Cómo proclamar una república. El referéndum italiano de 1946

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Umberto II. Foto: DP.
Umberto II. Foto: DP.

El 9 mayo de 1946 Vittorio Emanuele III, rey de Italia, firma la abdicación en favor de su hijo, Umberto II. Apenas un mes después, en el aeropuerto de Ciampino, el nuevo rey se sube a un avión, camino de un exilio del que nunca regresará. Entre estas dos fechas, los días 2 y 3 de junio, para ser exactos, se había producido un acontecimiento sin precedentes en la historia: los italianos, llamados a pronunciarse en referéndum, se habían declarado partidarios de la república. A partir de entonces Umberto II, el fugaz, será recordado con el melancólico apelativo de «Rey de Mayo».

¿Pero cómo se había llegado a esta situación? En realidad, la abdicación de Vittorio Emanuele llegaba tarde para el gusto de muchos. Era tarde obviamente para todos los partidos antifascistas reunidos en el Comité de Liberación Nacional, que la pedían desde el 43. Llegaba tarde también para el gusto de los Aliados, que por una parte apoyaban a la monarquía en nombre de la estabilidad de un país formalmente aliado, pero por la otra no perdonaban a Vittorio Emanuele la firma de la declaración de guerra en 1940. Pero la abdicación también llegaba tarde para el gusto de muchos sinceros monárquicos, conscientes de que Vittorio Emanuele y sus veinte años de connivencia con el fascismo se habían convertido en un obstáculo para la supervivencia de la institución. A pesar de la proverbial falta de contacto con la realidad que el trono conlleva, Vittorio Emanuele probablemente era consciente de ello. Por esto ya en el 44, todavía con la guerra en curso, había traspasado al heredero Umberto buena parte de sus poderes, inventando para la ocasión el título de lugarteniente general del reino.

Es sabido que los lectores de Jot Down somos todos muy leídos, pero es fácil perderse en esa especie de peli de Buster Keaton que es la historia militar italiana. O sea que, para entender la sucesión de los eventos, damos un paso atrás para explicar qué había pasado en Italia durante la Segunda Guerra Mundial. Después de la entrada en guerra al lado de los alemanes en 1940, las cosas se habían empezado a torcer en seguida para los italianos, primero en Grecia y después en Libia. Mussolini había tenido que pedir a Hitler que mandara al Afrikakorps de Rommel a sacarle las castañas del fuego en el Magreb, pero la batalla del desierto se cerraría con una derrota para las potencias del Eje y el desembarco Aliado en Sicilia en julio de 1943. Con el ejército anglo-americano correteando ya por el suelo patrio, en Italia se generalizó a todos los niveles la opinión de que la guerra estaba perdida. Incluso buena parte de la jerarquía del régimen dudaba ya abiertamente de la victoria y, con la dramática reunión del Gran Consejo del Fascismo del 25 de julio del 43, los propios jerarcas, entre ellos su yerno Galeazzo Ciano, decidieron destituir a Mussolini. Vittorio Emanuele, que no esperaba otra cosa, mandó arrestar a Mussolini y nombró jefe del gobierno al general Pietro Badoglio. La caída del fascismo fue festejada más o menos en toda Italia, quizá no tanto por genuino antifascismo, como por la convicción de que significaba el fin de la guerra. Evidentemente se equivocaban.

Aunque en su primera declaración Badoglio había dicho que «la guerra al lado del aliado alemán continua», prácticamente en aquel preciso instante empezaron los preparativos para el tratado de paz con los Aliados. Sin embargo, entre los numerosos defectos de Hitler no estaba el de ser tonto, así que durante el verano desplegó la Wehrmacht por toda la península con la excusa de ayudar al aliado. El armisticio se firmaría en secreto el 3 de septiembre y se iba a anunciar el 8 de septiembre. Un día que se convertirá en uno de los más trágicamente surrealistas de la historia italiana, con un ejército entero actuando con la lucidez, la coordinación y la precisión de una gallina descabezada (nota: vean Tutti a casa, la magistral película de Luigi Comencini protagonizada por Alberto Sordi; por la internet se encuentran subtítulos en español). En medio del más descomunal de los sindioses, Vittorio Emanuele III coge un avión y se larga a Brindisi en el sur ya liberado por el ejército anglo-americano. La intención es garantizar la continuidad del Reino de Italia, pero los italianos lo interpretan como una fuga y un abandono de responsabilidades. La cadena de mando se rompe y el ejército se queda sin órdenes, o mejor, con órdenes vagas y confusas. Centenares de miles de soldados italianos caen prisioneros de los alemanes durante esas primeras horas. Un rey que arrastra (o permite que arrastren) a un país a la guerra y que lo abandona cuando las cosas se ponen feas no es lo mejor que le puede ocurrir «al prestigio de la institución».

