posibles a la vez, y esa pluralidad no sería alcanzable mediante ningún título concreto, aunque se sepa que la voz autoral se refiera a uno de Ana María Matute.
Fíjate si tiene sustancia la cosa.
Por otro lado, toda obra literaria es un objeto incompleto que requiere al lector para actualizarse. Esto no es de lo que está hablando Trapiello. Él se refiere a otra cosa. A más a más, esta afirmación, válida para cualquier texto, adquiere un sentido más radical cuando el objeto central del texto, el libro de la Matute, no está nominado. En ese caso el lector no se limita a activar sentidos latentes sino que debe construir el referente desde la información indirecta que el texto proporciona: sus efectos sobre los personajes, las emociones que suscita, los fragmentos que se citan o se recuerdan o se deforman. El libro sin nombre se convierte así en el lugar donde el trabajo del lector es más visible y más necesario. La obra exige una co-autoría activa que los textos más simples no requieren. Esto no es una debilidad del texto sino su mayor ambición: confiar al lector la construcción del objeto más importante de la narración. Y eso, es otra muestra de la plena sintonía entre forma y fondo de la que hablaba alguien antes.
Hay hasta una razón fenomenológica para no nombrar el libro. Cuando alguien lee una obra que lo transforma, que le cambia la manera de ver el mundo o de entenderse a sí mismo, ese libro no es principalmente un título o un nombre de autor. Es una experiencia, un conjunto de imágenes interiores, de frases que se han instalado en la memoria sin que sepa ya distinguirlas de sus propios pensamientos, de emociones que el libro convocó y que ahora pertenecen tanto al libro como a quien lo leyó. Nombrarlo es reducirlo a su identidad bibliográfica, que es la parte menos importante de lo que ese libro fue. Un texto que trata sobre esa experiencia y que suprime el nombre del libro está siendo, paradójicamente, más fiel a la naturaleza real de la lectura que otro que lo cite con todos sus datos. Pablo, hijo. Lee “El arte como experiencia” de Dewey si quieres aprender algo al respecto. La omisión de Tapiador no es evasión sino precisión de otro orden. Hay que haber leído algo para entender esto, así que no te regodees en tu ignorancia.
Hace mucho que la teoría ha distinguido entre lo particular y lo universal en literatura, y ha señalado repetidamente que los textos más poderosos son aquellos que partiendo de lo concreto logran alcanzar una dimensión que excede el caso individual. El nombre de un libro es un dato concreto que ancla el texto a una experiencia específica y, por tanto, a un grupo de lectores específico: los que leyeron ese libro, los que lo conocen, los que comparten esa referencia cultural. La supresión del nombre libera al texto de ese anclaje y lo hace disponible para cualquier lector que haya tenido con cualquier libro la relación que describe el texto. Lo que se pierde en especificidad se gana en alcance. Y en ciertos casos, lo que el texto quiere decir solo puede decirse en ese registro amplio, porque no trata de un libro sino de la experiencia de leer, que es universal aunque siempre se materialice en un libro particular. De eso va un texto de Tapiador; un texto para el que es obvio que no estás preparado, tío plasta.
Muchas gracias por tu texto, de una pedantería megalómana rara. Yo que colecciono esta clase de textos onanistas, me froto las manos con sus mejores frases , como ésta: «El texto no es una superficie plana de signos sino un campo en el que ciertas zonas de vacío generan energía semántica.»
¡ Cuánto soplapollismo impune !
Si no fuera, o fuese, tan grosero, hasta resultaría interesante. Las injurias le pierden. Por otro lado, no se entiende que pierda su inestimable tiempo, en este tipo de reyertas. Y por último, si tan grave le parece que no se desvele el título, ¿cómo es que firma de manera anónima?
Otra que no sabe leer. La primera que ha insultado aquí es Eloísa, la branleuse phénoménologique que necesita leer a filólogos alemanes para saber que un libro es algo más que un objeto estático en una estantería, que hay algo dentro de él y que para ser leído necesita que alguien que no sea analfabeto lo abra y lo lea. Es decir, una especialista de lo que aquí en Francia llamamos «l’enculage des mouches en plein vol».
En cuanto a mi tiempo, ¿dónde he escrito yo que es «inestimable»? ¿De qué frase mía deduces tú eso?
