Si van a París y solo pueden ver una cosa, visiten el Centro Pompidou - Jot Down Cultural Magazine

Si van a París y solo pueden ver una cosa, visiten el Centro Pompidou

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Fotografía de Oh Paris (CC).

Fotografía de Oh Paris (CC).

Los lectores que hayan ido siguiendo esta serie de artículos, seguramente sabrán que suelen empezar con un chiste. Este empieza literalmente igual que un chiste: un francés, un inglés y dos italianos se reunieron en París y le dieron una patada en su decimonónico trasero. La patada fue tan fuerte que mandaron a la ciudad a tres décadas de distancia en el futuro.

Si están ustedes leyendo Jot Down, entiendo como positivamente imposible que no conozcan la capital de Francia; en cualquier caso, para aquellos que vivan dentro de un barril, diremos que París es una ciudad donde siempre gana un ciclista español, siempre gana un tenista español y que fue liberada en 1944 por soldados españoles. En definitiva, una ciudad llena de chovinistas. Además fue el centro del Imperio francés durante buena parte del siglo XIX y está llena de monumentos también del siglo XIX; ya saben, París es la ciudad del Big Ben, de la basílica de San Marcos y de la Estatua de la Libertad (?)

Seguramente preferirán ustedes visitar todos esos lugares que son símbolo de las glorias pasadas de la capital francesa; no obstante, yo les voy a pedir que se acerquen a uno que es icono de la contemporaneidad mundial (también les pediría que no fuesen al Sacré Cœur porque es un pastiche horroroso, pero en fin, allá ustedes).

1. El París de Georges Pompidou

Se suele decir que el final del siglo XX lo marcó el derribo del Muro de Berlín en 1989 y que el principio del XXI llegó la mañana de un martes once de septiembre de 2001 en Nueva York. A mí me gusta pensar que, en París, los cuartos de la Nochevieja del siglo sonaron en 1967 con la publicación de La sociedad del espectáculo de Guy Debord; que las campanadas fueron todas y cada una de las piedras que los estudiantes lanzaron a la policía en mayo del 68; y que el ataúd se cerró en el momento en que Charles De Gaulle decidió no asistir al Consejo de Ministros que él mismo había convocado para el día 29 de ese mismo mes.

Cuando Georges Pompidou asume la Presidencia de la República en junio de 1969, la capital es una ciudad espesa, abigarrada y agotada. Una urbe pomposa que, pese a las dos guerras mundiales y la bulliciosa efervescencia intelectual, aún sigue alimentada por el estancado embalse cultural del medievo, el barroco y el novecentismo.

El recién llegado presidente tiene perfecta consciencia de esta situación (no en vano ha sido primer ministro durante los últimos seis años), y sabe que si París quiere volver a ser un generador artístico global y así recuperar el estatus de atracción urbana contemporánea que ha perdido a favor de Londres o Nueva York, entonces debe levar las anclas que le amarran al pasado. Al precio que sea, como sea y donde sea.

Y donde sea es en el Beaubourg, posiblemente el barrio más espeso, abigarrado y agotado del centro de la capital; donde, hasta hacía muy poco, el mercado de Les Halles regaba el aire de entrañables fragancias que iban desde la carne de venado hasta los arenques menos frescos.

Pompidou quería colocar allí, precisamente allí, un aglutinador cultural de proporciones masivas. En sus propias palabras: «Un conjunto monumental dedicado al arte contemporáneo en la ubicación del Beaubourg» que constaría de, efectivamente, un gran museo de arte contemporáneo, pero además debería incluir una biblioteca pública y además el Centro de Creación Industrial de París y además un centro de investigación acústico-musical, cuya dirección se le encomendaría al autoexiliado Pierre Boulez.

En 1970, cuando se convoca el concurso internacional de arquitectura, el programa de necesidades exigido es tan extenso y tan diverso que convierte la empresa en poco menos que inabarcable. Una quimera en su acepción mitológica; un animal de cuerpo de museo, brazos de biblioteca, piernas de conservatorio y cabeza de ninfa, capaz de asomar una sonrisa por entre los restos del avejentado distrito.

