Jot Down Cultural Magazine – Nuevos viejos miedos en viñetas

Nuevos viejos miedos en viñetas

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¿Quién es capaz de recordar el primer tebeo que se leyó? Depende de la generación uno puede mencionar los Mortadelos, los Tintines, los Astérix, los Spiderman, los Dragon Ball o las W.i.t.c.h. Pero ¿recordamos con qué tebeo exactamente iniciamos la lectura en el medio? No dudo que haya quien pueda, pero entre los que iniciamos al cómic desde la infancia lo habitual es apuntar a unas cuantas series o personajes, muy difícilmente el preciso tebeo con el que nos estrenamos. Ahora bien ¿y el primer tebeo de terror? Seguramente recordamos la historieta exacta… porque si no nos quitó el sueño la noche tras su lectura, entonces no era de terror.

Recuerdo exactamente cuál fue el mío. Ojeando un 1984 (No. 14, Toutain Editor, 1979, 75 ptas.) del típico alijo de tebeos para adultos de algún familiar, a la búsqueda de historias de naves espaciales, aventuras galácticas y seguramente algún desnudo furtivo fui a dar con una historieta de Richard Corben titulada Cuidado con el mundo real, Howie, que abría dicha revista. Allí, Corben resolvía el núcleo del argumento de The Matrix en apenas ocho páginas centrándolo en lo que importa, el mensaje ecologista. La revelación final de la horrible verdad que ocultaba la falsa sociedad utópica en la que se desarrollaba el tebeo me dejó helado. Por si fuera poco, la historia hablaba del futuro, ¿hacia aquello íbamos? ¿Y si aquello ya había sucedido, ya estaba sucediendo? La revista volvió al montón del que salió y no fui capaz de leer nada más aquel día. Por supuesto volví a él más adelante, cuando la curiosidad venció al miedo. La sensación que había dejado ese tebeo era genuina. Es a lo que debería aspirar un buen cómic de terror: golpear al lector con una verdad dramática oculta, sembrar la duda sobre la certeza de todo lo que conocemos y nos hace sentir seguros, hacernos sentir pequeños frente a fuerzas o fenómenos que podrían estar ahí o simplemente arrebatarle la esperanza de sentido a nuestra existencia. Y que cerremos sus páginas agarrándonos al relativo consuelo de lo que hemos leído solo es una ficción… ¿o no?

Tres grandes escuelas o momentos destacan en la historia del cómic occidental de terror: los tebeos de la editorial EC —en los cuarenta y cincuenta— cuyo formato, estilo visual y narrativa sentó las bases de la literatura gráfica clásica de terror; las revistas americanas de la Warren Publishing (Eerie, Creepy) —heredera de la EC— y las revistas europeas para adultos como Metal Hurlant (Francia), 2000 A.D. (Reino Unido) o 1984 y CIMOC (España) que en los setenta y ochenta, bajo un contexto de ciencia ficción o fantasía, amagaban también relatos de misterio y horror; y los cómics del sello Vértigo, que en los noventa daban una vuelta de tuerca a lo clásico para hacer que los que hubieran sido antagonistas —monstruos, hechiceros, dioses extraños— se convirtieran en protagonistas, relatando dramas y horrores personales a otro nivel.

Al margen de esas balizas históricas —con sus líneas editoriales y estilos diferenciados— y entrados en el nuevo siglo, no es extraño que el público aficionado al género ande perdido en cuanto a referencias actuales. Sin embargo, se han continuado publicando buenos relatos de terror ya sea en editoriales mainstream o independientes, en series o en formato de novela gráfica, o provenientes de otros países y tradiciones gráficas como es el caso de Japón. Este artículo es un intento de recoger un puñado amplio de títulos modernos —y algunas referencias precedentes, que nos servirán para hablar de lo actual— con el objetivo de orientar al lector explorador de los nuevos viejos miedos.

¡SERES ANTEDILUVIANOS MÁS ALLÁ DEL ESPACIO Y EL TIEMPO!

