Jot Down Cultural Magazine – Cómo el mundo evitó el Juicio Final (II)

Cómo el mundo evitó el Juicio Final (II)

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(Viene de la primera parte)

Amanece el viernes 19 de octubre de 1962; el mundo está a solamente unos días de que se pueda desencadenar una guerra entre las dos superpotencias que se disputan el control del planeta, una guerra que podría tener consecuencias catastróficas. Y sin embargo, apenas un puñado de personas tiene noticia de esta circunstancia: el Presidente estadounidense John F. Kennedy, el comité ejecutivo de emergencia (ExComm) que acaba de formar con miembros de su gobierno y los altos mandos de las fuerzas armadas, amén de un puñado de asesores. Nadie más lo sabe. En la URSS no sospechan nada, porque ni sus servicios de inteligencia se han percatado de que en EEUU suceda nada fuera de lo normal. Es más: hace un par de días que el Primer Ministro Nikita Kruschev recibió al embajador estadounidense en Moscú y, con tono ofendido, se desmarcó de los rumores que habían circulado durante el verano anterior, hablando de un supuesto traslado de armas atómicas a Cuba. Lo mismo acaba de hacer su Ministro de Asuntos Exteriores, Andrei Gromyko, que ha estado en Washington reunido con Kennedy. Los rusos lo niegan; los americanos saben que es mentira pero todavía no se han dado por enterados. Tienen que preparar su respuesta.

Todos los implicados hasta el momento —Kennedy y los miembros del ExComm— están de acuerdo en que la presencia de armamento nuclear ruso a ciento cincuenta kilómetros de su costa requiere algún tipo de acción y que pasarlo por alto no es una opción. El propio Presidente, pensando tanto en la seguridad del país como en su propia carrera política, ha decidido que quiere obligar a la URSS a retirar esos misiles. Lo único seguro es que no ha escuchado a los pocos que le han pedido buscar una vía diplomática “suave” o incluso abstenerse de actuar: Kennedy no piensa ignorar el asunto y dejar que los misiles permanezcan en Cuba. Eso sí, sabe que si da un mal paso el mundo puede encaminarse al desastre.

Viernes, 19 de octubre

Ted Sorensen descolocó a Kennedy con una sencilla pregunta: “¿Y si el bloqueo no funciona?”

Kennedy está cada vez más inclinado a decretar un bloqueo naval que impida a los soviéticos seguir llevando material atómico a la isla y que además sirva como medida de fuerza para intentar obligarles a que retiren el que ya tienen desplegado allí. No le gusta la opción de lanzar un ataque aéreo sin previo aviso para destruir las bases nucleares cubanas, pensando que tal acción desencadenaría una guerra. Entre algunos de los suyos, sin embargo, las ansias de batalla parecen no desvanecerse nunca. Esa misma mañana los jefes de Estado Mayor de Tierra, Mar y Aire se acercan al Presidente para mostrar —por enésima vez— su desacuerdo con la “débil” opción del bloqueo. Los máximos mandos militares del país insisten en que el ataque aéreo preventivo que destruya los misiles, seguido de una invasión de Cuba que impida a los soviéticos seguir utilizando la isla como posible plataforma de ataque, es la manera más rápida de eliminar la amenaza. Kennedy replica que los soviéticos responderían a esas acciones con otras equivalentes —siendo la más probable una invasión de Alemania occidental—, tras lo cual resultaría prácticamente inevitable una Tercera Guerra Mundial. Los generales no parecen preocupados por un conflicto bélico: aseguran que Moscú no se atreverá a usar su armamento nuclear. Aunque teniendo en cuenta lo que algunos de esos mismos generales estadounidenses pedirán más adelante, cabe preguntarse si no estarían deseando que Moscú apretase el gatillo atómico para poder hacer ellos lo mismo, sabiendo que tienen una enorme superioridad en ese campo. Pero no adelantemos acontecimientos.

Tras despachar en privado con los generales, Kennedy entra en la reunión del ExComm. Dos asesores legales ilustran a los presentes sobre las posibles repercusiones diplomáticas de un bloqueo. Dicen que el bloqueo es una opción menos agresiva que el ataque aéreo, sí, pero que tampoco está libre de complicaciones. Según la legalidad internaciona puede ser considerado también un acto de guerra. Los soviéticos estarían legitimados para interpretarlo como una provocación, ya que atentaría contra la libertad de navegación en aguas internacionales. Al escuchar este razonamiento los militares saltan de nuevo: ya que el bloqueo también puede convertirse en casus belli, ¿por qué no optar directamente por el bombardeo, que al menos eliminará de cuajo el peligro de los misiles de medio alcance?

