Jot Down Cultural Magazine – Manuel Jabois: “El primer deber de un columnista es pasar de los lectores”

Manuel Jabois: “El primer deber de un columnista es pasar de los lectores”

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Qué malos son los prejuicios. En mi arrogancia capitalina esperaba que el periodista y escritor Manuel Jabois (Pontevedra, 1978), un gallego receloso de venirse a Madrid, llevase poco menos que la boina calada hasta las cejas y no diera más que respuestas lacónicas subido en medio de una escalera. En lugar de ello nos encontramos a alguien con apariencia de intelectual parisino, locuaz y rodeado de mujeres exuberantes (bueno, en realidad era una y pasaba por ahí). Toda una estrella del rock en la intimidad. El autor de Irse a Madrid —un libro divertidísimo al que sólo puede reprocharse su brevedad—, periodista de Diario de Pontevedra, columnista de El Mundo y ganador del Premio Julio Camba, habló largamente y gin-tonic en mano de lo que más le gusta: periodismo, libros, fútbol, mujeres…

En lo que escribes siempre se aprecia un tono de humor, a menudo dirigido contra ti mismo ¿Eso es por inseguridad o por lo contrario?

Hay un momento de la escritura en el que yo sería feliz enviando mi artículo a todo el mundo que lo va a leer, recibir su aprobación y entonces publicarlo. Y otro, más adelante, en el que me tiro por el barranco. Funciono con muchas inseguridades, es casi un equilibrio imposible que a veces me destroza los nervios. Porque escribo arriesgadamente deprisa y a veces tal como hablo. Me cuesta entender que no es lo mismo hablar en un bar que escribir en un periódico. Y en el fondo pienso que ojalá no lo entienda nunca.

Se te nota, además del humor, cierto tono melancólico. ¿La melancolía es algo inseparable de la literatura?

No he leído tanta literatura como para saberlo, pero en lo que a mí respecta soy muy del tiempo perdido y de andar cabeceando angustiado. Alvite tiene una frase preciosa referida a uno de sus personajes: “Una de esas mujeres a las que estás echando de menos antes de que te la presenten”. Pues yo soy ése que está echando de menos. Siempre pienso en lo que pudo ser. Me desconciertan las cosas en las que fallé. Lloro por la gente a la que de un modo u otro olvidé. A veces me gustaría que la vida durase doscientos años y otras, veinte. Lo dijo Michi Panero: “Éramos tan felices” y yo repito la frase aun siendo más feliz de lo que era entonces. Pero básicamente mi humor se sostiene amargo cuando la cosa va mal y espléndido cuando no. Me veo y me gusto, pero sin llegar al ridículo ni a pregonarlo por ahí. Paso mucha vergüenza cuando algo me va bien; no estoy acostumbrado a eso y tengo la sensación de que me están regalando una cosa que no merezco. Mi amor propio llega hasta ahí. Y en esto de las entrevistas que se me hacen y demás soy claramente un impostor, porque es un mundo en el que no tengo nada que ver ni sobre todo, nada que decir. No pertenezco a él. Así que en cierto modo me siento a esperar a que acabe la farsa.

Al opinar sobre política, parece que si se alude por ejemplo a la invasión de Irak, algún lector responderá siempre “sí, muy bien, pero de ETA no has dicho nada”. Pero si se escribe algo sobre ETA, entonces otro te reprochará que sobre Franco no has dicho nada… ¿Te influyen esos comentarios de los lectores?

No. Llevo unos años escribiendo columnas y he aprendido algo asombroso: unas gustan a unos, unas gustan a otros, unas no gustan a casi nadie y otras, las menos, gustan a casi todos. Creo que de los lectores hay que pasar y dedicarse uno a estar satisfecho consigo mismo y su trabajo. Ese es el deber del columnista. Ya sé que mi tentación al acabar de escribir es enviarle el artículo a media España antes de publicarlo, pero al final se impone el riesgo (risas). Sobre si se elige un tema u otro, tampoco le doy mucha importancia porque no me dedico a cambiar gobiernos. Me preocupa más el juego que pueda dar el artículo. Como cuando la Junta de Extremadura organizó un taller de pajas, por ejemplo. Yo esa columna no la suelto así haya un golpe de Estado. Lo primero es mi numerito; después, el país.

