
Vanos son los esfuerzos de los hombres y de las cosas para arrancar del libro fatídico la página de sangre: nadie se libra de su destino y era el de Liniers servir de víctima propiciatoria a la Revolución».
(Paul Groussac, Santiago de Liniers, conde de Buenos Aires)
«Santiago Antonio María de Liniers y Bremond, héroe de la reconquista de Buenos Aires y ejemplo señero de lealtad a la Corona de España, ha sido, entre los virreyes del Río de la Plata, el que merece mayor atención por parte de los historiadores». Aunque la Real Academia de la Historia de España le reserva unas pocas líneas, su nombre no es uno más al sur de América del Sur: es la forma castellanizada del francés Jacques de Liniers, penúltimo virrey español en el Río de la Plata, proclamado conde en un territorio hostil a los títulos de nobleza, sospechado de traiciones a uno y otro lado del Atlántico, el primer muerto de la revolución que estalló en Buenos Aires en 1810.
En América, Liniers era un francés al servicio de España y, como tal, dos veces extranjero en la tierra que tomó su sangre.
¿Bastarán tres momentos para mostrar la vida de un hombre?
I. La cuna noble y francesa
De este primer momento no hay demasiado para decir, salvo que tuvo lugar. Un nacimiento es tan inopinado y fortuito como son todos los nacimientos, producto siempre de una conjunción arbitraria entre tiempo y espacio.
Si fuera cierto aquello que decían los griegos —que con la primera exhalación en este mundo se materializa nuestro hado, otro nombre para el destino—, el de Liniers se selló el 25 de julio de 1753, cuando le tocó nacer en una comuna francesa. El hado es ese hilo que comienza a desenrollarse, inexorable, en el momento en que nacemos: no hay hombres ni dioses capaces de alterar lo signado. Vivir, por tanto, es el nombre que le damos a la tarea de ir recogiendo ese hilo finito y frágil que nos fue dado.
El cuarto de nueve hijos del matrimonio entre el caballero Jacques de Liniers y Teresa de Bremond, también de noble estirpe, no podía esperar más que una pequeña porción del ya mermado patrimonio familiar, considerable en otros tiempos. Los Liniers y Bremond eran cabales representantes del ancien régime que se estaba desmoronando con el siglo, y no quedaban muchas opciones para el pequeño hijo varón de esa nobleza devaluada. Para la gente como él no había más que dos posibilidades: la Iglesia o el ejército. Lo suyo serían las armas, y su camino ya estaba señalado por las circunstancias de la época: hacía un tiempo que los reinos de España y Francia se habían unido para hacer frente al amenazante Imperio Británico. Cualquier español podía pelear bajo bandera francesa, cualquier francés podía pelear bajo bandera española.
Ese sería el primer paso en el camino de Jacques, tempranamente convertido en Santiago. A sus quice años, ya estaba formándose en la Orden de San Juan y nunca más pisaría territorio francés.
II. La gloria en Buenos Aires
1806 y 1807 fueron años decisivos para Liniers. Egresado con la Cruz de Caballero de Malta, veterano de Gibraltar, capitán de navío de la Real Armada Española, uno de los tantos hombres enviados a cumplir órdenes en las colonias del Río de la Plata, hasta entonces su carrera se había desenvuelto en los claroscuros de una notoriedad casera. Un hombre honroso y del montón, escasamente distinguible entre otros funcionarios coloniales, quedó de repente en el centro de unos acontecimientos que devinieron históricos con el nombre de las Invasiones Inglesas a Buenos Aires.
Repasemos.
La derrota de Francia y España en Trafalgar dejó a las colonias en un estado de total vulnerabilidad. Todos sabían —Inglaterra lo sabía— que las ciudades del Plata estaban mal protegidas, y había rumores de que los criollos ya no toleraban mansamente al gobierno español. En el invierno de 1806, en medio de la niebla, los golpes del pampero y las sudestadas persistentes, mil quinientos hombres en once buques con bandera británica se acercaron por el río, ancho como un mar, bajo y barroso, dificilísimo para navegar; buscaban una ensenada óptima para el desembarco. Sin que nada más que el clima les presentara resistencia, entraron en Buenos Aires como si se tratara de una isla desierta.
