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Father Mother Sister Brother, de Jim Jarmusch: (tres) poéticas de lo cotidiano

Father Mother Sister Brother. Imagen Avalon.
Father Mother Sister Brother. Imagen: Avalon.

Imaginemos una frase garabateada apresuradamente en un cuaderno de notas: «Dos hermanos se reencuentran con sus padres». Con esta sencilla premisa, cualquier director podría componer una historia. Por el mismo precio, en Father Mother Sister Brother Jim Jarmusch construye tres.

La fórmula narrativa no es novedosa, y el propio Jarmusch ya la había utilizado antes, como también lo han hecho muchos otros cineastas. Un ejemplo particularmente revelador: en la película En otro país (2012), de Hong Sang-soo, se desplegaba ante el espectador un relato en forma de tríptico: tres historias posibles sobre otros tantos personajes femeninos, todos ellos con el mismo nombre de pila (Anne) e interpretados por la misma actriz (Isabelle Huppert). En cada una de las narraciones, una Anne ¿distinta? llegaba a un pequeño pueblo coreano a pasar unos días, pero siempre con una motivación diferente. Y a su alrededor, varios elementos se repetían, con alteraciones a veces más sutiles, a veces más evidentes.

En música, la variación es una técnica compositiva que permite regresar sobre un mismo material, modificándolo e incluso resignificándolo, pero manteniendo intacta su esencia primera. De Woody Allen a Hong Sang-soo, no son pocos los cineastas que han hecho de las variaciones una parte fundamental de su filmografía, o incluso su razón de ser: muchas películas de Hong se apoyan en la reiteración y recombinación de elementos, a menudo con el tres como número mágico. El último largometraje de Jim Jarmusch comparte con él un cierto espíritu, formalista y juguetón a un tiempo, a la hora de recombinar los elementos de sus historias.

Father Mother Sister Brother se parece a En otro país en la medida en que ambas cuentan tres historias construidas como variaciones musicales en torno a un mismo tema. Jarmusch, eso sí, distingue sus relatos con mayor nitidez que el coreano, de forma que no solo cada uno está protagonizado por distintos personajes (y actores), sino que también se sitúan en escenarios muy alejados: cada uno en un país. Pero también aquí hay elementos que reaparecen y atraviesan la narración. Pueden ser líneas de diálogo u objetos físicos —un reloj de pulsera—, pero también simbólicos —la importancia del agua— e incluso de puesta en escena —los planos cenitales mientras los personajes se sientan en torno a una mesa—. Son pequeñas cosas sin importancia, pero que interrogan al espectador de forma implícita, animándole a preguntarse si estas tres escenas cotidianas sobre padres e hijos comparten algún vínculo esencial más profundo, y qué tienen, por tanto, de universal esas historias aparentemente individuales.

Desde luego, una cosa que sin duda comparten es una cierta sensación de extrañamiento. En los dos primeros episodios, los hijos y el progenitor —un padre y una madre, respectivamente— parecen mantener una relación algo fría, torpe, sin saber tan siquiera cómo interactuar físicamente. Las distancias, los abrazos, los silencios… Hay una cuidada coreografía de la incomodidad propiciada por los encuadres y el montaje, que llenan de embarazosos vacíos el tiempo y el espacio fílmicos. La sintonía entre el director y algunos de sus actores fetiche, como Tom Waits y Adam Driver, es una ayuda evidente en el primer segmento, pero las actrices del segundo —nada menos que Charlotte Rampling, Cate Blanchett y Vicky Krieps— se desenvuelven también en esa mezcla de rareza, humor y afecto como si fueran intérpretes jarmuschianas de toda la vida. Y en la tercera historia, Indya Moore y Luka Sabbat aportan una emotiva calidez a su relación fraternal que revela implícitamente aquello que estaba ausente de los dos capítulos previos.

Otro elemento común, no solo a los tres relatos que forman Father Mother Sister Brother sino a la filmografía de Jarmusch, es el particular lirismo que este consigue extraer de lo cotidiano. Se atisba ya en los minutos iniciales del film, cuando aparece por primera vez una de esas imágenes recurrentes: en este caso, un grupo de jóvenes skaters patinando por la carretera. El cineasta dota al momento de una cualidad casi onírica, ralentizando el movimiento, como si señalase con el dedo la importancia de un instante tan efímero. Es, en el fondo, algo parecido a lo que hacía el protagonista de Paterson (2016), aquel conductor de autobús —interpretado por Adam Driver, el mismo actor que aquí ve pasar a los patinadores— que escribía versos sobre los elementos más rutinarios, a la manera del poeta William Carlos Williams. Y he aquí la cuadratura del círculo del cine de Jarmusch: como pasaba en aquella otra cinta, en los haikus fílmicos de Father Mother Sister Brother se funden la abierta sinceridad y la ironía autoconsciente, sin que ninguna de estas dos actitudes anule o eclipse a la otra. La poesía que contienen sus imágenes es al mismo tiempo profunda y naíf, seria y cómica, sencilla y enormemente compleja.

Por supuesto, para el director de Noche en la tierra (1991) y Coffee and Cigarettes (2003) la estructura episódica no es novedad, como tampoco lo es la connotación musical de sus variazioni. Por eso, como el buen músico que es, Jim Jarmusch sabe dotar a cada pieza de entidad propia a pesar de las reiteraciones, y en cierto sentido es tan importante lo que une a las tres como todo aquello que las separa. No solo geográficamente —viajando de Estados Unidos a Irlanda y a Francia—, sino también, de nuevo, en lo tocante al planteamiento formal, y a cómo este revela los significados más hondos de cada escena. Y así, el tono viaja de lo humorístico a lo melancólico: si el cineasta se permite rematar el primer relato con algo parecido a un gag, el tercero no tiene lugar para la risa, y en su continuo juego visual de desdoblamientos y reflejos reside el golpe definitivo del film: no por lo que hay, sino por lo que falta. Porque es en las ausencias, en las oquedades, en los vacíos, donde se hace patente la importancia de algunos vínculos familiares que ni siquiera las imágenes —ya sean las del cine o un puñado de viejas fotografías— pueden preservar de la fugacidad de la vida.

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