Victorino Ruiz de Azúa: "Juan Luis Cebrián se ha convertido en el símbolo del capitalismo de rapiña que se ejerce en este país" - Jot Down Cultural Magazine

Victorino Ruiz de Azúa: “Juan Luis Cebrián se ha convertido en el símbolo del capitalismo de rapiña que se ejerce en este país”

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Le precede su fama de hombre malhumorado, pero tras hablar con él dos horas de temas poco amables y sucesos desafortunados podemos confirmar que es pura leyenda.Victorino Ruiz de Azúa (Burgos, 1952), de formación filosófica y oficio periodístico, recorrió las redacciones de varias provincias hasta recalar hace tres decenios en El País, donde echó amarras y del que fue corresponsal, jefe de local, delegado en el País Vasco y redactor jefe de cierre. Los colegas de profesión le definen como un “maestro de maestros”, aunque él prefiere no honrar el título y tenerse por “un compañero más”. Hoy consagra su pluma a combatir lo que denomina “el desmantelamiento del primer diario en España” y a explicar a quien quiera oírle qué está ocurriendo, y por qué, en la gran casa del periodismo español. Con él hablamos de la clandestinidad, de despidos y periódicos cerrados y le preguntamos por El País, por Prisa y Wikileaks.

Tengo entendido que cuando eras estudiante, en Sevilla, tenías en casa una imprenta vietnamita. Siendo periodista, eso es casi una medalla.

No sé quién te lo habrá dicho, pero no es verdad. Yo he manejado vietnamitas, pero no en casa porque mi padre era militar. En casa era imposible.

Está publicado por alguna parte. Pero no en tu casa familiar, sino en el piso que compartías cuando estudiabas en Sevilla.

Ah, en el piso de estudiantes sí. Es posible que allí la tuviéramos ocasionalmente, porque aquello era el patio de Monipodio. Era algo relativamente habitual tratándose de estudiantes. Hasta que llegaron las multicopistas de manivela, las vietnamitas nos parecían un prodigio técnico. En una tarde podías hacer 100 o 120 ejemplares de un panfleto. Hoy suena ridículo, claro, porque cualquiera que escriba algo en Internet tiene mil lectores asegurados. Pero entonces era increíble. Acabábamos con la tinta hasta los codos. Había que usar detergentes de mecánico para lavarse, porque se incrustaba bajo las uñas y no salía.

Hablamos, si no me equivoco, de los primeros años 70.

Tengo muy mala memoria para las fechas, pero en los últimos años sesenta la Universidad de Sevilla era un hervidero antifranquista. Antes de la muerte de Carrero Blanco, en torno al Proceso 1001, detuvieron a Marcelino Camacho y a varios dirigentes más de Comisiones Obreras. Tres de ellos, Acosta, Soto y Saborido, eran de Sevilla. En la Universidad se produjo una tremenda campaña de solidaridad con los tres sindicalistas. El golpe más audaz que recuerdo lo realizamos en el edificio central de la Universidad Sevilla. Un comando armado de sprays de pintura y de bocadillos nos quedamos encerrados en los cuartos de baño. Al amanecer, la decoramos con pintadas gigantescas, kilométricas, por todos los pasillos. Al llegar los bedeles por la mañana, entre los gritos y el desconcierto, nos dimos cuenta de que era inevitable que nos descubrieran. Bastaba con registrar todas las dependencias en unos minutos antes de abrir las puertas. Pero nadie pensó en ello, empezaron a entrar alumnos y profesores y nosotros salimos tranquilamente. Eran tiempos de agitación.

Tú participabas en organizaciones clandestinas.

En la Universidad todo el que quería moverse trabajaba con grupos clandestinos. Comisiones Obreras tenía en Sevilla una fuerza considerable en la construcción y en otros sectores. El clima llegó a ser tal que enviaron de comisario de policía a Creix, un especialista en tortura que venía del País Vasco, de combatir a ETA. Luego viví en Vizcaya y en Navarra. Allí me echó el guante la policía y conocí la comisaría durante diez días, en un cursillo práctico de tortura, y luego la cárcel. Se habló más tarde de dictablanda para referirse a los años anteriores a la muerte de Franco. Es cierto que se suavizó el control sobre la sociedad, pero se extremó la represión contra los que se oponían de manera activa. Quizá pocos se acuerden de que una ley “de bandidaje y terrorismo” autorizaba la detención durante 10 días antes de pasar a disposición judicial. A mí me la aplicaron en Navarra, sin haber tenido nunca relación ni de lejos con armas o grupos terroristas. Luego salí de la cárcel con una multa de 100.000 pesetas, una cantidad fabulosa para le época, que nunca pagué.

¿Sabes que cuando pasó por Jot Down, Paco Marhuenda nos aseguró que “no había tanta gente” en la lucha antifranquista como hoy se dice?

No había tanta, pero había mucha gente. En la comisaría de Pamplona no cabíamos (ríe). A mí me cogieron en un coche cargado de panfletos y propaganda ilegal, pero unos días antes hubo una manifestación y los calabozos de la comisaría estaban llenos. Hubo de todo, claro. Siempre me ha llamado la atención que el que fue presidente del Gobierno, José María Aznar, diga que él no participó en política durante el régimen de Franco porque no tenía edad. Yo tengo más o menos los mismos años que él y las comisarías, te lo aseguro, estaban llenas de gente de nuestra edad.

¿Eres de los que miran con nostalgia o romanticismo esta época de clandestinidad?

En absoluto. Tengo magníficos recuerdos, eso sí, porque la oposición a una dictadura genera un tipo de camaradería en muchos sentidos admirable, pero nostalgia ninguna. En España se vive muchísimo mejor que entonces. Yo nací en Burgos, y a 350 kilómetros de allí empezaba Europa, donde se podía vivir normalmente, los ciudadanos eran libres, tenían leyes que protegían sus libertades… Bastaba mirar un mapa para darse cuenta de que nacer en España no era un privilegio ni un honor, como sostenía el régimen franquista, sino un caso de mala suerte. Luego te das cuenta de que también eso es relativo. Podía haber sido mucho peor. Pero siempre he considerado lamentable haber nacido en una dictadura.

Otra pregunta sobre nostalgia. Empezaste en prensa en dos periódicos públicos de San Sebastián, La Unidad y La voz de España. ¿Eres de esos periodistas que hacen las Américas —entendiendo Madrid como las Américas— y luego añoran el periodismo de provincias?

Empecé en un semanario de la izquierda vasca, que se llamaba Berriak. No duró mucho. Y luego pasé a los diarios que cuentas. El periodismo en lo que en Madrid llaman “provincias” es esencialmente el mismo que el de la capital. Con una excepción: Madrid es una ciudad muy crispada. Es la patria de la “crispación política”. Si se sale de aquí esa crispación es menor. Basta leer los periódicos de Cataluña o del País Vasco para verlo. Madrid es como una especie de cesto donde están todos los cangrejos juntos, se aprietan con las pinzas y no se se oyen más que chillidos.

Se ha dicho que el Gobierno cerró Unidad y La voz de España por motivos políticos. Tras este cierre, algunos de los antiguos trabajadores promovieron la edición de un libro en el que se explicaba que ambos medios fueron guillotinadas por tratar de aproximarse, simplemente, a la realidad del pueblo que compra los periódicos cada día, y al que deben servir”. Y afirmaban: “Cuando decimos que La Voz y Unidad fueron cerrados a cal y canto por motivos políticos, estamos diciendo que fueron clausurados por negarse a hacer la política desinformativa y manipuladora que pretendía UCD”.

Es cierto, soy testigo presencial. El Gobierno mandó a la Policía Nacional a cortar la luz, y así cerraron el periódico. Entraron en las instalaciones, cortaron el suministro eléctrico y a continuación nos desalojaron.

¿Por qué?

