Jot Down Cultural Magazine – Clásicos que deberías leer aunque te digan que deberías leerlos: Orgullo y prejuicio

Clásicos que deberías leer aunque te digan que deberías leerlos: Orgullo y prejuicio

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Greer Garson y Laurence Olivier en la primera adaptación de Orgullo y prejuicio, de 1940. Imagen: MGM / Warner Bros.

Chica conoce a chico. Ella es guapa, independiente y un poco marisabidilla. Él es guapo, seguro de sí mismo y con cara de que todo lo que no es él huele mal. Ambos están solteros y nada más conocerse estarían encantados de ver al otro morir de forma dolorosa. Pero según va avanzando la historia cada uno descubre en el otro algo que no había visto en un primer momento y ¡oh! surge el amor.

¿Conocen esta historia?

No, no hablo de Cuando Harry encontró a Sally ni de Pijama para dos ni de Ninotchka ni de La maldición del escorpión de jade ni de Sucedió una noche ni de Star Wars ni de Indiana Jones ni de Lo que el viento se llevó ni de Shrek ni de Ocho apellidos vascos ni de tantas y tantas otras. Me refiero a Orgullo y prejuicio, escrita en 1797 por Jane Austen pero no publicada hasta 1813. Una novela que, debido a esa trama, podríamos considerar la madre de todas las comedias románticas. No es un argumento muy original, pues Shakespeare ya había planteado uno similar en Mucho ruido y pocas nueces (que sería, por tanto, la abuela de todas las comedias románticas), pero es la novela de Austen la que ha servido de modelo para esas películas de sobremesa protagonizadas por Julia Roberts o Jennifer Aniston. Vaya usted a saber por qué y cómo ha sucedido eso, pues mientras que la mayoría de esos filmes se caracterizan por estar cortados por el mismo patrón divertido pero insustancial, la grandeza de Orgullo y prejuicio radica en la prodigiosa radiografía social de la época. Pero quién sabe, quizás dentro de varios siglos se estudiará Tienes un e-mail como ejemplo de lo que eran las relaciones de pareja a principios del siglo XXI. O quizás no, claro.

Todo comienza cuando la vida apacible y monótona de la familia Bennet se ve alterada por la llegada de Charles Bingley, un joven rico y encantador a quien todas las madres del pueblo pretenden convertir en su yerno. La señora Bennet decide que al menos una de sus cinco hijas casaderas tiene que ser para el nuevo vecino, que enseguida se ve atraído por la mayor de todas ellas, lo que forma la trama secundaria de la novela. ¿Por qué la secundaria? Porque si los dos se aman desde el principio y la madre está de acuerdo porque él es rico y tienen dinero suficiente para ser felices y comer perdices deconstruidas en El Bulli todos los días, se acaba el libro enseguida. Así que nos hace falta una trama con más chicha: junto con Bingley ha venido su mejor amigo, Fitzwilliam Darcy, bastante más rico que él pero también bastante menos encantador. Elizabeth (la segunda de las hermanas Bennet, llamada cariñosamente por su apodo, Lizzie), no tarda en considerar a Darcy como un ser detestable y arrogante. Pero él, ¡ay!, no tarda en descubrir aterrorizado que el hastío que le provoca oír a la provinciana señora Bennet es inversamente proporcional a la fascinación causada por los ojos de su hija Lizzie.

Lo primero que salta a la vista al lector de hoy en día es esa necesidad apremiante de casar a las hijas con un hombre rico. ¡Habrase visto semejante machismo! ¿Acaso es este otro de esos libros que deberíamos mandar a desterrar? En absoluto. Se trata, eso sí, de un libro que refleja a la perfección un mundo tan machista que las mujeres solo podían aspirar a casarse para poder sobrevivir dignamente. Piensen, por ejemplo, que en ese futuro distópico en el que se analizará Tienes un e-mail como obra cumbre de nuestra época quizás alguien considere que somos tan machistas que no merece la pena saber nada de nosotros. Lo cual será un buen argumento para no ver la película de Meg Ryan y Tom Hanks, por supuesto, pero se perderá joyas como Los Soprano, Cómo conocí a vuestra madre, Californication True detective. Decenas de contemporáneos de Jane Austen no han llegado a nuestros días porque, como dijimos en su momento, el tiempo ha ayudado a que no sobrevivan. Algunos porque están tan arraigados en el contexto en que fueron escritos que hoy en día solo son arqueología literaria y otros porque fueron un simple best seller que se olvidó años después. Pero no es el caso de Orgullo y prejuicio. Especialmente porque más allá de ese machismo innegable la novela defiende valores que siglos después han triunfado socialmente, como la libertad de las mujeres para elegir marido o la fuerza del amor por encima de otros valores.