Se presentaron un total de seiscientas dieciocho propuestas desde estudios de arquitectura de todo el mundo. Tras semanas de deliberaciones, el diecinueve de julio de 1971, el jurado encabezado por Jean Prouvé eligió el proyecto de unos treintañeros Richard Rogers, Renzo Piano y Gianfranco Franchini. En un brillante ejercicio de paso lateral, la respuesta que ofrecían a la complejidad programática planteada en las bases era formidable y extraordinariamente sencilla: seis plantas vacías y una fachada tecnológica de aspecto industrial.

París acababa de entrar en el siglo XXI.

Planos del proyecto ganador en la versión del concurso.

Planos del proyecto ganador en la versión del concurso.

2. Nuestra Señora de la Tubería: el epítome del barroco

Georges Pompidou murió el dos de abril de 1974, aún siendo presidente de la República. El treinta y uno de enero de 1977, Valéry Giscard d’Estaing inaugura el Centro Nacional de Arte y Cultura Georges Pompidou. Al poco de su construcción, los parisinos comienzan a llamarle «La Refinería», «La Fábrica de Gas» o «Nuestra Señora de la Tubería»

Fotografía de Pedro Torrijos.

Fotografía de Pedro Torrijos.

Las reticencias estéticas de los ciudadanos eran razonablemente comprensibles. Acostumbrados a una ciudad entendida casi como un decorado, donde las fachadas eran el fondo de una ópera decimonónica y la engolada máscara que ocultaba unos edificios algunas veces ricos y sofisticados, pero otras anticuados e insalubres; los parisinos no estaban preparados para enfrentarse a una construcción que les enseñaba la belleza desnuda de los materiales.

Y que se la enseñaba a quemarropa.

Porque uno de los rasgos más sobresalientes del Centro Pompidou es la exhibición orgullosa de su realidad constructiva. Y es que un edificio —como cualquier entidad— tiene mil realidades yuxtapuestas. Un edificio se conforma con muchos elementos: algunos conceptuales, algunos impalpables, algunos invisibles. Sin embargo, todos los edificios —como todos los objetos físicos— están hechos de materiales; la unión y la articulación de materiales hasta constituir una forma y, al final, un espacio.

Como en la serie de televisión de los setenta, tradicionalmente solemos pensar en unos materiales ricos y unos materiales pobres. En delicados mármoles y trabajados metales para la fachada, y yesos negros y aceros corrugados para el interior de los forjados, las paredes, las instalaciones y las estructuras. En un ladrillo cara vista y un ladrillo tosco. En lo que queremos enseñar y lo que queremos ocultar. Sin embargo, piensen en esos materiales, en las moléculas que los forman, en el hierro y el carbono y el silicio: las moléculas son exactamente las mismas; a las moléculas les da igual si las miran o no, a las moléculas les da igual estar a pleno sol o debajo de un oscuro falso techo.

Rogers, Piano y Franchini decidieron que si esas moléculas eran iguales, eran iguales donde quiera que estuviesen; y que los materiales no son ricos o pobres, los materiales son materiales. Y aún más, que si un edificio son sus materiales, entonces el edificio tenía que enseñarlos. Todos.

Por eso las fachadas del Pompidou no responden a la cobertura de chocolate de un helado, sino que son la estructura y las escaleras y los conductos de fontanería y los de calefacción y los de aire acondicionado. En el Pompidou no hay nada oculto, el edificio es exactamente lo que se ve de él.

Fotografía de Ivo Yansch (CC).

Fotografía de Ivo Yansch (CC).

Voy a decirles algo que seguramente no han leído antes en ningún otro sitio: si en París hay decenas de edificios barrocos, el Centro Pompidou es el más barroco de todos.

No se preocupen que no les voy a dejar así, con esa frase lapidaria, intentaré explicarlo. En arquitectura, una de los conceptos esenciales del barroco es el de la teatralidad: la jerarquía entre un elemento importante en detrimento de otros, y la sorpresa y la contemplación de ese elemento, que precisamente cobra aún mayor importancia por la diferencia con los demás. Para conseguir esa teatralidad, se emplean operaciones espaciales que habitualmente tienen que ver con el efecto de compresión-dilatación y con el recorrido del hombre a través del espacio. Así, la percepción de un edificio solo tiene sentido a través de la experiencia del hombre.

Entonces, ¿cómo es posible que un edificio a priori tan neutro, que no distingue entre materiales, que está compuesto por 6 plantas vacías y diáfanas, y cuyo recorrido es esencialmente libre, sea casi el epítome del barroco? Precisamente por la jerarquía y la teatralidad.