Unidad y La voz de España empezaron siendo medios del Movimiento. Tras la muerte de Franco, muchos de los veteranos y los redactores jóvenes intentamos practicar una línea editorial de independencia y de aperturismo hacia lo que estaba pasando en la sociedad vasca. El Gobierno de UCD, sin embargo, pretendió abiertamente instrumentalizarlos para contrarrestar el peso social del nacionalismo y manipular la información de forma descarada. Viendo que no podía, el Gobierno simplemente los cerró. Y eso que La voz de España era el diario más vendido de Guipúzcoa. El muñidor político fue Jaime Mayor Oreja, que era diputado de UCD por Guipúzcoa. Es curioso, su familia está vinculada accionarialmente al otro tradicional de Guipúzcoa, El diario vasco, y él y los Gobiernos que apoyaba han participado en el cierre primero de La voz de España y Unidad y después de Egin. No digo que él sea el responsable, pero El diario vasco se quedó con todo el espacio libre. Desde poco antes del cierre de los dos periódicos del Estado, yo había empezado a colaborar con El País como corresponsal en Guipúzcoa.

Ahora que mencionas El País, hay una conexión curiosa. En 1980, poco antes de cerrar Unidad y La Voz de España, una fuente oficial explicó en una nota dirigida a Madrid que “la presión de los trabajadores está llegando a que aparezcan notas y comunicados elaborados por ellos mismos, cuyo contenido pudiera considerarse anticonstitucional y atentatorio a la normativa legal existente”. En 2012, cuando El País anuncia el despido de 129 profesionales, la dirección denuncia la “utilización abusiva de columnas de opinión” y los “parciales puntos de vista” de la redacción.

(Piensa) El paralelismo es sorprendente.Yo no lo había establecido porque no recordaba aquella nota de Prensa del Estado. Sí recuerdo perfectamente que hubo un larguísimo historial de notas de oficinas políticas del aparato del Estado que escrutaban los periódicos y descalificaban la información que se hacía, hasta extremos ridículos. Ese paralelismo por un lado me sorprende y por otro me confirma lo que he escrito en una web que puse en marcha contra el ERE en El País desde los primeros días: que algunas de las prácticas del equipo de dirección de El País recuerdan extraordinariamente a los hábitos y las prácticas del franquismo. Por ejemplo, en este texto increíble con el que pretende dar por cerrada la crisis tras despedir a 129 personas [consulta el editorial A nuestros lectores en un ejemplar de El País]. Es un texto confuso, farragoso, mal escrito y lleno de falsedades, en el que se llega al punto de admitir que ha habido críticas y quejas pero se atribuyen a “intereses nunca declarados”, “demagogia populista”, “tendencias libertarias de muchos de quienes ocupan las redes sociales”, “la insidia que emana del fracaso de algunos competidores”, “la envidia y los celos de determinados profesionales que sobrevaloran su propia capacidad e influencia…”. Es increíble. Es el lenguaje de un editorial de los años sesenta del Arriba, el diario del partido único del régimen franquista.

¿Quién crees que lo ha escrito?

Hay voces en la redacción que dicen que lo ha escrito Juan Luis Cebrián. Sinceramente, me cuesta creerlo, porque le he conocido muchos años como periodista; o este hombre ha perdido ya el último de los papeles o es inimaginable que pueda producir este texto. No lo sé y lo dudo mucho. Es tan deleznable, inconsistente y absurdo que me cuesta creer que una persona como Cebrián, por mucho tiburón financiero en que se haya convertido, no sea incapaz de juntar las palabras de otra manera un poco más coherente.

Voy a hacer de abogado del diablo. ¿Crees que los redactores deberían tener libertad total para volcar en el diario sus puntos de vista sobre el asunto? A fin de cuentas, es una empresa privada.

No creo que nadie defienda la libertad “total” de los periodistas y que cada uno pueda decir lo que le dé la santa gana. El trabajo del periodista está retribuido para que cumpla una determinada labor informativa. Llevando las cosas al extremo, alguien que debe contar lo que ocurre en las sesiones del Parlamento, por ejemplo, no debe dejar de hacerlo para dedicarse a criticar la política laboral de la empresa. Sería absurdo, pero es que nadie lo plantea. Entre eso y que la censura se apodere de un medio que al fin y al cabo simboliza la Transición en España hay un larguísimo trecho que no deja de sorprender.

¿La censura se ha apoderado de El País?

Durante esta crisis, la censura se ha ejercido varias veces. Una de ellas levantando la columna de una periodista, Luz Sánchez-Mellado, Portera de día, que se publica el sábado en unas páginas dedicadas a gente, personajes y personajillos, esto que se llama el famoseo. Luz Sánchez-Mellado escribe una columna llena de inteligencia y sentido del humor en la que comenta cuestiones relacionadas con la farándula desde un punto de vista irónico. No ha trascendido lo que le censuraron, pero no debía ser un manifiesto revolucionario. Hay otro ejemplo, esta vez con pruebas; cuando se borra el blog de tres jóvenes colaboradores de la Comunidad Valenciana y queda la dirección, pero con la página en blanco. Hicieron una carta abierta a Cebrián con unas críticas, por cierto, perfectamente razonables y discutibles, además como blogueros, es decir, opinadores, no periodistas que estén traicionando su misión. Su opinión no interesaba y se borró. Y la traca final es Santos Juliá, al que se le convence para que borre dos frases: una cita a Enric González, que ha sido uno de las grandes firmas del periódico durante muchos años, y otra sobre las desigualdades salariales dentro del periódico. ¿Alguien puede interpretar que estos casos contenían llamadas a cometer delitos, a la subversión o a poner el mundo patas arriba? Eran críticas o alusiones mesuradas, casi pellizcos de monja.

¿Entonces?

Es que la censura siempre es paranoica y cree, como en este caso, que hay fuerzas extrañas y oscuras que ponen en cuestión la autoridad del equipo directivo y de la empresa. Siempre ha sido así. Los periodistas, en este caso, han usado los recursos que tienen sin traicionar su misión informativa. Pero como la censura siempre es ciega y torpe. Es imposible frenar la inteligencia cuando se trata de denunciar una operación tan descabellada como la expulsión de un tercio de la plantilla de El País. La prueba es un artículo publicado hoy [11/11/2012] por el que fue el segundo director del periódico, Joaquín Estefanía, titulado Contra toda esperanza. Estefanía denuncia lo que ha sucedido. No le han podido levantar el artículo.

Lo he leído. Habla de El País sin mencionar El País. Personalmente me ha parecido brillante.

Exacto. Se apoya en el caso de Iberia y en una película, The company men, la historia de una operación de depuración de la plantilla en una empresa, que coincide exactamente con lo ocurrido en el diario.

Y acaba citando una frase reveladora: “Ahora trabajamos para el accionista”. ¿Crees que si publicamos esta entrevista poniéndolo de relieve lo levantarán de la web?

No creo. La definición del cobarde es que es fuerte con el débil y débil con el fuerte. Por ejemplo, lo más brutal que se ha escrito sobre esta historia lo ha publicado Maruja Torres en las propias páginas de El País, cuando denunció el sufrimiento de los que despiden sin un temblor en la mano, pero no se atrevieron con ella. Se atrevieron con otros, con los ejemplos de los que hablábamos antes. Pero no a levantar un artículo de Maruja Torres ni de Joaquín Estefanía. Y además, hay otro factor. Que Estefanía haya burlado la censura es el aval que demuestra, según ellos, que no hay censura.

Es terrible tener que hablar de “burlar la censura” en estos tiempos.

(Asiente) Y más terrible todavía en este periódico.

Dices que lo más brutal que se ha publicado es de Maruja Torres, pero yo creo que Enric González dijo algo también terrible, quizá sin intención. Afirmó que comparte “la opinión universal sobre Cebrián”, no dijo en qué consistía tal opinión y sin embargo, todos le entendimos. Así confirmó que, en efecto, existe una opinión universal sobre él.

Cebrián fue un periodista muy relevante de la Transición en España, pero ha seguido una trayectoria incomprensible que le ha convertido en uno de los emblemas del mal, del capitalismo de rapiña y descarnado que se ejerce en este país, en el que los bancos embargan viviendas a personas que no ven más salida que tirarse por la ventana, en el que la competencia brilla por su ausencia, en el que las empresas siguen ganando muchísimo dinero mientras la gente corriente padece una crisis de caballo… En el altar de los símbolos de ese capitalismo, donde también se encuentran algunos banqueros y algunos directivos empresariales, ahora está Cebrián. Por derecho propio, sin ninguna duda. Y después de lo que ha ocurrido en El País, donde ha despedido a 129 personas con la indemnización mínima legal de la reforma laboral del PP,  tras haberse embolsado 13 millones de euros el año pasado, tiene un lugar destacado. Por lo tanto, no hay que decir ni siquiera lo que nos parece Cebrián. Estamos de acuerdo en eso.

