
Síntoma y deseo
La insidia con la que el gato Jinks persigue a los ratones Pixie y Dixie nos hace sospechar que añade de su cosecha más fuerzas psíquicas de las que necesita como depredador. Parece que Jinks no se limita a obedecer a su instinto de cazador y proyecta otros conflictos internos cuando acecha a los ratones. Los llama malditos y miserables cuando ellos simplemente se limitan a sobrevivir escapando de sus garras.
En el caso del depredador, parte de su proceso de socialización tiene que ver con lo que debe hacer para ser aceptado por el grupo y esto incluye que se convierta en garante del orden establecido. Para ello debe estar dispuesto a perseguir a quienes cree que lo amenazan. En definitiva, debe aprender a ver delito y patología en lo que inicialmente es mero deseo.
El gato percibe en la pulsión de sobrevivencia de los ratones un comportamiento desafiante que le irrita. Es similar al caso de los niños que se aburren mortalmente en la escuela y deciden emprender otras actividades que consideran más interesantes para su propio desarrollo. Como consecuencia de ello se les diagnostica como absentistas y «fuguistas» escolares. También es el caso de las personas que escapan de la miseria y de la guerra con bebés a cuestas y se les considera inmigrantes ilegales.
Parece que las personas no pudieran desarrollar comportamientos como mera expresión de su libertad de juicio, sino porque están bajo la influencia de un síndrome que no pueden controlar. De este modo el que tiene miedo a la muerte es porque sufre el síndrome de tanatofobia, quien teme a los perros padece cinofobia. El que teme a los médicos, no es por prudencia, sino porque sufre yatrofobia y la persecución de la satisfacción de un modo exagerado se conoce como la enfermedad de la hedonía. Por cierto, este mal se torna epidémico los viernes por la noche.
Todo ello forma parte de un proceso de conversión de la víctima en sujeto patológico o infractor que habita en el área sombría de la sociedad. Además, este perpetrador es funcional a la construcción colectiva de los marcos referenciales de lo razonable. Dicho de otro modo, la sociedad necesita poner estos márgenes para establecer los umbrales que dividen la normalidad del área oscura considerada como indeseable y maldita.
Lo sintomático suele ser portador de otros mensajes. El ámbito de lo psíquico tiene esa característica: todo síntoma tiene un campo metafórico que lo amplía y lo significa. Por eso, ciertas preguntas recurrentes en la entrevista clínica suelen ser: ¿Con qué más tiene que ver lo que nos ocurre? ¿Qué otros mensajes nos está dando el síntoma?
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Me parece un artículo interesante, pero me hace falta masticarlo un par de veces más. Es cierto que todo lo que desborda lo usual y permitido, lo que por lo general se considera anormal, es atacado masivamente. Pero no estoy segura de que a los poderes establecidos les resulte más provechoso controlar los quehaceres sexuales minoritarios que hacerlo con todos los otros rasgos de la personalidad: controlar es controlar, y los datos unas veces son una excusa y otras un pretexto; lo mismo da una manía, una propensión o un talento: si son potencialmente útiles para algo, pueden utilizarse. A esto que digo se le llama con razón (discutible) paranoia. Y entiendo la dolorosa sensación de desvalimiento de los que se apartan de la normalidad, de los que bucean en la locura, de los perdidos y los excéntricos y los marginados. Pero si alguien se carga a alguien, sea quien sea, y por el motivo que sea, yo no diría que es una manifestación de originalidad personal, sino un síntoma de estar pirado del todo, y las teorías de esa persona, por muy ajenas que sean a los disturbios personales, me las replantearía con mucha preocupación. No me parece que todo lo perseguido sea válido como no creo que sea válido el motivo de cualquier persecución. Este artículo se me antoja una mezcla difícil entre las víctimas y los victimarios, pero muy interesante. No estoy segura de captar todo lo que dice ni de aceptarlo. Ando en ello. Pero gracias por la invitación a pensar.