Jot Down Cultural Magazine – Carrère, Dios, Houellebecq

Carrère, Dios, Houellebecq

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Detalle de la Creación de Adán, de Michelangelo Buonarroti, 1511.

Yo tenía unos diecisiete años, estaba en clase de filosofía, y mi profesor habló y dijo: «Dios no es una pulga». La frase me sacudió. De repente, Dios era algo, y no algo mísero, pequeño y prescindible, sino algo importante. Esa frase —irónica, pero no con Dios, sino con todos los alumnos que había en el aula— cogía todavía más fuerza en boca de mi profesor, ateo, de izquierdas, autor de varios libros sobre Nietzsche (¡Nietzsche, el que había matado a Dios!). Mi profesor, que había leído y comentado a Nietzsche, el enemigo acérrimo de Dios, el autoproclamado anticristo, nos advertía que Dios no era una pulga, sino algo importante. Algo de lo que la sociedad actual, ilusa, creía que podía prescindir sin consecuencias. ¿Cómo podía él, ateo, nietzscheano, seguir preocupado por Dios? ¿Los ateos no se burlan, ironizan, insultan, ignoran, prescinden de Dios? ¿Los ateos no han pasado página?

Aunque mantengo amistad con mi antiguo profesor nunca hemos hablado del tema. Quizá todas esas preguntas estaban más en mi cabeza que en la suya, no lo sé. «Dios no es una pulga». Pero la frase se quedó en mi mente, advirtiéndome que Dios no era un tema del que pudiera escapar. Con este eco lejano, casi siete años después, abrí El Reino, de Emmanuel Carrère.

Carrère, como buena parte de la intelectualidad francesa de izquierdas, era ateo y sarcástico. En las cenas regadas con vino, sus amigos de letras comparaban a Dios con las hadas o con Zeus. Podían hacer estas bromas en la intimidad, pero —como personas cultas— apreciaban el valor literario e histórico de la Bíblia, un documento de interés. Otra cosa eran los creyentes, una especie de bichos raros, muy probablemente vestigios de un pasado que se resistía a morir. Eran una opción más dentro de la sociedad abierta, que Carrère y sus amigos, como liberales responsables, simplemente tenían que respetar.

Poco a poco, Carrère notó que las copas de vino eran venenosas, que los libros que leía eran inanes, que la escritura no fluía de sus dedos. El placer se había convertido en alcoholismo, las letras en manchas, la imaginación en abismo. Era el vacío, que estaba ahí. Como Woody Allen, bromeó ante la inmensidad: la ironía es la defensa de los liberales ante la inseguridad y el terror, ante la propia soledad. Pero el pozo era cada vez más negro. Hasta que un día, Carrère creyó.

«Yo siempre había creído que solo podía contar conmigo mismo. La fe, gracia que he recibido hace solo unos meses, me ha liberado de esta ilusión agobiante». Carrère descubrió que no estaba solo. Podía contar con Dios, que siempre estaría ahí. No era un cambio menor, era un cambio total: la vida ya no rodeaba a Emmanuel Carrère, sino que la vida rodeaba a Dios. El mundo se había transformado ante él. Habitaba el Reino, es decir, «la realidad de la realidad». El Reino no era un lugar futuro, un más allá: era la realidad misma, que había cambiado una vez él había empezado a creer.