Una escena de la adaptación de 2005 de Orgullo y prejuicio. Imagen: Focus Features / Universal.

En el caso de las hermanas Bennet este machismo es clave para comprender su historia ya que las leyes inglesas estipulaban que, en caso de no haber hijos varones, la hacienda paterna fuera heredada por el varón más cercano de la familia. En su caso, un primo lejano al que apenas conocen y que resulta ser un tanto peculiar. El señor Bennet ya está entradito en años, así que para su esposa la única solución posible es al menos un buen matrimonio que permita que la afortunada pueda mantener al resto de las hermanas. Este es el contexto de la ficción, pero también el de la realidad machista tan criticada y tan conocida por la autora: sus novelas fueron publicadas de forma anónima porque, ya se sabe, una mujer que escribe es un peligro para la sociedad, un engendro despreciable. Para evitar rumores y maledicencias, Jane Austen se acostumbró a escribir en una habitación cerca de la cual había una puerta que crujía si alguien la abría, dándole tiempo a esconder lo que estuviera escribiendo. Su mundo era, por tanto, machista y monótono. Y ella, dotada de uno de los mejores bisturíes psicológicos que se han conocido, se dispuso a analizar ese mundo para que nos quedara constancia de él.

Casi desde el arranque, esa vida monótona y contemplativa se instala en la narración para desesperación del lector actual, acostumbrado a que pasen cosas todo el rato mientras las páginas se llenan de traiciones y juramentos y seducciones y pasiones desorbitadas y desmayos y millonarios altivos que son derrotados por la verdad del amor y la nobleza de los no tan millonarios. El tono de Orgullo y prejuicio es mucho más relajado, más sereno. Incluso rozando en algunos casos la apatía, si se quiere. Pero es una sensación doblemente falsa, ya que aparte de esa continua perspectiva ingeniosa sobre la sociedad, la novela está llena de traiciones y juramentos y seducciones y pasiones desorbitadas y desmayos y millonarios altivos que son derrotados por la verdad del amor y la nobleza de los no tan millonarios.

Si todo eso no salta a la vista es porque ante todo es una novela de costumbres y la costumbre más extendida en aquella época era aburrirse. Aburrirse soberanamente, alternando el aburrimiento con los paseos a la vicaría, el bordado y las acuarelas. Aburrirse es lo que hacen los personajes continuamente, y conocer de cerca ese aburrimiento es lo que deben hacer los lectores para comprender por qué la simple llegada de un regimiento de soldados puede ser la mejor de las bendiciones. Pero no se dejen engañar por esta falsa apariencia de tranquilidad y bostezos: el libro es como un exquisito bombón que, más que masticar apresuradamente, hay que dejar que se derrita en la lengua poco a poco para poder apreciar mejor la suave textura del praliné y el toque crujiente de las almendras tostadas. La magia de Orgullo y prejuicio, en efecto, consiste en los pequeños detalles y en la (no siempre) sutil descripción casi aforística de personajes y costumbres, como cuando proclama esta pequeña joyita:

La vanidad y el orgullo son cosas distintas, aunque muchas veces se usen como sinónimos. El orgullo está relacionado con la opinión que tenemos de nosotros mismos; la vanidad, con lo que quisiéramos que los demás pensaran de nosotros.

Además de la apatía, la otra gran costumbre social era el huir de todo aquello que pudiera parecer apasionado, que por aquel entonces solía ser sinónimo de escandaloso. De ahí que los personajes no se construyan a partir de sus acciones sino de sus palabras. Y qué palabras, oiga: algunos diálogos son tan afilados que podrían haber sido escritos no con pluma sino con punzón. Lo mismo sucede con la relación de amor que se va fraguando entre los protagonistas: es paulatina y sin grandes sobresaltos apasionados porque aún no estamos en el Romanticismo y porque por aquel entonces en Inglaterra estaban de moda las novelas sentimentales de las que Austen se burló en toda su obra. Solo teniendo eso en cuenta disfrutaremos aún más de la romántica (por decir algo) declaración de amor de Darcy a Lizzie.