Una de las cosas más curiosas de Cebrián en la entrevista que le hicimos hace unos meses en Jot Down es su afirmación de que le preocupa “el proceso de autocensura en las redacciones”.

Que Cebrián hable de autocensura en las redacciones es de una desfachatez asombrosa. Hablemos de Emilio Botín, por ejemplo. El Banco Santander es uno de los grandes acreedores de El País. El día en que se supo que la Audiencia Nacional había abierto diligencias contra Botín por fraude fiscal, a propósito de unas cuentas mantenidas en Suiza durante decenios, el diario El País debió ser el único de España que consideró que no era noticia de primera página. Podemos hablar de muchos otros casos. De César Alierta, compañero de correrías financieras de Juan Luis Cebrián con Telefónica como accionista y báculo de Prisa. El día que el Tribunal Supremo publica una sentencia en la que se dice que al señor Alierta no se le puede condenar por el uso de información privilegiada cuando era gestor de Tabacalera porque el delito ha prescrito, pero establece que el principal ejecutivo de la mayor empresa de España perpetró ese delito, en El País la información aparece en un breve de ocho líneas en las páginas de Bolsa. Ese día algunos periodistas entraron a preguntar a los despachos. Les respondieron que aquello no era noticia. ¿Autocensura de la redacción, dice Cebrián? Hay que tener una desfachatez sin límites.

Tengo la impresión, corrígeme si me equivoco, de que ya no la censura de contenidos, sino el tic autoritario empezó antes de todo esto. Recuerdo, entre otros casos, cuando echaron a Nacho Vigalondo.

Ese es un asunto complicado porque media una broma muy desafortunada que roza el antisemitismo. Pero también hubo una sobreactuación, en efecto. Ahí ya se apuntaban maneras. En lugar de criticar lo que dijo Vigalondo, simplemente se le borró. Y se eliminó sin más un spot publicitario que había hecho para El País, que a mí, por cierto, me parecía absurdo. Dicho lo cual, y teniendo en cuenta que lo de Vigalondo era más que criticable, muchos nos preguntamos si no hay un reflejo fascistoide en borrarle de un plumazo y hacer como que no existe, en particular cuando él mismo reconoció que se había equivocado. Es un tema difícil, insisto, porque en las sociedades europeas tenemos mala conciencia, y con razón, y el antisemitismo ha causado tantos daños y es tan nauseabundo que a veces crispa la discusión. Pero no creo que Nacho Vigalondo sea antisemita. Dio un patinazo, que se le debía haber criticado. En lugar de eso, decidieron sacar la goma y borrarlo.

Es la misma impresión que tengo, por poner otro ejemplo, con el asunto de Wikileaks. Cuando las cosas se pusieron feas, después de semanas publicando a bombo y platillo decenas de artículos con informaciones exclusivas, el diario se apeó de la colaboración e hizo como si nunca hubiera ocurrido.

Wikileaks fue un gran éxito para El País, que logró entrar en un selectísimo grupo de grandes medios internacionales. Un gran éxito que, en mi opinión, llevó a un estrepitoso fracaso en el tratamiento del material. El New York Times, por ejemplo, utilizó críticamente toda la información que reveló Wikileks, la trató y la procesó para hacer crónicas interesantes. El País, dominado por una cierta soberbia del director, Javier Moreno, ahogó al lector con páginas y páginas durante varias semanas. Páginas que, en muchos casos, eran simple transcripción de los cables diplomáticos estadounidenses, sin ningún contraste ni distancia. Los cables no se convirtieron en una materia prima informativa a partir de la cual trabajar, sino en textos que se vuelcan sobre el lector casi tal y como llegan. Después se produjeron una serie de capítulos como la gran cumbre de directores que organizó Moreno en Madrid para sostener que Wikileaks era un giro revolucionario en el periodismo —lo cual es un perfecto absurdo—, o la publicación a página entera de cualquier cosa que dijera Julian Assange. Y finalmente la peripecia personal de Assange, de la que El País se distancia de forma comprensible; les ha servido y ya no les sirve. ¿Y qué queda de Wikileaks? En el caso de El País un gran éxito como filtración y un gran fracaso en cuanto al tratamiento.

Y en mi opinión, también en el plano comunicativo. Seguramente es la primera vez que El País incurrió en semejante campaña de autobombo para luego cortar por lo sano.

No creo que fuera la primera vez, porque el autobombo… No seré yo quien tire la primera piedra después de haber trabajado treinta años allí. En El País hemos tenido siempre un elevado concepto de nosotros mismos, las cosas como son. ¿Para qué nos vamos a engañar? En parte con razón y en parte sin razón. Ahora algunos nos reprochan que intentemos convertir en el ombligo del mundo el despido de 129 personas, después de haber callado cuando ha habido operaciones similares en otros medios, incluyendo algunos del grupo. No les falta razón. En todo caso, entrar en el grupo de periódicos que tuvo acceso directo a los materiales de Wikileaks fue un gran éxito periodístico. Es lógico que los diarios, El País o cualquiera, pongan en el escaparate, sin excesos, sus propios éxitos.

Mi impresión es que si este tipo de movimientos burdos sorprenden en cualquier lugar, mucho más en una empresa periodística, precisamente porque resultan comunicativamente ineficaces y hasta contraproducentes.

Claro. Mira, durante esta crisis ha trascendido poco una reunión que mantuvo el director de El País con el comité de redacción. El comité le preguntó si pensaba dimitir, después de que la asamblea de trabajadores se lo pidiera formalmente en una carta. Y Moreno, según el acta del comité de redacción, respondió: “No voy a dimitir, tengo el respaldo pleno del Consejo de Administración del periódico y del grupo, que son ante los que respondo de mi gestión”. Me cuesta pensar en otro director de un gran periódico europeo capaz de responder aportando esas razones. Algunos lo pensarán, pero no son tan tontos de decirlo. ¿Por qué? Porque se produce una fractura con la redacción. Estás diciendo que diriges un periódico como si fuera una fábrica de tornillos —con todos los respetos para los trabajadores de la metalurgia que se dedican a hacer tornillos—, pese a que la redacción de un periódico sea un equipo fundamentalmente intelectual que no produce resultados mecánicos, sino que genera criterios de información y puntos de vista. Si te debes en exclusiva a la propiedad, no puedes dirigir una redacción. Y si afirmas que quieres dirigirla así, como un capataz, estás renunciando a cualquier tipo de autoridad profesional o moral. Y lo peor de todo es que cuando lo hace no miente. Refleja a la perfección el papel que él juega en el periódico.

Precisamente Soledad Gallego-Díaz nos dijo que una de las cosas que diferenciaba a El País cuando nació fue el respeto a “la separación entre la redacción y la propiedad”.

Es una declaración muy interesante y muy cierta. Una de las características de El País fue esa, separar la redacción de la empresa. Pero ya no es así. Y se puede comprobar volviendo a este deleznable texto [consulta el editorial A nuestros lectores en un ejemplar de El País]. Casi hacia el final de él hay algo terrible. Se explica al lector que El País es un caso único en el mundo por el sistema de garantías de que disfruta la redacción respecto a los dueños. Y se lleva la soberbia del señor Cebrián, por cierto, al extremo todavía más increíble de afirmar que todas estas garantías se desarrollaron por iniciativa suya y no a demanda de los periodistas. Al margen de que sea un insulto a la inteligencia, en el penúltimo párrafo se explica que “una empresa como El País se debe, como cualquier otra, a sus accionistas, y en nuestro caso ellos saben que su propiedad no incluye el derecho de información de los ciudadanos”.

¿Y no es cierto?

Hay un ejercicio que cualquiera puede hacer en casa. Como todos los lectores saben Prisa está hoy en manos de un fondo buitre estadounidense, Liberty, que dirige un millonario germano-estadounidense, Nicolas Berggruen. Si el lector se toma la molestia de ir al a web de El País y escribir correctamente el nombre de Nicolas Berggruen en el cuadro de búsqueda encontrará que, desde mediados de 2010, cuando su fondo aportan 650 millones de euros y entra como copropietario en Prisa, el diario ha publicado una media docena larga de artículos suyos sobre las más variadas temáticas: la democracia, el comité de ideas a largo plazo para California, Costa de Marfil como ejemplo de mal gobierno, fragmentación de la eurozona, claves del G-20… El señor Berggruen se convirtió de repente en un oráculo, un articulista de lujo del que se publican artículos a página entera desde mediados de 2010, cuando metió dinero en El País. Al margen de las muchas informaciones en las que se habla de él y de su grupo, claro, incluida una entrevista que un subdirector del periódico fue a hacerle a Bruselas, nada menos. Antes de esa fecha, esa persona simplemente no existía. El País de Juan Luis Cebrián y de Javier Moreno llama a esto “independencia completa de la redacción frente a los accionistas”.

