¿Existe Dios? (II) El argumento teleológico

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“Camino a través de un parque. Supongamos que, de repente, piso una piedra. Alguien me pregunta cómo llegó la piedra allí. Yo podría quizá responder: por lo que sé, la piedra ha estado ahí desde siempre. Y no resultaría demasiado fácil demostrar lo absurdo de esta respuesta. Pero supongamos que he encontrado un reloj sobre el suelo y se me pide que explique cómo el reloj ha llegado allí. Difícilmente diría que, por lo que sé, el reloj pudo haber estado ahí desde siempre. ¿Por qué esta misma respuesta no sirve para el reloj como sí servía para la piedra? ¿Por qué no es tan admisible en el segundo caso como en el primero? Pues porque cuando inspeccionamos el reloj percibimos (y no podíamos descubrirlo en la piedra) que sus diferentes partes tienen una determinada forma y han sido puestas juntas con un propósito. Al observar este mecanismo, la inferencia es inevitable: el reloj debió tener un hacedor. Debe haber existido, en algún momento y en algún lugar, uno o más relojeros, quienes conformaron el reloj con el propósito del que hablábamos en nuestra respuesta, quienes comprendieron su construcción y diseñaron su uso”

La metáfora del relojero de William Paley es una de las más utilizadas para ejemplificar en qué consiste, a grandes rasgos, el argumento teleológico para la demostración de la existencia de Dios. Cuando en la primera parte hablábamos del argumento cosmológico, podíamos definir ese argumento cosmológico como una fórmula lógica: 1) Todo lo que existe tiene una causa, 2) El universo existe, 3) Por lo tanto el universo tiene una causa. Una formulación que, con algunas pocas modificaciones, ha pervivido durante siglos.

El argumento teleológico, en cambio, no tiene el formato de una fórmula lógica. Es más un principio general que engloba muchísimas fórmulas y razonamientos diferentes. Pero, ¿cuál es ese principio general? Según el argumento teleológico se pueden observar en el universo características que demostrarían la existencia de una inteligencia creadora responsable de su diseño. ¿Qué características? Tradicionalmente se manejan dos: 1) que el universo parezca albergar un propósito [el griego τέλος, o “télos”, significa “finalidad”, de ahí procede el término “teleología”] y 2) que el universo resulte demasiado complejo y sus distintas partes estén demasiado bien acopladas entre sí como para haber surgido del puro azar [entendiendo “azar” como ausencia de un diseño consciente]. Así pues, la finalidad y la complejidad del universo, supuestamente inexplicables sin la existencia de una inteligencia diseñadora, son los dos principales conceptos manejados por el argumento teleológico. Volviendo al ejemplo del reloj: ¿podría un reloj haber surgido del azar? No. ¿Podemos afirmar que el reloj fue construido con un propósito por un diseñador? Sí. Pero ¿podemos trasladar los atributos del reloj al propio universo? Esta es la gran cuestión, discutible hoy en día, aunque durante muchos siglos se pensó que sí.

Cabe señalar que el significado de  “finalidad” o “complejidad” ha variado considerablemente a lo largo de la Historia. Podría parecer que la premisa “el universo es complejo” no necesita mayor explicación, basta con observarlo y comprobamos que efectivamente es complejo. Como un reloj. Sin embargo, lo que en otros tiempos se consideraba una complejidad misteriosa e inexplicable, hoy a menudo es un fenómeno natural de causas perfectamente descritas (por ejemplo, el movimiento de los astros). Del mismo modo, lo que hoy nos parece una complejidad inexplicable podría dejar de parecérnoslo en un futuro, cuando la ciencia avance todavía más y proporcione nuevas explicaciones naturales. Un reloj moderno podía parecer un artilugio mágico e inexplicable hace seis mil años, si un habitante del antiguo Egipto lo hubiese descubierto mientras paseaba por la ribera del Nilo. Pero hoy incluso un niño sabe que un reloj no es más que un artilugio fabricado por el hombre. Nuestros conocimientos sobre el mundo han ido incrementándose y la idea de «complejidad inexplicable” ha de ser modificada con cada nuevo gran descubrimiento científico. Ello convierte el argumento teleológico en un argumento “a la defensiva” que por lo general se limita a buscar posibles grietas en esos avances de la ciencia que van desentrañando complejidad tras complejidad. Tras el despegue de la ciencia occidental en los últimos trescientos años, especialmente, la inmensa mayoría de las argumentaciones teleológicas perdieron todo su sentido, aunque los defensores del argumento las fueron sustituyendo por otras argumentaciones más rebuscadas y sutiles.

“Las consideraciones teleológicas no pueden llevar más allá de la creencia y la esperanza. No proporcionan certeza” (Christian Lange)

Si hay un reloj, sabemos que hubo un relojero. Pero, ¿qué sucede con la maquinaria celeste?

En cuanto al segundo concepto, el de una posible finalidad del universo, no se puede intentar probar que el cosmos tiene un propósito sin primero teorizar cuál es ese propósito. Si decimos que un reloj tiene una finalidad pero no especificamos qué finalidad es esa, ¿cómo podemos demostrar entonces que efectivamente fue construido para cumplirla? Pero una vez decimos que el reloj sirve para señalar la hora, ya podemos ponernos a comprobar si sus distintas partes sirven o no a esa función que le hemos supuesto. Lo mismo ocurre en cuanto al universo. La mayoría de los apologistas suele afirmar —o al menos sugerir— que la finalidad del cosmos sería la de proporcionar un hábitat al ser humano. ¿Para qué? Desde una perspectiva cristiana, por ejemplo, ese hábitat serviría para que el ser humano pueda existir por sí mismo independientemente de Dios, y así poder relacionarse con Dios desde una posición de separación. Sin un hábitat externo a Dios en el que existir por sí mismo, el ser humano no gozaría de libre albedrío y sería una mera parte más de la divinidad, una parte indistinta sin voluntad propia. Así pues, el cosmos existe para que el hombre exista, esa sería su teleología. Esta es la finalidad más comúnmente manejada porque es la que mejor se ajusta a las respectivas teologías de muchas religiones (prácticamente todas ellas de orientación antropocéntrica), pero es solamente una de las posibles finalidades universales que se podrían manejar. Otra podría ser, por citar alguna alternativa, la de que Dios hubiese creado el universo para mitigar su propia soledad, o sencillamente para recrearse en su propia obra. En fin, los posibles propósitos de la creación pueden ser muchos y variados, el problema estaría en cómo ajustarlos a la evidencia observable, cosa que el argumento teleológico intenta hacer.

Decíamos que esta teleología de la Creación empezó a perder vigencia con la aparición de los nuevos paradigmas científicos. Al menos perdió vigencia en las corrientes filosóficas laicas, porque no la ha perdido en la filosofía religiosa (evidentemente, renunciar al concepto de una Creación producto de una voluntad significaría renunciar a la necesidad de la existencia de Dios… un lujo que la teología no puede permitirse sin autodestruirse como disciplina). El argumento teleológico sigue, pues, de actualidad. Ocupa incluso un cierto espacio en los medios de comunicación, sobre todo cuando es manejado desde las teologías mayoritarias, como por ejemplo las cristianas y las musulmanas. El argumento teleológico está incluso más vivo que el cosmológico, ya que ha adquirido considerable eco popular en algunas partes del mundo y de hecho ha suscitado polémicas mediáticas muy sonadas, como las ocurridas en los Estados Unidos de América en torno al “creacionismo” y el “diseño inteligente”. Pero eso no significa que el teleológico sea un argumento más simple que el cosmológico. No lo es. El argumento teleológico puede relacionarse con prácticamente cualquier rama del saber que sirva para describir la realidad natural. Su popularidad proviene precisamente de su (supuesto) ajuste a hechos científicos, mientras que el argumento cosmológico tiene mucho más de ejercicio lógico-metafísico.

Eso sí, dominar todas las ramificaciones del argumento teleológico implicaría un conocimiento de casi todas las disciplinas científicas que podamos imaginar, lo cual hace difícil —por no decir imposible— que un único individuo pueda abarcarlo por completo, ya sea para defenderlo o para atacarlo. Quizá por ello, sólo se suele abordar desde dos grandes disciplinas científicas: la física (en la antigüedad, la astronomía) y la biología. Históricamente, el argumento teleológico ha descansado prácticamente siempre en estos dos pilares. Pero lo mejor, como siempre, es comenzar desde el principio.

Del caos no podía surgir el orden

Cuando él, sea cual fuera de los dioses, hubo puesto orden en aquella masa caótica y la hubo reducido a partes cósmicas, empezó a moldear la Tierra como una gran esfera para que su forma fuera la misma por todos lados. Y para que ninguna región careciera de formas propias de vida, las estrellas y las formas divinas ocuparon el firmamento, el mar correspondió a los peces relucientes para que fuera su hogar, la tierra recibió a los animales y el aire recibió a los pájaros” (Ovidio, “Metamorfosis”)

”En el comienzo estuvo el gran huevo cósmico. Dentro del huevo había el caos, y flotando en el caos estaba Pan Gu, el embrión divino. Y Pan Gu rompió el huevo y salió, sosteniendo un martillo y un cincel con los cuales dio forma al mundo” (Mitología china)

“Al principio Dios creó el cielo y la tierra. La tierra estaba vacía y en desorden, las tinieblas cubrían el abismo y el espíritu de Dios volaba sobre las aguas. Y dijo Dios: hágase la luz, y la luz se hizo. Vio Dios que la luz era buena, y la separó de las tinieblas. Llamó a la luz día, y a las tinieblas, noche” (Génesis bíblico)

Como vemos, la mayor parte de las mitologías sobre la Creación han considerado que el acto de la Creación consistió en imponer orden en el caos, más que en hacer surgir “algo desde la nada”. Esas mitologías suelen ser, pues, mitologías teleológicas más que estrictamente cosmológicas. Son mitos que suponen la existencia de creadores porque observan que el universo está en orden, no porque creyeran que antes del universo presente estaba la nada, como sostiene el argumento cosmológico más propio de pensadores eruditos. El orden es la clave. Para cualquier civilización primitiva, una de las mayores fuentes de fascinación era la jerarquía sistemática que parece imperar en muchos ámbitos de la naturaleza. Llamaba la atención, por ejemplo, el curso regular que siguen casi todos los astros a través del firmamento. Por un lado el sol, que establece los ciclos del día y de la noche, así como las estaciones y en general la mayor parte de los ciclos de la vida. Por otro lado la luna, que condiciona muchos otros ciclos naturales bien conocidos desde tiempos remotos, como las mareas, y que se podía relacionar íntimamente con procesos biológicos humanos tan importantes como la fertilidad y la menstruación. También las estrellas y los planetas siguen un patrón de movimientos que, a primera vista, parece concienzudamente diseñado por un planificador inteligente. De hecho, lo raro era ver cuerpos celestes que no siguieran la norma (meteoritos, cometas) porque la práctica totalidad de la bóveda celeste se conduce según una cuidadísima coreografía. Hasta el siglo XVII no existía una explicación satisfactoria para justificar el fenómeno de estos ciclos celestes, al menos no una explicación que se ciñera exclusivamente a causas naturales. A muchos les resultaba imposible concebir que detrás de ese orden celestial no hubiese un poder sobrenatural, un ordenador o artífice de naturaleza divina. Incluso quienes se resistían a aceptar la idea de la existencia de un creador —ateos siempre los hubo, en todas las épocas, si bien no en abundancia— lo tenían bastante difícil para justificar por qué los astros siguen unos cursos tan regulares en el firmamento sin recurrir a una causa sobrenatural. Es más, cuanto más profundizaba un estudioso en el mundo de la astronomía, más intrincado y delicado le parecía el baile cósmico y más necesaria, por tanto, se le antojaba la necesidad de un Dios inteligente que lo hubiese programado todo. Esta fue probablemente la más temprana idea que podríamos englobar en el argumento teleológico: el orden de los cielos demuestra que una inteligencia ha establecido los patrones que rigen los movimientos de los astros. Posteriormente, se descubrieron otro tipo de patrones en la naturaleza —como el número áureo o “proporción divina”, una supuesta “firma” de Dios en la creación— pero fueron principalmente los cielos el «reloj» que indicaba la presencia de un relojero.