Al Pompidou se llega desde las angostas calles del Beaubourg, y el camino en sombra por entre la Rue de Venise, la Rue Saint-Martin o la propia Rue Beaubourg poco parece anticipar la llegada a la Place Georges Pompidou, la gran plaza inclinada que sirve de acceso al edificio y a la vez, se separa del barrio y genera la distancia necesaria para su contemplación. Pero además, la edificación está extraordinariamente jerarquizada: todo lo que es constructivo está fuera, a la vista; todo lo que es contenedor —y contenido— está dentro.

Así, al llegar a la plaza, al avistar las vigas y los soportes y las escaleras y las cruces de San Andrés, Rogers, Piano y Franchini nos dicen que la realidad constructiva puede ser contemplada, de facto, como una obra de arte.

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Algunos parisinos le llaman «Nuestra Señora de la Tubería», pero en 2012, el Centro Nacional de Arte y Cultura Georges Pompidou fue el segundo edificio más visitado de París, con más de 5.300.000 asistentes; y cuando Richard Rogers recibió el Premio Pritzker en 2007, el New York Times dijo que el centro Pompidou era «una caja que había puesto al mundo de la arquitectura cabeza abajo».

3. La caja de la verdad

Los arquitectos a menudo empleamos el concepto de estuche y el concepto de caja. No son difíciles de entender: imaginen la funda que guarda una trompeta; si la abren, verán que todo el interior está acolchado y conformado para que el instrumento no sufra vaivenes ni se golpee con la pared de la funda; cada curva y cada recoveco y cada pieza de la trompeta tiene su lugar preciso en ese interior. Pero aún más, el exterior de la funda también es directa consecuencia del objeto que alberga, no solo en tamaño y dimensiones generales, sino en su propia forma; un redondeo en las esquinas o una protuberancia donde va a estar la campana de la trompeta advierten que lo que hay dentro solo puede ser eso, una trompeta. La funda es un estuche.

Ahora piensen en esa caja de zapatos que guardan en su casa y que hace tiempo que no tiene zapatos dentro, sino cartas o fotografías o bisutería o juguetes. La caja es igual contenga lo que contenga. La forma de la caja no responde a lo que alberga, porque precisamente puede albergar casi cualquier cosa. Su contenido es independiente de ella. La caja es conceptual e inherentemente flexible.

Es lógico pensar que hay edificios que son estuches porque deben ser estuches. No es lo mismo la casa de una familia con cuatro hijos que un auditorio para tres mil espectadores que un estadio de fútbol o que un cementerio. Sus dimensiones son distintas porque lo que van a albergar es distinto. Pero afinando más; no es lo mismo una casa para un hombre en silla de ruedas que la que se construiría para un nadador olímpico. Aun compartiendo dimensiones, su forma es distinta porque sus necesidades son distintas. Porque el contenido del estuche es distinto.

¿Y un museo? ¿Cómo es un museo?

Un museo es, precisamente, esa caja de zapatos que puede guardar zapatos y fotografías y collares de plata. Porque una escultura es un zapato y un cuadro es una colección de fotos y una instalación es un collar de plata. Un museo es el edificio más flexible que puede existir y su forma no responde a lo que hay dentro, porque dentro puede haber cualquier cosa. Un museo es un contenedor independiente de su contenido. Un museo es la manifestación más radical de una caja arquitectónica.

O al menos eso es lo que nos dicen Rogers, Piano y Franchini, hasta el punto de que la forma del centro Pompidou es, conceptualmente, ninguna. Cada planta del edificio es vacía y diáfana y sus límites aparecen diluidos y casi invisibles; no son más que vidrio. No son casi nada.

El museo del Pompidou no es nada, sus paredes son el Beaubourg y el aire de París, y su realidad —su verdad— es cada escultura y cada cuadro y cada instalación. Su verdad es su contenido. Porque alrededor de esas paredes de vidrio hay una fachada invisible, un par de metros de espacio entre las plantas vacías y la estructura exterior, que apenas se aprecian cuando cruzamos las pasarelas entre la escalera y el museo, pero que se entiende si nos acercamos a tocar el acero de su estructura o sus conductos multicolores.

Fotografía de Pedro Torrijos.

