
Esta es la historia de un hombre que escribía cartas.
No digo que fuera lo único que hacía. Ni que lo hiciera durante la mayor parte de su tiempo. Pero, ahora que tenemos la suficiente información biográfica, sabemos que fue lo que más hizo en su vida.
El hombre del que estoy hablando no tenía vida social, salvo cuando viajaba, y no se puede decir que viajara mucho. No tuvo familia, más allá de un matrimonio fallido que no llegó a los dos años de convivencia. Nunca trabajó, más allá de encargos esporádicos como corrector y algún que otro artículo no retribuido. Vivió casi cuarenta y siete años, y tenemos indicios de sobra para creer que durante la mayor parte de ese tiempo llevó una vida considerablemente solitaria. Ciertamente solitaria, de acuerdo con los estándares de nuestro tiempo. Hoy en día consideramos que la experiencia «normal» de una persona consiste en crecer en familia, educarse en sociedad, trabajar en equipo, disfrutar del tiempo de ocio en grupo, tener múltiples parejas sexuales a lo largo de la vida y enriquecer la propia existencia por medio de relaciones íntimas con otros seres humanos. El hombre del que hablo cumplía con pocos de estos requisitos. Sí que creció en familia, aunque se puede argumentar que la suya fue una familia extremadamente disfuncional. Apenas tuvo contacto con el sistema educativo. No consta que jamás tuviera relaciones sexuales con nadie, y de hecho es poco probable que las tuviera. Y tuvo bastantes amigos, es cierto, pero a la mayoría nunca los vio en persona, o quizá los vio dos o tres veces en su vida.
El hombre del que hablo tuvo una aspiración en la vida. Quiso ser escritor. Más que eso: quiso crear una obra visionaria y radical. Y fracasó rotundamente. O sea, ahora sabemos que su literatura terminó triunfando de manera póstuma. Pero la cuestión es que nunca llegó a ver ningún indicio de ese triunfo. Murió sin haber obtenido nada remotamente parecido al reconocimiento de su literatura. En toda su vida publicó una cincuentena de relatos en revistas marginales y sin prestigio, que él mismo detestaba. Las cantidades que cobró por sus textos fueron siempre exiguas. Sus únicos apoyos estaban entre los amigos escritores a quienes él había ido introduciendo en su círculo literario, pero incluso estos amigos terminaron por no entender su obra última. Jamás encontró un editor que quisiera publicarle un libro. Murió convencido de no haber escrito nunca nada digno. De no haber dado nunca la talla como escritor.
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Una excelente remembranza de un autor que nunca conoció el éxito literario en vida. Igual que Jane Austen y quizá docenas de otras personas poco reconocidas en vida. Muy buen artículo.
Hermoso artículo. Buen trabajo.
Excelente artículo, facil de leer y directo al punto, no había encontrado uno que se enfocase casi completamente en la carrera de Lovecraft en vez de su vida más personal!
Es una pena que no conociera el éxito que logró y a los autores qué inspiró.
Una lástima que este artículo no tenga un final y en la citada que continúa la historia no funciona.
Hola, Santiago. Disculpa el error del link, continuará el lunes.
Es raro encontrar textos tan claros, objetivos y bien redactados sobre literatura, y más cuando se trata de un autor como Lovecraft, que posee muchos claroscuros. Enhorabuena por el texto, que se nota que está muy pensado y trabajado.
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