Otros miembros del Comité, entre ellos el Secretario de Defensa Robert McNamara, piensan de otro modo. Creen —y aciertan— que por más que un bloqueo sea un acto de guerra desde un punto de vista legal, los rusos serán cautelosos y no reaccionarán de inmediato. En Moscú, dice MacNamara, esperarán por lo menos un día para analizar la situación y decidir cómo deben proceder. Una vez más, la sesión de Comité finaliza sin que desaparezca la división entre quienes defienden el ataque aéreo y quienes abogan por el bloqueo naval. Como el acuerdo parece casi imposible, Kennedy ordena que ambos bandos preparen dos informes por separado justificando sus respectivas posturas, anotando los pros y los contras de cada opción. Esta orden resultará providencial. Por la tarde se contrastan los dos informes y por fin empieza a desmadejarse el asunto. Salta a la vista que los argumentos en favor del bloqueo tienen mucho mayor peso y los inconvenientes, aunque los hay, serán bastante menos severos que en el caso de un supuesto ataque aéreo. El bando del bloqueo parece haber ganado y Kennedy concluye que el bloqueo naval es la respuesta. Acaba, pues, de tomar una decisión. Ordena a Ted Sorensen  —su brillante escritor de discursos y el artífice de toda la impactante retórica que muchos asocian con el Presidente— que escriba una alocución para anunciar el bloqueo por televisión. Pero Sorensen no termina de ver claro el asunto. Quizá debido a su formación periodística ha desarrollado un afilado instinto inquisitivo, una percepción menos específica pero más flexible sobre este tipo de asuntos que la que pueden tener los políticos y militares que lo rodean en el Comité. Aunque él mismo es partidario del bloqueo frente al ataque aéreo, su tendencia a la repregunta le lleva a formular una duda que parece simple pero que hasta entonces nadie se había planteado: “¿qué ocurrirá si el bloqueo no funciona?”

Nadie sabe qué responder. Si el bloqueo no funciona… habrá una guerra. Excepto, claro, que los Estados Unidos reculasen y permitiesen que los soviéticos sigan plantando sus misiles en Cuba. Lo cual sería una humillación internacional que Kennedy no está dispuesto a contemplar. Así pues, tras la pregunta de Sorensen el Presidente se da cuenta de que si quiere empezar el bloqueo también necesita mantener el ataque aéreo en la recámara, como última y desesperada medida. Para su intranquilidad, el escenario bélico sigue teniendo muchas papeletas para terminar siendo real si los soviéticos deciden ignorar el cerco naval. Cosa que podrían hacer. No se puede descartar.

Entretanto las fuerzas armadas estadounidenses continúan sus preparativos en el sudeste del país, desplazando tropas a aquellos estados más cercanos al Caribe. Realizan estas maniobras con prudencia y en el más absoluto secreto, pero es imposible esconder por completo el ajetreo militar. No se puede movilizar al ejército en zonas pobladas sin que haya miradas indiscretas: la gente ve cosas, las comenta, se corre la voz… y los redactores de los periódicos se acaban enterando. Es más: cada hora que pasa, el secreto parece volverse más y más frágil. El ejército, para moverse con rapidez, ha de usar las carreteras como todo el mundo. Existen ya numerosos informes de testigos que hablan del paso de convoyes militares con destino a Florida, así que los periódicos empiezan a telefonear al gabinete de prensa de la Casa Blanca para interesarse sobre el asunto.

Pierre Salinger, portavoz de la Casa Blanca, no había sido informado y hacía frente como podía a las peliagudas llamadas de los periodistas.

El Secretario de Prensa de la Casa Blanca, Pierre Salinger, es el encargado de hacer frente a sus preguntas. Pero Salinger no ha sido informado sobre el descubrimiento de misiles en Cuba y en la práctica sabe lo mismo (o menos) que los propios periodistas, así que el pobre tipo recibe atónito al torrente de llamadas, sin saber qué decir. No entiende la repentina curiosidad por parte de la prensa hacia las actividades del ejército. Un tanto preocupado, advierte al Presidente de que algunos reporteros siguen haciendo indagaciones sobre los sospechosos movimientos de tropas en la región sudeste del país, pese a que el Pentágono había dado ya una explicación. Salinger le pregunta abiertamente: ¿hay algo de verdad en todo esto? ¿Está sucediendo algo grave que el público americano no sepa? Pero Kennedy decide seguir manteniendo a su jefe de prensa en la ignorancia: le dice que esos informes “no tienen fundamento” y le ordena que se limite a decirles eso mismo a los periodistas. Salinger no queda nada convencido, pero obedece y finge ante la prensa que la situación es de total normalidad. Esa misma noche, el jefe de prensa es citado por Ken O’Donnell, asistente personal del Presidente. Para su sorpresa, O’Donnell le dice que tal vez haya que suspender algunas de las actividades presidenciales del día siguiente: “Es posible que el Presidente tenga que contraer un resfriado mañana”. Eso no tranquiliza a Salinger, que empieza a creer que está sucediendo algo tan grave que en la Casa Blanca no quieren contárselo ni siquiera a él.

