Jot Down Cultural Magazine – George Pelecanos: «A veces la violencia es necesaria, es catártica»

George Pelecanos: «A veces la violencia es necesaria, es catártica»

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Foto: Max Hirshfeld.

Foto: Max Hirshfeld.

(English version)

George Pelecanos es un autor norteamericano de origen griego nacido en 1957. Ha escrito decenas de novelas de detectives llenas de redención, masculinidad bien entendida y códigos de honor. También incluyen mucho basket y funk, coches molones y moralidad a espuertas. Pelecanos es, como sabe la mayoría del planeta, escritor y productor de cine y televisión. Sus dos trabajos más conocidos han sido las series de HBO The Wire y TremeGeorge Pelecanos sigue viviendo en el Washington DC que le vio nacer (incluso en el mismo barrio) junto a su mujer y tres hijos. Hablamos con él y comprobamos que el entusiasmo y la afabilidad no tienen por qué desaparecer cuando un artista alcanza la notoriedad mundial. Pelecanos ríe continuamente, y cada vez que echa la mirada atrás parece revivir aquellos instantes de éxtasis, gracia y gran expectación que configuraron su espíritu y su obra.

Me gustaría empezar hablando de tus orígenes: tu adolescencia, tus primeros empleos, el trabajo en la cafetería de tu padre, los años sesenta y setenta… Obviamente, mi deseo por entrevistarte nace de tu trabajo literario y televisivo, pero debo admitir que la guinda en el pastel la puso aquel brillante artículo autobiográfico que escribiste para The Guardian en el 2011.

Ya. Eso es mucho que explicar, como imaginas. Mi padre nació en Grecia y mi madre, aunque nació en Estados Unidos, también es griega, así que yo soy cien por cien griego. Mi padre tenía una cafetería en Washington DC, y yo empecé a trabajar en ella cuando tenía once años.

Más tarde tu padre sufrió un infarto, si no me equivoco.

Cuando yo tenía diecinueve años mi padre tuvo, en el mismo año, un ataque al corazón y cáncer, así que dejé la universidad para ocuparme del negocio familiar, de lo contrario mis padres lo habrían perdido. La razón por la que pude hacerlo era que había trabajado allí desde que tenía once años, y por consiguiente sabía cómo funcionaba. Algo que me influyó mucho en muchos sentidos fue, primero, ver a mi padre trabajando muy duro y dándome cuenta, ya de niño, de que eso era lo que un hombre debía hacer. Me proporcionó mi ética de trabajo. Y otra cosa que también me marcó fue el ambiente social del Washington de la época. Cuando empecé a bajar a la ciudad en autobús los disturbios de 1968 estaban aún muy recientes. Descubrí un montón de cosas solo con observar a la gente del autobús y contemplar cómo ardía la ciudad… Además, en la cafetería estábamos mi padre y yo, ambos grecoamericanos, y el resto de empleados —unos cinco— tras el mostrador, que eran todos negros; y al otro lado de la barra todo eran blancos con corbata. Y de fondo sonaba la música que emitía una emisora de soul, porque mi padre dejaba que los empleados pusieran la emisora que quisieran durante el día. Teníamos dos emisoras que radiaban soul, y como estábamos por debajo de la línea Mason-Dixon —Washington es el principio del sur—, la música soul que sonaba normalmente no era Motown ni soul del norte, era soul sureño. Era Otis Redding, y toda la escudería Stax/Volt…

Soul profundo.

Sí, soul profundo. Y yo vivía todo esto al mismo tiempo. Era un niño, y como tal no lo entendía racionalmente, pero emocionalmente lo sentía todo. Todo se iba filtrando en mí.

Tú sabías cuál era tu sitio, desde el principio tuviste claro (lo sentías en tus entrañas, según afirmaste) que ese sitio estaba tras del mostrador de la cafetería, no con los oficinistas encorbatados.

Exacto. Por eso escribo sobre lo que escribo. Todo se resume en eso. En esa división de clase y raza. Esa es la razón por la que mis libros suelen tratar sobre gente de clase trabajadora. El sur de Washington DC, la ciudad federal, los políticos, la gente con dinero… Yo no pertenezco a ese mundo, pero es que además tampoco me interesa. Me he ganado muy bien la vida, así que no puedo negar que de alguna manera [sonríe imperceptiblemente] ahora soy uno de ellos, pero no vivo mi vida como lo hacen ellos, sigo viviendo en el barrio donde crecí.