Muchos cómics de terror contemporáneo han bebido de la inagotable fuente que parece ser la obra de H. P Lovecraft. De las adaptaciones de la misma a otros medios se ha dicho mucho que es mejor cuando no se le adapta. Y por norma general podemos considerar que esto es cierto, si hacemos dos honrosas excepciones. Una de ellas —si me permiten que vuelva a barrer para casa— son los trabajos de Richard Corben, capaz de captar los temas y los tonos del escritor de Nueva Inglaterra y trasladarlos al papel con su tensión característica. Esto lo logra tanto en adaptaciones explícitas de obras concretas (La guarida del horror), como en adaptaciones de otros autores (La casa en el confín de la tierra, de William Hope Hodgson) o incluso en trabajos propios como en El dios rata. La segunda excepción, por otra parte, debería quedar en la cumbre del arte de la adaptación. Alberto Breccia consiguió con Los mitos de Cthulhu ilustrar lo imposible de ilustrar. Si Corben dominó los temas y los tonos, Breccia destiló la esencia visual. El argentino recurrió a toda una variedad de técnicas gráficas poco frecuentes que en el medio del cómic prácticamente se podrían considerar experimentales. Tiró de borrones, manchas, collages de fotografías y otros recursos que le permitieron dibujar lo inimaginable, lo extraño, aquello que proviene de otros mundos y que nadie ha observado jamás. También su adaptación del Informe sobre ciegos de Ernesto Sabato recurrió a este grafismo de pesadilla y funcionó maravillosamente bien. A los puristas que creen que esta literatura está hecha solo para el texto y dibujarlas les hace perder magia, el expresionismo en viñetas del maestro les hará perder la razón… en los dos sentidos.

Más allá de Corben y de Breccia, otros autores se han acercado a Lovecraft en sus propios términos. Alan Moore, que ya había desarrollado relatos modernos a partir de estas mitologías en The Courtyard y el Neonomicón, ideó una vuelta de tuerca interesante en Providence. Ambientada a principios de siglo pasado, un joven periodista llamado Robert Black se embarca en una investigación para descubrir a la sociedad americana más hermética, viajando a diversas localizaciones de Nueva Inglaterra. Con este planteamiento, Moore reinterpretaba los relatos más conocidos de Lovecraft llevando al protagonista a los escenarios de los mismos y entrevistándose con personajes que, si no son literales de esos relatos, por lo menos eran referenciales. Moore nos salpica infinidad de información y detalles mezclando realidad histórica y la ficción del autor; el lector experto disfrutará al reconocer todo aquello con lo que se va topando el protagonista. La experiencia pavorosa será muy sutil la mayor parte del tiempo; Black roza el peligro en cada historia casi sin advertirlo, para mayor tensión del lector. Y el tándem con Jacen Burrows es ideal: el dibujante controla perfectamente las atmósferas de cada fase del relato a lo Lovecraft: el tiempo del diálogo y de la puesta en contexto, el tiempo del misterio y de la intuición de algo invisible, y el tiempo del terror y la revelación de la verdad enloquecedora. Todas estas fases las apoya con perspectivas visuales que nos meten en el relato y a través de secuencias narrativas realmente inquietantes.

Si Moore en Providence iba a la obra concreta y casi explícita, Grant Morrison usa algunos elementos para el arranque de Nameless, como la existencia de cultos que esperaban la llegada de seres ignotos del espacio exterior y la aparición de criaturas muy parecidas a los profundos. Sin embargo, a lo largo de la obra aglutinaba todos los subgéneros posibles del terror. Un extraño meteorito se acerca a la Tierra y un grupo de expertos, incluido un especialista en lo sobrenatural en horas bajas, se embarcaban en un viaje a lo Armageddon para tratar de detener al misterioso y colosal objeto. Más allá de una introducción de inspiración lovecraftiana, en Nameless Morrison lo abarcaba todo: suspense, gore, slasher, posapocalíptico, terror psicológico, horrores cósmicos… Todo perfectamente tejido en un patchwork delirante que deja al lector angustiado y desconcertado a partes iguales. Y Chris Burnham a los lápices le sirve como una navaja suiza para la representación de esto. No solo entiende todos esos subgéneros, sino que además se conchaba con Morrison para elaborar esotéricas composiciones de página que permiten sostener la idea de fondo de que la única forma de comprender lo incomprensible es abrazar la locura.