La extraña compenetración entre seres vivos tan distintos como una abeja y una flor es una muestra del orden natural que intrigó a la humanidad durante milenios.

Otro gran enigma sin explicación que asombraba a los seres humanos era el perfecto orden jerárquico que se da entre los seres vivos, así como entre las diferentes partes que conforman un único organismo. Para cualquier observador despierto parecía evidente que animales y plantas formaban parte de un conjunto tan armónicamente dispuesto (cadenas tróficas, simbiosis, parasitismos, colaboraciones, etc.), y que sus organismos estaban tan armónicamente construidos, que también resultaba prácticamente inevitable deducir que un creador había establecido un plan previo, que los seres vivos habían sido cuidadosamente diseñados para interactuar los unos con los otros, por muy diferentes que pudieran parecer. Además, esos seres vivos estaban perfectamente integrados con un entorno que parecía especialmente pensado para su comodidad, un escenario que facilitaba sus vidas proporcionando los recursos y el hábitat necesario en cada caso, para lo cual tampoco existía una explicación natural satisfactoria.

Así pues, desde tiempos muy remotos —probablemente desde los inicios de la humanidad— tenemos establecidas las dos principales áreas en que se desarrollará el argumento teleológico: el orden astronómico y el orden biológico. Ambos, además, íntimamente relacionados entre sí: el orden de los cielos es necesario para mantener el orden en el reino de la vida. Así pues, la deducción lógica de que el universo tenía el propósito de preservar un orden donde pudiese surgir y mantenerse la vida, resultaba difícilmente discutible. Considerando que el hombre parecía ser, además, la forma más elevada de vida natural, se podía considerar el centro de la Creación. Se podía afirmar que la finalidad última del universo era, efectivamente, que los hombres y mujeres lo habitasen.

Situándonos en la piel de un ciudadano medio de cualquiera de aquellas épocas anteriores a la revolución científica, no nos debe extrañar que considerasen este orden natural como una justificación más que suficiente para dar por probada la existencia de Dios. No disponían de más información, así que el sentido común dictaba esta conclusión y muchos de los individuos más inteligentes de diferentes épocas fueron religiosos, sin cuestionarse en lo más mínimo la validez de su creencia en lo sobrenatural. Lograron defender su respectiva fe con argumentos que, en su momento, resultaban prácticamente inatacables. Por ejemplo, ¿cómo era posible que los astros girasen unos en torno a otros en armonía si no era con la intervención divina? Imaginemos que alguien lanza un puñado de guijarros al aire, ¿qué sucederá? Pues que estos guijarros vuelven a caer desordenadamente al suelo, no se quedan orbitando unos en torno a otros armónicamente. Sin embargo, lo astros no caían; la Luna no se precipitaba sobre la Tierra sino que seguía una órbita inexplicable por causas naturales. Parecía necesitarse la intervención de una inteligencia que garantizase la existencia de esas órbitas regulares y «antinaturales». De lo contrario, los astros se comportarían como guijarros, caerían todos y el universo quedaría sumido nuevamente en el caos.

Erosionando los cimientos teleológicos: la ley de la gravitación universal

“Yo era como un niño jugando en la orilla del mar, distraído mientras encontraba un guijarro más redondeado o una concha más bonita de lo habitual, mientras el gran océano de la verdad se extendía inexplorado ante mí”  (Isaac Newton)

Sería curiosamente uno de aquellos hombres profundamente religiosos quien puso la primera carga de dinamita en los cimientos del argumento teleológico. Isaac Newton fue, para muchos, el mayor científico de la historia. Y lo fue porque aportó una explicación natural a lo que entonces parecía inexplicable: el perfecto orden de los astros. Una explicación que después se haría extensiva a otros muchos fenómenos, permitiendo desarrollar otras muchas explicaciones subsiguientes. Newton proporcionó la llave para abrir muchas puertas en la ciencia. Puertas que, hasta entonces, habían permanecido cerradas.

Antes de Newton, la mayor discusión en torno al movimiento de los astros radicaba en si la Tierra era el centro del universo (geocentrismo) o si el sol era el centro (heliocentrismo). El heliocentrismo no era, ni mucho menos, una idea nueva cuando le causó tantos problemas a Galileo Galilei. Hubo pensadores heliocentristas al menos desde la Grecia clásica —Aristarco de Samos— y la idea había circulado entre grandes nombres de la astronomía antes de Galileo, desde Nicolás Copérnico a Tycho Brahe, pasando por Giordano Bruno. Sin embargo, el concepto de que la Tierra no fuese el centro del universo tenía serias implicaciones religiosas (y teleológicas), porque abría ciertos interrogantes acerca de la finalidad última de dicho universo. Si el universo había sido creado para el hombre, ¿no debería la Tierra estar en el centro? Aun así, el heliocentrismo —pese a los reparos de la Iglesia— podía poner en solfa algunos dogmas religiosos pero, en esencia, no ponía en duda la existencia de Dios. La teoría heliocéntrica despertó cierta polémica pero no fue un factor determinante en la erosión del argumento teleológico. En realidad, Dios podría haber creado un universo en el que el Sol fuese el centro; cambiaba el orden de las órbitas, pero lo importante es que ese orden seguía estando allí y resultaba imposible explicarlo sin Dios. El universo seguía mostrando características que mostraban que había sido diseñado. El debate en torno al heliocentrismo se zanjaba sin consecuencias teleológicas a largo plazo.

Newton proyectó un nuevo rayo de luz aportando una explicación natural para lo hasta entonces inexplicable.

Pero la aportación de Isaac Newton tendría implicaciones muy diferentes. Ya no discutía qué astros giraban en torno a qué otros astros. Newton se preguntó directamente por la causa natural de que esos astros girasen, y pese a ser un hombre religioso, no se conformó con la explicación sobrenatural imperante. Tras experimentar una súbita revelación —no le cayó una manzana en la cabeza, pero sí se hacía preguntas cuando veía los objetos caer— Isaac Newton se presentó con la idea de que una misma fuerza (la atracción gravitatoria) hace que los guijarros caigan desordenadamente al suelo, pero también hace que los astros giren unos en torno a otros en el cielo. Dos fenómenos visiblemente incompatibles estaban de repente unidos por una misma causa natural… que los convertía, en realidad, en dos versiones diferentes de un único fenómeno. Por ejemplo: la Luna sí estaba cayendo sobre la Tierra… sólo que nunca terminaba de caer del todo debido a la inercia de su órbita circular. Aquella fue probablemente la mayor revolución teórica en la historia de la ciencia. Una idea que parecía ir contra el sentido común, pero que una vez sometida a reflexión, observación y cálculo, parecía ser capaz de desvelar muchos de los misterios del cosmos. Sin embargo, Newton consideró esta fuerza universal —cuyo mecanismo no entendía y hoy, según creo, seguimos sin entender del todo— que bautizó como «gravedad», una demostración más de la existencia de una voluntad divina responsable del diseño del universo y sus leyes. Isaac Newton, el hombre, no renunció a Dios a causa de la gravitación universal.

Sin embargo, pese a su interpretación religiosa de dicha gravitación, su explicación natural de por qué los astros se mueven ordenadamente cuestionaba la necesidad de que existiera un creador que confiriese orden a la naturaleza. Gracias a Newton supimos que la naturaleza puede ordenarse a sí misma sin intervención exterior, al menos en un gran número de ámbitos. La idea de la gravitación universal abrió la puerta a muchos otras teorías que englobasen toda la naturaleza dentro de principios universales. Principios que permitiesen explicar fenómenos de lo más dispar, siempre recurriendo a causas naturales.  Nacía un nuevo concepto de ciencia y gracias a Newton las leyes divinas ya no eran las únicas candidatas a proporcionar una explicación del universo. De hecho, las leyes divinas empezaban a perder rápidamente terreno frente a las leyes naturales como hipótesis favorita de los pensadores.

La teoría de la evolución de las especies por selección natural

“Puedo decir que la imposibilidad de concebir que este gran y maravilloso universo, así como nuestras propias consciencias, hayan surgido a través del azar, me parece el principal argumento en favor de la existencia de Dios. Pero si este argumento tiene realmente algún valor… eso nunca he sido capaz de decidirlo” (Charles Darwin)

A mediados del siglo XIX quedaban órdenes naturales a los que la gravitación de Newton —y sus derivados— todavía no podían dar una respuesta. Sobre todo el orden biológico, extraordinariamente rico, complejo, intrincado y basado en equilibrios tan sutiles que para la mayor parte de la gente no existía otra explicación posible que la del diseño divino. El creacionismo, la idea de que la vida existía tal y como había sido concebida por Dios en el momento de la Creación, con muy pocas modificaciones posteriores (y de origen artificial casi todas ellas) era todavía el pensamiento imperante. No es que por entonces no existiera ya una corriente de ateísmo y/o agnosticismo filosófico propiciada por los nuevos avances científicos, o que no existiesen ya hipótesis que barajaban el que la vida fuese producto de procesos exclusivamente naturales. Simplemente no había una respuesta satisfactoria para la pregunta “si Dios no creó la diversidad de la vida, ¿cómo llegó la vida a ser tan diversa por sí misma?”

Lo cierto es que desde tiempo atrás hubo pensadores que intentaban describir la vida como algo más que el producto de un mero milagro, tanto en el momento de la «generación espontánea» del primer ser vivo, como en el momento de la concepción de nuevos individuos de una especie. Ya en el siglo XVII, William Harvey acuñó el término “epigénesis” para defender que el feto no crecía como la mera expansión de un organismo diminuto ya totalmente conformado (que estaría presente en el esperma según algunos y el en óvulo según otros), sino que se desarrollaba a partir de materiales orgánicos básicos, los cuales —en sí mismos— no constituían un organismo vivo. Es decir, la epigénesis sostenía que el feto era algo que aparecía y evolucionaba, que atravesaba una serie de etapas y se iba haciendo más complejo en el seno materno hasta convertirse en un individuo completo de su especie. Por paralelismo entre la evolución del feto y la de toda una especie, podía sospecharse atrevidamente que el feto reproducía en su crecimiento una serie de etapas ya cubiertas por su especie a lo largo de dicha evolución. Un proceso natural del que el hombre no sería ajeno, desde que Carl Linneo incluyó a la especie humana dentro de su clasificación del reino animal: esto sugería la posibilidad de que el ser humano no hubiera sido creado en su forma presente por Dios. Otros eminentes naturalistas, como Buffon, se preguntaron sobre las características de esa materia orgánica básica de la que, según él, surgía un feto y que conformaba la vida en general. Pensó que dicha materia podría componerse de partes independientes o “moléculas”. En resumen, parecía defender la idea de que, al menos a nivel fetal, la vida evoluciona y cambia de forma. Por otro lado, como producto de las excavaciones paleontológicas, observó que los fósiles constituían “familias” y que las sucesivas capas geológicas mostraban distintas formas de vida que no fueron siempre las mismas en diferentes épocas pasadas. Es decir: las especies habían evolucionado. Pero Buffon, todavía con una visión de la vieja escuela y quizá también influido por un entorno hostil a la idea, no fue capaz de asumir la certeza que unas especies pudieran surgir a partir de otras. Terminó rechazando el concepto de evolución de las especies y adujo motivos de peso como, por ejemplo, la infertilidad de los híbridos.