Hacia el final de su vida Nelson Algren afirmaba: «Quizá ahora esté en la clase media, pero no soy de clase media». Me pregunto si es así como describirías tu situación.

Así es. Pertenezco al 1% del país, estoy entre los que más dinero ganan, pero no es algo que tenga presente, y desde luego no me siento como tal. No me muevo en esos círculos, no vivo en esos lugares… Tener dinero está bien porque es una cosa menos de la que te tienes que preocupar, sin duda, no me despierto de madrugada entre sudores fríos preguntándome cómo voy a sacar adelante a mis hijos. Pero eso es todo, de verdad, porque sigo haciendo las cosas que siempre he hecho. Y sigo levantándome cada mañana para ir a trabajar.

A veces se ridiculiza a la clase trabajadora que mejora su nivel de vida. ¿Se supone que tenemos que estar toda la vida trabajando de reponedores en un supermercado para satisfacer la imagen romántica que la clase media tiene de nosotros? Me parece una manera obscena de ver las cosas.

Es ridículo. Mencionando de nuevo a mi padre, él lo hizo todo para mejorar su situación. Comparado conmigo, él venía de un contexto realmente pobre, una vida en la que solo tienes un par de zapatos y no te regalaban juguetes en Navidad. Ese tipo de cosas. Consiguió darme una vida mejor y mi objetivo también ha sido dar a mis hijos una vida mejor y progresar. Y eso no es malo, excepto si olvidas de dónde vienes y de repente decides no volver la vista atrás. Siempre digo que soy un capitalista, pero con las obligaciones que ello conlleva.

Tu vida ha cambiado completamente respecto a cómo eras de pequeño, pero ¿crees, citando a D’Angelo Barksdale en The Wire, que uno es siempre lo que fue al principio de todo? ¿Aún eres aquel chaval griego enamorado del funk?

[Ríe] Por supuesto. Yo aún lo siento así. Siento que lo soy, pero lo cierto es que estoy hablando contigo desde mi casa en la playa [ríe de nuevo], y si me vieses en apariciones públicas, como lecturas y eventos así, te darías cuenta de que llevo trajes italianos buenos y conduzco un Ford Mustang que me encanta. Pero es que he comprado cosas, todo esto es la recompensa por haber trabajado duro. Además, cada año dono mucho dinero a organizaciones que ayudan a niños de la ciudad, hago programas de lectura en las cárceles… Se pueden compaginar ambas cosas.

Al principio de esta entrevista te definías como 100% griego. ¿Eres como se supone que un griego debería ser? En plan de rasgo distintivo nacional, ya sabes…

A ver, algunos estereotipos son ciertos. Uno es que trabajamos muy duro. En este país no verás a demasiados griegos viviendo de la asistencia social, se han espabilado y se han buscado la vida. Y no es que seamos mejores, es porque hemos hecho lo que hacían nuestros padres. Adoptamos su modelo ético, y al igual que hicieron ellos nosotros también nos hemos buscado la vida. Lo que está pasando ahora en Grecia con el ascenso de los fascistas es lamentable. Una de las cosas que siempre trato de decir es que los griegos de todo el mundo deben dar un golpe sobre la mesa y condenar eso, porque nosotros no somos así. Y todo se reduce a la economía, obviamente. Es lo mismo que sucedió en Alemania en los años veinte y treinta. Es algo que da alas al fascismo, pero en realidad no somos así. Y espero que el mundo lo entienda.

Una de las cosas que más me gustan de tus novelas es que son muy masculinas, en el mejor sentido de la palabra. He leído que fueron las películas que viste durante tu infancia las que te dieron esa visión de un mundo masculino, con códigos de amistad, honor, lealtad… Creo que es fantástico que alguien como tú decida hablar tanto de la masculinidad, porque es un mundo fascinante que a menudo se malinterpreta.

