Moses, el demonio que transformó Nueva York

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Debe de ser reconfortante creer en la fábula del bueno y el malo y entregarse con devoción a ella. Sucede especialmente en la política y en algunos deportes masivos, donde ya forma parte de la esencia del ritual. Si seccionar las cosas entre dioses y diablos asegurara la felicidad, en España abundaría. No lo parece.

Hay personajes, en cambio, que descolocan porque acaparan a la vez inteligencia, crueldad, destrucción, creación, hipocresía, talento y mala hostia. Ante ellos es casi tan fácil practicar el odio como la admiración.

Un poco todo esto ocurre con Robert Moses. Un gruñón fundamentalista, patriarca del urbanismo expansivo, y cruel tutor del desarrollo de Nueva York durante la primera mitad del siglo XX. Suele ser calificado como el gran diablo que se cargó el Nueva York de siempre. O como el milagroso hacedor de la Gran Manzana. Depende de a quién se lea.

Murió sereno en el Good Samaritan Hospital un miércoles 29 de julio de 1981. Con la luna en cuarto creciente y Moses residiendo esos días en la casa de verano de Gilgo Beach, cerca de Long Island, en el estado de Nueva York.

Moses ya había muerto varias décadas antes. Concretamente cuando en 1963 se le impidió levantar una autopista para conectar Brooklyn y Queens con New Jersey. Significó el principio del crepúsculo para el hombre que siempre tomaba la iniciativa en el crecimiento de la ciudad. La palabra de Moses ya no avasallaba.

En el obituario del New York Times Paul Goldberger manteó a Moses: “fue la persona más importante en la configuración física del Nueva York moderno”, “el creador de la primera ciudad en la era del automóvil”. El New York Times tradicionalmente arropó a Moses. Le dio protección ante los enfrentamientos con Franklin D. Roosevelt y el alcalde Fiorello La Guardia. Y apenas afeó sus peores conductas.

Para entender la dimensión del personaje hay que remitirse a la colección de hechos. Moses impulsó obras públicas durante 44 años. Construyó parques, viviendas, túneles, playas, zoos, centros cívicos, salas de exposiciones, piscinas. Ocupó doce puestos a la vez. Aunó en su cuerpo de gran estatura las figuras de promotor privado y gestor público. Creó miles y miles de hectáreas de zonas verdes donde antes no había nada. Levantó 13 puentes (entre ellos el Triborough Bridge), 658 zonas de juego y, sobre todo, desarrolló una infinita red de autopistas. Una pasarela fácil para que la cultura del automóvil se propagara como el fuego en un campo de avena. “Los que pueden, construyen. Los que no pueden, critican”, diría enfurruñado.

Diseñó una ciudad del siglo XXI a principios del XX. Y eso tiene su mérito. A cambio, destruyó buena parte del tejido tradicional de Nueva York. Pisoteó barrios y libró a su antojo una guerra contra los espacios libres de autopistas. Definitivamente nadie es perfecto.

Entre tanto, nadó. Moses entró a la Universidad de Yale a los 17 años, dos antes de lo habitual. Y lo primero fue apuntarse al equipo de natación. En las piscinas de Yale surcaba fino y deslizante. Justo lo contrario que fuera de ellas, donde se comportaba como un ariete penetrando en el hormigón. Arisco, ruidoso y con memorables episodios de violencia. Especialmente si estaba cerca el gobernador Franklin D. Roosevelt.

En todas las huellas de su vida germina una contradicción. Moses era judío alemán de la calle East 46th Street, hijo de Emmanuel Moses y Bella Silverman. Pero pronto comenzó a adquirir maneras anti-semitas para ser asimilado por la elite cristiana, dominante en el Nueva York de primeros de siglo.

En Nueva York apenas había grandes espacios públicos más allá de un Central Park privado. Moses facilitó que se multiplicaran como panes y peces. En lugar de panes, áreas recreativas. Y en lugar de peces, playas artificiales, muchas playas. Forjó una metrópolis hilada con carreteras. Su popularidad, de la mano del demócrata Al Smith, dormía en las nubes. Acercaba las playas de Coney Island a la ciudad. “Estar al lado de los parques es como estar al lado de los ángeles”, predicaba ufano. Evidencias celestiales de que Robert Moses estaba socializando la ciudad.

Las evidencias no siempre conjugan con la realidad. Había un reverso. En las carreteras que llevaban a las playas, los puentes ideados por Moses tenían la altura justa para que los autobuses no pudieran circular. Solo vehículos privados. Las carreteras eran un perfecto colador social. Una barrera de control para las clases bajas, ajenas al coche. Las ventas del Ford se dispararon entre los que sí podían comprarlo.

Moses, entre tanto, jamás aprendió a conducir. Iba en comitiva de dos limusinas. Una para mantener reuniones mientras se desplazaba. La otra, para recoger y devolver a los interlocutores.

Los barrios residenciales engordaban hormonados por tres factores: el avance de las carreteras, el baby boom, y unas hipotecas a bajo interés. Del 6-7% a 5-10 años se daba paso al 2-3% a 20-30 años gracias los créditos que otorgaba el fundado ad hoc Consejo Federal de Vivienda. Ahí empezó todo. Las hipotecas zonificaban con eficacia. A los habitantes de los distritos negros de New Jersey, como Paterson y Camden, nunca les llegaban las hipotecas del Consejo Federal de Vivienda. Sus barrios se atestaban mientras las áreas blancas se oxigenaban.