Fotografía de Pedro Torrijos.

Háganlo. Sepárense un momento de las largas colas de la taquilla y de las visitas guiadas y den un paseo por el borde impalpable del centro Pompidou. Acaricien las moléculas de hierro y carbono de las cruces de San Andrés y rodeen con la palma de la mano los escasos diez centímetros que estabilizan y sostienen un edificio que pesa lo que pesa todo el siglo XXI. Echen la mirada abajo cuando crucen la pasarela y verán que cada tubo de acero de los soportes y las vigas tiene la dimensión precisa del esfuerzo con el que trabaja. Que cada conducto tiene la forma y el color del fluido que corre dentro de él. Que la estructura es la verdad de la carga que asume y las tuberías son la verdad del aire y el agua que llevan dentro y la escalera es la verdad de la altura que salva y los hombres que la usan.

Y que todas esas cargas y esos fluidos y esas alturas salvadas se posan de puntillas sobre el suelo y abrazan al edificio tocándolo apenas con las yemas de los dedos, a dos metros del museo, generando un parpadeo que es la forma de un edificio que renunció a ella.

Después, cuando terminen la visita, sepárense hasta el fondo de la plaza inclinada. Sepárense del barrio y del siglo y tómense un respiro para contemplar ese objeto que arrastró al futuro a todo París; y con él, a todo el mundo. Las cien mil toneladas de acero blanco, los dos mil metros de tubos rojos, amarillos, verdes y azules, y la sombra de la escalera transparente. Quizás ahora puedan ver la fachada invisible que traba y entrelaza las vigas y los soportes, que empuja y sujeta los conductos y los recorridos. Entonces comprenderán que las moléculas —cada una de las moléculas; las de aire, las de acero y las de vidrio— se apoyan entre ellas y, todas a la vez, envuelven y sostienen y narran y explican y traducen esa caja de la verdad que una vez soñaron un francés un inglés y dos italianos.

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32 comentarios

  1. Visto en fotos, videos…el Pompidou en mi opinión personal, gana mas de lejos y iluminado, pero bueno, se tendria que ver “in-situ” para poder opinar mejor.
    Me ha gustado el articulo, y la seccion del autor tiene muy buena pinta, con este articulo y el de las Piscinas das Mares, convence aunque sea un poco , de que si estas de paso en dichas ciudades, visites eses lugares
    Un saludo !

  2. París es una ciudad fantástica. Sin duda, la próxima vez que vaya por aquellos lares haré caso al autor.
    Dejo otra visión de la vida parisina para quien le pueda interesar:

    http://www.elpisapapeles.com/cultura/ocio/paris-louvre-eiffel-moulinrouge.php

    Saludos

  3. Me hubiese gustado leer alguna mención (al menos una) a Peter Rice.

  4. O sea, que el Pompidou es como la Caja Mágica de Madrid, sólo que bien hecho, construido dentro del presupuesto y situado en una ciudad que no apesta…

    • ¡Alto ahí! París es la ciudad más apestosa que uno pueda oler, donde los pasillos del metro huelen a orines que llevan cumulándose siglos y siglos.

      París es una ciudad de coña. Sobre todo para sus sufridos habitantes; para los tursitas es una delicia porque llegan, huelen los pises y acto seguido huyen y se van.
      Los que vivimos aquí sufrimos el olor a pis de manera constante.

      París no existe

  5. Pues sí. O a todo el equipo de Arup. Y a Jan Kapliky o a Su Rogers o Eric Holt. Pero intenté evitar el name-dropping, sirva su comentario como homenaje tardío al diseñador de, entre otras cosas, las preciosas gerber.

    Un saludo.

    • Dicho queda, gracias. No hay mejor edificio que el Pompidou para dar crédito al ingeniero que trabaja con el arquitecto.

  6. El afán de criticar a París poniendo al Pompidou como excusa.

    Súper bien vendido el centro, ¿teneis acciones o algo así?

    Juzgar la historia de París por 10 años es una falta de educación cultural e ignorancia espantosa. ¡Y que bajo macho! “Siempre gana un español en París”. Muy bien escrito, de todas formas.

  7. Muy buen artículo de nuevo. Es un edificio Perilloso, con toques técnicos poutashianos, del tipo JFHV sin patillas.

  8. Preciosas las metáforas y los ejemplos que explican esos conceptos que, como arquitectos, nos resultan tan familiares, pero que son, en verdad, comlicados de entender.

