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In memoriam: Miroslav Tichý

miroslav tichy

Miroslav Tichý murió el 12 de abril del pasado año (escribo esto en el 2011 d.C., por si alguna civilización futura decidiera leer este artículo tratando de desentrañar por qué todo salió tan mal) a los 84 años, justo tras disfrutar de una breve fama y un fugaz reconocimiento.

La vida anterior de Tichý fue, quizá más que su obra, la que marcó la ascensión del vagabundo demenciado que deambulaba por las calles de Kyjov, entre las risas y el desprecio de sus vecinos, hasta los altares de la adoración al genio. Miroslav Tichý nació en Netcice (República Checa) y estudiaba en la Escuela de Bellas Artes de Praga hasta que los comunistas llegaron al poder. Las autoridades acabaron con la carrera del por aquel entonces joven revolucionario. Y no tenía su revolución nada de política: el punto de inflexión en el enfrentamiento de Tichý contra el comunismo no tuvo que ver con planes quinquenales, cartillas de racionamiento o el deseo de especular en bolsa a la mayor gloria del Libre Mercado. Lo que rompió emocionalmente a nuestro artista fue la imposición del realismo social, el arte proletario instaurado por el régimen, traducido en este caso concreto en la imposición como modelos de pintura a recios obreros vestidos de faena, en lugar de las mujeres desnudas con las que solía trabajar. Miroslav no estaba dispuesto a transigir con aquello. Decidido a pintar lo que quisiera, y siempre con poca ropa, su concepción del arte chocó contra el Estado. Pero un solo hombre, aun cargado de tan poderosas razones, poco puede hacer contra el aparato comunista. Si la posterior caída del comunismo tuvo algo que ver con el gusto por el currante ataviado con su mono por encima del fino trazado al óleo de un trémulo seno femenino es algo que dejo para un posterior estudio que acometa una persona con más talento y más ganas.

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Que se dedicara a elaborar y pintar estos bonitos marcos indica que alguna intención artística tenía.

Pero eso queda para la historia y Tichý, a partir de ese momento, fue tachado de tronado crónico para pasar varias décadas entrando y saliendo de cárceles e instituciones mentales. Es posible que su repentino abandono de la higiene y adquirir el aspecto de ese tipo de ciudadanos que asoman la cabeza de entre los cartones amontonados en una esquina para gritar incoherencias a los viandantes influyera en el diagnóstico. Una vez que las autoridades quedaron convencidas de que ese hombre extraño, horrorizado por la sociedad que le tocó vivir y automarginado era absolutamente inofensivo y no un disidente peligroso capaz de liderar un movimiento contrarrevolucionario, quedó libre. Pero nunca le permitieron volver a pintar. Así que se instaló en un cuchitril de Kyjov, donde con el tiempo acumuló tal cantidad de basura que haría frotarse las manos a los productores de Callejeros o España Directo, y en esa misma basura encontró los medios para seguir expresándose. Utilizando trozos de cartón, latas de conservas, cuerdas, cristales, fabricaba cámaras fotográficas con las que se dedicaba a inmortalizar a escondidas a las mujeres de su pueblo. Como una especie de Diógenes moderno que en lugar de desplazar su  tonel por el mundo buscando a un hombre anduviera con una cámara buscando jamelgas de buen ver.  Y aquí llegamos al punto clave: ¿genio o zumbado?

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9 comentarios

  1. Pingback: La excéntrica vida y obra de Miroslav Tichý

  2. Olivia Zinc

    Ese señor se parece a mi padre. Me pregunto si andará por ahí fotografiando señoritas en culos. Probablemente sí. Exijo el tag «tetas y culos».

  3. ‘ te incluyo a ti, amable lector, que estás aquí atendiéndome indignado en pleno agosto en lugar de metiéndole fichas a una guiri en una discoteca ‘

    jojojojojojoooooo genial! y aun así os ganais al público.

  4. Querida amiga….

  5. Entonces en lugar de acabar vieja y abandonada alguien te fotografiará desde un arbusto. No sé si es mejor o peor, pero desde luego es más descansado.

  6. Conózcase al escritor chileno Claudio Bertoni…

  7. Cuando hace algún tiempo conocí la obra de Tichý quedé absolutamente fascinado y casi en estado de shock. Estoy convencido que la fotografía que no enamora no sirve (también porque lo digo yo ¡y punto!), y mi amor por las imágenes de Tichý no tiene límites.

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