En tus escritos no suele apreciarse un posicionamiento político demasiado beligerante. ¿Eso es un poco raro en España, no?

Cuando firmas una columna lo normal es que algunos lectores te quieran separar las patitas para mirarte el sexo y ver de dónde vienes. En Galicia es lo primero que le preguntamos al desconocido: “Ti de quen eres?”. Hay quien está acostumbrado a leer para que se les dé la razón y eso no está mal, porque cada uno lee el periódico como le conviene. Yo noto a veces cómo me escrutan, como entomólogos con su lupa, para saber si estás con ellos o contra ellos. Mira, hace un año mis amigos empezaron a tener hijos de repente. Y un día me encontré con uno del cual no recordaba si había tenido niño o niña, así que cuando se apartó un momento del carrito aproveché para asomarme un poco al pañal a ver qué había. Imagínate la zozobra del padre cuando me descubrió de repente con la mano allí. Pues eso me ocurre a mí cuando me quieren ver el carné que por supuesto no tengo.

¿Estás indignado?

No estarlo es una indecencia. Ese movimiento es un privilegio que ha tenido España. Me llama la atención y me causa cierto repudio que se le reproche a la gente que salga a la calle a protestar. Como si aquí nadie pudiese levantar la voz mientras pagamos a los que nos arruinan. Les llaman porreros y comunistas cuando es sentido común. Reducirlo a los porros y a la izquierda me parece una frivolidad.

Y les llaman perroflautas.

Salir a la calle es una de las pocas cosas dignas que han pasado en España desde la crisis. Yo espero sinceramente que dure. Protestar contra el poder siempre es algo bonito que une mucho.

Has escrito una novela (A estación violenta) en la que según las críticas se nota la influencia de  William Faulkner.

No, no. ¿Qué críticas? Pobre Faulkner. Escribí esa novela a lo largo de cuatro años, a saltos y en tiempos convulsos; la publiqué por vanidad, ya que la vida se puede acabar en cualquier momento y quería tener un libro publicado. Pero no me reconozco ahí. Tenerla está bien. Como lector no avanzo mucho en ella. Es como ver fotos de la adolescencia en chándal.

En esa presentación en Pontevedra que mencionabas amenazaste con seguir escribiendo más novelas “hasta lograr una que le guste a alguien”. ¿Tienes algo en marcha?

Es casi norma que un periodista diga que tiene una novela en marcha. No tengo nada empezado, pero sí ganas de hacerlo. Lo que pasa es que a mí me gusta mucho el periodismo y me absorbe todo el tiempo. Estoy escribiendo una cantidad de palabras a la semana terrible. Y además la mejor historia es la que tengo delante de mí, la que puedo escribir con testimonios y atando todos los cabos mejor que con algo que salga de mi cabeza, que además no es muy original ni imaginativa.

Respecto a esto que mencionas sobre que prefieres la realidad, el otro día citabas la frase de Pla acerca de que leer novelas a partir de los cuarenta es de cretinos.

Es una frase redonda y probablemente tenga razón si hasta los cuarenta años has leído novelas. Yo he leído muy pocas, y además un poco cretino lo he sido siempre. Mi cultura es periodística y me eduqué con el periódico de mi padre abierto en casa. Una buena historia como Raval de Arcadi Espada o El adversario de Emmanuel Carrère la prefiero a Cien años de Soledad. Me seduce lo que puedo tocar. Hace años me preguntaron si prefería ganar el Nadal o entrevistar a Amancio Ortega. No hay duda. Ortega aparecía en los años sesenta en los Almacenes Clarita de Pontevedra a vender batas de guatiné y hoy es el séptimo hombre más rico del mundo. Cómo voy a inventar nada si puedo escribir sobre algo así.

De los que sí has podido entrevistar ¿quién es el que más te ha llamado la atención?