La prensa no dejará de dar problemas. Un periódico local de Florida, el Miami News, está a punto de dar en la diana cuando publica un artículo en el que se asocia el movimiento de tropas en la región con aquellas habladurías veraniegas acerca de un posible traslado de misiles soviéticos a Cuba. Esas mismas habladurías que la CIA había desestimado torpemente como rumores infundados, las mismas que los soviéticos han desmentido tres veces esta misma semana por medio de su Primer Ministro, de su Ministro de Exteriores y su embajador en Washington. El Miami News ha lanzado un dardo a ciegas… y ha acertado. Por fortuna para el gobierno, los autores del artículo —Paul Scott y Robert Allen— ya habían publicado rocambolescas historias para no dormir en alguna otra ocasión.  Entre otras cosas habían llegado a escribir sobre un supuesto plan de la URSS para efectuar una prueba atómica enviando un cohete con cabeza nuclear incorporada… ¡a la superficie de la luna! Sus lectores, pues, están acostumbrados a esperar exageraciones sensacionalistas de ellos. El Pentágono lo tiene fácil para hacer el desmentido: intentando no dar demasiado pábulo a la noticia, responde con un escueto “no hay información que indique la presencia de armamento ofensivo en Cuba”. La actitud de desgana y la vaguedad con que el Pentágono niega lo publicado por el Miami News parece reforzar la idea de que no le conceden importancia al artículo porque saben que no es verídico. Parece que Scott y Allen han escrito una fábula tan alejada de la realidad que ni siquiera ha merecido una respuesta contundente por parte de los militares, sino más bien un  desmentido rutinario y desangelado. El asunto, pues, no pasa de anécdota a nivel de prensa local. No se dispara ningún resorte nacional. Es la segunda vez que el Pentágono miente a los periódicos durante esa semana y la segunda vez que se sale con la suya.

Termina la jornada del viernes y de puertas afuera todo permanece tranquilo. La prensa no ha conseguido destapar el asunto y cuando se ha acercado a la verdad ha sido desmentida con éxito. Los servicios soviéticos de inteligencia continúan sin detectar la más mínima señal de alarma. Y sin embargo, en estas mismas horas, las bases estadounidenses en el Caribe reciben la orden de ponerse en pre-alerta. Se acerca la tormenta.

Sábado, 20 de octubre

“Era una noche espléndida, como lo son todas las noches de otoño en Washington. Salí del despacho del Presidente y, mientras caminaba hacia el exterior, pensé que quizá no viviría para volver a contemplar otra noche de sábado” (Robert McNamara, Secretario de Defensa)

A las nueve de la mañana Ted Sorensen se presenta en el ExComm con el boceto del discurso con el que Kennedy aparecerá en televisión al día siguiente para anunciar al mundo cuál es la situación. Los miembros del Comité leen el texto y dan el visto bueno. Después se trabaja en la planificación general del bloqueo naval, lo cual no es óbice para que el Secretario de Defensa pida al Pentágono que varias escuadrillas de bombarderos se preparen para un posible ataque aéreo, en previsión de que el bloqueo no funcione o de que Fidel Castro pudiese ordenar algún tipo de represalia militar. En la Casa Blanca saben que el líder cubano se sentirá acorralado cuando se anuncie el bloqueo y no son capaces de prever con exactitud qué actitud tomará. Confían en que la URSS trate de apaciguar a su nuevo aliado, porque a Moscú no le conviene que Castro cometa alguna tontería, pero no existe ninguna garantía al respecto. Fidel podría, por ejemplo, responder al bloqueo atacando la base estadounidense de Guantánamo.

En el Comité comienza también la preparación de otro tipo de guerra: la del lenguaje. Algunos proponen que sería lo mejor evitar el uso del término “bloqueo” a causa de sus connotaciones militares. Se decide que de cara al exterior resultará menos violento usar la palabra “cuarentena”. No es que el debate etimológico cambie la naturaleza bélica, o pre-bélica, de un bloqueo naval, pero al menos lanzará un mensaje a los soviéticos y dejará entrever que la intención de Washington no es provocar un enfrentamiento directo. Se cuida cualquier fleco para evitar que Moscú interprete el bloqueo como una provocación. Washington quiere presentarlo como una medida de presión defensiva, es importante que a los rusos les quede esto muy claro. Cualquier terminología con una implicación agresiva será cuidadosamente evitada. Las declaraciones deben sonar firmes de cara al público, pero sin contener una declaración de guerra encubierta.

Curtis LeMay, un hombre sutil: “¡Deje que mis aviones suelten la Bomba!”

