
Resulta que el otro día fui al cine. Más bien regresé. Gracias a la excelente iniciativa Vuelve al cine de las salas Renoir, papelina cinéfila, el esfuerzo me costó 6,90 €, que si vives en Albacete te puede parecer caro, pero en esta gran broma macabra en la que se ha convertido Madrid, te puedo asegurar que es calderilla.
Y he dicho esfuerzo porque últimamente acudir a la oscura sala me supone una tortura infinita, solamente aliviada muy de vez en cuando por maravillas como Romería, de la que alguien por aquí debería hablar en profundidad. Que hayan elegido al subproducto Sirat por delante de la película de Carla Simón solamente puede explicarse por la tendencia muy ibérica de pegarse tiros en el pie, como aquel Borbón. Pero ese es otro tema.
La cosa es que, en un práctico ejercicio de prorrateo, el cine no me salió tan caro porque, aunque en formato aficionado, por el precio de una entrada pude ver al menos seis o siete películas. Como en las célebres sesiones continuas de antaño, pero esta vez mezcladas en un largo churro audiovisual.
Otra cosa es que las disfrutara. Te cuento, pues, lo que vi.
Vi una como de Michael Mann, el maestro del cine de acción de qualité, bastante al principio. Ni tan mal, pero, desde luego, Heat no era, aunque salen unas armas tremendas. Acción sudorosa, estética militar, pipas muy grandes, explosiones, coches, furgos, camiones, todos de combustión, claro, si no no hace gracia. También hay conflictos morales bastante infantiles, que te los adelanta el guionista saludando desde la secuencia anterior, pero que sirven a la protagonista —y al director— como justificación para abandonar a su bebé, como en la prehistoria.
Vi algo de blaxploitation, en esos planos contrapicados de mujeres negras disparando una semiautomática con una tripa de embarazada del tamaño de la meseta central. También me pareció ver a un grupo de la resistencia, llamado French 75, como la bebida que le gusta a Sostres, primo hermano del de esa obra maestra del humor lisérgico llamada Top Secret, pero mucho menos gracioso que en aquella.
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En Albacete el cine está entre los 5,5 y los 7€, no es la ciudad provinciana que el tópico y la poca gracia centrípeta sugiere. Por lo demás, de acuerdo en que el ínclito PTA es un niño mimado por Hollywood y sobrevaloradísimo. A mí me impresionaron Boogie Nights y Magnolia, y en un segundo visionado esta última se me cayó por completo por histriónica. La otra, sin embargo, me sigue pareciendo magnífica. Y de lo que ha hecho después, infumable esa «Pozos de Ambición» que en su primera hora es una obra maestra, pero que desbarra gracias al presidente del club de los actores «intensitos», el también sobrevaloradísimo Daniel Day-Lewis, con un final ridículamente gore que deviene en carcajada . «El hilo invisible» está bien a secas, pero parece más un ejercicio de estilo por alejarse de su manierismo habitual. «Licorice Pizza» una tontuna, aunque no tan supina como «Punch-drunk love». Y «The Master», pues una rareza que va de rara y se queda en nada.
Duelen los ojos de leer tanta tontuna, eso tan de los tiempos actuales que vivimos: despreciar lo que se ignora.
El mesetario Ruiz de Gauna a un lado de la pista y el manchego Dani en la otra, repartiendo pelotazos a diestro y siniestro sin orden ni concierto, por el puro placer y desahogo de reventar argumentos a mayor gloria de los prejuicios.
Efectivamente el cine de Paul Thomas Anderson no es complaciente, ni para todos los públicos: si, tiene tics de «auteur» y tiene tendencia a la hipérbole, amén de no ser infalible, ni mucho menos (faltaría más). Todas sus películas admiten reservas, no es precisamente un director dado a la contención y la precisión pero en todas y cada una de sus aventuras cinematográficas da buen cuenta de su talento narrativo, su capacidad de inventiva y su ambición por sacudir cimientos.
Más vale, por tanto, ser mínimamente exigente con uno mismo, saber de lo que se habla y tener capacidad para expresarlo si lo que se pretende es hacer una enmienda a la totalidad… tanto trazo grueso y brocha gorda es hacerle, precisamente, el caldo gordo al señor PTA.
Me la acabo de ver, y coincido en casi todo. Tal cual: mezcla de estilos puesta de manera artificiosa, con toques de lo más pastoso de Tarantino y Wes Anderson, licencias a la realidad que se vuelven caricaturescas (un grupo revolucionario asaltando un campo del ejército gringo a cara descubierta, por mencionar solo uno), explotación de imágenes cool, historia endeble y poco atrapante. De PTA me gustan algunas de sus películas, alguna demasiado (Boogie Nights es grandiosa), pero acá confieso que me aburrió.