Carlos Oroza. Quizá porque también lo tengo más fresco. Me pareció una persona insólita, que es lo mejor se puede decir de un poeta. Me fascinó Santiago Carillo porque tenía 23 años y él había estado en el despacho de Stalin. Le preguntaba todo el rato que cómo era Stalin y Carrillo alucinaba. Me impactó Maite Pagaza contándome lo de las cartas de su hermano a la Ertzaintza diciendo que sabía que lo iban a matar.

Porque le habían quitado la escolta, ¿no?

Sí, a Joseba Pagazaurtundua le quitaron la escolta y alertó de que entonces lo podían matar [y así fue]. Cenamos con la pareja de escoltas de ella en una mesa del fondo.

Comenzaste en esto siendo corresponsal en Sanxenxo, no debía ser cosa fácil encontrar algo que contar.  

Fue muy divertido. El principal reto era llenar la página y te pasabas el día paseando por las calles buscando cosas, pero en un pueblo como aquél no pasaba nada en invierno. El periódico nacional tiene que seleccionar temas, pero en uno local a veces lo que entra, vale. Si el viento movía un árbol ya tenía tres columnas para rellenar, a veces advirtiendo un poco y tal: “riesgo de…”. No llegaba al extremo de Bernhard, que como periodista llegaba a inventar incendios, pero a veces me ponía melodramático. Tengo grandísimas historias de aquella época. Y mis primeras exclusivas, noticias muy simpáticas; colaba muchas en portada y cada día de esos era el mejor de mi vida. Por ejemplo recuerdo, y te estoy hablando de memoria, que tuve acceso a la lista que iba a presentar el PP y la iba goteando día a día. En una titulé que tal concejal iba a ser “defenestrado” y el tipo se lo tomó a la tremenda. “Así que defenestrado. Defenestrado te voy a dar yo a ti”, me decía. Otros daban una rueda de prensa y te llamaban en mitad de la tarde: “Oye, estuve dándole vueltas al titular, ¿y qué te parece si titulamos…?”. Fue una época muy bonita. No sabía escribir y tenía todo el hambre del mundo. Nunca me sentí tan periodista como cuando fui corresponsal de mi pueblo. Por cualquier problema te llamaban los vecinos a casa. Y en las intrigas municipales y las confesiones de bar me movía siempre muy bien, porque tenía veinte años, estaba siempre de resaca y nadie me tomaba en serio. Luego les llamaba “defenestrados” y se me echaban a Dios.

Sueles contar vivencias y anécdotas personales. ¿Alguien se te ha molestado por ello?

No lo sé. Quiero decir, si alguien se ha molestado no me le dijo. Desde luego nadie ha tenido ningún problema por mi causa. Hace un año comencé a escribir en mi web unos diarios personales en los que sí se reflejaba más crudamente mi vida y lo que la rodea, y aunque dejaba el foco puesto sobre mí la luz alcanzaba a un círculo más íntimo. Los tengo un poco dejados por exceso de trabajo, pero siguen abiertos y de vez en cuando entra vida. Ahí sí recibí quejas porque en el fondo uno escribe como si no le importase nada y acaba llevándose todo por delante. Me gusta escribir sinceramente. No he decidido escribir hasta hace muy poco, aunque lleve haciéndolo media vida. Porque escribía muy mal hasta los veintisiete o veintiocho años, que es una edad en la que escribir mal cuando se lleva desde los veinte en el periódico tiene un cierto mérito. Además siempre me he visto en el alambre. Tiendo al catastrofismo y mi mayor terror es acabar en la calle. Pero acabar en la calle de verdad, durmiendo. Un día he de preguntar en mi familia si alguien acabó así, porque me parece un miedo heredado. Y sin carrera, torpe como soy, que fui camarero sin saber hacer cafés, no lo tuve nada claro hasta que hace dos años decidí escribir ya para siempre, que es una decisión que da mucho miedo. Y eso significa escribir mucho, a veces para ganar dinero y otras para perder amigos. De momento, como no me traiciono a mí mismo y no traiciono a los demás, puedo decir que no se ha molestado nadie. O no al punto de tener que venir a contármelo.