Pero era cuestión de tiempo que alguien se atreviese a formular una teoría de la evolución de las especies en toda regla. Desde una perspectiva meramente funcional, Jean-Baptiste Lamarck propuso una hipótesis en la que cada especie evolucionaba gracias a la capacidad de sus individuos para sufrir mutaciones que les permitían adaptarse al ambiente, y gracias también a que esas mutaciones funcionales podían ser heredadas por su descendencia. Aquel era un primer paso hacia una explicación satisfactoria de la diversidad de la vida, en una disciplina que el propio Lamarck bautizó como “biología”. Aunque su aportación fue mayoritariamente ignorada y hoy sabemos que se basaba en mecanismos erróneos (su famoso principio de «la función crea el órgano» estaba equivocado), lo cierto es que tuvo una importancia capital. Sentó las bases que se necesitaban para una nueva y más certera teoría de la evolución.

Fue Charles Darwin quien dio finalmente en el clavo. Dedujo que la adaptación de los organismos al entorno no se producía a causa de mutaciones ad hoc como había pensado Lamarck, sino mediante un proceso de selección en que aquellos individuos con mutaciones más ventajosas , sobrevivían con mayor facilidad (fuera cual fuese el mecanismo que producía las mutaciones, mecanismoque Darwin no describió, pero que sí empezaron a describir autores como Mendel). Ese proceso de “selección natural” explicó por primera vez de manera convincente cómo podía haber llegado la vida a resultar tan diversa, sin la mediación directa de un creador o diseñador. De hecho, Darwin, que había recibido educación religiosa, terminó dudando de su fe, y admitió que el evolucionismo tenía buena parte de culpa. La vida ya no era un milagro divino y la existencia del hombre ya no representaba el efecto de un acto amoroso de Dios, sino el resultado de un largo proceso de selección natural. La existencia de un creador se le antojaba, pues, innecesaria. Pese a la polémica que su teoría despertó en su momento entre sectores conservadores —por la esencia herética de la misma y por el detalle de emparentar al hombre con los simios—, la selección natural de Darwin terminó ajustándose a la evidencia proporcionada por muchas otras disciplinas científicas, desde la geología y paleontología hasta la genética. Así como Newton había explicado el orden de los cielos, Darwin explicó el orden de la vida.

Abiogénesis

“Uno ha de contemplar la magnitud de esta tarea para conceder que la generación espontánea de un organismo vivo es imposible. Y sin embargo estamos aquí, creo yo, como resultado de la generación espontánea. Ayudaría el detenernos un momento a preguntar a qué se refiere uno cuando dice que algo es imposible” (George Wald)

No se ha conseguido crear vida en el laboratorio pero, ¿implica eso un origen sobrenatural? (en la foto, Stanley Miller).

Desde el punto de vista de la comunidad científica, el asunto de la evolución de las especies mediante selección natural puede considerarse finiquitado desde hace mucho tiempo. La teoría de la selección natural es la respuesta que se ajusta a las pruebas obtenidas por toda clase de ramas del saber —incluso ramas que no se conocían en tiempos de Darwin— y sin ir más lejos ha sido aceptada incluso por la Iglesia Católica, por más que desde algunos ámbitos cristianos (especialmente protestantes, aunque también hay representantes del catolicismo) hayan surgido supuestas alternativas «científicamente viables» a la selección natural, como la del “diseño inteligente”. El diseño inteligente es una actualización refinada de la metáfora del relojero de Paley, que no es tomada en serio por la comunidad científica aunque haya sectores del público que la defienden, así como algunos notorios apologistas mediáticos. Según esa idea, la mera selección natural no podría explicar la “complejidad irreducible” de ciertos mecanismos biológicos. Quizá algunos recuerden aquel célebre juicio en EEUU donde se pretendía autorizar la inclusión del “diseño inteligente” como teoría científica en el temario escolar: se adujo entonces que el flagelo que utilizan algunas células para impulsarse era un ejemplo de mecanismo que no podría funcionar sino como la suma completa de todas sus piezas, al modo de un reloj, y que no podría haber surgido mediante la evolución por selección natural. Otro ejemplo similar que se presentó es el de la supuesta complejidad irreducible del ojo humano, pese a que Darwin ya consideró en su día esta idea:

“Suponer que el ojo —con todos sus inimitables mecanismos para ajustar la visión a diferentes distancias, para admitir diferentes cantidades de luz, para corregir la aberración cromática y esférica— pudo haberse formado por selección natural parece, lo confieso abiertamente, totalmente absurdo. Y aun así la razón me dice que, si se puede demostrar la existencia de numerosas gradaciones desde un ojo complejo hasta otro muy imperfecto y simple, siendo cada gradación útil a su poseedor; y si las variaciones pueden ser heredadas, cual es ciertamente el caso; y si cada modificación puede ser útil al animal bajo condiciones cambiantes de vida, entonces ya no se puede considerar que sea difícil creer que un ojo complejo y perfecto se haya formado por selección natural, aunque resulte insuperable para nuestra imaginación. El cómo un nervio puede volverse sensible a la luz difícilmente nos preocupa más que el cómo se originó la vida en sí misma, pero debo hacer constar que diversos hechos me hacen sospechar que cualquier nervio sensible puede volverse sensible a la luz, y de modo similar sensible a esas vibraciones más gruesas del aire que producen el sonido”

El propio Darwin resumía en este párrafo dos de las principales características de su teoría: una, que es una teoría altamente contra-intuitiva y que resulta difícil entenderla empleando solamente el sentido común. Y dos, que su teoría sólo explica cómo las especies pudieron evolucionar desde antepasados extraordinariamente simples, pero que no explica de dónde vinieron esos antepasados, de dónde y cómo surgió la vida misma. La aparición de seres vivos a partir de materia inerte (o “abiogénesis”) es una de las grandes preguntas que la ciencia aún no ha respondido. Sabemos que la materia orgánica básica —los ladrillos para construir la vida— surge con facilidad en el universo. Lo demostró el famoso experimento de Miller en los años cincuenta y por lo que sabemos, la materia orgánica básica podría ser muy abundante incluso más allá de la Tierra y el sistema solar. El problema es que no se sabe cómo esos ladrillos, que aparecen por sí solos en la naturaleza, formaron la primera «casa». No sabemos cómo esa materia orgánica se transformó en vida. Y hemos podido fabricar ladrillos en laboratorio, pero no hemos podido fabricar una casa desde cero.

¿Cómo se relaciona la abiogénesis con el argumento teleológico? Aquí es donde entra en juego el concepto del “Dios de las grietas”. Es decir: allá donde el conocimiento científico muestra una grieta que aún no ha sido explicada —y que en ciertos casos no sabemos si se llegará a explicar algún día— existen apologistas que proponen como alternativa una explicación sobrenatural. La por ahora inexplicable abiogénesis no probaría por sí misma la existencia de Dios, pero sería un indicio más de que el universo fue creado con un propósito, el propósito de que exista la vida, y de que esa chispa inicial de la vida podría haber requerido una intervención divina, ya que no hemos sido capaces ni de reproducirla ni de explicarla mediante causas naturales. Naturalmente, esto es una desviación del cauce honesto del argumento teleológico. El problema de esta forma de proceder es el siguiente: ¿resulta lícito presentar como válida una alternativa sobrenatural para la que no existen pruebas sólo porque no somos capaces de obtener una respuesta natural satisfactoria? Veámoslo así:

1) Hacemos una pregunta y discutimos qué respuesta es la correcta, si la A o la B.
2) La premisa A no se puede probar de ninguna manera como cierta.
3) Por lo tanto, B tiene que ser cierta.

Salta a la vista lo falaz del razonamiento. Sin embargo, el argumento del “Dios de las grietas” es utilizado con frecuencia, normalmente bajo el contexto de un discurso maniqueo (y por qué no decirlo, populista) destinado más a sembrar la duda sobre la ciencia —para presentar la alternativa sobrenatural bajo una nueva luz— que realmente a dilucidar la cuestión. Se asume que señalando las grietas del conocimiento científico la población creyente o dubitativa tenderá a considerar que una respuesta natural resulta improbable y que, por lo tanto, la respuesta probable ha de ser sobrenatural. Así, cada vez que la ciencia reconoce su ignorancia respecto a una gran pregunta sobre el origen de la vida (o sobre cualquier otro misterio universal), los apologistas del “Dios de las grietas” inciden en esa ignorancia porque saben que, de manera incorrecta pero automática, un buen número de creyentes se sentirán reforzados en su fe.

A esta falacia básica se suele añadir otro razonamiento, la afirmación de que la hipótesis divina no puede ser probada pero tampoco refutada, y que por tanto debe aceptarse como admisible. Pero esto constituye también una falacia lógica. Se trata del argumento ad ignorantiam, que pretende demostrar la validez de una premisa sólo porque no se puede demostrar su invalidez:

1) No puede probarse que A es verdadero.
2) pero tampoco puede probarse que A es falso,
3) por tanto, A puede ser admitido como verdadero.

Esto es, desde luego, incorrecto. De ser correcto podríamos dar por válida prácticamente cualquier afirmación que sea imposible de refutar, por ejemplo: las cuevas de Altamira fueron decoradas por Superman. Probablemente nunca lleguemos a ser capaces de demostrar lo contrario, en cuyo caso —si argumentáramos ad ignorantiam— podríamos considerar que la hipótesis de que Superman fue el autor de las célebres pinturas es una hipótesis aceptable que debería ser tenida en cuenta en la discusión. Pero no consideramos que razonar de este modo sea aceptable; de lo contrario, nuestro cuerpo de conocimientos sería un cúmulo de caóticas posibilidades sin distinción entre lo veraz y lo absurdo. La conclusión de todo esto es que el misterio en torno al fenómeno de la abiogénesis no debería ser utilizado como indicio para reforzar una visión teleológica del cosmos.

La afinación precisa del universo

“Si el universo no hubiese sido creado con la más exacta precisión, nunca podríamos haber llegado a existir” (John O’Keefe)

El sol, que algún día engullirá la Tierra… ¿está ahí solamente para facilitar la vida?