(Por cierto y aunque no lo parezca, yo vengo a este sitio a trabajar. Y con Eloísa me he encontrado con una clienta ideal).
«Y por último, si tan grave le parece que no se desvele el título, ¿cómo es que firma de manera anónima?»
Otra traducción simultánea extravagante: donde yo he escrito «extraño» tú comprendes «grave». ¿Qué es lo que te hace pensar que habiendo querido escribir «grave» no me he atrevido a hacerlo y he utilizado la palabra «extraño» como eufemismo? (Uno de mis mayores asombros – con el de ver que hay personas que necesitan leer a filólogos alemanes y semiólogos italinaos para comprender obras literarias – siempre será ver cómo la gente inventa lo que lee o lo que escucha).
Deduce usted que soy mujer, pero cae en el mismo error que tanto parece molestarle. ¿Acaso el texto le da pistas de esa cualidad, que tan a la ligera me atribuye? ¿Debo suponer, o interpretar, que adolece de algún tipo de sesgo?
Si su trabajo consiste en comentar, revisar y despanzurrar, los textos de esta revista, me reitero en la cualificación dedicada a su tiempo, inestimable.
Un sonido grave, puede resultar extraño, o disonante, en una composición musical. No se asuste pues si se amplía el campo semántico de las palabras, aunque las suyas nos parezcan leyes. Ya se lo diré yo, no lo ha dicho, pero por el tono, así se puede interpretar. La intensidad de sus comentarios no inducen a interpretar su extrañeza. Más bien, por lo que otros lectores también apuntan, derivan a una cierta molestia. Una indisposición que sube de tono a medida que se explaya en sus explicaciones que, puede padecer incluso grave, aunque le agradezco que me corrija. Aunque no lo crea, la mayoría de lectores traducimos, y por tanto interpretamos los textos. Incluso los más sagrados. La verdad, como bien nos muestra el haiku que publicó hace poco resulta resbaladiza.
Con todo, si quiere seguir obsequiándonos con alguna de sus parafilias, no dude en obsequiarnos con ellas. Si se da el caso que no conocemos la lengua en que están redactadas, no padezca. Confiaremos en que la IA, no se vaya por los cerros de Úbeda a la hora de traducirlas
Estando de acuerdo en mucho de lo que dices, creo que la universalidad de la experiencia se ve mermada por la expectativa de concreción que el propio texto propicia («Hay libros, como el que tengo entre mis manos»). Este detalle era de todo punto innecesario, a mi juicio, para desarrollar una íntima experiencia que es proteica a fuer de llegar a cada lector por una obra distinta. Y si es cierto —y sin duda lo es— lo que decía el bueno de Ludwig de que la parte no escrita es la verdaderamente importante, esa que al monólogo interior le está vedado hacer inteligible para otros, aquí la parte no escrita es importante porque se anuncia y no se explicita. Nuestra conexión con el autor no se habría debilitado un ápice si nos hubiera hecho partícipes del libro que le causa un deleite que yo conozco por (¿otras?) obras, cuya lectura demoro conscientemente cuando voy llegando al final.
Por otro lado, y sin aparente relación, ¿merece la pena leer «Olvidado Rey Gudú»?
Creo que es al revés, que no mencionar el libro es una de las muchas virtudes del texto. Concreta el hecho, sacándolo de lo abstracto, y lo convierte en vivido y real, pero al mismo tiempo no nos limita. Cada lector lo puede hacer suyo. La incertidumbre y la ambiguedad de los textos, no darlo todo hecho, es una de las contribuciones de la literatura posterior al siglo XX. Hay muy buenas razones para hacerlo. Si Tapiador hubiera revelado a cuál se refiere, cerrando el relato, hubiera desperdiciado un recurso valioso, porque lo que ha hecho es una curiosa novedad en el ámbito de la muy explorada ausencia nominal. De todas formas, lo de la hipotaxis extrema me parece más interesante que el tema del libro en sí. Es muy difícil de hacer bien. Además, hace algo superinteresante, que es construir cinco ramas diferentes, cada una con ramificaciones distintas. Muy bonito de analizar.
