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Montse Fernández Villa: «La televisión movía muchísimo dinero y eso hace aflorar lo peor de algunas personas: machismo, clasismo, explotación»

Montse Fernández Villa para Jot Down

No he visto ninguna reseña en ninguna parte. Me compré El virus catódico, de Montse Fernández Villa, por comentarios que leí en redes sociales y no ha sido una mala recomendación. Con un estilo muy preciso y elegante, relata cuarenta y cinco años de medios y televisión en España desde una visión privilegiada. Normalmente, estamos acostumbrados a que la historia la escriban las estrellas o los directivos, pero la realidad va por debajo, de forma mucho más prosaica, y por eso merece la pena dar voz a los trabajadores. Por lo bonito que es ver desde dentro cómo es el oficio, cómo se levantan proyectos que acaban siendo inolvidables —en su caso, Caiga quien caiga sería el caso más sonado— y, a la vez, cómo señorean el negocio los amigos de lo ajeno… hasta límites escalofriantes.

Te has jubilado en un momento en el que muchas voces dicen que la televisión está muerta, ¿crees que es pronto para enterrarla?

Yo no creo que esté muerta. Es una herramienta magnífica. Por ejemplo, soy un poco friki, pero esta mañana he estado desde las ocho viendo el debate en el Congreso. La televisión sirve para informarte y también para entretenerte. Se hacen grandes cosas, series impresionantes, como fue hace un par de años Querer, de Alauda Ruiz de Azúa. Se siguen haciendo auténticas joyas, por ejemplo, Tú cara me suena es un formato que me tiene enamorada, el despliegue de medios que tiene mientras otras productoras se dedican a acumular el dinero que pagan las cadenas, ellos piensan en el espectador y no solo en la cuenta de resultados. Porque el problema no es la televisión. Creo que ha pasado lo mismo con todos los medios de comunicación: muchos ya no ven espectadores o lectores, sino consumidores. Lo único que quieren es que consuman y acaban perdiéndoles el respeto. No se dan cuenta de que la información, sobre todo la información, es un derecho fundamental, no una mercancía. Eso es muy serio y me da mucha pena cómo se la maltrata.

Lo cierto es que, aunque se diga que la televisión está muerta, luego todo el mundo está pendiente de si La revuelta hace más audiencia que El hormiguero, de los datos de Horizonte… Además, el control de los informativos sigue siendo muy importante para los políticos. Tan muerta no estará.

No, yo creo que le queda mucha vida. Es un medio magnífico. Si además cuidas un poco la imagen, si la mimas, se pueden hacer auténticas maravillas. Creo que a la televisión todavía le quedan muchos años de vida.

Tu periplo profesional es también un recorrido por la historia de la televisión, pero al principio del libro aparece un personaje que hoy vuelve a estar muy presente en la actualidad. Cuando hablas de una huelga de estudiantes a principios de los ochenta, recuerdas que estaba ahí el que luego iba a ser la mano derecha de Miguel Ángel Rodríguez…

Paco García Diego siempre ha estado al lado de Miguel Ángel Rodríguez. Fuimos compañeros en la facultad. Y lo que recuerdo fue el exabrupto que tuvo, una salida de tono. Yo estaba especialmente sensible porque era la primera vez que vivía fuera de casa y era muy consciente del enorme esfuerzo que estaban haciendo mis padres para tenerme en Madrid estudiando. Aquello me indignó y se lo dije en ese mismo momento. Él contestó medio en broma que se estaba en huelga porque a ellos les salía de la polla. En cambio, ahora parece que a algunos periodistas los ataca ya menos en broma.

Uno de tus primeros trabajos fue una entrevista a Enrique Tierno Galván.

Sí, fue la primera entrevista que hice. Todavía estaba en la facultad. Teníamos un profesor de Redacción Periodística, Miguel Ángel García Brera, que era presidente de la Asociación de Amigos del Retiro. Cuando se celebró la Feria del Libro, debió de ser en 1981 o 1982, nos dijo: «Vamos a hacer un periódico para la feria». A mí me tocó entrevistar a Tierno. Siempre he tenido mucha suerte, mucha potra. Me emocionó muchísimo estar con él. Estuvimos hablando largo rato en su despacho y fue una experiencia muy emocionante.

¿Cómo era en la distancia corta?

Exactamente como aparecía en público. Le llamaban «el viejo profesor» y era así, muy didáctico, con un tono muy pausado. Yo le había conocido por los vídeos de la primera campaña electoral del Partido Socialista Popular, cuando fue candidato, con aquella sintonía de Radioactivity, de Kraftwerk. Me parecía un personaje muy entrañable y, en realidad, lo era. Su entierro fue multitudinario y la gente sintió de verdad su pérdida.

Cuando llegaste a ese Madrid de Tierno Galván, ¿notaste esa energía especial de la que tanto se habla o crees que está mitificada?

Yo creo que sí que lo era. Claro, también hay que tener en cuenta que yo acababa de salir de casa, venía de provincias y todo era nuevo para mí. Enseguida conocí a compañeros como Javier Pérez de Albéniz, que era crítico musical. Empecé a ir a conciertos que nunca habría visto de otra manera. Era un momento muy interesante, lleno de curiosidad.

Siempre me acuerdo de que, cuando estaba en El Intermedio, los compañeros más jóvenes me decían: «Lo que habría dado por vivir los años ochenta». Y yo les respondía que en los ochenta nadie estaba pensando en los ochenta. No mirábamos hacia atrás. Igual que podríamos haber estado idealizando los sesenta, que también fueron una época fascinante para la música, nosotros estábamos intentando hacer cosas nuevas todo el tiempo. Creo que esa fue la clave. Y, además, estaba la ilusión de estrenar la democracia.

Ese profesor que has citado trabajaba para El Alcázar y me ha hecho gracia una anécdota de la que podría tomar nota Roberto Muñoz Bolaños, el historiador que más ha investigado el 23-F. Cuentas que, una semana antes del golpe, te lo adelantó.

Sí. Yo le pregunté qué estaba pasando porque había dimitido Suárez y me respondió: «Hay un golpe de Estado preparado y el rey lo sabe». No me explicó nada más. Me quedé muy asustada, pero no sospechaba que fuera a suceder algo tan grave. Días después, estábamos en la facultad cuando entraron en el Congreso. Lo seguimos por los transistores que llevaba todo el mundo y nos dijeron que nos fuéramos a casa y que no saliéramos bajo ningún concepto. Se pasó mucho miedo. Yo, además, colaboraba con Amnistía Internacional y entraron en la sede a buscar archivos de la gente que trabajaba allí. Algunos se lo tomaron muy en serio. En estos pequeños detalles se podía vislumbrar lo que habría podido pasar si aquello hubiera seguido adelante.

El colectivo Almendros publicaba en El Alcázar los mensajes de los golpistas.

Sí. Eran llamamientos al golpe en clave, pero en una clave muy poco sutil. Se publicaban allí con total impunidad.

Otro nombre que aparece es el de Ramón Mendoza. Entras en Radio El País gracias a él. ¿Cómo fue?

Cuando acabé la carrera mandé currículums a muchísimos medios. No tenía nada más que el título, era un currículum famélico. Entonces todo se hacía por carta, con su sello y las fotocopias correspondientes. Debí de enviar cientos. Solo me contestó el departamento de Documentación de El País, diciéndome que no me ajustaba a sus necesidades. Del resto sigo esperando respuesta cuarenta años después.

En ese momento mi hermano había trabajado con Ramón Mendoza en la Sociedad de Fomento y le comenté que estaba desesperada buscando trabajo. Me dijo: «Espera, déjame hacer una llamada». Él estaba muy vinculado al Grupo Prisa, era consejero, y llamó a Radio El País. Y me hicieron un contrato de un mes, en agosto, para cubrir una sustitución de verano.

Pero antes habías hecho un trabajo para él, ¿no?

Sí, fue una especie de prueba. Me pidió un artículo sobre cómo había empezado a hacer negocios en la Unión Soviética cuando se levantó el veto. Me dijo que le daba mucha pereza escribirlo y le respondí: «Cuéntamelo y yo lo redacto. Si te gusta, lo mandamos». Le gustó, se publicó, me lo pagó muy bien y, poco después, hizo aquella llamada. Supongo que pensó que, con las vacaciones de verano, era el momento perfecto para ofrecerme una sustitución. Así empezó todo. Después de ese primer contrato vino otro, luego otro… y hasta hoy.

Al final, en esta profesión, el éxito es existir.

Sí. Tengo compañeros magníficos que lo han pasado muy mal. Entre 2008 y 2012 hubo una caída brutal. Gente muy consolidada, con su hipoteca y una vida estable, se vio de repente en la calle. Luego algunos consiguieron recomponerse, otros acabaron preparando oposiciones o cambiando de profesión. Y ahora vuelve a pasar algo parecido con la inteligencia artificial, que otra vez está sirviendo para reducir plantillas.

Algunos amigos me han dicho que el libro deja un poso amargo o pesimista, pero yo no soy pesimista. Estoy enamorada de este oficio. He sido muy feliz ejerciéndolo, he aprendido muchísimo y he conocido a gente magnífica. Lo que ocurre es que tengo la sensación de que en este trabajo solo cuenta lo último que has hecho. No se valora demasiado la trayectoria. He visto caer a compañeros que se habían jugado la vida cubriendo la guerra de Irak, después de hacer un trabajo extraordinario, y eso no les sirvió de nada. No me parece bien, pero al final las empresas son empresas. Deberían ser más conscientes de la enorme responsabilidad social que tienen, aunque la mayoría se comportan como simples negocios.

Otro nombre que aparece es Juan Ramón Lucas, tu primer jefe. Dices que fue quien te enseñó el oficio y todavía sigue al pie del cañón…

Hace mucho que no hablamos, fíjate. Hace mucho que no le veo. Pero tuve muchísima suerte. Entrar en Radio El País ya fue un golpe de suerte, pero que mis primeros jefes y compañeros fueran Juan Ramón Lucas y Carlos Llamas fue un auténtico lujo. Disfrutaba muchísimo viéndolos trabajar, aprendiendo de ellos y comentando las noticias. Al final quería pasarme el día allí metida. Era mi diversión, mi ocio, y terminaron convirtiéndose en amigos. En esa época, trabajábamos todavía con máquinas de escribir y papel de calco.

