Petróleo: una historia de (des)amor (I) - Jot Down Cultural Magazine

Petróleo: una historia de (des)amor (I)

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Estamos en 1859. La Reina Victoria, soberana de medio mundo, asiste complacida a la puesta en funcionamiento del Big Ben de Londres, comienzan las obras del canal de Suez y una tormenta solar (la más grande de la que se tiene constancia) deja fritas temporalmente las líneas telegráficas que unen Gran Bretaña y Estados Unidos. El equivalente victoriano de “desenchufar” Internet. Sí, todo sacado de Wikipedia. Pero si miramos la “wikilista de acontecimientos de 1859”, apenas cuatro días antes de la tormenta solar ocurría otro hecho que, pese a pasar bastante desapercibido en su momento, cambiaría la historia de la humanidad: Edwin Drake conseguía bombear petróleo de un pozo en Titusville, Pensilvania. Y ya sabéis lo que dicen de los pozos de petróleo: una vez haces el primero, los 500.000 siguientes salen solos.

No nos equivoquemos, la existencia del petróleo era conocida desde hace siglos y muchas culturas le habían encontrado aplicaciones, militares y medicinales en su mayor parte. Pero este era el primer hito en lo que a tecnificar e industrializar la extracción de petróleo del subsuelo se refería. Hasta entonces, se obtenía de yacimientos naturales en los que el petróleo brotaba como lo hace el agua en los manantiales y las pequeñas cantidades obtenidas eran más que suficientes para satisfacer la demanda.

El origen de este evento se remonta a trece años antes, cuando un geólogo canadiense desarrolló un método para obtener queroseno a partir de la destilación de petróleo crudo. Esto abrió las puertas a una alternativa al aceite de ballena empleado en las lámparas. Aun así, la dificultad para obtener grandes cantidades de petróleo barato, hizo que su uso no fuese masivo. Pero un empresario llamado George Bisell creía saber cómo solucionar eso. Envió en 1857 al coronel Edwin Drake a la región de Oil Creek (Pensilvania occidental) con este propósito. Quería experimentar con nuevas técnicas de extracción de petróleo o “aceite de roca”, como era también conocido, para posteriormente destilarlo y ofrecerlo como queroseno barato para iluminación. Este tendría como base de operaciones Titusville, el pueblo más importante de la región de Oil Creek.

El coronel Edwin Drake (lo de coronel se lo inventaron para darle más autoridad) no era un experto en el campo de la minería o la geología, pero como jubilado de una empresa de ferrocarriles, podía desplazarse gratuitamente empleando el tren, lo cual le convertía en un explorador bastante barato de mantener. Aun así, el campo de la prospección petrolífera era algo tan nuevo, que no existían expertos como tal, con lo que Drake no estaba menos capacitado que cualquier otra persona con algo de espíritu emprendedor. Tras casi un año sin resultados y con el pueblo de Titusville tomándole por loco, se le ocurrió contratar a un herrero para que le ayudara a utilizar las máquinas empleadas en la minería de sal, para tratar de extraer petróleo. Cuando todo parecía perdido y los inversores habían ordenado desmantelar las instalaciones, decidieron emplear un nuevo sistema de tuberías y bombas de agua para tratar de bombear el crudo. El sistema funcionó, y el primer barril fue vendido por 40 dólares. Drake demostró que era posible extraer petróleo en grandes cantidades, a precios muy baratos, si se hacía mediante la perforación de pozos y su posterior bombeo. De la noche a la mañana dio nacimiento a una industria de millones de dólares y la “fiebre del oro negro” se desató en Pensilvania occidental.

Si la burbuja inmobiliaria de España nos pareció un fenómeno económico explosivo, la fiebre del petróleo en Estados unidos en los años siguientes a 1859 fue una bomba nuclear. En tan solo un año, un inversor podía llegar a multiplicar por más de 7.000 cada dólar invertido. Esto vino acompañado de una sobreoferta tal, que en menos de un año el precio del barril pasó de 10 dólares a 10 céntimos. Aun así, el sector salió adelante. Además, alrededor del petróleo crecieron multitud de industrias de soporte: maquinaria, tonelería, transporte, construcción, maderas… Cientos de personas llegaban todas las semanas a la zona de Oil Creek en busca de su pequeña fortuna.