Por su parte, Ed Brubaker, en Fatale, decidió jugar a su juego favorito: el cruce con el noir. Ya nos había demostrado que dominaba la fusión de géneros cuando cruzó el noir con superhéroes en Point Blank, Sleepless e Incógnito. Y resultó que lo lovecraftiano maridaba especialmente bien con el género de las historias de perdedores, con sus grandes planes frustrados, los peligrosos mafiosos que les iban detrás y las femme fatale que les hacían perder la cabeza. Fatale cuenta la historia de una mujer cuya sobrenatural belleza vuelve locos a los hombres —entre ellos al protagonista— y de las siniestras organizaciones clandestinas que van detrás de ella. Si un culto puede comportarse como una mafia, si la mala suerte se pega como una maldición y si una belleza excepcional puede ser considerada como algo sobrenatural, entonces los engranajes temáticos y narrativos de uno y otro género pueden funcionar en sintonía. Y Brubaker acompañado de su inseparable Sean Phillips —que entiende tanto de elegancia como de oscuridad en lo gráfico— consiguen llevarlo ese objetivo a buen puerto.

¡ODISEAS ESPELUZNANTES QUE NO PODRÁS DEJAR DE LEER!

En opinión del que escribe estas palabras, el relato de terror —como dice el refrán— «si breve, dos veces bueno». Estirar la trama genera el riesgo de que se pierda la tensión construida y que es lo que busca el lector. No obstante, existen notorios casos de obra seriada que consiguen funcionar en el largo recorrido acudiendo al suspense como base de la obra e incluyendo «metas volantes» de terror. En estos casos se elaboran misterios más complejos, enganchando a la lectura por el camino.

Joe Hill y Gabriel Rodríguez supieron hacerlo muy bien en Locke and Key, serie de suspense y terror que narra la historia de una familia que tras sobrevivir a una tragedia se muda a una vieja casa propiedad del padre, donde los hijos empiezan a encontrar toda una suerte de extrañas llaves. El gancho de la historia reside en que las llaves, usadas en las cerraduras correctas, desatan poderes fantásticos y abren algunos lugares sombríos. Y ello lleva al lector a imaginar dónde y cómo funcionará cada hallazgo y a rebuscar entre las detallistas vistas de la casa dibujada por Rodríguez pistas de cómo funcionan las llaves y dónde se encuentran. Hill, además, incluye en el elenco de personajes a un intrigante enemigo cuyas acciones vemos ejecutar sin que los protagonistas lo adviertan. Durante treinta y seis episodios se lleva a cabo una tensa carrera por ver si los hijos de la familia Locke podrán advertir el Mal que se les viene encima. Mucho desarrollo de las relaciones entre los personajes, un precioso episodio de homenaje a Bill Waterson —por extraño que parezca en una serie de terror—, un misterio que se desvela como capas de una cebolla y un gran final, son algunas de las mejores bazas de este serie ya concluida.

El advenimiento del Mal y la ejecución de sus oscuros planes parece ser un tema recurrente en estos culebrones de terror. Terry Moore, después de Strangers in Paradise (slice of life seriado de relaciones personales) y Echo (ciencia ficción/superhéroes), decidió probar suerte por este género con Rachel Rising, la que parece ser la mejor obra del autor hasta la fecha. Un primer volumen impecable presenta el planteamiento inicial de la serie: personajes con cuentas pendientes que datan de muchos años atrás juegan con fuerzas que podrían traer el Mal a la Tierra. Por el camino, un grupo de chicas, amigas, se ven arrastradas inevitablemente por las fuerzas desencadenantes. Moore emplea bien el oficio desarrollado en Strangers in Paradise para dar profundidad a sus personajes, consiguiendo que el lector les coja cariño y sufra más con lo que va aconteciendo. Similar en concepto es la serie Harrow County, de Cullen Bunn y Tyler Crook, si bien más colorista —sin perder tenebrosidad— y emplazada en el ámbito rural de la América profunda, muy asociable a la imaginería del American Gothic. Herencias oscuras, bestiarios de pesadilla y más vendettas por resolver se despliegan por las páginas de esta serie en una historia sin excesivos giros, estructurada en arcos argumentales bien definidos y de desarrollo lento, pero de satisfactoria factura gráfica.

