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Somos amigos de mierda

Dos hombres contemplan la luna, de Caspar David Friedrich. amigos amistad
Dos hombres contemplan la luna, de Caspar David Friedrich.

Las normas en las relaciones románticas están medio claras. No tienen por qué estarlo, pero culturalmente se aceptan, así que, como ya hablamos de eso hace un tiempo, no insistiré en ello. La cuestión es que las convenciones alrededor de un vínculo delimitan la naturaleza de este y permiten anclarlo en su bidireccionalidad. Sean más o menos acertadas o discutibles, las pautas, acciones y reciprocidades que se le imputan a cada tipo de relación nos permiten saber cómo valorarla, o, al menos, si queremos valorarla de esa manera. De ahí que le mencione los vínculos románticos: en la mayoría de sociedades occidentales, entendemos, por ejemplo, que las parejas deben hablar todos los días (no digo que no haya excepciones; solo que es la tendencia general) y que, si una madre tiene a una hija enferma en tal sitio (uso el femenino para este caso con total intencionalidad), debe ir a cuidarla. Que no se cumplan estos elementos en algún caso no quiere decir que haya que meterle fuego a la parte faltante, pero sí que suscitaría fruncimientos de ceño. «—¿Qué tal está tu mujer? —No sé, hace un par de días que no hablo con ella». «—Oye, ¿y cómo hace tu hija para ducharse con la pierna escayolada si vive sola? —Ah, pues no lo había pensado. La próxima vez se lo pregunto». Estoy exagerando, pero ya ve usted por dónde voy.

Ahora bien: ¿qué hay de la amistad? ¿Qué define a un amigo? Recuerdo que, de pequeño, escuché a un hombre mayor que yo (catorce años tenía, pero, cuando tienes doce, es edad suficiente para imputarle toda la sabiduría de la edad) decir que solo tenía dos amigos, y que los demás eran «colegas». Terminología aparte, la distinción es interesante, y no he parado de encontrármela. Puede variar entre que aquel es más amigo que aquel otro, o que este es «amigo íntimo» mientras que ese es «amigo de la infancia», o que no sé quién es «un hermano» y no sé cuál es «un tío estupendo» (poca gente dice ya «estupendo»), pero la fórmula es la misma. Se sigue, por tanto, que la amistad, a diferencia de casi cualquier otro constructo socioafectivo, admite un abanico que no solamente no se ha reducido, sino que es cada vez más amplio y difuso. Y este, parafraseando a Shakespeare, es el marrón.

No estoy aquí para darle a usted una sistematización de la amistad. Es probable que ya tenga la suya, y si no, quizá le pase como al juez Stewart con la pornografía: que no puede definirla, pero la reconoce cuando la ve. En caso contrario, sepa que existen muchas formas de cuantificar este constructo, incluyendo varias escalas que los psicólogos y sociólogos han usado hasta aburrirse (Bukowski, Hoza y Boivin, 1994; Romero Iribas y Camilli Trujillo, 2023). A lo que yo vengo es a exponer algo que siempre me ha intrigado, que desde hace un tiempo me desconcierta, y que hoy en día me fascina: la escasísima importancia que conferimos socialmente a la amistad.

Y cuidado: no digo que no valoremos la amistad como constructo ni que no queramos a nuestros amigos. Me refiero a que su relevancia es, ante todo, puramente subjetiva (para algunos, los amigos tienen más saliencia que para otros), a que su definición es totalmente porosa (para algunos, el criterio discriminativo es el afecto, mientras que para otros es lo bien que se compenetren) y a que los comportamientos asociados no están claros y, como sociedad, no hemos hecho el menor esfuerzo en esclarecerlos. Al menos, así era hasta anteayer por la tarde, cuando hasta el más eremita se dio cuenta de que nos arrolla una «epidemia de soledad». Sobre su existencia encontramos varios estudios (Snell, 2017; King, 2018; Thomas, 2024), pero sobre su naturaleza y su relación con la amistad conviene preguntarse un par de cosas:

¿A qué se debe este aumento mundial sin precedentes de la soledad, los suicidios y el uso de opioides en los últimos años? Si bien intervienen múltiples factores en cada una de estas epidemias conductuales y es difícil demostrar una causalidad directa, hay un denominador común muy probable entre la anomia social y la desconexión resultante del vertiginoso aumento de la tecnología, las redes sociales, la globalización y la polarización de las sociedades. Y aunque la tecnología y la globalización han aumentado nuestra calidad de vida en muchos sentidos, también han dinamitado las conexiones sociales tradicionales. (Jeste et al, 2020, p. 554, traducción mía).

Claro está que las «conexiones sociales tradicionales» no eran inherentemente positivas, y ni siquiera tenían tanto que ver con la amistad en términos definitorios como conductuales. Para empezar, hace muy poco que las amistades han dejado de entender de fronteras. Y no pretendo ponerme ñoño, sino establecer que, hace cien años, para tener a un amigo en otro país, era precisa mucha dedicación, esfuerzo y una nutrida correspondencia. Lo más frecuente, en realidad, era que uno conociera a tal persona en otro país, que pensara en ella con cariño y que, en algún momento, en caso de volverse a encontrar, ambos pudieran celebrarlo. Hoy en día la cosa es diferente, e incluso cabría postular que diametralmente contraria. Factores derivados del tardocapitalismo y nuestros modelos de producción han tenido consecuencias tales como el aumento desproporcionado del precio de la vivienda, la saturación de ciertos mercados, la hiperespecialización laboral y la concentración de centros formativos en determinados puntos del globo. En respuesta, muchas de las relaciones que uno forja en las etapas primeras de su vida se ven sujetas a una separación física en algún momento o durante algún periodo de tiempo. Para contrarrestar esto, contamos con multitud de métodos que, en teoría, nos permitirían mantener la relación casi intacta: teléfono, videollamadas, mensajería instantánea, plataformas compartidas donde se pueden ver películas o series de televisión a la vez, etc. No obstante, y de forma contraintuitiva, parece ser que el fenómeno es a menudo el contrario: quienes se separan del contexto que los unía tienden a continuar separándose por sí mismos.

En los últimos años, ha aumentado el reconocimiento de la epidemia de soledad y su profundo impacto tanto en la salud mental como en el bienestar social en las sociedades modernas. El fenómeno de la soledad trasciende las barreras geográficas, afectando a individuos a través de diversos grupos de edad y contextos socioeconómicos y culturales. La soledad no es una simple emoción transitoria, sino un asunto social recidivante y complejo con un amplio alcance en personas, comunidades y sociedades en general. (Kehinde, 2024, p. 1, traducción mía).

Y yo me pregunto: ¿cómo es posible que, en una era que, en teoría, favorece el contacto casi continuo entre personas, la sensación de soledad y escasez de amistades no pare de crecer? Postulo, en primer lugar, algo que no sorprenderá a nadie, y es el cansancio. El ritmo de vida que llevamos es poco proclive a hacer más esfuerzos de los que ya se nos piden. Si tenemos que pasar tanto tiempo en el autobús, o en el metro, o en el coche, para ir y volver del trabajo, si tenemos que pringar ocho horas, si tenemos que dedicar tiempo a nuestras obligaciones, si hemos de atender cuestiones básicas como hacer la compra o cocinar, y si, en nuestro día libre, tenemos que aprovechar para poner lavadoras, tender, limpiar la casa, ir a ver a los abuelos o a los padres o a los tíos de Murcia, quedamos tan exhaustos que nos cuesta hacernos cargo de casi ninguna otra cosa. Dicho de otra manera: la sociedad en la que vivimos no está pensada para que tengamos amigos. Podemos tenerlos cuando el contexto lo favorece: cuando vamos a clase juntos, cuando somos compañeros de trabajo, o cosas así. Pero cuando la escuela acaba y cada cual se busca la vida o cuando uno cambia de trabajo, entonces el verse, el compartir tiempo, el permanecer en la vida del otro, requiere dedicación, compromiso y responsabilidad.