Eso no impide que los jefes del Estado Mayor sigan mostrándose belicosos (¡otra vez!) y más ahora que la acción es ya  inminente. Kennedy se reúne con ellos después de comer para supervisar los planes tácticos y vuelve a escuchar las mismas diatribas de los días anteriores. Solo que peores, porque esta vez los generales, además de continuar abogando por un ataque preventivo, van todavía más lejos. El jefe de las fuerzas aéreas, Curtis LeMay, llega a sugerir con fogosidad el uso de armamento atómico. LeMay aduce que también los soviéticos emplearán sus misiles nucleares en cuanto tengan oportunidad, contradiciendo su propia versión anterior, ya que hasta entonces los generales habían asegurado que la URSS no se atrevería a usarlos. Recomienda barrer las bases cubanas con una buena ración de hongos atómicos. El Presidente, para variar, ha de pararle los pies al Estado Mayor. Deja bien claro que el uso de un ataque nuclear para resolver el asunto está fuera de la discusión. Poco después Kennedy y los generales se reintegran al Comité, al que se ha unido una nueva voz: Adlai Stevenson, portavoz de los Estados Unidos en la ONU. Stevenson defiende una opción más conciliadora: aunque como casi todos allí aboga por el bloqueo naval, que va ganando adeptos, cree que debería estar acompañado de importantes concesiones destinadas a apaciguar a los rusos y a los cubanos. Es decir, al mismo tiempo que anunciase el bloqueo, los EEUU deberían mostrarse dispuestos a abandonar sus bases nucleares en Turquía y su base en Guantánamo. Entonces los soviéticos podrían acceder a retirar sus bases atómicas en Cuba. La propuesta de Stevenson, aunque sensata, no encuentra mucho eco. Casi todos los miembros del Comité censuran la ocurrencia, que califican como una inadmisible rendición sin condiciones. Pese la actitud general, las palabras de Stevenson no caen por completo en saco roto. Kennedy admite que podría llegar a considerar la retirada de sus bases en Turquía si son los soviéticos quienes la piden como elemento de negociación; eso sí, no está dispuesto a ser el primero en ofrecerlo. Entre los hombres de confianza de Kennedy, sin embargo, se comenta que quizá a Stevenson le venga grande la situación, lo cual reviste cierta importancia porque cuando la cosa estalle Stevenson será el portavoz de la nación ante la ONU. Para colmo, ya antes de esta crisis Stevenson y Kennedy habían tenido sus más y sus menos. Aunque pertenecían al mismo partido y habían trabajado juntos en diversas ocasiones, sus diferencias en política exterior les habían llevado a una tensa relación personal. El ahora Presidente desconfiaba de él. En lo personal y antes de ser Presidente, Kennedy también estaba enemistado con algún miembro del ExComm, como el mencionado general Cutris LeMay, lo cual no era un secreto para nadie. Pero la tensión entre un político y un militar no resultaba sorprendente, ni siquiera inusual. Sin embargo, una grieta entre el Despacho Oval y su portavoz en la ONU resultaba más delicada. La ONU iba a jugar un papel crucial en todo el asunto y si el Presidente no las tenía todas consigo respecto a Stevenson, quizá se produjese una seria descoordinación. Aunque Kennedy tampoco podía deshacerse de Stevenson sin mayores motivos, porque eso, una vez declarado el bloqueo, eenviaría a los rusos una señal de debilidad. No podían hacerse públicas divisiones internas en Washington.

Estamos en sábado pero la prensa no se apacigua, ni mucho menos. Aunque el artículo que el Miami News habia publicado el día anterior ya estaba desmentido y olvidado de cara a la opinión pública, otros periódicos han seguido bien atentos a la creciente actividad militar y, todavía peor, han detectado por fin que la Casa Blanca, durante los últimos días, se ha convertido en un hervidero de actividad. Han visto que no dejan de entrar y salir importantes personajes cercanos al poder, incluidos los jefes del Estado Mayor. La extensión de rumores en determinados círculos resulta inevitable y un periodista tendría que estar muy dormido para no deducir que algo serio está sucediendo. Después de atar algunos cabos relacionados con los movimientos de tropas, todo sigue apuntando a un problema con Cuba, por más que el Pentágono lo haya desmentid ya dos veces. Así pues, a la hora de cenar suena el teléfono de McGeorge Bundy, asesor de seguridad nacional del Presidente. Quien llama es el jefe de redacción de la sucursal del New York Times en Washington, que le interroga sin rodeos sobre el motivo de tanta actividad en las altas esferas. El periodista no quiere jugar a los desmentidos otra vez, así que no se anda por las ramas: “¿Qué está pasando en Cuba?” Es una conversación muy delicada. McGeorge Bundy comprueba  que el redactor está sobre la pista de la verdad. Una mera insinuación en el ejemplar del día siguiente haría que todo el secreto que con tanto trabajo han cultivado la Casa Blanca y el Pentágono quede hecho añicos. El New York Times no es el Miami News, como es lógico, y cualquier cosa que publique tendrá repercusión nacional e internacional. Para evitar que el periódico airee informaciones comprometidas, Bundy accede a confirmar que hay una crisis y que está relacionada con Cuba. Con esto, en esencia, confirma lo que el periodista ya sabe. Pero a continuación le pide que retenga la historia por bien de la seguridad nacional. Así, apelando al interés patriótico, consigue mantener a la prensa en silencio durante un día más.

Domingo, 21 de octubre

A primera hora de la mañana Kennedy da luz verde para poner el dispositivo del bloqueo en marcha. Queda establecido que aparecerá en televisión el lunes a las siete de la tarde, cuando los preparativos militares estén finalizados. Pero la letra pequeña preocupa mucho al Presidente. Primero se reúne con el general Walter Sweeney, jefe del Comando Táctico del Aire (TAC), para escuchar todos los detalles de cómo se efectuaría un ataque aéreo a Cuba en caso de que el bloqueo fracase. Sweeney describe un hipotético bombardeo, enumera qué operaciones concretas resultarían necesarias y vaticina cuáles cree que serían las probabilidades de éxito militar. Su análisis será clave. Plantea la operación con un tono bastante más realista, y desde luego menos entusiasta, que los jefes de Estado Mayo. Él está mucho más cerca de los detalles técnicos y parece entender mejor las implicaciones tácticas. El jefe del TAC admite que el ataque aéreo destruiría la mayor parte de los misiles nucleares en Cuba… pero no todos. Es decir: la amenaza nuclear directa no podría ser completamente eliminada mediante un ataque preventivo, sino disminuida. Incluso tras un intenso bombardeo de las bases, supone que quedaría en pie una décima parte del total de los misiles atómicos rusos. Todavía podrían ser disparados sobre ciudades estadounidenses. Kennedy escucha el crudo informe de Sweeney con intensa preocupación. No hay garantías en caso de ataque. Más vale que el bloqueo funcione.

