Los zoológicos y la factoría Walt Disney tienen la culpa. Su estrecha alianza ha conseguido que prospere una idea descontextualizada: aquella que atribuye a los animales una ilusoria, y también cabestrada, naturaleza. Pero hasta los domésticos pollos muestran en su corral una desaforada e impaciente voracidad, capaz de pagar a la mano que les da de comer con sañudos picotazos; y los tiernos corderos que anuncian un suavizante, transcurridas unas pocas semanas, pueden llegar a embestir con las ganas de un toro. Arremeten contra quien se les ponga por delante y contra la mentira de su mansedumbre, con la tozuda voluntad de devolver las cosas a su selvático contexto.
Una de las especies gravemente damnificadas por el convoluto de distintos intereses publicitarios es la de los pingüinos. Entre todos los atentados contra su imagen pública, uno de los últimos y más terribles es la película Mr. Popper’s Penguins, dirigida en 2011 por Mark Waters y protagonizada por Jim Carrey, un espanto estúpido que incurre en la mayúscula agravante de usurpar el título del delicioso libro de Richard y Florence Atwater para adulterarlo por completo. La elegancia de las ilustraciones originales que hizo Robert Lawson para aquella obra, editada aquí por Siruela, fiscalizan y condenan a los pájaros bobos de Madagascar y Happy Feet.
Con la imagen degradada y desnaturalizada de los pingüinos, nos ha pillado la reciente noticia de que el Museo de Historia Natural de Londres acaba de publicar la versión íntegra de un estudio sobre los pingüinos adelia que realizó el biólogo George Levick, en la Antártida, hace exactamente un siglo. La censura decidió hurtar aspectos de la conducta sexual de estos animales por entender que escandalizarían a la sociedad británica de la época. Aquella se ahorró el susto que ahora, en diferido, ha sacudido a la nuestra, porque no hay engaño posible: el eco que la información obtuvo en los medios no se debe a interés científico alguno, sino al hecho de vernos chasqueados. La cándida ingenuidad que se había figurado que las crías de pingüinos hacían el trayecto entre París y el Cabo Ardare a bordo de una cigüeña abrigada con una estilosa bufanda de croché, descubre de repente que pingüinolandia es un báratro del vicio y que aquellos animales tan simpáticos resultan ser unos “depravados sexuales”. Y la depravación, por supuesto, saltó para auparse en los titulares; aun con la exigua precaución del entrecomillado, denotaban la recia vigencia de la moral victoriana que, en distintos grados, venían a asumir. Pocas informaciones se esforzaban por desmarcarse sin ambigüedades de la hipócrita homofobia victoriana, muchas menos fueron las que hicieron notar que referirse a la necrofilia de los pingüinos supone un juicio moral antropológico exportado al reino animal (para tranquilizar definitivamente las conciencias castas y pudibundas, habrá que puntualizar que los pingüinos necrófilos serán absueltos; se conducen así porque no saben lo que hacen: despistes propios de la falta de experiencia sexual). Desde luego, es sencillo no someter a nuestros tridentinos códigos morales, pongamos por ejemplo, a una mosca; pero muy costoso hacer distingos con los pingüinos, que tanto se nos parecen o a los que tanto nos parecemos.
Este artículo de nuestro archivo está completo para lectores registrados. Registrarse es gratis y solo lleva un minuto.







La que fue mi profesora favorita escribiendo en mi revista favorita. ¿Se puede pedir más? ¡Enhorabuena!
El animal surrealista-humorístico por excelencia…
A cualquier situación añádasela un pingüino ¡Y será el triple de graciosa!
No por nada mi chiste preferido incluye 200 pingüinos.
Maravilloso artículo, toda una obra de divulgación y ciencia. Mi enhorabuena!