Museo Inacabado de Arte Urbano

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Fotografía: Jorge Quiñoa

Jot Down para Instax

La idea de un museo inacabado suena poco atractiva y probablemente invoca la presuposición de una sala con los cuadros a medio pintar, una tropa de guías que divagan y tartamudean, salas sin el techo en su sitio y un montón de elegantes cordones de soga roja engarzados en soportes dorados que prohíben el paso a la mayoría de las exposiciones. Una apreciación que cambia por completo al descubrir que esa colección inconclusa de piezas de arte en realidad pretende evocar todo lo contrario: un museo en crecimiento constante que ha descubierto la importancia de reinventarse y renovarse a sí mismo para volver a emocionar. Un concepto hermanado con la idea romántica que ofrecía el título del libro La historia interminable, aquella fantasía para un lector hambriento donde se prometían historias que no se acababan nunca, un imposible convertido aquí en una galería de arte cuyo pasillo no tiene fin. Un lugar que, en este caso concreto, tampoco tiene techo.

Reinventar tu mundo

En la provincia de Castellón, en el interior de un valle a los pies del río Mijares, a noventa kilómetros de Valencia y embalado entre bosques, se encuentra Fanzara, un pequeño municipio habitado por trescientas veintitrés personas, con una media de edad envejecida y un núcleo urbano que solo dispone de cuatro locales comerciales. El pueblo, al igual que otros tantos a lo largo de los montes del país, encaraba hasta hace poco un destino incierto, la posibilidad de acabar relegado al olvido al existir en una época en la que la gente tiene puestos los ojos y los pies sobre las urbes de mayor tamaño, aquellas de vidas más artificiales y supuestamente más importantes. Hasta que un par seres muy inquietos llamados Javier López y Rafa Gascó decidieron propulsar una ocurrencia maravillosa que en principio parecía una locura: reinventar el pueblo como un museo al aire libre. Un emplazamiento que recibiría a cualquier artista que quisiera exponer su obra, siempre y cuando llegase a la localidad cargando ganas e ideas además de brochas, espráis, rodillos y pinturas.

Se decidió que marco de cada obra expuesta en Fanzara fuese el propio paisaje, la población y su entorno. Y que los lienzos sobre los que trabajarían los artistas serían las paredes de las casas que formaban la villa. Fanzara es un pueblo que se ha reinventado a sí mismo en forma de museo, una galería de arte, de grafitis, de pinturas que embellecen unas paredes transformadas en escaparates. El lugar donde se empezaron a colocar los cimientos de un proyecto con nombre de ronroneo felino: el M.I.A.U. un Museo Inacabado de Arte Urbano.

Lopéz y Gascó plantearon la idea de decorar los muros a los vecinos del lugar, una población que rondaba edades entre los setenta y ochenta años. Y obtuvieron el beneplácito del vecindario, pese a las dificultades que supone el convencer de las bondades del arte urbano a gente totalmente ajena al mismo, personas que se rascaban muy fuerte la cabeza ante la palabra «grafiti» y bizqueaban al escuchar las proezas de Banksy.

Sin estar seguros de cómo podría acabar todo aquello, y con el apoyo económico del ayuntamiento, los responsables del M.I.A.U. se arrimaron al colectivo Mur-Murs para convocar y alojar en el pueblo a diversos artistas patrios del street art durante cuatro días del septiembre del 2014. El evento abrazó la austeridad en su vertiente más familiar: los invitados durmieron, cocinaron y convivieron en la casa de los organizadores, y a cambio asaltaron las paredes estampando en ellas sus ideas. La temática de cada pieza dependía exclusivamente del criterio de unos autores que gozaban de libertad total para componerlas. La única norma era implicar al pueblo de algún modo durante la creación de cada obra, discutiendo con los residentes las futuras propuestas o creando talleres de trabajo para llevarlas a cabo. Y la sugerencia era tener en cuenta que el público principal de aquellas creaciones, y quienes convivirían con ellas diariamente, serían los habitantes del propio pueblo.