De todos modos, contamos también con personajes que desengrasan la monotonía con su simple presencia. La señora Bennet, por ejemplo, es un personaje tan caricaturesco que cuando abre la boca el lector se acomoda en el sofá pensando en qué desfachatez va a ser la siguiente en soltar. Lo mismo sucede con el señor Collins —el primo que heredaría todo a la muerte del padre— y, cómo no, con Lady Catherine de Bourgh, tía del protagonista. Los tres desempeñan un papel monolítico en la trama, un papel que podría resumirse con una frase tipo «la madre simpática pero histérica» o «el primo ridículo pero buenazo». Cada vez que aparecen sabemos perfectamente lo que va a suceder. Pero esta previsibilidad no va en detrimento de la novela pues también sabemos de antemano que todo acabará bien y eso no nos impide disfrutar de su lectura. A fin de cuentas, hablamos de una sociedad en la que cada persona tiene su rol asignado y sabe perfectamente lo que se espera de él o ella.

Esta unidimensionalidad en ciertos personajes podría tomarse como una falta de rigor ante nuestros ojos de lector ecuánime que busca que el autor comprenda a cada personaje y les dote de razones y argumentos para hacer lo que hacen. Pues no, amigos. Quítense las gafas de ver la HBO porque aquí no hay nada de eso: el narrador nos cuenta la historia desde el punto de vista de Lizzie, y si a Lizzie su madre le parece un tanto estúpida también nos lo va a parecer a nosotros. Si el señor Collins le parece un cretino también nos lo va a parecer a nosotros. Y así con todos los personajes ya que solo se salvan aquellos con los que Lizzie se lleva bien, especialmente con su hermana Jane y con el señor Bennet, su padre, un señor adorablemente irónico que suele ser uno de los preferidos por los lectores.

Pero una cosa es la voz del narrador y otra distinta la autora, que no se olvida de repartir leña (sutil y refinada, pero feroz) a todo el que se le pone por delante. Es lo que sucede, por ejemplo, con el mismo señor Bennet, que a pesar de ser adorable y adorado no es capaz de estar a la altura como padre cuando llega la hora de demostrarlo. En el fondo, Jane Austen es una feminista avant la lettre que no considera necesario defender al cien por cien a sus personajes. Por un lado, los hombres son, en el mejor de los casos, una excusa para que avance la trama amorosa (es el caso de Darcy, Bingley y algún otro) cuando no un pelele manejado entre bastidores por una mujer. En el caso de estas, curiosamente, parece que Austen las divide en tres grupos: las pasivo-pasivas, las pasivo-agresivas y las agresivo-agresivas. Ni siquiera Darcy y Lizzie se llegan a salvar de la quema pues ellos son, respectivamente, el orgullo y el prejuicio que dan título a la novela. Tan solo una distinción interesa a Austen a la hora de salvar o condenar a sus personajes: la que existe entre el mérito interno y el mérito externo. Es decir, que la nobleza de las acciones siempre estará por encima de la nobleza aristocrática.

Gracias a Colin Firth, muchas mujeres comprendieron a finales del siglo XX la necesidad de tener cerca un frasquito de sales. Foto: BBC.

Ayuda para vagos y maleantes: Si a pesar de todo siguen ustedes dudando de si adentrarse en el libro o no, no se preocupen: a diferencia de lo que vimos cuando hablamos de El caballero de Olmedo y el teatro del Siglo de Oro español, las adaptaciones de Orgullo y prejuicio sin leer la novela son innumerables. Es lo que tienen los ingleses: han sabido comprender que la cultura con minúsculas y la Cultura con mayúsculas son una máquina imparable de hacer dinero y nos han convencido a los demás de que no hay un país con mayor tradición cultural que ellos. La más reciente y vistosa de todas las adaptaciones es la película protagonizada por Keira Knightley, aunque los puristas siempre preferirán la miniserie de 1995 que lanzó a la fama a Colin Firth, que interpretaba a Darcy. Una adaptación más libre es, por supuesto, El diario de Bridget Jones, donde el personaje de —otra vez— Colin Firth se llama —otra vez— Darcy. Si prefieren algo aún más heterodoxo, siempre pueden ver Bride and Prejudice, una adaptación americano-bollywoodiense que aprovecha la temática de los matrimonios de conveniencia para trasladar la acción en la India actual.