Precisamente, hay un detalle de Juan Ramón Lucas muy ilustrativo. Cuentas que lo pasaron a Economía, creo que ya en la Cadena SER, y que se dedicó durante meses a leer todo lo que caía en sus manos sobre esa materia…

Coincidió con que tuvo un accidente montando a caballo y se hizo mucho daño en la columna. Estuvo bastante tiempo en cama y recuerdo que fui a verle. Estaba rodeado de libros de economía. Yo, que me había quedado con lo de la facultad, me sorprendió verlo estudiar y estudiar sin parar.

Su nombramiento había sentado muy mal. En la SER nos llamaban «el desembarco de Prisa» y no nos recibieron precisamente con los brazos abiertos. Que a Juan Ramón lo nombraran jefe de Economía molestó a mucha gente porque consideraban que había otros compañeros históricos mejor preparados y que los habían puenteado. Recuerdo que, en un informativo en directo, creo que era Hora 14, el presentador empezó a hacerle preguntas que no estaban previstas, cada vez más difíciles, para ver si conseguía pillarlo. Pero no pudo. Juan Ramón se había preparado a conciencia.

Eso demuestra que este oficio exige estudiar toda la vida.

Es fundamental. Hay que tener muchísima curiosidad. Yo siempre les decía a los compañeros que lo más importante es tener curiosidad, un poco de empatía y mucho rigor. Con eso ya puedes hacer un buen cesto. Pero, además, hay que estudiar. No puedes informar sobre algo que desconoces. Recuerdo, por ejemplo, un accidente en Barajas. Una reportera dijo: «Nunca se había producido un accidente en Barajas». Y yo pensé: «¿Qué está diciendo?». Recordaba perfectamente el choque de dos aviones en la pista, que fue tremendo, y también otro accidente muy cerca del aeropuerto. Si no sabes o no has tenido tiempo de prepararte, al menos hay que tener la prudencia de no hacer afirmaciones categóricas.

En el libro hablas también de tus vivencias con Herri Batasuna y comparas algunos de sus eslóganes y estrategias con los de Vox.

Sin duda. Herri Batasuna se presentó a las elecciones europeas en las que también se presentó Ruiz-Mateos. Ya entonces, las campañas empezaban a ser un poco llamativas. Recuerdo un eslogan de HB que decía: «Darles donde más les duele». Y pensé: «Qué listos son». Porque ese mensaje le servía al simpatizante de Herri Batasuna, pero también al que estaba enfadado por la reconversión industrial, al que había perdido el trabajo… Servía para cualquiera. Era una forma de canalizar la rabia. Hay un libro que me fascina, Los ingenieros del caos, que explica precisamente cómo esa es una estrategia política muy eficaz. Aprovechar la rabia de la gente, buscar un enemigo común, enfrentar a unas personas con otras y, poco a poco, ir ampliando tu grupo de adeptos. Ahora lo veo muy claro.

Radio El País se recuerda como una emisora especialmente creativa. Sin embargo, acabó desapareciendo. Llama la atención que proyectos tan originales, como los programas de Moncho Alpuente, Carmen Maura o el primer Lo que yo te diga, se quedaran por el camino.

Supongo que, al ser una emisora local, no debía de resultar rentable para el grupo. Pero era un proyecto muy creativo. Aunque solo emitíamos en Madrid, teníamos a nuestra disposición toda la red de corresponsales de El País y toda la red de colaboradores y expertos del periódico. Podíamos llamar a cualquiera. Se trabajaba muy bien y, como oyente, a mí era la radio que más me gustaba. Imagino que el problema fue económico. Primero compraron Radio Minuto y nosotros pasamos a ser su cabecera en Madrid. Ahí Radio El País desapareció. Después llegó la compra de la SER y acabaron integrándolo todo. Pero aquel proyecto, al que le teníamos muchísimo cariño, se quedó por el camino.

¿Crees que la creatividad se fue perdiendo con la profesionalización y con la entrada de grandes empresas en los medios?

Quizá sí. Aunque tampoco aquello era el paraíso de la libertad creativa. Recuerdo una vez que Santi Alcanda, que hacía un programa en directo de tres o cuatro horas por la mañana, inventó que uno de sus colaboradores se había quedado dormido. Mandó una unidad móvil a despertarlo y montó toda una historia. A mí me estaba pareciendo divertidísima. Pero el director de la emisora entró en el estudio y le dijo que, como siguiera creando, se iba a su casa y que se limitara a hacer el programa. Luego, cuando llegan las radiofórmulas, todo se vuelve mucho más rígido. Empiezas a tener que cortar cada cuarto de hora, conectar con otros espacios, respetar escaletas muy cerradas… Es una pena, aunque después también se han seguido haciendo cosas muy buenas.

Ahora que mencionas la radiofórmula, hablas de periodistas que se escuchaban todos los discos que salían para seleccionar las mejores canciones y emitirlas. Pero también mencionas un fenómeno del que en esta revista nos han hablado muchas veces y del que nunca hemos podido dar nombres para evitar problemas legales: las payolas.

Yo puedo contar lo que vi. No era extraño ver a alguno entrar en la redacción enseñando un abrigo y diciendo: «Mirad lo que me ha mandado la discográfica». No recuerdo cuál era, si Hispavox o alguna otra. Lo contaba con absoluta normalidad y a mí me sorprendió que aquello pareciera algo habitual. Y no solo pasaba en la información musical. Había periodistas de Economía que iban a las juntas de un banco y volvían con un ordenador enorme, cuando casi nadie tenía ordenador en casa. Ese tipo de cosas después se prohibieron. En El País, por ejemplo, el código ético prohibía terminantemente aceptar regalos que fueran más allá de un bolígrafo o un mechero. Pero cuando yo empecé sí era una práctica bastante extendida.

Hay fases del libro que me recuerdan a Mad Men. Hablas del machismo con el que te fuiste encontrando siendo una profesional joven. Siempre estaba la sospecha de que, si una mujer progresaba, era porque había utilizado la seducción para conseguir determinados puestos.

Ya ves tú, con este cuerpo escombro, a quién iba a seducir yo. (Ríe). Pero eso lo dijeron. Recuerdo que una noche el director de Informativos de la SER me llamó y me dijo que al día siguiente presentaba un informativo. Eran las tres de la mañana y casi me desmayo del susto. Después alguien comentó por la radio: «Qué oportunidades tiene la chica… ¿A cambio de qué será?». Encima, yo no lo viví como una oportunidad. Era evidente que profesionalmente lo era, pero en aquel momento lo único que sentí fue un susto enorme. No pensaba que aquello fuera a cambiarme la vida.

Montse Fernández Villa para Jot Down

Te nombró Luis Fernández, que años después revolucionó los informativos de Telecinco. Apostó por piezas largas, muy documentadas, algo muy poco habitual en televisión, donde normalmente duran cincuenta segundos. Las audiencias crecieron muchísimo y, aun así, acabó siendo destituido por presiones del Gobierno de Aznar, al menos así se publicó. ¿Tú conociste esa faceta profesional suya?

Admiro mucho a Luis Fernández. Ya le admiraba cuando le conocí en Radio El País. No hemos tenido una relación tan estrecha como la que tuve con Carlos Llamas o con Juan Ramón Lucas, porque él era mucho más jefe, pero siempre he admirado su trabajo. Su etapa en Telecinco coincidió además con un cambio muy importante en la cadena. Llegó Maurizio Carlotti desde Italia y apostó por otro tipo de televisión. Aparecieron programas como Caiga quien caiga y, al mismo tiempo, cambiaron los informativos. Las audiencias subieron mucho porque la gente agradeció ese tipo de periodismo. Duró unos años, pero después llegó Paolo Vasile y se acabó. Recuerdo que, en una entrevista, dijo algo así como que menos tonterías, que los programas estaban para rellenar los huecos que dejaba la publicidad. Y esa frase ha quedado para la historia porque la siguió al pie de la letra.

Hablando de aquella televisión, que luego incluso quedó superada por la época de los realities, me hace gracia cuando cuentas que, viendo ¡Ay, qué calor!, aparecía gente de cierta edad desnudándose y tú te preguntabas: «¿Les tendrán que pagar muy bien para hacer esto?».

Pues no les pagaban. Tenía un compañero, Luis Cantero, que había trabajado en ese programa, y un día le pregunté: «¿Qué cantidades les dabais para hacer aquello?». Y me respondió: «Nada». Salir un rato en televisión y que te vieran los vecinos era suficiente, aunque fuera desnudándose. A mí me parecía increíble porque, además, muchas veces no salían precisamente favorecidos. Eran personas muy frikis que buscaban su minuto de gloria. Al final es un poco como el síndrome de Eróstrato, que quemó el templo de Artemisa para hacerse conocido. 

También cuentas que te encontraste pequeñas presiones informativas. No molestar a grandes empresas, no dar siempre lo que decían los políticos…

Sí, desgraciadamente esas cosas han existido siempre. En Telemadrid recuerdo una entrevista que había distribuido la Agencia EFE. Felipe González respondía a preguntas durante un mitin. Yo dije: «Bueno, ya le hemos dedicado bastante tiempo a esta información. Pongamos ahora lo que ha dicho Aznar». Y me respondieron: «No, no, no se oye». Yo contesté que sí se oía perfectamente. «No, no se oye». Fue la única vez que me sentí realmente presionada en Telemadrid. Y en la SER salió un informe de la OCU que decía que el supermercado más caro de España era El Corte Inglés. Me dijeron: «No, ese no se da. Damos el segundo». Yo pregunté: «¿Y el primero?». «Ese no se da». (Risas)

Tu época en el turno de noche parece una película de terror.

Sí, casi me vuelvo loca. Recuerdo que un día hablaba con Pepo Baviano, que era el jefe de Informativos, y me agradeció que siempre hubiera estado disponible. Yo había pasado por la madrugada, luego por los fines de semana, después por Hora 14… y fui cambiando de horarios constantemente. Le dije: «Lo único que no podría hacer nunca es la noche, porque me volvería loca». Pues acabé cinco años de noche. Encima, tengo un biorritmo africano, me encanta madrugar, así que aquello me destrozó. Creo que hasta me cambió el carácter. Llegaba a casa y me metía directamente en la cama. De repente tienes que darle la vuelta por completo a tu vida y no es nada fácil. Además, en la mayoría de los países europeos, si trabajabas de noche, luego tenías un día para recuperar el ritmo normal. Aquí, en esa época, no. Y tampoco nos pagaban plus de nocturnidad. Decían que hacerlo sentaría un mal precedente. Era increíble.