[Audiblemente satisfecho y sonriendo] Estoy de acuerdo contigo. Pocas veces veo descrito con sinceridad en libros qué significa ser un hombre, también con todos los defectos que ello conlleva, e intentando mantenerte en la buena senda ante las tentaciones. Y también la necesidad que siente uno mismo de reafirmarse físicamente. Hubo una época en la que la demostración física no se estilaba, una época en que se consideraba una idiotez, algo de gente estúpida, que un hombre se peleara con otro. Pero cuando alguien te reta hay algo allí que te remite a tu juventud. Me avergüenzo más de las pocas veces que he rehuido una pelea que de las que he perdido. Debería haberme quedado y haber recibido una buena tunda en lugar de haber escapado. Eso es embarazoso, sabes perfectamente a lo que me refiero. A veces la violencia es necesaria, es catártica.

Y a veces la violencia es la única respuesta razonable a la injusticia. Woody Allen dijo en una película que no puedes enfrentarte a los nazis con libros, has de ir con bates de béisbol.

[Carcajada] Sí.

Una de las cosas que me interesan de la masculinidad, y que a menudo se refleja en tus novelas, es la necesidad de protegerse a uno mismo, de esconder las propias debilidades, de levantar escudos. A veces tus personajes intentan ocultar sus puntos débiles con…

Con bravuconería.

Sí, exacto.

Sí, y se esconden tras ella. Es una muralla.

Y eso es algo que hacemos todos los hombres.

Claro, la gente tiene inseguridades e intenta combatirlas de diversas maneras, sobre todo los hombres. Es un poco lo que decías antes, sin embargo, muchas de estas cosas las vi en las películas que veía de crío. Soy uno de los pocos escritores que admitirá que probablemente esté más influenciado por películas que por libros. Estoy más cerca de Peckinpah que de William Faulkner. Sergio Leone, Robert Aldrich y Don Siegel me influyeron mucho más que Faulkner, Hemingway o Fitzgerald. En muchos sentidos con esas películas creé mi visión del mundo. Llegué a los libros bastante tarde, ya llevaba un tiempo en la universidad cuando un profesor me dijo que debería leer cierto libro. Me fijé en los libros gracias a ese profesor. Porque lo que yo de veras quería ser era director de cine, pero ¿cómo se convierte en director de cine un chaval griego de Washington DC? No tenía ni idea, ni siquiera había salido jamás de Washington. No había viajado. Así que me dije: quizás esto sí puedo hacerlo. Escribir.

Pasar de donde estabas a ser director de cine debía de parecerte un salto de ciencia ficción.

Claro, ¿cómo se hacía eso? No tenía ni idea ni conocía a nadie. Pero pensé que a lo mejor podía escribir un libro, porque evidentemente necesitas talento, pero no has de pedirle a nadie un trabajo, no tienes que mendigarle a nadie, solo tienes que escribir el libro y ya está. Y si es bueno te lo publicarán. Me parecía un arte igualitario. No tenía importancia quién era tu padre o si eras guapo o si tenías una polla enorme: si escribías un buen libro se publicaría. Eso era lo que pensaba entonces, y aún hoy sigo creyéndolo, ahora que caigo. Mi primer libro se vendió sin agente literario, lo envié a ciegas a Nueva York, aterrizó en la mesa de un editor, él lo leyó y lo compró. Una editorial. Nada más.

Una posibilidad entre un millón.

[Risas] No sé si esto aún sucede, te hablo de 1992, cuando aún se fijaban en los manuscritos y editaban lo que se les enviaba sin importarles de quién era. A mí me funcionó exactamente como pensé que funcionaba.

Me comentabas que todas aquellas películas moldearon tu visión del mundo y, como hemos comentado, contenían historias que hablaban de masculinidad, amistad, lealtad… Pero supongo que también debería de haber mucha redención en ellas, que es algo que me chifla de tus libros. Muchos escritores piensan que si un libro acaba mal es más fiel a la realidad. Pero en la vida la redención existe, y a veces las cosas terminan bien.

Lo mismo digo. Detecto rápidamente cuándo alguien está intentando ser oscuro y funesto, es lo que yo llamo nihilismo diletante. Es muy estrecho de miras. Odio el nihilismo, siento que siempre hay algo de esperanza al final. La redención puede vestirse de muchas maneras, incluso de muerte. Si ves The wild bunch (Grupo salvaje) —que para mí es una de las grandes obras del siglo XX—, el final de la película trata de su redención a través de la muerte. Y el hecho de que se mantengan unidos, que sean leales los unos a los otros y que quieran acabar juntos… Eso para mí es un final positivo.