Uno de los problemas endémicos de la primera fase de esta fiebre del petróleo es lo que el autor del libro The Prize: the epic quest for oil, money and power llama la “metáfora del batido de chocolate”. Si echamos un vistazo a una fotografía de Titusville en 1860, prácticamente toda la ciudad estaba cubierta de pozos de petróleo, había uno cada pocas decenas de metros. Cada uno compraba su ínfima parcela de tierra y trataba de perforar tantas veces como su equipo y superficie le permitieran, para después instalar bombas de extracción. Es como si un grupo de personas tratara de beberse un mismo batido de chocolate a la vez, metiendo tantas pajitas como fuese posible y sorbiendo todo antes de que el de al lado lo hiciera. Los pozos se agotaban muchas veces en cuestión de días y había que desmontarlos y volver a perforar en otro lugar para, muchas veces, acabar en la misma situación. Era un sistema pésimamente ideado que llevaba a la gente a una espiral de gloria y ruina.

No fue hasta el fin de la Guerra de Secesión, en 1865, cuando la fiebre del petróleo toco techo en la región de Oil Creek. La euforia que siguió a la firma de la paz trajo aún más aventureros a la zona y la sobreexplotación se hizo aún mayor. En menos de 500 días, el yacimiento petrolífero de la región de Titusville se agotó (para la tecnología de la época) y cientos de personas se arruinaron de golpe. Los equipos se vendían para chatarra y terrenos por los que se pagaron millones, vieron caer su precio a unas pocas decenas de dólares. Pero Titusville era solo la punta del iceberg y una potente industria se había extendido por todo el oeste de Pensilvania. Y es en este momento cuando hace entrada en escena “El Hombre”, John D. Rockefeller, que moldearía y controlaría la industria petrolífera tal y como hoy la conocemos.

Fue en estos años de locura cuando, para alegría de los productores, el ferrocarril llegó por fin a la región. Esto fue un arma de doble filo pues, pese a proporcionar un medio fácil de dar salida a la producción local, trajo la competencia de las grandes refinerías de Cleveland, a 400 kilómetros de la región. Refinerías como la de John D. Rockefeller. Al parecer, Rockefeller era un hombre obsesionado con la optimización continua de los costes de producción, lo cual llevó a su refinería a ser la una de las más competitivas de la ciudad. Consiguió reducir los costes de refino en un 50% aplicando economías de escala y optimización de procesos, algo que a los pequeños productores ni se les había pasado por la cabeza. De este modo consiguió un volumen de refino muy considerable que le permitió renegociar ilegalmente los precios del transporte con las compañías de ferrocarril, dando origen a su (merecida) leyenda negra. Al observar el panorama empresarial de las cuencas petrolíferas de Pensilvania, donde hasta los pastores extraían y refinaban petróleo, Rockefeller veía caos e ineficiencia. En cierto modo, él se consideraba llamado a poner orden en esa industria, lo cual implicaba llevarse por delante a todo el que se negase a colaborar con él. No solo pretendía acaparar el mayor número de productores y plantas de refino, sino concentrar todo en una misma empresa, creando el esquema de integración vertical de las actuales compañías petroleras.

Por aquel entonces el petróleo y el queroseno se transportaban en tren. Para distancias por encima de 500 km, el precio del transporte podía ser del mismo orden que el de la materia prima. Además, las tres compañías de tren que operaban en Cleveland tenían un acuerdo público por el que todas cobrarían lo mismo por el mismo servicio, fuese al cliente que fuese. Esto cerraba la puerta a cualquier acuerdo preferente con Rockefeller, al menos de cara al público. Él quería que le hiciesen un “precio de amigo”, pero ante la prohibición explícita de ello, encontró un subterfugio según el cual él pagaría la tarifa completa, ¡pero las compañías le devolverían parte del dinero! De esta manera consiguió una rebaja de un tercio del precio, o si no, se iba a la competencia.

Una vez consigues que te devuelvan parte de tu dinero a escondidas, el siguiente paso es pedir que les cobren más a tus competidores para dártelo a ti. Y eso es lo que a principios de la década de 1870 consiguió Standard Oil, la empresa de Rockefeller. Su volumen de refino era tan grande, que las compañías de transporte no podían permitirse perderlo como cliente. Llegados a este punto sus competidores estaban perdidos. Difícilmente podían ser más eficientes que Standard Oil en sus procesos, y con el acuerdo secreto con las compañías de trenes, tarde o temprano acabarían por sucumbir ante los precios de Rockefeller.