Dices “El País de Juan Luis Cebrián y de Javier Moreno”. ¿El timón de El País es hoy un tándem de dos personas?

Es que lo que está pasando no se entiende sin la personalidad de Cebrián, para empezar, y sin la gestión ruinosa que ha hecho de Prisa. El grupo sufre un endeudamiento descabellado y sus empresas son una máquina de producir beneficios para pagar los intereses de los bancos y del fondo Liberty del señor Berggruen. Eso es lo que priva a la empresa de El País de un margen de maniobra mínimo para buscar recursos de recapitalización y reestructuración interna del periódico sin recurrir a la atrocidad de poner en la calle a 129 personas. Eso en el grupo, fuera de El País. Dentro de este, la figura clave es Moreno, un director que representa una tremenda ruptura. El diario ha tenido cuatro directores y los tres anteriores eran indiscutibles. El primero, el propio Cebrián, el fundador, un gran periodista, cosa que no vamos a olvidar aunque ahora se haya convertido en el lamentable personaje y gestor que conocemos; el segundo, Joaquín Estefanía, que en los primeros años de El País vertebró la información económica, seguramente el sector más difícil, y con una larga historia personal de lucha contra la dictadura; el tercer director es Jesús Ceberio, que es un hombre de la casa y un profesional con una carrera indiscutible en el periódico, cuyas crónicas desde Iberoamérica se siguen considerando en la redacción, y con razón, de lo mejor que ha publicado este periódico en treinta y cinco años. Y llegamos a Javier Moreno. ¿Quién es Javier Moreno? ¿De qué historial profesional procede? ¿Qué consenso suscita en la redacción? La historia de Javier Moreno es triste y muy sencilla: Javier Moreno está en la dirección porque es el hombre al que no le tiembla la mano al hacer lo que está haciendo. A las pruebas me remito. El País le mandó de corresponsal a Alemania y a los treinta días le pidió que volviera para encargarle la dirección de Cinco días. ¿Por qué? Porque en Cinco días había un director, Félix Monteira, que después de reflotar el periódico se negó a empezar a despedir gente cuando hubo que hacer mejores cifras. Y como él se negó buscaron a alguien que estuviera dispuesto a hacerlo: Javier Moreno.

Hemos hablado de cómo El País ha llegado a esta situación, y te pido ahora que hablemos de cómo se presenta el panorama en el futuro, tanto para el diario como para el conjunto de la profesión. Cuanto te fuiste de allí en 2011…

No, no me fui, me echaron.

¿No hablamos de “despedir”, sino de “echar”?

Echar, echar. Era redactor jefe de cierre y en una huelga, en diciembre de 2008, dos redactores jefes nos negamos a trabajar. Yo no voté la huelga, ni a favor ni en contra, pero una vez aprobada de forma legítima por la mayoría de los trabajadores creí que debía respetarlo. Hubo presiones y amenazas para trabajar, pero me negué. Y me pusieron en una lista de espera. Dejaron pasar el tiempo, me destituyeron como redactor jefe de cierre sin explicación y me situaron en una esquina de la redacción sin nada que hacer, durante un año. Es lo clásico si quieres echar a un periodista: ponerle en una esquina sin nada que hacer para matarle de aburrimiento y de vergüenza. Y después me dijeron que si quería negociar. Y lo hice, claro, pero sobre la base de que me estaban echando. Tengo una carta de despido improcedente. La empresa puede decir que fue el resultado del pacto, y formalmente es verdad, pero yo puedo decir que ese pacto es el resultado de tenerme un año mano sobre mano contemplando el empedrado. No he sido el único. El País lleva echando gente mucho tiempo. No es casual, responde a un plan.

¿Y cuáles son los objetivos de ese plan?

Desembarazarse de una gente que, como tiene una carrera prolongada, disfruta de salarios altos. Gente que pertenece a otra generación y cuyos valores, quizá más críticos, ya no interesan. Eso que ha dicho Juan Luis Cebrián de que los periodistas entran en la tercera edad a partir de los cincuenta años no es nuevo. Y en el caso de Javier Moreno es una obsesión. Pere Rusiñol, un magnífico periodista que se fue de El País a la aventura de Público y que terminó participando en la creación de la revista satírica Mongolia, ha contado alguna vez que le hicieron redactor jefe de Sociedad después de resistirse durante mucho tiempo. El director, Javier Moreno, le llamó y le explicó que su objetivo era librarse de la generación anterior. Y como programa para la sección de Sociedad le propuso que pensara en cada momento que haría otro redactor jefe muy respetable, al que acabaron enseñando el camino de la puerta, para hacer exactamente lo contrario. El País lleva tiempo arrinconando a profesionales uno por uno y echándolos bajo capa de prejubilación. Con indemnizaciones razonables, en otros tiempos, ahora ni eso. Ahora el desmantelamiento de la legislación laboral permite a El País, envuelto en la bandera del progresismo, echar a gente a la calle pagándoles menos de un año de salario de indemnización.

Antonio Orejudo escribió un artículo titulado La esquela de El País donde se lamenta del fin del periódico. ¿Crees que hablamos de su muerte o de una mácula que podrá superarse?

Muchos tememos que sea el principio del fin por una razón: esto es una operación suicida, y cuando alguien intenta suicidarse suele conseguirlo. Si en medio año El País no vuelve a ser la máquina de generar beneficios que fue —y no lo va a ser, entre otras cosas porque utiliza la web de forma sistemática para devaluar lo que vende, el papel— habrá otro ERE y liquidará a otra parte de la plantilla. Y además, la gestión de esta historia ha sido tan ciega y absurda que ha arruinado la credibilidad del periódico. Una treintena de colaboradores —encabezados por un premio Nobel y con la firma de Javier Marías, de Maruja Torres o de Jorge Edwards— han denunciado en una carta el peligro de desnaturalizar el proyecto fundacional, y el periódico ni siquiera la ha publicado. Solo alude a ella de refilón y para descalificarla. El golpe a la credibilidad es irreversible. Han utilizado el periódico contra los trabajadores, han demostrado que se puede falsear la realidad cuando están en juego los intereses de la empresa y a partir de ahí muchos nos preguntamos, legítimamente, por qué van a ser más fiables cuando hablen de otras cosas que cuando hablan de los propios intereses.

¿Cómo se puede despedir a un tercio de la plantilla para, y no a costa de, “mejorar los estándares de calidad”, como ha dicho Moreno?

No se puede. Eso es la verborrea cínica con la que se envuelven estas cosas. Dice que no se trata de hacer el mismo periódico con menos gente, porque eso es imposible. Pero entonces , ¿qué periódico va a hacer? La única pista la dio en una entrevista en el Frankfurter Allgemenie Zeitung. El periodista alemán le pregunta a Moreno cuál es el futuro del periódico y él responde: “menos papel y más Internet”. Es la única pista. ¡Y eso también es terrible! Que el director de una gran diario convierta la dialéctica papel-Internet en una ecuación cuantitativa demuestra que no tiene ni idea de lo que tiene entre manos. Con los medios electrónicos atravesamos una gran mutación en el oficio —no hay más que ver vuestra publicación, por ejemplo—, aunque aún no sabemos cómo va a ser el punto de llegada. El papel de un director es asegurar esa transición y garantizar que, si mañana el periódico deja de publicarse en papel y se difunde solo por Internet, llegue íntegro, con su redacción, con su posición, con su capacidad para producir noticias, reportajes e historias que justifiquen que el lector que antes iba al quiosco entre ahora en tu web y pague, porque si no todo se viene abajo. Si eso es así, ¿qué más da que el periódico se difunda por Internet, en papel o por tam-tam? Nos trae sin cuidado. Lo que queremos es que el periódico siga siendo lo que es. Que nos dé la visión de la realidad que nos da cada día. Todo esto Moreno lo reduce a “menos papel y más Internet”. Asombroso.