Es lo que cuentas en los capítulos de Globomedia, que viste que los compañeros no conocían ni siquiera su convenio…

Pero yo tampoco sabía nada. Nunca me había preocupado demasiado por esas cuestiones. Fue mucho más tarde, cuando vendieron y empezaron los despidos, cuando tuvimos que espabilar. Recuerdo que los despidos siempre se hacían en viernes y luego descubrí que era una práctica bastante habitual para que durante el fin de semana se enfriara el ambiente y el lunes hubiera menos reacción.

Es curioso que haya tanto periodismo de izquierdas o tan comprometido con las causas sociales y, sin embargo, el propio sector tenga unas condiciones laborales tan precarias y muchas veces ni siquiera conozca los derechos que tiene.

Sí, tiene un punto romántico que muchas veces acaba derivando en ingenuidad. Por lo menos en mi caso fue así. En Globomedia nos repetían constantemente que éramos una gran familia. Y tengo que confesarte que yo me lo creí. Venía de un mundo donde todo era «excelentísimo», «ilustrísimo» y muchos formalismos. De repente allí todo el mundo era Emilio, Pepe o Juan, y pensé: «Qué normalidad, qué bien». Pero no funciona así. Son empresas y lo que quieren es ganar dinero como sea. Por ejemplo, en el sector siempre se ha hablado de productoras con programas en el top del prime time que despedían a la gente el viernes y la volvían a contratar el lunes. Para mí aquello era un escándalo. Y eso sigue pasando.

Además, hay otra trampa muy habitual en las productoras. Se aprueba un presupuesto para rodar una serie durante seis meses, con los salarios correspondientes para todo ese tiempo, pero luego se reduce el calendario a tres. El dinero de esos otros tres meses desaparece y, mientras tanto, la gente hace jornadas de dieciocho horas. A mí nunca me han pagado una hora extra, y te aseguro que he hecho miles.

Presentaste informativos en una Telemadrid que tenía muchísimo prestigio.

Sí. Pero yo llegué un poco más tarde, no en la época de Hilario Pino y Fermín Bocos, que fueron quienes revolucionaron los informativos con un lenguaje mucho más directo y mucho más vivo. Hacíamos conexiones en directo continuamente. Cuando yo entré seguía siendo una muy buena etapa. Teníamos audiencias del treinta por ciento en los informativos, y ya existían las cadenas privadas. Eso hoy parece ciencia ficción.

Durante los años ochenta, noventa y los primeros dos mil era bastante habitual encontrar periodistas completamente absorbidos por la actualidad. Personas brillantísimas profesionalmente, pero que habían descuidado su vida personal, que solo hablaban de trabajo y que, cuando perdían el empleo, se encontraban con un vacío enorme. ¿Reconoces el perfil?

Sí, completamente. Además, yo viví una época muy dura porque llegó un momento en que mi trabajo dejó de gustarme y me di cuenta de que no tenía ninguna otra pata sobre la que sostener mi vida. Somos como un taburete: necesitamos varias patas para mantener el equilibrio. Si solo tienes una, que es el trabajo, el día que esa pata falla se cae todo. Hay que tener otros apoyos, una relación de pareja, amigos, curiosidad, viajar, vivir… Si no, puedes encontrarte completamente vacío. A mí me pasó en Telemadrid. Estaba pagando todos los años de trasnochar, de tomar demasiadas pastillas para dormir, de llevar una vida completamente desordenada. Después me pasaron al turno de fin de semana y seguía viviendo al revés. No pude ir ni a la boda de una de mis mejores amigas porque tenía que trabajar. Todo eso te va minando.

Cuando empezaste a presentar informativos, ¿cómo viviste esa exposición pública?

Fue casi por casualidad. Yo estaba trabajando en el gabinete de Pérez Ornia cuando me llamaron para hacer una prueba. Me lo tomé un poco a broma, pero me llevaron a maquillaje, entré en el plató y al día siguiente me dijeron que empezaba a presentar el informativo de las diez. Al principio pensé: «Bueno, no le voy a dar mayor importancia. Presento noticias y ya está. Además, es una televisión autonómica». Pero luego hubo momentos en que me desbordó.

Recuerdo que un sábado, al terminar el informativo, me pasaron una llamada. Lo primero que oí fue: «Pásame con esa hija de puta catalana». Todo porque había dicho «esta tarde en Las Ventas» en lugar de «la Monumental de Las Ventas». Luego estaban quienes llamaban simplemente para preguntarme dónde me había comprado la chaqueta. Una vez apareció un chico en mi portal para pedirme un autógrafo. Y pensé: «¿Cómo sabe dónde vivo?». En aquella época en las guías telefónicas aparecía la dirección completa, y aquello ya me asustó un poco. Mucha gente no respetaba mi espacio personal. Creo que la televisión entra todos los días en los salones de las casas y algunos espectadores acaban creyendo que eso les da derecho a tratarte como si fueras de la familia. Y no. Es un trabajo. Hay que respetar un poco la distancia. Por no mencionar las frecuentes llamadas con jadeos.

Además, yo nunca me consideré una pieza clave. Recuerdo unas elecciones que presenté con Juan Pedro Valentín. Me preparé muchísimo, estudié todos los partidos, las siglas, los programas… Como no tenía la capacidad de improvisación que tenía Pedro, que podía estar tres horas delante de la cámara sin un papel, necesitaba llevarlo todo muy bien atado. Por eso, cuando tuve la oportunidad de volver a trabajar detrás de las cámaras, no me lo pensé demasiado.

Hay otro fenómeno muy curioso que cuentas, el del Asador Donostiarra.

Sí. Yo fui una vez a cenar allí y, cuando salíamos, apareció el dueño con una planta. Me dijo: «Señorita, esto es un regalo de la casa. Usted da muy bien las noticias, pero tiene un defecto». Le pregunté cuál y me respondió: «Que nunca habla del Asador Donostiarra». Le dije que, si hablaba del restaurante, sería porque hubiera habido un incendio o una intoxicación alimentaria. Sonrió como pensando: «Esta mujer es tontísima».

Hasta que un día vi una retransmisión taurina de Miguel Ángel Moncholi. Era una corrida en Colombia y soltó: «Cómo echo de menos Madrid… y una comida en el Asador Donostiarra». Entonces pensé: «¡Eureka! Ya lo he entendido. Yo te cuelo la cuña y tú me invitas a comer».

En esa Telemadrid hubo otro programa que marcó una época, Madrid directo, que de alguna manera pudo influir en los programas en los que fuiste directora posteriormente, Qué me dices y Caiga quien caiga. Se dice que lo que hizo ahí Telemadrid fue muy novedoso, pero yo creo que esa fórmula ya estaba muy explotada en Estados Unidos…

En Globomedia había una empresa que se llamaba GECA y tenía un departamento llamado Teleformat. Tenían corresponsales por todo el mundo que grababan programas y enviaban informes explicando cómo funcionaban, cuánto duraban, cuántos bloques tenían, cómo estaban estructurados… Nosotros utilizábamos todo eso para buscar ideas nuevas o adaptar secciones. Está todo inventado.

Pero Madrid directo, aunque tenía precedentes fuera, creo que hay que reconocerle a Ricardo Medina el mérito de poner en marcha ese formato aquí. No era nada fácil. Era un programa enorme, muy complicado de hacer, y Telemadrid lo hizo muy bien. Ciertamente, con el tiempo quizá se ha abusado mucho de ese estilo. Una cosa es tener un lenguaje directo y espontáneo, y otra convertir al reportero en el protagonista. Si hay una inundación, no hace falta que el periodista se meta en el agua hasta el cuello para demostrar que llueve. Cuéntame qué ha pasado, cuánto ha llovido, si se ha roto una presa… No hace falta hacer el ganso. Eso no es nuevo periodismo, pero…

También comentas que esa forma de convertir al reportero en espectáculo ha ido acompañada de una enorme precarización…

Sí. Y, curiosamente, he conocido a muchos periodistas jóvenes que querían precisamente eso. Les daba igual pasarse cuatro horas esperando un directo sin poder trabajar de verdad. He visto reporteros de Tribunales pasar media mañana con un café en la mano delante de la Audiencia Nacional porque en cualquier momento podían entrar treinta segundos en directo. Así funciona ahora. Y luego todo ese espectáculo del «mira qué gracioso soy» yo no puedo con él. No hace falta ser un periodista aburrido, pero estamos manejando algo muy delicado, que es la información. No hace falta adornarla con castañuelas.

Llegó un momento en el que decidiste cruzar al otro lado y entrar nada menos que en La Moncloa. Y además en una época especialmente complicada.

Sí. Cuando entré ya sabía que no era un momento de mayorías absolutas ni de gloria, pero no imaginaba que aquello fuera a convertirse en semejante pesadilla. Coincidieron la fuga de Roldán, la aparición de los cadáveres de Lasa y Zabala… Felipe estaba ya muy replegado sobre sí mismo. Había ministros que incluso le llamaban «el autista». Vivía encerrado en sus pensamientos y no quería saber nada de nada. Pero, al final, como dicen los budistas, lo que sucede conviene. Y, en mi caso, convino porque me permitió aprender muchísimo.

Entraste en el gabinete de Narcís Serra, que seguramente era una de las figuras más complejas de aquel Gobierno por lo que tenía entre manos.

Narcís era un hombre muy… espeso, en el mejor sentido de la palabra. Es economista y cada vez que quería explicarte algo necesitaba darte diecisiete millones de datos para demostrarlo. Yo le repetía continuamente: «Narcís, simplifica, por favor. En los pasillos del Congreso te están pidiendo un corte de veinte segundos, no una conferencia para la Complutense». Además, tenía fotofobia, algo que me explicó Rubalcaba. Yo no sabía por qué, pero cuando situaban sobre él los focos de televisión, empezaba a gesticular exageradamente y era porque la luz prácticamente le cegaba.