Finalmente —y saltando al viejo continente— vale la pena recomendar la serie Solos de Fabien Vehlmann y Bruno Gazzotti, que ya lleva cuatro volúmenes publicados en España. Seguramente por ser de procedencia europea a mucha gente se le esté pasando por alto lo precursor de esta serie respecto a una cierta vuelta al ochenterismo de aventuras y terror que vino luego con Stranger Things. De planteamiento inquietante desde la primera página, Solos cuenta las vivencias de un grupo de niños que un día cualquiera despiertan y descubren que la ciudad en la que viven está completamente desierta; su objetivo —tras reunirse— será el esclarecimiento del porqué y el cómo de este hecho. Si bien el público objetivo de la serie sea uno juvenil —a pesar de algunos momentos bastante dramáticos, por así decirlo —también hará las delicias de los nostálgicos de las pandillas de chavales enfrentadas a lo ignoto y de las historias de misterio que plantean más preguntas a cada respuesta que se ofrece.

¡BREVES RELATOS DE ANGUSTIA Y SOBRECOGIMIENTO!

Como decíamos, el relato de terror en corto parece tener mayor garantía de éxito. Puede ser porque emparenta con los cuentos tradicionales, que en su gran mayoría incorporan elementos de horror y se cuentan fácilmente de una sentada junto al fuego. O por el uso de unos protagonistas sin demasiados rasgos específicos, más arquetípicos, con los que resulta más fácil identificarnos. O porque van al grano: rápido contexto y situación, presentación del dilema, desarrollo, reacción del personaje, revelación de la verdad última, moraleja opcional para terminar. Con una buena e inquietante narración visual una historieta breve, incluso de una sola página, debería ser efectiva a la hora de poner la piel de gallina al lector.

Ana Galvañ, referencia indispensable de la vanguardia en cómic, hace tiempo que se confiesa como una autora «oscurilla». En Podría ser peor presentó un puñado de relatos inquietantes acompañados en ocasiones por un punto de humor negro. Su estilo de dibujo —un minimalismo cute que se ha ido haciendo popular en la hornada de autores más moderna— resultaba bastante novedoso en aquel momento y en aquel género. La variedad de los relatos de la recopilación hace que poco tengan que ver unos con otros: la intensidad del tono de terror varía notablemente de un cuento a otro, pudiendo ser anecdótico, nuclear o atmosférico, modulando detalles del estilo gráfico, la composición y el uso del color. Evaristo Hundlebert cuenta una masacre perpetrada a través de un servicio de repostería; Oniaeh narra el descubrimiento de una dimensión paralela; Mientras, en otro lugar son una serie de estampas de una «esquelética» familia y su devenir en el tiempo. En resumen, el conjunto de las historias del libro no están encorsetadas a un patrón visual, narrativo o temático único, lo que hace que esta antología sea muy espontanea y entretenida.

Más tradicional —pero no por ello menos pavoroso— en cuanto al gusto por el cuento de terror clásico es Cruzando el bosque, de Emily Carroll. El libro recoge cinco historias con el trasfondo común del bosque como paraje de fondo. Ambientadas en diversas épocas, estos cuentos son en apariencia simples. Su contexto es inmediatamente comprensible para el lector y la autora sube de forma ágil el tono de misterio y terror según avanzamos. Algunos de los temas favoritos de Carroll son el descubrimiento de lo conocido como desconocido y viceversa, el reconocimiento del «otro» y las identidades alternas. Con estos temas, la autora sabe colocar en sus cuentos uno o dos sobresaltos en las que lo sobrenatural se revela al protagonista (y al lector) antes de jugar su jaque mate. Varios rasgos hacen de la narrativa de Carroll algo especial y único: un dibujo sencillo y reducido a lo esencial, un juego con los textos cuya tipografía cambia según el tono del momento en la historia y cuyo emplazamiento en la página rompe todas las reglas del encorsetamiento de los mismos a cuadros o bocadillos, y una paleta de colores fija para todo el libro y cuyos colores predominantes varían según la historia que leamos.

Precisamente el color es también una de las virtudes de otra obra corta de terror, Luces nocturnas de Lorena Alvarez. La autora colombiana firmó un álbum en el que la prodigiosa y sobrenatural imaginación de una niña abre las puertas de algo desconocido. En esta fábula de terror contemporánea, como sucede con Solos, la historia funciona bien tanto para un público juvenil como para un público adulto, con un estilo de dibujo que el lector fácilmente asociará con series de animación que no tienen corte de edad por arriba (¿lo tiene alguna ya?).

Finalmente, para cerrar este apartado de relatos breves, no podríamos olvidarnos del Tengo hambre de Santiago García y Manel Fontdevila. Con un eco a los cómics de terror de la EC pero con la vuelta de tuerca de la crítica social que transmite, los autores cuentan una historia de supervivencia y apetito malsano.