En esta nueva realidad, los valores se transformaban. «Los últimos serán los primeros». Nos puede sonar a frase beata, pero tiene un significado abismal. No significa, simplemente, que un pobre o un humilde estarán por delante de un rico. Eso nos reconforta. «Los últimos serán los primeros» es mucho más: significa que un pederasta, un violador, un sádico, deben ser amados. Aún más: que un pederasta, un violador, o un sádico que han mirado a Dios son mejores que noventa y nueve como tú, que te has comportado de manera decente durante toda tu vida. Es la parábola del hijo pródigo. Al que ha despilfarrado el dinero familiar, se ha ido de putas, es un vago, un borracho, pero vuelve arrepentido se le harán fiestas y será el primero ante Dios. A ti, que has cumplido las normas y has cuidado de tus seres queridos, has trabajado duro, no se te hará ninguna fiesta y, además, estarás junto a los últimos de la fila. Puede parecer injusto, pero —recuerda— Dios es la justicia. Años después, Carrère hablaba de vez en cuando con Jean-Claude Romand, un hombre que había asesinado a toda su familia por miedo a que descubrieran que toda su vida era una farsa. Era el protagonista de su nuevo libro, El adversario. Romand, que había matado todo lo que tenía, empezó a creer en Dios. Ya no estaba solo. Los últimos serán los primeros.

Carrère, ferviente creyente, empezó a tener miedo. Comenzó a temer que, a pesar de la fe que bullía en su interior, quizá el cristianismo era solo una etapa de su vida. Se esforzó por ponerse pruebas y ahondar en su experiencia. Su vida, al cabo de un tiempo, empezó a ir bien: su biografía del escritor Philip K. Dick lo tenía ensimismado, todo relucía un poco más. Era feliz. Al mismo tiempo, las frases de la Biblia iban perdiendo fuerza, la palabra Dios iba vaciándose de sentido. Y Carrère dejó de creer.

Se convirtió en —¡ay, su mayor temor!— un tibio agnóstico. No tenía la fuerza de un san Pablo ni la fuerza de un Nietzsche. No era creyente ni ateo, no podía agarrar con todas sus fuerzas ni a Dios ni a la vida. Aun así, tuvo que tomar una decisión.

En uno de los capítulos más bonitos de El Reino, Carrère habla de la Odisea, de la historia de Ulises en la isla de Ogigia. Allí, el rey de Ítaca pasó siete años agasajado y amado por la ninfa Calipso. Un día, la nostalgia lo abraza y echa de menos a su mujer, Penélope, que lleva muchos años esperándolo en su patria. Ulises llora y los dioses le escuchan. Le piden a Calipso que lo deje marchar. Ulises debe escoger entre Calipso, joven, sexy, tentadora, divina, una ilusión de inmortalidad, o Penélope, casi vieja, cansada, lejana, efímera, tan real y tan humana. Una balsa se aleja de Ogigia; Ulises llegará a Ítaca. Carrère también escogió a Penélope.

Solo tenemos Penélopes, sabe Houellebecq. Desde que Dios desapareció, allá en la Ilustración, no somos mejores ni más felices. Dios está ausente en Europa, y no sabemos qué hacer con ello. Estamos solos. Se ha dicho que Sumisión es un libro sobre los peligros del islam. Pero yo lo veo, si trazamos una línea con el resto de sus libros, como la descripción de esta Europa vacía, progresista y laica, y —eso lo recuerda a menudo Houellebecq— no por eso mejor. Una Europa que en ausencia de Dios solo tiene el yo, y convive vacíamente con ello. En Sumisión, simplemente, hay algunos que se enfrentan a esta soledad —nunca estuvieron solos— y están completamente seguros de lo que quieren defender.

En Plataforma vemos un atisbo de alternativa a Dios: el amor. No es fácil de conseguir, y por eso las novelas de Houellebecq ahondan en las insatisfacciones sexuales y amatorias de la vida moderna, en la concupiscencia vacía. Pero una vez encontrado, vemos que es un amor diferente al de Dios, ya que no amamos al prójimo, sino a un particular. Amamos a él, o a ella. En ausencia de Dios, solo nos queda el amor efímero. Esa Penélope que nos aparta del abismo. Una Penélope que, al contrario que Dios, al contrario que Calipso, puede morir. Houellebecq añade una sombra: también la pueden matar.  