Según algunos físicos, las características de nuestro universo vendrían determinadas por una serie de números, los cuales expresan el equilibrio existente entre las diversas fuerzas que operan desde el momento mismo del Big Bang. Si en ese momento inicial el valor de esas fuerzas hubiese sido distinto, el universo podría ser completamente diferente al que conocemos ahora. Podría haberse convertido en un universo completamente caótico, sin la más remota posibilidad de que surgieran estrellas y planetas, no digamos ya de que surgiera la propia vida. Hay incluso quien afirma que la relación entre estos números es muy delicada y que la menor modificación en esas proporciones numéricas hubiera impedido que se formase el cosmos en que vivimos. ¿Hasta qué punto es esto cierto? Queda para los físicos discutir cuál es el alcance de todo ello y cuál era el margen de modificación de esas fuerzas en el momento del Big Bang. En todo caso, el asunto ha generado una discusión teleológica interesante: la de si el universo está perfectamente “afinado” para que pueda existir la vida. De ser así, ¿constituiría esto una prueba de que hay una inteligencia que confirió al cosmos las características exactas que permitían la aparición de la vida y el hombre?

Veamos los problemas que conlleva esta idea. Uno, que partimos de la base de que, modificando la relación de fuerzas que imperaba en el momento del Big Bang, el resultado hubiese sido un universo muy diferente. Dicho así, parece lógico. Pero no sabemos si esa modificación fue siquiera factible en algún momento. No sabemos si esta relación de fuerzas podría haberse producido de algún otro modo y si otro universo hubiera sido posible. Sólo conocemos un universo posible —el nuestro— y plantearse que podría haber existido uno alternativo no va más allá del terreno de la mera especulación.  Empleando un símil musical: sabemos que el universo está afinado en una determinada nota, pero ¿fue alguna vez siquiera posible haberlo afinado en otra nota distinta? Quizá el universo que existe es el único que podría haber existido, y mientras contemplemos esta idea, el concepto de la “afinación precisa” es una interpretación que hacemos a posteriori del único universo que conocemos. Dicho de otro modo: no fue el universo el que surgió ajustado a las necesidades de nuestra futura aparición, sino que fue nuestra aparición la que se produjo ajustándose a las condiciones preexistentes del universo. Esta explicación tiene más sentido, se ajusta más a nuestros conocimientos y resulta más verosímil que la «afinación precisa».

Por otra parte, la noción misma de que el universo está diseñado para la vida es bastante dudosa. Ciertamente puede surgir la vida en nuestro universo —o este artículo no estaría siendo escrito ni usted, amigo lector, lo estaría leyendo— pero, que sepamos, la vida es un accidente raro. Por ahora y que nos conste, en todo el sistema solar sólo ha aparecido vida sobre la Tierra. En el resto de planetas y satélites no hemos encontrado ni rastro, aunque bien es cierto que la posibilidad de encontrar vida extraterrestre en nuestro propio vecindario solar no resulta irrazonable; es una posibilidad que no ha sido descartada todavía. Pero ciñámonos a lo que sabemos y pensemos en el universo como conjunto: el cosmos es un inmenso “vacío” (no está vacío, pero digámoslo así para entendernos) que no puede albergar vida, en el que ocasionalmente flotan estrellas donde tampoco puede existir la vida (de hecho, las estrellas son auténticos infiernos nucleares) y planetas que, en su mayor, parte tampoco podrían albergar vida. Casi todo el cosmos es un entorno hostil a la vida. De hecho, sólo conocemos un planeta habitable —el nuestro— e incluso en nuestro propio planeta hay entornos bastante hostiles. ¿Tiene sentido pensar que una inteligencia creadora afinó las fuerzas del Big Bang para que existiera la vida sólo en lugares muy, muy determinados del universo? ¿Previó Dios que bajo las condiciones físicas universales determinadas en el Big Bang, aparecería el hombre sobre la faz de un diminuto planeta azul en torno a una pequeña estrella de los confines de la Via Láctea? En tal caso, en vez de crear directamente nuestro Jardín del Edén, Dios decidió establecer un juego matemático que terminara dando lugar a la existencia de dicho jardín —y de nosotros sus habitantes— como resultado de una enorme carambola cósmica. Una vez más, es el “Dios de las grietas” que propone una alternativa rebuscada a las explicaciones naturales.

Porque el que sobre la Tierra haya aparecido vida inteligente es realmente una carambola, algo que pudo no haber sucedido jamás. Nuestro planeta ha conocido extinciones masivas, que quizá hicieron retroceder en millones de años la carrera evolutiva hasta la inteligencia (de no haberse producido esas extinciones, este artículo, en vez de estar escrito por un primate evolucionado —les cedo gratuitamente el calificativo para el firmante— pudo haber sido escrito por un dinosaurio con corbata hace varios millones de años). De hecho podrían haberse producido otras extinciones, si algún gran meteorito hubiese caído sobre nuestro planeta cuando el hombre estaba evolucionando hacia lo que es hoy, en cuyo caso quizá no hubiese aparecido nunca el homo sapiens. También se considera que la existencia de la luna ha jugado un papel importante en la aparición de vida inteligente, porque sin ella la Tierra no hubiese sido lo bastante estable magnética y climáticamente como para que hubiesen surgido formas demasiado complejas de vida. Podemos decir que hemos tenido suerte, porque la Tierra podría haberse convertido en un infierno a causa del efecto invernadero, como Venus, o en un páramo frío y estéril, como Marte. No sucedió así y no estamos seguros de por qué. La Tierra reúne una afortunada conjunción de características favorables para la vida, eso es evidente. Quizá la Tierra es especial, pero ¿lo es porque alguien lo decidió así? ¿Realmente tiene tanta importancia que haya podido aparecer el ser humano sobre la faz de la Tierra, o sólo le concedemos esa importancia porque nosotros somos los protagonistas de tan afortunada casualidad? Si existen criaturas inteligentes en algún otro planeta, probablemente se consideren también especiales. Esto incide en uno de los principales defectos del argumento teleológico: el antropocentrismo.

Un argumento antropocéntrico

“Ya conocéis el argumento del diseño: todo en el mundo está hecho para que nosotros podamos habitarlo, y si el mundo fuera un poco diferente, no podríamos seguir habitando en él. Eso es el argumento del diseño. A veces toma formas más bien curiosas. Por ejemplo, se dice que los conejos tienen la cola blanca y eso hace que resulte más fácil disparar sobre ellos. Así que no sé qué opinarán los conejos sobre este diseño” (Bertrand Russell)

Tomando perspectiva y contemplando el universo como un todo, la existencia de la humanidad resulta intrascendente. No hemos podido dejar huella en el universo que nos rodea ni cambiar su naturaleza; nuestra capacidad de influencia está limitada a nuestro propio planeta y únicamente a nivel muy superficial (porque, en realidad, a escala astronómica somos sólo el equivalente de unos microorganismos que habitan la superficie de una inmensa bola de hierro). Como mucho, también hacemos pequeños e inapreciables arañazos en la superficie de otros mundos, como la Luna, o Marte, o Venus; planetas a donde hemos enviado minúsculas sondas. Pero la verdad es que nuestra presencia tiene una nula incidencia en el universo como conjunto, por tanto difícilmente podemos considerar que esa presencia resulte “importante”. Esta idea resulta tanto más evidente cuanto más reflexionamos sobre las dimensiones del cosmos y el lugar que ocupamos en él.

Pero un argumento teleológico sobre la existencia de Dios sólo tiene sentido si se considera que la existencia de la especie humana reviste una importancia universal en sentido absoluto. Que nuestra existencia sea lo bastante importante como para que el universo haya sido diseñado a nuestra conveniencia. Esta es una idea difícil de defender. Uno, por cuestiones de tamaño: el cosmos es inmenso y nosotros apenas ocupamos una fracción infinitesimal de uno de sus innumerables rincones. Dos, por cuestiones de causa-efecto: el que existamos o no tiene, como decíamos, un nulo efecto sobre el conjunto del universo. Tres, por cuestiones conceptuales: no hay motivo alguno para pensar que constituimos un elemento cualitativamente diferente del resto de los elementos que componen el cosmos. Estamos formados de la misma materia, sometidos a las mismas leyes físicas universales. Así pues, ¿por qué nos creemos diferentes? Evidentemente, a nivel puramente individual, pensamos que nuestra inteligencia, nuestra autoconsciencia y nuestra capacidad de asombro constituyen fenómenos notables, de los que disfrutamos en nuestra vida. Características que nos gustan en nosotros mismos y que consideramos debemos conservar. Hacen que nos confiramos una importancia como individuos que se expresa en nuestra filosofía: no nos da igual el no existir. Aquí no discutimos esa idea. No debería darnos igual el no existir y parece positivo que nos tomemos nuestra propia existencia muy en serio. Eso a nivel individual. Porque, como especie, tenemos que admitir la idea de que al universo sí le da igual que existamos. Esto impide que el argumento teleológico se sostenga por sí mismo, ya que se convierte en un razonamiento circular:

1) Creemos que el universo hubo de ser hecho a nuestra medida porque somos importantes.
2) Nos consideramos importantes porque vemos que el universo fue hecho a nuestra medida.

Por lo general el argumento teleológico se centra en los detalles científicos, buscando en nuestro conocimiento sobre el cosmos los rastros de esa voluntad diseñadora que le dio origen conun propósito determinado. Pero el argumento pocas veces hace frente a la pregunta: ¿por qué querría una voluntad creadora diseñar un universo en el que pueda vivir el hombre? O dicho de otro modo, ¿por qué iba a molestarse un Dios en crearnos? La respuesta, naturalmente, sólo puede residir en argumentos antropocéntricos: Dios nos creó “para amarnos”, “para que lo amemos”, “para que le rindamos culto”, “para que le hagamos compañía”… existen quizá tantas respuestas distintas como teologías y mitologías religiosas hay en el mundo. Pero todas podrían resumirse en un «Dios nos creó porque somos importantes». Esto es, finalmente, la clave de todo el asunto. Hemos citado ejemplos como el de la abiogénesis o la afinación precisa del universo como formas modernas de argumentación teleológica. Podríamos citar muchas más, pero por grande que fuera el número de hipótesis presentadas sobre un supuesto carácter teleológico del cosmos, seguiría sin responderse la cuestión básica: ¿de verdad resulta razonable intentar explicar el universo en función del simple hecho de que nosotros estemos aquí y sepamos que estamos aquí? ¿De verdad el que seamos capaces de pensar en nosotros mismos nos hace tan especiales que se requirió construir todo un inmenso universo con el propósito final de que nosotros habitemos una minúscula porción de él? ¿Es el ser humano, sólo porque puede concebir estas ideas, realmente tan importante?

“Todavía está por probar que la inteligencia tenga algún valor para la supervivencia” (Arthur C. Clarke)

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58 Comentarios

  1. El argumento de que «no somos tan importantes» porque somos muy pequeños en relación al resto del cosmos es más bien emocional. Un elefante no es más importante que un virus, y de hecho la «importancia» es usada aquí como algo aproximado, coloquial, para describir la percepción que se tenía en otras épocas del lugar que ocupa la Humanidad en el cosmos (el antropocentrismo inherente a las teologías clásicas). Pero ¿a qué nos referimos con «importante»? C. S. Lewis, en sus obras de ficción espaciales, plantea la hipótesis de que la Tierra y los humanos no sean «el centro» de los designios de Dios, sin que esto anule la validez de la Revelación cristiana. Simplemente, hay cosas que no sabemos, o sólo nos ha sido revelado lo que nos «atañe». Que el único lugar con vida inteligente -vida que se pregunta por sí misa- que conocemos sea la Tierra, es significativo y, el hecho de descubrir más del Universo -más «soledad espacial» a nuestro alrededor-, no significa que seamos menos importantes. Según la emocionalidad del argumento, más importantes -y misteriosos- podemos sentirnos. El argumento teleológico puede quedar herido en lo que tiene de antropocentrismo, pero esto no es su esencia. El misterio que reside en que todo tenga un orden casi perfecto -y cuanto más conocemos, más perfecto, y no menos, nos parece- no hace sino agrandarse a los ojos del hombre, y empujarlo hacia el argumento teleológico. O a otros. Aunque ningún argumento es definitivo, sino sólo instrumentos provisionales de nuestra razón asombrada.