¡POSMODERNISMO! ¡NIHILISMO! ¡SURREALISMO! ¡CUQUISMO!

Si algo interesante han traído estos últimos años a las historias del género que nos ocupa ha sido la experimentación, la vuelta de tuerca y la ruptura con los cánones visuales clásicos. Ojo, existe también un estilo de tebeo de terror con los temas al uso, el «blockbuster en viñetas», que sigue siendo atrayendo a un grueso de lectores. Lejos de jugar a las capillitas entre el tebeo mainstream o el vanguardista —¿por qué no quedarse con los dos?— no queremos olvidarnos en este artículo de autores como El Torres. El malagueño, considerado un guionista de cómic especializado en terror, ha tocado casi todos los palos conocidos de este, trabajando con algún dibujante recientemente galardonado con un Eisner como Gabriel Hernández Walta. Torres ha tratado posesiones satánicas en el clero, intrigas sobrenaturales en psiquiátricos, invasiones de criaturas de otras dimensiones advertidas por médiums, slashers infernales y, por supuesto, zombis. Hecha la noble excepción de autores con notable experiencia como él, hay que señalar que probablemente los temas populares son un arma de doble filo. Pobremente ejecutados o insistenses en los lugares comunes pueden provocar el peor de los males: el aburrimiento. Por eso, la ruptura con ciertas tradiciones y la incorporación de estilos gráficos inéditos ha generado un puñado de obras muy interesantes, algunas de las cuales ponen en duda su inclusión en el género. No son obras estrictamente de terror, son algo más.

Soufflé de Cristian Robles es sin duda una de esas obras atípicas. Es como si alguien hubiera cogido la premisa de The Stuff, horrible engendro de serie B pergeñado a mediados de los ochenta, y se lo hubiera dado a David Cronenberg y a David Lynch para que la rehicieran a pachas. A Robles le salió un tebeo tan colorista como sombrío, deliciosamente extraño, capaz de subir al viaje psicodélico y bajar al gore sin problemas en su transcurso. Otro notable caso es el de Isa Ibaibarriaga, que también se aventuraba en la reformulación de la serie B de terror con Gummy Girl. Defendido desde el rosa y el gris y con unos pasajes oníricos de angustia, contaba la historia de una adolescente cuyo cuerpo transmutaba adquiriendo el color y las propiedades de una sustancia chiclosa. Ibaibarriaga, así, entre un estilo de dibujo a lo cartoon y una trama de fondo que se apuntaba, pero no se explicaba del todo, proponía una variante en cómic de la típica high school horror movie pero en sus propios términos.

Por otra parte, ciertas obras de tono posapocalíptico más fuera de lo común han tirado por la ruptura con la temática zombi, la más habitual en ese subgénero. Hilando muy fino algunos autores nos han traído mundos grises y devastados cuyos habitantes —pudiéramos ser nosotros— no advierten que «el fin», un apocalipisis silencioso, ya sucedió. En Febrero para galgos, Peter Jojaio dibujaba un slice of life tenebroso, la vida cotidiana de un joven en un mundo donde las relaciones personales están estancadas en un ciclo continuo de uso, abuso y deshecho. Formalmente ingeniosa, Jojaio juega al contraste entre la cotidianeidad más aborrecedora y al surrealismo sobrecargante, que deja al lector patidifuso, preguntándose qué es lo que ha visto. Otra obra de profundo calado, Necrópolis, de Marcos Prior, desarrollaba un vistazo a una ciudad de ficción, New Poole, que bien podría ser el reflejo de cualquier ciudad occidental del primer mundo. En ella se elabora un retrato colectivo en el que todo el mundo, desde el más poderoso al más pobre, ignora atascado en mentiras, fantasías de poder, ilusiones vanas o entretenimientos pasajeros, que todo acabó ya hace tiempo. Necrópolis, una de las mejores obras de Prior, debería ser leída por todos aquellos que tengan un cierto interés en el análisis de las sociedades modernas a través de una metáfora poderosa —quizás no tan metafórica en el fondo—, la de la sociedad que acaba siendo un fantasma de sí misma.

¡BIZARROS HORRORES VENIDOS DEL LEJANO ORIENTE!

