Cine y TV

‘WALL·E’: volvamos a casa

WALL·E. Imagen Pixar.
WALL·E. Imagen: Pixar.

El ser humano persigue la utopía, pero nuestras visiones del futuro son siempre completamente apocalípticas. Y esperanzadoras, también. Como un aviso, quizá.

En el año 2800, la Tierra, vista desde el espacio, es un planeta marrón con la atmósfera llena de polvo. Allí, WALL·E (el acrónimo de Waste Allocation Load Lifter Earth-Class —es decir, Elevador para Asignación de Clase Residual Clase Tierra—) se dedica a hacer aquello para lo que le programaron siete siglos antes: compactar la basura. Este robot de ojos tristes al que acompaña un insecto es el último superviviente de una operación de limpieza que organizó una megacorporación. Y que falló. Da lo mismo: él lleva setecientos años trabajando por las mañanas, recargándose con energía solar durante las primeras horas del día y descansando por la noche. Para nada. Lo mismo que nosotros, quizá. Nacer, vivir, trabajar, morirse. Ahora, los humanos viven a bordo de una nave, con gimnasios que nadie usa y piscinas en las que nadie se sumerge. Lo que mejor sabe hacer WALL·E, de todos modos, es emocionarse con Hello, Dolly y recoger tesoros: un cubo de Rubik, un Zippo, unas luces navideñas, una bombilla, un muñeco de peluche, una planta.

Una planta. En ese planeta lleno de porquería por agua, tierra y mar, resulta que la vida es también posible. Y la misión de Eva (un Evaluador de Vida Automático, en la traducción en español; una robot muy moderna, muy malhumorada, que dispara a la menor ocasión y que no se deja tocar) es, precisamente, buscar algún atisbo de vegetación. Porque vida ya hay: una especie de cucaracha que sigue al robotito a todas partes. WALL·E se enamora. De Eva. Lógico: es la única semejante que ha visto en setecientos años. Y, sin amor, nunca hay película.

El decrecimiento, la posibilidad de construir unas máquinas que sientan, la rebelión de los autómatas contra sus creadores, la vida sedentaria, la destrucción del planeta y la necesidad de emigrar a otros mundos (pero no hay otros mundos, solo una nave inmensa con todas las comodidades: tan cómoda es que ni siquiera hay que caminar), la carencia de relaciones reales, el descubrimiento de la piel cuando hace mucho que dejamos de tocarnos, la sobreabundancia de residuos, la basura espacial, la publicidad exacerbada y el desaforado consumismo, la dependencia de la tecnología…

Todos los males de nuestro mundo occidental están aquí, en la Axiom, la nave a la que fue a parar la población del planeta por cinco años que se transformaron en siete siglos, mientras el batallón de limpieza se afanaba en sacar toda la basura del planeta azul. Hasta que Eva recoge una planta de la Tierra y el capitán quiere poner rumbo a casa.

WALL·E es irregular. Los primeros cuarenta minutos, sin diálogo casi, son una obra maestra, pero luego se transforma en una montaña rusa de altibajos, con sus malos, sus buenos, sus escenas de baile y de amor, sus topicazos, sus persecuciones interminables y su «¡Oigan! ¡Esto también es una película para niños!». Quizá por eso, cuando el capitán McCrea investiga la historia de la Tierra, aparecen las pizzas y no las hambrunas. El paraíso perdido, ya saben ustedes. Las verbenas, la comida que se mastica, la seducción, el cine. Y la rebelión. Porque no todo podía ser perfecto. El piloto automático de la Axiom (Auto se llama, la criatura, con el mismo ojo rojo que el HAL 9000 de 2001: Una odisea del espacio) organiza un motín en el que todos participan menos un grupo de robots averiados, que tienen comportamientos erráticos y cuyo lugar de encierro más parece un psiquiátrico que un taller de reparaciones. Y WALL·E y Eva se transforman en héroes. Y se casan. Cómo no. Hasta los robots tienen sexo y se enamoran y repueblan la Tierra y nos ofrecen, al final, un recorrido por la historia del arte. La occidental, que lo otro es artesanía y no aparece en los libros.

Las distopías son de Occidente para Occidente. Pero vivimos aquí y dominamos la Tierra y hacemos películas sobre el medio ambiente y la tecnificación. Y humanizamos a los robots de tal modo que allí estuvimos: pegados a una pantalla de cine hace más de una década, muriéndonos de ternura por un bicho que se parece a Cortocircuito y que solo sabe decir cinco palabras.

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2 Comentarios

  1. Mauricio Monsalve

    Muy reflexión sobre una gran película. Solo una observación, el bicho, el insecto también es un robot.

  2. Mauricio Monsalve

    * Muy buena e reflexión…

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