Pies, ¿para qué os quiero? - Jot Down Cultural Magazine

Pies, ¿para qué os quiero?

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“Pies, para qué os quiero si tengo alas para volar”. Frida Kahlo

Paseando en verano es habitual ver un buen montón de pies… Delicados piececillos subrayados por elegantes sandalias de Gaultier, o infames peanas sudorosas cuyos pulgares asoman aprisionados por la tira de unas chanclas de playa. Incluso se puede uno topar con una de esas desconcertantes tiendas de ictioterapia donde una fila de pies en remojo es asaltada por peces devoradores de pieles muertas.

El verano es el momento ideal para ir descalzo. Me encantan los placeres sensoriales como pasear mis peludos pies de hobbit por las playas pedregosas de la Costa Brava, o remojarlos en la orilla del mar. Casi todo el mundo disfruta de la sensación placentera de un suave masaje en la planta de los pies… Y a veces la cosa va un poco más lejos: un fetichista de los pies sentirá excitación sexual al acariciar, lamer, chupar, cosquillear o besar los pies ajenos. No cualquier pie, por supuesto: no faltan los fans de los pies sucios, pero los más apreciados suelen tener curvatura elegante y buena pedicura. El pie no es una extremidad maloliente: ese es un prejuicio igual de estúpido que el que considera la vulva como órgano inmundo per sé. Un pie limpio no huele mal, unos genitales limpios tampoco.

El fetichismo por los pies (odio el cacofónico término podofilia) es particularmente frecuente en varones: circulan por Internet listas más o menos fiables de famosos con afición por los pies, desde Elvis Presley a Enrique Iglesias, Dostoyevsky o Andy Warhol, que conservaba un pie humano momificado entre sus trastos. Por supuesto, también hay mujeres que encuentran sexualmente estimulantes los pies y los zapatos, aunque el fetichismo podal femenino es un fenómeno aún poco estudiado, quién sabe si por influencia freudiana.

Para Sigmund Freud el pie es un símbolo del pene. Quién lo hubiera imaginado, ¿eh? En una nota escrita en 1910 Freud explica la podofilia sosteniendo que el pie representa “el pene de la mujer, cuya ausencia impresiona fuertemente”. En Fetichismo pone el ejemplo de un niño que ve por primera vez los genitales de su madre e interpreta la desconcertante ausencia de pene como una amenaza de castración. Para contrarrestar ese peligro, el crío se negará inconscientemente a aceptar ese vacío, adoptando como sustituto del pene materno lo último que hubiera visto antes de posar su mirada en ese traumático coño. Zapatos, pies, lencería: “la elección tan frecuente de piezas de lencería como fetiche se debe a lo que se retiene en ese último momento del desvestirse en el que todavía se ha podido pensar que la mujer es fálica”.

Lo lamento por los psicoanalistas clásicos que me estén leyendo, pero como explicación siempre me ha parecido poco convincente. Nunca he comulgado con la descripción freudiana de los genitales femeninos como un vacío, una ausencia, un tubo, un pene castrado; una visión que desprecia e ignora la vulva o el clítoris… Pero ese es tema para otro artículo.

Probemos con otro acercamiento: si el pie no simboliza un pene… ¿Qué simboliza?

El pie es el reflejo del alma

 “Soy ciertamente tu Señor, así que quítate los zapatos”. Corán, Ta Ha 20:12

Muchas confesiones religiosas han exigido tradicionalmente descalzarse y realizar los ritos sagrados con los pies en contacto con el suelo. Pitágoras aconsejaba a sus discípulos que se quitaran las sandalias para ofrecer sacrificios a los dioses, y Moisés se acercó descalzo a la zarza ardiendo. El razonamiento parece ser no ensuciar con el polvo del camino los lugares sagrados, aunque me queda la duda razonable de si no será peor el remedio que la enfermedad en caso de llevar los pies muy sucios (y aquí me vienen a la memoria los tomates calcetineros de Paul Wolfowitz en una mezquita turca).