Pese al afán bélico de sus superiores, Walter Sweeney fue sincero con Kennedy y no quiso garantizar la total eficacia de un ataque aéreo sobre Cuba.

Tiene lugar una nueva reunión del ExComm en la que el almirante George Anderson, de la marina, enumera los detalles tácticos concretos del bloqueo naval. Describe, por ejemplo, el procedimiento que se usará para conseguir que den la vuelta los barcos que se acerquen a Cuba. Primero se les avisará por radio. En caso de que un buque no obedezca las órdenes recibidas, se disparará en su misma dirección, aunque al aire, un cañonazo de advertencia. Si aun así el barco no se detiene, se disparará a la hélice para inmovilizarlo. Esto asusta a Kennedy, que se pregunta qué ocurriría si el cañonazo destinado a inutilizar la hélice provoca que se hunda el barco o causa daños severos, incluida la muerte de tripulantes. El almirante le tranquiliza: es poco probable eso suceda. Inmovilizar un buque es algo que puede hacerse con precisión; además, hundir o destruir un barco no es tan fácil como parece. Kennedy se tranquiliza un poco, pero se da cuenta de que está planteando un juego muy delicado. Hasta un pequeño pequeño fallo de puntería de un cañón naval puede conducir a una Tercera Guerra Mundial.

Esa misma mañana el jefe de prensa de la Casa Blanca, Pierre Salinger, es informado acerca de la verdad. Por fin entiende a qué venía tanta insistencia de los periódicos, lo cual, al menos en cierto modo, le supone un gran alivio pese a descubrir la gravedad de la situación. Quién sabe, quizá el pobre hombre creía estar volviéndose paranoico. En cualquier caso, sacarlo de la ignorancia ha sido una buena idea porque ese mismo domingo está a punto de hacer frente a una oleada de presiones por parte de varios de los grandes medios. Los periódicos van comprendiendo mejor el asunto con cada minuto que pasa. El New York Times y el Washington Post, sobre todo, han investigado a toda prisa y están consiguiendo componer el rompecabezas, dibujando un retrato tan aproximado de la situación que Salinger, al recibir sus llamadas, se percata de que están a punto de publicar una versión bastante certera de la realidad. Ambos diarios son la punta de lanza de la prensa nacional, por lo que el secreto está a punto de derrumbarse una vez más. Cuando telefonean al jefe de prensa para corroborar las informaciones que tienen intención de publicar, Salinger acude con urgencia a Kennedy.

La Casa Blanca se halla ante un momento crítico. Tras varios días de intensa preparación, los dos grandes diarios del país están a punto de destapar todo el asunto. La verdad sobre Cuba empieza a ser como un mar embravecido golpeando unos diques que se resquebrajan por momentos. Al Presidente solo le queda confiar en que poniendo un par de refuerzos en las grietas, esos diques aguanten un poco más. Necesita unas horas más de secreto eso es todo,, hasta las siete de la tarde del lunes. Ha de intervenir. Kennedy telefonea personalmente a los directores del New York Times y el Washington Post para decirles que la seguridad nacional está en juego. El Presidente convence a ambos para que retengan la noticia. Los dos diarios acceden a no publicar lo que ya han averiguado y dicen que esperarán a que Kennedy hable por televisión. Washington tendrá tiempo de ultimar sus preparativos… salvo que otro medio de comunicación salte repentinamente con la historia, cosa de la que no existe garantía. Quién sabe si algún otro reportero, en alguna redacción del país, también ha conseguido unir las piezas del puzzle.

Lunes, 22 de octubre

El Presidente establece por decreto un Consejo de Seguridad Nacional. O dicho de otro modo, convierte el ExComm en una institución oficial en toda regla. Esto provoca que los miembros del Comité —especialmente los miembros civiles— puedan notar que los aires de guerra les acarician la nuca. No se les escapa que el decreto de Kennedy es una medida pre-bélica. Hasta ahora han estado discutiendo en tema sobre el papel. En unas pocas horas, cuando se haga público el anuncio del bloqueo, tendrán que tomar decisiones de acuerdo a la realidad.

A media mañana Washington arrima la primera llama a la mecha. Los embajadores estadounidenses en todos los países aliados reciben un mensaje urgente del Departamento de Estado: se les dice que deben informar en privado a los jefes de gobierno de esas naciones sobre la presencia de misiles soviéticos en Cuba y sobre el bloqueo que Kennedy está a punto de anunciar en televisión. Se obtiene una garantía de apoyo por parte de algunos de esos países, siendo claves el Reino Unido y Francia. Pero aun hay más. Una vez encendida esa mecha, Kennedy quiere asegurarse de que la pólvora no explotará de manera inesperada. Informa a las bases de misiles estadounidenses en Turquía e Italia que si algún elemento militar de la base intenta disparar armas nucleares sin su autorización expresa, el resto del personal habrá de detener al oficial e inutilizar los misiles ipso facto. Es una orden clara y directa. En la Casa Blanca no quieren que algún militar con complejo de héroe, algún oficial fanático, intente tomarse la justicia por su mano. Ahora todos los soldados deben saber que hay una orden que prevalece: la del Presidente, comandante en jefe de todas las fuerzas armadas según la Constitución que han jurado proteger.