Aquí se plantea una bifurcación: ¿es que ahora carecemos de esas cualidades, y por eso antes las amistades eran más duraderas y susceptibles de mantenerse en el tiempo, o es que siempre hemos carecido de esas cualidades, pero no se ha hecho notar hasta ahora, cuando lo natural es que la vida nos vaya alejando a todos y nos sobrecargue de labores que nos succionan la energía? Pues, en opinión del que aquí escribe, un poco de las dos. Por una parte, los niveles de estrés, burnout, ansiedad y sobreestimulación con los que vivimos hoy en día no tienen precedentes (hasta donde consta); pero, por otra, nuestra capacidad y, sobre todo, nuestro deseo de sobreponernos a todo ello han disminuido de manera proporcional al aumento de las nuevas tecnologías y el auge de la sociedad de la inmediatez. Quizá por eso pueda detectarse desde hace mucho la indeterminación de lo que significa «ser un amigo»: porque, socialmente, no hemos tenido ni el contexto favorable para hacerlo ni las ganas de darle más vueltas de la cuenta. En un estudio publicado en la revista de sociología Papers, que, a su vez, tomaba como referencia una encuesta realizada en 1992 por el Departamento de Sociología de la Universidad de Málaga, leemos:

Nos basamos en la idea de que la «amistad» no puede ser definida unívocamente, sino que lo único que todos los individuos reconocen es el término (el sonido o la grafía) amistad. Esto permite que cada cual piense lo que quiera sobre tal término (es decir, el significado es muy personal) y al mismo tiempo haya acuerdo sobre el mismo (el significante es lo completamente colectivo). Sin duda, la definición del concepto de amistad resulta un problema. (Requena Santos, 1998, p. 236)

Tal vez ese sea el quid de la cuestión: que «la definición del concepto de amistad resulta un problema». ¿Por qué iba a ser un problema? ¿Qué tiene de problemático o amenazante? Varias cosas, en realidad. Y prepárese, porque aquí entra el pesimismo antropológico.

El ser humano es perezoso. Yo diría que siempre lo ha sido, pero eso implicaría remontarme hasta vaya usted a saber dónde y, sobre todo, a establecer mediciones de la pereza, y, si le digo la verdad, me importa un bledo. Nada de malo tiene no querer molestarse más de la cuenta. Lo que sí es profundamente perjudicial es el rasero que marca el «más de la cuenta». ¿Recuerda los ejemplos de los que le he hablado al principio de este artículo y que correspondían a las relaciones románticas y maternofiliales, respectivamente? Dígame: ¿se espera de dos amigos que hablen todos los días, como las parejas? Yo diría que no, aunque ocurre, sobre todo durante ciertas etapas. Pero, en cualquier caso, no parece un requisito. Ahora bien: ¿se espera de dos amigos que hablen todas las semanas? Aquí la cosa se enturbia, y dependerá de a quién le pregunte usted. Muchos entendemos como parte de la amistad la presencia continuada de la otra persona en nuestras vidas. Definir esa presencia o la manera de articularla es otra cuestión, pero una semana completa, disponiendo de la tecnología de la que disponemos, parece un tiempo extenso para no tener contacto con un amigo. Pero de acuerdo: asumamos que una semana es aceptable. ¿Y un mes? ¿Dos amigos deben hablar al menos una vez al mes? Aquí empieza a haber un cuello de botella mayoritario a favor de que sí, un mes es un lapso demasiado extenso como para no saber nada de un amigo. Podríamos seguir, pero imagino que se entiende lo que pretendo señalar.