Estoy contigo, porque no es la primera vez que se oye. Una cosa es que tengamos la certeza de que Internet lo va a revolucionar todo, de que ya lo está haciendo, y otra es incurrir en un mesianismo absurdo que diga “Internet y punto”, sin más.

El término es justo. Es un mesianismo que produce un odio al diario de papel absolutamente injustificado. Han construido una leyenda en virtud de la cual el papel es un modelo industrial obsoleto con bobinas de papel, rotativas, transporte, quioscos, corresponsales, redacción… mientras que Internet es el modelo industrial del futuro. Lo que no dicen es que las empresas cargan todos los gastos al papel, que a su vez genera casi todos los ingresos, y de esa manera Internet apenas tiene costes. Por eso no pueden suprimir el papel. Mientras tanto, se dedican a denigrarlo. Cebrián va a Jot Down a decir memeces absolutamente increíbles, como que el periódico es incómodo y que la tinta mancha los dedos… También podríamos hablar del consumo energético de los servidores informáticos, por ejemplo, pero es que eso no es lo que define un periódico. Y menos a El País, que pide al lector que vaya al quiosco a pagar 1,30 euros por el ejemplar en papel cuando ha podido leerlo todo gratis, o casi todo, en la web la tarde anterior. Es milagroso que todavía haya más de 300.000 personas que paguen la suscripción o vayan al quiosco. Cada día me pregunto cómo es posible. Les tratamos como tontos, les vendemos algo devaluado que lleva muchas horas colocando en la web y, sin embargo, siguen pagando. Y de eso vivimos todos: los del papel y los de la web.

Me imagino que estás al corriente de la tendencia que se observa estos días en medios extranjeros a sacar el caso de El País como metáfora de, precisamente, el país. Me parece curioso, habida cuenta de que el diario ha jugado precisamente a eso, a mimetizarse con la propia historia reciente de España y a presentarse como símbolo, si no como agente activo, de la democratización.

El caso tenido un enorme eco en la prensa francesa y británica y de forma muy destacada en la alemana. El País ha sido un emblema de la España de la Transición y de pronto se ha convertido es símbolo del capitalismo de rapiña que se ejerce en este país. Su historia represente bien lo que ha ocurrido en España, que estaba supuestamente a la cabeza del progreso europeo y universal y que, de repente, no puede pagar las pensiones, el seguro de desempleo o los medicamentos porque resulta que tenía los bolsillos llenos de agujeros. Es una metáfora del país. Antes para bien, ahora para mal.

Y todo el proceso se convierte, a su vez, en metáfora de la percepción que se tiene últimamente sobre la propia Transición, algo muy celebrado durante años y que ahora se ve con más escepticismo.

Es cierto. Y a cuya magnificación ha contribuido El País. No se trata de negar ahora que la Transición permitió pasar sin violencia excesiva de la dictadura a la democracia, pero tuvo unos límites que hicimos como que no veíamos. Y El País ha contribuido a ellos entre otras cosas porque era parte integrante de ese proceso.

Ramón Lobo rescató para el lector dos frases que por lo visto son muy tuyas y que se oyeron con frecuencia cuando eras redactor jefe de El País. Una es “¿esto es un innovación o una cagada?”, y la otra, “estamos mal y empeorando”.

Es que hubo un momento, singularmente desde que llegó Moreno al timón del periódico, en que la innovación y la cagada se confundían. Habíamos perdido el hilo conductor. Veías algo y no sabías si era un hallazgo o un error y tenías que preguntar, irónicamente, claro, para poner en cuestión algunas cosas. ¿Y lo segundo era?

Que “estamos mal y que empeorando”.

En realidad es una expresión que circula por ahí, aunque la formulación no es exacta. La expresión que utilizábamos algunos en la redacción de El País para pedir un poco de calma era “la situación es desesperada pero no grave” (ríe). No sé si es de los Hermanos Marx, pero me hace ilusión pensarlo. Merecería serlo. En un lugar como una redacción, donde el error acecha a cada momento, hay que relativizar las cosas. Es la clave para evitar que el error llegue al lector. En ese proceso alocado, pero al mismo tiempo muy reglado y muy metódico que es la redacción de un periódico, de vez en cuando conviene decir esto. La situación es desesperada, pero no grave. A ver si guardamos la calma.

También se ha dicho que representas un tipo de periodismo impreso que estamos perdiendo. Te quería preguntar si te sientes a gusto en ese papel.

No, en absoluto, pero porque no creo que el modelo se esté perdiendo. Está evolucionando y se perderá si las empresas lo afrontan con criterios absurdos y descabellados como “menos papel y más Internet”, pero lo de que el periodismo esté desapareciendo, en absoluto. Está cambiando, no siempre para bien, pero cambiando. Es verdad, por ejemplo, que las nuevas tecnologías invitan a la pérdida del sentido crítico que ha sido siempre consustancial al periodismo. Me explico. Hace veinte años, un periodista que se limitara a publicar los comunicados que recibía de una empresa sería considerado un pésimo profesional, y hoy se tiene mucha más indulgencia con eso. Hay quien se dedican a reseñar lo que la gente dice en sus perfiles de Twitter y Facebook, sin más. Esto implica que los que quieren ser noticia son los que deciden qué se cuenta y cuándo se cuenta. La fuente de la noticia siempre pretende condicionar lo que se publica y ahora con más frecuencia lo consigue. Eso es un efecto negativo.

O sea, que hablamos de efectos secundarios, pero no de un cambio radical en la profesión.

Una redacción es un núcleo de convencimientos comunes que utiliza como prisma a través del que sigue la realidad. Eso es el periodismo, desde que se crearon los periódicos como gacetillas de avisos: un núcleo de valores compartidos que se utiliza como un prisma para abordar la realidad. Y eso no está en peligro de desaparición. Está, eso sí, en evidente transformación.

Veo que evitas echar la culpa al relevo generacional, como sí hacen muchos otros periodistas veteranos.

No es que lo evite, es que no creo que haya un problema generacional. La forma de abordar la liquidación de una generación en El País por parte del actual director, Javier Moreno, tiene, entre otras motivaciones, la de sustituir a profesionales bien pagados con años de carrera por profesionales mucho peor pagados. La industria tradicional se traslada a China o a Tailandia. Los periódicos todavía no pueden hacer ese traslado, así que lo acometen de forma interna, sustituyendo a profesionales acreditados que salen caros desde una perspectiva puramente mercantil por profesionales jóvenes mucho peor pagados, que no tienen culpa de nada de lo que está pasando y que son víctimas de la situación.

Eso ocurre quizá en todo los órdenes. ¿Hace más daño en el periodismo?

Pongamos un ejemplo, quizá menos conocido para el lector común, y que cada cual saque sus propias conclusiones. El País ha echado a los dos cronistas de asuntos judiciales que son simplemente un referente nacional. No se puede entender la información judicial en la España de los últimos quince años sin la firma de estas dos personas, Txetxo Yoldi y Julio Martínez Lázaro. Ellos sacaron a la luz el escándalo del caso Dívar, para que te hagas una idea. Una compañera de El País decía el otro día en Twitter que en Estados Unidos le habrían dado el Pulitzer, mientras que en España les echan a la calle a través de un mensaje de correo electrónico anónimo con una indemnización irrisoria. ¿Por qué les echan? No porque sean malos, sino porque no son rentables en términos contables, estrictamente mercantiles. Las empresas solo quieren gente a la que pagar menos.

Es decir, que estamos convirtiendo lo que debería ser un relevo en una sustitución.

Exacto. ¿Y qué es lo peor? La supresión de la dialéctica entre generaciones. Es una ausencia que empobrece de forma irremediable cualquier redacción. Yo entré por primera vez en un periódico en El correo de Andalucía. No llevaba pantalón corto, pero casi, y los que saben de esto entenderán lo que digo; era el último diario de España que fundía las tejas de plomo para la rotativa en un horno de leña. En aquella redacción la mayoría de la gente era mayor y, sin embargo, funcionaba, porque también había gente joven, rompedora, y había algo imprescindible: una dialéctica entre generaciones distintas. Una redacción es un prisma para abordar la realidad. Pues bien; ese prisma no puede corresponder a un grupo de edad, a un núcleo de intereses o a una forma de entender las cosas. Es el intercambio, la discusión y a veces la confrontación lo que enriquece el trabajo colectivo. En España lo que se está produciendo es un relevo generacional forzado y dirigido a abaratar salarios que empobrece las redacciones, que destroza esa dialéctica. El problema no son los jóvenes profesionales, sino la pérdida por el periódico del sentido crítico, en particular en algunas áreas informativas.