    Aunque sólo está citado de manera tangencial, el proceso urbanístico que coloca al Pompidou en esa “plaza” es, también, apasionante.

    Enhorabuena por el artículo.

    • Vaya, muchas gracias. En el fondo lo único que intentamos es poner al público a la altura de nuestros ojos, creo yo.
      Un saludo.

  9. Viví en París durante dos años. Recuerdo que, sobre todo al principio, me gustaba deambular por las calles para descubrir la ciudad, sin ningún destino fijo y sin haber consultado ninguna guía. Sin saber por qué, casi siempre acababa en el centro Pompidou. Cuando me acercaba, me ponía de buen humor -hiciera el tiempo que hiciera, casi siempre nublado-. Con el centro Pompidou me pasa como con los mercadillos; ejercen en mí una atracción irresistible.
    Al leer este artículo, que me ha parecido estupendo, creo que entiendo mejor por qué me gustaba y me atraía tanto. Es vitalidad, alegría y juventud. Además las exposiciones son buenas, claro, y como dice el autor se disfruta desde fuera y desde dentro.

    Ah, y tanto en Francia como en España deberíamos recuperar la buena costumbre de confiar proyectos importantes a los treintañeros. Dejar paso.

    Me ha gustado mucho, muchas gracias!

  10. No sé si conoces el texto de Jean Baudrillard sobre el Pompidou, “El efecto Beaubourg”, en el que reflexiona sobre este tipo de contenedores para la multitud como uno de los ejemplos de la entrada definitiva de occidente en la hiper-realidad, radicalizando el juego del intercambio simbólico en la era del capitalismo popular. A tu análisis aportaría la hipótesis de que, en casos como el Pompidou, el medio es el mensaje: la ceremonia que desencadena convierte en contingentes los objetos de cada exposición, pues la experiencia consiste en “ir al Pompidou”: ni siquiera el edificio es interesante, pues su morfología queda eclipasada por su rol de espectáculo para las masas.
    EN fín, recomendabilísimo el texto de JB como contrapunto tenebroso al simulacro de optimismo tecnológico que es este edificio. Un saludo y enhorabuena!

    • Pues sí que lo conozco. De hecho, en esta propia revista ya hablé en su momento de Baudrillard y la hiper-realidad, un concepto que me resulta fascinante.

      Sin embargo, yo no estoy de acuerdo con que el Pompidou sea “simulacro”, al menos no arquitectónicamente. De hecho, yo abogo porque el edificio es uno de los más veraces de la historia.
      Eso sí, como operación de mercadotecnia (incluido el propio apoyo presidencial) es un ejemplo casi paradigmático.

      En cuanto a “simulacros” arquitectónicos baudrillardescos, yo me quedaría con los horribles y a la vez fascinantes casinos de Las Vegas.

      Un saludo.

  11. O sea que se echó abajo parte de un barrio castizo y auténtico para levantar… esto. Sí, mucha verdad de los materiales y todo lo que quieran, pero si los edificios llevan tantos siglos teniendo fachada es por algo. El pompidou, como la torre Eiffel, se lleva con el entorno como dos pistolas se llevan con un Cristo.

  12. 57 a 7, la diferencia de premios nobel entre Francia y España. Que sigan ganando al tenis, subnormales.

  13. Lo he visitado y es horrendo. No sé si es peor el edificio o la basura que guarda.
    Lo peor de París, sin duda.

    P. D. Si de arte moderno se trata, el MOMA.

  14. Pingback: Si van a París y solo pueden ver una cosa, visiten el Centro Pompidou

  15. Yo soy un parisino “chauvin” y cuando digo parisino es nacido y criado aquí en la ciudad luz, bueno ahora una ciudad museo para turistas con pocas luces.El centro pompidou es un insulto al buen gusto y si les preguntas a los indígenas como yo te dirán”une grosse merde tubulaire”, París es Ménilmontant, Belleville,Montparnasse,Barbés etc… et pas tous les clichés que vous avalez a longueur de temps.Un poco de respeto por favor.

    • ¡Caramba! Un parisino anti bo-bo y con gusto ¡Ya era hora!