Para los pies sucios hay un rápido remedio… lavarlos. En Oriente Medio el pediluvio se consideraba un deber de cortesía: tradicionalmente, el anfitrión recibía a sus huéspedes ofreciéndoles agua para que se lavaran los pies. En Lucas 7, 37-38 se cuenta cómo una pecadora (léase “prostituta”) se arroja a los pies de Jesucristo para limpiarlos con sus lágrimas y secarlos con su propio cabello. La mujer “besaba sus pies y los ungía con ungüento”, en una escena algo turbadora que oscila entre la humilde adoración y la podofilia sagrada. Como nota lateral: a raíz de una confusión del papa Gregorio en el siglo VI, se identificó a esta “pecadora” con María Magdalena, que de prostituta no tenía nada. Hay quien ve en esta maniobra un intento de desacreditar a Magdalena como predicadora para limitar el papel de la mujer en la Iglesia primigenia…

El propio Jesucristo dio muestras de humildad lavando los pies a sus discípulos tras la Última Cena. De esa escena siempre me ha hecho gracia la reacción de Simón Pedro, que aprovechó para pedir sin éxito que de paso le lavaran manos y cabeza. Tras los doce pediluvios, Jesús sentenció: “si yo, el Señor y Maestro, os he lavado los pies, vosotros también debéis lavaros los pies unos a otros“; una hermosa comunión de pies limpios conocida como mandatum. Otras tradiciones como la hindú no llegan a tanto: para mostrar respeto les basta con inclinarse y tocar el pie en un gesto llamado pranāma.

Sucios o limpios, para muchas religiones los pies son un símbolo del alma, la base que mantiene erguido el cuerpo físico del mismo modo que el alma soporta el cuerpo astral. Esta asociación explica que existan tantos seres demoníacos representados en el folklore con pies deformes (¡las tradicionales pezuñas diabólicas!) o incluso invertidos: tanto el dios azteca del inframundo Xolotl como el vampiro femenino indio Pichal Peri o el duendecillo brasileño Curupira son representados habitualmente con los pies apuntando hacia atrás, lo que ponía comprensiblemente de los nervios a cazadores y rastreadores. Las huellas tienen su propio poder: la madre del fundador de la dinastía Chou se quedó embarazada al pisar una huella dejada en la roca por un dios.

Resumiendo: descalzarse es señal de respeto, lavar o tocar los pies es muestra de humilde adoración y el pie en sí mismo simboliza la base del alma. Necesitaremos más datos para entender la sexualización de los pies: tras la religión, acudamos a la ciencia.

El pie como insospechada fuente de placer

 “El pie humano es una obra maestra de ingeniería y una obra de arte”. Leonardo Da Vinci

En 1950 un neurocirujano llamado Wilder Penfield empezó a practicar cirugías cerebrales a pacientes epilépticos. En este tipo de operaciones indoloras el paciente permanece consciente: debe ser una sensación extraña tener levantada la tapa de los sesos mientras un cirujano trastea con tus pensamientos. Penfield tomó nota de qué reacciones producía la estimulación eléctrica de diversas áreas del cerebro, y con esa información trazó un mapa del córtex somatosensorial, una franja de la corteza cerebral que procesa los estímulos procedentes de cada parte del cuerpo. La representación gráfica de este mapa es el homúnculo de Penfield: un gracioso monigote gracias al que se puede comprobar que las manos y la boca acaparan la mayor parte del córtex. Hablar y tocar parecen ser las especialidades humanas.

Todos los pacientes analizados por Penfield fueron hombres, una lamentable omisión corregida por Barry Komisaruk en un memorable experimento reciente: analizando las respuestas cerebrales de once mujeres mientras se masturbaban, pudo mapear en el córtex las zonas correspondientes al clítoris, la vagina y el cuello uterino.

Analizando el mapa se observa algo significativo: las áreas cerebrales dedicadas a los pies y a los genitales están una al lado de la otra. Y aquí entra en escena el neurólogo Vilayanur Ramachandran, que con su estudio sobre el dolor de los miembros fantasma llegaría a conclusiones sorprendentes. Tras la amputación de una parte del cuerpo, la zona correspondiente del córtex cerebral deja de recibir información de esa extremidad, pero muchas veces sigue activa, haciendo creer al cerebro que el miembro amputado (“fantasma”) sigue ahí. Además, esa área del córtex suele acabar siendo reutilizada por las zonas adyacentes. Por ejemplo, al amputar una mano, la zona del córtex correspondiente se ve invadida por la más cercana, la de la cara. Así, estimular la cara del paciente hace que se alivie el dolor de la mano fantasma.

