Eros Ocio y Vicio

Una historia de la sexualidad (I)

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Michel Foucault retratado por Arturo Espinosa. Imagen: Arturo Espinosa (CC).

Michel Foucault, enfant terrible de la filosofía francesa, suicida malogrado, profesor universitario, presunto apolítico, posible militante de izquierdas parapetado de gaullista, maoísta a ratos, jamás trotskista, homosexual, activo, pasivo, otra vez: pasivo, visitante asiduo de los garitos sadomasoquistas y las saunas de ambiente de Nueva York y San Francisco, diplomático y escritor en ciernes, drogadicto esporádico, defensor de los derechos humanos, del LSD y de la revuelta sindicalista polaca de 1981, pensador contumaz, arqueólogo de las estructuras de Poder, con mayúscula, víctima temprana de los excesos del racionalismo, de la alopecia y de la pandemia del sida, enemigo intelectual de Jean-Paul Sartre, estudiante de budismo zen y lanza-adoquines apócrifo en Mayo del 68, entre otras muchas cosas, es el autor de una interesante trilogía titulada Historia de la sexualidad. De ella —i. e. de la trilogía— voy a hablarles en este artículo.

Antes, permítanme una advertencia. O mejor, dos. La primera, que al decir que Foucault era un arqueólogo de las estructuras de Poder, con mayúscula, estaba siendo demasiado cauteloso. O poético. En realidad, Foucault estaba obsesionado con el Poder. No pensaba en otra cosa. Hablase de psiquiatría o de derecho penal, de cárceles o de Las Meninas, todos sus análisis partían de, fluían hacia y desembocaban en el Poder. Más de un académico, con James Miller, uno de sus biógrafos, a la cabeza, ha llegado a insinuar que lo único que incitaba a Foucault a pasarse sus giras por Estados Unidos visitando garitos sadomasoquistas era su deseo de convertir las relaciones de poder —esta vez con minúscula— en una fuente de placer. (Sin comentarios. Ni juicios de valor, por supuesto). La segunda advertencia es que, pese al título grandilocuente —después de todo, por más que fuese un enfant terrible, Foucault nunca dejó de ser al mismo tiempo un enfant de la Patrie—, Historia de la sexualidad, pese a sus ca. setecientas páginas, no es más que un prolegómeno en el análisis de este tema. Aquí les dejo un puñado de razones: (i) Foucault solo llegó a publicar tres de los seis volúmenes que había previsto, por lo que el grueso de la obra apenas pasa de los hábitos sexuales de griegos y romanos; (ii) su campo de estudio se circunscribe a Occidente, ignorando casi por completo el resto del mundo —recordemos una vez más que Foucault era francés: ah, la Grande Patrie!—; y (iii) Foucault afirma que la historia de la sexualidad se articula en torno a dos grandes rupturas, una en el siglo XVII, cuando nacen las grandes prohibiciones, y una en el siglo XX, cuando se aflojan los mecanismos de represión. Como saben todos los lectores de Jot Down, a día de hoy, al menos en Occidente, habría que incluir una tercera ruptura, auspiciada por el auge del porno. Pero, como diría Michael Ende, esa es otra historia y debe ser contada en otra ocasión. Ahora, vayamos a lo importante.

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13 comentarios

  1. Lo siento, pero no puedo estar más en desacuerdo con lo que dice respecto a Freud. Si no hubiese sido por sus investigaciones, y la amplia difusión de las mismas, lo más probable es que la represión a la homosexualidad seguiría siendo durísima en Occidente. Usted cita los «Tres ensayos sobre teoría sexual», uno de sus primeros libros, en los que hace uso de un lenguaje muy propio de su tiempo, y aún así, insiste en que no es peyorativo. De hecho, para Freud, el ser humano tiene desde su nacimiento una constitución bisexual. Esto llevaría como consecuencia que cualquier orientación sexual, si es exclusiva, es decir, dirigida sólo a hombres, o sólo a mujeres, resultaría antinatural, pero no patológica, ya que el individuo es una mezcla entre biología y cultura.

  2. Debo añadir, además, que Freud intervino activamente en la defensa de los derechos de los homosexuales en Austria, un país cerrado y muy católico, y en las primeras décadas del siglo XX.
    Freud no es ningún dios, sino un investigador con sus limitaciones y sus prejuicios, pero atacar a Freud por el lado de la sexualidad me parece una pose iconoclasta, porque, si tenemos en cuenta el entorno en el que escribía, él fue una excepción al que es justo reconocer sus méritos.