¿Qué hizo el virrey Sobremonte? Nada. O, mejor, nada hizo más que huir hacia el interior del territorio, asegurándose bajo su custodia los fondos de las cajas reales. El general inglés al mando, el enorme y afamado William Beresford, ocupó la casa virreinal del fuerte y se autoproclamó gobernador de la ciudad. Así pasaron algunas semanas de aparente calma, sin que los vencedores sospecharan que los vecinos no querían al amo viejo, pero mucho menos a uno nuevo.
Los circunstancias quisieron que el único hombre en condiciones de echar a los invasores fuera Santiago de Liniers, quien estaba en Montevideo al mando de unas tropas, modestas aunque bien formadas. Salió rumbo a Buenos Aires con ansia de gloria, esa que le había sido esquiva hasta entonces. Ese eterno segundón de grandes capitanes y comandantes en las aguas del Atlántico, había imaginado siempre que su gloria llegaría a bordo de una nave, pero los meses y los años fueron pasando sin novedad y ahora se presenta una oportunidad, por tierra y a caballo en los confines del mundo. Atrás habían quedado los días mediocres en los que, demasiado pobre y con familia a cuestas, no recibía ni una sola señal promisoria de la Corona Española que lo sacara de un servicio sin brillo ni provecho en el Virreinato.
¡Al fin tendría su hora histórica!
La espada espera como una promesa incumplida, esa misma espada que había flameado años atrás en Gibraltar y en Menorca, contra esos mismos ingleses que ahora —él lo sabe— logrará vencer.
Está a las afueras de Buenos Aires y envía una intimación al autoproclamado gobernador inglés William Beresford: deberá rendirse y tiene un plazo de quince minutos.
Exmo. Señor:
Don Guillermo Carr Beresford
La suerte de las armas es variable; hace poco más de un mes que Vuestra Excelencia entró en esta capital, arrojándose con un cortísimo número de tropas a atacar una inmensa población, a quien seguramente faltó más la dirección que el valor para oponerse a su intento, pero en el día, penetrada del más alto entusiasmo por sacudir una dominación que le es odiosa, se halla pronta a demostrarle que el valor que han mostrado los habitantes del Ferrol, de Canarias y de Puerto Rico, no es extraño a los de Buenos Aires. Vengo a la cabeza de tropas regladas muy superiores a las del mando de Vuestra Excelencia y que no les ceden en instrucciones y disciplina. Mis fuerzas de mar van a dominar las balizas y no le dejarán recursos para emprender una retirada. La justa estimación debida al valor de Vuestra Excelencia, la generosidad de la nación española y el horror que inspira a la humanidad la destrucción de hombres, meros instrumentos de los que con justicia o sin ella emprenden la guerra, me estimulan a dirigir a Vuestra Excelencia este aviso, para que impuesto del peligro sin recurso en que se encuentra, me exprese en el preciso término de quince minutos, si se halla dispuesto al partido desesperado de librar sus tropas a una total destrucción o al de entregarse a un enemigo poderoso.
Nuestro Señor guarde a Vuestra Excelencia muchos años.
Ejército español, en las inmediaciones de Buenos Aires, 10 de agosto de 1806.
Santiago de Liniers.
Beresford rechaza los términos, y a Liniers no le queda otra opción que avanzar hacia el destino señalado. Al amanecer del 12 de agosto, con su uniforme de capitán —azul y rojo con detalles en oro—, con la cruz de caballero en el pecho y la vista puesta en la bandera española, Liniers entra con sus tropas a la ciudad de Buenos Aires. Los porteños se abalanzan eufóricos sobre la formación, acercan comida y municiones, se suman hombres y niños pidiendo armas para echar a los invasores.
Los echaron en un par de horas.
Cuando Beresford firma la capitulación, Liniers está en lo más alto de esa ciudad chata a la que había ido queriendo a fuerza de monotonía. Los vecinos vitorean su nombre en las calles, las damas arrojan sus pañuelos ante su paso, la Corona Española suspira aliviada, le nombra conde de Buenos Aires y le encomienda un virreinato en ebullición.
Será el héroe de la Reconquista, no una sino dos veces, y será el afamado virrey Liniers. Pero, ¡ay, por tan poco tiempo!
III. La caída en desgracia
Desde aquellas jornadas heroicas de la Reconquista, la vida de Liniers siguió el vaivén agitado de unos acontecimientos que lo llevaron precipitadamente a la hora de su muerte.