Hoy día con los blogs y las redes sociales los periodistas parece que han perdido el monopolio como intermediarios e intérpretes de lo que pasa en el mundo.

En la red social puede haber cotilleo y también filtración. La semilla, muchas veces, de una buena noticia. En Twitter te pueden decir que ha habido un crimen en la calle Rosalía de Castro, pero eso no lo vas a publicar en el periódico. Tienes que ir allí, reunir las piezas y hacer con eso un trabajo. La noticia la puede ver cualquiera, pero contarla no. Si ahora entra un ladrón puedo sacarle una foto con el móvil y subirla a Twitter. Pero eso no es una noticia. ¿Cómo acabó? ¿Quién era ese tío? Algo más debe hacer el periodista que ser un pregonero.

Además de frecuentar Twitter, ¿qué webs o blogs sueles visitar? (que no sean porno)

Entro cada vez menos en porno y no sé hablar inglés, pero con la jerga que aprendí ahí podría dar una conferencia. Eso sí, siempre tengo la pestaña de guardia para relajarme si las cosas se tuercen. Dicho lo cual, un blog literario que me gusta mucho es el de Marcos Abalun tío leído que escribe de maravilla. Junto a él, Conde-Duque es otra preferencia; de los dos aprendo muchísimo, porque tienen una cultura fina y vastísima pese a ser jóvenes. Presumo de su amistad. Uno cuya influencia en mí es brutal es el de José Antonio Montano. Sobre libros viejos La Biblioteca fantasma. Retranca y talento en Chez Cota. Y para enterarse de política internacional con un periodista que escribe estupendamente: Obamaworld de Jordi Pérez Colomé.

Has publicado recientemente una colección de columnas titulada Irse a Madrid. ¿Sigues siendo reacio a venirte a la capital?

Hombre, yo en Galicia lo tengo todo, pero tenerlo todo todo el tiempo acaba convirtiéndose en tontería. Así que depende del día en que me lo preguntes. Tampoco puede uno vivir toda la vida en un mismo sitio. Puestos a elegir me gustaría irme a vivir al extranjero, que es lo que me interesa de escribir una novela: dar un pelotazo.

Escribiste una vez que “Galicia no es una nación: es una orgía”. Eso no hay eslogan de ninguna consejería de turismo que lo supere.

Galicia para disfrutar es una gozada, y no hay nada patriótico en esta afirmación ni vanidoso, porque las rías no las organicé yo. Pero cuando estás toda la vida tomándote un vino con una puesta de sol delante del mar… A esa persona hay que arrancarla de ahí por una cierta cantidad de dinero.

¿Nos recomiendas algún sitio de Pontevedra en concreto?

A botepronto en el asador San Blas hacen unos chuletones de buey a la piedra tremendos. Pero en cualquier lado de las Rías Baixas te salta la comida a la cara.

En la contraportada de ese libro se te define como “mujeriego”. ¿Eso como se consigue?

Con fama, porque la fama siempre va muy por delante de la realidad. Aquello de maté a un perro y me llaman mataperros. Pues yo maté a un perro y lo conté en el periódico. En mis artículos claro que hablo de cosas que me han pasado con mujeres, pero hombre, tampoco mucho y sin sangre —aunque sangre en ocasiones ha habido—. He tenido muchas relaciones y mejor así, porque me encantan las mujeres. Y como todo el mundo, en la veintena follaba sin preguntar quién estaba delante. Pero mujeriego me parece una palabra de príncipe monegasco. Yo soy más bajuno, no galanteo. Y en cualquier caso a partir de cierta edad con las mujeres hay que aparentar indiferencia, porque no vas a estar toda la vida detrás de ellas con la lengua fuera. Ese tipo de hombre a mí siempre me dio mucho asco, por decirlo finamente.

Enric González nos dijo en una entrevista que notaba a gente de su alrededor que posa para salir en sus libros. ¿Has percibido algo similar?