¿Pero por qué Vittorio Emanuele no abdica inmediatamente? Las razones por las que retardó lo inevitable hasta la vigilia del referéndum, convocado en el 45 después del final de la guerra, no están del todo claras. Por una parte había dejado Roma como rey en el 43 y deseaba volver a ella como tal. En segundo lugar es probable que no quisiera que sus culpas recayeran sobre el heredero y perjudicaran a la monarquía. Pero había un tercer motivo: al parecer Mussolini había recopilado un dossier sobre la presunta (en realidad no demasiado presunta) homosexualidad del futuro Umberto II. Vittorio Emanuele temía que el Duce, liberado por los nazis y puesto al frente de la República Social Italiana en el norte del país, lo publicara para debilitar a la institución monárquica. A decir verdad, el tema de la homosexualidad de Umberto será utilizado también por los republicanos durante la campaña electoral del referéndum. Durante un mitin se oyó al socialista Pietro Nenni espetar a la multitud: «¿Acaso queréis un rey pederasta?». Por suerte los republicanos gozaban de argumentos más honorables.

Por su parte, la campaña monárquica consistió en intentar que los italianos olvidaran el reinado de Vittorio Emanuele III, que había empezado con el siglo, 46 años antes. Su reinado había empezado de modo dramático con el asesinato de su padre, Umberto I, a manos del anarquista Gaetano Bresci y había atravesado uno de los periodos más atroces de la historia europea. En el casi medio siglo sentado en el trono de los Saboya tuvo tiempo de acumular errores enormes y trágicos, de aquellos que un pueblo difícilmente puede perdonar a un monarca: la entrada en la Primera Guerra Mundial contra el parecer del Parlamento, la pasividad ante el fascismo, desde la marcha sobre Roma hasta la entrada en la Segunda Guerra Mundial, pasando por el asesinato de Giacomo Matteotti y la ratificación de las más execrables leyes fascistas.

El 2 y 3 de junio, el día del referéndum, también se celebraban las elecciones constituyentes. Había que redactar una constitución que sustituyera el Estatuto Albertino, la ley fundamental que había regido el Reino de Italia desde 1848. Al terminar la guerra se había discutido sobre cómo decidir la forma del Estado, si a través de un referéndum o dejar que fuera la misma asamblea constituyente la que lo estableciera. La Casa Real había querido el sistema del referéndum, consciente de cuál hubiera sido la solución adoptada en un Parlamento previsiblemente dominado por los partidos republicanos (lo eran todos los grandes partidos, de la Democracia Cristiana al Partido Comunista).

Los días inmediatamente sucesivos al referéndum estuvieron cargados de tensión. Aunque hacía varios días que circulaban resultados parciales, el recuento definitivo tardó una semana en llegar. El 10 de junio se anunció el resultado: casi trece millones de votos (54%), contra los poco menos de once millones de votos monárquicos. Sin embargo el voto partió en dos el país. Por una parte el norte, con un 66% de votos a favor de la república, y por la otra el sur, donde la monarquía obtuvo un porcentaje similar. Estas enormes disparidades territoriales y la lentitud del recuento hicieron que el escrutinio resultara imprevisible. De hecho durante las primeras horas, en que llegaron los resultados de muchas circunscripciones meridionales, la monarquía estuvo por delante en el recuento. Hasta que los votos del norte llegaron como una avalancha que se llevó por delante al breve Umberto II.

Después de la publicación de los resultados, los monárquicos denunciaron un supuesto (y aún hoy discutido) fraude electoral. Hubo incidentes, algunos graves: en Nápoles, donde la monarquía había ganado holgadamente, el mismo 10 de junio una manifestación monárquica intentó asaltar la sede del Partido Comunista, donde ondeaba una bandera italiana sin el escudo de los Saboya. La policía abrió fuego sobre los manifestantes, matando a nueve de ellos e hiriendo a otros ciento ciencuenta. Los resultados habían sido publicados, pero la república todavía no había sido proclamada y esta incertidumbre aumentó la tensión. Hasta que el jefe de gobierno, el democristiano Alcide De Gasperi, decidió agarrar el toro por los cuernos y, sin esperar la confirmación por parte del Tribunal Supremo, proclamó la república.

Umberto II se indignó y protestó por lo que era, en su opinión, una violación de la autonomía del poder judicial, pero tuvo que aceptar el hecho consumado. Informado por el general inglés Maurice Stanley Lush de que los anglo-americanos no tenían ninguna intención de intervenir en su defensa, el Rey de Mayo hizo las maletas y se subió a un avión, no sin antes comunicar a la nación que, aun teniendo la razón de su parte, se iba para evitar un derramamiento de sangre. Palabras casi calcadas a las de otro desafortunado monarca, Alfonso XIII, que quince años antes, el 13 de abril de 1931, había embocado el camino del exilio francés con estas palabras: «Hallaría medios sobrados para mantener mis regias prerrogativas, en eficaz forcejeo con quienes las combaten. Pero, resueltamente, quiero apartarme de cuanto sea lanzar a un compatriota contra otro en fratricida guerra civil». En los días siguientes el Herald Tribune escribía: «Umberto ha sido el primer rey en dirigir la campaña electoral para conservar el trono y también ha sido el primer rey destronado sin tumultos de por medio. Ha caído simplemente porque así lo ha querido el pueblo, depositando sus votos en las urnas».

