El caso del perro marrón - Jot Down Cultural Magazine

El caso del perro marrón

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Reconstrucción de la clase de vivisección de Bayliss, 1903. Imagen: University College London archives (DP).

El catedrático de fisiología del University College London William Bayliss (1860-1924) acuñó la palabra «hormona», descubrió una de ellas, la secretina, y fue el primero que describió el movimiento peristáltico de los intestinos. Bayliss quería comprobar si el sistema nervioso controlaba la secreción del páncreas como postulaba Iván Pavlov con sus perros y sus campanitas. La oportunidad surgió en febrero de 1903, en una práctica delante de sesenta estudiantes de medicina, en la que usó un pequeño terrier marrón al que había hecho una operación en el páncreas. En aquella segunda práctica expuso sus glándulas salivares para que los futuros médicos pudieran ver su inervación nerviosa y su irrigación sanguínea y, finalmente, usó el perro para explicar las respuestas del sistema nervioso periférico ante distintos estímulos, revisando los postulados de Pavlov. Al final, el can fue entregado a un estudiante de investigación, Henry Dale, que luego ganaría el premio Nobel, y era el encargado de sacrificar a los animales al terminar la práctica.

Desafortunadamente para Bayliss, en la clase se habían colado dos estudiantes suecas, Louise Lind af Hageby y Leisa Schartau, de la London School of Medicine for Women, feministas y contrarias a la experimentación con animales, que dijeron que aquello era un ejemplo de crueldad, que el animal estaba sin anestesiar y que los estudiantes se habían pasado la clase haciendo bromas y riendo, una experiencia que resumieron años después en un libro titulado Los mataderos de la ciencia: extracto del diario de dos estudiantes de fisiología.

Los datos recogidos por las activistas suecas, si eran ciertos, indicaban que se había violado la ley sobre experimentación animal de 1876 que prohibía usar el mismo animal en más de un experimento y Stephen Coleridge, bisnieto del poeta Samuel Taylor Coleridge, y secretario de la Sociedad Nacional contra la Vivisección —una vivisección es una disección cuando el animal todavía está vivo— al leer el diario de las dos muchachas, acusó a los médicos de crueldad «si esto no es tortura, que nos digan en nombre del cielo qué es tortura» en una conferencia celebrada el 1 de mayo, a la que asistieron entre dos mil y tres mil personas y cuyos mensajes clave fueron recogidos por la prensa local.

Bayliss, el catedrático que dirigía la práctica, pidió a Coleridge una disculpa y al no recibirla le denunció por difamación. Tras un agrio juicio celebrado cuatro meses después, donde explicó que hacer varias operaciones en el mismo animal permitía usar menos perros, ganó el caso. Coleridge le tuvo que pagar dos mil libras más otras tres mil en costas, una pequeña fortuna que abonó al día siguiente con un cheque. Bayliss donó el dinero al University College de Londres para usarlo en investigación aunque no lo denominó —como le sugirió el Daily Mail— «Fondo para la Vivisección Stephen Coleridge». Por su parte el Daily News, que apoyaba a la otra parte, pidió donaciones y recaudó cinco mil setecientas libras para apoyar a Coleridge y cubrir sus gastos, más de lo necesario. Ir a juicio, aun con el riesgo de perderlo, parece que fue el objetivo de Coleridge desde el principio, con objeto de conseguir la mayor repercusión pública para las ideas de los que, como él, se oponían a la experimentación con animales.

Anna Louisa Woodward, una rica londinense, fundadora de la Liga Mundial contra la Vivisección, pensó que era importante mantener el interés de la opinión pública por el tema y encargó una fuente con una estatua del perro en un pedestal. El monumento fue aprobado por el consistorio radical-socialista de Battersea, un barrio obrero de Londres, y se erigió en una zona de viviendas sociales donde fue inaugurado en septiembre de 1906. Llevaba una placa con la siguiente inscripción:

En memoria del terrier marrón llevado a la muerte en los laboratorios del University College en febrero de 1903 después de haber soportado vivisecciones durante más de dos meses y haber sido pasado de un vivisector a otro hasta que la muerte vino a liberarlo. También en memoria de los doscientos treinta y dos animales viviseccionados en el mismo lugar durante el año 1902.

Hombres y mujeres de Inglaterra: ¿hasta cuando seguirán pasando estas cosas?

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La fuente en memoria del perrete. Fotografía: autor desconocido (DP).

Los estudiantes y profesores de medicina se quejaron de la naturaleza acusatoria de la inscripción y del ataque a su formación práctica dejando claro su malestar. Las revistas médicas también tronaron en contra del monumento, mientras que sus partidarios lo veían como un símbolo del progreso político hacia una mayor justicia social y una protesta contra el establishment ejemplificado por ese grupo peculiar, la clase médica.

Un año después, en noviembre de 1907, un grupo de estudiantes intentó atacar la estatua pero fueron dispersados por los gendarmes londinenses. Diez de aquellos estudiantes, que fueron bautizados por la prensa como los antidoggers, los antiperros, fueron detenidos por dos policías y un médico local escribió al periódico South Western Star lamentándose de lo que consideraba un signo de la degeneración de los futuros médicos: «Recuerdo cuando hacían falta más de diez policías para hacerse con un estudiante. La raza anglosajona está acabada».