Siempre me pareció una persona muy honesta y, sobre todo, muy respetuosa con quienes trabajábamos con él. Nunca le vi perder las formas. Recuerdo un pleno en el que pedían su dimisión y Luis Ramallo llegó a levantarle el puño muy cerca de la cara, como amenazándole. Narcís ni se inmutó. Era una persona extraordinariamente tranquila.

Tuviste un problema importante con Pedro J. Ramírez a raíz de una grabación manipulada.

Sí. En realidad no fue una conversación entre él y yo, sino una cena con muchísimos periodistas. Y, si pudiera volver atrás, haría las cosas de otra manera. Yo insistí mucho en que Serra fuera a recoger aquel premio. Hablé con Miguel Iceta y con José Enrique Serrano, que eran dos de sus colaboradores más próximos, y les dije que lo mejor era ir, dar la cara y recogerlo. Serra era una persona inteligente y culta; no tenía nada que esconder. Cuando llegamos al restaurante, había una grabadora de casete registrándolo todo. Nos dijeron que era únicamente para recoger la reacción de Narcís cuando le entregaran el premio y emitirla al día siguiente. Y el problema fue que lo grabaron todo y luego emitieron la conversación manipulada.

Le preguntaron por Carlos Solchaga, que en aquel momento estaba en el centro de la polémica. Serra respondió: «Estoy seguro de que sabe lo que tiene que hacer». Y cuando llegó a casa se encontró con que habían emitido únicamente el final de la frase: «…sabe lo que tiene que hacer», como si estuviera exigiendo la dimisión de Solchaga. Se montó un escándalo enorme porque el PSOE estaba completamente dividido entre guerristas y renovadores.

Yo llamé inmediatamente a Juan Ramón Lucas, con quien tenía muchísima confianza, y le dije: «No ha dicho eso. Le han preguntado qué creía que haría Solchaga y él ha respondido que sabe lo que tiene que hacer. No ha ido más allá». Pero la maquinaria ya estaba en marcha. Pedro J. lo repitió una y otra vez durante todo el día. Lo dio Antena 3, lo dio la SER… Luis Fernández llegó a decir que aquello era un montaje de El Mundo, después alguien consiguió que retirara esa afirmación y me acusó a mí de haberle engañado. Y yo le respondí: «No te estoy engañando. Te estoy diciendo la verdad. Lo que pasa es que tú no te fías de mí». Pero yo no tenía ninguna grabación para demostrarlo.

Estaba completamente enamorada del periodismo. Tenía una visión muy romántica del oficio. Pensaba que todos perseguíamos la verdad. Y de repente descubrí que, por intereses políticos o económicos, había gente dispuesta a manipular un corte, tergiversar una frase o sacarla completamente de contexto. Eso me pareció repugnante.

Lo cuento también con el caso de ABC. Años después reconocieron que existió un grupo organizado para derribar al Gobierno de Felipe González. Mientras tanto publicaban un día sí y otro también que Narcís Serra era el jefe de una supuesta red de escuchas citando siempre «fuentes solventes». Y, después de una comida entre Serra y Luis María Anson, publicaron de repente que Serra no tenía absolutamente nada que ver con aquella trama. Entonces pensé: «Si durante semanas has dicho que era el responsable, ahora tendrás que irte a casa». No se puede jugar así con la información.

Montse Fernández Villa para Jot Down

¿Cómo se vivía aquello desde dentro? Porque el acoso era muy intenso, pero los casos de corrupción fueron reales.

Después de las elecciones del 23 de julio, cuando parecía que Pedro Sánchez no iba a poder formar Gobierno y al final lo consiguió, les dije a mis compañeros de El Intermedio: «Preparaos para lo que viene. Esto ya pasó en 1993». Es verdad que existieron Roldán, los GAL y muchas cosas gravísimas que había que investigar y controlar, pero también hubo una campaña política muy intensa.

Hay gente que entiende la democracia como un sistema en el que solo es legítimo gobernar cuando ganan ellos. Y eso me preocupa mucho. Cuando escucho determinados insultos en el Congreso pienso en la cantidad de veces que todavía se reprocha a Pedro Sánchez haber llamado «indecente» a Rajoy en un debate, mientras hoy a él le llaman cosas mucho peores con absoluta normalidad. Se está creando un clima muy irrespirable.

Lo viviste desde la vicepresidencia del Gobierno.

Sí. Recuerdo llegar una mañana y encontrarme en la portada de El Mundo una información que implicaba directamente a Narcís Serra. Yo no podía preguntarle inmediatamente porque, en aquellos momentos, atender a la prensa era la última de sus prioridades. Tenía que esperar hasta la noche para poder hablar con él unos minutos y preguntarle qué había de cierto en todo aquello, que ya era un auténtico estado de derribo. Y luego ves que algunos de los mismos periódicos que publicaban entrevistas asegurando que Felipe González era la «X» de los GAL han terminado publicando entrevistas diciendo que ETA estaba detrás del 11-M o, más recientemente, dando por buenas determinadas versiones de Aldama. Esas cosas me duelen muchísimo. No entiendo cómo puede pasar. Creo que están envenenando la convivencia.

Después de vivir esa experiencia, ¿por qué no te quedaste en política?

Porque yo nunca me consideré una política. Era periodista al cien por cien. Mi trabajo consistía en facilitar el trabajo de los periodistas, no en hacer política. Eso sí, trabajar allí me sirvió para bajar a los políticos a tierra. Dejé de verlos como personajes casi mitológicos. Y también a los periodistas. Recuerdo una huelga general. Se había creado un gabinete de crisis formado por Miguel Gil, Alfredo Pérez Rubalcaba, su jefa de prensa y yo. Teníamos la radio puesta y la SER estaba contando que Madrid estaba completamente paralizado, que había menos tráfico que un domingo de agosto.

Rubalcaba, que tenía muy mal genio, me dijo: «Llama ahora mismo a la SER y diles que eso no es verdad». Yo llamé y les expliqué que, según los datos de la DGT, sí estaba entrando tráfico en Madrid. Ellos comprobaron la información y rectificaron inmediatamente en antena. Ahí entendí algo muy importante: una cosa es defender tu posición y otra muy distinta manipular la realidad. Si de verdad no circulaba ni un coche, había que decir que no circulaba ninguno. Si el tráfico estaba empezando a recuperarse, también había que contarlo.

Dejas la política y das un giro radical: vas a ¡Qué me dices!

Ya no podía más. Me estaba enfadando con todos mis compañeros. Me enteré de que habían capturado a Roldán porque me llamó un periodista para preguntarme si era verdad. Yo respondía: «No me consta». Iba después a preguntar y me decían: «Sí, sí, es verdad». A mí no me contaban nada, no se fiaban. Seguía siendo una plumilla, no formaba parte del staff ni era militante del partido.

Es verdad que mis ideas estaban mucho más cerca de las suyas que de otros partidos, pero yo no era política. Entonces, José Miguel Contreras me dijo que en Globomedia estaban buscando a alguien para poner en marcha un programa y que quizá me interesara. Fui a la entrevista, me quedé y me encargaron ¡Qué me dices! Querían hacer un programa de información y cotilleos para las tardes de Telecinco.

Fue una terapia. Pasar de la fuga de Roldán y de toda aquella tensión a hacer un programa para reírnos de la actualidad más ligera fue casi una liberación. Lo montamos con Chapis y Belinda. Al principio hubo un par de días de dudas, pero enseguida arrancó y funcionó muy bien.

Aquel programa fue uno de los grandes precursores de la televisión rosa moderna.

El corazón ya existía, por supuesto, pero nosotros lo tratábamos de otra manera. Incluso hacíamos un sketch parodiando Corazón, corazón, que era un programa muy solemne. Nosotros queríamos justo lo contrario.

Llegabais a una franja maldita. Antes habían probado con el Giro de Italia, con una serie de Tarzán, con Raffaella Carrà… y nada funcionaba.

Aquella franja estaba en torno al cuatro por ciento de audiencia. Competíamos contra los informativos convencionales y parecía imposible levantarla. Nosotros hicimos algo parecido a Madrid directo: muchos reporteros en la calle, mucho movimiento, música, cine, humor… Queríamos que la redacción estuviera llena de color, de alegría. Luego estaban Chapis y Belinda, que se tomaban todo con muchísimo sentido del humor. Nos divertimos muchísimo haciéndolo.

Sin embargo, os acusaron de ser los creadores de la telebasura.

Sí, pero en el libro cuento una cosa de la que estoy especialmente orgullosa. Durante el caso Arny decidimos no decir una sola palabra. Era un asunto muy delicado, afectaba a muchísima gente y no bastaba con repetir lo que estuvieran publicando otros medios. Dijimos: «Si lo damos, tendrá que ser bien investigado y bien contrastado». Además, estábamos haciendo un programa de humor. ¿Cómo íbamos a hacer bromas sobre un caso de presunta pederastia? Igual que en Caiga quien caiga nunca hacíamos humor con el terrorismo, aquello tampoco tenía cabida.

Nadie te da una medalla por no publicar algo, pero cuando años después vi el documental sobre el caso Arny, pensé que habíamos hecho lo correcto. Veía que estaban saliendo nombres de personas homosexuales como si ese fuera el delito que habían cometido. ¿Qué tiene que ver ser gay con ser pederasta? Absolutamente nada.

¿Qué viste en Chapis para convertirlo en el presentador?

Cuando llegué ya le habían hecho una prueba. Era amigo de varios trabajadores de Globomedia y me pusieron la cinta. Me dijeron: «Queremos a este». Vi a una persona absolutamente normal, muy buena gente. Luego descubrí que había trabajado en una plantación en Sudáfrica, que tenía muchísima cultura y un sentido del humor extraordinario. Pensé: «Pues tiene que ser él».

Y acertamos. Al principio algunos decían que no se le entendía bien, pero enseguida todo el mundo le entendió perfectamente. Además, cuando se equivocaba se partía de risa. Era muy espontáneo. Yo fui muy feliz haciendo ¡Qué me dices!

Y luego ocurrió lo de siempre. Los mismos directivos que al principio decían que Chapis jamás podía salir en televisión fueron los primeros en apuntarse el éxito.