Dicho esto, no creo que el autor se refiera a Olvidado Rey Gudú… No lo cita en su libro, mientras que otro de AMM, sí…
Las masturbaciones filo-fenomenológicas de Eloísa me recuerdan el soneto de Quevedo contra Góngora:
¿Qué captas, nocturnal en tus canciones,
Góngora bobo, con crepusculallas,
si cuando anhelas más garcibolallas
las reptilizas más y subterpones?
Microcosmote Dios de inquiridiones,
y quieres te investiguen por medallas
como priscos, estigmas o antiguallas,
por desitinerar vates tirones.
Tu forasteridad es tan eximia,
que te ha de detractar el que te rumia,
pues ructas viscerable cacoquimia,
farmacofolorando como numia,
si estomacabundancia das tan nimia,
metamorfoseando el arcadumia.
A mí me parece una genialidad escribir un texto literario en el que se elogia un libro sin llegar a citarlo para poder hablar así en general de todos los libros buenos y del proceso de lectura. Bravísimo.
Y, de paso, homenajear a una autora, en el duodécimo aniversario de su muerte. De hecho, el autor, nos lo ha colado de «matute»
¿Los reyes son los padres?….
Pablo75 eres un plasta sovervio, dega lla de dar tanto por el culo.
Bibe y dega bibir, cohone.
Ostras, ¡que el Pablo75 viene aquí a trabajar! Paren las rotativas. No enviéis más comentarios hasta que se resuelva esto. Por favor, Pablo75, dinos en qué trabajas. Es que a mí se me da de lujo ser un tocapelotas, y si alguien me pagara por ello, yo sería feliz. ¿Qué empresa paga por eso? ¿Qué institución? ¿Pagan bien? ¿Catorce pagas con vacaciones? Por favor, por favor, por favor, dinos dónde echar la solicitud. Queremos poder llamar pajera a una filóloga, corregir la ortografía de la gente y decir tontás a los autores del JD cobrando.
Paco de Torres: En la universidad no nos tomamos demasiado en serio, no. Lo que hacemos evita que la gente pierda el tiempo. Así , por ejemplo, el relato, del que has venido a hablar «El caso Sarmiento». Leyendo la sinopsis una vez ya te puedo decir tres cosas: que no sabes puntuar en castellano (después de televisión va una coma), que no sabes escribir (homeotéleuton horroroso con televisión, acusación e implicación) y que, tercero y por lo tanto, nadie sensato debería perder su precioso tiempo en leerte.
Si hago un esfuerzo masoquista y leo más despacio, con lápiz, detecto: anacoluto por ruptura de la función sintáctica del sujeto, un zeugma semántico forzado que produce una asimetría que roza el solecismo de selección léxica, una coma antioracional entre sujeto y predicado, una dislocación del foco informativo mediante la interjección retórica, y un anacoluto por cambio de sujeto gramatical no marcado.
Como ves, estás tú para ir dando lecciones a catedráticos. Si no has sido capaz de escribir cinco líneas sin fallos de primero de redacción, no quiero ni pensar como serán los capítulos de esa cosa que cuelgas ahí. Por lo que comentas, será un fárrago insufrible escrito por alguien que por alguna razón piensa que sabe escribir, con formación en otra cosa, y con una biografía que probablemente no invite a tomárselo en serio. La típica cosa que se recibe a espuertas todos los días en las editoriales y que leyendo cinco líneas puedes tirar a la basura.
Este análisis no te lo cobro. De nada. Saludos.
¿Pero te ha gustado o no? ¿Has entendido lo que se explica? ¿Has suspendido el raciocinio por un momento y te has dejado llevar?
No sabes divertirte. Te lo tomas todo a mal y haces análisis textuales a lo que son voces. Escribir voces, contar historias… son cosas que las gentes del Canon no soportáis. ¿Eres Violeta? , tú no estilo me recuerda a ella
Nunca he enviado un texto a una editorial, no me motiva ver mi nombre en el lomo de un libro.
En serio, me gustan más los márgenes.
Relájate.
Saludos
Pero cómo me va a gustar… si no sabes escribir. Si no hay nada importante que entender. Paco, hijo, que repites cuatro veces la terminación en -ión en dos líneas; en una descripción, no en una voz. Resultas insufrible.
A la gente a la que nos gustan los libros, a los que vivimos de leer y comentarlo, nos atrae lo bien escrito, lo bien contado, lo que tiene algo por debajo, la inteligencia que se trasluce en una obra. Lo que llamas la gente del Canon no es más que la gente con un gusto desarrollado en el estudio de lo mejor. Gente que disfruta leyendo lo bien escrito. Gente con criterio.
