
Aleph de felicidades
Jorge Luis Borges, que logró dar al universo la ilusión de su enumeración innúmera en El Aleph, supo recibir también del mundo una heterogénea serie de regalos aparentemente caótica, aunque íntimamente cósmica. Prodigados y compartidos hacia al final de su vida con María Kodama, aquellos cómplices dones componen ahora una especie de Aleph de felicidades que se abre generoso a la complicidad de todos.
En el prólogo del Atlas “que ciertamente no es un Atlas” consideraba oportuno Borges comenzar hablando de la pluralidad de sus causas. Muchas son también, desde luego, las que ocasionaron el presente escrito, que se ideó en Buenos Aires, contemplando la biblioteca, los objetos y las imágenes del autor de El Aleph en la sede de la Fundación Internacional Jorge Luis Borges, bastante antes de que esta fuese abierta al público.
No intentaré, pues nadie es Borges, la enumeración, siquiera parcial, de un conjunto de elementos tan infinito como el que me pareció percibir, por decirlo borgesianamente, en aquel instante intenso y gigantesco de mi vida, sin duda compuesto por millones de asociaciones sin fin.
Me limitaré a agradecer la invitación y la guía generosas de María Kodama, quien ya había tenido la gentileza de presentar en Buenos Aires mi primer libro sobre Borges, haciéndome sentir como un dantista a quien le presentase la obra, no el propio Dante, sino la misma Beatriz. O más bien, tratándose de un estudioso de Borges, haciéndome sentir como si aquella obra la presentase la tan expresamente invocada, en la producción del autor, María Kodama, y como si mi cicerone por el paraíso de curiosidades borgesianas fuese una unánime y sobrevenida Ulrica oriental.
Pocos años después, yo mismo tuve el honor de presentar a María Kodama en Santiago de Compostela, así como de guiarla, por lugares emblemáticos de la Galicia compartida con Carmen Blanco, como la catedral de Santiago, el Casco Viejo de Compostela, el Parque de la Herradura, las rosalianas orillas del Sar, el Paseo Marítimo de A Coruña, el Atlántico reflejado en las galerías de cristal, la bahía desde la Torre de Hércules, el Memorial de Paz y Libertad… Y en esas excursiones se completaron las mil y una historias borgesianas con que nos obsequió, minimalista y caudalosa, esta Scheherezade austral, haiku y saga como Japón e Islandia, pero también ecuménica y viajera como Buenos Aires y Santiago de Compostela.
Este artículo de nuestro archivo está completo para lectores registrados. Registrarse es gratis y solo lleva un minuto.






Claudio, muy feliz me haces. Gracias.
éramos pocos…
El art, claro, bien.
Qué gusto el ver tantos perfiles de una misma persona en ambientes tan dispares. Gracias por mostrar lo inasible.
Es amor
El texto que mencionas de Valente tiene un precedente,si cabe más importante que Borges, el del «maestro» Eckardt
Delicioso el repaso de nuestro Borges, nuestro del castellano. Delicioso por erudito, por bien escrito y por…borgesiano: mundos dentro de mundos, letras entrelazadas con calles, números con versos, María Kodama con Carmen Blanco. Y Caludio de la mano de su Virgilio porteño.
Gracias
Hoy usted me ha hecho muy feliz, y quizás lo único que compartamos es este momento en que yo lo leo a usted, y ambos leemos en sus palabras el espejo áquel donde Borges no se reflejaba pero se intuía… se sabía
Muy grande Borges; intelecto superior al servicio del arte, ¿Qué más se puede pedir? Degustar el aleph, esa tornasolada mota de polvo debajo del escalón y puedes hacerlo gratis y comentarlo en
http://fulgoresliterarios.blogspot.com.es/
Pingback: Borges para Rodríguez Fer: sin fronteras | La Huella Digital
Artículo muy entretenido, me ha hecho muy feliz, Saludos.
Pingback: La tradición japonesa en el arte poético de Borges | Alternativa Nikkei
Pingback: La tradición japonesa en el arte poético de Borges – Alternativa Nikkei