Parte del ambiente social tenía que ver con una novela de ciencia ficción. Pocos años antes, en 1896, H. G. Wells había publicado La isla del Dr. Moreau. En la obra, un hombre rescatado de un naufragio es trasladado a una isla remota en el océano Pacífico, propiedad de un médico, el doctor Moreau. Moreau —por cierto un fisiólogo londinense— crea seres híbridos con un aspecto humanoide a partir de animales mediante un procedimiento que podríamos llamar de corta y pega quirúrgico, algo con ciertas similitudes con la vivisección. La novela generó un profundo revuelo social sobre temas como el dolor, la crueldad, la responsabilidad moral y la interferencia del hombre en la naturaleza, y fue parte de un debate social sobre la experimentación animal, nuestra relación con los demás seres vivos y la teoría de la evolución.

En Londres, mientras tanto, los disturbios continuaron y se empezaron a conocer como los «Brown Dog Riots», los  tumultos del perro marrón. Un juez puso multas de cinco libras a varios jóvenes que habían participado en ellos y eso hizo que más de mil estudiantes de medicina salieran de la universidad y de los hospitales e hicieran una manifestación llevando estacas con perros en miniatura encima y una efigie a tamaño natural del juez que intentaron quemar, y finalmente no debía prender bien  arrojaron al Támesis. Los manifestantes asaltaron oficinas y reuniones de sufragistas porque se generalizó entre ellos la idea de que las mismas que defendían el voto femenino eran las que estaban en contra de usar animales en la docencia, y que eran ellas las que habían elegido al perro pardo como su emblema, erigiéndole ese monumento. Uno de los enfrentamientos se saldó con las mesas de un local rotas y un titular del Daily Express que decía «Estudiantes de medicina luchan galantemente con mujeres».

El punto culminante fue el 10 de diciembre, cuando cien estudiantes quisieron derribar la estatua del perro marrón. Lo habían organizado el mismo día del partido de rugby entre Oxford y Cambridge, confiando en que los numerosos asistentes al partido se les unirían en la batalla con la policía, pero no fue así. A continuación los antidoggers intentaron asaltar el hospital de los antiviviseccionistas, un centro médico donde no se hacía experimentación con animales aunque es de suponer que aplicasen los resultados conseguidos en otros centros que sí lo hacían. Cuando uno de los estudiantes se cayó del tranvía al que se había subido, los operarios de la línea se negaron a llevarle al hospital indicando que era «la venganza del perro marrón», pero puesto que el más cercano era precisamente el de los defensores de los animales, el British Medical Journal comentó después que  la decisión podía haber «nacido de la benevolencia» por no llevar al muchacho herido al centro de sus enemigos. La cosa se fue radicalizando más y más. Esta revista, el British Medical Journal, seguía recibiendo cartas de médicos indignados, una de las cuáles decía: «Cuando un estudiante amante de la paz pacíficamente desfigura [la estatua] con un martillo está cumpliendo su deber moral con su universidad, sus profesores y sus camaradas y su estricto deber legal con su país y su rey».

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Las promotoras del International Anti-Vivisection Congress, 1913. Fotografía: Library of Congress (DP).

Los estudiantes fueron dispersados por la policía con cargas a caballo y uno de ellos fue detenido por «ladrar como un perro». Los disturbios siguieron durante meses, a los estudiantes de medicina se unieron los de veterinaria y unos y otros reventaban las reuniones de las sufragistas tirando las sillas y lanzando bombas fétidas. Era una mezcla de causas: a las antiviviseccionistas —tres de las cuatro vicepresidencias de la sociedad contra la vivisección estaban ocupadas por mujeres— se unieron los sindicalistas, los marxistas, los liberales y las sufragistas. Aun así, no todas las sufragistas eran antiviviseccionistas ni viceversa, pero había también cierta batalla de sexos: los estudiantes de medicina y veterinaria eran casi todos hombres mientras que un número importante de los antiviviseccionistas eran mujeres. Para muchas mujeres aquella lucha era parte de la rabia que sentían contra el estamento médico, por las sufragistas en huelga de hambre que eran alimentadas a la fuerza en prisión por médicos, o por las mujeres a las que se les extraían los ovarios y los úteros como cura para su histeria. Las dos partes se veían como los herederos del futuro, los promotores de la modernidad. Las sufragistas y antiviviseccionistas consideraban que la experimentación con animales y la prohibición del voto femenino eran dos caras de una misma realidad patriarcal, dominadora y cruel. Los estudiantes, por su parte, decían que ellos y sus profesores era un «nuevo sacerdocio» y las antiviviseccionistas y sus aliados los representantes de la superstición y el sentimentalismo.