La gota que colmó el vaso fue la creación de lo que se llamó el esquema “South Improvement Company”. Los grandes refinadores, con Rockefeller a la cabeza, convencieron al director de la compañía de trenes más importante de la zona para crear una sociedad con uno de los nombres más insulsos y opacos de la historia de las empresas: la South Improvement Company (Compañía de Mejora Sur). El objetivo de esta empresa no era otro que profundizar en las relaciones ventajosas de Rockefeller y sus socios con las diferentes compañías de tren. Esta empresa era un intermediario entre los grandes productores y las compañías de trenes. Sería la encargada de recibir y distribuir en secreto el dinero procedente de los altos precios cobrados a los pequeños productores, a los que también espiaría. Como colofón, se acordó un aumento del 100% de los precios para todos los productores que no pertenecieran a la South Improvement. El problema es que cuando todo estaba atado y bien atado, se filtró el trato y la noticia saltó a los medios. Los periódicos de la región destaparon las negociaciones, empresas y personas detrás de ellas, desatando lo que se llamó la “Guerra del Petróleo”.

Los productores independientes se volvieron locos de ira al conocer el engaño al que habían estado sometidos ¡y al que pretendían someterles apenas unos días después! Las acciones de sabotaje y boicot a cualquier cosa asociada con la trama de Rockefeller se sucedieron en los meses siguientes y los productores independientes, ahora agrupados en un sindicato, consiguieron que la South Improvement no transportara ni un solo barril de petróleo. Al final, las compañías de ferrocarriles renunciaron a subir los precios y el ambiente volvió a la normalidad. La normalidad en este caso significaba que Standard Oil seguiría aplicando sus tácticas predatorias para acaparar cada vez más cuota de mercado, pero sin artimañas tan clamorosas como el esquema South Improvement. Con el paso de los años, muchos de los productores independientes que lucharon contra Rockefeller entre 1871 y 1872 acabarían por unirse a él.

Lo que vino después fue un proceso de consolidación y hegemonía de la Standard Oil Company, que llegó a controlar cerca del 90% de las refinerías de Estados Unidos en la década de 1880. Muchas de las estrategias que John D. Rockefeller empleó durante las tres últimas décadas del siglo XIX serían, a día de hoy, constituyentes de delito en muchos países, pero no lo eran por aquel entonces. Dentro del marco del capitalismo norteamericano de finales del siglo XIX, las prácticas de la Standard Oil podían ser tachadas de escasa moralidad, pero era complicado demostrarlas y conseguir emprender acciones legales. Pueblo por pueblo, iban haciendo a los refinadores locales “ofertas que no podían rechazar”. Por supuesto que no mataban a los que lo hacían, pero en cuestión de meses sus negocios se veían abocados a la ruina por la enorme competitividad de Rockefeller y sus socios. Eran capaces de hundir los precios en una región, perdiendo dinero de manera local durante el tiempo suficiente para hacerse con todo el negocio. Una vez controlada la zona, volvían a precios de mercado y seguían su avance. Los defensores de Rockefeller argumentan que hubo un gran número de pequeños productores que, aceptando unirse a él, se hicieron mucho más ricos de lo que nunca hubieran podido ser por sí mismos. Dos versiones de una historia y ambas ciertas probablemente.

Seguramente no fue así, pero si tuviera que imaginar la sala de juntas de Standard Oil el día 22 de Octubre de 1879, sería con un montón de señores con traje corriendo en círculos, desnortados, haciendo aspavientos con los brazos, tirándose del pelo y gritando “oh Dios mío, oh Dios mío” (“oh my God oh my God” en el inglés original). El día anterior, Thomas Edison había presentado su bombilla incandescente y esto iniciaría la cuenta atrás hacia la desaparición de las lámparas de queroseno.