Hace unos años entrevisté a Richard Price, un escritor con una personalidad muy similar a la tuya. No sé si esto es para ti un elogio, o una comparación innecesaria.

Es amigo mío, Richard.

También tiene debilidad por la redención.

Richard Price me influyó mucho. Para mí Clockers (Camellos) es como Las uvas de la ira del mundo moderno. Si uno se fija en lo que yo hacía antes de leer ese libro verá que es distinto de lo que hago desde entonces. Leí ese libro y vi que la novela criminal podía ser mucho más de lo que era, que está bien ir más allá e intentar hablar de temas más amplios sin salirse del género, y todo porque Price lo había hecho. Para mí fue una gran influencia, pero no solo para mí, también le sucedió a David Simon. The wire no sería The wire sin Clockers. Y la razón de que Richard trabajara en The wire fue que nosotros fuimos a buscarle. Así que sí, es una gran influencia.

Creo que tiene tu misma visión, especialmente sobre lo de que la gente pueda ser capaz de expiar sus errores. Esto se ve claro en su The Samaritan (El samaritano), por ejemplo.

Sí, desde luego. Me encanta The Samaritan, por cierto, es un gran libro.

¿Crees que hoy en día en la vida real es posible la redención?

De eso trata mi libro The turnaround (Sin retorno). Está basado en un hecho real que pasó en mi adolescencia, cuando unos chicos blancos entraron en un barrio negro, y empezaron a insultar a gente y a meterse en líos. Intentaron dar media vuelta al coche y salir de allí, pero uno acabó muerto a tiros y los otros recibieron una paliza tremenda. El planteamiento del libro es que yo me preguntaba qué fue de esos chavales, tanto los blancos como los negros, treinta años más tarde. Y si ser redimido era una posibilidad real. De eso trataba todo el libro, que en cierta manera es mi El samaritano. Si te fijas, The way home, que es otro libro que he escrito, trata sobre cómo un chico va a la cárcel y cómo él y sus amigos, al salir, reconstruyen su vida y lo arreglan todo con sus familias y padres y tal. Eso lo puedes ver en muchos de mis libros, así que supongo que estoy algo obsesionado con el tema [ríe].

Mucha gente califica sus libros de «cuentos morales», y en cierto sentido estoy de acuerdo. En The wire, por ejemplo, no se juzga, pero en tus libros sí hay cierta condena, censura y castigo. Ves con buenos ojos la cultura del esfuerzo, los lazos familiares, la bondad hacia los niños y la lealtad; y condenas y castigas a los malvados. Así que eres moralizador, en el buen sentido de la palabra.

David Simon y yo no estamos de acuerdo en cómo vemos el mundo, en ese sentido en particular. En la serie yo siempre buscaba eso, pero David pensaba distinto, y se resistía a mostrar ese castigo moral. Después de todo es su serie, él decide cómo van a ser las cosas. Hay un personaje en The wire que es obra mía, únicamente, y que conseguí incrustar allí contra la voluntad de todos. Es Cutty, el tío que sale de la cárcel, a quien intentan volver a meter en el negocio de la droga pero logra resistirse al gang y abre en la ciudad un gimnasio de boxeo para ayudar a los niños. Es uno de los pocos personajes de la serie que recibe un buen final. Porque eso es algo en lo que yo creo. Participo en actividades en las cárceles y con los tíos que salen a la calle después de haber cumplido condena, y para mí eso es algo muy importante que apoyar y en lo que creer: siempre hay una segunda oportunidad. La gente cambia. Y cambia a mejor. Creo mucho en esos valores.

Totalmente de acuerdo. Steve Earle también es de los nuestros. Cuando le entrevisté hace unos años empezó a insultar a Cormac McCarthy, diciendo que le caía gordo porque tenía una visión increíblemente ceniza de las personas.