10 comentarios

  1. Quizá el problema de Carrère, y de muchos otros, está en no haberse planteado la cuestión con la mayor claridad posible. Esto es un intento: https://antoniopriante.com/2014/02/05/crees-en-dios/

  2. Muy buen artículo, y excelente el libro de Carrère (también “Sumisión”, pero no tanto). Baste decir que tenía tantas ganas de leerlo que conseguí una versión pirata en italiano antes de que se publicase en español, y que, sin saber realmente italiano, me lo leí de un tirón. De hecho, salvo por alguna consulta al diccionario, el texto me atraía tanto que no me daba la impresión de estar leyendo en un idioma que no conocía. El puto amo, Carrère.
    Eso sí, discrepo con la conclusión del autor del artículo: quizá sea chunga la vida tras la muerte de dios, pero cuando estaba vivito y coleando (y allá donde sigue estándolo), la vida era igual una puta mierda, o más.

  3. En desacuerdo. La religión es un constructo perverso y artificioso que a base de monopolizar el espacio público durante siglos e injerir en la vida privada de las personas, ha creado un sustrato del que hasta los más racionales a veces son incapaces de renegar. Para quienes somos ateos o agnósticos en el mejor de los casos, existe la moral, que es una cualidad consustancial al ser humano y que ha ido arraigando conforme a la selección natural. No se trata de renegar de la religión per se, soy el primero que es capaz de admirar un Caravaggio o los relatos bíblicos como literatura de ficción así como el arte que de toda ella se deriva. Houellebecq (que me encanta) es demasiado pesimista respecto al relativismo de Occidente. Los islamistas que matan en nombre de un Dios o la Inquisición antaño lo utilizan como coartada expansionista, la tan humana propensión que compartimos con los animales de marcar territorio. Cuando viven en Occidente son los primeros que se saltan los preceptos de su religión, empezando por lo que a gastronomía se refiere, al igual que el católico que se comporta como un hijo de puta durante la semana pero el domingo comulga y resetea el contador. Es hipocresía pura y dura. La Europa progresista, vacía y laica es la que ha permitido que en 70 años no haya habido ninguna guerra en un continente masacrado y descosido tras las dos mayores matanzas del siglo XX. La religión ha de tener su espacio en cualquier sociedad, pero a nivel privado. No se trata de prohibir las procesiones o etiquetar de vacaciones de invierno a la Navidad como muchos descerebrados en su afán extremista pretenden sin reparar en la tradición cultural cristiana de la que procedemos, pero sí desterrar la religión de la educación entendida como adoctrinamiento, para lo que bastaría con implantar una asignatura del tipo “Historia de las Religiones” que complementara los contenidos transversales que se imparten en Historia.

  4. La Biblia dice: “(Algunos de) los últimos serán los primeros”

  5. Quizás en este tema haya que seguir a Epicuro: relegar a los dioses al lugar más recóndito del universo, en donde la posibilidad de interferir en nuestras vidas sea nula y luego, tratar de disfrutar al menos de una alegría.

  6. Carriere no habla de religión, habla de Fe: eso es el cristianismo y de eso habla “El reino Houellebecq habla de lo que supone la religión como estructura dentro de un estado ¿moderno? Son dos reflexiones distintas y necesarias. Pero, chicos, son cosas distintas….

  7. Si Dios no se hubiera revelado al hombre, ahora no estaríamos, todavía, dudando y polemizando, lo ignoraríamos. Esta reflexión ya la hizo, hace siglos, Anselm Turmeda y seguimos sin enterarnos.

  8. Pingback: Carrère, Dios, Houellebecq | Barcelona era una fiesta

  9. Leí ambos libros juntos (Sumisión y El Reyno) sugiero humildemente completar con Herejes de Leonardo Padura.

  10. La fe pura del individuo es el arma contra nuestros propios temores e inseguridades. Al pobre le da esperanza y al rico lo inmortaliza, prolongando su reino más alla de estas mundanas tierras.

    La fe institucionalizada y dentro de una sociedad, se puede transformar en un arma de manipulación, prostituyendo la fe pura del individuo.

    (reflexión personal)

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