Por raro que parezca, la evolución, en lo que a iluminación doméstica se refiere, entre las Cuevas de Altamira y el Nueva York de 1860 había sido, siendo delicados, algo decepcionante. Veinte años antes de que Edison presentara su bombilla, la gente seguía iluminando sus casas con lámparas de aceite. Pintura impresionista en vez de bisontes, pero lámparas de aceite para iluminar en ambos casos. Es por eso que las empresas petroleras no nacieron para llenar los depósitos de coches que no se inventarían hasta 25 años después, sino para iluminar las calles y casas del último cuarto del siglo XIX. John D. Rockefeller se convirtió en el hombre más rico de los Estados Unidos iluminado ciudades, casas y fábricas, y de la noche a la mañana el siglo XX llamó a su puerta. Por suerte para Rockefeller, para poder usar una bombilla se necesita electricidad, y no sería hasta varias décadas después cuando las redes eléctricas urbanas y domésticas se generalizaron en las ciudades de Estados Unidos. La transición fue muy suave y la noticia pasaría como anecdótica para los directivos de la empresa, que tendrían una reunión mucho más aburrida que la imaginada.

De un modo u otro, como sin duda suscribirían Adolf Hitler, Jose María Ruiz Mateos o Mario Conde (aunque sus casos fueron a la inversa): “lo que un día te quita el siglo XX, te lo devuelve al siguiente”. Y lo que Edison le quitó a la industria del petróleo se lo devolvieron con intereses: Benz, Daimler y por encima de todos, Henry Ford. La industria del automóvil convirtió al petróleo en el recurso natural más importante del mundo y a las empresas que lo explotaban en las más importantes.

El descubrimiento de nuevos yacimientos en Texas y California no hizo sino aumentar el tamaño y relevancia de Standard Oil que, allá donde iba, se topaba con el rechazo de la población y los empresarios locales. Aun así, incluso lejos de su base de operaciones consiguió hacerse hueco, cuando no dominar totalmente, las diferentes regiones petrolíferas de los Estados Unidos.

El siglo XX amanecía prometedor para John D. Rockefeller y la Standard Oil Company, pero la lucha contra los monopolios de un presidente, Theodore Roosevelt, acabaría con sus treinta años de hegemonía de modo brusco. El empeño del carismático presidente, unido a una larga serie de artículos publicados por la periodista Ida Tarbell, pusieron a la opinión pública todavía más en su contra. Tarbell, hija de uno de los productores independientes más importantes de Oil Creek que arruinó Rockefeller, consiguió sacar a la luz los datos y maniobras fraudulentas (esta vez sí, alguna ilegales), que durante más de treinta años habían encumbrado a Standard Oil. Esta campaña tuvo su cénit el en 1911 cuando un tribunal de Nueva York decretó la disolución de la empresa en más de treinta sociedades independientes, acabando con décadas de monopolio. Pese a su disolución, Rockefeller mantuvo acciones en muchas de las empresas y continuó siendo el hombre más rico de Estados Unidos hasta su muerte.

Como contrapunto a su poco moral carrera como empresario, dedicó sus últimos años de vida a labores filantrópicas, donando más de quinientos millones de dólares y emprendiendo proyectos que abarcaban desde hospitales infantiles hasta la fundación de la Universidad de Chicago. Sea como fuere, fue este hombre quien dio forma a la industria del petróleo tal y como la conocemos hoy en día y es indudablemente el protagonista de los primeros cuarenta años de esta historia.

14 comentarios

  1. Pingback: Petróleo, una historia de (des)amor

  2. tremendo articulo

  3. Esperando la segunda parte. La historia es impresionante… Gracias

  4. Interesante, esperando la II parte.

  5. Genial artículo. Ahora petróleo y su influencia en las Guerras Mundiales, ¿no?

  6. Muy bueno.

  7. Pingback: Enlaces compartidos

  8. PD: Ironia en modo off, queda dicho.

    Esclarecedor articulo acerca de la oscura figura del señor Macpato.

    Mira que la gente que comenta aca es educada y discreta; sobre todo el señor Almaciguero que nos hace parecer menos tontos a algunos.

  9. Muy bueno. Gracias.

  10. Muy interesante, me lo he guardado en el kindle para leerlo con calma. Y esperando la segunda parte.
    ¡Gracias!

  11. Me ha encantado la historia y como la has contado. Estoy deseando que salga la segunda parte para leerla.

  12. Muy interesante, me ha enganchado desde el principio.

  13. por favor llevo meses esperando la segunda parte de esta historia

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