Políticamente fue durante un buen tiempo el gran enemigo de los republicanos, que se oponían a que miles de hectáreas de tierra virgen pasaran a manos públicas para la construcción de carreteras o gilipolleces como playas artificiales y parques. Los republicanos veían a Moses como un gran peligro para las históricas familias de poder (los Robber Barons).

Tras el reemplazo de su gran protector, el gobernado demócrata Al Smith, y tras años de batallas explosivas con Roosevelt y en menor medida con La Guardia, Moses, dio un nuevo giro. Se presentó por el Partido Republicano a las elecciones para gobernador del estado de Nueva York. Fue su primera incursión ante las urnas. Sin renunciar a la testarudez casi violenta, arremetió sin riendas contra su rival demócrata Herbert H. Lehman (hijo del fundador de Lehman Brothers). Moses perdió esas elecciones por el mayor margen de votos (800.000) de la historia del estado.

Robert Moses tenía la misma sensibilidad que un cerdo momificado. Ante las críticas cada vez mayores de quienes consideraban que los avances urbanísticos estaban arruinando los barrios de siempre, Moses replicó: “cuando actúas en una ciudad sobreedificada tienes que abrirte camino con un hacha de carnicero”.

Nueva York, una selva de símbolos, tenía uno de ellos en el ancestral barrio de Bronx. Moses preveía que una autopista le atravesara la garganta. Y así sucedió. Desde finales de los 50 hasta los 60 excavadoras, vigas, grúas y explosiones de dinamita voltearon el paisaje del Bronx. El barrio fue detonado para dejar sitio a una gran carretera que facilitaría el tránsito de los neoyorquinos hacia Long Island y New Jersey. La autopista separó manzanas comerciales, acuchilló el Bronx. Pronto las plagas urbanas invadieron los restos. “Eliminar ghettos sin suprimir gente es como querer hacer tortillas sin romper huevos”, diría.

No mostró mayor compasión ante uno de los grandes clubes deportivos de la ciudad, los Brooklyn Dodgers. El propietario de los Dodgers, Walter O’Malley, planeaba construir un nuevo estadio para su equipo de béisbol. Pidió suelo público. Moses dijo no: “¿si tanto quieres la tierra porque no la compras con tu mismo dinero?”. Walter O’Malley amenazó con trasladar a los Dodgers a Los Ángeles. Moses no salió de su limusina. Y Walter O’Malley acabó llevándose al equipo a California.

Tal vez fue Moses el que inventó el exitoso chiste que prendió entre los vecinos de Nueva York: “si un fan de los Brooklyn Dodgers tuviera una pistola con dos balas y estuviera con Hitler, Stalin y Walter O’Malley, ¿a quién dispararía? A O’Malley. Dos veces”.

Despojado ya del poder, sin participación en la acción directa, fue nombrado presidente de la Feria Mundial de Nueva York como a quien nombran eurodiputado en Bruselas. Un domingo de febrero de 1965 Fraga Iribarne le recibió en Barajas a pie de avión. En su visita a El Pardo quizá le repitió a Franco su célebre máxima: “el estado de Nueva York es un gran estado. Hay otros estados. Quienes no quieran estar en Nueva York, que se vayan a las Rocosas”.

Moses destruyó buena parte del Nueva York de siempre para levantar el Nueva York del futuro. Todavía no queda claro si fue un diablo o el redentor de la ciudad.

Tal vez para aclararlo, Oliver Stone tiene en proyecto para la HBO una película sobre Moses. Los productores son James Gandolfini (Tony Soprano) y Peter Guber. Estaría basada en The Power Broker, el libro más crítico con Moses, escrito por el Pulitzer Robert Caro. La película podría ser muy buena. Aunque, tratándose de Oliver Stone, también podría ser muy mala.

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8 comentarios

  1. Quevedin

    Muy bueno. Tendrías que hacer uno sobre su archienemiga Jane Jacobs, la de The Death and Life of Great American Cities

  2. Pingback: Moses, el demonio que transformó Nueva York

  3. ThrashJazzAssassin

    Muy interesante. Sabía de algunos de esos cambios, pero no le ponía cara ni nombre al responsable. Estaría muy bien una segunda parte sobre los cambios posteriores en la Gran Manzana, especialmente con el también polémico Giuliani.

  4. Rosa Moreno

    Muy bueno el artículo. Al igual que el autor del anterior comentario conocía algunas de las acciones que llevo a cabo Moses, pero no en conjunto.

  5. Gran articulo. En mi opinion Robert Moses representa lo peor del urbanismo americano de finales de los 50 basado en petroleo barato y abundante, con autopistas por todos lados que comunicaban los downtowns con los suburbios.

    Esto hacia que los centros urbanos se deprimieran rapidamente en beneficio de los barrios de casas con jardin y valla blanca…el sprawl, el urban renewal y todas esas aberraciones son obra de este señor.

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