También esa mañana se decreta que a las siete de la tarde, hora prevista del discurso de Kennedy, todas las fuerzas estadounidenses del planeta entren en alerta. Sin embargo queda por resolver una cuestión delicada: ¿se debería extender esa alerta a las fuerzas armadas de los aliados? Es un tema muy peliagudo. Tanto, que los jefes del Estado Mayory el propio Kennedy parecen querer quitarse la decisión de encima. Por un lado el Estado Mayor ordena al general Lauris Norstad, comandante de la OTAN en Europa, que intente conseguir de los aliados el compromiso de ponerse también en alerta pre-bélica. Sin embargo, le autorizan para que ejecute esa orden “según su propio criterio”. Es decir, que se quitan el problema de encima. Por si fuera poco, Kennedy envía otro mensaje a Norstad, exhortándole a intentar mantener intactos los lazos de alianza con determinados países europeos.

El general Lauris Norstad, por su cuenta y riesgo, se negó a poner a los aliados de la OTAN en alerta, lo cual probablemente ayudó a salvar la alianza.

En otras palabras: Norstad recibe mensajes contradictorios, lo que equivale a decir que la patata caliente ha caído en sus manos y que una decisión tan importante, de la que puede depender el futuro del mundo, es ahora su decisión. ¿Debe o no debe pedir a los países miembros que se pongan en disposición de, quizá, embarcarse en una guerra en cuestión de horas, solo porque los EEUU han decidido de manera unilateral establecer un bloqueo? Sin saber muy bien cómo proceder, el general consulta con el Primer Ministro británico, Harold Macmillan. Esa conversación será clave. Macmillan le insiste en que presionar a determinados gobiernos europeos para que declaren la alerta podría perjudicar la buena predisposición de esos mismos países, los cuales, bajo presión, podrían querer desligarse de las acciones militares estadounidenses. Si los EEUU se consideran bajo amenaza soviética, qué no sentirán los aliados europeos sabiendo que las fuerzas terrestres de la URSS podrían invadir el resto del continente sin que ni la unión de toda la OTAN fuese capaz de detenerlos. Los americanos cuentan con superioridad en cuanto a misiles, pero el Ejército Rojo es mucho más numeroso y ni siquiera los EEUU cuentan con efectivos terrestres suficientes para hacer frente a una guerra convencional en terreno europeo. La única respuesta efectiva de los EEUU ante una invasión soviética de Euroopa sería la nuclear, y si los americanos optasen por esa opción, sus aliados podían ir preparándose para ver sus principales ciudades arrasadas por los misiles de alcance intermedio rusos. El general Norstad, pues, se compone un cuadro de la situación en que se encontrarían los miembros europeos de la OTAN. Temen a la URSS más de lo que puedan temer o respetar a los EEUU. El general, por su cuenta y riesgo, deduce que no puede pedirles que en el plazo de horas se dispongan a una guerra donde tienen todas las de perder, y que lo hagan por la sencilla razón de que Washington no quiere misiles soviéticos en Cuba. Toma la decisión de no extender la alerta a toda la OTAN. Con esa medida, es muy posible que haya contribuido a que los aliados sigan ejerciendo su apoyo sin sentirse obligados a entrar de manera automática en guerra. Es muy posible que Norstad acabe de salvar la integridad de la OTAN.

El Premier británico Harold Macmillan, como es lógico, ha quedado muy preocupado tras la conversación con Norstad. Aunque él mismo ha garantizado el apoyo del Reino Unido a EEUU en caso de que los soviéticos declaren la guerra, envía una carta a Kennedy advirtiéndole de que, en su opinión, podría suceder que Moscú, al conocer el bloqueo, le ponga una escolta militar a todos los mercantes con rumbo a Cuba. Eso sería señal de que no quieren ceder, lo cual terminaría provocando una situación de “a ver quién se rinde primero” y, quizá, el desencadenamiento de una escalada bélica. Esta carta es una buena muestra de que la decisión del general Lauris Norstad es uno de los grandes aciertos de esos días.

Pero además de los aliados de la OTAN aún queda alguien importante a quien informar antes de que Kennedy hable en las ondas: los propios soviéticos. Kennedy no quiere que los rusos se enteren por la televisión, lo cual parecería una provocación, así que una hora antes de su discurso televisado envía una carta a Nikita Kruschev y manda a su Secretario de Estado a la embajada soviética en Washington.