A los señores a los que les gustan los coches, les gustan los Ferraris. La buena escritura, la que merece ser leída y comentada, es un Ferrari. Tú ofreces un cuatro latas abollado, sin una puerta, agujeros en la carrocería, con dos ruedas pinchadas, echando humo por no saber cambiar el aceite, sin luces, con el limpia averiado, y lo conduces a 80 km/h en primera queriendo hacer creer a los demás que tienes un gran coche y que tienen que comprártelo. Lo peor no es eso, sino que cuando ves un Ferrari de verdad, le sacas pegas y les dices a todos que ese coche bah, pero que mira el mío.
Saludos y ya. Se acabó la crítica gratis, que hay que leer.
¡Que bien me lo estoy pasando, Violeta!
La cosa es, que si te paras a leer el post, y abandonas esta pose de tú contra todos, veras que yo no he criticado específicamente el articulo, solo me reía, porque, a ver (coloquialismo intencional), hay dos corrientes: la gente que lee y la gente que lo hace (estos son los menos), A los primeros ni se les pasa por la cabeza el enaltecimiento de la costumbre de leer; dentro de los segundos (el sr. Tapiador, en este texto) pues como que hay un tanto por ciento que lo mistifican. En oposición a estos me pareció gracioso pegar un trozo de un texto(mío) en que lo compara con una droga. Después comenté que sería gracioso que el maquetador hubiese equivocado la foto y no se refiriese al libro que la peña jugaba a adivinar. Hay ya me acusaste de falta de compresión lectora. Yo te contesté que sí, que lo había entendido, que reconocía el recurso y te comente su uso habitual, después pase a apoyarte en tu greña con Pablo 75 en cuanto que el recurso de ocultar nombres de personajes y tal era corriente, a apoyarte, ¿lo pillas? Parece que no. Tuviste un desliz de comprensión lectora, o no, estabas hiperventilando y solo devolvías golpes, hasta los que nadie te daba.
Una cosa que tú y los del canon no sois capaces de comprender es que la ortografía no es la literatura, y menos cuando uno a lo único que aspira es a contar una historia, a entretener, quizás un poco a sacar sus miedos al aire y que así se sequen.
¿Tengo errores en mi prosa?, seguramente, carezco de estudios y además (ahora viene cuando me pongo borde, pero en realidad no siento lo que escribo, solo es por… ¿continuar jugando?) para solucionarlos están los correctores editoriales, gentes sin imaginación, ni empatía, que marcan con un lápiz rojo los folios y a los que invitas a un café en agradecimiento después. (fin del borderío, palabra inventada)
Violeta, estás resentida, no crees recibir por tus esfuerzos el reconocimiento que mereces. Tomas una actitud de tú contra todos sin saber distinguir quién está contra ti, quién te da la razón y quién simplemente te ignora. Conozco esos sentimientos, cuando acabe de subir «El caso Sarmiento» continuaré con : «Todos mis amigos son artistas o Nadie lee lo que escribo», en esta última hablo de ellos (¿o estos, qué sería más correcto?).
Puedes considerar que «pierdo el tiempo» escribiendo y contando historias, pero a mi no me lo parece, yo me lo paso de muerte y son ya dieciséis novelas. Y sí, tengo una biografía que haría que todas tus amigas quisieran conocerme. (es más o menos una cita de Mecano)
¿Qué estás leyendo?
Me he divertido más leyendo los comentarios que con lo escrito por Tapiador.
Opino que no mencionar el título del libro no debería afectar a la valoración del mismo, esté funcionando como recurso o como provocación (o como ambas cosas).
He leído frases pedantes, insultos y provocaciones. Me carga bastante más la pedantería que el resto.
Lo que pasa es que el texto no es para entretener, sino para saborearse. Es un texto para lectores de paladar fino. Yo he aprendido muchísimo con los análisis de Eloísa. Hay un montón de cosas que no sabía y que me puse a buscar. En España suelen confundir el conocimiento y la erudición con la pedantería, y es una lástima. Así nunca van a aprender nada.
La erudición se convierte en pedantería más fácilmente de lo que en principio podría parecer.
puff