Exactamente. Recuerdo a un directivo de Telecinco que unos días antes me había dicho que ese hombre no podía presentar un programa. Y cuando empezó a arrasar en audiencia escuché cómo él mismo le decía a Chapis: «Nosotros siempre apostamos por ti». Es tremendo.

Y ahí entró el virus catódico. Chapis contaba que de repente las discotecas que antes no le dejaban entrar ahora le abrían el reservado y le invitaban a todo.

Sí, pero Chapis nunca tuvo el virus catódico. Con lo del virus catódico me refiero a otra cosa, a empezar a despreciar a los compañeros, a pensar que tú eres el programa y que todo depende de ti. La televisión es un trabajo profundamente colectivo. Eso fue una de las cosas que más me sorprendió cuando pasé de la radio a la tele. En la radio hacías prácticamente todo tú solo. En televisión hace falta una cantidad enorme de gente: realización, iluminación, sonido, maquillaje, cámaras…

Recuerdo una vez, en Telemadrid, en que no estaban las maquilladoras habituales y una chica nueva decidió que, como llevaba una chaqueta azul, también tenía que llevar los párpados completamente azules. Ese día parecí la Pitufina. Nadie se fijó en las noticias; todo el mundo hablaba del manchurrón azul que llevaba en la cara. Eso te indica que cada trabajador importa, que el presentador es solo una pieza más de una larga cadena.

Muchas veces el rostro visible es simplemente la última fase del proceso.

Wyoming siempre bromea con eso. Dice que él llega a las siete de la tarde. Y es verdad. Cuando él aparece ya hay un guion escrito, revisado, contrastado; el equipo de realización ha preparado los planos, el plató está montado… Él pone la guinda. Eso no significa que sea fácil. Presentar un programa bien tiene muchísimo mérito. Pero algunos acaban creyéndose que ellos son el programa, y no es verdad.

En el caso de Chapis lo que cambió fue que empezó a vivir como una estrella del rock.

Sí. Eso sí. De repente le abrían todas las puertas. Se reía muchísimo porque decía: «Hace cuatro días no me dejaban entrar aquí». Y de repente era bienvenido con barra libre de sustancias y de lo que quisiera. Mientras, nosotros estábamos trabajando en unos módulos prefabricados horribles. En verano hacía un calor insoportable y cuando llovía se inundaban. Recuerdo una vez que vi el suelo lleno de agua, con todos los cables de los ordenadores y los monitores por el suelo, y dije: «Aquí no podemos trabajar. Nos vamos a electrocutar». Eran condiciones bastante penosas.

Y luego estaba el ego de algunos presentadores. Cuentas que Luis Mariñas llegó a pedir el despido del director de ¡Qué me dices! porque anunciasteis en antena que la revista Diez Minutos llevaba en portada su separación.

Nosotros simplemente adelantábamos las portadas de las revistas del corazón, que además nos las facilitaban ellas mismas. Anunciamos que Diez Minutos abría con la separación de Luis Mariñas y montó en cólera. Ya no estaba yo en el programa, el director era Juan Andrés García Ropero, y pidió directamente que lo echaran. Hay muchísimas historias así.

Mira, una que ni siquiera conté en el libro. Cuando estuve en Canal+, las redactoras de un programa me contaban que un día invitaron a Camela y Fernando Schwartz se negó a salir a saludarlos porque consideraba que aquello estaba por debajo de su nivel. Ese es el virus catódico: el elitismo, el clasismo, creer que eres mejor que los demás. O un reportero de Caiga quien caiga que un día dijo que, si no le ponían angulas para comer, no trabajaba. Eso es exactamente el virus catódico.

Estabas trabajando cuarenta mil horas en ¡Qué me dices!, sin cobrar las horas extra, y la cadena todavía quería darte más trabajo: dirigir un programa, aunque lo firmaría como director Alfredo Amestoy.

Sí, porque Amestoy ya no tenía ganas de dirigir, aunque sí cobraba por ello. En Telecinco había once directores de la etapa anterior que seguían con contratos blindados. La mayoría ni siquiera tenía un trabajo asignado, pero, para justificar el sueldo, tenían que seguir figurando como directores. Como ellos no iban a hacer ese trabajo, lo hacíamos otros.

Había uno al que llamaban «Kasparov», por cómo llevaba la chaqueta llena de caspa, que organizaba reuniones en su chalet y dirigía el trabajo desde la piscina. Suena bien, pero los redactores estaban fuera, vestidos y tomando notas con todo el sol encima, mientras él estaba dentro del agua en bañador.

Otra innovación de ¡Qué me dices! fueron las cámaras en movimiento autónomo dentro del plató.

Sí. Eso fue idea de Arantxa Écija, la realizadora. En lugar de tener las cámaras fijas sobre trípodes, dijo: «Vamos a movernos con los presentadores, vamos a bailar con ellos». Empezamos a hacerlo desde el primer programa y luego también lo llevamos a Caiga quien caiga. Después se ha utilizado muchísimo, incluso hasta el exceso.

QMD triunfó tanto que llegó un momento en el que los espacios comerciales ocupaban más tiempo que los propios contenidos.

Era una forma de entender la televisión muy ligada a la filosofía de Paolo Vasile. Al final, ellos consideran que la cadena existe gracias a quienes consiguen ingresos publicitarios. Y, en parte, tienen razón: sin dinero no se puede hacer televisión. Lo que más les gustaba eran los llamados «momentos internos», que fuera el propio presentador quien anunciara un producto dentro del programa. No un bloque de publicidad, sino el presentador haciendo la promoción.

En ¡Qué me dices! hacíamos muchísimos. Belinda anunciaba desde cera depilatoria hasta tintes para el pelo. En el libro cuento lo de las sábanas Reina, «las sábanas que no hacen bolitas». Han pasado treinta años y todavía me acuerdo del eslogan cada vez que veo una sábana. Lo peor era que, cuando estabas a punto de empezar un directo, con toda la tensión de última hora, aparecía el departamento comercial para comprobar si el bodegón estaba bien colocado, que la cera estuviera en el ángulo correcto, que las sábanas estuvieran perfectamente estiradas… Me desesperaban.

Y, efectivamente, llegó un momento en que esos «momentos internos» ocupaban más tiempo que los propios contenidos. Pero cuando protesté y dije que se estaban cargando un programa que funcionaba, que era la gallina de los huevos de oro, me dijeron que les daba igual, que ya pondrían otra gallina.

Que fue Aquí hay tomate. ¿Qué opinión te merece aquel programa que, después, se encarnó en Sálvame?

Con todo el respeto a la gente que trabajaba allí, porque muchas veces uno trabaja donde puede y no donde quiere, a mí me parecía una estafa al espectador. Recuerdo que un día, viendo Sálvame, estaban hablando de Carmen Sevilla y tenían un cromo suyo puesto en una esquina de la pantalla. Pensé: «Pero vamos a ver, si esta mujer ha trabajado años y años en Telecinco. Hay horas y horas de imágenes suyas. ¿Cómo es posible que no pongan ni una?». La televisión es imagen. Y lo que pasa es que, si no pones a nadie a buscar imágenes en documentación, editándolas y preparando el material, y lo sustituyes por gente sentada hablando durante horas, todo te sale mucho más barato. Más beneficio. Lo que conduce a limitarse a poner a un tertuliano diciendo la barbaridad más grande posible y ya tienes el programa. Pero eso no es hacer televisión.

Es curioso porque esa evolución enlaza perfectamente con lo que ha venido después: YouTube, los podcasts, gente hablando delante de una cámara desde el salón de su casa…

Claro. Pero en realidad eso ya existía en la radio. Lo que querían era trasladar ese modelo a la televisión. Hacer buena televisión es caro. Buscar imágenes cuesta dinero. Utilizar archivo cuesta dinero. Creo recordar que solo el archivo de Televisión Española costaba unos mil euros por minuto, entre la búsqueda, la gestión y los derechos. Ante estos números, siempre llega alguien que dice: «Me lo ahorro». Y ese dinero se queda por el camino. Pero la televisión sin imágenes no es televisión.

Después fuiste a Caiga Quien Caiga. Me acuerdo del programa cada vez que veo ahora a Vito Quiles o Bertrand Ndongo ¿Es una degeneración?

Eso existía mucho antes de Caiga quien caiga. Ya lo hacía Santiago Urrialde con el Reportero Total. Se acercaba a la gente y prácticamente les metía el micrófono en la cara. Pero eso no puede ser. No puedes ser invasivo con la cámara. Hay que respetar el metro cuadrado de los demás, sea un político, un futbolista o un famoso. A mí nunca me gustaron esas persecuciones.

Cuando empezasteis a diseñar Caiga quien caiga, una de tus aportaciones fue precisamente rebajar la agresividad del formato argentino.

El programa argentino nos parecía magnífico y José María Irisarri dijo: «Quiero hacer esto». Compraron el formato, un día me puso una cinta VHS encima de la mesa y me dijo: «Ya no estás en ¡Qué me dices!. Quiero que hagas esto». Pero nos pareció que ahí había cosas que no podían funcionar igual. Recuerdo que allí llamaban «tonto» directamente a un ministro o que a Ricky Martin le cantaban «Living como una loca». Yo pensaba: «Aquí eso no va a funcionar».

Nosotros queríamos que fueran ellos, los entrevistados, quienes se retrataran. Que quedaran como bordes, como mentirosos o como maleducados, pero no hacerlo nosotros a base de insultarlos. Además, los argentinos utilizaban mucho la posproducción: les ponían narices de payaso, orejas de burro, sartenes golpeándoles la cabeza… Nosotros suavizamos bastante ese estilo. 

A los argentinos no les gustó demasiado cómo lo adaptamos, pero luego intentaron hacer ellos mismos el programa en sucesivas ediciones y no funcionó igual. Quizá simplemente conocíamos mejor el país en el que vivíamos. Yo estaba convencida de que aquí la gente no iba a aceptar ni las groserías ni las faltas de respeto. Había que divertir siendo sutiles, documentándolo todo muy bien y construyendo varios niveles de lectura, que un chaval de quince años pudiera entender el programa y, al mismo tiempo, que hubiera referencias más profundas para quien quisiera encontrarlas.

