Amaya, una capital en la nada

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Ciento ochenta grados de cielo azul, ciento ochenta de tierra parda. Y ya está, no hay nada más. Solo la geometría elemental del mundo, trigo y el zumbar de las chicharras. Aparte de eso, nada. Absolutamente nada.

Hay sitios donde la nada es una ausencia de todo lo demás, pero aquí presenta propiedades atmosféricas. Es densa y saturada. No es la que resulta de que no haya cosas, sino la que anega torrencialmente los lugares después de que las haya. La región misma carece de nombre y de fronteras precisas, una cualidad de lo que no existe en la que aventaja incluso a los desiertos más acreditados. Estamos en el norte de Palencia, el noroeste de Burgos y el sur de Cantabria, cerca de donde lindan las comarcas de Campoo, los Páramos y la Montaña palentina. Y sus confines son ausencias: si no hay relieve, no hay gente y no hay ruido, es que estás en este país. Es un lecho de mar sin mar, llanuras sin novedad hasta donde alcanza la mirada. Puede que estemos en algún sitio, pero este sitio no es ningún lugar.

Algo enmienda la nada, sin embargo. Es una montaña. Un macizo, en realidad. Y es inmenso.

Reina en la llanura y viste sus mismas galas: suelo yermo y roca pelada. La geografía, dijo un cualificado observador del mundo, es física a cámara lenta con unos cuantos árboles clavados. Y eso es lo único que queda aquí: geografía. Como prueba, el nombre de esta montaña. La ciudad que anidaba en lo alto se llamaba Amaya, pero ya no hay ciudad. Su nombre ha fosilizado en toponimia y ahora se llama Peña Amaya, porque merecedora de un título solo queda la peña. Geografía solamente donde antes hubo ciudades y naciones, batallas y legiones y reyes y emperadores. Esta región del norte de Castilla no es un desierto ni un erial: es un postapocalipsis. Y Amaya es su capital.

El mundo se acabó muchas veces a los pies de esta montaña. César Augusto dirigió personalmente las legiones de Roma contra este castro, el gran bastión de las tribus cántabras, que tras su conquista recibió el nombre de Amaia Patricia. Fue en esta ciudad ubi Leovigildus rex Cantabros afficit, donde el rey Leovigildo castigó a los cántabros. Fue esta ciudad la que cayó dos veces ante el envite del general bereber Táriq ibn Ziyad, y la que arrastró en su caída al ducado de Cantabria, del que era capital. Fue de Amaya de donde huyó el dux don Pedro para refugiarse en los Picos de Europa, donde su linaje y el de don Pelayo engendraron a los primeros reyes de Asturias. Estamos frente a la misma ciudad que arrasó Hisham II, califa cordobés de madre vascona, con las huestes que mandaba su valido, aquel terrible moro Almanzor. La misma que murió de olvido después, empezado el segundo milenio, cuando el mundo emigró al sur y la ciudad quedó a merced del vacío castellano, de propiedades corrosivas. Un castillo sobrevivió en lo alto, pero los siglos acabaron también por barrerlo. De Amaya queda el viento, el silencio y la palabra. Y nada más.

Subimos a lo alto por la trinchera de una muralla, apenas la única cicatriz reconocible que dejaron en esta mole milenios de ocupación humana. Amaya no es Numancia, ni Recópolis, ni Segóbriga. No cuenta con caminitos para turistas, con los precintos delicados que despliegan los arqueólogos ni ninguno de los otros honores fúnebres con los que se honra a las ciudades muertas. Acaso un par de cartelitos prohibiendo obviedades y un vigilante ermitaño, su único morador, que intercepta al visitante al llegar arriba, donde la trinchera desemboca en la meseta central de la peña. Hace preguntas de esfinge —de dónde eres y tu edad, «para las estadísticas»— y procede con indicaciones incomprensibles, todas encaminadas a que disfrutemos de un buen paseo. El olvido se ensaña tanto con Amaya que la mayoría de sus visitantes no acuden convocados por su gloria, sino por sus vistas. Son senderistas. La ruta más popular, explica el guarda, consiste en subir hasta este mismo punto, bordear la montaña en redondo y bajar. Son tres horas andando.

Para los demás, lo primero es asomarse al borde y contemplar ejércitos imaginarios marchando hacia aquí por la llanura, porque para eso se viene a Amaya. Para admirar desde arriba la verticalidad de su perímetro de acantilados, más feroz que la mejor muralla, y todo lo que hace de Amaya una fortaleza natural perfecta. Como su meseta central, una segunda altura que se alza sobre la primera, también parapetada en acantilados. O el manantial que mana en lo alto, hoy domesticado en un bebedero para el ganado. Fuesen lobos u hombres, los horrores de la era antigua habitaban la llanura o venían por ella, invariablemente desde el sur. Amaya era la atalaya perfecta, con dos líneas de defensa sucesivas, una fuente de agua y una cumbre solo accesible a las nubes, que le rascan la panza. Cuesta imaginar que este jardín amurallado sea el resultado de fuerzas tectónicas y no un regalo de los dioses primigenios a algún pueblo elegido.