Vamos con el otro ejemplo: si un amigo está enfermo, ¿se espera de otro amigo que vaya a cuidarlo? La respuesta que la sociedad ha hecho natural es: depende. Depende de si no tiene a nadie más que lo cuide, por ejemplo. Depende de si su dolencia es incapacitante, depende de si su incapacidad es prolongada en el tiempo, depende de si hemos estado antes en su casa, depende de si tenemos muchas cosas que hacer. Depende, depende, depende. Da la sensación de que la variable dependiente es casi siempre la amistad y sus muestras, mientras que la individualidad es independiente en casi cualquier contexto. Supongo que es natural, por aquello de la cultura del capitalismo, el beneficio propio y demás, pero la cuestión no acaba ahí.

Verá: el propio concepto de la amistad parece relegado en sociedad a un estrato de menor significación que otros vínculos. De nuevo, voy a ponerme melodramático para ilustrar a qué me refiero: si se encuentra usted en la desagradable situación de que alguien va a pegarle un tiro a usted o a su pareja romántica, y recae sobre usted la decisión de quién recibirá la bala, ¿cuál sería su respuesta? ¿Preferiría morir para salvar a su pareja, o le dedicaría un encogimiento de hombros porque «cariño, el autocuidado es lo primero»? No hace falta que me conteste, porque la realidad es que, independientemente de lo que usted hiciera (o de lo que crea que haría), es totalmente inaceptable en sociedad que, si le hacen esta pregunta, responda que preferiría salvarse usted y que muriera su pareja. No es que no puedan esgrimirse argumentos fútiles, como el instinto de supervivencia y blablablá, sino que, simplemente, es inadmisible. Tal desfachatez le catalogaría a usted como alguien indeseable e indigno de cualquier confianza amorosa (por no mencionar que tiene casi garantizado un billete de ida a paseo por parte de su pareja). Lo mismo con la prole: si tiene usted la oportunidad de morir por salvar a su hijo o hija o hije, por la cuenta que le trae, diga que lo haría sin pensárselo dos veces.

Pero ¿y si la decisión está entre usted y un amigo? Vuelvo a lo mismo: no digo que las personas no puedan sacrificarse por sus amigos, sino que, inmediatamente, la naturaleza del dilema cambia de tercio, y ya habría que especificar mucho, como qué amigo es, como si tiene hijos, como si los tiene usted, como si se conocen desde hace mucho o si, por el contrario, hace años que no hablan, como si tal, como si cual. Los otros dos casos no exigen estas consideraciones, pero la amistad sí. De hecho, si usted dice que no moriría por tal amigo, quizá se granjee cierta censura por parte del grupo ante el que lo diga, o quizá, y esto es lo más triste, no pase nada. Porque lo cierto es que, en un sentido puramente cultural, querer tanto a un amigo como para protegerlo a costa de uno mismo es algo encomiable, pero nada que se asuma como necesario o inherente al vínculo.

Puede que todo esto tenga algo que ver con aquello de la epidemia de la soledad. Y ¿sabe qué?: creo que el mundo sería un lugar mucho mejor si entendiésemos la amistad como algo más parecido al amor romántico. No me refiero, claro, a su expresión física ni a las maripositas en el estómago; me refiero al estatus de consideración, respeto, amor e intimidad. Para ser justos, existen amistades así: personas que crecen una como reflejo sinérgico de la otra, que se nutren, se cuidan y se quieren como parte de sus propias vidas. De hecho, «las mejores amistades y las relaciones románticas presentan muchas similitudes» (Camirand y Poulin, 2022, p. 328, traducción mía), y no es casualidad. Las relaciones románticas se basan, entre otras cosas, en la presencia, el cuidado, el afecto y la responsabilidad. Pero fíjese que de la responsabilidad emana casi todo.