¿Qué consecuencias tiene que la zona adyacente a los pies en el córtex sea la de los genitales? Para empezar, que las reconexiones cerebrales tras una amputación son desconcertantes. Ramachandran narra cómo varios pacientes con un pie amputado refieren no solo haber aumentado la intensidad de sus orgasmos, sino también sentir placer sexual procedente del pie fantasma. En otro caso, un paciente al que se le tuvo que amputar el pene refiere cómo al cabo de un tiempo empezó a experimentar fuertes orgasmos cuando su esposa le masajeaba y lamía los dedos de los pies.

Para Ramachandran, esta plasticidad cerebral ayuda a explicar el fetichismo por los pies también en casos sin amputación alguna. Con un entusiasmo contagioso, sostiene que “tal vez todos tengamos un cierto cortocircuito entre estas zonas cerebrales, lo que explicaría por qué nos gusta tanto que nos chupen los dedos de los pies”. A un amigo mío fetichista de los pies le fastidia una interpretación tan poco mística, pero a mí me hace gracia tanto que cada cual tenga su propio cableado cerebral de zonas erógenas como que los pies sean tan propensos a dejarse estimular.

Pero es inevitable preguntarse: ¿no será todo más sencillo? ¿No será que visualmente los pies pueden ser muy bonitos a pesar de su injusta mala fama? Tras el psicoanálisis, la religión y la ciencia, le toca el turno al arte.

El pie considerado como una de las bellas artes

Imagino que la diosa del Amor ha descendido del Olimpo para visitar a un mortal. Para no morir de frío en nuestro mundo moderno, envuelve en pieles su cuerpo sublime y se calienta los pies en el cuerpo prosternado de su amante”. Leopold Von Sacher-Masoch

En mis primeros años universitarios, un amigo me pidió que escribiera un guión para su primer cortometraje. Como siempre me ha fascinado el bondage, escribí una historia que empezaba con la protagonista medio desnuda y atada a la cama… Y como nadie del equipo de rodaje sabía manejar cuerdas, me ofrecí voluntario para atarla y desatarla en cada escena. El corto fue un fracaso, pero yo me lo pasé muy bien.

La moraleja es que para un cineasta es fácil disfrutar de sus fantasmas eróticos a la que sea un poco espabilado… Y Quentin Tarantino, entre otras muchas cosas, es un tipo listo. Reconocido fetichista de pies, el director se las ha arreglado para incluir planos de delicados piececitos femeninos en todas sus películas. Los momentos más recordados son el diálogo sobre masajes en los pies de Pulp Fiction, los obsesivos primeros planos del pulgar de Uma Thurman en Kill Bill y, sobre todo, la hipersexual escena de Abierto hasta el amanecer que Tarantino escribió para darse un homenaje: una bellísima Salma Hayek bailando con una pitón albina (¡mujeres y serpientes!) y embutiéndole el pie en la boca al propio Quentin en una peculiar forma de servir alcohol. No es la única vez que el director ha sido visto bebiendo de pies o zapatos ajenos: aquí podéis verle tomando champán a sorbitos de unos Louboutin.

Aunque ya décadas antes de Tarantino los amantes de los pies bonitos habían podido disfrutar de escenas tan inolvidables como el arranque de Lolita de Stanley Kubrick, con esa delicadísima y amorosa pedicura… En la versión de los noventa también vemos en varias ocasiones a la Lolita interpretada por Dominique Swain vacilarle a Jeremy Irons utilizando como arma sus sensuales piececillos. Otras veces, el fetichismo se ha usado como alivio cómico: me vienen a la memoria esta hilarante escena con las botas de Jamie Lee Curtis en Un pez llamado Wanda, el baboso papel de Chris Elliott en Algo pasa con Mary o toda la subtrama del “pisoteador de Baltimore” en Polyester, de John Waters.

En España tenemos a Luis Buñuel salpicando sus películas con referencias podófilas y fetichistas: los botines de piel que despiertan la pasión de un anciano en Diario de una camarera, la pierna amputada de Catherine Deneuve en Tristana (una presencia espectral que obsesionó a Hitchcock), y por supuesto las escenas de dominación y sumisión de la hermosísima Belle de jour. Aunque el cineasta español fetichista por excelencia fue sin duda Luis García Berlanga, cercano al mundillo del sadomasoquismo y reconocido fetichista del zapato de tacón: los botines, en particular, le sugerían agradables fantasías de dominación femenina. En sus películas los fetichismos aparecen como guiños más o menos explícitos (la Bárbara Rey masoquista de La escopeta nacional, la colección de zapatos de Gurruchaga en París-Tombuctú), o como parte central del guión en Tamaño natural, un estudio de los mecanismos del fetichismo y sus peligros en caso de obsesión.