Steve es un ejemplo muy bueno de lo que estamos hablando. Estuvo en la cárcel, era heroinómano… ¡y míralo ahora! Trabajamos con él en Treme. De hecho, yo escribí el capítulo en que le mataban. Eso no le gustó tanto [risas]. Pero tiene razón, si Cormac McCarthy de verdad cree lo que escribe, todo eso de que no hay esperanza y que todo acaba en muerte y por qué preocuparse, no sé cómo puede vivir. Es un buen escritor y me gustan sus libros, pero su filosofía no me llama, desde luego.

Menudo pelmazo debe ser ese Cormac. No bebería con él ni que me encañonaran.

[Risotadas] Lo entiendo.

Mencionábamos el soul al principio, que es un elemento constante en tus libros. Y también hemos nombrado a Richard Price, quien una vez me dijo que no le iba demasiado la Motown, sino que —como tú— prefería el catálogo de la Stax-Volt, el Southern gritty y el R’n’B. Eso me recuerda que una vez citaste como momento trascendental de tu vida el ver a la hermana de un colega bailando como una loca el «Whole lotta love»

[Entusiasmado] Nunca se me olvidará, tío, como si lo viera ahora mismo. Entré en casa de mi amigo Charles, ella estaba en el piso de arriba, en su dormitorio, y yo podía verla desde donde estaba. Solo llevaba puesto un sujetador y unas bragas y estaba bailando el «Whole lotta love», precisamente esa parte en la que la cosa se desmadra, y pensé: «Vale, de esto se trata, tío; no me cuentes más». Porque el rock’n’roll es sexo. Cuando salió esa canción yo tendría unos doce o trece años y me impresionó terriblemente. Esa canción sonando y yo viéndola bailar: ahí es donde quiero verme. Ahí exactamente es donde quiero estar.

Ahí es donde empieza la buena vida.

Exacto [ríe, alborozado]. Exacto.

¿Aún escuchas música y la sientes con la misma intensidad?

Sí, creo que la música es lo único que regularmente me hace feliz y me transporta a otro sitio. Cuando quiero ser llevado a otro sitio me pongo los auriculares. La música tiene la capacidad de conmoverme de una manera que las otras expresiones artísticas no tienen. Puedo ver un cuadro y sentir algo, pero nunca de la misma manera que siento cuando escucho una canción de Otis Redding o algo de rock que me gusta, como los Drive-By Truckers y todos esos grupos que realmente me motivan. Es algo que me eleva, como si fuera un cohete. Y todavía me hace sentir así, escucho música todo el tiempo, es una constante en mi vida.

¿Alguna vez, qué se yo, escuchando el Roots de Curtis Mayfield, por ejemplo, te has dicho: mierda, por qué no nací con ese talento en lugar de saber escribir?

[Risas] No sé si sabes que para mí Curtis Mayfield es el mejor, mi héroe de todos los tiempos.

No lo sabía, solo había leído que te encantaban sus discos. A mí me encanta.

Todo lo que hizo en su época… La gente no se da cuenta de lo valiente que fue ese tío cantando lo que cantaba cuando la gente no quería oír hablar de según qué cosas. No querían que sonara en la radio porque no querían a nadie haciendo lo que él hacía, pero lo hizo en positivo, no de una manera negativa o motivado por el odio. Prefería ensalzar cosas, elevar los espíritus. Roots es un gran disco, y la banda sonora de Super Fly es uno de los que me llevaría a una isla desierta, no puedo vivir sin ese disco. O el Back to the world… Todas esas grabaciones son increíbles. El que se llama Curtis, que en la portada le lleva a él con un traje amarillo magnífico… Contestando a tu pregunta, tengo algunos amigos músicos y siempre me dicen que les encantaría poder escribir una novela. Pero tío, lo que más me gustaría en el mundo es formar parte de un grupo. Lo digo en serio. Cuando voy a un concierto soy el típico que se queda boquiabierto delante del escenario, hipnotizado, porque estoy viendo algo que no sé hacer y que me encantaría.

Si me dieran a elegir ahora: ¿Preferirías haber formado parte de The Clash o haber escrito novelas? Joder, eso ni siquiera es una pregunta, hombre. Los Clash mil veces. ¿Cómo lo ves tú?

¡Claro! Haber estado en The Clash, hombre, es una pregunta muy fácil de contestar.