Pero no se vayan todavía. Una vez hayan disfrutado de Orgullo y prejuicio aún tienen un austenizado e infinito mundo por descubrir, del que aquí solo daremos unas pinceladas. En primer lugar tenemos el relato «The Janeites» de Rudyard Kipling, en el que unos veteranos de la Primera Guerra Mundial forman una sociedad llamada «Sociedad de los Janeitas», en homenaje a su amor por Jane Austen. También pueden saber qué pasó después del The End leyendo, por ejemplo, las novelas de Linda Bertoll cuyos títulos sugieren un entorno lleno de satén y picardías (Mr. Darcy takes a wife y Darcy & Elizabeth: Nights and Days at Pemberley). Otra posible continuación es la que propone la miniserie de la BBC Death comes to Pemberley, una curiosa mezcla de Austen y Agatha Christie que comienza con un crimen en la mansión del señor y la señora Darcy. Y ya que estamos no se olviden de echarle un ojo a Lost in Austen para ver cómo una joven de principios del siglo XXI aparece de repente en la casa familiar de los Bennet. Si acaso todo esto no les parece suficientemente friki, siempre pueden echar mano de Orgullo, prejuicio y zombis cuyo título lo dice todo. Y, por supuesto, no se olviden de echarse unas risas en twitter con los tuits irónicos y documentados de @janeaustenenfur.

Nada, sin embargo, como comenzar a leer Orgullo y prejuicio porque, como hemos dicho, la acción de la historia no es tan interesante como el complejo entramado de frases dichas, no dichas y entredichas que no siempre es posible traspasar a la pantalla. Así que pónganse cómodos, prepárense un té con pastas y viajen desde la primera frase a una sociedad rígida y tediosa pero llena de sutiles pasiones y afectos:

Es una verdad universalmente reconocida que un hombre soltero que posea una gran fortuna necesita buscar una esposa.

Una escena de Orgullo y Prejuicio en un grabado de 1833. Imagen: Pickering & Greatbatch (DP).

21 comentarios

  1. Es probable que Joe Wright atinara con su adaptación y se acercase más a la esencia de la escritora con esos planos secuencia y un reparto memorable, pero nada como la novela original para evocar la denuncia a través de la inteligente, apasionada y socarrona Lizzy, “alter ego” de la novelista.

    Sr. Filardi, un artículo imprescindible.

    PD. Suscribo la recomendación de “Bodas y Prejuicios”.

  2. Bah. Nada que la Neurociencia no pueda explicar. Prejuicios, miedo, amor, sexo: actividad neuronal que cualquier neurobiólogo podría explicar con un ligero ademán de su bolígrafo. ¡Y va de un millonario, hoy en día, en plena crisis!

    El acabose.

  3. Un apunte: Death comes to Pemberley es una novela de P.D. James (parecida, pero no igual a la inefable Agatha), en la que se basa la mini serie.

  4. Entro por curiosidad a IMDB y Jane Ausen aparece como autora de ¡62! productos cinematográficos o televisivos basados en su obra. Y lo que te rondaré. Son libros relamidos en su lenguaje y morosos en su desarrollo, con la acción adelgazada al mínimo, pero tan agudos y bien escritos que seguirán siendo actuales siempre. Magnífico artículo muy gustoso de leer. Como no todo ha de ser azúcar, discrepo en que sean “novelas de amor” son “novelas de matrimonio” donde la búsqueda no es la felicidad sino el candidato idóneo para que te coloque adecuadamente en tu nicho social.

  5. Colin Firth es el último actor que soy capaz de recordar capaz de expresar amor, atracción, sin resultar cargante, relamido o poner cara de dolor de muelas. Otros han habido, pero no después de él… El mejor Darcy para siempre.

    • Gracias!!
      Necesitaba hoy escuchar eso. Me tienen mal con que Mathew ese del 2005 y que muy buena la peli y demas.

      Gracias!

      Si ves esto y no entiendes, escribeme a mi correo aygm97@gmail.com y me haces un resumen del libro, la peli, la miniseri. Tu opinion, que debian tener la peli y la miniserie, que no. Cosas asi.
      Por favor.

  6. Hay dos novelas que me dieron un sopapo y me quitaron, ya que estamos, los prejuicios que tenía frente a ellas. Una fue el Conde de Montecristo (nada que ver con los bodrios de adaptaciones televisivas) y otra Orgullo y Prejuicio. Novela mucho más profunda de lo que la historia aparentemente da a pensar y, pese o gracias a ello, una delicia para leer. Como diría Camilo, mola mazo.

  7. Una pregunta algo “off the record”, quizá, pero…
    El dibujante del último grabado, ¿se esforzó al máximo para representar a dos engendros? ¿De verdad la gente era TODA así, hace poco más de dos siglos? ¡Me niego a creerlo, pero a tenor de las fotos y grabados de antaño, voy a tener que claudicar y admitir que la especie ha mejorado muchísimo!