Mientras que en Occidente quedan pocos dibujantes especializados en terror, en Japón un buen número de mangaka son considerados como maestros de este género. No es extraño que los horror junkies hayan acudido a la producción nipona para aprovisionarse con más literatura al respecto. Siendo una cultura diferente a la nuestra también encontraremos en su producción otra aproximación al relato de miedo, otras formas de expresividad gráfica y otras mitologías y bestiarios de ficción que nos pueden sorprender con mayor facilidad. De esta forma, el manga de terror se ha convertido en algo tan popular en los lectores de tebeos como lo fue el cine de terror asiático hace unas décadas. Y por eso seguramente a muchos lectores de este artículo no les serán raros nombres como Junji Ito, Suehiro Maruo o Shintaro Kago.

Junji Ito se ha sabido mover muy bien entre el terror clásico y el bizarro más moderno. Ito, que sirve de eslabón entre obras más clásicas como las del fundador del género en Japón, Kazuo Umezu y la generación de autores más actuales, se ha convertido en el gran maestro del manga de historia corta. En el relato breve, a veces procedimental pero efectivo, es capaz de presentar una idea, desarrollarla y desplegar su impacto sin prolongaciones innecesarias. La colección de Relatos terroríficos es una buena galería de sus mejores piezas. Y aunque en obras más extensas a veces se le detecta el recurso a la prolongación innecesaria, no debe descartarse la lectura de mangas como Gyo, en el que la fauna marina invade la superficie terrestre dándole un punto de partida y una fauna antagonista diferente a lo habitual en el subgénero zombi. Otra obra más reciente, Hellstar Remina, cuenta la llegada de un fatídico cometa que acabará con el planeta, que Ito enlaza con una crítica contra la adoración irracional hacia las celebridades. Y no hay que olvidar la retorcida Uzumaki, que recoge las historias de un pueblo en el que aparecen espirales por todas partes: estructuras, cuerpos humanos… Ninguna posibilidad de contorsionar algo en forma de espiral es descartada e Ito aplica una macabra lógica a todo.

Quien también sabe de lógica y terror es Shintaro Kago. Si algunos relatos abruman por ser puertas al caos, a lo desconocido, en Kago, sucede todo lo contrario. Kago aplica lógicas in extremis, reglas imperturbables y procesos imparables en casi todas sus historietas. Lo puede aplicar a la relación de dos personajes, a una sociedad, a un cuerpo humano, a una narrativa y lo hace sin que ninguna directiva moral frene lo que se cuenta en la historia. ¿Experimentación? ¿Capricho? ¿Obsesión? Es difícil decir. El caso es que sus tebeos resultan en crónicas de sucesos inesperados… a pesar de que el lector conoce desde el principio cuál es la regla del proceso a seguir. Porque lo que no puede aventurar el lector es hasta donde llegará Kago en las consecuencias últimas de sus cuentos. Y así leemos página tras página con curiosidad morbosa para ver cuál es el límite, si lo hay. De todos sus trabajos, el más reciente publicado en España, Fetus Collection, creo que es el que mejor ilustra estos dos rasgos del autor: el establecimiento de patrones y su aplicación obsesiva sin límites éticos.

Cierra esta trinidad tenebrosa japonesa Suehiro Maruo, autor underground que tempranamente fue perfilando un estilo muy personal y que hizo las delicias de los amantes del maridaje entre lo erótico y lo macabro. Apasionado de la estética y los relatos del Grand Gignol —el teatro francés del horror amoral que representó obras durante la primera mitad del siglo XX— y asociado, como Shintaro Kago, con el género ero-guro, en sus mangas abundan las vidas sobrellevadas como calvarios, las penitencias por los pecados cometidos, la exhibición de lo bizarro y un cierto «sentido de la maravilla» pero reemplazando «lo maravilloso» por «lo extraño» o «lo anormal». Su obra más conocida es La sonrisa del vampiro, un sórdido relato de adolescentes convertidos en vampiros en un desolado Japón de posguerra y que acabarán enfrentados a seres más oscuros todavía. Actualmente publicándose en España también tenemos El infierno de Tomino, la vida de dos gemelos con un vínculo sobrenatural que acaban siendo explotados en un freak circus. Pero Maruo también se ha lucido enormemente con la adaptación de obra ajena. El extraño caso de la isla Panorama es una adaptación de la novela de misterio del autor Edogawa Rampo en la que se reúnen asesinatos, planes obsesivos y la construcción secreta de una imposible isla utópica. Maruo totalmente en su salsa.