Otra constante en tus novelas son las relaciones familiares. En aquel artículo para The Guardian escribiste que tu padre debió de sentirse muy decepcionado cuando te vio con tu afro de blanco, los Levi’s rajados y unas Puma bailando al son de Don Cornelius o Curtis. ¿Realmente crees que tu padre se sintió decepcionado? ¿Te han decepcionado tus hijos?

Recuerda que mi padre era de otra generación, fue marine en la Segunda Guerra Mundial, era un hombre muy serio y recto, y de golpe se topó con una generación de chavales que llevaban el pelo largo, fumaban hierba, se rajaban los vaqueros y todo eso. Creo que, con toda seguridad, no me entendía. Pero es que, ¿cómo podría haberme entendido? Ni fue culpa suya ni fue mía, simplemente en esa época ambas generaciones estaban separadas por un abismo. Pero cuando mi padre enfermó tuve mi oportunidad: tomé el mando y me puse al frente del restaurante familiar. Básicamente, dejé la universidad, y haciendo eso salvé a la familia, porque mis padres habrían perdido el negocio, la casa… Todo, porque no tenían ningún tipo de seguro. Y no me quedé ni un solo céntimo, vaciaba la caja registradora, llevaba todo el dinero a casa y se lo daba a mi madre. Después de eso —y aún era bastante joven, tenía solo diecinueve años— ya no importaba lo que hiciera: seguía siendo el tío desenfrenado de antes, salía por ahí a beber cerveza, fumaba hierba, salía con un montón de mujeres… Seguía siendo el mismo tío, pero mi padre me veía con otros ojos. Daba igual lo que hiciera, me respetaba. Tuve la oportunidad de demostrar mi valía ante mi padre, algo que muchos hijos no tienen jamás la oportunidad de hacer. Y desde entonces he tenido este mismo problema con mis hijos: quiero que sean más agresivos cuando se trata de aprender, de trabajar… todo aquello en lo que creo. Y poco a poco lo van siendo. Mi hijo mayor trabaja en la industria del cine, ahora está haciendo una serie de televisión, y mi otro hijo trabaja en el estadio de béisbol, lleva una parada de fruta. Y estoy orgulloso de ellos, porque durante una época fui como mi padre, me preguntaba qué les pasaba, no entendía nada de lo que hacían.

«Se me han vuelto unos blandengues, estos niños…»

Sin duda. Eso era lo que pensaba: que eran blandos. Es algo de lo que hablo con mis amigos constantemente. Crecí rodeado de un grupo de tíos como yo: italianos, judíos… todos son inmigrantes o hijos de inmigrantes, y a todos les ha ido bien en la vida. Y este es un tema del que hablamos mucho: si tienes dinero, ¿qué puedes hacer por tus hijos? Simular que no tienes dinero es absurdo. No tienen la misma motivación que yo tenía, porque la mía era ponerme a trabajar para comprarme cosas, ya que en casa no había dinero. Pero yo les he dado a esos chavales de todo. ¿Cuál va a ser su motivación? ¿Por qué querrían irse de casa? Tiene aire acondicionado, la nevera está repleta de comida y la tele es muy grande, ¿qué más pueden desear? Intento recordarlo y llego a la conclusión de que es culpa mía porque les he dado todo eso, pero no puedo hacer ver que no tengo dinero, sería estúpido.

Pero tu caso como padre ejemplar es casi heroico. He leído que durante el rodaje de The wire conducías tres horas cada día para ir a casa. No sé si yo sería capaz de eso…

Quería que mis hijos me vieran cada día. Nada más. Rechacé muchos trabajos durante esa época, cualquier cosa que me apartara de donde yo creía que tenía que estar. Hasta Treme, cuando mis hijos ya eran mayores, me fui a vivir allí y me lo pasé muy bien. Me encantó vivir en Nueva Orleans, deberías visitarlo. Es la mejor ciudad en los Estados Unidos, te lo pasas muy bien. Es una pasada.

En tus libros eres muy detallista, y no solo en cuanto a la música, sino también en lo que respecta al aspecto de la gente y los trapitos que lucen. De joven debiste ser un buen pavo real, eligiendo con mucho cuidado tu atuendo y armario ropero, para reunir toda esa información estética. Yo ahora paso bastante de toda esa mierda, pero lo recuerdo como una pasión hermosa.