Mientras tanto, la policía puso protección permanente a la estatua, lo que llevó a una nueva vuelta de tuerca pues hubo preguntas en la Cámara de los Comunes sobre cuánto costaban los seis policías diarios que eran necesarios para mantener la guardia de veinticuatro horas. Finalmente, tras las elecciones locales de noviembre de 1909, el nuevo consistorio de Battersea decidió que no querían seguir siendo el campo de batalla entre unos y otros, y sin decirlo —quizá pensaron que «muerto el perro se acabó la rabia» quitaron la fuente a escondidas, para lo que enviaron cuatro obreros protegidos por ciento veinte policías y la llevaron a un lugar secreto en las primeras horas del 10 de marzo. La retirada de la estatua generó una protesta de tres mil antiviviseccionistas en Trafalgar Square que demandaban que fuera devuelta inmediatamente a su emplazamiento original, pero no se hizo y fue fundida a escondidas años después.

En 1985 una nueva estatua en memoria del perro pardo fue erigida en el parque de Battersea, aunque hubo también polémica sobre la pose elegida por el escultor y sobre su localización. En la vieja estatua el perro estaba recto y desafiante, en la nueva, enroscado y con la cabeza gacha, parecía suplicar piedad. Además, los enemigos de la experimentación con animales se quejaban de que la estatua estuviese casi oculta. En 1992 fue retirada y en 1994 se volvió a instalar, pero en el pabellón de críquet del Viejo Jardín inglés, un lugar mucho más discreto que el que ocupó anteriormente.

Curiosamente, el perro también se convirtió en un símbolo de ambos grupos: la Sociedad para la Protección de los Animales expuestos a la vivisección tenía un perro en su logo y la Physiological Society, la asociación científica de los fisiólogos, los principales protagonistas de la experimentación con animales, también tenía una pequeña estatua de un perro que situaban en un lugar preferente en sus congresos y sus reuniones hasta que fue robada del maletero de un coche en 1994. Esa estatua fue usada para fabricar réplicas que se entregaban a los fisiólogos más respetados en el momento de su jubilación. La estatua original había sido presentada a la Sociedad en octubre de 1942 por Henry Dale, el hombre que sacrificó al perro marrón y, de hecho, muchos fisiólogos británicos todavía creen erróneamente que el emblema de su sociedad es ese animal concreto.

La controversia no ha desaparecido y sigue habiendo personas en contra de la experimentación con animales, mientras que médicos, científicos y asociaciones de pacientes, de forma prácticamente unánime, lo consideran un mal menor y necesario para seguir avanzando en nuestra lucha contra la enfermedad y para valorar la seguridad de nuestros productos químicos, incluyendo fármacos, pesticidas y detergentes. Los científicos utilizamos una estrategia denominada de las tres R: reducción (usar el mínimo número de animales posible, que suelen ser ratas y ratones), refinamiento (hacer todos los procedimientos con un cuidado extremo) y reemplazo (en lo posible sustituir los animales por células, modelos informáticos o cualquier otro procedimiento que no requiera animales vivos), pero el debate sigue vivo un siglo después. Hace unos años lo único que quedaba de la vieja estatua del perro marrón era una marca en el pavimento y un cartel en una valla cercana que ponía «No Dogs», «No se admiten perros».

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Manifestación en contra de la retirada de la estatua. Imagen: Library of Congress (DP).

Para leer más:

  • Baron JH (1956)  «The Brown Dog of University College». Brit Med J  2 (4991): 547–548.
  • Galloway J (1998) «Dogged by controversy». Nature 394: 635-636.
  • Mason P (1998) The Brown Dog Affair. Two Sevens Publishing, Londres.

11 comentarios

  1. Lo vería como un mal menor si se usara para investigar la cura del cáncer. Pero temo que en una gran proporción se prueban efectos de productos prescindibles como productos cosméticos, pseudo viagras o similares

    • Lo de que son productos prescindibles es una opinión discutible. La imposibilidad de una vida sexual plenamente satisfactoria puede ser fuente de infelicidad y trastornos psiquiátricos, por poner un ejemplo. No obstante, estos productos serán o no prescindibles, pero las reacciones que pueden provocar en ocasiones no son triviales.

    • Y bueno, los productos cosméticos testados en animales están prohibidos en la UE

      • Es bueno saberlo. Habría estado bien un poco de información en el artículo acerca de la normativa hoy en día, más allá de las mencionadas “tres erres”.
        No está de más también comentar que no es lo mismo experimentar con perros que con la mosca del vinagre.

        • Y entonces ¿qué dejamos para los comentarios? ;-) Es bueno que surjan ganas de saber más. El grupo más usado de vertebrados son, sin duda, los roedores: ratas y ratones. Otros grupos es mucho más raro.

  2. Pingback: El caso del perro marrón

  3. Plas plas plas

    Magnífico artículo!

  4. Los animales nos necesitan a nosotros para frenar a todos los que, siendo nosotros, son unos capullos sádicos malnacidos. Pero no sólo los animales: los demás también.

  5. Estupendo artículo. Por la información y por el estilo. Pero no me sorprende, tras leerme sus libros de Historias de la Neurociencia.

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