En 1999, Berlanga instituyó el Premio a la Mujer Mejor Calzada de España, entregado desde entonces en el Museo del Calzado de Elda. El trofeo es un zapato de tacón de aguja con alas (lo que vestiría el dios Mercurio si quisiera travestirse), y ha caído en manos, o más bien en pies, de mujeres tan dispares como Ana Rosa Quintana, Anne Igartiburu, Paz Vega, Marta Sánchez, Terelu Campos o Esperanza Aguirre (!).

En fotografía el primer nombre que viene a la cabeza es el de Elmer Batters, un genio especialmente activo durante los cincuenta y sesenta con muchísimo ojo para retratar piernas, pies y zapatos. Desgraciadamente en esa época pacata su fetichismo no fue comprendido, y como muchos otros fotógrafos de la época, sufrió el acoso de la justicia bajo acusaciones de perversión y obscenidad. Batters nunca entendió el porqué de tanta persecución: para él su atracción por los pies era limpia, lírica y sencilla. En sus propias palabras: “las piernas están para andar, bailar y amar. Pero también se dirigen a quienes se sienten fascinados por ellas, en un lenguaje tan elocuente como la poesía”. La mayor parte de su vida Batters pasó relativamente desapercibido en círculos artísticos, poco dados aún a bucear en la iconografía fetichista, hasta que en los noventa el avispado Benedikt Taschen publicó los recopilatorios From the Tip of the Toes to the Top of the Hose y Legs That Dance to Elmer’s Tune, que descubrieron al público la enorme calidad de sus fotografías. Más vale tarde que nunca: desde entonces su trabajo se ha expuesto en galerías respetables de Nueva York, Rotterdam, París o en el IVAM valenciano.

Otros fotógrafos han retratado pies, piernas y zapatos con maestría, aunque no de forma tan dedicada y meticulosa como Batters. A mí me gusta especialmente Nina Leen, una de las primeras fotógrafas de Life, que en sus retratos de mujeres americanas siempre prestó especial atención al calzado… O la fotografía erótico-podofílica de Lucien Clergue, o el talento avasallador de Helmut Newton y sus supermujeres vestidas solo con tacones. En España tenemos a Alberto García-Alix, un grandísimo retratista que siempre se ha sentido cómodo con las sexualidades alternativas. O, en estilos más abiertamente fetichistas, fotógrafos como Antonio Graell y popes del porno sadomasoquista muy aficionados a los pies, como el mítico José María Ponce.

El sadomasoquismo erótico y el fetichismo por los pies se han entendido siempre muy bien. Y es que ante unos pies bonitos el fetichista no tiene por qué sentir solo el impulso de acariciarlos y lamerlos, sino también atarlos (como muestra Ipe Ray), azotarlos con una técnica llamada bastinado, hacerles cosquillas… Los fans del cosquilleo se hacen preguntas intrigantes cómo qué pasaría si se le hacen cosquillas a una bibliotecaria descalza, un escenario tierno y cruel (¡debería reírse pero no puede!) emparentado con el #readingissexy.

Casi todos los dibujantes de cómic erótico han representado pies apetecibles, especialmente los habituales de la temática sadomasoquista. Así a vuelapluma me vienen a la cabeza los taconazos de Guido Crepax en Histoire d’O o las preciosas botas altas habituales en Gwendoline de John Willie. Sin embargo, si hay que destacar un dibujante podófilo en particular, la elección está clara: Franco Saudelli. Este ilustrador italiano, habitual en magazines eróticos de los noventa, se especializó en dibujar damas en apuros bien atadas, casi siempre con sus delicados piececillos flexionados y a la vista.