No. La gente con la que me relaciono no sabe que escribo, y si lo sabe lo olvida muy rápidamente, porque no doy el tipo de alguien que escriba. Parezco más bien un estudiante de Uned, de esos divorciados con hijos que viven en casa de sus padres. Además no escribo libros, escribo artículos. Y esas piezas personales a las que supongo te refieres las escribo poco y procuro que sean divertidas, benignas. Luego sí pasa que ante cualquier pequeña catástrofe la persona que te acompaña sabe que lo vas a escribir, pero vamos, no se pone a actuar. No puede ser que yo estrene casa el día de Nochebuena, me quede de puertas afuera, el cerrajero despierte a todo el edificio a las seis de la mañana y yo no vaya a escribir una línea de eso. Es inconcebible. Eso no sería un escritor ni sería nada. Recuerdo una vez, al estar deteniendo la policía a algún amigo, que casi lloraba detrás del agente: ¡lléveme a mí, que escribo mejor que él!

¿De la literatura de humor con quién te quedarías y por qué?

No sé cuál es la literatura de humor. O sí la intuyo, pero no la tengo catalogada. Disfruto del humor impasible de tipos como Chesterton o Wilde, de la retranca afilada de Camba o Fernández Flórez, que me recuerda a mi abuelo. Es un humor muy cabrón, porque te dice cosas muy serias de coña y es muy difícil reaccionar. Pero a mí me divierten muchas cosas. La escritura maravillosa me llena de felicidad, me pone de buen humor. Colegas míos, del oficio, suelen decir con cariño alguna vez: “Qué envidia me das, qué envidia negra te tengo”. Pues bien, no soy capaz de envidiar a nadie que escriba mejor que yo porque disfruto tanto leyéndolo que no encontraría el mismo placer escribiéndolo yo, buscando fallos obsesivamente. Yo envidio, ¡claro que envidio!, muchísimo; envidio lo que se envidió toda la vida: el dinero, la casa de la playa, el barco, las lectoras que quieren que les firmes una teta fantástica… ¿Pero escribir? No, escribir no se lo envidio a nadie. No me cabría tanta envidia en el cuerpo. Además soy insufrible. Puedo leer algo mío antes y después de publicarlo unas seiscientas millones de veces. Al final acabo viendo en el texto gigantes en lugar de molinos. Y como me resta tiempo para leer otras cosas, me acabo influyendo en la escritura, me retroalimento de tal forma que soy mi mayor influencia y cada vez me parezco más a mí escribiendo. Lo cual es una ventaja porque como soy muy dado al plagio, conmigo no tiene consecuencias legales. O sea que, volviendo a la pregunta, me quedaría conmigo pero no porque me admire, sino porque me estoy volviendo loco.

Respecto al fútbol, eres madridista. ¿Tienes alguna esperanza para este año?

El madridismo es lo único que me queda de la infancia, así que es un madridismo irracional y tremendista. Eso significa para mí el Madrid. ¿Si hay esperanza para este año? La de siempre. El club tiene un entrenador a la medida, como si a Cenicienta le hubieran encajado unos manolos.Y el Madrid no concibe otra cosa que ganarlo todo, por esos sus derrotas tienen una épica y un componente trágico que no tiene ningún equipo. Un empate del Madrid es el fin del mundo. Hace más de veinte años caímos frente a nuestro gran rival histórico en Europa por 5-0. Desde entonces me río yo de los fuskushimas y las bombas nucleares.

Por cierto, Xabi Alonso es seguidor de Jot Down; dile algo, que igual nos está leyendo.

Me gusta mucho Xabi Alonso, hace poco escribí no sé dónde que en su barba roja florecen los campos de Faulkner. Además me llama la atención físicamente. Anda por el campo como golpeado, con los ojos entrecerrados, como si hubiese acabado de fumar un porro. Yo a la gente de Donosti le tengo ley. Con uno corrí los Sanfermines hace años y el tío estaba sobrio.

Por otra parte, Rajoy es seguidor tuyo en Twitter. ¿Te abruma esa responsabilidad?