¿En qué áreas, por ejemplo?

La tecnológica es una muy evidente. A mí me parece magnífico que los diarios tengan unas páginas dedicadas cada día a lo que El País llama Pantallas para hablar de televisión, de telefonía móvil, de videojuegos, etcétera. Pero en ocasiones está todo escrito como si fuera una revista de videojuegos. Que serán estupendas para su público, pero ¿eso es lo que debe ofrecer El País a sus lectores? ¿Cuando se habla de teléfonos móviles, de tabletas o de ordenadores, hay que abandonar toda perspectiva crítica y convertir el periódico en un mostrador publicitario donde se enumeran las características de los chismes como si el objetivo fuera vender en los Ocho días de oro de El Corte Inglés? El problema no es que lo escriba o no gente joven, el problema es que el periódico ha abandonado toda distancia, todo sentido crítico.


Fotografía: Manuel Fernández -Valdés

54 comentarios

  1. Pingback: Victorino Ruiz de Azúa: “El País se ha convertido en el símbolo del capitalismo de rapiña que se ejerce en este país”

  2. No sé hasta que punto se puede hablar de censura, cuando el que decide qué se publica es el director de una empresa privada.

    Antes de que lo echaran, no abría la boca, parecía encantado en El País y ahora El País es lo peor del mundo. Justo cuando lo echan.
    Se sorprende de que el periodismo se haya convertido en un negocio… a su edad.

    Le ha faltado al final de la entrevista gritar bien fuerte: “Viva el mal, viva el capital”, a lo Bruja Avería en La Bola de Cristal.

    • Lazarous, creo que no has leído la entrevista. Vuelve a leerla, hay bastante autocrítica. Sobre un director de una empresa privada decidiendo que se publica… y el de una empresa pública. Otra cosa es que le digas a los articulistas que contratas para que den su opinión (Santos Juliá, por ejemplo) lo que pueden o no pueden poner.

      Por cierto, éste hombre te huele a rojo y has salido corriendo a hablar de la Bruja Avería. No veo nada en contra del capital en esta entrevista. Sólo de mezclar el capital con el periodismo.

      Así que lee la entrevista, por favor, que salvo que seas Javier Moreno, te puede parecer bastante interesante.
      Gracias.

    • Me has quitado las palabras de la boca, Lazarous. Ruíz de Azua parece uno de esos comisarios del Politburó que después del hundimiento de la URSS se envalentonaban diciendo que ellos no sabían nada de los excesos que cometía la KGB y que eran demócratas en secreto. Le ha faltado decir que él estaba a punto de derrocar a Cebrián y a Moreno el día antes antes de que lo echaran, pero bien que lamía la mano que le daba de comer mientras trabajaba para ellos, ¿verdad? ¿O es que Cebrián se pasó al lado oscuro de la noche a la mañana? Bienvenido al mundo en el que vivimos los demás, colega.

      • Aunque tarde, leo los comentarios a la entrevista, y me parece lamentable éste de Ari o el de Lazarus, por poner dos desastrosos ejemplos, ya que además de no añadir análisis ni razonamiento alguno, se definen por las referencias que utilizan: “polit buró”,etc. El entrevistado reconoce en varios momentos que participó de errores cometidos y que lo echaron, no por ellos sino por mantener una cierta independencia. Si alguno de vosotros dos sabe de qué va el periodismo pensaría de otra manera. Yo sí, porque soy periodista en activo -por ahora, hasta que estos insaciables buitres decidan lo contrario-. Creo que es bastante moderado en sus respuestas, incluso en exceso.

        • ¿Tú sí? Pues ilústranos con tu infinita sabiduría, máximo exponente del periodismo… “Soy periodista en activo” dice el pollo, como si eso significara algo. Hay miles de periodistas que no tienen ni zorra de lo que es el periodismo. Por eso está el periodismo como está en este país. Demasiado opinador y muy poco informador.

          Hay que joderse con los licenciados estos…

    • Lazarous, espero, por tu mal, que estés en esa generación a la que aún le quedan varias décadas de vida y que tengas que malvivirlas con tu alegre y estúpido espíritu liberalmileurista. La calidad de vida que estamos perdiendo en todos los sentidos -informativa, educativa, familiar, personal, social…- le debe mucho a nuestra mediocre, sumisa o corrupta “clase” política y a nuestra lamentable élite empresarial y financiera, pero le debe tanto o más a personajillos como tú, siempre dispuestos a ponerse en el lugar del rico sin tener dónde caerse muertos. Venga, a disfrutar de la misa del domingo, compañero.

      • Si te digo lo que gano, te caes de espaldas. Yo vivo desde hace muchos años en Bristol, aunque soy español, trabajo duro en mi empresa y la vida me lo recompensa. Siento que en España haya tanta envidia, motivo principal de todos sus males, junto a una considerable estupidez general y a la manía de la izquierda de creer que el que más gana está obligado a mantener al que menos trabaja.

        Hablas sin tener ni idea de lo que hablas, y por ello te perdono.

      • Tengo 46 años, no me quedan tantas décadas, pero aún me queda fuelle. Tengo empresa propia, en Bristol, aunque soy español y a mucha honra. Como soy autónomo, no tengo un sueldo fijo, pero gano de media unas 2800 ó 3000 libras al mes, por lo que sin ser rico, algo me queda para tener donde caerme muerto.

        No soy mileurista ni voy a la iglesia, y sobre todo, no voy a darle la razón a tipos como tú, que creen que pueden vivir del prójimo, echando excusas y culpando a todo el mundo, corroído por la envidia y sin dar un palo al agua.

        Si la clase política es baja, el pueblo es imbécil, porque los políticos no salen de la tierra y todos, al menos en España, están donde están porque han sido puestos ahí reiteradamente.

        • Vaya, vaya, Lazarous, así que no eres un estúpido liberalmileurista, sino un estúpido liberal a secas. Bueno, querido, sigue en tu soleado Bristol por las décadas que te queden, disfrutando de tu espíritu tatcherista. Pero no pienses que los demás que escribimos aquí vivimos del prójimo sin dar un palo al agua; eso es otro de vuestros burdos arquetipos mentales, en todo caso más propio de tus ídolos de la inepta élite empresarial y financiera española. Algunos de los que escriben aquí no viven del prójimo, sino que se han visto en la calle después de años de ayudar a levantar sus empresas, arruinadas ahora por culpa de tus ídolos. Y otros de los que escribimos aquí, como yo, no tenemos precisamente envidia de lo que ganas (otro de los prejuicios que tenéis metidos en el cebollo los derechistas). En fin, Lazarous, levántate y piérdete.

        • Lazarous, no nos interesa tu vida, sinceramente. Estamos aquí para leer artículos y comentarlos. Punto. Lo mismo para los demás que entran en descalifiaciones personales y sin ningún interés para los demás.

          ¿Tenéis que comunicaros anónimamente en Internet? Que pena me dáis, seguro que nunca habéis dicho a la cara lo que soléis escribir por aquí. Pensar un poco y escribir algo constructivo, no lo primero que os viene a la cabeza. Seguro que babeáis rabiosamente delante de la pantalla a la vez que tecleáis.

        • Lazarous, igual ya no estás ni entre los vivos… porque de tus idiocias mentales ya pasan varios meses… pero no he podido por menos que detenerme aquí un segundo a llamarte por tu nombre: idiota.

          Haznos un favor a todos y quédate viendo la lluvia caer en Bristol.

    • Amigo Lazarous, los ‘viejos rockeros’ y la pasta, son uno y los mismos, son los protas de la estafa generacional, política, económica y ‘cultural’, los propagandistas del viejo régimen, corrupto y podrido de la corona a los piés.

      Te los encuentras por todos lados contando milongas y batallitas como éste, unos prejubilados de lujo en tv. otros intentando seguir facturando.