Sí, era algo que me gustaba mucho. Me encantaba la ropa. Trabajé vendiendo zapatos de mujer, así que estaba muy puesto en cuanto a calzado. Y aún hoy, cuando veo a una mujer, lo primero en lo que me fijo es en sus zapatos, porque sé que si lleva un buen par de zapatos es alguien que se cuida. Vender zapatos de mujer ha sido el mejor trabajo que he tenido en la vida, porque yo era joven, hablaba todo el día con mujeres, podía tocarles las piernas y las pantorrillas… Era genial. Pero me sucede lo mismo que a ti, ya no es lo mismo. Ahora ya no soy tan presumido, no tengo muchas cosas, pero las que tengo son buenas, eso sí. Me gusta llevar buenos trajes italianos, llevo camisas Hugo Boss, soy muy especial en cuanto a mi calzado y creo que es importante tener buen aspecto cuando sales de casa.

Me encantaría creer en todo eso aún. De adolescente creía en cosas auténticamente irresponsables como «los zapatos hacen al hombre» y chorradas de esas que decía Oscar Wilde. Haber dejado de pensar así e ir todo el día en bermudas me sume en la tristeza.

[Ríe] Tranquilo. Tienes hijos pequeños, ¿no? Cuando tienes hijos eso cambia. Pero cuando tus hijos crecen y abandonan el nido tú cambias de nuevo, te lo aseguro, y vuelves a lo que eras cuando eras joven, vuelves a sentir las pasiones que sentías en tu juventud. Porque en realidad no has cambiado, son las circunstancias las que lo han hecho. Tú aún eres ese chaval de diecinueve años que se pavonea por la calle, que va chuleando por allí con la cabeza alta [ríe]. Aún eres así. Es algo que nunca abandonas. Es algo que siempre estará contigo.

Gracias, es lo más bonito que nadie me haya dicho en la vida. En cuanto a tu pasión por los coches, Harry Crews escribió el libro Car, que habla de alguien que se intenta comer un coche, una de las tramas más dementes que yo haya leído jamás. Años más tarde Crews dijo que se avergonzaba de su obsesión por los coches, y que pensaba que los automóviles eran nocivos y un invento nefasto. ¿Tú aún amas los coches o te ha pasado lo mismo que a Harry Crews?

Aún amo los coches. ¿Conoces la película Bullitt? Pues tengo un Bullitt Mustang en el garaje. Es una réplica. Es parte de una edición limitada y estoy muy orgulloso de tenerlo. Es un muscle car precioso. Y mi primer coche fue un Camaro del setenta. En mi día a día conduzco un jeep porque lo necesito para poder llevar mi kayak y mi bici, que utilizo constantemente, pero si tuviera sitio en casa poseería un montón de coches. A diferencia de Harry Crews, nunca he pasado de los coches. ¿De qué habla ese tío? [ríe] Creo que son algo muy americano. El fin de semana pasado estaba hablando con Kevin Powers, un joven escritor y veterano de la guerra de Iraq. Cuando recibió el dinero del adelanto por su libro se compró un Dodge Challenger. Vive en Nueva York, y dice que es un gran sitio para vivir, puedes hacer casi todo lo que quieras… pero lo único que no puedes hacer es tener un coche. Para gente como él y como yo eso es inaceptable. Necesito sentarme al volante de mi coche cada día y conducir. Si viviera en NY y no tuviera coche, por lo que tendría que tomar el metro y taxis, sería como extirpar algo de mi vida, notaría que me falta algo. Necesito meterme en el coche y pillar la carretera. Eso soy yo.

Desde nuestro punto de vista, el de los europeos nacidos tras la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos parece un lugar algo peligroso para vivir. Pese a que hemos crecido con rock’n’roll y pop y cine y literatura americana, nadie contempla de veras la posibilidad de mudarse allí; da algo de miedo, y recuerda aún al salvaje Oeste. Me gustaría que tú, como estadounidense que ha vivido en el extranjero y has visitado muchos países, me dijeses si esta es una percepción acertada.

