Ciencias Faster than light

Lo demás es magia

Una de las más celebradas frases de Arthur Clarke afirmaba que la tecnología de toda civilización lo bastante avanzada es indistinguible de la magia. Creo que lo contrario también es cierto hoy en día. La ciencia y la tecnología interesan a la sociedad, pero el ciudadano medio tiene un conocimiento muy superficial de una y otra. Y eso lleva a que demos por futuribles tecnologías que contradicen las leyes de la física o son ridículas desde el punto de vista de la energética. Harry Potter puede teletransportarse por arte de magia pero dudo mucho que ninguna civilización, por avanzada que sea, pueda hacer lo propio. “Beam me up, Scotty” es uno de los mayores timos de Star Trek.

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Beam me up, Scotty. Magia disfrazada de tecnología en Star Trek.

La velocidad de la luz es una de las grandes barreras del Dios bromista que creó el Universo. No es solo que las leyes de la naturaleza prohíban viajar a c a cualquiera que no esté hecho de fotones. Es que exigen que para viajar a velocidades cercanas a c invirtamos más y más energía, lo cual también introduce límites practicos a los viajes espaciales.

Veamos. LEP aceleraba electrones hasta energías de 45 GeV. La masa de un electrón en reposo es 511 keV. 1 GeV equivale a 1 millón de keV, así que LEP aceleraba a los electrones hasta que alcanzaban una energía casi 100 000 veces superior a su masa. A esas estupendas energías los electrones en LEP viajaban nada menos que a 0,99999999993 · c.

Entonces, si LEP conseguía acelerar electrones hasta casi la velocidad de la luz, ¿qué nos impide en algún momento de nuestro brillante futuro tecnológico acelerar una nave hasta esa misma velocidad?

La respuesta es bien sencilla. Por la misma razón que la masa efectiva (la energía) de un electrón en LEP es casi cien mil veces superior a su masa (en reposo), la masa de una nave que viaje a 0,99999999993 · c sería también cien mil veces superior a su masa en reposo.

La masa de la Enterprise la encontramos en la Web (todo está en la Web hoy en día)

La ficha nos da 397 805 toneladas, un número que podemos redondear a 400 000 toneladas (lo cual hace que la nave de Star Trek sea una diez veces más pesada que el Titanic)

¿Cómo aceleramos la Enterprise? En la serie usamos los famosos cristales de dilitio, esto es, recurrimos de nuevo a la magia. En la práctica, una civilización tecnológica primitiva (como la nuestra) usaría energía nuclear de fisión, o bien energía de fusión —aún no dominamos el reactor de fusión pero sería concebible construir una nave que se moviera a base de recular contra las explosiones de bombas de hidrógeno, una manera un poco ruda, pero bastante efectiva de manejar la fusión nuclear, propuesta desde hace décadas por el proyecto Orión—. Una civilización más avanzada usaría aspiradoras de hidrógeno, velas solares o quizá motores de antimateria. Volveré sobre todas estas posibilidades en breve.

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11 comentarios

  1. Pingback: Lo demás es magia

  2. Oh! La trilogía marciana de KSR es una obra maestra. Un must read en toda regla.

  3. Sí, entre otras cosas por el rigor y la calidad literaria. Pronto nos tocará hablar de Marte, por cierto.

  4. Una nave moviéndose a millones de kilómetros por hora que topa con una oscura piedrita, es como recibir un misil. ¿Como detectar por adelantado cualquiera de los billones de pedruscos probable allá afuera?

    Y ahora dicen que hay miles de millones de planetas errantes en nuestra galaxia, que no giran alrrededor de ningun sol.
    -Oscuros tramperos esperando alguna enterprise.

  5. Si, aunque el problema es resoluble, al menos a priori. En The Songs of Distant Earth, Clarke imagina un escudo frontal hecho… de hielo!

    En todo caso, no te olvides que las posibilidades de darse contra un pedrusco, incluso si hay billones de estos son bien bajas.

    Imagínate una esfera en la que la Tierra está en el centro y Marte en la superficie (toma la distancia como 60 millones de kilómetros, que es bastante cercana a la mínima entre los dos planeta). El volumen de esa esfera es de approx 1 billon de kilómetros cúbicos, así que si tienes un millón de pedruscos en ese volumen a un asteroide por millón de kilómetros cúbicos… la probabilidad de darse con uno de ellos es bajísima.

  6. Esta referencia a Clarke y velas solares no me deja irme de aquí sin hacer mención a uno de los cuentos más preciosos estéticamente de la ciencia ficción que conozco: El Viento del Sol, que trata justo de eso y es de Clarke.

    Tirando en esta ocasión más hacia la magia que hacia la ciencia, la magia siempre ha sido ciencia si no precioso engaño. Ya cuando empezó el boom de lo que sería la magia moderna (o ilusionismo) en el siglo XIX, muchísimo de lo que se veía eran aplicaciones imaginativas de experimentos y resultados científicos más o menos actuales (entonces). Hoy eso es un poco más difícil, pero así sigue siendo en las Grandes Ilusiones que tanto gustan en Las Vegas y más allá.

    Lo bonito sería que el hombre pudiera desarrollar de manera práctica la teletransportación startrekiana y entonces nos pusiéramos todos a discutir filosóficamente sobre el Dilema de la Sustancia como hacían ya los griegos hace más de dos mil años. Lo nuevo, lo viejo y lo eterno.

  7. Larga vida a Clarke! También yo recuerdo aquella maravillosa historia de Clarke, una de las que me metieron el gusano de la ciencia (y el vicio de la literatura) en el cuerpo.

  8. Genial. Hiperfan de la CF «dura».

  9. Pues eso, no olvidarse de Solaris…

  10. Vaya que sí. Entre las joyas de cualquier biblioteca que se precie de SF…

  11. Pingback: Tribulaciones de un autor incipiente

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