    • Que el único lugar con vida inteligente que conocemos sea este planeta no es nada significativo: lo más allá que el ser humano ha llegado a explorar este Universo es casi igual a cero. Ni siquiera nos hemos metido en el agua, a lo más estamos hinchando el flotador.

      Y tampoco hay ningún misterio en que todo tenga un orden casi perfecto. Si no fuera así no te asombrarías ante semejante misterio porque no estarías aquí, es decir, que si estás asombrado por ese orden es porque resides en un Universo en el que se dan las condiciones, precisamente, que permiten que puedas asombrarte por ello. Y, la verdad, no veo que tenga nada de especial. Es una tautología como un piano.

    • Hola Jesús:

      He de decirte que lo del tamaño ha sido sólo uno de los argumentos empleados para presentar la posibildad de que nuestra importancia en el cosmos sea poca o nula; si no me equivoco, en el texto manejo por lo menos otros dos. De todos modos, el argumento te podrá parecer equivocado o no, pero no sé dónde ves tú lo «emocional». A mí me parece lógico dudar de que el universo haya sido creado a nuestra conveniencia, cuando en realidad sólo podemos habitar una minúscula parte de él. Es como si tú creyeras que han construido un palacio para ti, pero no pudieras habitar más que una única baldosa.

      También me gustaría poder entender cómo se concibe que, si el ser humano no es de enorme importancia en los designios de Dios, es eso compatible con la revelación cristiana. A mi modo de entender, la revelación cristiana implica que somos hijos de Dios y que por ese motivo Dios hizo un sacrificio por nosotros. Es decir, Dios nos concede una importancia tal que se presenta como nuestro padre.

      Por lo demás, hay varias afirmaciones más con las que no coincido, por ejemplo:

      —»Sólo nos ha sido revelado lo que nos atañe». Para empezar, está por demostrar la idea de que nos sea revelado algo que no hayamos deducido, descubierto o imaginado por nuestros propios medios.

      —»Que el único lugar con vida inteligente que conocemos sea la Tierra, es significativo». ¿Por qué? Lo único que significa (por ahora) es que apenas conocemos medianamente bien más lugares que las inmediaciones de la propia Tierra, en un cosmos inmenso. Deberíamos conocer una buena porción del universo, o como mínimo una buena porción de la galaxia para poder intentar extraer una significación de ello.

      —»El misterio que reside en que todo tenga un orden casi perfecto y cuanto más conocemos, más perfecto, y no menos, nos parece». No es ni más ni menos perfecto: es el único orden que conocemos, porque no tenemos constancia de un orden alternativo. Y en todo caso, ¿desde qué punto de vista es «casi perfecto» el orden que conocemos?

      Un cordial saludo.

    • La importancia del hombre en el artículo no es por su tamaño, no lo entendiste bien. Es por su muy limitada capacidad de alterar el entorno. Por su nula capacidad de alterar el orden de un universo para el q es completamente intranscendente su existencia. No es una cuestión de tamaño si no capacidad de decision en el devenir del futuro a nivel macroscópico. No somos capaces de alterar el universo. La presencia o no presencia del hombre carece de importancia, o al menos, lo parece. De ahí se puede deducir la escasa importancia del hombre como entidad.

  2. Debo decir respecto de este debate que sobra por obvio. A esta pagina pueden llegar, por error, creyentes y llevarse un disgusto. ¿que será lo siguiente? ¿un articulo para defender que los reyes magos no existen tampoco? ¿le pondremos un link desde la pagina de Disney?
    En mi opinión, hay muy poca gente tonta, solo hay gente mas y menos desesperada.

  3. La existencia de Dios es el principal pilar de la fe. No demostrable, no científica, superior. Miles de hombres de ciencia creen en la existencia de Dios. Se cree o no se cree. Se tiene fe, o no.

    Lo que no comprendo es que tantísima gente se empeñe en convencer al resto de la no existencia de Dios. Noto en la gente atea una inquietud nerviosa, un sin vivir, una necesidad de hacer ver a los demás que lo que ellos no pueden ver, si no pueden verlo, es porque no existe.

    Es triste.

      • Tanto como un sinvivir… Lo que sí es verdad es que resulta inquietante el empeño de los creyentes por imponernos las normas que ellos piensan que llevan al cielo, poniéndolas en el código penal.

        Es normal que la gente intente convencer a los demás de que están en lo cierto. Los creyentes lo han hecho desde siempre; propaganda es una palabra cristiana. El mismo derecho tenemos los ateos. Unos con más entusiasmo que otros, claro.

    • Lonebond, exactamente convencer a los demas e imponer sus dogmas es lo que los teistas hacen al resto de la sociedad en un monton de cuestiones (sostenimiento de ciertos cultos a traves del estado, aborto, matrinomio gay, educacion laica, etc). Mi ateismo no me genera nerviosismo, es mas, me da una tranquilidad enorme al no sentirme hijo de dios, sino hijo de la naturaleza. Y no se a que te refieres con un «sin vivir», intento siempre vivir la vida a pleno, porque se que es la unica (obviamente sin -muchos- excesos)

    • Hola Lonebond:

      No percibo muy bien cuál es el sentido de tu comentario; por lo que entiendo, asumes que quienes carecen de fe no están pudiendo acceder a un conocimiento cierto al que sí pueden acceder las personas de fe. ¿Esto es así? Hay dos motivos por los que, yo al menos, tendría necesidad de hacer ver que creo que debemos considerar la posibilidad de que ese «conocimiento» sea inválido. Dicho de otro modo, de que podamos partir de la base de que no exista algo que no podemos «ver» («ver» en el sentido más amplio de poder probar mediante fenómenos, por descontado) hasta que se demuestre lo contrario, son las siguientes:

      —Uno, cada vez que por ejemplo un argumento moral se construye en base a la supuesta existencia de un ente no fenoménico, cuya voluntad determinaría la naturaleza de ese argumento moral, cabe plantearse seriamente cuál es la validez de la afirmación de que dicho ente de verdad existe. Y también cabe cuestionarse la validez de los canales por los que, supuestamente, nos ha transmitido su voluntad… ya que se trata de un ente no fenoménico cuyas manifestaciones no son comprobables (si lo fuesen, no se requeriría el concepto mismo de «fe»). Porque si aceptamos esa existencia como cierta sin más, terminamos nuevamente construyendo un argumento moral en base a arbitrariedades de las que hacemos responsable a dicho ente,. Un ente con el que no podemos debatir ni al que podemos preguntar o interpelar precisamente por su carácter no fenoménico.

      —Dos, cuando el sujeto A hace una afirmación (yo sé que Dios existe) y el sujeto B hace otra contraria (no tengo motivo alguno para creer que la existencia de Dios tenga fundamento), la carga de la prueba reside en el sujeto A. Es él quien tiene que demostrar la existencia de Dios, de lo contrario ha de admitir como razonable el escepticismo de la otra parte. Porque si el supuesto conocimiento de que Dios existe depende de la fe —una virtud no transmisible mediante cauces empíricos—, nos movemos nuevamente en el terreno de lo indemostrado. Y lo indemostrado invita a que cualquier mente crítica lo contemple con ese escepticismo.

      Un cordial saludo.

    • Hay…Lonebond…no es un tema de VER….el porcentaje de creyentes en un dios en EEUU es del 90%, mientras que entra la comunidad cientifica es de un 40%. La revista Nature hizo un estudio entre los cientificos más destacados de los EEUU y el porcentaje se reduce al 15%. La conclusión es bien sencilla…a medida que más sabemos menos creemos en la existencia de un Dios…cuando hablas de las creencias entre la comunidad científica deberías informarte antes.

      Para mi creer en un dios omnipresente, está en el mismo nivel que danzar para que llueva o pinchar muñecos con alfileres…..Yo soy Ateo, y a mi me da lo mismo en lo que tú creas, lo único que pido es no tener que estudiar en un colegio con un crucifjo en la entrada de cada aula o que los políticos que me gobiernan juren sobre una biblia, porque las creencias personales de un político no tienen cabida en un estado laico, que la iglesia cada años se lleve 10.000 millones de € tampoco me parece normal, si quereis donar dinero no deberiais usar los mecanismos recaudatorios del estado. Así que no me vengas con que los ateos están o dejan de estar nerviosos.

    • Lo que no comprendo es que tantísima gente se empeñe en convencer al resto de la existencia de Dios. Noto en curas y gente creyente una inquietud nerviosa, un sin vivir, una necesidad de hacer ver a los demás que algo existe aunque no se pueda ver y para saber que existe primero hay que creer en ello.

      Es triste.

  4. Sólo faltaría añadir que la probabilidad de que haya otros vivientes en el universo (por la mera Ley de los Grandes Números) es alta. Otros ‘dioses’, por tanto, imaginados, por los más (¿?) evolucionados entre esos probables vivientes (objeto de controversia en ‘blogoides’, tal vez, por los respectivos ‘ateoides’). [Y dejando aparte la posibilidad (algo menos probable, tal vez) de otros ‘universos’ (Vilenkin, últimamente) con otra afinación, inasequibles para nosotros]. En suma, rige el principio de mediocridad. Gracias por su artículo.

  5. Estimado E.J. Rodríguez:

    Me gustaría comentar el párrafo siguiente de tu respuesta:

    «También me gustaría poder entender cómo se concibe que, si el ser humano no es de enorme importancia en los designios de Dios, es eso compatible con la revelación cristiana. A mi modo de entender, la revelación cristiana implica que somos hijos de Dios y que por ese motivo Dios hizo un sacrificio por nosotros. Es decir, Dios nos concede una importancia tal que se presenta como nuestro padre.»

    No dije que el ser humano no fuera de enorma importancia para Dios, sino que puede no ser el centro de los designios de Dios para este mundo. Con «este mundo» me refería al Universo todo, lo que conocemos y lo que no conocemos. Desde luego, de la Revelación se infiere que somos el centro de este mundo, la Tierra, y que al Hombre se le otorga una importancia: la de ser Hijos de Dios de manera voluntaria, es decir, por asentimiento libre al «plan divino». Dios hizo un sacrificio por nosotros, como dices, (siguiendo en el orden de la Revelación cristiana), no por nuestra importancia mayor o menor, si no por su amor («Tanto amó Dios al mundo, que le entregó a su Hijo…»), y porque nos habíamos apartado, o descarriado, o perdido. Esa es la Redención. Pero igual que un padre puede hacer más sacrificios por uno de sus diez hijos, no porque lo merezca más, sino porque lo necesita. En ese sentido iba Lewis, al aceptar la posibilidad de la existencia de otras criaturas racionales en el universo, criaturas que a lo mejor no han necesitado la redención, el rescate de su aislamiento. De hecho, llama a la Tierra, en sus novelas, «The Silent Planet». Incluso cita, como dejándolo ahí, a Jn.10:6, donde Jesús dice: «También tengo otras ovejas que no son de este redil; aquéllas también debo traer, y oirán mi voz; y habrá un rebaño, y un pastor».