A Pablo Carbonell lo elegiste tú, aunque luego algún directivo dijo que había sido idea suya.

Es el mismo mecanismo que ya había vivido con Chapis. Primero te dicen que no vale y, cuando funciona, resulta que siempre apostaron por él. Llega un momento en que no puedes perder energía discutiendo esas cosas porque no te da la vida.

Da la impresión de que en televisión hay mucha gente que se apropia de las ideas de los demás.

Sí. Ahora ves programas con dieciocho productores ejecutivos firmando y muchos ni siquiera saben dónde está el plató. Nunca han pisado uno. La televisión movía muchísimo dinero y, cuando hay tanto dinero en juego, aflora lo peor de algunas personas. Yo he conocido directivos machistas, clasistas, explotadores, tacaños… Gente que trataba a los trabajadores como si fueran de tercera. A veces piensas: «¿Cómo se pueden reunir tantos defectos en una sola persona?».

En CQC, fue clave el cambio al fin de semana. El programa parecía condenado y de repente empezó a crecer muchísimo. También porque era una televisión crítica en una época en la que no abundaba demasiado. ¿Miguel Ángel Rodríguez empezó a llamar desde el primer momento?

Desde el primer momento. Era muy cínico. Cuando coincidíamos en el Congreso siempre hacía bromas: «A ver cuándo me dais unas gafas de esas». Pero luego llamaba a los directivos de Telecinco para intentar impedir que fuéramos a cubrir determinados actos. En una cumbre en Alemania consiguió incluso que nos retiraran la acreditación. Y luego, delante de las cámaras, todo eran sonrisas: «¿Qué tal, chicos?». Pero estaba continuamente maniobrando contra nosotros.

Al final le disteis las famosas gafas de aquella manera.

Fue idea de Tonino. Encontró unas gafas ridículas con unos ojos enormes pintados por fuera y dijo: «Estas son perfectas para Miguel Ángel Rodríguez». Se las dimos en una gala de televisión. Yo estaba viendo la escena por el monitor y casi me muero de risa. Él se las puso y decía: «Con estas gafas no se ve nada». Fue divertidísimo.

Uno de los grandes momentos del programa llega cuando le dais las gafas a Juan Carlos.

Al principio, cuando llamábamos para acreditarnos, nos preguntaban: «¿Con ese nombre dónde vais?». Nadie nos hacía caso. Y ese día queríamos hacer una parodia de los grandes despliegues informativos. Nos enteramos de que el rey iba a asistir a un acto y colocamos a los seis reporteros y a Wyoming en distintos puntos del recorrido. Se iban dando paso unos a otros y, mientras el micrófono cambiaba de manos, también cambiaba el color de la esponja; lo hicimos así a propósito, como una comedia disparatada. Incluso Pablo Carbonell improvisó un villancico con la gente que estaba allí y todos se pusieron a cantarlo. Fue un reportaje maravilloso. A partir de entonces, todos los políticos nos decían: «¿Cuándo me vais a dar las gafas?».

Y luego llegó la famosa comida en la Moncloa con José María Aznar. Wyoming no quería ir.

Discutimos muchísimo. Aznar había comentado en una cumbre de la OTAN que sus hijos le preguntaban cuándo íbamos a comer con él y terminó llegando la invitación a través de Lucía Méndez. Wyoming decía: «Ni hablar. Nuestros espectadores van a pensar que nos hemos vendido». Yo insistí en que había que ir, pero con una condición: que pudiéramos entrevistarlo. Y la entrevista fue durísima.

Como yo había trabajado en la Moncloa, sabía perfectamente dónde podíamos hacer determinadas bromas. Los guionistas hicieron un trabajo extraordinario y estuvimos emitiendo material de aquella comida durante casi un mes. Recuerdo que casi me muero de risa. Cuando terminó la entrevista, entró un camarero con una bandeja y una nota para Aznar. Wyoming le dijo: «¡Pago yo!». Eso no se grabó porque la comida no podía grabarse, pero nos reímos muchísimo. Y batimos récords de audiencia.

Después intentaron convenceros para suavizar la entrevista.

Nos decían: «El presidente os ha invitado a comer. No podéis responderle con una entrevista tan dura». Pero llevábamos semanas pidiendo a los espectadores que nos enviaran preguntas y lo único que hicimos fue formular las que la gente quería hacer. Hubo una especialmente divertida. Wyoming le preguntó cómo era Juan Villalonga en el colegio, si jugaban juntos al fútbol en el recreo. Aznar no esperaba ese tipo de preguntas y quedó completamente descolocado.

Recuerdo incluso que nos entró la paranoia de que alguien pudiera hacer desaparecer la cinta. Tonino estaba convencido de que iban a intentar quitárnosla. Al final me llevé la Betacam a mi casa todo el fin de semana completamente emparanoiada.

Montse Fernández Villa para Jot Down

Hay una parte menos conocida de Caiga quien caiga: la precariedad con la que arrancó. Cuentas que no había ni presupuesto para la música.

No. Muchísima de la música salía de discos que me prestaban amigos que trabajaban en ese mundo. La sintonía, por ejemplo, era de un grupo amigo. Después Telecinco sacó un recopilatorio con toda aquella música y ganó dinero con la selección musical de mis amigos. También tenían un chico que cogía temas conocidos, les cambiaba no sé si cinco notas, el mínimo legal para que no les pudieran acusar de plagio, y luego las usaban en el programa cobrando ellos los derechos de autor.

Piensa que las gafas, al principio, eran de mercadillo. Las comprábamos en un todo a cien hasta que nos empezó a patrocinar Ray-Ban y dejamos de dejar ciego al personal, porque aquellas eran de un plástico malísimo. Recuerdo un reportaje sobre la crispación política en el que llevamos tila al Congreso. Hicimos incluso un prospecto nosotros mismos, con advertencias del tipo «evítese derramar el líquido caliente sobre los compañeros». Era todo muy artesanal. Los sobres de tila eran de verdad y el prospecto lo habíamos hecho en PowerPoint. Éramos muy pobres.

¿Cuándo empezaste a notar que el virus catódico había entrado también en Caiga quien caiga?

Con el éxito. Yo quiero muchísimo a los reporteros, pero sí, algunos se volvieron un poco locos. Era morir de éxito. Mario me decía: «No te lo puedes creer. Entro en un estadio para hacer un reportaje de un partido de fútbol y miles de personas empiezan a corear “¡Caiga quien caiga!” y a aplaudirme a mí». Eso impresiona mucho.

También empezaron a aparecer muchas sanguijuelas alrededor. Nos enterábamos de que había locales organizando «Fiestas Caiga quien caiga» sin tener absolutamente nada que ver con nosotros. Ponían a unos camareros con traje, corbata y gafas y utilizaban nuestro nombre. Son cosas que tiene la televisión. El problema llega cuando alguien acaba creyéndose que él es el gracioso. Ese es el verdadero virus catódico. Y no. De verdad que no. En televisión una sola persona no es nada. Es un tornillo dentro de un coche.

En el libro dices que, para ellos, acabaste convirtiéndote en la enemiga.

Según ellos, sí. Con el tiempo he relativizado mucho todo aquello porque luego he vuelto a hablar con ellos. Wyoming sigue siendo amigo mío y le adoro. Con Tonino también volví a hablar muchos años después. Nos fuimos a comer y empezamos a descubrir cosas que ninguno sabía. Por ejemplo, que había directivos de la productora que nos enfrentaban. A mí me decían: «Tonino ha dicho que contigo no se puede trabajar». Y a ellos les contaban: «Montse no quiere que os suban el sueldo». Fuimos víctimas de esa forma de dividir a la gente para sacar ventaja. Pero yo sí sentí que ya no me querían allí. Aunque, en realidad, no me fui. Me quedé embarazada, cogí la baja por maternidad y, cuando volví, ya no pude regresar a mi puesto.

Leyendo, da la impresión de que todo se precipita con el conflicto alrededor de Arturo Valls. Tú considerabas que estaba haciendo un papel demasiado parecido al de Pablo Carbonell y querías buscarle un perfil distinto, más periodístico. Él ha contado después otra versión, diciendo que le dijiste que era «un jugador de Segunda en un equipo de Primera».

Jamás le diría eso a nadie, y mucho menos si lo veo hundido. Lo que ocurrió fue otra cosa. Cuando me fui de baja por maternidad dejé como director a Edu Arroyo, que hasta entonces era subdirector. Cuando regresé, él quería seguir siendo director. Me dijeron: «No pasa nada. Edu sigue de director y a ti te nombramos productora ejecutiva para poner en marcha el especial de Nochevieja». Pero la realidad era que no querían que volviera.

Lo de Arturo fue el desencadenante. Queríamos reconducir su papel, pero seguiría trabajando con nosotros en la redacción. Entonces se montó una reunión de emergencia en Globomedia. José Miguel Contreras me dijo: «Tú no vas a estar porque quiero que hablen con libertad». Y, cuando terminó la reunión, me comunicaron que yo ya no seguía allí. Algo parecido me pasó años después en 59 segundos. De repente te dicen: «Tú ya no estás aquí».

Es curioso porque José Miguel Contreras, que luego dices que dijo que Caiga quien caiga era un programa de «unos tipos que solo se hacían gracia a sí mismos», terminó atribuyéndose su creación.

Sí. Y no es verdad. Él no estaba. Pero bueno… así también se escribe la historia.

También cuentas que algunos reporteros empezaron a tener determinadas exigencias: hoteles, condiciones especiales… ¿Dónde está la línea entre el divismo y pensar que eres tú quien está generando muchísimo dinero para una empresa y, ya que se lo llevan crudo, que tú estés como es debido?

Claro que esa parte existe, pero yo entonces no lo veía así. Yo lo veía como un equipo que se estaba dejando la piel y pensaba que ese tipo de actitudes perjudicaban al trabajo de todos. Recuerdo un reportero que había escrito un libro y quería que Planeta se lo publicara. Fue a la gala de los Premios Planeta y exigió a las redactoras que llevaban las acreditaciones que le sentaran en la mesa de José Manuel Lara. Pero ellas no decidían dónde se sentaba Lara. Se puso hecho un basilisco. Pensé: «¿Por qué les haces esto?». Y hubo algún caso más parecido. Quizá el éxito nos cegó un poco. No lo sé.