Bueno, el equipo de Rajoy agrega a periodistas, según comprobé con urgencia. Al principio me asusté, porque su mujer es de Sanxenxo, su familia conoce a la mía, pero no lo veo yo con el iPad en pantuflas diciendo: “Mira Viri, el nieto de Jabois”. Dicho lo cual yo no tengo responsabilidades salvo con mi empresa. Escribo para gente que entienda que busco reírme y meterme con ciertas ideas, nunca nada personal.

¿Qué futuro nos espera con él?

Rajoy es una persona más de derechas de lo que él cree y más de centro de lo que creen en el PP. Es una persona civilizada con quien te puedes sentar a comer. Un tipo muy agradable en las distancias cortas. Sí, porque hay gente con la que eso no es posible, todavía hay dos Españas con las que sentarse no es posible. Pero respecto a lo que ha hecho bien Zapatero, los avances sociales respecto al aborto o el matrimonio homosexual… Rajoy es muy de dejarlo estar. Ésa es mi impresión.

Ya para concluir, le hemos pedido que ordene de mayor a menor por su interés y cuente sus impresiones sobre…

Woody Allen. Y Sherlock Holmes. La vida sería perfecta entre películas de Woody Allen y aventuras de Sherlock Holmes. Precisamente acabo de comprarme un abrigo similar al que usa Benedict Cumberbath en la serie de la BBC. De Woody Allen aprendí muchas cosas, la primera de ellas a ser feliz de forma inteligente y a no ganar. No encarnar la figura de ese perdedor al modo que decía Trapiello de querer ser Bogart en la pantalla pero luego llevarte a la Lauren Bacall real a una playa real, sino del derrotado de cejas levantadas con un sarcasmo a mano. Y además es tiernísimo en el amor. Esa aristócrata en ropa interior que le dice a Boris Grushenko: “Quedemos a las doce”, y él: “Mejor a las doce menos cuarto”. Todos deberíamos casarnos con nuestra hija coreana y, ya puestos, morirnos dentro de un armario de un hotel haciéndonos una paja como David Carradine, otro grande de la comedia humana.

Fernando Savater. Savater es el pensamiento, la idea. Es uno de esos escritores con los que incluso da gusto no estar de acuerdo. Me pasaría la vida entera leyendo a Savater discrepando en todo lo que dice, pero no lo hago porque piensa muy bien y escribe muy bien lo que piensa, siempre me convence. Además, aunque sabe mucho, lo exhibe lo justo y siempre en el momento oportuno. Con Savater, y con Arcadi, y con Montano, pasa una cosa que tienen los intelectuales de verdad, de ruido sordo: que remiten a todos los lugares. Por Savater llegas a Bertrand Russell, por ejemplo; con Arcadi a Montanelli, Pla o Léautaud; con Montano a Jünger, Duchamp… El intelectual abre puertas. Si lees a María Iverski tienes ganas de leer a los rusos que se ha leído y te dan ganas de conocer a Cioran, por el entusiasmo con el que habla de ellos y por lo bien que los cita, cuando los cita. Y cuando no los cita casi es mejor, porque Iverski es muy buena. El otro día se compró un kalashnikov: ¿hay algo más intelectual que una rusófila con un kalashnikov?

Paco Umbral. Leyenda del César Visionario, La noche que llegué al Café Gijón y Memorias de un niño de derechas son tres monumentos a la lengua. Con Umbral pasa que te da igual lo que te esté diciendo. Hay una música formidable en todo lo que escribe. Una vez leí a alguien que ponía en boca de Umbral que él tenía una columna escrita a favor de un tema y otra en contra, y que publicaba por la que le pagasen más. Es falso (supongo) pero puedo creérmelo si en lugar del dinero pusiese delante el estilo. En asuntos menores que realmente me importan un bledo he llegado a cambiar un adjetivo por otro, dándole la vuelta al sentido de la frase, porque sonaba mucho mejor y redondeaba el párrafo. Quiere decir esto que pongo mis ideas al servicio de la fonética. Dicho lo cual, y como dijo el maestro, no me tome ni demasiado en serio ni demasiado en broma.