      Son el bunker, en la SGAE, en las ‘Academias’ (?) del cine y la tv., en los dptos. de Comunicación del Ibex y los Ministerios, y cómo no en Prisa, el grupo que ha enriquecido a muchos de ellos, dónde vendían los carnets de demócrata de toda la vida, precisamente en el periódico de Fraga, Polanco y Cebrián. .

      Fijate, ni una palabra de Ferraz, ni una de ZP/MTdelaVega, ni de Rubalcaba, ni de Iñaki, ni de Spottorno&Ayuso en la Zarzuela, ni de la ideología y el derecho penal de género que domina esa redacción, o lo que sea, ni del Bluffington.

      En fin, que son unos cantamañanas y unos ilusos que pretenden ¡a estas alturas!, seguir comiéndole el tarro a los cuatro ingenuos que se dejen.

      Y sobre todo, y por encima de todo no para de facturar para seguir viviendo guay, viajar, pagar divorcios caros y la casita de campo.

      • Que están hablando de periodismo, no de lo que dicen en intereconomía.

        La próxima vez dile al psiquiatra que tus pesadillas con los “rojos” no acaban.

  3. Muy interesante. No esperaba una entrevista tan crítica y sincera.

    • ¿Entrevista? Más bien una conversación entre colegas. Para machacar con lo mismo que ya había escrito Ruiz de Azúa en este mismo Jot Down. Ya está bien de autobombo, señores, que el mundo no gira alrededor de los periodistas o de los periódicos. Afortunadamente.

  4. El grupo Prisa no es solo El Pais. También ha habido un Ere no hace ni un mes en Cinco Dias, Prisa Brand Solutions, Prisa Corporativo y Prisa Revistas. Nos son solo los 129 de El Pais. Son bastantes mas y es justo que se mencionen. Y las condiciones ofrecidas por estas empresas bastante menos generosas que las ofrecidas en el Ere de El Pais. También es justo que se sepa.

    • BIEN DICHO

    • Algo comenta, aun así la solidaridad de los trabajadores de El País con los despedidos en PROGRESA y otras empresas del grupo (a ver que pasa con ASIP y Pressprint) si ha brillado es por su ausencia. No hay camisetas negras para Rolling Stone.

      Me llama la atención que ninguna de estas estrellas del periodismo, que prácticamente vivían en la redacción, hable de una figura laboral muy simpática y totalmente ilegal que pulula por Miguel Yuste 40: los “colaboradores fijos”, periodistas treintañeros, que trabajan por menos de la mitad que los trabajadores bajo convenio, con el mismo horario y responsabilidades y sin ninguna de sus ventajas; falsos autónomos que les hacen el trabajo sucio a las estrellas de la canción, mientras el supercomité de empresa hace la vista gorda tomandose un carajillo en el bar de al lado.

      Pero si, que rojo era mi valle.

    • En El País les han dado el mínimo legal: 20 días por año trabajado, con un límite de 12 mensualidades. ¿Cómo es posible que las condiciones hayan sido peores en Cinco Días y las otras?

  5. Prisa se ha convertido en una máquina de sacar dinero como sea, con auténticas ESTAFAS como el presunto Máster de Periodismo de El País donde pagas doce mil euros por dos años de servidumbre en la redacción del periódico global en español, sin remuneración alguna. La mitad de la plantilla de la sección de revistas (Cinemanía, Rolling Stone, etc.) se ha ido a la calle con una mano delante y otra detrás, y de los responsables de las cabeceras no se ha oído ni una palabra en defensa de sus trabajadores. Están tan desesperados por conseguir ingresos que están tirando los precios que ofrecen a las principales marcas por anunciarse en sus páginas, (si antes era casi imposible encontrar una noticia negativa sobre El Corte Inglés, Telefónica o Zara, imaginaos ahora que parece el ‘Pravda’ de Amancio Ortega), y aún así muchos días tienen que cubrir espacios con anuncios de empresas del propio Grupo Prisa. El Titanic ya ha chocado con el iceberg, ahora sólo hay que esperar a ver cuándo se hunde…

    • Yo tengo una amiga que se matriculó en el máster de El País y se salió al cabo de un mes. Los “profesores” no hacían más que contar batallitas profesionales y hablar de lo guays que eran y la gran institución que era El País y bla bla bla bla bla… O sea, menos enseñar periodismo se dedicaban a cualquier cosa. Penoso.

  6. Solo falta que muera el Rey para dar por finiquitada la transición. A ver qué viene ahora.

  7. Me hubiera gustado ver tanto interés y tanta solidaridad cuando los ERE de ABC, El Mundo (dos) o La Gaceta y cuando Público echó la verja.

  8. Tanto en esta entrevista como en el artículo que escribió Pere Rusiñol para eldiario.es sobre el mismo tema se destila cierta hostilidad hacia Internet. No abiertamente, claro, porque hoy en día a nadie se le ocurriría oponerse frontalmente a ella, pero sí se nota en frases como ésta:

    “…Y menos a El País, que pide al lector que vaya al quiosco a pagar 1,30 euros por el ejemplar en papel cuando ha podido leerlo todo gratis, o casi todo, en la web la tarde anterior. Es milagroso que todavía haya más de 300.000 personas que paguen la suscripción o vayan al quiosco. […]. Les tratamos como tontos, les vendemos algo devaluado que lleva muchas horas colocando en la web y, sin embargo, siguen pagando.”

    Quizá habría que recordar que El País tuvo su Web cerrada sólo para clientes de pago durante bastantes años, y al final la tuvieron que abrir de nuevo porque habían perdido casi toda su audiencia en Internet. De hecho, la última remodelación que han hecho en la Web iba, en todo caso, en sentido contrario al que mencionan aquí: ahora ya no es tan fácil encontrar todo lo que hay en el papel, y hay ocasiones que columnas interesantes (la de Elvira Lindo los domingos, por ejemplo) no aparecen en Internet hasta el día siguiente.

    Y en cuanto a modelos alternativos, El Mundo está haciendo algo parecido a lo que él parece defender en principio: guardarse las noticias importantes para la sección de pago (Orbyt) y poner sólo “teasers” en la Web… y tampoco parece que les esté yendo de maravilla (creo haber leído hace tiempo que Orbyt no tenía más de 15000 suscriptores).

  9. Vaya por delante que me parece una canallada lo que les ha ocurrido a los trabajadores de El País pero, francamente, no sé de qué se extrañan y no entiendo cómo se empeñan en decir que esos gestos fascistoides son una novedad en ese diario o en Cebrián. Parecen empeñados en olvidar (de hecho, en esta entrevista ni se menciona) que fue director de Informativos en TVE con Carlos Arias Navarro, franquismo puro y duro, es decir, que ya se lucró con el Régimen y, al amparo de PRISA, montado por gente del Régimen, siguió lucrándose a lo largo de todas estas décadas, siendo portacoz oficioso del PSOE. Que Cebrián era lo que es y que El País calló toda una serie de escándalos tremendos simplemente por no perjudicar a sus amiguetes es algo que una serie de personas, con conocimiento de causa, llevan denunciando desde hace años. Pero, claro, lo fácil era y es tildarlos de fachas (tiene guasa, viniendo ése de donde viene) o de resentidos o de mentirosos o de lo que sea. Los de la propia empresa, como se reconoce en esta entrevista, se creían por encima del bien y del mal y miraban a los demás con displicencia. Hasta que, por desgracia, les ha tocado a ellos y ahora se preguntan aturdidos por qué. De aquellos polvos…

  10. Lo cierto es que la “evolución” de Cebrian era de lo mas previsible: durante el franquismo fué el niño bonito de Emilio Romero en el diario del Movimiento Nacional, después, con la democracia, se monto El Pais, el diario mas democrata del mundo y parte del extranjero, y ahora, cuando la finanza pura y dura es lo que manda, se ha convertido en tiburon financiero y hace lo que cualquier otro empresario, despedir trabajadores mayores y caros por jovenes y baratos. Simplemente, Cebrian es un hombre para todas las estaciones.

  11. El objetivo del demócrata Cebrián es que El País se convierta en el nuevo Huffington Post: un ‘diario’ sólo disponible en Internet sostenido por bloggers que trabajan gratis y tan fiable como la revista ‘¡Qué me dices!’.

  12. Yo trabajo en la SER y aquí ya estamos oyendo cómo se afila el hacha. Y lo que se cuenta por los pasillos es que el año que viene PRISA vende Canal + sí o sí, que la deuda del canal es insostenible y se está cargando la viabilidad del grupo.