      Le felicito. Tiene usted unos gustos normales y no sigue las modas.
      Suscribo todo lo que usted ha escrito, sobre todo “et pas tous les clichés que vous avalez a longueur de temps”.

      Venga a verme por el Buttes-Chaumont cuando desee y pasearemos por la Mouzaia. Deje que los modernos paseen por el Pompidou y el Marais, que así no molestan.

      ¡Bah! ¡El Pompidou dicen!

  16. La honestidad de los materiales. Poner lo de fuera, dentro.

    Es como embadurnarse la cara de lo que tenemos dentro, que es caca.

    • Le gustará o no, eso es subjetivo, y, permítame decir, bastante irrelevante en lo que a arquitectura contemporánea se refiere, sobre todo cuando dicha preferencia se defiende con argumentos tan demoledores.

      En cualquier caso, me ha dado Vd. un motivo para soltar la mía. Un aspecto de la arquitectura construida contemporánea que no suele convencerme es que cada proyecto se concibe desde cero, que la innovación rompedora se valora más que el saber hacer. Esto no es cierto en todos los casos, me refiero más bien a la tónica general de la arquitectura comercial de perfil medio.

      Hay que reconocer que Rogers ha hecho del concepto que usted menciona (“lo de fuera, dentro”, por usar sus palabras) su escuelilla, y que no le ha ido del todo mal.

      Es curioso, con todo, que el recién terminado Leadenhall, sea portador de este concepto en una versión mucho más diluida que el Lloyds, completado hace más de veinticinco años en el solar contiguo, o el Pompidou mismo.

  17. Pingback: Pedro Torrijos escribe sobre el Centro Pompidou de París | El Lobo Estepario

  18. Excelente narración, se sitúa uno en la Place Georges Pompidou y observa el edificio casi como si estuviera allí y descubre cosas desconocidas u obviadas.
    Pero cada uno tenemos nuestra visita ineludible, en mi caso 2:
    Primera: Marché des Enfants Rouges, un couscous en Le Traiteur Marocain y después unos pastelitos marroquíes con un té.
    Segunda: Place de le Contrescarpe, unas cervecitas allí no las perdono nunca.

  19. Pingback: Descubriendo Paris a partir del Centro Pompidou | CuaresmaARQ

  20. Una vez en una conferencia en la misma Paris (donde he tenido la suerte -aun no sé si buena o mala- de vivir 3 años) oi a un filosofo y antiguo ministro de educacion francés (Luc Ferry) decir que el objetivo del arte moderno ya no es la belleza, sino la innovacion en si misma. Creo que tenia razon: la conmocion (boulversement) del ser humano frente a la sorpresa, la admiracion ante la novedad, son la esencia de la sociedad actual, y por tanto, del arte actual. El centro Pompidou es el màximo exponente de este concepto. Es la innovacion lo que lo hace bello. En el sentido clàsico de la palabra, se trata de un edificio feo. En el sentido moderno, es de una belleza conmovedora. El problema por el que a mucha gente no le gusta a primera vista es que, como el resto del arte moderno, està mal explicado. Asi que muchas gracias por el articulo, espero que, ademas de las mias, también ilumine las ideas de algun visitante casual del Beaubourg. PS: lo siento por los acentos, el tipo que diseño el teclado francés deberia pasar por la guillotina

    • La novedad tiene un defecto: pasa de moda muy rápido. El Pompidou, ahora, no es rompedor. Solo es feo. No es algo que conduzca a edificios perdurables. El Panteón de Agripa sigue fascinando, dos milenios después de su construcción. El Pompidou, pasados apenas 40, aburre.

  21. Pingback: Si van a París y solo pueden ver una cosa, visiten el Centro Pompidou | The Specialist

  22. Estudié dos años en París. Como la biblioteca de mi facultad solía estar hasta los topes, iba con frecuencia a la del Pompidou. Alguna vez encadenaba las tardes de estudio con una peli de Resnais en los cines de la primera planta, o con una exposición en la última. Siempre me gustó el edificio, pero he necesitado leer este genial artículo para valorarlo como se merece :-) ¡Gracias!

  23. Pingback: PEDRO TORRIJOS: “Yo escribo como proyecto” - entrevistarq

  24. Muy buen artículo. Tuve la oportunidad de visitar el edificio, y la lectura de tu propia visión me ha permitido mirarlocon otra apreciación.

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