Atrás quedaron los días en que Santiago de Liniers era considerado un patriota, pero esa es una palabra confusa en todo sitio, y mucho más compleja en estas tierras. ¿Cuál es la patria? ¿Las provincias? ¿La Corona Española? ¿El imperio en el que se ha convertido la tierra que lo vio nacer?
Napoleón había entrado en España dejando un tendal que se extendió como un reguero de desconcierto e inseguridades, también al otro lado del Atlántico. Mientras en la península los sucesos se precipitaban diariamente, tardaban meses en ser conocidos en América: noticias antiguas y recientes se entretejían hasta formar una maraña indescifrable; las opiniones y posiciones políticas se formaban sobre la base de novedades truncas y deformadas por la distancia; los vecinos discutían por mentiras actuales que habían sido verdades unos meses antes; los cabilderos esperaban con ansia las novedades tras el arribo de cualquier bergantín llegado desde Cádiz o Vigo; los vivas al rey don Carlos y al rey Fernando se mezclaban con los hurras por Napoleón; los amigos de ayer se convertían hoy en enemigos, y los antiguos aliados, en posibles espías. Los ánimos estaban caldeados en el Río de la Plata.
Aunque Liniers hubiese jurado una y mil veces que su lealtad estaba en la causa de España, ¿se podía confiar, acaso, en su sangre francesa? Y ¿qué tipo de poder podía tener un virrey si el rey no reinaba? Ya lo habíamos dicho: su destino había sido escrito cincuenta y siete años atrás, y hacia allí se precipitó cuando la Corona Española le soltó la mano y envió a un reemplazante. A mediados de 1809, el depuesto virrey Liniers creyó encontrar sosiego en la provincia de Córdoba, pero sus días estaban contados. Eran tan escasos como los que le quedaban al Virreinato.
En mayo de 1810 llegan noticias de España: el sometimiento de la Corona Española, la Junta de Sevilla y toda la península a las fuerzas de Napoleón Bonaparte. El sucesor de Liniers intenta, sin éxito, incautar los periódicos, pero la revolución ya está en marcha, es destituido y se forma una Junta de Gobierno que, a poco de andar, emite la pena de muerte contra el héroe de la Reconquista. Se dice que ha estado armando la contrarrevolución y deben detenerlo. Se dice también que ha salido desde Córdoba con otros jefes realistas, un puñado de funcionarios españoles y unos cuatrocientos hombres de tropa con el propósito de ganar el Alto Perú, y hacia allí irán a buscarlo.
Los revolucionarios no saben todavía que poco o nada quedaba de todo aquello: los hombres fueron desertando desde el primer día, y Liniers descubrió muy pronto que la misión de sus oficiales, en connivencia con los revolucionarios, había sido retardar la marcha y dejar a la escuálida comitiva a merced del escuadrón enviado desde Buenos Aires para terminar con él. La sentencia de muerte contra «los conspiradores de Córdoba» se propagó con la fuerza de un destino, y de los conspiradores no quedaron más que seis.
Con la imagen de esos hombres apresados y alistados para el traslado hacia la ciudad capital, llegamos a la última escena de esta historia.
Reos y vigilantes marchan por el antiguo Camino Real, cruzan el arroyo Saladillo, hacen noche junto al fogón con la esperanza de escuchar misa y comulgar al día siguiente, domingo 26 de agosto de 1810, en la capilla de la Cruz Alta. Se levantan a la madrugada y andan hasta las diez. El comandante a cargo manda que los presos se internen entre los árboles —es el Monte de los Papagayos, y pronto será célebre—; Liniers hace preguntas que no obtienen respuesta. ¿A dónde los llevan?
Se detienen en un claro y allí encuentran una compañía de húsares del rey, ya formada y con las armas en mano. Al frente, Juan José Castelli, vocal de la Junta de Gobierno, quien comienza a leer la sentencia. Alguien intenta un último pedido: no se ejecutan sentencias de muerte un día domingo, pero todo lo que obtienen es la posibilidad de una última confesión.
A las dos y media de la tarde los reos son puestos en línea, les vendan los ojos, hay un arma apuntando a cada uno de ellos. Lo único que corta el silencio es la respiración de cada hombre, tal vez algún sollozo o una última súplica, quién sabe.