Para el embajador de la URSS, Anatoly Dobrynin, este lunes es un día como otro cualquiera. De hecho, cuando un funcionario de su embajada le anuncia que el Secretario de Estado Dean Rusk ha pedido una cita para las seis de la tarde, Dobrynin dice estar muy ocupado y pide a su subordinado que le excuse ante el Secretario y que concierte una nueva cita para la mañana siguiente. La relación personal entre Rusk y Dobrynin es bastante buena, así que el ruso —que de verdad está hasta las cejas de trabajo ese día— sabe que puede tomarse ese tipo de confianzas. Sin embargo, para su sorpresa, el funcionario se queda de pie, sin moverse. “No, Sr. Embajador. El señor Rusk ha dicho de manera muy específica que quiere verlo hoy a las seis. Que es muy importante. Que no se puede aplazar la reunión”. En ese mismo instante Dobrynin comprende que algo grave está pasando. Sabe que Rusk no es la clase de individuo que presiona para obtener una cita y que si lo está haciendo ahora, será por un motivo relevante. Accede y despeja su agenda. El Secretario de Estado acude puntual a la cita y el Embajador observa que Rusk parece más serio que de costumbre. Ambos se sientan, a solas; el americano le entrega a Dobrynin dos documentos: una copia del discurso con el que Kennedy va a anunciar el bloqueo en apenas unos minutos, y una copia de la carta que la Casa Blanca acaba de enviar a Nikita Kruschev. El embajador, atónito, lee los textos mientras se va poniendo cada vez más pálido. Es un momento enormemente tenso que después Rusk describiría con una brillantísima y muy elocuente imagen: “De repente, Dobrynin envejeció diez años ante mis ojos”. No es para menos. El embajador soviético acaba de enterarse de que su país tiene misiles nucleares en Cuba:

“Yo no sabía nada. La decisión fue tomada en secreto por mi gobierno. (…) Solamente se me dijo que en caso de ser preguntado sobre misiles debería simplemente responder: no hay armamento ofensivo en Cuba. Punto. No debería dar otros detalles ni ofrecer explicaciones”

Anatoly Dobrynin se quedó blanco al leer el discurso de Kennedy: el embajador soviético no sabía que su país tenía misiles nucleares en Cuba.

El embajador ni siquiera sabe qué decir. El asunto le acaba de pillar de sorpresa. En su fuero interno, de hecho, siempre había sostenido la opinión de que llevar armamento atómico a Cuba sería “una estupidez”, porque desencadenaría una crisis entre las dos superpotencias, una crisis que podría tener consecuencias apocalípticas. Quizá por pensar así no había creído que sus superiores del Kremlin se atreverían a tanto. Y ahora, de repente, ha descubierto —mediante los americanos— que dicha crisis está a punto de estallar. Capta al instante la enorme seriedad de la situación. Sabiendo que el Ministro de Asuntos Exteriores de su país, Andrei Gromyko, ha estado conversando con Kennedy y con el propio Dean Rusk hace apenas unos días, Dobrynin le pregunta a Rusk por qué razón Kennedy no le había planteado estas cuestiones directamente al ministro, en vez de esperar un par de días para soltárselo de sopetón a él, que solamente es el Embajador y ni siquiera estaba enterado. Pero el Secretario de Estado, aunque muy probablemente comprende la repentina desesperación de Dobrynin y desde luego simpatiza con él, le dice que ha venido a verle con la orden de entregarle esos papeles y de no responder preguntas al respecto. Cuando ambos se despiden, el Embajador se pregunta por qué el ministro Gromyko no ha aprovechado la visita a EEUU para decirle a él, que como embajador se supone que es un hombre de confianza, que habían llevado armamento nuclear a Cuba. Anatoly Dobrynin se da cuenta de que está metido en un juego mucho más grande que él mismo. Durante esos días su situación no será envidiable.

Una hora después, a las siete de la tarde, el Presidente Kennedy aparece en televisión. Durante un cuarto de hora informa a la nación de lo que está sucediendo. Habla sobre el descubrimiento de armamento nuclear en Cuba y deja clara su postura: “cualquier misil lanzado desde Cuba sobre cualquier nación del hemisferio occidental será considerado un ataque directo a los Estados Unidos, lo que requerirá una respuesta de represalia total sobre la propia Unión Soviética”. Es una amenaza en toda regla, al menos de cara a la opinión pública. Para los telespectadores, la Crisis de Octubre comienza en este mismo instante. Los habitantes del planeta descubren que, si las cosas se complican podrían estar a días, incluso a horas, de contemplar una catástrofe nuclear global. Toda una noticia para empezar la semana.

Justo mientras Kennedy está hablando en las pantallas de todo el país, las fuerzas armadas estadounidenses entran en DEFCON 3 por primera vez desde la creación de dicho sistema de alerta defensiva (DEFCON 2 significaría guerra inminente, mientras que DEFCON 1 significaría el comienzo de una guerra nuclear). El nivel DEFCON 3 tiene varias consecuencias importantes. El Comando Táctico del Aire, que durante el día ha estado distribuyendo bombarderos por diversos aeródromos del país para equiparlos con bombas atómicas, ordena que una parte de estos aviones esté siempre en el aire. Cuando un bombardero aterrice para repostar, otro despegará y ocupará su lugar; así se garantiza que en caso de ataque nuclear súbito sobre los EEUU habrá en los cielos un cierto número de aviones preparados para ejecutar una represalia. También el resto del arsenal atómico estadounidense entra en una alerta pre-bélica que hasta ahora solo imperaba en las bases de Guantánamo y Panamá. El personal de todas las bases de misiles estadounidenses es puesto en disposición de actuar y los submarinos con capacidad balística reciben la orden de dirigirse hacia sus ubicaciones estratégicas definitivas. Por el momento no hay reacción visible del Kremlin, que no emitirá un comunicado oficial hasta el día siguiente. Tal y como Macnamara había previsto, los soviéticos no se precipitan y se toman toda la noche (es de noche en Washington, se entiende) para analizar el asunto.