    • No se sabe quién fue el ilustrador del grabado, pero data de la década de 1830, es decir casi 20 años después de que se publicó la novela, por lo tanto NO retrata del todo bien por lo menos la forma en que vestían las personas en la época de Jane Austen. Además, los canones de belleza también han diferido en todas las épocas. Creo que te sorprenderías todavía más si ves el retrato que se cree representa a la señora Bingley.

  8. Muy de acuerdo con el artículo. También hay una webserie The lizzie bennet diaries. Es una adaptación moderna como si Lizzie fuese youtuber, cada capítulo es cortito y es graciosilla.

  9. Es una novela maravillosa, una de mis favoritas en general. Nunca está de más releerla, voy a tener que hacerlo que ya ha pasado mucho tiempo de mi última relectura. Y además me apunto algunas de las sugerencias de películas y otros relatos y libros.

  10. Pues no sé si realmente purista sea el término más adecuado para denominar a quienes, de entre todas las adaptaciones, preferimos en efecto la miniserie de 1995, y aunque detestamos la película del 2005, nuestra segunda adaptación predilecta es la versión moderna que menciona Pal, la del vlog The Lizzie Bennet Diaries.

    • ando de acuerdo contigo en eso.
      Ame la del 95, no me gusta del todo la del 2005 ( admito que es una buena peli, pero como adaptacion me deja mucho que desear) pero The Lizzie Bennet Diaries me prendo. Amo esa version, esta tan bien hecha que me causa agrado verla una y otra vez, risas y demas.

      Si pudieras, me mandarias tu opinion de estas tres versiones??? mi correo es aygm97@gmail.com
      por favor, no cuesta nada. Que debian hacer, que no debian haber hecho, los personajes.

  11. Pingback: 05/05/14 – Clásicos que deberías leer aunque te digan que deberías leerlos : Orgullo y prejuicio | La revista digital de las Bibliotecas de Vila-real

  12. Muy ilustrativo. Me apunto a todos.
    Muchas gracias y un cordial saludo.

    Álex

  13. Pingback: Clásicos que deberías leer aunque te digan que deberías leerlos: Cándido | MANHAS & MANHÃS

  14. Yo recomendaría también “The Jane Austen Book Club” donde la comedia romántica se entrelaza con un club de lectura que comenta los libros de Austen (el título no engaña, je je).

  15. Yo tenía muy alta expectativa cuando empecé a leerlo. Lastimosamente, después de unas 200 páginas me aburrió abrumadoramente. Estaba “bien”, pero no consideré que fuera nada del otro mundo. Tampoco fue que decidiera suspender cualquier otra lectura en beneficio de ‘Orgullo y Prejuicio’.

    Quizás es que soy muy joven o algo, pero este libro no fue para mí.

  16. En mi opinión la preferencia por un Darcy u otro tiene poco que ver con la calidad de los actores (que los dos me parecen muy solventes) y más con cómo interpreta el lector a Darcy al leer la novela (porque ésta se centra mucho más en cómo ve Lizzy a Darcy exteriormente que en lo que siente Darcy o en cómo es Darcy en realidad). Si el orgullo que transmite el personaje y que se ve exteriormente viene de ser, efectivamente, un poco borde, algo prepotente y de sentirse muy superior a los demás (algo que podría ser hasta normal dada su “posición”) prefieres a Firth, si leyendo la novela te preguntaste si esa apariencia de ser muy orgulloso y de no “rebajarse” a relacionarse con cierta gente, no venía también de ser una persona un poco introvertida, tímida y que no disfruta mucho de las reuniones sociales, entonces Macfadyen lo clava. Yo siempre vi a Darcy de este modo último, y por eso prefiero al Darcy de MacFadyen, pese a que me gusten los dos.

  17. “la muerte llega a Pemberley“ es una novela de PD James de la que después hicieron una peli. Los amantes de Jane Austen pueden disfrutar de todas sus novelas en las series adaptadas por la BBC y todas estan muy bien. Para mi, the best es “persuasión”. También recomiendo la casa museo de Jane Austen en Chawton, la de Bath no, és horrible. Y leer también “Orgullo prejuicio y zombies” porque hace mucha risa!

  18. Nunca he pensado que ‘Orgullo y Prejucio’ fuera machista, más bien todo lo contrario. La novela desprende una mala leche notable y es precisamente esa mala leche lo que da la vuelta a la tortilla y hace que se convierta en un libro más bien feminista. Como bien apuntas la pobre Jane Austin lo sufrió en sus carnes.

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