    Un saludo, y gracias por el jugoso debate.

  6. Hola Sr Rodríguez

    Felicidades por su magnífico artículo una vez más.
    En el artículo anterior sostuve que existen tres grandes grietas que la ciencia no puede actualmente responder: El origen de la materia, el origen de la vida a partir de materia inanimada y el origen de la voluntad en el ser humano. Antes de analizar cada uno de estos puntos querría hacer una consideración inicial aplicable a los tres supuestos:

    Tanto este artículo como el anterior giran en torno a la siguente idea: existen esas grietas, pero de ello no puede deducirse la existencia de Dios. De hecho, quien la afirma tiene la carga de la prueba. Y como no es posible dicha prueba, por lo tanto aplicamos la teoría de la «Ciencia de las grietas»: todas las grietas tienen explicación científica en base a leyes naturales universales simplemente aún no las conocemos. (Es curiosa la referencia a un Dº natural que rige el universo, mismo término que usaban los cryentes, aunque con distinto sentido: verdades absolutas inmateriales vs verdades absolutas físicas o inmateriales),

    En mi opinión, es un poco tramposa esta doble vara de medir. Los artículos sostienen que: la falta de pruebas de la existencia de Dios, prueban su no existencia. En realidad, mientras no existan respuestas a dichas grietas creo que la única postura racional (y científica) es la del agnostiscismo (ni afirmo, ni niego). Ni los ateos, ni los creyentes pueden probar sus respectivas posturas sin acudir al Dios de las grietas o a un Dº natural universal de las grietas.

    Antes de exponer una opinión sobre las 3 grietas, una reflexión sobre el argumento antropocéntrico. Me parece un argumento muy flojo para sostener la existencia de Dios. En mi opinión, no es incompatible creer en Dios y creer que existe vida en otras partes del universo. Dicho esto ¿que el ser humano (con lo insignicante y limitado que es), pueda dar una explicación racional a todo el universo y que sólo crea que existe aquello que puede demostrar empíricamente, no es una postura algo antropocéntrica?

    • Hola Fer,

      No creo haber defendido una «ciencia de las grietas», si lo ha parecido es que no he expresado bien la idea. Mi idea es otra: la de que ante un hecho sin explicación me parece más racional suponer que resultará más probable una respuesta natural que una respuesta sobrenatural. O dicho de otro modo: ante la duda, lo racional es buscar primeramente la explicación en el reino de lo natural. Más que nada porque, hasta hoy, es de allí de donde han procedido todas las explicaciones válidas que conocemos.

      Por otro lado:

      «¿Que el ser humano (con lo insignicante y limitado que es), pueda dar una explicación racional a todo el universo y que sólo crea que existe aquello que puede demostrar empíricamente, no es una postura algo antropocéntrica?»

      No, no me lo parece. El empirismo no es producto de nuestra visión de nosotros mismos y nuestro papel en el cosmos, sino de las características mismas de la realidad y nuestra interacción con la misma. De hecho, fabricar una respuesta sobrenatural, no ligada con la realidad empírica, sí es una actitud antropocéntrica, ya que elabora explicaciones más producto de nuestras propias elaboraciones metafísicas que de esa interacción directa con la realidad misma.

      Un cordial saludo.

      • El problema es el reduccionismo, utilizar las explicaciones científicas en ámbitos para los que no sirve. La ciencia explica cómo funciona la naturaleza (leyes físicas, la vida, la evolución,…). Analiza la realidad, sus procesos, su estructura. Los presupuestos científicos siempre parten de realidades materiales ya existentes. Pero no dan respuestas al origen de esa realidad. Por eso precisamente todas las grietas se refieren al origen de las realidades que conocemos: la materia, la vida, la voluntad.
        ¿La razón del hombre abarca todas las realidades? ¿No puede ser que existan realidades que simplemente no estamos capacitados para experimentar? Si la especie humana fuese ciega nunca podríamos tener la experiencia de ver luz, pero ello no significaría que la luz no exista. Al final toda la discusión se reduce a si creemos que el ser humano es un ser limitado (que no puede entender ni dar explicaciones a todo), o creemos que la razón es omnipotente y todo lo que nuestra razón no abarca no existe.

        • Fer,

          Podrían existir realidades que no podemos experimentar ni aprehender, claro. Pero precisamente por eso, carece de sentido intentar etiquetarlas, porque ¡ni siquiera somos capaces de percibir que existen! ¿Son esas realidades un Dios? Quién sabe. En tal caso, por lo que sabemos, podemos seguir actuando como si esas realidades inaprehensibles no estuviesen ahí. Que quizá ni siquiera lo estén. Porque si fuesen aprehensibles, nos constaría su existencia.

          Y si alguien se empeña en que sí están ahí, bueno… aquí es donde reside la carga de la prueba. No se trata de «reduccionismo», se trata de no filosofar con las cartas marcadas. Una realidad imposible de experimentar no puede ser calificada como probable, hasta que su naturaleza no cambie y podamos experimentarla.

          Ese cambio momentáneo de naturaleza es lo que se encarnaría en las supuestas «revelaciones» religiosas, en las que lo inaprehensible se hace aprehensible para unos pocos en determinados momentos. El problema es que los demás no podemos replicar esa aprehensibilidad… y entonces es cuando se nos demanda que tengamos fe. ¿No te parece el concepto de «fe» un reduccionismo también?

          • Estoy de acuerdo que las posturas que tratan de explicar todas las grietas en base a la existencia de Dios son reduccionistas. ¿Existe Dios? No lo sé. Yo creo que sí. Pero quizá me equivoco. A mi lo que me molesta es que quienes niegan rotundamente la existencia de Dios se crean con la verdad absoluta cuando aún existen esas grietas. No creo que deba imponerse ninguna de las 2 posturas.

  7. En cuanto a las grietas:

    1º El origen del universo. El debate filosófico se centra en si ha de existir o no una causa para el universo. A grandes rasgos, los creyentes defienden que el big bang debe tener una causa primera (dios), los ateos creen que no tiene porqué existir una ya que el tiempo puede no ser lineal. En mi opinión, el primer error cuando se debate esta cuestión es hablar de origen del universo (que es un concepto abstracto), en lugar de origen de la materia. Vale aceptemos que no existe causa y el universo es infinito. ¿Y la materia (elementos tabla periódica) que originó el big bang de donde sale? Pero no habíamos quedado que la materia ni se crea ni se destruye, sino que se transforma. ¿La materia tb nació por generación espontánea? Es todo un acto de fe.
    En cuanto al orden del universo, los ateos dicen: el orden del universo no se debe a la existencia de Dios, porque hemos demostrado que existen unas leyes físicas o naturales universales (como la ley de la gravedad) que son las que originan ese orden. Perfecto, existen esas leyes (algo indiscutible en mi opinión). Pero ¿esas leyes tb se crean por generación espontánea? ¿o tb son infinitas? Vuelvo a repetir que el hecho de no tener respuesta a estas preguntas no demuestra la existencia de Dios. Pero tampoco lo contrario. Lo única postura racionalmente defendibles es decir: mantener un interrogante. No se sabe (de momento).

    • El debate sobre la causa del universo es de lo que hablaba en la primera parte, allí está mejor explicada mi postura, por no extenderme sobre ello aquí.

      En cuanto a las leyes del universo son algo que formulamos y describimos a posteriori, observando el universo. Existe un orden, pero es que el orden es la única alternativa posible al caos, y no tenemos constancia de que el caos hubiera sido realmente posible. El orden que conocemos es la única realidad posible, la única que conocemos. Así pues, ¿surge ese orden por generación espontánea? ¿Y por qué no? Cuando únicamente es posible la alternativa X, se produce X por sí sola, dado que no hay otras opciones. ¿Creer eso es un acto de fe? No, es una conclusión necesaria a falta de más alternativas.

      Nuestro universo podría haber mostrado un orden muy distinto, con leyes completamente distintas, pero no lo muestra. Nuestro universo es el que es y se rige por lo que se rige. Dicho de forma coloquial: «si mi abuela hubiera sido mi abuelo…» Pero no lo fue.

      En cuanto a «demostrar la inexistencia de Dios», no hay tal necesidad. Su inexistencia es la premisa de base, al menos como argumento explicativo del mundo natural. Para cada fenómeno natural existe, o bien una explicación natural, o bien hipótesis no probadas que —pese a no estar probadas— tienen, al menos, el dudoso marchamo de estar relacionadas con ese mundo natural. Las hipótesis sobrenaturales no pueden tener prioridad sobre las naturales, ya que hasta hoy nunca han dado muestras de un valor explicativo superior.

  8. 2º El origen de la vida a partir de materia inanimada. El artículo dice: «La aparición de seres vivos a partir de materia inerte (o abiogénesis) es una de las grandes preguntas que la ciencia aún no ha respondido. Sabemos que la materia orgánica básica —los ladrillos para construir la vida— surge con facilidad en el universo. El problema es que no se sabe cómo esos ladrillos, que aparecen por sí solos en la naturaleza, formaron la primera casa.»
    Antes de opinar acerca de esta cuestión, le agradecería mucho que me facilitara un enlace o donde puedo conseguir información acerca de los experimentos de Miller.
    Por lo demás, la falta de una explicación científica o «religiosa» a la formación de la «casa» lleva una vez más a la conclusión de que la única postura válida desde el pv racional es la de Ns/nc.

      • A la que he buscado un poco en google he encontrado artículos sobre científicos que critican la teoría de Miller y adoptan otras teorías como la teoría de arn o la teoría de morovitz. A veces las teorías científicas sobre el origen de la vida me recuerdan a las discusiones doctrinales en materias jurídicas. Cada una parte de la hipótesis que le conviene para demostrar lo que ellos querían demostrar. http://e-ciencia.com/blog/divulgacion/nueva-perspectiva-sobre-el-origen-de-la-vida/

        • Fer, no hablo de una «teoría» de Miller, sino del experimento de Miller, el cual es incontestable. Dicho experimento no explica cómo surgió la vida, pero sus resultados no pueden ser puestos en duda ya que cualquiera (tú mismo si lo deseas) puede replicarlos en cualquier momento. El experimento de Miller no admite discusión alguna, sería como discutir que un congelador convierte el agua líquida en hielo. El cómo interprete cada cual ese hecho y sus implicaciones, eso ya es otra cosa. Pero yo he citado el experimento como lo que es: un hecho cierto.

          En cuanto a Morowitz, si te refieres a lo que creo que te refieres, tengo un serio problema con las aproximaciones matemáticas y estadísticas a este tipo de asuntos. Cuando alguien se pone a calcular las «probabilidades» de que haya sucedido tal o cual cosa… está haciendo un ejercicio vacuo de manipulación de la realidad. Si algo ha sucedido, ha sucedido y punto. Hay que preguntarse cómo y por qué, pero es absurdo decir «matemáticamente, esto no puede haber sucedido por las buenas».

