Jot Down Cultural Magazine – Antonio J. Rodríguez: La importancia de salvar a la orquesta si el Titanic se hunde

Antonio J. Rodríguez: La importancia de salvar a la orquesta si el Titanic se hunde

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Al menos en lo moral, la preocupación por el estado de la cultura en tiempos de crisis se parece bastante a intentar salvar los instrumentos de la orquesta con el hundimiento del Titanic. Pese a lo injusto o cuestionable del enunciado, fue esto lo primero que consideré al conocer la destrucción de la distribuidora musical PIAS durante los recientes disturbios en Londres. 15-M, debates sobre el acuerdo de la deuda en EEUU, masacre de Utoya, saqueos en la capital británica, elecciones anticipadas en España y subiendo. Tras tres meses en los que la intensidad de la agenda mundial ha violado los aburridos pronósticos con que la prensa acostumbra a plantar cara al verano, cuando los temas culturales gozan de cierto privilegio sobre las demás secciones, de más está decir que corren malos tiempos para la discusión en torno a problemas estéticos. «La retórica bélica que nos rodea muestra un desprecio absoluto por la música, el arte, la literatura y cualquier otra manifestación característica de la civilización», escribió Arundhati Roy. Y Thomas Mann, que suspendió la escritura de La Montaña Mágica para entregarse a sus Consideraciones de un apolítico, admitía que «el dominio de la ideología conduce fácilmente a la hostilidad contra la cultura y el arte. Es conocida la aversión de la virtud por la belleza, la forma, el brillo, la elegancia, a las que considera frívolas, esteticistas».

Obligada entonces parece la pregunta sobre si deben los agentes culturales entregarse o no a la causa política en momentos como éste. Jan Fleischhauer publicaba la semana pasada un artículo en Das Spiegel donde interrogaba sobre los peligros de tal proceder. «La reflexión política no debe quedar en manos de los novelistas», titulaba. «¿Por qué la gente mantiene insistentemente la creencia de que los novelistas tienen algo que aportar a los asuntos políticos? Como se ha visto en repetidas ocasiones con el caso del Nobel Günter Grass, que sepas elaborar historias entretenidas no significa que puedas hacer lo mismo con la reflexión política de altura». Que los intelectuales son peligrosos para la política no es nada nuevo. Mark Lilla, autor de Pensadores temerarios, la clase de persona que no duda un segundo en liquidar las aspiraciones populares (¿populistas?) de gente como Sontag o Chomsky, lo ha repetido en no pocas ocasiones. Y el anteriormente mencionado Thomas Mann, aficionado en su juventud al «arte de tintes moralistas», tampoco puede decirse que en el momento de escribir sus Confesiones fuese un ejemplo de virtud. Él mismo se arrepentiría tiempo después de aquel libro en donde mostraba su faceta más peligrosamente germanófila y antidemocrática.

Cierto es que siempre he sospechado de aquellos críticos para los cuales «todo arte es político». Al revés, igual desconfianza me provoca gente con ideas como las de Lilla o Fleischhauer, empeñados —al menos éste último— en obliterar la dimensión humana, social y política de la ficción. Ningún autor o consumidor cultural, por mucho que adore la expresión creativa, puede sobrevivir a los hechos de la no ficción. Paralelamente, el grueso de los creadores, tarde o temprano, termina defendiendo en sus propias carnes el adagio emersoniano por el cual «el hogar del escritor no es la universidad sino el pueblo.» ¿Y qué ha sido el pueblo en los últimos diez, quince años? Hiperconsumo, entretenimiento, nuevas tecnologías… Pero si deseamos seguir manteniendo nuestro hogar en el pueblo, entonces no deberíamos soslayar lo que en estos instantes está pasando en las calles, de la Primavera Árabe a la indignación europea, sus causas y consecuencias. Y tanto da si confraternizamos o no con las ideas que burbujean en estos espacios.