  13. De espaldas. Menudo golpe me he dado. Me ha tirado el titular al suelo. Zas
    Algo muy gordo ha debido pasar o en la cabeza de este hombre (se quiere suicidar civilmente…meterse así con Cebrián es muerte civil segura en muchos ambientes, desde luego en los que se mueve el entrevistado) o algo le ha pasado a España cuando se habla de Cebrián de este modo. Del Rey hace mucho tiempo que se dice de todo pero de Botín o Cebrián a ver quién los tiene….uf…el barco se hunde….

  14. Dejé de comprar -no de leer- El País hace muchos años cuando eligió no informar sobre hechos y noticias que me interesaba conocer. Me sorprende por eso que parte de la élite, digamos intelectual, del periódico quiera ahora desvincularse de su triste final, habiéndolo podido hacer antes, como otros lo hicieron. El miedo del empleado de un periódico a ser despedido si toca un tema prohibido por el patrón es igual al del trabajador que se arriesga a desobedecer en cualquier otra empresa; por eso no hace falta disimular: no pasa nada. Resulta innecesariamente patético recurrir a batallitas de abuelo cebolleta para justificar una pretendida superioridad moral.La trayectoria de algunos trabajadores de El País es igual que la de algunos ciudadanos: se creyeron/nos creímos ricos y especiales y somos de lo más normalito. Y en lugar de responder con un cierto estoicismo ante nuestros errores, andamos lloriqueando por las esquinas.

    • Y éste es uno de los históricos, de los que se va con una indemnización bien jugosita por la cantidad de años que se ha pasado bailándole el agua al amo, así que no le va a faltar para comer. Supongo que eso le da la libertad necesaria para poner de vuelta y media a Cebrián y los suyos, pero me juego lo que quieras a que puedo contar con los dedos de una mano a los miembros de la vieja guardia que levantaron la cabeza para defender los derechos de los últimos que se incorporaron a la redacción: los becarios con contratos basura, los estudiantes del famoso máster El País-UAM, los que curran horas extra que luego no cobran… No, mejor me callo y ya largaré lo que tenga que largar con el talón en la mano. Si ésta es la izquierda española heredera de la Transición, yo me hago del Tea Party mañana mismo. Ya que me van a joder igual, al menos que lo hagan profesionales.

  15. Excelente, soberbia, ejemplar entrevista incrustada en el tiempo. Revela luces y resistencia ante un poder que vencerá, pero que no puede ocultar su hambre de pensamiento único. Y, no, no lo está consiguiendo.

  16. Victorino fue jefe mío en Cinco Días. Y espero que fuera algo mejor en El País, porque si no, entiendo la debacle del periódico (la misma que sufrió Cinco Días con él de subdirector)

  17. Y desde luego, Félix Monteria “no reflotó Cinco Días”

  18. Es más: Victorino hizo mucho daño en Cinco Días, no aportó nada de nada y metía la pata por su ignorancia. Monteira se pasaba el día jugando al tetris en un estado lamentable

  19. Solo diré una cosa, si alguien piensa que V. R. de Azúa es o ha sido alguna ve un rojillo o un comunista anticapistalista… está total y absolutamente equivocado. Ah, y algunos tenéis que leeros dos veces la entrevisa y atender a las palabras del entrevistado porque las interpretáis según vuestros propios intereses o creencias. Bueno ya he dicho varias así que añadiré una más: Nada más veraz que lo que dice ISAÍAS y otros. Los periodistas de El País se han creído siempre los reyes del mambo pero casi ninguno tocaba canciones de amor. Insolidarios hasta con sus propios compañeros colaboradores. Eran la elite. Un asco.

  20. Lo desesperante de este tipo de foros es que siempre aparece algún imbécil cagando sentencias sin haberse leído siquiera el texto. De otro modo no se pueden entender cieros comentarios, cuando el primero que reconoce sin rodeos el pecado de soberbia de los periodistas de El País es el propio entrevistado.. Que, por cierto, no se dedica a contar batallitas sino que responde a las preguntas sobre su pasado.
    Luego hay los que sientan cátedra desde el más absoluto desconocimiento. Una de las huelgas recientes que narra el entrevistado fue para forzar la firma de un convenio en El País que equiparara a los jóvenes subempleados de la web con el resto de la redacción del periódico.
    Y finalmente están los afectos a la insidia. Insinuar que Félix Monteira no trabajaba solo lo puede decir alguien que consuma sustancias alucinógenas o ande haciendo méritos con su amo Cebrián.

  21. Victorino Ruiz de Azúa, periodista de raza. Como Ramón Lobo, como Enric González y como tantos otros que hicieron grande al periódico El País, ahora convertido en una gacetilla al servicio de los delirios bursátiles del exdirector de informativos de Arias Navarro, el repelente hijo de Vicente.

  22. Ay, cuánto rojo a la calle… El periódico socialista por excelencia haciendo limpieza de personal. Jamás habría soñado un final así para semejante panfleto izquierdista. Bien está lo que bien acaba.

    • Hombre, no creo yo que el hecho de que 120 personas se encuentren ahora en el paro sea algo de celebrar, sea cual sea su ideología.

  23. a mí me parece una entrevista cojonuda que relata el estupor de una redacción ante la actuación de dos canallas en un tiempo de cambio radical.

    y, bueno, los comentarios me parecen de traca. tampoco ha hablado de la crisis del valencia club de fútbol, que a mi me interesa mucho y no voy a ponerlo a parir por ello.

    j

  24. Esta entrevista demuestra que cuan se caen las mordazas la mayoría de la gente dice cosas interesantes. Por otro lado, si aceptamos que los medios son empresas privadas que pueden tratar la información como cualquier otra mercancía entonces tenemos que concluir que -si defendemos que la información es un derecho fundamental en una sociedad que se pretende libre y democrática- hay que sacar a los capitalistas de los medios de comunicación.

  25. ¡Que Pais ,que paisaje,que paisanaje,…!

  26. “La situación es desesperada pero no grave” es de la película Uno, dos, tres, de Billy Wilder. Aparte de eso, la entrevista es espléndida y explica maravillosamente lo ocurrido en El País. Y en nuestro pobre y triste país.

  27. Pingback: Victorino Ruiz de Azúa sobre El País | Blog de J.Rosales

  28. De acuerdo, hay censura en El Pais.
    De acuerdo, Cebrián ha endeudado irresponsablemente a Prisa. Pésimo gestor.
    De acuerdo, ganar 13 millones de euros con esa gestión, con una empresa en pérdidas no es defendible.

    Pero sigue sin explicar como hacer rentable El Pais, y qué hacer ahora con el cambio de paradigma en prensa. Si con 300.000 lectores el periodico no es rentable tal vez haya algo que no funcione. Y no creo que sea por el costo de la edición en internet.

    El resto de cosas que cuenta no son realmente noticia. Que El Pais sea parcial con banqueros, publique noticias según enfoques de afinidad económica o ideológica es algo normal que siempre ha hecho. Generalmente en la prensa no se busca parcialidad y objetividad sino afinidad.

  29. Estudio periodismo y acabo de leer la entrevista. Es para echarse a llorar. Yo ya he asumido que no trabajaré ni viviré de la tecla. El País tiene una línea editorial socialdemócrata que no comparto, pero como periódico gozaba de una calidad que ningún otro tabloide español poseía. Es una pena que uno de los símbolos de la transición española, uno de los diarios más rigurosos de España, se vaya a freír espárragos por la sinvergonzonería, ánimo de lucro desmedido y codicia de alguien que a sí mismo se llama periodista. Cebrián solo se ha preocupado de llenarse el bolsillo, más que de lo que era el diario. Y sin duda, es un timo al lector tradicional ofrecer lo mismo que se publica en papel gratis en una web. Pero creo que el señor Ruiz de Azúa se equivoca con el capitalismo en España. Ojalá en el mundo pudiésemos tener un capitalismo de libre mercado y competencia. Sufrimos un sistema corporativista sin mesura, corrupto, despótico y controlado por el más desvergonzado nepotismo administrativo. Ojalá existiese el libre mercado.

    • ¿De verdad crees que El País tiene una linea editorial socialdemocrata? Seguro que, después de afirmar tamaña estupidez, no vivirás de darle a la tecla.

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  33. Estupenda le entrevista, estupendo Victorino

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