¡MEARSE DE RISA O CAGARSE DE MIEDO!

Pudiera pensarse imposible el cruce del género de terror con el humorístico. Que el pavor y la risa son antagonistas naturales. Pero por un motivo o por otro el humor y el terror se han dado de la mano en algunas ocasiones muy especiales. El precursor más importante lo tuvimos en André Franquin, baluarte de la corriente de cómic belga conocida como la Escuela de Marcinelle, que consolidó el éxito de un gran clásico franco-belga como es Spirou y que creó otro como Gaston Lagaffe. Pese a ser conocido por sus cómics de aventuras y humor, Franquin padecía profundos momentos de depresión, que le llegaban a hacer odiar su trabajo cotidiano y rutinario. Un buen amigo suyo, el autor Yvan Delporte, le propuso un experimento: dibujar para un suplemento de la revista Spirou, Le Trombone Illustré, dirigido a un público algo más adulto en la que tendría total libertad para contar lo que quisiera contar. Y ahí nacieron las Ideas Negras: «chistes» de una página al estilo de los que hacía con sus personajes más célebres pero con un giro macabro en el desenlace y siempre con un importante mensaje de fondo. Un vecino malencarado que grita improperios contra una manifestación pacifista, en su ira defensora de la pena de muerte pidiendo la vuelta de la misma ve como la ventana por la que asoma la cabeza se desliza violentamente hacia abajo y lo decapita. En una carrera de caballos, en una caída, un caballo sufre heridas graves y  es sacrificado de un balazo en el acto; pero en otro accidente, un jinete caído también herido de gravedad es liquidado de un balazo por un caballo. El belga accedía al humor negro más hiriente con la habilidad de quien se había dedicado años y años a crear historietas de humor juvenil pero con muchas cosas guardadas dentro de sí. El resultado era escalofriante, más aún cuando Franquin decidió que todas estas páginas carecerían de color; si bien su estilo, su trazo era inconfundible, sus plásticos personajes ahora parecían formar parte de un siniestro teatro de sombras.

Situándonos en el presente, con una técnica muy similar en cuanto a defender sus gags desde la página autoconclusiva referencial del género humorístico en cómic y con el giro al humor negro, han surgido toda una serie de autores en nuestro país que bailan en esa fina línea entre desatar la carcajada o provocar un nudo en la garganta. Joaquín Guirao en No tiene gracia lo demuestra constantemente: si tomara una moneda y en una cara pusiera el terror y en otra el humor, Joaquín sería capaz de arrojarla y hacer que cayera de canto. El autor murciano desarrolla un terror de tipo psicológico con ocasionales giros al absurdo y rupturas constantes del sentido. Michael Perrinow, en su Perrinowmicon, asombra con su ingenio a la hora de desatar el gore y la escatología en circunstancias siempre imprevisibles… hasta para los conocedores del subgénero. Finalmente, no podríamos dejar de mencionar a Joan Cornellá, que con obras como Mox Nox y más recientemente Zonzo ha triunfado allende los mares con sus ya conocidísimas páginas de seis viñetas en la que nada es lo que parece y en las que sus sonrientes personajes de anuncio de dentífrico lucen una brújula moral muy loca a la hora de resolver los dilemas planteados en sus historias.

3 comentarios

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  2. Hace rato que dejé de leer historietas, pero recuerdo que las de Breccia me hacían parar los pelos. Una obra de arte de la ciencia ficción para mi fue El Eternauta, de Oesterheld, desaparecido durante la dictadura argentina, y Solano López. La primera que leí, sentando en el umbral de mi casa fue aquella en donde Superman levantaba un auto con sus brazos para salvar un herido debajo. Creo que fue el primer número de esa saga… Ah, y el Corto Maltés. Muy buen artículo. Gracias.

  3. Si tuviera que escoger un único cómic de terror, mi elección sería “Bienvenidos a Hoxford”; no hay nada complaciente en esa locura sangrienta y expresionista. Una colección atroz de monstruos atroces encerrados los unos con los otros, nadando en un estilo gráfico sucio, deformante, desatado. Ben Templesmith logró aquí, por fin, aquella perfección de la que tan cerca se quedó con el memorable “30 días de oscuridad”.

    Mi siguiente elección, ni mucho menos tan terrorífica, es el maravilloso “Locke & Key”, que sólo puedo recomendar encarecidamente.

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