—¡Fuego!
Las aves, eso es seguro, huyen en bandada de los árboles. Son papagayos.
En esas tierras de nadie cae el reconquistador Liniers —dos veces extranjero, dos veces traidor—. Su cuerpo es llevado, con los demás, hasta la Cruz Alta y enterrado en una zanja cavada al lado de la iglesia. Estuvo ahí durante medio siglo, hasta que el gobierno de España lo reclamó, un bergantín lo llevó a Cádiz y allí descansa, si es que eso hacen los muertos.









Con las dramáticas vicisitudines del personaje en cuestión, de carambola se toca un problema que a mi parecer y en mi país, continúa a ser zigzagueante y sordo por debajo, una especie de racismo diferido según los antepasados. Liniers, si bien en otro contexto, es un ejemplo con sus dos nacionalidades, que le tocó existir en una pais que en la fisonomía de sus gentes era y es muy distinto solamente saliendo de aquella antigüa, pequeña y orgullosa ciudad porteña que mira más a Europa que a al interior, que mucho después no tuvo mejor idea que autoproclamarse CABA, Ciudad Autónoma de Buenos Aires, con ese vocablo inoportuno, autonomía, pues me hace pensar que el trigo del pan, las uvas del vino, las hortalizas de la quinta y la carne de las vacas creciesen dentro de sus reducidos límites. Un excelente y amenísimo artículo, estimado, con una prosa exquisita, poética diría y docta, no priva de ironía y con reflexiones que conmueven y llevan a la inevitable reflexión…»si es que los muertos descansan”. Y me disculpe si me ido y me voy por las ramas, pues la buena literatura tiene ese “vicio” de estimular, en este caso los recuerdos, de la primaria, cuando estos “preclaros y valientes varones fundadores de mi Matria con su idioma” poblaban las paredes, los manuales, las calles y los barrios con sus nombres y apellidos; solamente ellos, no las gentes de tierra adentro, lejos de Buenos Aires . Muchísimas gracias.
Cuál es ese racismo diferido. No se entiende, porque racismo es de raza y no de domicilio. Más bien parece ser un rencor retardatario que ahora se expresa con esa conjunción no argentina, «pues». Pero, aun desde lejos y luego de cierto tiempo, no se puede contener el rechazo al supuesto porteñismo, porque hay que fijarse si todos nacieron en la antigua, pequeña y orgullosa ciudad porteña. Y ahora sí, es el colmo, porque percibirse autónoma es demasiado. Siempre para peor los porteños, que necesitan de nuestros campos pero se parapetan detrás de la circular autopista con nombre no porteño, General Paz. Son incorregibles, al ponerle el nombre del cordobés Paz a la avenida más importante de Buenos Aires es como mojarle la oreja a los pobres provincianos!! Más provincianos con calles, Sarmiento, Urquiza, San Martín, Güemes, Laprida, Saavedra, Avellaneda, Roca, Juárez Celman, Uriburu, De la Plaza, González, De la Torre, Martínez, Perón, Illia, Vieytes, Derqui, Del Carril, Gurruchaga, Cossio, Gorriti, Funes, Boedo, Darregueira, Rodríguez, Gascón, Acevedo, Colombres, Bulnes, Serrano, Cabrera, Salguero, Sánchez de Bustamante, Castro Barros, Godoy Cruz, Maza, Gorriti, Oro, Gallo, Uriarte, Aráoz, Thames, Rivera, Loria, Malabia, Pacheco de Melo, Alvear, Álvarez Thomas, Campana, Pedernera, et al.
Gloria y Honor al Conquistador de Buenos Aires, que lo hizo dos veces, con tropas visoñas que organizó en tiempo récord y el pueblo en armas, quienes enfrentaron en dos oportunidades victoriosas a la escuadra naval más poderosa. S.E. CABALLERO, HOMBRE DE HONOR Y ELEVADOS PRINCIPIOS, a quien gran admiración profeso pudo lograrlo por sus méritos militares y merece que se tenga bien presente su figura en la historia de España. La gloriosa Armada tiene en él a uno de sus héroes junto a Blas de Ledo y tantísimos otros. Algún día iré a España y visitaré Cádiz para llevarle una flor y rendirle mí homenaje. Saludos desde Buenos Aires.