
—Don Aureliano, ¿juega usted al ajedrez?
—Claro, una partida de vez en cuando no hace daño.
Me senté frente al coronel como quien se sienta frente a un pelotón de fusilamiento. Sabía lo que pasaría, «una partida de vez en cuando…», claro, eso dicen los que van de tapados. Había tanta humedad que la tela de las camisas se unía sobre la piel formando un caparazón alrededor del cuerpo. «Debe detener la podredumbre», pensé. El polvo de la calle apenas podía levantarse, aplastado por la presión del aire inundado en vapor.
El coronel gesticulaba con ademanes lentos y calculados, sus manos, acostumbradas a manipular armas y municiones, no tenían apenas problemas para repartir las piezas en sus casillas iniciales. «Esta destreza es propia de quien sabe jugar», pensé rápidamente. Mis miedos tenían fundamento, estaba claro. La noticia de que el coronel se estaba aprestando a jugar al ajedrez con el desconocido que acababa de llegar corrió rápidamente por el pueblo y poco a poco, la calle se llenó de corazas de piel y telas empapadas alrededor de la mesa.
Todo el pueblo estaba ahí: el alcalde y los oficiales del consistorio, la maestra y sus alumnos, el tendero y hasta el cura. Los niños se habían infiltrado en primera fila y curioseaban parapetados entre las piernas de los mayores. Estos, sabedores del buen hacer del coronel, compartían sonrisas y hacían comentarios precisos:
—Va a ser una sangría —propuso el alcalde con un tono de voz que me inquietó verdaderamente.
—La última vez que lo vimos jugar salió de peón de rey —continuó.
—Sí claro, la mejor jugada sin duda —respondió el cura.
Para entonces mi nerviosismo era difícil de ocultar. Intentaba disimularlo mesándome los rizos del pelo una y otra vez pero el ritmo rápido, casi frenético, de mis dedos sin duda me delataba. Resultaba un tanto patético ver cómo me iba reduciendo frente a la estampa sólida del coronel; este, ajeno a todo, lentamente iba llenando su pipa de tabaco y ya se aprestaba a encenderla. Los habitantes del pueblo no cedían:
—A ver qué hace el otro, ¡tiene cara de ser un pichón! —exclamó la maestra. Los demás le rieron la gracia.
—Cuando Aureliano quiere —añadió la tendera—, sacrifica todas las piezas sin dudarlo.
—Recuerdo cuando entregó la dama y los dos alfiles para hacer mate con la torre y el caballo en la columna «h» —dijo con entusiasmo el peluquero.
Este artículo de nuestro archivo está completo para lectores registrados. Registrarse es gratis y solo lleva un minuto.






¡¿Pero qué maravilla es esta?!
Hola Jorge, es un pequeño divertimento para homenajear a uno de los grandes que se ha ido. Me alegro que te guste… gracias por tu comentario!
Excelente Diego, muy bonito y casi enternecedor. Un abrazo.
Gracias Miguel! Y gracias por compartir tu anécdota con Cien años de soledad en Wijk aan Zee. Hay libros que dejan una huella tan fuerte que hasta son capaces de hacerte olvidar el dolor de muelas (esa sería la contra explicación). Un abrazo para tí!
Diego
Hola Diego, me ha encantado, ¡gracias!
Permitidme que comparta con vosotros una anécdota: no sé si os conté que debo a García Márquez uno de mis mejores torneos. En Wijk aan Zee, Holanda, en 1993, se me estropeó el ordenador. Era uno de esos portátiles antediluvianos, un ladrillo de casi 5 kilos de peso… Sin ordenador para preparar y sin nada que hacer en ese pequeño pueblo donde el viento del norte te envía enseguida de vuelta para la habitación, me pasé las mañanas leyendo un libro: “Cien años de soledad”. Por las tardes mi juego era creativo, alegre, libre, desbocado me atrevería a decir. Quedé segundo tras caer en la final a 4 partidas frente al legendario Anatoli Kárpov. Casi le gano. Pero eliminé a Gelfand, Tukmakov, Oll y otros de la élite. Hay otra explicación, sin embargo, para mi buen juego. Tuve problemas con una muela. En serio: comparado con estar en la silla del dentista, sentarme frente al tablero por las tardes era un auténtico placer….
¡Abrazos para todos!
Miguel
Justo cuando me hastiaba de los artículos sobre García Márquez, este nos renueva, gracias.
Pingback: Babel y las varas del saber - Jot Down Cultural Magazine