No hay que olvidar que el siglo XX ha sido una etapa marcada por el desprecio progresivo al concepto intelectual. Naturalmente, este rechazo avanza, en buena medida, ligado a la falsa ilusión positivista del fin de la historia. ¿Quién precisa de antorchas que guíen nuestro pensamiento cuando gozamos de la mejor educación de todos los tiempos? La propia universidad propone lecturas colaboradoras en las que los dos polos comunicativos gozan de la misma jerarquía. Ningún buen autor que se precie tratará de imponer ningún pensamiento, dicen, solo un terreno a partir del cual moverse y extraer conclusiones personales. Aunque en verdad, es hoy más que nunca cuando exigimos de información veraz y soluciones. Y desde luego, de más está decir que la preocupación por la cultura en tiempos de crisis no es inmoral. O como Philippe Kern afirmaba en el Congreso Europeo de Cultura celebrado recientemente en Wroclaw, Polonia, tenemos que abandonar la idea de la cultura como «isla autónoma dentro del marco social. En estos momentos hay que situarla en el centro del discurso social y económico de la nueva sociedad, y no solo porque actualmente la industria cultural proporciona millones de empleos y supone una parte importante del PIB, ni tampoco porque cuando China quiere desarrollar una economía creativa viene a Europa en busca de talento, sino porque aunque no nos demos cuenta, es nuestro principal recurso económico, como lo sería el petróleo para otros». We don’t need no education, cantaba Pink Floyd, Teachers leave them kids alone. Cierto. Otra educación, otros profesores y otra cultura son necesarios.

7 comentarios

  1. “Das Spiegel”

    ¿Der Spiegel, quizás?

    • “No hay que olvidar que el siglo XX ha sido una etapa marcada por el desprecio progresivo al concepto intelectual”, dice el autor sin citar ninguna fuente. Yo creo que ésto es una consecuencia del crecimiento de una clase media más leída, ¿no? Los intelectuales -como los periodistas- nos hemos (hablo como periodista) dormido en los laureles desde hace décadas y nos merecemos todo este desprecio por parte de los no-nosotros.

      ¿Qué respeto merecemos por parte de la gente que no lee o que no necesita de otro crítico para comprender lo que lee? ¿Por qué van a respetar al intelectual, si lo único que éste hace es abusar de la hermenéutica (¿hay algo más viejo que eso?) para seguir aparentando que hay una distancia entre él y la persona que lee sus textos?

      ¿Populistas Chomsky y Susan Sontag? Uuuh… disculpe, señor…

  2. Amiguete, buen intento.
    Quizás, en lugar de citar y recopilar el resúmen de prensa y columnas de opinión semanal, a la última ola, te convendria tirar un poco de pico/pala, en dirección a las fuentes o sus orígenes. Para citar a G. Grass, primero leer su opúsculo “Es posible escribir después de Auschwitz?”, que tiene ya unos cuantos años. El apocalipsis, a más de eufónico, es recurrente, siempre actual. Tanto como medieval. Cuestión de perspectiva.

  3. “Otra educación, otros profesores y otra cultura son necesarios.”

    Como no concretes un poco más… Aparte de mencionar unos cuantos nombres de escritores hace falta tener algo que decir. Algo más que parafrasear ese insustancial eslogan de “Otro mundo es posible”, ¿Cuál?

  4. Pingback: La importancia de salvar a la orquesta, por Antonio J. Rodríguez « Portilequia

  5. Sigue el consejo de Raymond Carver, hazte unas cartulinas y en una de ellas -la mayor, a ser posible- pon sobre el escritorio: “JOT DOWN NO ES EL EP3: NO ME VALE CON EL HYPE Y EL CHICHINABO PARA IMPRESIONAR AL LECTOR”

  6. «el dominio de la ideología conduce fácilmente a la hostilidad contra la cultura y el arte. Es conocida la aversión de la virtud por la belleza, la forma, el brillo, la elegancia, a las que considera frívolas, esteticistas».

    Imagínate a un de Hoyos y Vinent en una asamblea de Sol. Wilde decía, simplificando, que la vida copia al arte, y, efectivamente, sigue siendo bastante válido el argumento. ¿Te has pasado por alguna feria o bienal de arte últimamente? ¿Has visto cosas de Gavras (hijo) o Isild le Besco? Hay mucho lorito y mucho eco. Modernismo, posmodernismo, transmodernismo, neobarroquismo, e-romanticismo: ¿quién se para a pensar en algo? Yo no, paso.

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