La cumbre de Peña Amaya es el Castillo, un macizo de piedra empotrado en la segunda altura como un asteroide inmenso.

Los precipicios dan un respiro a su vera y permiten el acceso plegándose en una ladera escarpada, corregida por los moradores de Amaya con una muralla de la que aún quedan restos razonablemente sólidos. Subimos guardando el resuello hasta arriba, antiguamente una ciudadela y hoy solo la cumbre de un accidente geográfico. Estamos a mil trescientos metros de altura y la perspectiva, como suele, invita a la lectura cierta de las cosas. A nuestros pies la gran meseta de Amaya, donde los restos de piedras esparcidos en el acceso al castro adquieren vagas formas geométricas y sugieren, ahora sí, que allí hubo edificaciones con viviendas y calles. También se ven los restos de algunas catas arqueológicas, recuadros de tierra pulcramente arrancados del suelo. Debajo de esta meseta, aún en las faldas de la peña, un pueblecito castellano y triste, de poco más de cuarenta habitantes. Se llama Amaya, como la antigua ciudad de la que es custodio. Conserva su nombre arcano entre las localidades de la zona, todas Valdealgo y Villaalgo rematados con el nombre de un río, normalmente «de Pisuerga». Nadie sabe qué significa exactamente «Amaya», aunque «ama» suena a madre en casi todas las lenguas que ha inventado el hombre. Hay quien dice que es euskera.

Llegamos contrariados por la desmemoria a la que vive sometida Amaya pero nos marchamos aliviados, porque el olvido es un conservante. Si aquí se practicase algún tipo de nacionalismo potente Amaya sería su Disneylandia, pero no es el caso. Esto es Castilla y León, dos antiguos reinos a cuya gloria Amaya no contribuye demasiado. Y por su nombre es cántabra, la gran ciudad de la antigüedad cántabra, pero no está en Cantabria. También el trazo administrativo de las modernas fronteras autonómicas ha dejado Amaya en tierra de nadie, y así es como nos la encontramos. Extrañamente virgen pese a ser la ciudad menos virgen del mundo. Más que del pasado, Amaya imparte una lección sobre la posteridad, pues estamos en su posteridad y su posteridad es esto: silencio, roca pelada y ovejas en el mismo suelo sobre el que nacieron y murieron generaciones, desde las edades remotas que denominamos con el nombre de los metales hasta hace unos cuantos siglos. Un postapocalipsis más triste y cruel que el que imaginan las peores fantasías de ciencia ficción, que son las únicas verdaderas.

Bajamos. Mientras lo hacemos, el cielo rompe el conjuro de vacío y nada que se cierne sobre Castilla y revienta, como cada noche, en millones de estrellitas. Tarde o temprano, el suelo que usted pisa será igual que este mismo suelo, un reino de viento y rumiantes sin otro techo que las nubes. Es el destino que espera a todas las ciudades de la Tierra y Amaya no hecho más que adelantarse. Quizá también se adelante cuando llegue una nueva edad en la que el terror habite las llanuras, y quizá vuelva a protegernos cuando perdamos nuestro estatus en la jerarquía trófica o vivamos a merced, otra vez, de hombres crueles al galope por lo que milenios antes se llamó Castilla. Si piensa que no ocurrirá, quizá está demasiado seguro de lo que piensa. Pero no se preocupe, que Amaya es sólida. Y no se va a ninguna parte, porque ahí es precisamente donde reina. En un lugar que dejó de serlo para convertirse en ningún lugar.

Peña Amaya está a quince kilómetros de la A-67, la Autovía de la Meseta, y a una distancia similar de Aguilar de Campoo y Herrera de Pisuerga. Haciendo zoom out, este mapa ilustra su situación singular frente a la Meseta y Google Street View permite apreciar sus relieves a ras de suelo. Una visita completa de los enclaves históricos despoblados en la misma zona incluiría el antiguo castro de Bergida en el Monte Bernorio, en la cercana localidad de Villarén de Valdivia, y la villa romana de Julióbriga, en las inmediaciones de Reinosa. 

Fotografía: Rubén Díaz Caviedes

20 comentarios

  1. @feriurgo

    Muy bonito. Muchas gracias.

  2. Dr. Stein

    Excelente artículo.

    Yo soy de por allí y es tal cual se relata.