A medida que los artistas comenzaron a trabajar las paredes, el pueblo comenzó a volcarse más en la empresa y lo que empezó con dudas acabó floreciendo en nuevas fachadas que pintar, a petición de los habitantes de las casas, y desembocando en más de cuarenta trabajos expuestos a lo largo de las calles. Fanzara, en tan solo cuatro días, se había transformado por completo, convirtiendo un experimento artístico en una colección tan fantástica y única como para llamar la atención de decenas de artistas urbanos, de los habitantes de las localidades vecinas, de los curiosos turistas de paso, de los periodistas culturales y de los fotógrafos inquietos con hambre de pintura.

Bienvenidos al Museo Inacabado de Arte Urbano

Las fachadas de Fanzara se convirtieron en el hogar de las mentes inquietas con manos revoltosas y pintura entre los dedos. Xabier XTRM combinó cuerda, madera y pintura dibujando una pieza titulada Flor nocturna sobre los muros y repetiría la combinación de elementos en Piedra angular, una obra inspirada en la conversación con un residente sobre el origen de los materiales con los que se habían construido las viviendas de la villa. Pol Marban convirtió a los vecinos en el núcleo de un del cuadro que los retrataba posando frente a un puente, Sabek desenmascaró a un lobo feroz en una gigantesca pieza que cubrió la fachada de un edificio de tres plantas, Deih hizo aterrizar sobre la pared a un malabarista espacial llamado El visitante. Nemos sopesó en una balanza las cabezas de un minotauro y un humano. Susie Hammer envió a sus simpáticos acróbatas a lucirse por las calles. Julieta Xlf dibujó jinetes mochileros sobre gatos llameantes y ciervos arbóreos que se acurrucaban en forma de órganos vitales luciendo un trazo cercano a la Hora de aventuras televisiva, Hombrelopéz reinventó la red social al pintar sobre piedras retratos de los habitantes del pueblo para exponerlos sobre las paredes componiendo un inusual censo rocoso. Colectivo Fx y Romano perfilaron una gigantesca mano anciana. Tarrago estampó diseños psicodélicos. Lolo liberó figuras de tinta que derramaban lagartijas sobre cepillos de dientes y camuflaban gatos en el decorado. Chylo sacó a pasear sus extrañas criaturas de seis patas por las tapias del lugar. Algunos edificios convirtieron sus ventanas en palomares a base de brochazos, algunas puertas se transformaron en cuerpos de persona o en la cabeza de Mazinger Z, el mobiliario urbano se revistió de colores para regatear su presencia gris, algunas esculturas de ramas pintadas brotarían en ciertos techos y el reborde de cualquier muro se convirtió en un lugar perfecto para que unos pájaros de dibujos animados se posasen. El pequeño pueblo de escasos habitantes se había reimaginado a sí mismo para acabar convertido en el centro del mundo.

La iniciativa de M.I.A.U. demostró ser una ocurrencia fantástica, no solo por darle una visibilidad increíble a una localidad, sino también por todo el talento derrochado por los participantes invitados y por la facilidad con la que aquel proyecto se integró en la vida natural del lugar. Un tipo de arte que en los entornos urbanos se consideraba invasivo, menor o estaba directamente prohibido, se transformó en Fanzara en la estrella y el motor de la función. Gracias a su éxito, la propuesta inicial se convirtió en un proyecto continuo que se nutre de actividades paralelas, como conferencias o proyecciones de películas, y no deja de evolucionar con cada nueva  edición. Porque existe otra idea genial detrás del propio concepto de museo inacabado: la de que con el tiempo, y sobre todo cuando los vecinos consideren que ha llegado el momento, nuevas obras sean pintadas sobre las antiguas. La misión de transformarse y evolucionar constantemente, de reconstruirse para revalorarse por completo, enterrar para siempre el arte que ha tenido tiempo para contar lo que quería y dejar paso a algo nuevo. O la confirmación de que el museo inconcluso no tiene entre sus planes alcanzar el punto y final. El ideal romántico de una galería que se expande eternamente. Y sin techo alguno.

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4 comentarios

  1. Pablo Rojo

    Joder, qué maravilla.

  2. ¡Quiero una instax!

  3. Valentina Ordóñez

    No sabía que esas cámaras hacían fotos de calidad… qué pasada el museo y las fotos.

  4. Excelente, señores. Para darse una vuelta y ver, y sentir, y hablar.

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