Evidentemente tenemos un problema, sobre todo con las pistolas. Pero no es algo en lo que pienses cada día, al menos yo no. En mi familia hemos elegido vivir nuestras vidas sin miedo. Es mejor vivir sin preocuparte de eso y afrontar lo que se te ponga en el camino, lo otro es algo en lo que no pensamos. He viajado por todo el mundo y debo decir que el hecho de no preocuparte por estas cosas cuando paseas es algo muy positivo que tenéis en Europa. Lo siento, sé que no es una grandísima respuesta, pero es que de veras es algo sobre lo que no me preocupo. Y la cosa es que aquí estoy, es mi país y estoy acostumbrado a él. Qué puedo decir.

Fotografía de portada: Cordon Press.

 Con la colaboración en la traducción de Nicholas Elliott.

15 comentarios

  1. Pingback: Kiko Amat entrevista a GEORGE PELECANOS | Bendito Atraso

  2. Me hace gracia la insistencia de Pelecanos en que el motivo de sus excedentes monetarios provienen únicamente del trabajo duro. Todo el mundo sabe, George, que el “trabajo duro” como tú lo llamas, no ha hecho rico JAMÁS, a nadie por sí solo. Ése es uno de los mitos que conviene fomentar para desorientar a la gente y que haya menos competidores a la hora de sacar tajada. Sí que hace falta trabajo duro, en efecto, pero es para urdir trapacerías, lamer culos y pensar como subir pisando las cabezas de los demás. Todo eso requiere una dedicación enorme, desde luego. Que nadie piense que por no tener muchos escrúpulos, la cosa es un camino de rosas porque hay muchísima competencia para ser el mejor “son of a bitch”. Los otros, los que no se quieren ensuciar las manos, en casita con la manta a cuadros y tomando un caldito. ¡¡Pistaaa..!!

    • Algo de eso hay, efectivamente, pero no es menos cierto que quien no consigue nada en la vida se consuela pensando que lo de los demás es suerte o falta de escrúpulos.

      Muy interesante la entrevista, por cierto.

      • El consuelo que encuentran ésos, es el reverso exacto del refrendo que creen obtener los otros a través de la fe en sus “cualidades” y el “trabajo duro”. La vida sí que es dura y hay que agarrarse a clavos ardiendo para seguir tirando.

  3. Pingback: George Pelecanos: «Sometimes violence is necessary, it’s cathartic»

  4. “nadie contempla de veras la posibilidad de mudarse allí; da algo de miedo, y recuerda aún al salvaje Oeste”

    What??

  5. En este puto mundo los que no lamen culos porque no les gusta o no saben qué culo lamer, están jodidos. Trabajar duro…a otro perro con ese hueso.

  6. Señor Amat,seguro que preferiria usted un lingotazo de Old Grand Dad con Donald R Pollock el de Knockemstiff,Ohio ,ese adalid de la esperanza.
    Un respeto para Cormac McCarthy.
    pd.
    “Knockemstiff” de Donald Ray Pollock,traducción de Javier Calvo ,Prólogo de Kiko Amat.Buen libro.

  7. Estoy totalmente de acuerdo en que la violencia es necesaria y no “a veces” sino casi siempre. Como ejemplo, hace unas noches tuve que subir a casa del vecino de arriba porque sus niños estaban jugando a pelota y el techo se me venía abajo. No era la primera vez que esto ocurría, o sea que el tipo ya estaba advertido, de modo que en cuanto abrió la puerta, le golpeé en el hígado con un directo, rematando en el rostro con un “crochet” de esos que tanto gustan por aquí a E. J. Rodríguez y a los aficionados al boxeo que son legión en Jot Down. Fausto, que así se llama el vecino, cayó como un saco de patatas, momento que aproveché para patearle los genitales ante el horror y los gritos de su mujer e hijos que habían acudido al lance. Lo dejé aquí porque no me gusta hacer sangre y lo mejor fue que no abrí la boca para decir palabra. Di media vuelta y bajé a casa sabiendo que el lenguaje corporal había bastado para poner las cosas claras. No he vuelto a oír nada desde entonces, incluso creo que se mudan a otro sitio.
    ¡¡Que pase el aire!!

  8. El que entrevista opina demasiado.

  9. Enhorabuena por la entrevista, pero deberían haberle dado más importancia a las opiniones del Pelecanos que a las del periodista.

  10. Pingback: Mejor que bien, de George Pelecanos - Cultura Noir

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