¿Por qué desapareció Caiga quien caiga? En su momento mucha gente estaba convencida de que hubo presiones políticas relacionadas con la guerra de Irak o con el Gobierno.

Los reporteros siempre pensaron que había una mano negra. Incluso hubo quien dijo que el detonante había sido un reportaje dedicado a Ana Botella. Yo ya estaba fuera, así que no puedo hablar de esa etapa. Pero mientras yo estuve dentro el programa era muy caro. Tenía el mejor presentador que podíamos tener, seis reporteros, viajes continuamente, un equipo de guion muy potente, muchísimas horas de edición…

Hicimos cosas que hoy se hacen con un ordenador doméstico, pero entonces eran muy complicadas. Recuerdo que metimos a Juanjo entre Franco y Hitler utilizando un software que aquel mes nos arruinó el presupuesto. Era un programa muy caro y también empezaba a dar algunos síntomas de desgaste. Un formato tan rompedor tiene que reinventarse constantemente. Supongo que fue un poco de todo. Pero, fíjate, años después volvió. No era un programa maldito.

A mí me emociona muchísimo lo que significó para tanta gente. Todavía hoy hay personas que me dicen que era el ritual de los domingos, que lo veían con sus padres. Y yo pienso que todo aquello empezó con nosotros recortando sobres de tila y pegándolos con celo sobre un folio para llevarlos al Congreso. Tampoco éramos precisamente la NASA (risas).

Después tuviste un breve paso por Lo + Plus, pero bastante accidentado, aunque te puedes poner la medalla de incorporar a Joaquín Reyes.

En aquel momento solo hacía La hora chanante, todavía no había dado el salto al gran público. Me he reído tantísimo con él… Recuerdo estar en el control de Canal+ y ser incapaz de mirar las escaletas porque me moría de risa con las tonterías que hacía.

También apostaste por Sonia Villalba, pero no la dejaron trabajar.

Sonia había estado en Emisión imposible y a mí me parecía muy buena. Además, hacía monólogos geniales y era muy, muy divertida. Muy inteligente. Pero no la dejaron. El primer día que intervino en plató ya le pusieron dificultades. Había unas dinámicas muy complicadas dentro del programa y, sinceramente, nunca entendí qué pasaba. No era una rival para nadie; cada uno tenía perfectamente definido su papel. Pero la recibieron muy mal. Duró poquísimo. Enseguida dijeron: «Parece que Ana García-Siñeriz no la acepta, vamos a evitar más problemas». Y se acabó.

Hay otra historia increíble en el libro, el juicio por dar escenas de un cortometraje que había hecho Krahe en los años setenta. Estos días, con todo lo que está pasando en los tribunales, me he acordado mucho de aquello. Si te la quieren buscar, te la encuentran…

Javier Krahe había publicado un disco recopilatorio en la discográfica que montaron él, Sabina, Wyoming y Javier Ríoyo, 18 Chulos. Era un homenaje a toda su trayectoria y venía acompañado de colaboraciones y de algunos cortos. Krahe, Ríoyo y Wyoming fueron invitados al programa. Cada redactora preparaba a uno de los invitados y una de ellas me dijo: «Montse, este disco tiene varios cortos al final que son una barbaridad». Los vimos y aparecía uno en el que desenroscaban un crucifijo, metían el Cristo en el horno con cebolla y patatas y, al tercer día, resucitaba.

Lo primero que pensé fue: «¿Cómo pudieron hacer esto en 1978 o 1979, cuando la democracia estaba todavía en pañales?». Me parecía interesante preguntar cómo había sido posible rodarlo entonces y por qué no había tenido consecuencias. Así de inocente fue todo. Ni siquiera emitimos el corto a pantalla completa. Lo dejamos en un monitor pequeño, sin sonido, precisamente porque sabíamos que había personas muy sensibles a los temas religiosos. Krahe explicó cómo lo había rodado en Super-8 y ahí terminó la entrevista. O eso creíamos.

Por la tarde ya empezaron a llegar algunas llamadas. Al día siguiente bloquearon la centralita de Canal+ y también el servidor del correo electrónico con miles de mensajes idénticos que decían: «Por escarnio a los sentimientos religiosos procedo a darme de baja de Canal+ en este mismo momento». Pensé: «Madre mía, la que se está montando por una simple pregunta».

Y entonces empezaron a pasar cosas cada vez más surrealistas. En México se prohibió a los colegios comprar libros de Santillana, que pertenecía al Grupo Prisa. Yo decía: «¿Qué tiene que ver esto con unos colegios mexicanos?». La Fundación Tomás Moro presentó una querella contra Krahe y contra mí como directora del programa. Un juzgado la archivó, la Audiencia Provincial la reabrió, volvió a archivarse… y volvió a abrirse… Así durante siete años, hasta que finalmente nos absolvieron.

Lo mejor fue descubrir cómo funcionaba todo aquello. Entrabas en la página de la Fundación Tomás Moro y lo primero que aparecía era un botón enorme: «Done. Defienda el cristianismo con nosotros». Y pensé: «A ver si la clave va a ser esta». Porque nosotros íbamos a declarar y allí no aparecía nadie. Nadie. No les interesaba saber qué había ocurrido realmente. Mientras tanto hacían muchísimo ruido en algunos medios y seguían recaudando dinero y recaudando dinero que… ¿adónde iba? A nuestro juicio no fue.

Y, además, algunos medios emitían precisamente aquello por lo que os estaban denunciando.

Claro. En Intereconomía hablaban todos los días del asunto y emitían el corto entero, con sonido y todo. Y yo pensaba: «Pero si nosotros no hicimos eso. Precisamente por eso estamos sentados aquí». Canal+ me asignó un abogado que me repetía continuamente: «No te preocupes, esto no es nada». Hasta que un día recibí una notificación de embargo sobre mi vivienda para responder a la fianza. Entonces comprendí que aquello iba completamente en serio. Fue cuando llamé a Endika Zulueta, que entonces era abogado del 15-M. Él asumió mi defensa y buscó a un teólogo que explicó que allí no había blasfemia porque no existía intención de ofender y porque, además, se trataba de una obra de ficción.

Ese delito de ofensa a los sentimientos religiosos deja muy desprotegido al acusado. Basta con que alguien diga que se ha sentido ofendido.

Exactamente. Ojalá desaparezca. No tiene mucho sentido. Además, el propio tipo penal habla de escarnio. Una cosa es insultar a una comunidad religiosa y otra muy distinta hacer una pregunta sobre una obra artística. A nosotros nos podían haber arruinado perfectamente. Da igual que no hubiera intención de ofender. Si quieren buscarte la ruina, te la pueden buscar.

¿Sentiste el apoyo de la profesión?

Muy poco. El día del juicio definitivo había muchísima gente apoyando a Krahe: actores, músicos… Estaban Leo Bassi, Miguel Ríos y mucha más gente. Pero yo estaba bastante sola. Y eso me dolió. Hace poco quisieron imputar a Quequé por un chiste sobre el Valle de los Caídos y lo primero que hice fue llamarle. Le dije: «Tío, aquí estoy para lo que necesites». Porque yo eché muchísimo de menos que alguien hiciera eso conmigo. Cada vez que veía a Krahe le decía: «Lo siento». Y me respondía: «¿Pero por qué lo sientes?». Él llevaba todo aquello con mucha más serenidad que yo. A mí me llegó a asustar muchísimo. Por suerte, al final llegó la sentencia absolutoria.

Después volviste a Globomedia. En el libro cuentas una escena que parece sacada de Mad Men: tú y una compañera embarazada esperando una reunión mientras tus jefes ven tranquilamente un partido.

Fue un poco más fuerte que eso. Nos convocaron a una reunión en La Sexta. Estábamos Lucía Herranz, que dirigía 59 segundos, y yo, que estaba preparando Sexto sentido. Nos hicieron esperar más de media hora porque Ferreras y Contreras estaban viendo un partido de baloncesto. Lucía estaba embarazada de ocho meses y yo solté: «Tenemos muchísimo trabajo y llevamos aquí media hora viendo a tíos en gallumbos». Entonces Contreras me dijo, de broma: «Las mujeres no asumís el lugar inferior que os corresponde por vuestra condición». Y yo le contesté: «Pues ya que estamos, me agacho y te la chupo». ¡Me salió la vena minera! Ferreras se quedó blanco. Lucía me dijo por lo bajo: «Te has pasado». Pero yo siempre he tenido amigos muy punkis y entre nosotros esas barbaridades eran una forma de responder al machismo. Me habría parecido mucho peor insultarle de otra manera.

Da la sensación de que ese desencuentro anticipa lo que luego cuentas sobre 59 segundos, cuando dices que fueron los peores años de tu vida.

Sí. La salida fue muy dura. Cuando volví de Canal+ me encargaron 59 segundos. En ese momento nació La Sexta y decidieron que hacía falta una mujer para presentar el programa. Hicimos un casting, estábamos en ello, pero nos llamaron para decirnos que iba a venir la novia de Ferreras. Lucía, que era listísima, me dijo: «Ya tenemos presentadora». Yo dije que por encima de mi cadáver. Y apareció la novia de Ferreras, Ana Pastor. Yo llevaba muchos años fuera de la SER y ni siquiera sabía quién era. Lo primero que me llamó la atención fue el nivel de agresividad con el que trató a la maquilladora y al equipo. Me resultó muy dura en las formas y en todo.

En Globomedia teníamos una costumbre que a mí me encantaba: cada mañana nos reuníamos todos los directores de programas para comentar proyectos y necesidades. Vimos el casting y todos coincidimos en que nos gustaban más otras candidatas. Recuerdo que estábamos entre Sandra Sabatés y Sonsoles Ónega. Era una conversación interna, sin más. Ya teníamos a dos que podían estar, pero nos dijeron que no había nada que discutir. Que la decisión ya estaba tomada, se le iba a hacer una segunda prueba a Ana Pastor.

Le cambiaron la imagen, le cortaron el pelo… Y a mí me llamó Contreras a su despacho para decirme: «Va a ser Ana Pastor. Y además te va a sustituir a ti también. Tú estás fuera». Me mandaron a Sexto sentido, un programa que ya estaba prácticamente hecho. Yo creo que simplemente querían quitarme de en medio.

