
Star Trek. Recuerdo haber visto alguno de los episodios de la serie original en algún momento de mi niñez, pero lo cierto es que nunca llegaron a entusiasmarme aquellos señores en pijama armados con artilugios que recordaban una radio portátil y cuyas aventuras transcurrían, teleportación arriba, teleportación abajo, en un puente de mando en el que el cartón piedra se notaba en cada detalle. Yo sabía de puentes de mando y de barcos de guerra reales y de marinos de verdad que vestían a bordo sobrios uniformes, de faena, y no aquellos trajes psicodélicos de colegiales que lucían Kirk y su tripulación. Más tarde sí. Cuando llegaron a España las películas de Hollywood ya estaría en segundo o tercero de carrera, intoxicado hasta la médula con el veneno de la ciencia ficción. Había dejado atrás aquellas novelitas de la infancia, deslumbrado con los grandes escritores cuyas traducciones llegaban puntuales desde Estados Unidos. Asimov, Clarke, Heinlein, Niven, Farmer, Phol, Brown, entre otros muchos. El dinero no me alcanzaba para comprar todo lo que leía y mucho menos para pagarme además el vicio de los cómics. No me llegaba el dinero pero Elías Yanini, el librero de mi pueblo, me fiaba. Elías tenía una libreta finita, muy vieja, con renglones azules en los que apuntaba los títulos que me llevaba cada semana y los crecientes números rojos de mi cuenta.
Entre las novelas que le compré (es un decir) recuerdo Los propios Dioses, quizá la mejor obra de Asimov, a la que siguieron Yo robot, El fin de la eternidad y la saga de Fundación. De Clarke me llevé, por lo menos, Odisea espacial y El fin de la infancia, —muchos años más tarde, en Boston, leería The songs of distant Earth mientras las notas siderales de Mike Oldfield llenaban las tardes nevadas de aquellos febreros gélidos—. Aún no había pagado la mitad de esos títulos y Elías tenía que pasar página en su libretita de deudas nunca cobradas del todo para anotar La luna es una cruel amante, de Heinlein —quién no era un anarquista de la República de la Luna, por entonces—, la divertidísima Universo de locos, de Fredric Brown, Mundo anillo, de Niven, y aquella novela tan triste y extraña del más triste y extraño de los escritores de la época, Frederic Phol, El día que llegaron los marcianos.
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No entiendo lo de dudar de la autoría de Asimov en el pie de foto. ¿Dónde lo explicáis?
En e pie de una imagen pones «Observe que los neutrinos llegaron antes que la luz.» creo recordar que esto es falso, de todas formas de ser cierto el neutrino tiene masa así que es imposible que sea más rápido que la luz.