          La vida surgió, eso es un hecho que no admite cálculos de probabilidades a posteriori. La probabilidad de que surgiera la vida es de un 100%, dado que es algo que ¡ya ha sucedido! El problema es que no sabemos exactamente cómo se produjo. Decir que el surgimiento espontáneo de la vida era estadísticamente imposible, equivale a poner la estadística por encima de la realidad.

          La probabilidad de un hecho no determina la posibilidad de su ocurrencia. Un hecho extraordinariamente improbable desde un punto de vista estadístico puede ocurrir. Y desde el momento en que ocurre, deja de ser estadísticamente improbable.

          • Yo no discuto los resultados del experimento de Miller. Faltaría más.

            Pero por lo que he leido sí que existe una discusión acerca de cuál era la composición de la atmósfera originalmente.
            Miller se basó en las hipótesis de Oparin (y dsp Urey) que presuponían una atmósfera primitiva reductora en lugar de una atmósfera oxidante. Lo que no está probado. A eso me refería con «cada uno parte de la hipótesis que le conviene para demostrar lo que ellos querían demostrar».

            Lo que se calcula con las probabilidades no es si podía existir o no vida en abstracto, porque como usted bien dice ya es un hecho al 100%. Los cálculos matemáticos lo que ponen en duda es que ocurriera a partir de una determinada hipótesis (la del azar), teniendo en cuenta la edad atribuida al universo por los propios científicos.

  9. 3º El origen de la voluntad en el ser humano. Acepto plenamente la teoría de la evolución de Darwin. Mi pregunta (no retórica) es: ¿dicha teoría sólo sirve para demostrar los cambios biológicos y físicos que existen del mono al hombre, o tb fundamenta el hecho de que el ser humano sea el único animal que tenga voluntad y la libertad de poder ir en contra de sus instintos?
    Desde mi ignoracia en estos temas tenía entendido que la evolución demuestra los cambios existentes en la psique inferior (común a los mamíferos: sentidos, imaginación, memoria), pero no explica la psique superior (exclusiva del ser humano: voluntad y entendimiento o capacidad de abstracción).

    Siento mucho haberme alargado tanto en las respuestas. Pero es que me parece un debate interesantísimo. Es todo un placer participar y muy enriquecedor leerle. Muchas gracias por todo. Jotdown es el mejor producto periodístico que he leído nunca.

    • Fer, no te preocupes por las respuestas, extiéndete cuando quieras, para mí es muy interesante debatir todas estas cosas.

      La voluntad y psique superior del ser humano me parecen fenómenos perfectamente explicados por la teoría de la evolución mediante selección natural. Y desde luego pueden explicarse biológicamente, al menos en el mismo grado que puede explicarse cualquier inteligencia inferior. Nuestra inteligencia no me parece cualitativamente diferente a la de otras especies, sólo es capaz de haces las cosas más y mejor, eso es todo. Una diferencia cuantitativa.

      En un momento de nuestra evolución, estos rasgos intelectuales nos proporcionaron herramientas de supervivencia y dominio del hábitat que facilitaron la extensión y agudización de dichos rasgos en nuestra especie. Hasta ahora nos ha servido para sobrevivir.

      Pero lo que una vez fue útil podría dejar de serlo, por ejemplo si —como resultado de ciertos productos de nuestra inteligencia— nos terminamos autodestruyendo como especie (una posibilidad que no puede descartarse). Dado que la evolución no sigue ningún plan concreto sino que es un mero producto de las circunstancias, no podemos asegurar que nuestra enorme inteligencia sea —a largo plazo— un rasgo eternamente deseable. Fíjate en la cita de Clarke con la que cierro el artículo. Lo que una vez nos hizo reinar en el mundo natural podría, por qué no, causar nuestra extinción. Hubiésemos sido como dinosaurios intelectuales.

      De hecho, la fábula de la manzana de Adán y Eva es una bella manera de ejemplificar esa idea: el conocimiento expulsó al hombre del paraíso, y el conocimiento podría incluso matarlo (podría ser venenoso, como ilustra el que lo proporcione una serpiente). Un mito que se nos ha vendido para ejemplificar el «pecado» (en una interpretación que me sorprende haya sido tan fácilmente aceptada) pero que es una perfecta metáfora de nuestra evolución como especie y de los peligros de la inteligencia. Peligros a los que no eran ajenos, según salta a la vista, quienes escribieron el Génesis.

      En cuanto a que el ser homo sapiens sea el único animal con semejante capacidad intelectual y tecnológica, bueno… si alguna vez hubo una posible competencia, la eliminamos, simple y llanamente. Pongámonos en plan ciencia-ficción e imagina que los chimpancés alcanzan repentinamente nuestro mismo nivel de inteligencia. Yo no sé tú, pero ¿sabes lo que han imaginado la mayor parte de los autores que han elucubrado sobre el tema? Exacto: una guerra de exterminio.

      • Un apunte respecto a Adán y Eva: hasta dondo yo sé, el Antiguo Testamento es un libro metafórico, no literal. Uno de los mayores problemas de la Iglesia (junto a su jerarquía): comunica fatal.

        Un saludo muy cordial. Hasta la próxima.

  10. Aunque me haya dicho lo contrario, me da un poco de apuro contestarle tantas veces, porque no quiero ocuparle demasiado tiempo. Tampoco quiero que parezca que quiero extender el debate hasta que me dé la razón.

    Discrepo (cordial y) absolutamente en que la diferencia del ser humano con otras especies es únicamente cuantitativa. Yo no hablaba de inteligencia, sino de voluntad y capacidad de abstracción. Evolutivamente cómo explicar: la poesía, el altruismo, la esperanza, el humor, la idea de lo espiritual, el control sobre nuestros instintos, la libertad, etc
    Las orcas tienen un cerebro mayor que el nuestro, si lo usasen en toda su extensión ¿podrían llegar a crear esos conceptos o sentir cómo nosotros?

    • Bueno, por condensar la respuesta a eso en dos puntos:

      —En mi opinión, voluntad, poesía, altruismo, esperanza, humor… todo ello puede tener una explicación natural y no son (no todos ellos) exclusivos del ser humano, sino que existen en otros animales. El humor, la voluntad o el altruismo, por ejemplo, y en diversos grados.

      —En cuanto al cerebro de las orcas, no es el tamaño lo que determina la potencia de un cerebro, sino el número, complejidad y funcionalidad de sus conexiones neuronales. El hombre no posee el cerebro más grande, pero sí el más complejo y potente.

  11. Ya sé que el tamaño de no determina la potencia del cerebro. Quizá me he expresado mal al decir «si lo usasen en toda su extensión», me refería a si extrayesen todo su potencial proporcionalmente a su tamaño.

    En cuanto a los rasgos que he enumerado ya sé que naturalmente (o químicamente) tienen explicación, pero yo lo que preguntaba es cómo explicar su sentido evolutivo. Que función evolutiva cumplen. En cuanto a que el humor, la voluntad o el altruismo existen en diversos grados en los animales me parece una opinión muy subjetiva o,en todo caso, una «personificación». No hay ningún animal excepto el hombre que pueda contravenir sus instintos.

    • Fer,

      Un perro, por ejemplo, puede contravenir sus instintos de supervivencia. Existen ejemplos de perros que se han dejado morir tras la muerte de sus amos. ¿Por qué? Porque el instinto de supervivencia no es siempre el único instinto que determina la conducta, ni siempre el más importante. Además de que en la conducta de cualquier animal medianamente complejo no influyen sólo los instintos, sino las construcciones cognitivas. Un perro puede sufrir neurosis, ansiedad, y depresiones… fenómenos que difícilmente aparecerán en una criatura únicamente guiada por el instinto.

      A un pato se le puede enseñar a creerse un águila. Poseerá un repertorio de instintos diferentes a las de un águila, pero hay mucho más que insintos en su cerebro. Sus construcciones mentales seran muy similares a las de un águila de verdad y su conducta se verá muy frecuentemente afectada por ello.

      Tal vez una cucaracha se guíe siempre por cuestiones de mero instinto, no lo sé, pero da esa impresión. O una hormiga. Pero un perro, o un mono, u otras criaturas más complejas, se parecen en muchas cosas a nosotros. Los perros domésticos viven en sociedad. Por lo que desarrollan —cada cual a su manera— conductas altruistas, de respeto, de colaboración. El altruismo tiene una función evolutiva importantísima: no destruir a los miembros de tu propia especie (o de tu propio grupo) sin necesidad, y si resulta posible, incluso ayudarlos a sobrevivir en determinadas situaciones. Eso beneficia al grupo, y a ti, que formas parte de él. Es un quid pro quo natural. La conducta gregaria es muy útil, evolutivamente hablando, y ponerla en práctica contraviene a menudos ciertos instintos básicos, pero a veces ir en contra del instinto tiene una recompensa evolutiva clara.

      Un cordial saludo.

  12. Dos cuestiones científicas que le vienen bien al cristianismo:
    -el Big Bang, que encaja bien con el asunto del Primer Motor
    -el principio antrópico, que no antropocéntrico, en tanto que pone al hombre como primus inter pares en la Creación (aunque se supone que la inspiración para este principio se remite a Protágoras)

    Por otro lado, el argumento del relojero formalmente ya está en Leibniz -y de alguna manera en Descartes- que pone en juego poderosas razones para demostrar la existencia de Dios, y ahí está el argumento ontológico leibniziano, por el cual lo que es posible debe existir.
    La cuestión no es -la cual no fue abordada en la primera parte- ya que el argumento ontológico sea falso o no, o que esté obsoleto (el de Leibniz sigue siendo impecable) sino que la Idea de Dios es contradictoria y por tanto es una pseudo-idea, y en esta realidad suya está la prueba de que si Dios existe no puede tener los atributos que las religiones del «libro» le atribuyen (en tanto que un ser omnipotente y omnisciente a la vez es absurdo, etc.). En este sentido el propio argumento leibniziano serviría para echar por tierra la existencia de Dios, porque si la Idea de Dios es aporética, dicho en términos aristotélicos, la propia Idea no puede existir como tal plenamente, porque el ser al que se refiere es imposible.

    En este sentido el agnosticismo, como dijo alguien antes, no es ninguna solución, sino que la solución es atea completamente. El agnosticismo, al menos en palabras de Engels, es un «ateísmo vergonzante», ya no sólo porque no cabe la duda -a la vista de tantas pruebas y razones en contra- sino porque ni siquiera cabría hablar de una Idea de Dios, tal y como se sostiene

  13. Hola Viejotrueno:

    Mmmm, yo no me refiero exactamente al principio antrópico, que me parece un mero sofisma más bien poco interesante (es mi opinión). Hablo de antropocentrismo como actitud. Un antropocentrismo que no es un principio claramente enunciable, sino una forma de pensar que se manifiesta de muchísimas maneras en las distintas aproximaciones teleológicas. Es más como un contexto teológico y religioso, un marco no meramente lógico, dentro del cual se discuten estos temas a menudo.

    En cuanto a la prueba ontológica de Leibniz o en cualquier otra versión, sólo la cité de pasada en la primera parte, ya que nada tiene que ver con la cosmología o la teleología, y básicamente porque es un argumento que prácticamente nadie utiliza. Y que, creo, casi nadie se toma en serio. Es una idea interesante, pero no es algo que se sostenga por sí mismo: es como una música imposible de interpretar una vez extraída de la partitura. Por el contrario, los argumentos cosmológico y teleológico (así como el argumento moral) estén presentes allá donde haya un debate sobre religión. Pero bueno, quizá le dedique un texto propio algún día, aunque probablemente será más breve.

