
En los pasillos de un edificio abandonado camina un tipo con barba, ojeras y una camisa vaquera. Lleva una mochila de piel vieja que se hace cargo de una máscara de gas, un rifle, una navaja, un hacha, dos pistolas y un par de cócteles molotov. Mucho en poco. El tipo no hace ruido, huele mal y siente una punzada en el bajo vientre con cada paso. Una herida mal curada le recuerda de dónde viene y hasta dónde quiere llegar. Tiene delante la luz de varias linternas barriendo los pasillos. Los dueños de esas linternas gritan su nombre y le amenazan. Cada puerta cerrada es el miedo puesto con un lazo. Él, un tipo que antes se llamaba Joel y ahora no sabe si tiene sentido tener nombre, se detiene y observa a su alrededor. Entonces el aire se empapa con un chasquido gutural. En la distancia se recorta la silueta de un ser que camina entre espasmos y con una flexión antinatural de las piernas. Joel se detiene. Ya están aquí. Surgen dos borrones más y se queda quieto tras una esquina. Nuestro amigo Joel observa el entorno, busca la manera de pasar desapercibido. Sabe que para sobrevivir es necesario pensar y en el mundo roto que nos muestra The Last of Us la capacidad de pensar es la excepción que confirma la regla.
(Antes de seguir, y para tranquilidad del lector, quiero dejar claro que este artículo no tiene spoilers sobre la trama principal del juego o la serie, pero, eso sí, no descarto que tenga esporas. Si continúa leyendo es porque asume el riesgo de contagio).
Los videojuegos son una puerta abierta de las muchas que nos ofrecen la cultura. Y en el caso que nos ocupa esa puerta nos traslada a un mundo dominado por un hongo que convierte a los humanos en marionetas. Como hacen algunos políticos, pero sin disimular y usando esporas en lugar de palabras vacías. Decidí acompañar a Joel hace unos meses, cuando descubrí que Pedro Pascal iba de padre de Grogu a escolta de Ellie. Me declaro culpable de haber tardado demasiado tiempo en cruzar el mundo hecho ruinas de The Last of Us. A pesar de comprar el juego en 2014, la paternidad y la vida me llevaron a jugarlo en 2023. La historia de un padre y una pandemia. La ficción haciendo de pitonisa en la pantalla de mi salón.
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«Jugué al juego hace 2 meses porque se ha puesto de moda gracias a una serie inacabada que está viendo todo el mundo, así que tengo cosas que contar al respecto».
No, gracias.
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