El espíritu imperante, y reforzado por la autoayuda de gasolinera, es el de que ser responsable de algo es una carga, y que cuanto más libres seamos, mejor. De alguna manera, hemos convertido la responsabilidad afectiva, que es lo que podía vacunarnos contra la soledad no elegida, la alienación y el aislamiento, en algo de lo que huir. En el amor romántico todavía no está tan bien visto no saber en qué anda su pareja, si tiene problemas o atribulaciones, pero todo se andará. En la amistad, sin embargo, es poco menos que algo favorecido y reforzado. La idea de que, si tal amigo necesita algo, ya vendrá y me lo dirá, es sumamente problemática. Primero, porque no es así, ya que no suele enseñársenos a pedir ayuda, y mucho menos a mostrarnos necesitados de la misma. Segundo, porque, si tal amigo viene a pedir ayuda, corre el riesgo de que el otro lo considere una molestia, un incordio, o que tenga que abrir la agenda para ver si tiene un hueco para atenderlo el martes del mes que viene. Y tercero, porque es terrorífico que, en la era en que para saber cómo está alguien bastan los quince segundos que toma enviar un mensaje por teléfono, tenga que venir por narices el que tiene problemas. (Cuidado: debemos aprender a pedir ayuda y nada malo hay en que sea uno mismo el que lo haga; lo que digo es que la mentalidad de no interesarnos por quienes nos rodean basándonos en eso es venenosa).

A eso me refiero con lo de la responsabilidad: a que se nos ha inculcado (y nos hemos inculcado a nosotros mismos) que debemos ser responsables ante nuestra pareja, ante nuestros padres y ante Hacienda, no necesariamente en ese orden, pero no así con un amigo. En Psicoterapia existencial (1980), el psicoterapeuta Irvin D. Yalom (1931–) escribe:

La responsabilidad tiene numerosas connotaciones. Decimos que una persona es «responsable» cuando se puede confiar y depender de ella. «Responsabilidad» significa también que se puede contar con alguien desde el punto de vista legal, financiero o moral. […] La responsabilidad implica ser el autor de algo. Y ser consciente de ella es darse cuenta de que uno está creando el propio destino, el propio ser, su predicamento vital, sus sentimientos y, en algunos casos, el propio sufrimiento. (Yalom, 2022, p. 266)

La consciencia de la responsabilidad que tenemos como seres en el mundo consiste en saber que esta no se debe a que hayamos firmado tal o cual contrato o a que nos sean exigibles tales o cuales cuidados ante el tribunal de la amistad, sino al impacto que podemos tener sobre otras personas. A nadie se le ocurre decir: Bueno, si mi padre o mi madre o mi abuelo o mi abuela quieren verme, ya vendrán y me lo dirán. Se entiende que el mantenimiento de dicha relación es la expresión conductual del afecto que se les tiene. Y digo yo: ¿cómo es que no existe lo análogo en la amistad? Reitero que no me refiero a que no se dé en ningún lugar del planeta, sino a que no es la norma con la que se nos cría.

La leche, el propio Aristóteles dedica varias secciones de su Ética a Nicómaco a hablar de la amistad, y dice:

Asimismo, el virtuoso hará todo lo que esté en su mano por sus amigos […]. De hecho, eso es lo que lleva a los hombres generosos a sacrificar su vida cuando es preciso, pues aspiran solo a lo más noble y digno. Renuncian de buen grado a su fortuna si su ruina puede salvar a los amigos, y reservando las riquezas a los otros obtienen honor, que es un bien inmensamente más precioso. Lo mismo hacen con las distinciones y los cargos, que gustosamente ceden al amigo, porque a sus ojos la generosidad es más noble y admirable. (Aristóteles, 2025, p. 77)

En un mundo en el que da la sensación de que apenas tenemos tiempo para respirar, donde se dispensan ansiolíticos como caramelos, donde el vacío existencial y el horror cósmico nos esperan detrás de la puerta con la escopeta cargada, y donde el odio a más colectivos de los que puedo contar es la norma, ¿no valdría la pena reconsiderar —un poquito, no pido más— lo que es ser un amigo?