Y ahí empezó una pesadilla total. Estábamos justo enfrente de los informativos de La Sexta y me llamaban continuamente al despacho de Ferreras o de Contreras para echarme broncas. Me hacían sentir como una inepta. Una vez me dijeron: «¿Quién te crees que eres para decir que Batasuna hace ruedas de prensa sin preguntas? La próxima vez pides permiso antes de comentarlo». Yo pensaba: «¿Pero qué está pasando? Llevo décadas trabajando y nunca me había ocurrido nada parecido».

Recuerdo entrar un día en el despacho de Ferreras. Estaba con los pies encima de la mesa hablando por teléfono y le oí decir: «Quien se mete con mi familia lo paga muy caro». Me quedé pensando quién sería esa persona de la que hablaba, qué le habría hecho. Mucho tiempo después entendí que hablaba de mí. Todo venía porque, después de todo lo que pasó en ese casting, yo había comentado que, si Ana Pastor iba a ser la elegida desde el principio, para ese viaje no hacían falta tantas alforjas. Es decir, no hacía falta montar un casting y hacer perder el tiempo a tanta gente. A ella le llegó que yo había intentado vetarla y hundirle la carrera. Nunca fue mi intención.

En el libro también cuentas que descubriste hasta qué punto funcionaban determinadas prácticas dentro de las productoras. Incluso llegaste a ver presupuestos donde aparecía que tu sueldo multiplicaba varias veces lo que realmente cobrabas.

Sí. Y no era una pequeña diferencia. Yo cobraba unos tres mil euros al mes y en el presupuesto que pude ver figuraba que cobraba doce mil euros… a la semana. Me lo enseñó un ejecutivo de Telecinco muy enfadado porque quería que trabajara directamente para él y yo lo rechacé. Me dijo: «¡Que te están engañando! ¡Mira lo que ponen que cobras!». Fue un golpe muy duro.

También hablas de productores que obligaban a firmar renuncias a los derechos de autor o que intentaban apropiarse de ideas ajenas. Pones el ejemplo de Álex Pina y La casa de papel.

Sí. Yo ya sabía que había ejecutivos que no iban a soportar ver a Álex recogiendo un Emmy por La casa de papel. Había una tendencia a pensar que, si una idea había nacido mientras trabajabas para una empresa, automáticamente les pertenecía. Eso ocurrió muchas veces.

En el fondo hablas de pequeños latrocinios cotidianos, quedarse con lo que pertenece al trabajador. O productores, pones en el libro, que decoraban su casa con los electrodomésticos que salían en una serie…

O no pagar taxi a los trabajadores para que vuelvan a casa desde los estudios, que están lejísimos, y luego ellos irse de cena a cargo de la empresa. Llámalo corrupción o como quieras. Durante muchos años las productoras acumularon muchísimo poder. Además, tejen una red de contactos. Si yo mañana tengo una idea para un programa, no me van a recibir en una cadena, empezando por ahí. Ellos controlaban ese acceso, tenían prioridad para presentar las cosas. Creo que es una forma de corrupción. A los profesionales ni siquiera les dan la oportunidad, no admiten proyectos de fuera. Era un mundo bastante cerrado.

Y en lo laboral había compañeros que llevaban catorce años con contratos por obra y ni siquiera sabían que legalmente ya tenían que ser fijos. Pero es que todo funcionaba de una manera muy informal. Entrabas en el despacho del jefe y le decías: «Oye, que ya llevo muchos años aquí». Y te respondían: «Sí, sí, ya hablaremos». Así no consigues nada. O haces las cosas de forma colectiva, con un comité de empresa constituido legalmente, o de uno en uno no eres nadie.

De hecho, cuando empezaron los despidos, por fin creamos el comité. Estábamos en plena crisis y, más que miedo, lo que había era indignación. Primero nos habían bajado muchísimo el sueldo. Recuerdo que uno de los jefes me dijo: «Montse, tenemos que bajarnos el sueldo porque, si no, va a haber despidos». Y yo pensé: «Bueno, si hay que apretarse el cinturón para evitar que echen a gente…». Qué ingenua fui. Nos bajaron el sueldo y hubo despidos igualmente.

Pero lo que descubrimos después fue que en realidad estaban adelgazando la empresa para venderla. Cuanto menos personal y menos costes, más fácil era colocarla. No estaban perdiendo dinero. Eso lo supimos porque desde el comité accedes a las cuentas de la empresa. Nunca hubo pérdidas en Globomedia. Ni un solo año. Era mentira. Yo conocí a algún dueño de la empresa que vivía en un piso de alquiler de setenta metros y hoy tiene una mansión en Soto de Viñuelas. Es así de triste y de voraz. Luego te cogen por el hombro y te dicen: «Montse, tú vales mucho». Sí, claro.

¿Y no teníais comité de empresa siendo más de cincuenta trabajadores?

No. Nunca lo habíamos creado porque nos habían vendido la idea de que éramos una gran familia. ¿Para qué íbamos a sindicarnos? Yo misma había entrado muchas veces en el despacho de un jefe para decirle: «Oye, este compañero lleva muchos años aquí, trabaja muy bien, hazlo fijo». Era todo en plan de colegas. Pero la vida no funciona así. Trampeaban muchísimo.

¿Qué cambió cuando se constituyó el comité?

Cambió todo. Se hicieron fijos a trabajadores que tenían que haberlo sido mucho antes. Se implantó el registro horario porque era obligatorio. Se empezaron a contabilizar las horas extra y hubo que pagarlas. También conseguimos que se respetaran cosas tan básicas como el derecho a la comida. Si tú derivas a un trabajador a Telecinco, a TVE o adonde sea, da igual: tiene derecho a comer porque así lo dice el convenio.

La gente estaba muy contenta porque empezaron a respetarse derechos que ya existían y que simplemente no se estaban cumpliendo. Eso no impide que pueda haber despidos si la empresa quiere despedir. Pero al menos dejas de estar completamente indefenso. Hay que unirse, porque este oficio es maravilloso. No se me ocurre nada mejor a lo que dedicarle tantas horas y tantos años de mi vida, pero no basta con que a ti te vaya bien. Yo he tenido épocas en las que estaba muy bien considerada y muy bien pagada. ¿Y de qué sirve eso si al compañero que tienes al lado lo están machacando? No puede ser.

Siempre se ha dicho que los guionistas eran los auténticos privilegiados de la televisión, pedían, por ejemplo, más vacaciones porque ellos eran «el verdadero talento», pero yo creo que quienes de verdad acumulaban poder eran los productores. Además, era el único puesto para el que no se exigía una formación concreta. Ahí sí podía haber muchísimo nepotismo. Pero, vamos, tampoco quiero dar la impresión de que todo era horrible. Tengo amigos maravillosos que son productores, guionistas o realizadores. Lo que más he visto en esta profesión ha sido entusiasmo y amor por el oficio. Muchísimo más de eso que de lo negativo.

Me ha sorprendido de tu historial lo que se ha quedado en el cajón y nadie ha emitido, como un documental sobre los ministros del Interior que lucharon contra ETA.

Ahí había material maravilloso, pero los del PP dijeron que a la productora de El Intermedio ni agua y no intervinieron. No tenía mucho sentido sacar solo a los de un partido. Estaban Asunción, Rubalcaba, Belloch, Alonso, Barrionuevo, Corcuera… contaban cosas impresionantes. Asunción contó que vio con sus propios ojos cómo en una cárcel los etarras tiraban la comida al suelo, con desprecio, porque en realidad tenían toda la que les traían los de su entorno. Entonces, el ministro, que era director general de Instituciones Penitenciarias, dijo que eso no podía ser y ahí empezó la dispersión. Es una pena que todo ese material se fuera al cajón.

¿El PP presionaba así contra El Intermedio, negándose a participar en todo?

Creo que en el fondo, en este caso, la cuestión que sobrevolaba eran los atentados del 11-M. Creo que no querían ser preguntados por eso. Pero lo intuyo, no me lo han dicho.

Después de todo ese recorrido que has relatado terminas entrando en El Intermedio como redactora. Mucha gente no habría aceptado ese paso atrás.

No me quedaba otra, llevaba tiempo defenestrada. Cuando salí de Sexto sentido, José Miguel Contreras me dijo que yo era «una vieja inútil, que ya no servía para nada» y que en los últimos años «no había hecho más que mierda». Como me puse a llorar, me dijo: «¿Y si estás enferma? Vete al médico».

Y lo peor es que me lo creí. Pensé de verdad que ya no servía para este oficio. Perdí completamente la autoestima. Me dijo también: «Ya tienes edad para irte a poner vinos al bar de tu padre». Tenía el sueldo reducido a la mitad, hasta que un día me dijeron que había una vacante en El Intermedio y entré directa. Otra vez tuve suerte, es el mejor equipo con el que he trabajado nunca. Llevan veinte años en antena. Eso es un milagro.

Yo los llamo «mis niños», porque soy bastante mayor que casi todos ellos. Cuando llegué, le dije a Wyoming: «Me dijiste que había diferencia de edad, pero esto no es una brecha generacional. Esto es una fosa abisal». Pero gracias a eso he aprendido muchísimo con ellos y he sido muy feliz hasta que me he jubilado.

Empezábamos hablando de si la televisión está muerta. Después de toda una vida dentro del medio, ¿dónde ves tú la posible salvación de la televisión y también de la dignidad de quienes trabajan en ella?

Creo que la clave está en los espectadores. Me gustaría que fueran mucho más exigentes. Que no aceptaran cualquier cosa. Recuerdo un programa en el que ponían a prueba la fidelidad de las parejas. Tenía un amigo guionista allí y todo consistía en fabricar conflictos, provocar situaciones falsas para que pareciera lo que no era y generar discusiones. Eso no puede ser.

La televisión tiene que volver a cuidar la imagen, el rigor y, sobre todo en los informativos, la responsabilidad. No puede haber programas cuyo nivel sea inferior al de una función de fin de curso. Las televisiones manejan muchísimo dinero. Hay gente que se ha hecho multimillonaria gracias a ella. Tienen un privilegio enorme porque poseen una licencia pública y los privilegios llevan aparejada una responsabilidad social.

Montse Fernández Villa para Jot Down

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