El mundo está ya al borde del desastre. De hecho, durante esa misma tarde, un par de infortunadas casualidades ponen a prueba la sensatez de las comunidades de inteligencia de ambas superpotencias. Por un lado se da la circunstancia, por completo casual, de que una de las bases de misiles estadounidenses en Turquía es “ocupada” por el ejército turco, lo que produce la sensación de un preparativo previo a un ataque atómico. En realidad se trata de una maniobra rutinaria de mantenimiento que ya estaba prevista en el calendario de esa base, aunque en Washington no tenían constancia de ello, o de lo contrario la hubiesen evitado para no alarmar a Moscú. Cuando la maniobra es detectada por la inteligencia soviética, en efecto, hace sonar algunos timbres de alarma. Los rusos no saben cómo interpretar el repentino movimiento en la base turca. ¿De verdad están preparando los estadounidenses un ataque nuclear? Al final se impone la sangre fría; antes de provocar el pánico en Moscú, los observadores soviéticos deciden aguardar a tener más indicios de que realmente se prepara un lanzamiento. Así, los agentes de la inteligencia militar se dan cuenta de que todo es una maniobra inocua. Pese a lo que puedan pensar algunos generales estadounidenses como Curtis LeMay, en la URSS no tienen especial interés por precipitarse a un intercambio nuclear. Y menos sabiendo que EEUU tiene más de 27.000 armas atómicas frente a las 3.000 que ellos mismos poseen. Entre los dos bandos pueden dejar el planeta inhabitable.

También peliagudo es un incidente ocurrido en Moscú apenas media hora antes de la alocución presidencial de Kennedy. Se trata de la detención del coronel Oleg Penkovski, reputado militar y relevante miembro de la inteligencia soviética, que ha estado ejerciendo como espía para la CIA en secreto. Justo ahora acaba de ser desenmascarado. Penkovski consideraba que Kruschev podría estar dispuesto a iniciar una guerra nuclear y por ese motivo había empezado a trabajar como agente doble, aunque los americanos tendían a considerar exagerados sus apocalípticos informes sobre la personalidad del Premier soviético. Con todo, era un hombre cercano al poder que podría haber jugado un papel importante en la crisis de no haberse detectado su doble juego. Pues bien, cuando Penkovski se entera de que ha sido descubierto y de que su detención es inminente, reacciona de forma más bien histérica y encía a sus contactos occidentales la señal convenida para avisar de un inminente ataque soviético. Al recibir el mensaje, los agentes de la CIA se quedan atónitos: ¿de verdad el coronel acaba de enviar la señal de alarma? Por fortuna, deciden también no dar crédito a la alerta, a falta de otros indicios que la confirmen. Y aciertan, porque unos minutos después el mundo entero sabrá que se enfrenta a una posible Tercera Guerra Mundial y cualquier pequeño malentendido podría causar una escalada de represalias que quizá no podría pararse hasta provocar un Apocalipsis nuclear. Estos dos últimos sucesos, que contados en pleno siglo XXI parecen anécdotas, demostraban que los equívocos podían surgir con mucha más facilidad de la prevista. Así de delicadas se iban a poner las cosas. El lunes 22 de octubre de 1962, quien fuese religioso tenía buenos motivos para rezar. Y quien no lo fuese… probablemente también.

En Washington no se van a dormir. La noche va a ser muy larga mientras esperan la respuesta de Moscú. ¿Cómo lo estarán viviendo los soviéticos? El pulso ha comenzado. Nadie sabe cómo va a terminar.

(Continúa)

9 comentarios

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  2. Pero el ‘mundo’ no pudo evitar que Don Pedro Ibargurengoltia Garcia, capitán, Don Javier Cabello Fernandez, segundo oficial y Don José Vaquero Iglesias, tercer maquinista, fueran asesinados a bordo del humilde carguero “Sierra Aránzazu” el 13 de Septiembre de 1962.

  3. Como ya dije anteriormente, sería muy interesante también conocer la perspectiva soviética de todo este asunto desde el principio, con el posicionamiento de misiles estadounidenses en Turquía.

  4. Magnìfico y sobrecogedor relato, ardo en deseos de leer la continuaciòn, felicitaciones al autor.

  5. Me gusta mucho. Pero cuidado, que hay por ahí un Cutris LeMay. Que era animal, pero dudo que cutre.

    Para estas cosas podríais poner a disposición de vuestros lectores un pequeño email, así las erratas se comentan en privado y se solucionan, creo que queda mejor.

  6. no tengo idea como me entero de esto recien ahora que tengo 35

  7. Enhorabuena por el artículo. Le has metido un ritmo y una intensidad que te meten en la situación y transmiten perfectamente cómo se vive el día a día en momento como ese. Además, es muy productivo para ver los pasos que hay que dar para tomar cualquier decisión.

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