En tanto que relación que busca ser auténtica —basada en la búsqueda del bien del otro por sí mismo—, la amistad representa una vía para perfeccionar el carácter de los individuos y, con él, avanzar en el florecimiento de las sociedades, superando el fracaso de los proyectos políticos y sociales del liberalismo individualista y los colectivismos modernos. (Espinosa Zárate et al., 2023, p. 145)

Propongo, por ejemplo, retomar la analogía entre la amistad y el amor romántico. Llámeme cursi, pero el fenómeno de querer a otra persona es algo hermoso. Luego puede ser la perdición del más pintado, faltaría más, y con las formas en que se nos enseña a gestionarlo, más todavía, pero el sentimiento de amar a otro como tal es algo que conviene atesorar. Pero hay otra cara de esa moneda: el que nos amen es también algo que merece cuidado y respeto. Las formas en que se articulen ese cuidado y ese respeto son, como ya hemos visto, numerosas, y no soy yo quién para decir cuáles deben ser. Esto queda a criterio de cada cual. Con todo, sí que cabe aventurar un par de pautas medio sencillas, como, por ejemplo, cierta reciprocidad, ya que «si el equilibrio de la relación [de amistad] se rompe por un aminoramiento de las conductas de mantenimiento, podemos predecir que dicha relación se verá deteriorada en su estatus, o incluso terminará» (Oswald et al. 2004, p. 414, traducción mía). Y digo «cierta reciprocidad» porque parece bastante claro que ninguna relación es del todo simétrica. Puede que eso sea incluso algo positivo. Las dinámicas también tienen sus formas de amoldarse.

Sin embargo, cuídese de confundir el amoldarse con el egoísmo. Es hoy muy habitual escuchar aquello de «Se me da fatal estar pendiente de tal aplicación de mensajería instantánea». Perfecto, no tiene usted ninguna obligación de hacerlo. Pero de ahí a eyectarse del cuidado o la presencia en la vida de otra persona hay un trecho. Puede llamar. Puede escribir e-mails. Puede escribir cartas. Puede hacer un millón de cosas que solventan el falso refugio de «mi salud mental es lo primero».

Porque esa es otra. Todos sabemos que, a lo largo de la historia de la humanidad, la salud mental ha tenido una consideración parecida a la de las fístulas anales: quien tuviera algún problema en ese ámbito, mejor hacía en callárselo. Tener estrés postraumático después de una guerra era debilidad de carácter, padecer depresión era una excusa para parapetarse tras la tristeza que sufrimos todos, y los cuadros alucinatorios eran prueba de un don chamánico o motivo de encierro inmediato, según el siglo y el lugar en el que le pillase. Con el tiempo, ciertos estudios se llevaron a cabo, una cosa condujo a la otra y nos encontramos con el panorama de hoy, donde la ansiedad es motivo de baja laboral remunerada. Perfecto. Lo digo sin ningún tipo de sarcasmo. Es un auténtico avance.

Pero entonces el ser humano hace de las suyas y convierte lo que es un constructo de capital importancia, como la salud mental, en la justificación más lamentable del egoísmo e incluso de la cobardía. Así, si estamos estresados con tal cosa, eso nos habilita para no dedicar tiempo a las personas a las que, de normal, llamamos «amigos». El estrés es algo serio y la salud mental es primordial, eso está claro. Una persona debe cuidar de sí misma y no forzarse a hacer aquello que no quiere o no se ve capacitada para hacer, naturalmente. Pero de ahí a desentendernos de cualquier responsabilidad afectiva por vernos aquejados de lo que sea va un salto muy grande. Los amigos, de hecho, deberían estar precisamente para esos momentos, y, si la relación es sólida, genuina y sincera, serán los primeros que echarán capotes, mostrarán comprensión, darán espacio o harán lo pertinente para que el que pasa por un mal momento se sienta atendido y cuidado. Por desgracia, prolifera el discurso contrario, y esto no hace sino debilitar los vínculos de la amistad y menoscabar la importancia del concepto, lo cual es paradójico, porque, en el empeño de ponerse uno por encima de los demás, corre el riesgo de terminar víctima de las epidemias de soledad que comentábamos.