  3. Freud is a fraud.

    • No conozco ningún lector de Freud que lo critique así, solo conozco no-lectores y jovencitas estudiantes de psicología que se alarman cuando les dicen ciertas cosas: incesto, Edípo, el factor sexual e inconsciente detrás de cada uno de nuestros actos, etc.

  4. Me parece que a esa obra de Foucault se le da a día de hoy una importancia desproporcionada. Que tuviera su razón de ser en los 60 se puede entender. A día de hoy, al menos en Occidente, seguir hablando en términos de represión sexual y marginalización de determinados colectivos es de tontos o de alguien a quien el encante ir de víctima por la vida

  5. Jose Serralvo

    Hola Juan, ¡gracias por tus comentarios! La verdad es que estoy bastante de acuerdo con lo que dices, así que si tú no estás de acuerdo con la referencia a Freud en el artículo es probablemente porque yo he sido demasiado categórico y/o poco claro ;-)
    En ningún momento pretendía insinuar que Freud fuese homófobo o se escandalizase ante cualquiera de los comportamientos sexuales que él englobaba dentro del término «perversión». Mi principal intención era precisamente reflejar algo que tú mismo has dicho, a saber: que Freud era (te cito) «un investigador con sus limitaciones y sus prejuicios». Prejuicios de su época.
    El término patológico no me lo he inventado yo. Freud lo utiliza para varios de los comportamiento sexuales a los que se refiere como «perversión», vid. Freud, «Tres ensayos sobre teoría sexual», Alianza Editorial, 2009, p. 32. (En alemán utiliza el adjetivo «krankhaft», de modo que la traducción es correcta).
    En todo caso, repito que estoy de acuerdo contigo. Lo que quería señalar no es que Freud fuese un obtuso en términos sexuales, al estilo de Gregorio Marañón. Mi intención era resaltar lo que, a mi modo de ver, es una falencia en la obra de Foucault: centrarse demasiado en el aumento de discursos médicos sobre la sexualidad e inferir/insinuar que la mera existencia de esta enormidad discursiva invalida el clima de represión que podía existir (o no existir) desde el siglo XVII.
    No sé si estarás de acuerdo, pero a mí me parece que en lo único que quizás no coincidimos es en la importancia que tiene usar términos como «descarrío moral» para referirse a prácticas como la homosexualidad, el sexo oral o cualquier fetichismo. Freud podía ser muy progresista, pero la palabra «descarrío moral» significa lo que significa. Citaba a Berger y Luckmann (como dije, podría haber citado a Foucault, o a Umberto Eco, o a cualquier otro intelectual que haya estudiado la influencia del lenguaje en los comportamientos sociales) porque en su estudio «La construcción social de la realidad» explican muy bien cómo el uso de una palabra (positiva, negativa, neutra) afecta enormemente el comportamiento de los individuos, y más aún la percepción de estos sobre los fenómenos que les rodean. Al margen de los méritos de Freud, y al margen de que fuese un tipo muy progresista para su época (sin duda lo era), dijo lo que dijo y escribió lo que escribió.
    Voy a ponerte un ejemplo contemporáneo, que quizás clarifique un poco mi postura. Obviando lo progre que es el nuevo papá, la Congregación para la Doctrina de la Fe —o sea, la Inquisición— aún tiene colgada en su página Web una doctrina sobre la homosexualidad, escrita por el Cardenal Ratzinger antes de que el Espíritu Santo, ¡aleluya!, le nombrase Papa. Te comparto el enlace:
    http://www.vatican.va/roman_curia/congregations/cfaith/documents/rc_con_cfaith_doc_19861001_homosexual-persons_en.html
    Uno podría leer cosas como lo escrito en la primera frase del numeral 10 («Es deplorable que las personas homosexuales hayan sido y sigan siendo objeto de malicia violenta, en palabra o acción») y pensar que la Iglesia, al fin y al cabo, no es tan mala como algunos creen. Pero si lees todo el texto, verás que está lleno de referencias de este tipo: «una persona que practica comportamientos homosexuales actúa inmoralmente» (numeral 7) o, mi favorita, «aunque la inclinación particular de la persona homosexual no es un pecado, sí es una tendencia más o menos fuerte ordenada hacia un mal moral intrínseco» (numeral 3). Pues bien, mi opinión sobre esta deplorable doctrina es que sus tristes referencias a la inmoralidad de la homosexualidad no pueden pasarse por alto. Ni perdonarse. Para mí, la Iglesia no gana puntos diciendo en un párrafo que no hay que golpear o asesinar o insultar a las personas que practican actos homosexuales si en otros cinco párrafos del mismo texto les llama inmorales, con lo que esto puede implicar para un creyente, a nivel social (marginación, estigmatización, incomprensión) e individual (depresión, angustia, suicidio). Pero bueno, todo esto sería el material para escribir un artículo sobre la importancia del lenguaje a nivel social. El artículo se limita a analizar la «Historia de la sexualidad» de Foucault…
    Por último, también tienes razón en lo de bisexualidad. Freud habla de una «disposición bisexual originaria». Yo estoy de acuerdo con su conclusión, pero no con su argumentación. Freud centra esa disposición bisexual originaria en argumentos eminentemente biológicos (en mi opinión poco convincentes — es algo sobre lo que se sigue escribiendo mucho; te comparto un artículo de la BBC con el que estoy en desacuerdo: http://www.bbc.co.uk/news/magazine-26089486; mi opinión es que la sexualidad es sociológica, como se insinúa en este artículo de The Guardian, con el que estoy parcialmente de acuerdo: http://www.theguardian.com/world/2004/dec/14/gayrights.gender), como si hubiese algo innato en esa bisexualidad. Para mí, más que ser «una mezcla entre biología y cultura», somos el producto sociológico de una realidad biológica —de nuevo: necesitaría otro artículo para explicar a qué me refiero con esto… En todo caso, una pincelada de lo que intento decir en estas últimas líneas se da al final de la siguiente entrega de mi artículo sobre Foucault, que te invito a leer, ¡y criticar, claro! ;-)