Traigamos referencias literarias: evidentemente, uno de los principales fetichistas del pie es Leopold von Sacher-Masoch, que elevó a categoría de arte el acto de postrarse rendido y humillado a los pies de una mujer triunfante. También hay que mencionar al novelista francés Nicolas Edme-Retif, cuya pasión pionera por el calzado femenino hizo bautizar como retifismo a la adoración por los zapatos. Pero de quien querría hablar aquí con más detalle es del escritor, pintor y grabador polaco Bruno Schulz, cuyos textos delicados y pesimistas he admirado siempre muchísimo. Su recopilatorio de grabados El libro idólatra, publicado aquí por Maldoror Ediciones, es una intrigante maravilla. Sus imágenes expresionistas convierten el fetichismo en un ritual religioso en que la mujer-diosa es adorada por una multitud de hombres deformados y goyescos, alguno con los rasgos del propio Schulz. Estas femme fatales inalcanzables dejan sin embargo accesible una parte de su cuerpo: los pies que atraen al idólatra con un magnetismo erótico irresistible. Una estúpida disputa entre dos oficiales nazis le costó la vida a Schulz en 1942: espero que la diosa le haya acogido en su seno. O a sus pies.

El pie es un caramelo cuyo envoltorio es el zapato

Envíame tus zapatos, ya desgastados de tanto bailar, para que tenga algo tuyo que estrechar contra mi corazón”. Johann Wolfgang von Goethe

Que el Príncipe no fuera capaz de reconocer a Cenicienta por la cara sino por la forma en que encajaba su pie en un zapatito de cristal siempre me ha resultado sospechoso de podofilia… Y tampoco acabo de entender por qué esos zapatitos no volvían a ser costrosas sandalias campesinas al llegar la medianoche. Sea como sea, hay muchas más versiones del cuento de Cenicienta que la insulsa de Perrault adaptada por Walt Disney: la historia es un antiquísimo arquetipo materializado en narraciones chinas, hindúes o egipcias con pocas cosas en común más allá de la intervención salvadora de un simbólico zapato como forma de identificar a la protagonista. En la versión de los hermanos Grimm las hermanastras de Cenicienta llegan a mutilarse un par de dedos y cortarse el tendón de Aquiles para encajar el pie en el zapato de marras, adelantándose un par de siglos a las operaciones de cirugía estética e inyecciones de bótox en los talones que se hacen hoy en día las fans de los Jimmy Choo con pies poco aptos para los tacones kilométricos.

Y es que los zapatos de tacón tienen una innegable belleza que los convierte en fetiches eróticos por derecho propio, pero también resultan peligrosos para la salud si se llevan en exceso. Llevar taconazos constantemente puede provocar deformidades (juanetes, dedos en martillo), dolores crónicos o problemas en los tendones. De todas formas, basta con alternar los tacones con calzado plano durante al menos un tercio del tiempo que se permanece de pie para que el riesgo disminuya enormemente. Muchas mujeres que conozco hacen algo parecido: empiezan la noche llevando zapatos de tacón de aguja, pero traen bailarinas en el bolso para cambiarse a partir del momento en que los taconazos duelen demasiado o se vuelven incómodos.

La dificultad para caminar y el hecho de que los tacones resulten dolorosos los convirtió en enemigos naturales de la segunda ola del feminismo, allá por los setenta. Su tesis era que más que objetos embellecedores eran instrumentos de tortura creados para subordinar a las mujeres y objetificarlas ahogándolas en un canon de belleza opresor. Abundaron las comparaciones con la costumbre tradicional china de vendar y deformar los pies femeninos, un procedimiento horrendo y literalmente nauseabundo sobre el que prefiero no hablar. La feminista Germaine Greer llamaba a este tipo de zapatos “fuck-me shoes” o zapatos-fóllame, un semichiste que hizo bastante fortuna (una canción de Amy Winehouse se llama Fuck-me pumps, donde pumps es otra forma de llamar a los zapatos de tacón).

Más recientemente surgió con fuerza un feminismo sex-positive menos tremendista, en que los taconazos se usan en su justa medida como herramienta femenina de autoafirmación… Y la justa medida aplica aquí no solo a la necesidad de alternar tacones con zapatos planos, sino a casos como el de Carrie Bradshaw en Sexo en Nueva York, que sin ser millonaria acumula centenares de Manolo Blahniks y Jimmy Choos a unos 400-500 dólares de media por par. Esta tendencia a coleccionar zapatos como quien acumula conservas antes del apocalipsis no es exclusiva de personajes de ficción: es conocido el caso de la ex Primera Dama filipina Imelda Marcos, alias “Mariposa de Acero”, que al huir del país rumbo a Hawai en 1986 dejó tras de sí 1060 pares de zapatos de lujo. O, en una nota menos criminal, es bonito comprobar el orgullo con que la bailarina de neo-burlesque Dita von Teese muestra su colección de zapatos, muchos regalo de Christian Louboutin en persona.

