
Hoy me levanto con la triste noticia de que ha muerto Val Kilmer. Y con él, se va algo más que un actor del que me enamoré un poco sin darme cuenta. Con su pérdida se apaga también una manera de habitar los personajes sin explicarlos del todo, de sostener el plano con esa combinación de rebeldía y buen rollo, de colega de instituto que siempre alegra a los que le rodean, sea en una fiesta, sea sentándose a tu lado en un día triste en el que necesitas compañía. Tenía 65 años, y aunque la enfermedad le había desfigurado la voz y la vida desde hace una década, aún no estaba preparada para escribir este obituario. Kilmer era de esos que parecían inagotables, como si en algún rancho perdido de Nuevo México pudiera seguir interpretando monólogos de Mark Twain, alejados de todo, incluso de sí mismo. Val Edward Kilmer fue un actor singular en un tiempo plagado de productos prefabricados. En él no había estrategia ni cálculo. Ni en su carrera, ni en sus silencios, ni en su forma de despegarse de la industria como quien deja de fumar. Algunos lo llamaron volátil, otros simplemente difícil. Pero lo cierto es que fue libre. En un lugar como Hollywood, eso ya es bastante.
Debutó con un desparpajo de otro siglo en Top Secret! (1984), una parodia delirante en la que cantaba, bailaba y se reía de todo sin perder el tipo. Y, sin embargo, la etiqueta de bufón no le duró. Llegó Top Gun (1986), donde su Iceman plantaba cara al Maverick de Tom Cruise con una frialdad que era puro fuego contenido. Y luego, como si le diera pereza encasillarse, lo vimos transmutarse en Jim Morrison para Oliver Stone. En The Doors (1991), Kilmer no actuó: poseyó. La interpretación fue tan obsesiva que el propio Ray Manzarek dijo que costaba distinguirlo del verdadero Morrison. Ese fue su patrón: no conquistar papeles, sino habitarlos. O más bien, que los papeles lo poseyeran a él. En Willow (1988), Val Kilmer interpretó a Madmartigan, un espadachín fanfarrón y desastrado que acababa revelando un fondo heroico y entrañable. Fue uno de sus papeles más carismáticos, mezcla de comedia física, bravura y ternura torpe. Su química con Warwick Davis y su transformación de bufón a figura esencial del relato convirtieron al personaje en un clásico del cine de aventuras de los ochenta. Cuando le tocó vestirse de Batman en Batman Forever (1995), supo que aquello no iba con él. Demasiado ruido, demasiadas expectativas, demasiada Warner Bros. Fue, probablemente, el primer actor que pidió bajarse del murciélago sin escándalo. Siguió su camino como si nada, buscando otra cosa. Quizá él mismo.
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Bonita despedida.DEP Val
Muy buen homenaje. De los mejores que hoy le van a dedicar por escrito en todo el mundo. Sincero y emotivo. Sin cortar ni rellenar.
Gracias por tus trabajos y hasta siempre, Val Kilmer.
Lo que se espera de una necrológica es que esté escrita con respeto. Si encima está hecha con cariño mejor que mejor. Como esta.
Si te encuentras con una basura como la que pública hoy El País (lo de Belinchón es un caso de estudio) empiezas en la estupefacción y acabas de mala hostia. De muy mala hostia.
Le decía a Willow que era el guerrero más grande. Y en la nieve Willow lo descubría y lo repetía con cara de asombro…
Merecida elegía. Pero hace poco se fue alguien como Gene Hackman y nada de nada. La eché en falta y no se el criterio que seguís para esta cosas.
Un homenaje muy bonito Laura. DEP.
He visto todas las películas que citais, pero yo lo recuerdo por Spartan, un soldado fiel a su compromiso hasta el final.
Lo he comentado también en Espinof: me parece alucinante que nadie se acuerde de su Filipo de Macedonia, para mí de lejos uno de sus mejores trabajos. Me faltan muchos minutos en esa película dedicados a su portentosa actuación.
En HEAT con la escena del atraco se encumbró también. Cuando recarga la carabina M4 cal 5,56 tan rápido impresiona. Se dice que algunos instructores del ejército lo ponían de ejemplo de precisión y seguridad a la hora de cambiar un cargador y volver a acerrojar el arma.
En Willow… Pues lo mismo. Las filigranas con la espada están al nivel de Íñigo Montoya en «la princesa prometida».
Por cierto, el juego arcade Willow le hace un justo homenaje. Otra forma de ser eterno, Madmartigan.
Y en top secret los bailes que se marca están al nivel del rey Elvis.
Tampoco nos flipemos. Supongo que el panegírico es obligado aunque no fuera un actor prolífico o que se haya quedado en la memoria cinéfila de la gente. Era muy pero que muy justito actuando. Curioso fue su papel en «Amor a quemarropa», donde interpretaba a Elvis Presley materializado en la conciencia de Clarence Worley (Christian Slater). Aparecía en un par de secuencias pero sin desvelar su rostro, por lo que podría haber sido cualquier persona anónima, pero los títulos de crédito así lo atestiguaban.
Gracias por el artículo, y recordarnos sus interpretaciones. Voy a volver a ver Willow, emocionó a toda una generación.
Pues yo voy a reivindicar su papel en The Doors, mimetizado con el Rey Lagarto. Y eso a pesar del guión lleno de excesos que hacía parecer a Morrison un gilipollas politoxicomano. En sus memorias, Robbie Krieger habla muy bien de la actuación de Kilmer y muy mal del guión.
Gracias por el artículo, muy bueno
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