  6. Jose Serralvo

    Isaías, también estoy parcialmente de acuerdo contigo. No es intención del autor del artículo insinuar que la obra de Foucault tiene absoluta vigencia. La única intención del autor es dar a conocer la obra de Foucault, que, en efecto, fue escrita hace más de tres décadas.
    En todo caso, aunque espero de corazón que dentro de unos años tu comentario sea absolutamente cierto, creo que es un poco pronto para decir eso. Por no dar más que un ejemplo, piensa un momento en la de millones de cristianos que hay en Occidente (whatever that means) y las estupideces que sigue promoviendo la Iglesia de esos cristianos. (Me remito a mi anterior comentario). Personalmente, creo que lo que es inmoral no es montárselo con alguien de tu mismo sexo, como dice la Iglesia, sino ser una autoridad religiosa y tener la poca vergüenza de colgar esas cosas en tu página web en pleno siglo XXI. No obstante, me temo que todo Occidente no comparte mi opinión. (Advertencia: no estoy insinuando que todos los cristianos compartan esas estupideces. Por suerte, la mayoría no lo hacen. Pero de nuevo: imagina ser cristiano, ir a escuelas cristianas, a universidades cristianas, frecuentar a cristianos con ideas conservadores y ser, a la vez que todo lo anterior, gay. Créeme, muchas de las personas en esa situación no viven la experiencia de despelote y Viva la Pepa que pareces creer).

  7. Pingback: Una historia de la sexualidad (I)

  8. Mucho cuidado! No entiendes bien el concepto de «perversión» de Freud. El viejo zorro austríaco no utiliza la palabra en el sentido popular que hoy tiene, sino que la define desde un punto de vista clínico y que se ajusta a su marco teórico. «Perverso», para Freud es toda conducta sexual que no tenga como fin la reproducción. Es una mera convención. Son «perversas» en cuanto se desvían de ése fin último, de la misma manera que comer arena sería «perverso» respecto del fin último de la alimentación. Pero no valora esas conductas, ni las condena ni las calumnia.

    Y por cierto, córtate un poquito a la hora de ironizar sobre Foucault. Estamos hablando de unos de los más importantes y novedosos pensadores del siglo 20, un genealogista y filósofo que se codea con los grandes de la primera mitad del siglo pasado. No sé quién eres, pero me cuesta pensar que te sobra autoridad intelectual para estar de acuerdo o en desacuerdo con Michel Foucault.

    • Jose Serralvo

      No pretendía decir que Freud use el término «perversión» en un sentido peyorativo, pese a que él dice que es un término no peyorativo, sino tan solo subrayar la forma en que un texto científico que define ciertas conductas como «descarríos morales» puede afectar a la percepción que un ciudadano medio, lector de dichos textos, se hace de las mismas. (O sea, que para mí lo peyorativo no es el término «perversión», sino la idea de «descarrío moral». En uno de los comentarios anteriores intento ilustrarlo con un ejemplo).
      Ni que decir tiene que estoy de acuerdo con tu opinión sobre Foucault y… hm… por qué no, con tu comentario sobre mí ;-)

  9. Gracias, José, por contestar a mi comentario. Aportas detalles y referencias muy interesantes con las que estoy de acuerdo. Quedo a la espera de tu próximo artículo.

  10. Pingback: Una historia de la sexualidad (y II)

  11. Enrique Carrillo

    Me gusta mucho el documento

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