El fetichismo del pie puede resultar difícil de comprender al primer vistazo, pero el gusto por los zapatos de tacón es bastante autoexplicativo sin que Freud identifique el tacón con un sustituto del pene. Una mujer con tacones parece más alta y de piernas más largas, y adopta una postura erguida que subraya las curvas del cuerpo y hace destacar pantorrillas, nalgas y pechos. La forma de caminar se vuelve más sinuosa y, según los cánones occidentales, elegante y seductora. El tamaño del tacón influye en el resultado: los taconcitos de 4 cm apenas alteran el paso, mientras que caminar con tacones de aguja de 13 cm sin plataforma es un reto complicado.

Los tacones de más altura son ya puramente decorativos o se emplean en el mundillo BDSM. Por ejemplo, las ballet boots están diseñadas específicamente para fantasías fetichistas: taconazos de 18 cm o más, junto a un empeine curvado que fuerza la postura en punta de las bailarinas. Se usan por placer estético o como restrictores de movimiento (una forma de bondage, atentos al candado), no tanto para caminar… Aunque hay modelos fetichistas, como Maisumi Max, capaces hasta de bailar con estas botas puestas. En uno de esos curiosos cortocircuitos entre el mundo del sadomasoquismo y el de la música pop, varias cantantes han llevado estas botas de ballet en sus vídeoclips: Beyoncé en Green Light, Pink en U and Ur Hand o Christina Aguilera en Hurt.

Y es que los zapatos de tacón son un icono sadomasoquista natural. Una de las imágenes tradicionales de la dominación femenina muestra a la Dómina pisando el cuerpo rendido del sumiso con sus afilados tacones, sea amorosamente o con mala idea en un enérgico trampling. El equivalente más cercano intercambiando los géneros sería el del fetichismo por las botas militares o de montar, también extendido aunque no tan frecuente. Y la fantasía desbordante propia del BDSM permite diseñar zapatos surrealistas, como esta maravilla que convierte a quien lo lleve en un dócil pequeño pony.

Sea como herramienta del agradablemente perverso mundo del sadomasoquismo, sea como accesorio de moda transformador del cuerpo y los andares, el zapato de tacón es un punto focal de atracción del deseo y una encarnación del eterno femenino. Y despediré este podófilo artículo con una muestra reciente de su poder icónico: para promocionar el blu-ray de Cenicienta, en Disney le encargaron a Christian Louboutin que creara un par de zapatitos de cristal. Aquí podéis ver el resultado: una curiosa mezcla de las características suelas rojas de los Louboutin con la etérea y vagamente cursi imaginería disneyana. Unos zapatos pensados para que cualquiera que se los ponga se convierta automáticamente en princesa…

Y si luego esa princesa clava el tacón de cristal de Swarovski en la espalda de su príncipe azul ya no lo sabremos, aunque podemos imaginarlo.

 

 

8 comentarios

  1. Un artículo brutal no, lo siguiente. Si ya era bueno, con la mención a “Un pez llamado Wanda”, en la que estaba pensando desde que empezó el artículo, me has conquistado del todo.

    Bienvenido otra vez, has vuelto por la puerta grande.

  2. Un artículo:

    ¡Soberbio! ¡Atractivo! ¡Envolvente!

  3. Bravo.

    Te ha faltado aquella de la Ilíada: “sus pies no tocan el suelo pues camina sobre las cabezas de los hombres.”

  4. No hay que olvidar a Robert Crumb. Dentro de sus múltiples parafilias nos podemos encontrar también la de los pies.

  5. Pingback: Hay que joderse - Blog tentacular de Josep Lapidario

  6. Los pies son hermosos, los zapatos de tacón, repugnantes.

  7. Tan solo una apreciación: Luis Buñuel tendría esa fijación festichista que dices, pero la pierna amputada en “Tristana” se debe a que la película es una adaptación de la novela de Galdós (genial pero incomprendida en su tiempo y mejor que la película).

    Un saludo.

  8. Madre mía Articulazo!!! Tengo k volver a leerlo y recrearme en cada alusión,cada cita,cada referencia…
    Dios como echo de menos a piesdehobbit…a él le gustan más los calcetines que los tacones…

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