Este dolor emocional [de la soledad] puede persistir incluso rodeado de otras personas, lo que subraya la disparidad entre la conexión social deseada y la realización social percibida. La soledad crónica puede elicitar una respuesta de «lucha o huida» y anclarse profundamente en el sistema nervioso, provocando problemas de salud mental como ansiedad, depresión e ira. (Kehinde, 2004, p. 7, traducción mía)

No se crea que no me escucho a mí mismo y que no sé cómo suena esto, así que permítame hacer una aclaración: de ningún modo sugiero que todos los problemas del mundo concluirían en caso de que nos cogiéramos de la mano y cantásemos «Viva la gente». De hecho, ya le di a usted la tabarra en un artículo de esta misma casa en el que defendí las bondades del antinatalismo y lo deseable de la extinción. Lo que quiero decir es que el ser humano tiene una capacidad fascinante para empeorar lo que ya era difícil. Si vivir en general y en esta sociedad en particular ya presenta desafíos, ¿no debería ser la amistad el asidero al que agarrarnos, nuestra tabla de salvación? No de una forma utilitaria, sino honesta y recíproca: si usted se ahoga, cuente conmigo, y si yo me ahogo, contaré con usted. Y tampoco porque no podamos (y debamos, en mi opinión) cultivar la soledad, e incluso desearla y glorificarla, sino, simplemente, porque «la clase más fundamental de amor, básica en todos los tipos de amor, es el amor fraternal. Por él se entiende el sentido de responsabilidad, cuidado, respeto y conocimiento con respecto a cualquier otro ser humano, el deseo de promover su vida» (Fromm, 2016, p. 68), y si a ello nos atuviéramos, todas las cargas se aligerarían. Sin embargo, «contrariamente a lo que sucede en el caso del vínculo familiar, el lazo primario de la díada amistosa no es producto de una situación ya dada. La amistad se gana» (Wolf, 1980, p. 8), y no solo se gana, sino que se mantiene. Y no es, en realidad, tan difícil, ¿sabe?, e incluso cuando lo es, merece la pena. Las amistades pueden romperse por razones muy legítimas, claro está, pero si nos hiciéramos responsables de dedicarles presencia, cuidado y afecto, ocurriría mucho menos, y, posiblemente, todos seríamos menos lamentables.

Alguna vez hemos estado tan cerca el uno del otro que nada más parecía impedir nuestra amistad y hermandad, y solo quedaba aún entre nosotros un pequeño puente. En el preciso momento que querías poner los pies en él, te pregunté: «¿Quieres cruzar hacia mí por el puente?», pero en ese instante tú no quisiste avanzar más; y cuando te pregunté nuevamente, callaste. Desde entonces se abalanzaron entre nosotros montañas y caudalosos torrentes y todo cuanto solo separa y vuelve extraño, y aun cuando quisiéramos volver el uno al otro, ¡ya no podríamos! Pero si ahora recuerdas aquel pequeño puente, te quedas sin palabras, solo con sollozos y asombro. (Nietzsche, 2019, p. 78).


Bibliografía

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Bukowski, W. M., Hoza, B., & Boivin, M. (1994). Friendship Qualities Scale [Database record]. APA PsycTests.

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Kehinde, S. (2024). «The loneliness epidemic: Exploring its impact on mental health and social well-being in modern society». Qeios, 6, 1–19.

King, M. (2018). «Working to address the loneliness epidemic: Perspective-taking, presence, and self-disclosure». American Journal of Health Promotion, 32(5), 1315–1317.

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Requena Santos, F. (1998). «Género, redes de amistad y rendimiento académico». Papers. Revista de Sociologia, 56, 233–242.

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Snell, K. D. M. (2017). «The rise of living alone and loneliness in history». Social History, 42(1), 2–28.

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Wolf, E. (1980). «Relaciones de parentesco, de amistad y de patronazgo en las sociedades complejas». En M. Freedman (Ed.), Antropología social de las sociedades complejas (pp. 19–39). Alianza Editorial.

Yalom, I. D. (2022). Psicoterapia existencial. Herder.

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