    En lo que estoy de acuerdo, ya como postura personal, es en lo de que el agnosticismo es una respuesta débil e insuficiente al statu quo de la discusión. Que no es otro que la ausencia de una necesidad real de incluir una idea de Dios, así como de la ausencia de una justificación evidente. En las dos partes de este artículo (cosmológica, teleológica) la línea temporal de su evolución histórica resulta similar: la necesidad de una respuesta divina —así como su posible justificación empírica— han sido progresiva e irremisiblemente restringidos por los avances del conocimiento científico.

    Ello explica que, pese a que ciertas religiones apelan a la fe, en la práctica recurren constantemente a juegos teóricos ligados a realidades empíricas, como admitiendo implícitamente que la fe resulta insuficiente. Se pone de manifiesto que ha existido una necesidad histórica de ligar la existencia de Dios a justificaciones que van más allá del mero acto de fe. Por ello nunca triunfó el argumento ontológico: no resulta convincente, ni siquiera para los propios creyentes, porque en última instancia, su ligazón con la realidad es completamente nula. Y los creyentes, quizá a su pesar, son también empiristas.

    Esto sucede incluso en el ámbito personal: jamás he conocido a una persona creyente cuyo razonamiento no excediera el mero terreno de la fe —al cual percibo como una última trinchera— y que no arguyera otras justificaciones (cosmológicas, teleológicas, morales) para defender la idea de la existencia de Dios. Lo cual me parece muy bien, siempre es mejor una aproximación combinada racional/empírica —aunque sea equivocada— que una fe ciega.

    Un cordial saludo.

  14. No creo que haga falta tanto texto para algo que puede resolverse con una simple pregunta:

    1) ¿Existe ….? (Ponga aqui el nombre del dios que más rabia le dé: Zeus, Thor, Yhavé, Alá)

    La respuesta es, evidentemente, NO

    Los dioses no son más que un concepto en la mente humana para buscar explicación a aquello que no comprendemos, y una increible herramienta para manipular, oprimir y explotar en su nombre.

  15. Iba a escribir un abigarrado tocomocho, pero prefiero hacer esta cita, que resume un poco las consecuencias de este asunto:
    “Aunque los escolásticos de las generaciones posteriores se opusieron a la nueva ciencia experimental surgida después del Renacimiento, puede decirse que fue precisamente el absoluto racionalismo de su sistema el que formó el clima intelectual en el que nació la ciencia moderna. En cierto sentido, la ciencia fue una revolución contra ese racionalismo, una llamada de los hechos brutos, prescindiendo de que se conformasen o no se conformasen con ciertos esquemas racionales preconcebidos. Pero en el fondo de esa misma actitud late el presupuesto necesario de la regularidad y uniformidad de la naturaleza (…) El racionalismo filosófico de los escolásticos fue al mismo tiempo producto y elemento integrador de un esquema de pensamiento general organizado, y suministró a la ciencia la creencia prefabricada de que «cada episodio concreto puede conectarse con sus antecedentes de una manera perfectamente definida, como un caso particular de los principios generales. Sin esta creencia hubieran sido desesperantes los trabajos increíbles de los científicos», A.N. Whitehead “

    “Historia de la ciencia y sus relaciones con la filosofía y la religión”, William Cecil Dampier, pags. 117-118

    Y todo eso porque el primer teólogo fue Aristóteles -pues de su Dios tomó el cristianismo, y el judaísmo, el suyo propio-, y porque la escolástica posterior, como Santo Tomás, es aristotélica en principio -en ocasiones, platónica también-.
    Con esto quiero llegar a lo siguiente: que Dios no importa. Es decir, el debate fe/razón no tiene sentido, porque sencillamente son irreconciliables de hecho, y al final lo que triunfa es la razón, incluso aunque su fin sea demostrar una entidad no sólo que no exista sino que además no puede existir.
    Así que, y que me perdonen Santo Tomás y Averroes, ni teoría de la doble verdad, ni entendimiento agente, ni Dios que conozca eso. Sin embargo, el método lógico por el cual llegaron a esas distinciones, a eso sí. De hecho eso es lo que queda, o por lo menos la idea de que tiene que haber un método, o un sistema de razón

  16. En mi humilde opinión todo este embolado teológico procede de una fabulosa construcción teológica/filosófica/científica construída durante muchos siglos, cuando la sociedad era una sociedad sacralizada donde la Iglesia no es que tuviera la última palabra sino que tenía la única palabra y por tanto decia todo sobre todo (independientemente de que la gente o los distintos poderes se lo pasaran o no por el arco del triunfo). En una sociedad postcristiana, los cristianos no requieren o necesitan respuestas racionales científicas para creer. Basta su adhesión a la persona de Jesús (fe).
    Juan de la Cruz no necesitaba explicaciones cientificas ni su Cántico Espiritual las da. Le bastó la experiencia de amor (que según él tuvo).

  17. A pesar de ser creyente y católico practicante me han gustado los dos artículos.

    Me gustaría un tercer artículo que tratara este asunto desde el punto de vista de la psicología. Me gustaría que trataras el tema del Génesis de que el hombre está hecho a imagen y semejanza de Dios. ¿Por qué el hombre tiene una angustia existencial que le lleva a trascender su propia realidad?. ¿Por qué tratamos de buscar explicaciones a todo?. ¿Por qué tenemos un sentimiento de culpa cuando actuamos erróneamente?. Y, sobre todo, ¿por qué tratamos de dar un propósito a nuestras vidas?. ¿Se puede demostrar que todo esto es simplemente una mezcla de nuestro proceso evolutivo y de nuestra cultura?. No sé si el hombre es importante o no pero si sé que yo soy importante y cada uno nosotros, ateos o creyentes, sentimos lo mismo. ¿Es este sentimiento una trampa de la razón?. Desde el punto de vista de la física somos un conjunto de partículas no muy diferentes de una roca; desde el punto de vista de la biología somos un conjunto de células no muy diferentes de un microbio; desde el punto de vista de la astronomía somos despreciables temporal y espacialmente. Y, sin embargo, aquí estamos, tratando de discernir si existe o no Dios. ¿No es esa la prueba más irrefutable de que la ciencia es incapaz de dar respuesta a nuestras preguntas más importantes?.

    Yo vivo mi fe no como una revelación o un hecho histórico sino como una experiencia personal. Esto me cuesta frecuentes discusiones y acusaciones de no ser un verdadero creyente pero creo que es la forma más honesta de creer.

  18. Me encanta leer JotDown, los adulo vergonzosamente en Twitter. Pero es que de verdad me parece genial. Y una de las cosas que mas me gustan es leer los comentarios. Educados y cultos en su mayoría. Que abren debates interesantísimos y siempre con respeto por las opiniones contrarias. Sin dogmas ni absolutismos. Casi me hace recobrar la fe en la humanidad. Pero luego entro al Marca, el As o el Mundo Deportivo y…

  19. Me pasma que haya quien desde la ciencia intenta probar o desaprobar la existencia de Dios. Lo mismo se podían dedicar a probar o desaprobar la existencia del amor, el mismo éxito.
    ¿De verdad hay quien cree que el único conocimiento es el científico? Es el más corto.

  20. La existencia del amor.. , el proceso que ocurre en el cerebro y que explica la finalidad y comportamiento de lo que conocemos como amor se conoce, se conocen los mecanismos y hay poco del proceso que no se conozca. Que el unico tipo de conocimiento posible es el cientifico depende de como definas conocimiento, el problema es que la gente habla de manera muy ambigua y mezcla churras con meninas, por eso tu razonamiento no queda nada claro.

  21. El amor tampoco puede reducirse a procesos bioquímicos cerebrales, y desde luego como idea desborda completamente esos procesos. Y efectivamente, no todo conocimiento es científico, sin necesidad de recaer en alguna metafísica sustancialista

  22. Pues el argumento del relojero es simple e intacable, detrás de TODAS las manifestaciones de la naturaleza, hay un orden matemático, si en el origen está el caos, una inteligencia ha ordenado el cosmos, no entiendo que alguien no vea algo tan obvio y que nos han estado repitiendo el arte y la ciencia durante miles de años, conviene no olvidar que todos los científicos importantes creían en Dios, los que no creen, no sólo no son importantes, ni siquiera son significativos en ningún aspecto de la ciencia o la vida humana.

  23. Hay muchos científicos que saben aplicar el método en sus experimentos pero luego no se atreven a cuestionarse en los mismos términos sus creencias religiosas. Es falta de coherencia. Por qué un dios y no 300? Por qué creernos tan especiales? Una guerra nuclear o un meteorito y ya no estamos. Las religiones nos han llevado -aún nos llevan- a cruzadas para eliminar al que piensa de forma diferente. Orden? Si eliminamos una especie del ecosistema no tardará en aparecer otra que aproveche los recursos que la primera consumía. La evolución está más que probada y el ADN nos afirma como primos de los simios. Es triste saberse mortales, pero peor es que muchos vivan sufriendo. Hagamos lo posible por eliminar el hambre y las enfermedades que nos afligen.

  24. El Dios de los vacíos o el de las grietas ha quedado superado. De hecho cuanto más avanza la astrología, la física teórica, la Biología, más se demuestra la complejidad de las leyes naturales… La mecánica cuántica, tan poco intuitiva, por poner un ejemplo… Leyes que explican un Universo muy sofisticado.
    Esto es para mi la prueba de la existencia de una inteligencia superior (muy superior) y de una voluntad. Las dos preguntas por que hay algo en vez de nada, y por qué lo que hay esta ordenadísimo y no es caótico, desde mi punto de vista y cuanto más avanzamos en el conocimiento del Universo, más, no se pueden responder sin un Creador.
    Por decirlo de otra manera: cuanto más conocemos como funciona el Universo, más evidencia tenemos de la existencia de Dios.

    Enhorabuena por el desarrollo, que, aunque desde mi punto de vista es matizable, sin duda es un excelente trabajo expositivo de una posición atea.

  25. La prueba de la existencia de Dios es:JESUCRISTO. El fue Dios manifestado en carne. En èl habita corporalmente toda la plenitud de la Deidad (Colosenses 2:9)

  26. Gracias por tu trabajo.
    La ciencia trata de explicar la creación en toda su inmensidad. Por más que trata de comprenderla, teoriza, avanza y descubre, no hace más que esbozar planos, más o menos acertados, sobre un diseño pre-existente. En mi caso, con cada avance científico, más pruebas se facilitan de la existencia del creador.

    Qué Dios existe no me cabe duda, revelado por la ciencia? no, Dios se releva y se da a conocer según Él mismo establece, según su voluntad. El que existan personas que «no lleguen a ser encontradas» es parte de su voluntad manifestada.

    Al final, requiere el mismo ejercicio de fe el creer en Dios como el no creer. La diferencia es que para creer verdaderamente en Dios no depende solamente de la voluntad humana, sino de la divina.

  27. Es curioso. El artículo fue escrito hace 8 años. Yo llegué a él en tiempos de tribulación. Y otros, los inmediatamente, anteriores casi.
    Sorprendente

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