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18 comentarios

  1. Pingback: Cómo proclamar una república. El referéndum italiano de 1946

  2. Bartolo

    Los del Herald Tribune no se enteraban: el abuelo de Juancar ya se había ido muchos años antes por las urnas y para no liarla (total, luego se lio igual en el 34 y, sobre todo, el 36).
    POr cierto, es ver la foto de Umberto II y entender que era un auténtico fucker macho alfa…

    • Jose Maria

      Las elecciones de 1931 no fueron un referendum sobre Monarquía o República, eran elecciones municipales.

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  4. minded

    Habrá que esperar entonces en España a una guerra, una ocupación militar, un referéndum constituyente en el cual meter el de la Jefatura del Estado, y a que todos los grandes partidos sean republicanos .

    Pan comido.

  5. Pingback: Anónimo

  6. liberty valance

    Me gustaria que alguien me contara las ventajas,para los ciudadanos ,de la república frente a las monarquías parlamentarias( Suecia ,Dinamarca ,Holanda ,etc )

    • Una ventaja, al menos, es que al Presidente se le aplicaría el Código Penal, al menos en principio, ¿no? O sea, y a parte, que tener como cabeza del Estado a un comisionista rijoso y afable no se convertiría en crónico. No sé usted, pero a mí me da que un Jefe de Estado de esas características puede contaminar mucho más que su propia institución, o sea, que es pernicioso para el tono moral de una sociedad…

  7. He disfrutado mucho leyendo esta historia. Conocía el referéndum monarquía/república de Italia, pero no con tanto detalle.

    La diferencia con lo que ocurre actualmente en España no es que el referéndum de 1946 se celebrara tras la Segunda Guerra Mundial, sino que entonces sí había formaciones de muy distintas ideologías que apoyaban la república, desde democristianos hasta comunistas. Aquí, por lo que se está viendo, el sentimiento republicano es mayoritariamente de izquierdas, y no precisamente de centro izquierda. ¿Aceptaría esa gente un presidente o un primer ministro de centro derecha como lo fue Alcide de Gasperi en Italia? Tengo dudas sobre ello.

    Y otra cosa muy importante la ha planteado Julio Anguita estos días: ¿Cómo queremos que sea la III República? No basta con ir a las plazas agitando banderas tricolor y exigiendo un referéndum. Anguita llama a los grupos pro III República a empezar a discutir qué clase de República quieren, y a ser posible, discutir el contenido de una futura Constitución republicana:

    http://www.elmundo.es/andalucia/2014/06/03/538e2463e2704e49348b4586.html?cid=SMBOSO25301&s_kw=twitter

    Su opinión me parece muy acertada, porque en ese caso, de haber referéndum, sabríamos lo que estaríamos votando.

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  12. ipatiev

    en un estado basado en la herencia del fascismo y en los pilares de la injusticia es de lógica que sus ciudadanos estén al servicio de la economía cuando lo lógico en un estado digno es que la economía este al servicio del ciudadano es por tanto que hago un llamamiento a todos los obreros a que vallan a las manifestaciones armados y organizados para derrocar un estado fascista y corrupto no se puede ir de forma pacifica .organización, orden, y objetivos VIVA LA 3 REPÚBLICA PERO ROJA

    ,

    • ¡La pastilla!
      Espero que sea eso, que no tomaste alguna pastilla para el riego cerebral. Y que no seas consciente de la salvajada que has escrito, majete.

  13. minded

    Ya que estamos con la República Italiana, no sé si se han dado cuenta de que la bandera italiana republicana es exactamente la misma que la que había durante el fascismo, que a su vez es exactamente la misma que la que había desde la unificación italiana: verde, blanca y roja. Lo único que hicieron fue eliminar el escudo (que no era fascista, sino el de la monarquía de los Saboya) y sustituirlo por otro bastante feo que no se usa con la bandera.

    Así que ya ven: no hace falta cambiar los colores de la bandera para ser republicano e italiano como el que más. Cuando aprendan eso los amigos de la II República, quizá estemos un paso más cerca de llegar a la III.

  14. Italo

    Muy discutible en este informe la utilización del argumento de la homosexualidad del último rey, inventada por el fascismo para desacreditar a Humberto en uno de los tantos dossiers propagandísticos que se fabricaban para perjudicar a personajes públicos. Era conocido que el entonces príncipe no compartía personalmente esos ideales totalitarios a pesar de estar sometido a las órdenes de su padre el rey.
    Es al menos sugestivo que tanto los fascistas como los republicanos utilicen el mismo argumento injuriante contra un monarca que durante el corto tiempo que se le permitió ejercer el poder tomó decisiones en favor de la paz interior del estado aún contra sus propios intereses. Y no fue el único renunciamiento que hizo en su vida en favor de intereses que no eran los propios en su carácter de único heredero varón de la monarquía.
    La figura de Humberto II merece al menos más respeto por parte de los historiadores serios, y una evaluación más ecuánime de su actuación pública.

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