    Lo mejor son sus impresionantes vistas. La mejor época para visitar la Peña es primavera.

    http://sendasdeburgos.blogspot.com.es/2013/05/pena-amaya.html.

    http://www.hinojal.arrakis.es/Rutas/PenaAmaya/PenaAmaya.htm

    Por último, la raíz del topónimo «Amaya» es indoeuropeo y quiere decir «am(ma)» o «madre». El sufijo io-ia también lo es y se utilizaba para formar nombres de acción o topónimos, lo cual implica que el significado de Amaya o Amaia es «ciudad madre» o, como se denominaría más adelante, «la capital». En la toponimia actual aún encontramos, aparte de los que llevan el sobrenombre de Amaya por encontrarse cerca de su emplazamiento, los pueblos de: Amayas (Guadalajara), en el interior de la Celtiberia; Amayuelas de Arriba y de Abajo,(Palencia), en territorio vacceo limítrofe con los cántabros; y Amayuelas de Ojeda (Palencia).

  3. minded

    Muy bonito, pero es el turno de que aparezcan :

    – cántabros reclamando esa zona y el Alto Campoo como parte de Cantabria

    – vascos reclamando que Amaia significa “fin, límite”, y que fue y será vasca por justicia lingüística

    – castellanos reclamando la unidad de las dos Castillas, Cantabria y La Rioja

    – leoneses reclamando que no existe ni ha existido Castilla y León, sino que son dos entidades separadas

    – gallegos reclamando que el Reino de Asturias se llame Reino de Gallaecia, como era conocido por francos y árabes de la época

    – asturianos reclamando que las Asturias lleguen hasta Vizcaya y engloben Cantabria, que por algo se llamaba Asturias de Santillana

    – todos ellos, y los que falten, cagándose en los muertos y vivos de los demás.

  4. Pingback: Amaya,una capital en la nada

  5. @reydelos_unos

    Esta muy bonito el articulo. La época es muy pobre en crónicas escritas y los datos arqueológicos son tambien parecido. El duque de Cantabria se refugió en las MONTAÑAS (Los picos de Europa no existían con ese nombre). En que montañas ? Tenia bajo su jurisdicción no solo Amaya todo el norte de Burgos y parte de la alava Vizcaya actual Los limites son difusos. Una de las entradas al norte una fortaleza hoy llamada Tedeja,(recientemente excavada y hoy visible ) y que curioso una Virgen de Covadonga de donde se lleva luego a la capital una copia, casi a los pies y una cueva.

  6. @reydelos_unos

    La tradición atribuye la tumba de Don Pedro en la fortaleza de Tedeja entre dos nogales.El reino Astur tras la boda de los hijos de Pedro y la hija de Pelayo pasa a ser el dueño de toda a actual Asturias Cantabria norte de Burgos alava parte de Vizcaya que puede controlar realmente En esta época es la geografía y las fortalezas o castillos esenciales y dan luego a luz el condado de Castilla.

  7. Mauricio Amaya

    Interesante artículo…

  8. “Nadie sabe qué significa exactamente «Amaya», aunque «ama» suena a madre en casi todas las lenguas que ha inventado el hombre. Hay quien dice que es euskera.”

    Evidentemente en español no significa nada, pero en euskara amaia es “el final” o “el término”. Desconozco el origen del nombre de ese enclave castellano aunque supongo que habrá sido amplimanete estudiado, pero es indudable que esa palabra posee significado en uno de los idiomas oficiales del estado.

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  10. A mi entender, el nombre de Amaia es ciertamente “el fin”, y es precisamente porque esta “peña” representaba el fin de su territorio. (Amaia con i en Guipuzkoa y con Y en Vizcaya)

  11. Raúl

    No os apropiéis del “Ama” que antes de vasco indoeuropeo era.

  12. Javier

    “Ama” es “madre” en muchas lenguas tanto neolíticas como indoeuropeas, y que el nombre de esta ciudad se repita en Palencia y Guadalajara hace problemático el origen vasco.

  13. Javier,Raúl, ustedes están muy mal informados o son malintencionados. Adán era vasco y Eva de Miranda de Ebro

  14. civico

    El artículo está bien, pero para mi gusto incide demasiado y casi despectivamente con el entorno que circunda esta peña, que para mí este paisaje tiene un encanto indudable de paramos y cultivos……Tambien se le va la mano al calificar en varias ocasiones como gran ciudad o simplemente ciudad, cuando no debió de pasar de ser un mero poblado y por su ubicación y altitud de una climatología casi imposible de poder hacer vida de forma permamente, otra cosa es que precisamente por su orografía se refugiasen aquí los antiguos cantabros ante el empuje de los romanos y por último no hay ninguna reciente frontera autonomica, los limetes los marcan las provincias y estas no han sufrido variación desde hace casi dos siglos….

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