Rosalía de Castro. Tuvo una vida tremenda, como cualquier mujer del siglo XIX que se ponga a salvar un idioma. Que después se desprendiese del gallego le dio una consideración épica. Rosalía somos todos los gallegos, a ratos entregados y en otros recelosos. Su poesía es un poco nuestra historia. De ella, de Vallejo y de Neruda tuve poemas aprendidos de memoria. Tengo una Rosalía warholiana que durante años estaba en mi estudio, frente al ordenador. Murió en Padrón pidiendo que se le abriese la ventana para ver el mar. ¡Padrón!

Stephen King. Acabo de recordar ahora Cementerio de animales y casi lo bajo a la última posición, por lo que me hizo temblar. Larga vida a King, es un gigante.

Manolito Gafotas. Adoro a la autora, que me ha ayudado muchísimo, pero no he leído su personaje. Elvira Lindo ha escrito una novela fabulosa en la que habla de nuestras madres y se titula Lo que queda por vivir. Nosotros, los nacidos entonces, somos hijos de esa protagonista a la que le llegaba el olor del guiso por la ventana de la cocina.

Michel Houellebecq. Prefiero el personaje a la obra, y al personaje no lo conozco.

Fernando Sánchez Dragó
. Desconfío por sistema de la gente que se corre al revés. Si yo fuese mujer nunca se lo perdonaría.

Paulo Coelho. Leí El Alquimista cuando era joven porque me parecía ridículo no hacerlo. Me hizo un depravado sexual, un adicto a las drogas y alguien propenso al delito vulgar que se curó leyendo a Bukowski, en concreto su Hijo de Satanás. Coelho tiene éxito en Twitter y es justo que sea así. Es un autor de citas para el tercer mundo espiritual, como un terapeuta de famosos. Ahí alcanzaría Coelho su dimensión real, con un reportaje del estilo de Talese con Sinatra pero con Lindsay Lohan titulado: “Lindsay Lohan no está chispa”.

Fotografía: G. F. P.

15 comentarios

  1. Pues a mí me encanta.

  2. Larga vida a Jabois.

  3. A mí este gallego me tiene enamorada. A ver si viene pronto a Valencia a presentar su libro. Genial la entrevista!!!

  4. Vivat Jabois!

  5. Pues a mí me tenía enamorada hasta hace unos dos meses. Ya no, ya está muy visto. Pero lo leo a diario.

  6. Es un playboy, por lo que se ve. Y qué buena la entrevista a Carlos Oroza que cita. Gracias también a Javier Bilbao, fantástico periodista.

  7. Jabois, tes un careto de jalejo que te cajas, neno. Mola, mola.

  8. Joven, guapo, inteligente y talentoso, tiene todos los números para ser un cabrón y sin embargo tiene ética, o como se decía antes, parece buena persona. Sus opiniones me reconcilian con la raza humana, gracias Jabois.
    Si me permite un consejo, no meta la mano en los pañales, no sacará de allí nada en limpio.

  9. ‘Tiene ética… parece buena persona’. Exacto. Esa es mi impresión. Y es lo que transmite su escritura: verdad, honestidad, ausencia de compostura. Jabois no vende nada. Sabe, sabio, que su oficio es mostrarse, transparente, grande en su/nuestra miseria de dioses que nos partimos el culo ante el espejo. Muy fan.

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  12. Yo lo llevo leyendo ya unos años y siendo gallego como él, nunca me he quitado la impresión de que se está riendo de todo el mundo. Él sabe que no escribe tan bien como la gente se piensa, pero que mola. Me ha sorprendido lo que hay dicho de que pone sus ideas al servicio de la fonética, porque precisamente eso es lo que yo pensaba de él: que le importa más escribir algo con estilo y que suene bien que lo que escribe. O sea, que mucho de apariencia, pero sustancia, poca. Y ya ven: a la gente le encanta y no sólo eso, sino que la gente se va por ahí pensando que no son unos superficiales porque lo han leído y les cuesta un poco entenderlo. Lo cual habla muy mal de los lectores.

    Y por cierto, pagaría por leer la entrevista a Carrillo.

  13. Me estoy quedando out. No sabía quién era este señor. No está mal: malditismo de provincias. Veamos lo que dice google.

  14. Grande Jabo!

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